Disclaimer: Los Juegos del Hambre y Teenage Mutant Ninja Turtles, personajes, situaciones y cualquier cosa relacionada con ellos que aparezca en este fic no me pertenecen a mí, sino a sus respectivos autores.

Advertencia: Si estás leyendo la saga de Los Juegos del Hambre y aun no has leído "En llamas" o "Sinsajo", cuidado, en este capítulo hay un spoiler (con una ligera modificación) de esos libros; es tu decisión si lo lees o no.

Cap 2

El final de la guerra conocida como "Los Días Oscuros" se dio con la destrucción del distrito trece y la amenaza del Capitolio a los otros de hacerles lo mismo.

Sin embargo, algo que en la gran capital no sabían es que no habían destruido aquel distrito por completo.

Los rebeldes habían preparado durante la guerra un refugio subterráneo, anticipándose a lo peor. Cuando El Capitolio destruyó el distrito trece, algunos lograron ocultarse en ese lugar antes de la gran explosión que lo arrasó casi todo. Heridos, casi muertos, con pocas posibilidades de vida, esta gente comenzó a resurgir de sus cenizas, habilitando el nuevo mundo subterráneo que habían creado hasta hacer que, poco a poco, se volviera lo más habitable posible. Tras algunos años, el distrito trece se convirtió en una ciudad bajo tierra, una ciudad de sobrevivientes que vivía de raciones limitadas, ahorrando hasta el más mínimo recurso, luchando día a día, en espera de iniciar una nueva revolución.

Con esa idea aun latente, la gente del distrito trece llevaba una vida militar. Algunos vivían como ciudadanos comunes, otros se unían al ejército en cuanto tenían edad y eran entrenados en todas las artes militares rescatadas por los sobrevivientes; pero había que hacer crecer el movimiento, se requería mayores recursos y más gente. Cuando había oportunidad, los soldados y voluntarios del ejército rebelde hacían viajes secretos, infiltrándose a los otros distritos para poder averiguar la actual situación política, el estado de la gente y obteniendo otras cosas que hacían falta en su propia ciudad; cuando encontraban a alguien que se rebelaba al gobierno y que consideraban que podía servir en la guerra, esa persona era llevada al distrito trece.

Casey Jones, un joven soldado del trece; salió junto con sus compañeros de tropa con rumbo al distrito doce en una excursión de rutina cuya misión era, como siempre que viajaban ahí, reunirse con Darius, aquel agente de la paz al que ellos ya conocían y que se hallaba de lado de la rebelión. Él, como cada mes, ya les tendría preparada una dotación de carbón y metal que era necesaria en la base, además de que les pondría al tanto de aquel incipiente grupo de conspiradores que, a juicio del agente, podrían ser buenas adquisiciones para el movimiento. Disfrazados con algunos uniformes de agentes de la paz que ya tenían desde hacía tiempo en su haber para estas excursiones, Casey y su grupo arribó al lugar. Tras un saludo militar, típico de las fuerzas de paz, Darius llevó a los rebeldes al interior de una bodega.

-¡Chicos!-Les saludó por fin el agente, con emoción, ahora que se hallaban lejos de las miradas de los curiosos, abrazando primero a Casey y luego a cada uno de sus compañeros.

-Es un gusto verte Darius, y verte bien… ¿Más estofado de Sae "la grasienta"?- Inquirió Casey, dando unas palmadillas en el estómago de su amigo, recordando la vez que este les había invitado a comer al Quemador, con aquella vieja mujer. Sae "La grasienta" era una anciana que había quedado viuda cuando otro accidente se había llevado la vida de su esposo en las minas; desde entonces ella se dedicó a vender comida en el Quemador, comida hecha con lo que pudiera encontrar, por lo que a veces servía estofados hechos con simples verduras o a veces con carne de las presas que, justamente, Leo y Rafa le vendían. Sae no era delicada y tenía la política de aprovecharlo todo, por lo que en sus estofados solía usar incluso las vísceras de los animales que los dos chicos solían llevarle.

-Ya los llevaré de vuelta a comer con ella.- Replicó Darius con una gran sonrisa, recibiendo solo negativas asustadas de parte de los rebeldes; si bien en el distrito trece la comida solía ser racionada y a veces algo insípida, un solo plato de Sae les había bastado para considerar que no era tan mala después de todo. El hombre rió ante las caras de sus amigos.- Vengan, acá tengo su cargamento; deberemos llevarlo con cuidado.-

-Por cierto, el general me pidió que le llevara información sobre los chicos de los que me hablaste la otra vez.-

-Ah, ellos.- Dijo Darius, empezando a cargar junto con los muchachos, un pequeño vagón.- Son solo unos cuantos chicos, algunos incluso de tu edad, aunque sé que la edad es lo de menos; pero he sabido que se reúnen de vez en cuando y algo he sabido de que quieren unirse a la rebelión.-

-¡¿Les hablaste de nosotros?!-

-¡No seas tonto! Me refiero a que ellos quieren armar su propia revolución, y no son solo simples planes al viento, sino que de verdad quieren empezar a mover a la gente, buscar armas; aun no se lanzan a lo grande porque no pueden arriesgarse así como así, pero en verdad quieren luchar.-

-¿Y son de fiar? ¿Servirán?- Preguntó otro de los soldados.

-Son realmente de fiar, los conozco; y sí, necesitarán entrenamiento, pero uno de ellos es muy hábil, no dudo que haya sido entrenado antes.- Dijo con seguridad.

-¿Por qué estás tan seguro?- Inquirió Casey al escuchar el tono su amigo.

-Es un cazador furtivo; lo sé porque lo he visto en el Quemador junto con uno de sus hermanos llevando algunas piezas de caza; además, es hijo de Splinter.-

-¿De quién?- Inquirió el muchacho sin entender.

-Splinter… - Repitió Darius; luego suspiró con cierto hastío.- Es verdad, tú no sabes mucho.- Añadió, a lo que Casey puso cara de molestia al sentir que le llamaban ignorante.- Splinter era un muto de rata; en los "Días oscuros" fue un gran guerrero que ganó muchas batallas para el Capitolio, pues poseía grandes conocimientos de pelea que nadie más tenía, o por lo menos no muchos mutos parecían compartirlos; le conocían como "Espécimen 4264" y fue uno de los primeros mutos en ponerse contra el Capitolio y unirse a los rebeldes; ahora esas batallas que ganaba para el gobierno las ganaba para la causa y gracias a él casi estuvimos a punto de ganar la guerra, hasta que… bueno, ya sabes.-

-¿Entonces, crees que él sepa lo mismo que… Splinter? ¿Crees que pueda pelear como él?-

-Estoy seguro, la vieja rata se habrá retirado de la vida revolucionaría, pero no habrá dejado a sus hijos sin entrenar, eso te lo garantizo; y ese chico debe saber si no todo, por lo menos gran parte de lo que sabía él.-

-Pues eso le agradará mucho al general.- Admitió Casey con una sonrisa.- ¿Crees que podamos verlos ahora?-

-Sí, quizá los encontremos en el Quemador, suelen ir seguido a vender o intercambiar lo que cazan; ¡Vamos! Y así hablamos con él mientras comemos con Sae "La grasienta".-

Casey hizo un gesto de desagrado.

En eso se escuchó un gran rumor; extrañados, todos se miraron entre sí y salieron de la bodega para averiguar de qué se trataba. Vieron correr a mucha gente con rumbo a la plaza, por lo que aceleraron el paso para llegar hasta allá; al arribar y tras abrirse paso entre los curiosos, vieron en el centro del gran cuadro a una tropa de agentes que apaleaban a un grupo de chicos, los cuales yacían atados de las muñecas a unos pilares de madera clavados en el piso.

-¡Oh, no!- Musitó Darius y miró significativamente a Casey. El chico comprendió de inmediato que esos eran los conspiradores de los que le había hablado.

Cray, el jefe de los agentes, los había descubierto por fin y siguiendo el protocolo los había arrestado. Normalmente Cray no era una persona de cuidado; era corrupto y solía usar el puesto para su beneficio, viviendo cómodamente e intercambiando comida por favores sexuales de chicos y chicas pobres y hambrientos, incluso solía comprarles a Leo y Rafa algunas de sus piezas de caza porque ellos conseguían a veces carne mejor de la que vendían en la carnicería; sin embargo, una cosa era la caza furtiva y otra un conato de revolución; Cray sabía perfectamente que si dejaba pasar esto y derivaba en un levantamiento, su cabeza sería la primera en rodar.

Y obviamente él prefería su cabeza.

El jefe supervisaba la golpiza que sus hombres les propinaban a los conspiradores; aquello era brutal, pues no solo se limitaban a golpearlos con la cacha de las armas, sino también con las porras metálicas que eran parte del equipo. Los asistentes estaban horrorizados y a cada golpe nuevo había quien giraba el rostro para no ver, cosa que era en vano pues los gritos de dolor y el sonido de huesos rompiéndose era difícil de ignorar.

Incluso Casey, que se suponía debía ser lo suficientemente fuerte como para verlo todo, volteó hacia otro lado cuando uno de los agentes golpeó a la tortuga en el ojo izquierdo con la cacha del arma. En eso vio llegar a otras tres tortugas, seguidas de un grupo de gente entra las que reconoció a la vieja Sae. Las tortugas llegaron entre la multitud e intentaron pasar a la gente para llegar a donde se hallaba, supuso el soldado, su hermano, más la gente del quemador y los curiosos se los impidieron.

En eso, Cray dio la orden; los agentes se acercaron a los presos y sin más les dispararon a quemarropa con sus armas de alto calibre; a algunos en el estómago, a otros en la cabeza; Rafael recibió un disparo directo en el lado izquierdo del pecho, no muy lejos del corazón.

El chico cayó inerte junto a sus compañeros al tiempo que sus hermanos lanzaban gritos de dolor y desesperación.

Las tres tortugas quisieron correr hacia donde se hallaba su hermano, pero la gente seguía reteniéndolos. Casey, sin poder evitarlo, horrorizado por lo que había presenciado, se acercó a los cuerpos sin pensar; Darius y los otros rebeldes, asustados por lo que hacía, se acercaron tras él para respaldarlo.

-¡Pelotón, retirada!- Ordenó Cray a los ejecutores. Al ver que Casey, y los suyos, que aun usaban los uniformes robados, se acercaban junto con Darius, ordenó.-Ustedes, retiren los cuerpos.-

-Sí, señor.- Replicó Darius, tratando de mantenerse firme.

Cray y el pelotón se alejó del lugar mientras que los curiosos hacían lo mismo. Darius vio que los tres hermanos Hamato intentaban ir por el cuerpo de su hermano; esperaba que la gente se los impidiera, pues él sabía mejor que nadie que al ser ejecutados como conspiradores, no podrían reclamarlo ni sepultarlo por su cuenta.

-Será mejor que nos movamos.- Les dijo a Casey y los otros. Era obvio que esa no debía ser la labor de aquellos chicos al no ser verdaderos agentes de la paz, e incluso se estaban arriesgando al hacer aquella tarea, mezclándose con los deberes del grupo, pero ya estaban ahí y la verdad, Darius no quería encomendar aquella labor a nadie más; conocía a aquellos chicos, conocía y quería a Rafa y respetaba mucho a su familia como para dejar que alguien más los arrojara a la fosa común sin el más mínimo miramiento.

Por fortuna, Casey coincidía con su pensar. Ordenó a su pequeña tropa y comenzaron con la penosa labor de levantar los cadáveres y llevarlos al cementerio del distrito.

Ya ahí, tras cavar la fosa en la que debían sepultarlos, mientras uno de los chicos vigilaba; Darius, Casey y los otros, depositaban con cuidado uno a uno a cada chico en la tierra, dándole una despedida con honores y un saludo militar a aquellos valientes jóvenes que solo buscaban luchar por una vida mejor.

Al final, Casey fue por Rafael, el último que debía ser enterrado; se acercó para subirlo a su hombro cuando escuchó algo.

Un leve ruido… parecía un suave y pesado resollar.

Nervioso, alterado, Casey se acercó más al chico, pegó su oído a la boca de la tortuga y lo escuchó.

Respiraba, débil, pero respiraba… ¡El chico estaba vivo!

-¡Está vivo!- Exclamó el muchacho de golpe, arrepintiéndose después por que pudo haber alertado a alguien más aparte de los suyos; Darius y el resto de la tropa se acercaron; era verdad, la joven tortuga se hallaba viva.

-¿Ya lo ves? ¡Rebelde hasta contra la muerte!-Dijo alegremente, sonriendo feliz por ver que Rafa seguía vivo.

-Pero no durará mucho a menos que lo saquemos de aquí; ¡Rápido, ustedes dos, cubran la fosa!-Le ordenó a dos de sus hombres.-Darius, ayúdame a llevarlo.-

La movilización fue rápida; tras cubrir la fosa la tropa se halló reunida de nuevo; metieron a Rafael en el vagón que llevaba el carbón y los metales, transportándolo lo más rápido y discretamente posible hasta el aero deslizador oculto en el bosque.

-Ya te daremos noticias.- Le dijo Casey a Darius antes de irse. Tras despedirse, la nave se elevó por los cielos, perdiéndose en lontananza.

Por su parte, Darius volvió a su puesto, y aunque se moría de ganas por decirle a los Hamato lo ocurrido, prefirió esperar; pues primero, no sabía si Rafael lograría sobrevivir y segundo, por ahora era mejor no tener contacto con ellos; Cray seguramente los tendría un tiempo en la mira, temiendo que de la familia surgiera alguna venganza o rebelión, y acercarse a ellos para darles semejantes noticias, quizá solo lograría ponerles en peligro en lugar de darles una alegría.

Rafael fue atendido durante el viaje y recibido en el hospital del distrito trece.

Sus heridas eran realmente graves; tenía varios huesos rotos y la piel lacerada se había incluso, abierto por los azotes; el globo ocular izquierdo, el que había recibido el golpe, se hallaba desprendido y al no recibir las atenciones inmediatas adecuadas, se había infectado y el tejido empezaba a pudrirse, por lo que no pudieron salvárselo.

El disparo había sido hecho con una bala de alto calibre, un calibre especial usado por agentes de la paz, pues al tratar con humanos y mutos, debían estar listos para atravesar cualquier tipo de coraza que fuera; la bala había roto el pecho de la coraza de Rafa, rompiendo varias arterias las cuales fueron minuciosamente restauradas por los doctores; había perdido sangre, pero afortunadamente pudieron hacerle varias transfusiones que le salvaron la vida; por otro lado, su pecho fue "resanado" con una aleación especial creada por un químico rescatado del distrito seis, el distrito encargado de la creación de medicamentos para el Capitolio, y que ahora hacía esa misma labor para el distrito trece.

Los doctores habían hecho su parte, ahora todo dependía de él y su voluntad.

Razón por la cual, Casey sabía que el chico iba a vivir.

Pasaron varias semanas; Rafael se hallaba inconsciente y a veces Casey temía que no fuera a despertar jamás.

Sin embargo, un día ocurrió, el chico despertó de golpe, gritando y luchando por ponerse en pie. No reconocía el lugar, no sabía lo que había pasado y simplemente deseaba salir de ahí; los doctores tuvieron que sedarlo, dejándolo inconsciente otros días más.

Posteriormente volvió a despertar, pero solo para caer en lo mismo; desesperación, dolor, angustia; gritaba por sus hermanos y porque quería saber de ellos; profería amenazas y se agitaba, prometiendo destruir a cualquiera que osara ponerles una mano encima.

El dolor físico y mental lo tenía al borde de la locura; los doctores optaron por no sedarlo esta vez, sino por darle morflina, una sustancia parecida a la morfina, pero más potente, cortesía de nuevo del químico del distrito seis.

Pero día a día era lo mismo, solo que esta vez parecía peor; cuando el efecto de la morflina pasaba, Rafael comenzaba a alucinar y a gritar con desesperación hasta que alguna enfermera volvía a darle una dosis; sin embargo, el plan del médico era retirarle la sustancia poco a poco para que el cuerpo empezara a aclimatarse y a no depender de ella. Casey comenzó a visitarlo durante ese período, pensando que quizá charlar le ayudaría a distraerse y pudiera alejar su mente de las torturas psicológicas que le aquejaban; en aquellas ocasiones Casey le encontraba semi consciente y sin ganas de hablar, otras lo hallaba con un humor terrible y en otras incluso lo encontraba sustrayendo morflina de la bolsa de otro paciente.

Nuevamente era de día. Casey se levantó muy temprano, como solía hacer, y colocó su brazo en la máquina empotrada en la pared, como era la costumbre; aquella máquina tatuaba en el brazo de las personas con una tinta especial su horario del día; en el distrito trece no se desperdiciaba nada y lo mismo iba con el tiempo, por lo que la gente debía seguir rigurosamente aquel itinerario que les imprimían en la piel y que solo se borraba cuando a las diez, donde solía estar marcada la hora de la ducha, tomaban su baño. Casey observó con alegría el horario del mediodía, el cual se lo marcaba como descanso, tiempo que acostumbraba dedicar a visitar a Rafael.

Después de las prácticas con el ejército y el almuerzo, llegó por fin la hora del receso; el chico Salió del cuartel y se dirigió al hospital a toda velocidad. Debía admitir que se hallaba preocupado, ¿de qué humor encontraría al chico esta vez? ¿Tendría que impedir de nuevo que robara morflina de sus compañeros de pabellón?

Entró en el lugar, preparándose para lo peor, pues la tortuga tenía un temperamento de cuidado y ya había tenido que vérselas con él en variadas ocasiones; listo para derribarlo si era preciso, Casey ingresó al pabellón.

Para su sorpresa, encontró al chico en la cama, sentado, con los brazos cruzados y un sereno semblante.

-Hola…-Murmuró Casey, extrañado de hallarlo más tranquilo de lo que esperaba.- Pensé… pensé que tendría que derribarte otra vez.- añadió mientras que miraba a su alrededor con cautela, como si esperara evitar alguna artimaña oculta por la tortuga.

-No, ya no más, no quiero convertirme en un "morphling".- Dijo la tortuga; los morphlings era como en el hospital conocían a los adictos a la morflina y al chico ya le había tocado varias veces ver a algunos de ellos rondando el pabellón en busca de la preciada sustancia y a otros incluso rogándole al médico con enfermedades falsas para que les diera una dosis; eso no iba a ocurrirle a él.

-Me alegra oírte decir eso.- Admitió Casey, respirando con tranquilidad al fin, pues si el chico decía que dejaría de perseguir la sustancia sabía que lo decía en serio; a estas alturas había aprendido a confiar por completo en la voluntad de la tortuga.- ¿Cómo te sientes?-

-Mucho mejor, gracias.- Replicó el chico con tosquedad; luego, suavizó su semblante y miró a su amigo.- Escucha, Case… creo que no te… no te he agradecido aun por lo que hicieron por mí.-

-Descuida, tú habrías hecho lo mismo.- Replicó el muchacho, sentándose en una silla cercana a la cama. Rafa giró el rostro hacia él.

-Escucha, sabes que agradezco todo esto, pero… ¡necesito saber que ha pasado con mis hermanos!-

-Ya te lo dije, ellos están bien, Darius ha cuidado de ellos.-

-¡Lo sé, pero no es suficiente! No puedo dejarlos ahí, ¡no quiero que sigan ahí! ¡Tú no sabes cómo es vivir en ese lugar!-

-No, pero después de lo que he visto me lo imagino. Mira, supongo que lo que quieres es traerlos aquí, eso no es problema, aquí la gente es bienvenida.-

La tortuga esbozó una media sonrisa.

-Pero, ¿Cómo hago para traerlos? ¿Con quién debo hablar?-

-Eso es obvio, con la presidenta Coin, ella es la única que puede dar permiso a expediciones de rescate.-

-Llévame con ella… necesito hablar con ella.-

-De acuerdo, pero, ¿no crees que necesitas esperar un poco más? Aun no estás en condiciones de…-

-¡Ya he esperado mucho tiempo! ¡Ya estoy bien, no puedo perder más tiempo!-

-De acuerdo, de acuerdo, está bien, veré que puedo hacer.-

-Gracias.- Replicó el chico, medianamente más aliviado.

Al día siguiente Casey fue por Rafael. Había cumplido su promesa y aunque le había costado trabajo, logró por medio del general una entrevista entre la tortuga y la presidenta.

Rafael se presentó puntual ante la mujer; Alma Coin, presidenta del distrito trece, la que administraba el lugar, otorgaba permisos, decidía quien entraba y quien salía, y mantenía todo marchando en orden.

El chico, pese a lo adusto y serio de la expresión de la mujer, no se amilanó en lo más mínimo y entró en su oficina , un bunquer oscuro y recubierto de metal, con la decisión plasmada en el rostro; Alma Coin le miró, arqueando una ceja.

-Es bueno ver que estás bien, muchacho.- Dijo con sinceridad a pesar de su tono autoritario.- ¿Me dijeron que quieres pedir algo?-

-Mis hermanos.-Replicó el muchacho sin chistar.- Quiero traerlos conmigo.-

-Entiendo, pero debes saber que nada de esto es gratis, ¿comprendes? Los beneficios que has obtenido y que esperas obtener tienen un costo.-

-Lo sé, y estoy dispuesto a pagar con lo que sea.-

-De acuerdo, entonces no te molestará unirte al ejército, ¿verdad?-

-Lo he estado esperando.- Respondió el muchacho sin más. La presidenta sonrió.

-De acuerdo, entonces se les asignará una habitación, deberás dar los datos de tu familia, decir cuántos son para saber para cuantas personas será el lugar.-

-No hay problema.- Dijo Rafael, guardándose el hecho de que no solo serían sus hermanos, obviamente también buscaría a las O'neil; su presencia quedaría al descubierto cuando ya estuvieran de vuelta, solo que a esas alturas, la presidenta no tendría de otra más que darles alojamiento pues no se atrevería a echarlas de ahí.

-Perfecto, cuando el médico te dé de alta oficialmente te reportarás con el sargento entrenador para comenzar tu instrucción.-

-Espere, ¿qué hay de mis hermanos?-

-Los buscaremos, te lo garantizo; solo que habrá que esperar un poco; hoy se celebra la cosecha y no sería prudente hacer una sustracción cuando todos los ojos de Panem se hallan sobre los distritos.-

-¡¿La cosecha?!- Exclamó el muchacho quedando helado; había perdido la noción del tiempo al hallarse hospitalizado que simplemente había olvidado que esta se avecinaba.

-Puedes retirarte, soldado Hamato.- Le despidió la presidenta. El chico dio media vuelta y salió de la oficina; Casey, que lo esperaba afuera le siguió.

-¿Y bien? ¿Cómo te fue?-

-Los traeremos.-

-¡Grandioso! Pero, ¿Por qué no te ves más feliz?-

-Casey… hoy es día de la cosecha.- Replicó el chico con cierta histeria en la voz.

-Oh, entiendo…- Murmuró el otro. Sabía lo que eso significaba, pues era algo que aprendían en la escuela, pero nunca había visto una, pese a que en el distrito podían recibir la señal de Panem, robada con todas las precauciones para evitar ser detectados, el ver la cosecha y seguir los juegos le parecía algo morboso y por principios, se había negado a hacerlo.

-¿Dónde hay un televisor?-

-En mi casa.- Dijo Casey.-Pero ¿acaso vas a…?-

-Sí, voy a verla, ¡vamos!- Contestó, tomándole con fuerza del brazo.

-De acuerdo, de acuerdo, no me jalonees… quien diría que acabas de salir del hospital.- Repuso, llevando al chico a su apartamento.

Ya en casa de Casey, Rafael encendió el televisor, angustiado. Justo en ese momento se transmitía en directo la cosecha del distrito siete; una chica humana y un muto de conejo habían sido elegidos como los tributos de ese año.

-Todo eso es tan horrible…- Murmuró Casey, sentado en el sillón de la pequeña sala; miró a Rafael que yacía de pie; la ansiedad le hacía imposible el tomar asiento.-Estarán bien, ya lo verás.-

Pero la tortuga no dijo nada; los nervios le impedían hablar.

De inmediato inició la cosecha del distrito ocho; un niño de doce años y una chica de quince fueron seleccionados; Casey ahogó un grito de indignación.

Rafael continuaba preocupado.

Se inició la del distrito nueve, luego la del diez y la del once; a estas alturas, los nervios de Rafael ya se hallaban al tope.

Inició por fin la del doce; Rafael se hallaba tenso, pero un poco de esa tensión se esfumó cuando escuchó otro nombre y no el de Abril O'neil.

Pero el alma se le fue al suelo cuando escuchó el nombre de Miguel Ángel.

Se sintió impotente, y más cuando vio a sus otros dos hermanos salir tras el pequeño. Le daba gusto verlos otra vez, pero obviamente no habría querido verlos así, a punto de perder la vida.

Cuando Leo se ofreció voluntario una media sonrisa se posó brevemente en su rostro; él habría hecho lo mismo, de hecho, los habría noqueado a los tres para evitar que le impidieran tomar el lugar de Mickey.

La transmisión dio por terminada; Casey se acercó a Rafa, sin saber qué decir; después logró murmurar.

-Lo siento… ha sido tarde.-

-Claro que no…- Replicó el chico.-Aun no es tarde.- Miró a su amigo con la convicción brillando en sus ojos.- Voy a ir al Capitolio.-

Y Casey sabía que si Rafa se lo proponía lo haría sin importar como.