Muchas gracias a todos los que están leyendo esta historia, a los que dejan review y a los que no también :D
Agradezco también a mi beta reader Haoyoh Asakura, sin su ayuda esta historia no podría seguir.
Disclaimer: Los juegos del hambre y Teenage Mutant Ninja Turtles, las situaciones, personajes y demás de estas historias no me pertenecen, sino que son propiedad de sus respectivos autores.
Capítulo IV
Las carrozas continuaban su carrera a toda velocidad.
Leo se hallaba pasmado, ¿Era verdad lo que había visto o era solo una ilusión? Miraba de nuevo hacia atrás, esperando encontrar entre la multitud aquel rostro que creyó ver por un segundo.
El rostro de su hermano.
Sin embargo, no pudo continuar, pues pronto la carroza se detuvo detrás de las otras frente al palco principal del Palacio Presidencial del Capitolio. En dicho balcón se encontraban sentados varios funcionarios importantes del gobierno de Panem, y en medio de ellos, en la silla principal, estaba el presidente.
Oroku Saki.
Oroku Saki, quien se hallaba al frente de Panem desde hacía muchos años, reelecto todas esas veces casi por unanimidad. Su familia se había encontrado ligada a la política desde siempre, prácticamente un Saki había sido parte de la fundación de Panem después de las catástrofes que destruyeran a Estados Unidos y el resto de la línea familiar ayudó con la implantación de la "república" en la que se sustentaba el gobierno de aquel nuevo país; de hecho, el padre de Oroku había sido presidente durante los días oscuros, había autorizado la creación de mutos y la destrucción del distrito trece, por no decir que fue uno de los principales responsables de la instauración de Los Juegos del Hambre.
Cuando el padre de Saki murió y Panem se halló perdida sin su líder, Oroku tomó las riendas; nadie lo sabía, pero se encargó de desaparecer a los opositores que deseaban tomar el poder tras la muerte del presidente con la intención de cambiar las políticas que esclavizaban a los distritos; Oroku arrasó con sus enemigos de manera discreta y arrasó con las elecciones emergentes que se realizaron en aquellos momentos, ganando casi por unanimidad aquel puesto y manteniéndose ahí durante muchos años, en los cuales incrementó la presión sobre los distritos y por ende mantuvo la "tradición" de los juegos creada por su padre.
La música que acompañaba al desfile de las carrozas, cesó. El presidente Saki se hallaba frente a ellos y todo mundo guardó silencio, listos para escuchar sus palabras.
-Bienvenidos, tributos. Todos aquí en el Capitolio nos encontramos felices por su llegada y les damos la bienvenida.- Dijo el hombre con su voz, potente y solemne.- Deben saber que apreciamos su coraje y su sacrificio. Les deseo ¡Felices Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de su parte!-
El público aplaudió con emoción; Leo miraba a aquel sujeto con desprecio, pero luego desvió la mirada, no sería bueno si alguna cámara lograba captar su expresión. Las carrozas comenzaron de nuevo su marcha para volver al centro de entrenamiento.
Leo, recordando lo que había visto antes de llegar al palco, volvió a mirar hacia el lado donde creyó ver aquel rostro fantasma; pero no vio nada. Los carros entraron al centro de entrenamiento.
-¡Estuvieron grandiosos!- Exclamó Cinna, acercándose junto con Portia a Leo y Belle cuando estos bajaban del carro; Effie y Haymitch iban con ellos.
-¡Hablaran de nosotros todo el tiempo!- Chilló Effie con emoción, mientras los demás ayudaban a los chicos a bajar del carro. En cuanto Leo puso un pie en el piso, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta por donde habían entrado; pero está se cerró antes de que él pudiera acercarse y dos agentes de la paz se colocaron enfrente, impidiéndole el paso, pensando que querría escaparse. El chico se detuvo y los miró con molestia, con desafío.
-Vamos, Leo, es por aquí.- Le dijo Cinna, acercándose a él y tomándolo de la mano para guiarlo hacia el ascensor que habría de llevarlos al apartamento que usarían durante su estancia en el Capitolio.
-¿Qué hacías, niño?- Inquirió Effie, desconcertada, cuando Cinna se acercó a ellos, llevando a Leo del brazo.
-Creo que le han impresionado las calles del Capitolio, ¿no es así?-Replicó Cinna, mirando al chico.
-Eh… sí, así es…- Murmuró Leo en respuesta.-Es… un lugar muy… hermoso.-
-¡Oh! ¡Entiendo, no te culpo, yo estaría igual si viniera de dónde vienes y de repente me encontrara con una ciudad tan glamorosa!-Dijo la mujer, emocionada, mientras entraban todos juntos en la caja de cristal que era el ascensor. Los apartamentos en el centro de entrenamiento eran otorgados según el número de su distrito; ellos al ser del doce estarían en la cima del edificio, es decir, en el penthouse.
Durante el trayecto, Leo se hallaba en silencio, ensimismado, pensando en aquella visión. Cinna y Haymitch le miraban con cierta preocupación, sin entender que era lo que le había puesto así de repente.
Llegaron al apartamento, el cual era aún más elegante que el tren en el que habían llegado. Leo y Belle observaban el lugar con asombro, pues nunca habían visto algo tan lujoso en su vida; paredes brillantes, como si fueran hechas de cristal; pisos alfombrados, muebles de terciopelo, cómodos y mullidos, un gran comedor con una mesa tan larga que bien podría albergar a varias personas, y piezas de arte dispersadas en todo el lugar, dándole un aspecto agradable vanguardista; el apartamento se hallaba dotado de la más alta tecnología, pues las ventanas podían abrirse a una orden o brindarte imágenes diversas según tus deseos; Leo pensó en lo fascinado que estaría Donny si pudiera echar mano a aquellas máquinas de avanzada.
-Sus habitaciones están por ese pasillo.- Dijo Effie.- La de Leonardo es la de la puerta de la izquierda, Belle, la tuya es la de la derecha; dense un baño y vuelvan para la cena, por favor.-
-Sí.- Murmuró el muchacho, mientras su compañera se limitaba a asentir con la cabeza. Cuando iba a dirigirse hacia donde Effie le había indicado, Cinna le detuvo sutilmente del brazo.
-¿Estás bien?- Le preguntó en un susurro.
El chico se esforzó por esbozar una sonrisa.
-Sí, gracias… iré a ducharme.- Replicó; no estaba seguro de si debía comentarle aquello; se alejó del grupo con rumbo a su habitación.
En las calles del Capitolio todo era música y fiesta; la gente aun celebraba la inauguración de los juegos.
Casey, aun asombrado por la fastuosidad, colorido y algarabía que presentaba aquella capital del exceso, miraba a su alrededor mientras caminaba junto a Rafael. La tortuga se hallaba en silencio desde que había visto pasar a su hermano en la carroza.
-¿Qué haremos ahora?-Preguntó, tratando de centrarse, después de todo habían ido hasta ahí por otra razón, no para participar de la "fiesta".
-¿La verdad? no tengo idea…- Rumió la tortuga, volviendo luego a ensimismarse.
-Tu hermano se veía muy bien.- agregó Casey; su comentario logró arrancarle a la tortuga una sonrisa.-y se ve que la gente lo adora.-
-¿Sí, verdad? Pero ¿Qué esperabas? Es mi hermano, es obvio que se viera bien y que la gente lo adorara.- Replicó este, sonriendo feliz. Por un momento comenzaba a pensar que todo aquel esfuerzo había sido una pérdida total, pero el solo hecho de recordar que había podido ver a su hermano en persona, aunque fuera por un momento, le hizo sentir que no había sido en vano y le devolvió la confianza.-Quizá eso le ayude a sobrevivir.- Murmuró después con cierta melancolía que trató de disimular. Sacudió la cabeza y retomó su aplomo.- Debemos buscar un lugar donde quedarnos, y luego…-
-¿Luego, qué? No podemos ir a verlo, lo sabes.-
-¡Sí, sí, no tienes que repetírmelo!-Gruñó Rafael.-Si tan solo pudiéramos contactar a Haymitch…-
-¿Haymitch? ¿Haymitch Abernathy? ¿Lo conoces?-
-Sí… algo… si pudiéramos contactar con él, él podría…-
El chico guardó silencio. Haymitch podría ponerlo en contacto con Leo, aunque fuera por medio de una carta; quizá por ahora no fuera mucho, pero por lo menos Leo sabría que él estaba vivo y que se encontraba en el Capitolio, que no se hallaba solo.
-Busquemos donde quedarnos y luego trataremos de infiltrarnos al estudio donde se llevaran a cabo las entrevistas… ahí veremos a Haymitch.- Dijo Rafael, aunque la verdad, esperaba, si era posible, ver a Leonardo y no a Haymitch si lograban infiltrarse a ese lugar.
Leo salió de la ducha; tal y como el equipo de preparación le había dicho, el tatuaje de su rostro se había esfumado, lo cual a fin de cuentas le dio cierto alivio.
Abrió el cajón de la cómoda que se hallaba en la habitación; esta se hallaba llena de ropa hecha a su medida, como si al saber que él sería quien ocuparía ese cuarto, un grupo de sastres se hubiera encargado de hacer todo un guardarropa variado solo para él. Tomó una camisa blanca holgada y unos pantalones de tela delgada, algo cómodo y poco formal, y salió con rumbo al comedor. Seguía consciente de que debía ganar peso y además, toda la actividad del día le tenía hambriento y agotado.
Al llegar se encontró con Haymitch, Effie y Belle, quienes ya comenzaban con la cena; Cinna y Portia no se encontraban ahí, lo cual a fin de cuentas el chico lamentó, después de todo, el estilista había sido muy amable con él y le agradaba mucho; habría querido agradecerlo por toda su ayuda, en especial por lo ocurrido en las caballerizas.
-¡Oh, por fin llegas!- Exclamó Effie al verlo aparecer, indicándole una silla vacía frente a ella, situada al lado de Belle. El chico se acercó y tomó asiento.-Estábamos hablando del desfile; ¡El público quedó fascinado con ustedes dos!-
-Sí, pero eso ya pasó, ahora debemos enfocarnos en el siguiente paso. Tendrán tres días de entrenamiento en grupo en compañía de los otros tributos, habrá maestros especializados en distintas técnicas; procuren aprender un poco de todo y observar a los otros sobre que módulos tomaran, ¿está claro?, posteriormente tendrán otros tres días de entrenamiento conmigo y después de eso tendrán la sesión con los vigilantes, en la cual deberán mostrar todo lo que tengan, pues la calificación que ellos den a sus habilidades podría ser muy útil a la hora de buscar patrocinadores, ¿entendido?-Dijo Haymitch, mientras cortaba un trozo grande de un gran filete bañado en salsa que tenía frente a sí.- Ahora, necesito saber cuáles son sus talentos, ¿saben hacer algo en especial?-
-Sé cazar…-Murmuró Leo.- Además… sé pelear.- Añadió no muy seguro de si debía hacer referencia a las enseñanzas que había recibido de su padre.
-Estoy seguro que sí.- Replicó Haymitch, mirándolo al tiempo que esbozaba una elocuente sonrisa que a Leo le sorprendió; pero el hombre se giró hacía Belle en ese momento.- ¿Y tú, querida? ¿Sabes hacer algo más que convertir el oxígeno en dióxido de carbono?-Le preguntó a la chica; Leo pensó que aquello era innecesariamente grosero.
-Pues… yo…- Murmuró Belle algo angustiada.-La verdad es que no soy buena peleando.-
-Lo supuse.- Replicó Haymitch.-Asegúrate de pasar por todos los módulos posibles o si no tu único talento será lo primero que pierdas cuando inicien los juegos.-
-No tienes por qué ser tan duro.- Dijo Leo con cierta molestia.
-No soy duro.- Respondió Haymitch, mirándolo, para luego tomar un bocado de filete, luego, con la boca llena (cosa que hizo que Effie protestará por sus malos modales) añadió.- Más duros serán con ella en cuanto comiencen los juegos, y si no se aplica ahora no vivirá para contarle al mundo lo "duro" que he sido. Este es el momento de la verdad, muchacho, los buenos modales.-Afirmó mirando a Effie.- Se han quedado en el pasado.-
Leo comprendía que Haymitch tenía razón, después de todo con la vida en juego había que ser duros para aplicarse y encontrar la forma de salir airosos de esa prueba; sin embargo no iba a darle la razón, no ahora por lo menos, por lo que siguió mirándole con cierta molestia mientras el hombre cortaba otro trozo de aquel enorme filete.
Al terminar la cena, Leo se retiró a su habitación; sabía que debía dormir pues el día de mañana sería muy difícil; sin embargo le era imposible; muchas cosas le rondaban en la cabeza: pensaba en Donny y Mickey que seguramente estaban alistándose para dormir en esos momentos; era obvio que lo habrían visto en el desfile de las carrozas y no podía evitar sonreír, preguntándose qué les habría parecido a sus hermanitos aquel increíble diseño de Cinna… "fantabuloso" susurró, pensando en lo que seguramente habría dicho Mickey.
Sin embargo, lo que más le venía a la cabeza era aquella imagen… el fantasma, pues eso debía ser o bien una ilusión de su atribulada mente, porque, ¿de qué otra forma Rafael podía haber estado ahí, en el Capitolio?
"Pero los fantasmas no visten a la moda del lugar donde se aparecen" le decía una vocecilla en su cabeza y eso solo lograba torturarle más; sin embargo no podía darse el lujo de perderse en conjeturas ni era el momento de desvariar, no ahora, por lo que tenía que darle una explicación lógica; era obvio que en aquellos momentos se sentía solo, más solo de lo que había estado en toda su vida, más solo que cuando perdió a su padre en aquella explosión, y es por eso que su cabeza evocaba a la gente que amaba para tenerles a su lado; pero… ¿de esa forma? ¿Acaso era posible que…?
Sacudió la cabeza y se cubrió con las mantas. No iba a terminar de darle vueltas si seguía aferrándose de esa forma y por ahora lo que necesitaba era dormir; ya mañana, cuando hubiese tiempo, buscaría la respuesta si la había; por ahora otras cosas debían ocupar su mente y no quería desconcentrarse.
No ahora.
La mañana llegó y tras desayunar, todos los tributos fueron conducidos por sus mentores a la sala de entrenamiento; en esta había varias estaciones con diferentes maestros a las cuales dirigirse, desde lucha con espadas hasta como preparar trampas o encender fuego sin herramientas. Leo pensó en pasearse por cada uno de ellos, aprender lo más que le fuera posible para complementarlo con los conocimientos que Splinter le había dado y a eso le añadiría las trampas, pues conocía solo algunas cuantas que Rafael le había enseñado durante las cacerías; también consideró ver algunas técnicas de supervivencia, como buscar refugio y algo de camuflaje.
Se dirigió primero a la estación de trampas. El maestro comenzó a explicarle la intrincada manera de como atar una cuerda, de modo que fuera imperceptible y reaccionara atrapando al primero que pusiera un pie en ella; Leonardo prestaba toda su atención a ello, pero de vez en vez echaba un ojo a sus compañeros tal y como Haymitch le había recomendado.
Los tributos profesionales pasaban casi todo el tiempo en las estaciones de batalla y, arrogantemente, muy poco en los de trampas y supervivencia lo cual era de esperarse, aquellos chicos se sabían seguros en cuanto a patrocinadores se trataba y por lo regular no tenían por qué temer en cuestión de quedarse sin comida o recursos; además, era obvio que confiaban en su fuerza y destreza, por lo cual parecían enfocarse solo en combatir con mayor ferocidad.
Belle por su parte parecía estar sufriendo más de lo esperado; le costaba trabajo usar armas y no podía repetir bien las técnicas que el instructor le enseñaba, no tenía puntería al lanzar cuchillos y ni pensar en usar una lanza; los profesionales no paraban de burlarse de ella y Leo sentía verdadera compasión por la chica.
Tras acabar con las trampas, Leo se encaminó al de espadas, con la intención de orientar un poco a su compañera, ya que se encontraba ahí; pero justo en el momento en que él tomaba una de las armas de entrenamiento, Belle botaba la suya para dirigirse a otra estación.
-Bien, no importa.- Dijo el entrenador al ver que la chica se alejaba dejando a Leo solo.- Entrena con él, les ayudará mucho a los dos.- Añadió el hombre, haciendo una seña a otro tributo.
Era el chico conejo del distrito siete. Este pareció muy feliz al ver a la tortuga, e incluso le hizo una pequeña reverencia cuando estuvo frente a él, algo que a Leo dejó asombrado.
El entrenador les dio algunas instrucciones básicas de movimientos de defensa y combate; cuando consideró que habían asimilado la lección, les dejó para que entrenaran solos mientras iba a asesorar a otros dos chicos. Leo y el chico conejo, comenzaron a dar algunos mandobles y a entrechocar las espadas.
-Es un honor el poder conocerte y entrenar contigo.- Dijo de repente el conejo, tras chocar de nuevo la hoja de su acero con la de Leonardo.
-Gracias… pero, ¿por qué me dices eso?- Inquirió el chico extrañado, pues la actitud de aquel muchacho le era inesperada.
-No cualquiera hace lo que tú hiciste por tu hermano; alguien que posee el don del auto sacrificio por los demás es dueño de un alma generosa y un corazón noble, es por eso que es un honor entrenar a tu lado, no siempre se encuentran personas así.-
-Gracias…-Replicó de nuevo la tortuga, con una leve sonrisa.- Soy Leonardo Hamato.- Añadió, presentándose.
-Lo sé, "El chico en llamas".- Agregó el conejo con una risita.- Soy Usagi Miyamoto, un placer.-
-Mucho gusto… Espera, ¿Qué es eso de "El chico en llamas"?-
-¿No lo has oído?- Inquirió el conejo con sorpresa.- Así te llaman en la prensa; Caesar Flickerman te bautizó así después de tu entrada en el desfile, la gente está loca por eso.-
-No… no tenía idea…-
-Sarina, nuestra acompañante, estaba furiosa con nuestros estilistas, dijo que una publicidad como esa no se consigue con el típico diseño de…-
-¿Árbol de obra de kinder garden?- Añadió Leo sin pensar, dándose cuenta cuando ya había hablado. Usagi se echó a reír.
-¡Sí, exacto! ¿Cómo lo supiste?-
-Digamos que no es la primera persona que lo piensa así.-
-En fin, dice que tendremos que poner mucho de nuestra parte en la entrevista si queremos alcanzar lo que hicieron ustedes… bueno, tú.-
-No iba solo en esa carroza.-
-Como si lo fueras…- Murmuró Usagi.- No quiero ser grosero, pero así lo ve la gente. Tu compañera solo se destacó unos escasos momentos, creo que fue cuando le tomaste la mano (lo vi en la repetición esa noche) por lo demás estaba muy ausente y casi no la tomaron en pantalla; algunos hablan como si el distrito doce solo hubiera enviado un tributo.-
-Odio esto.- Musitó Leo; no tenía intención de decir aquello, pero era algo que le venía consumiendo desde hace muchos años; la forma en la que el gobierno les orillaba a eso, a ceder a sus hijos, hermanos, familia a una fiesta de sangre solo para la diversión de algunos cuantos insensatos.
-Yo también.- Replicó Usagi casi al instante, con la mirada baja y la espada en alto.-El año pasado enviaron como tributo a mi mejor amigo…- dijo con un hilo de voz.
-Lo siento mucho…-Dijo Leo con sinceridad; entendía cómo debía sentirse aquel muchacho al respecto, ver en pantalla el día a día de su amigo hasta el inevitable final… pues el tributo del distrito uno había ganado los juegos pasados así que sabía lo que ocurrió con el amigo de Usagi.
-Gracias.-Respondió el conejo con una leve sonrisa.
Terminaron con la estación de espadas y ambos decidieron continuar juntos en las siguientes. A Leo le agradaba mucho aquel chico, aunque no estaba seguro de si debía de hacer amigos en aquel lugar, no por desconfianza, sino por el hecho de que, al entrar en la arena, bien podrían verse obligados a matarse entre ellos y el simple hecho de pensarlo le desagradaba.
Sin embargo, pudo más la buena compañía que el temor en el porvenir. Usagi resultó ser un buen compañero de entrenamientos, y se notaba que, a lo igual que él, había recibido alguna instrucción externa en el pasado aunque parecía restringirse, quizá por consejo de su mentor. Leo había notado que el chico parecía manejar la espada con facilidad y delicadeza, como si no le representara algo nuevo o difícil; incluso logró vislumbrar en sus movimientos la gracilidad de un espadachín consumado.
Cuando llegó la hora del descanso, incluso fueron juntos a la cafetería que el centro de entrenamiento tenía exclusivamente para los tributos; tomaron un par de charolas, las cuales llenaron hasta el tope (pues Usagi también consideraba que debían ganar peso mientras pudieran), y se sentaron en una mesa cercana a la pared, pasando por enfrente de la de los profesionales, que, cual grupo de chiquillos de escuela, habían tomado una solo para ellos y no dejaban sentar en ella a nadie más.
-Como si nos hiciera falta.- Murmuró Usagi, levantando la nariz y cerrando los ojos en actitud muy digna, provocando que Leo se echará a reír.-Me recuerdan a los chicos de mi escuela, ¿a ti no?-
-Ya lo creo.- Comentó la tortuga.- Los chicos del centro del distrito no solían juntarse con los de la veta… o con mutos.-
-Te entiendo, en casa es igual; los leñadores no solemos ser bien vistos por los hijos de los comerciantes, siempre nos hacen a un lado.-
-¿Así que eres leñador?- Inquirió Leo con curiosidad, al tiempo que cortaba un trozo de carne y se lo metía a la boca.
-Sí, desde los seis años.- Respondió Usagi asintiendo mientras enredaba espagueti en su tenedor y lo metía en su boca; luego, mientras masticaba agregó.- En el distrito siete empezamos a trabajar desde muy pequeños… bueno, los que somos hijos de leñadores… perdona que hable con la boca llena, ¡pero es que esto está delicioso!-
-No hay problema.- Rió Leo. De reojo le tocó ver como los profesionales les miraban con asco; siendo entrenados para los juegos desde pequeños no solían carecer tanto de comida como los tributos de distritos más pobres, por lo que ver a aquel par "atragantándose" les parecía desagradable.-¿Ya viste como nos miran?-
Usagi echó un discreto vistazo.
-Parecen muy incómodos; ¡En verdad me recuerdan a los de la escuela!-
-Hagamos que se sientan más incómodos.- Sugirió Leo, pues ya los profesionales le estaban hartando con sus aires de superioridad y la forma en que los veían, sin mencionar las veces que se habían burlado de Belle. Tomó con las dos manos una enorme pierna de pavo que tenía en su plato y sin más le hincó los dientes, arrancando un gran pedazo y masticándolo sin cuidado alguno de los modales mientras los veía.
Usagi, partido de risa, imitó su ejemplo; se llenó las mejillas con una serie de huevos cocidos y comenzó a masticarlos a toda prisa, volviendo la cara hacia la mesa de profesionales mientras les sonreía alegremente.
Estos mejor volvieron la vista hacia sus platos, murmurando entre ellos; ambos chicos se echaron a reír.
-Por cierto.- Dijo Leo, cuando por fin comenzaban a calmarse.-Tú practicas artes marciales, ¿Verdad?-
Usagi, que en ese momento se hallaba bebiendo un jugo, terminó, por la sorpresa, escupiendo lo que tenía en la boca en la cara de Leo. Al darse cuenta de que lo había bañado, el conejo, muy apenado, tomó una servilleta y se dispuso a secarlo.
-¡Oh, lo siento, de verdad, es que eso no me lo esperaba…! ¡¿Cómo sabes eso?! - Añadió en un susurro.
-Está bien, no te preocupes… fue mi culpa.- Dijo la tortuga, secándose por su cuenta.- No debí soltarlo de ese modo… Lo supe por tus movimientos, es demasiado obvio para quien está… entrenado.- Murmuró no muy seguro.
-¿Entonces… tú también…?- Musitó Usagi; luego cerró los ojos y comenzó a darse golpecitos en la cabeza, haciendo memoria.- Hamato… Hamato… ¡Hamato!- Exclamó, logrando que todos en el comedor voltearan a verlo; el conejo se encogió en su lugar y cuando todos dejaron de mirarlo, se irguió poco a poco.- Ahora lo recuerdo… ¡¿Cómo no me di cuenta antes?! ¡Tú eres hijo de Hamato Yoshi! ¿Verdad?-
-¡¿Conociste a mi padre?!- Exclamó Leo en voz baja, mirando, sin poder creerlo, al chico.
-Tu padre conoció a mi padre durante la guerra.- Repuso el conejo con una sonrisa.- De hecho, mi padre dejó las filas del Capitolio siguiendo el ejemplo del tuyo; él fue instruido en el arte de la espada y me… me enseñó a mí en secreto.- Agregó, bajando la voz.- Siempre tuvo un gran respeto y gratitud hacia tu padre, dijo que le enseñó mucho sobre lo que era la vida; ahora me es un honor aun mayor el estar aquí contigo.- Añadió, haciendo una pequeña reverencia.
-El honor es mío.- Replicó Leo, correspondiendo a su reverencia de la misma manera.- Ojalá este encuentro se hubiese dado en otras circunstancias.-
-Sí… A mi padre le habría encantado volver a ver al tuyo.-
-Estoy seguro de que a él también le habría encantado.- Replicó el chico con una dulce sonrisa.-
Belle, que salía por fin de la fila con su charola, pasó por la mesa delos profesionales y siguió, en busca de donde sentarse; Leo, al ver a su compañera algo perdida, le hizo señas para que los acompañara, sin embargo, la chica bajó la mirada y se siguió de largo, ubicándose en una mesa sola en el rincón.
Leonardo suspiró levemente exasperado.
-Creo que le ha afectado mucho, ¿verdad?- Inquirió Usagi al ver lo ocurrido.
-Sí… su actitud solo va a provocar que la…- Leo no concluyó, lo que pensaba era demasiado horrible como para decirlo en voz alta.
-Haces bien en intentar ayudarla, pero si ella no pone de su parte no podrás hacer mucho.-
-Supongo… mira, ahí está tu compañera.- Le dijo la tortuga, disponiéndose a hacerle señas como había hecho con Belle.
-Ni te molestes.- Murmuró Usagi, revolviendo su espagueti con el tenedor.- No vendrá ni porque todas las mesas estén ocupadas.-
-¿Por qué no?-
-A ella no le gustan los mutos; de hecho mantuvo la distancia conmigo desde el momento en que fuimos elegidos.-
-¿En verdad?- Musito Leo. El conejo asintió.
-Sí, dijo que jamás haría una alianza con un muto, ya que si yo me mostraba amable con ella era porque seguramente pretendía aprovecharme de sus recursos.-
Leo frunció levemente el ceño, sin comprender del todo.
-Ella es hija de uno de los vencedores del distrito siete.- Aclaró Usagi.- Su padre ganó los trigésimo novenos juegos del hambre; es un vencedor y por lo tanto ella nació y creció en la villa de los vencedores, nunca le ha faltado nada, y cuando esté en la arena es muy probable que su padre la patrocine, así que ella pensaba que yo quería aliarme para obtener esos beneficios.-
Leo suspiró; no solo por aquella forma de pensar tan terrible de la tributo femenino del distrito siete, que pasó junto a ellos mirándolos como si fueran infecciosos, sino también por las terribles reglas de aquel horrible juego; los vencedores de los juegos ganaban no solo fama, fortuna y una casa en la villa de los vencedores (que en el distrito doce solo era habitada por Haymitch), sino que su nombre quedaba fuera de la urna por el resto de sus años de elegibilidad; sin embargo, eso no garantizaba que sus hijos quedaran exentos, y aunque era obvio que al ser hijos de gente con dinero no tenían la necesidad de pedir teselas, por lo que sus nombres no figuraban más de lo necesario en la urna, aun así se daban casos, como el de esa chica, en que salían sorteados los hijos de algún vencedor, lo cual suponía algo más de "emoción" a los juegos pues se añadía el drama de ver al hijo de alguien querido por el público luchando por su supervivencia y con el plus de "¿logrará triunfar como su padre/madre?" ; Rafa solía decir, en sus "teorías de la conspiración", que de seguro los sorteos eran manipulados en esos casos para que esa persona en particular fuera elegida… y Leo comenzaba a creer que tenía razón.
-Por eso lo que lograste ha sido grandioso, Leonardo.-
-¿A qué te refieres?-
-A como te conoce ahora la gente, "El chico en llamas", no eres "tortuga" o "muto", eres solo un chico, alguien más; algo vieron en ti, desde el día de la cosecha, que solo vieron a la persona en el interior y no a un "algo" y creo que eso es bueno para todos nosotros.- Añadió, esbozando una gran sonrisa.
-Exageras, Usagi.- Replicó el muchacho, bajando la mirada algo incómodo ante la idea.
-No, solo te digo la verdad, y es algo de lo que deberías sentirte muy orgulloso.- Insistió el conejo con alegría.
Después del receso, ambos continuaron asistiendo juntos a las diversas estaciones hasta que el entrenamiento del día concluyó. Los mentores pasaron a recoger a sus respectivos tributos para llevarles de vuelta a sus apartamentos. Leo y Usagi se despidieron de lejos, con una gran sonrisa y la promesa de continuar la instrucción juntos al día siguiente.
Al llegar al penthouse, fueron recibidos por Effie, que, tratando de no parecer desagradable (cosa difícil con el mohín en su cara al verlos sudados por el entrenamiento), les envió rápidamente a ducharse. Belle se fue de largo, encerrándose en su habitación, frustrada y sin la menor intención de ocultarlo.
Por su parte, Leo entró en la suya repasando lo ocurrido en el día y sonriendo al pensar que tenía un nuevo amigo, aunque le dolía haber tenido que conocerlo en estas circunstancias; le dolía pensar en el inicio de los juegos y la suerte que podrían correr los dos, porque… ¿y si alguno tenía que matar al otro en algún momento?
Solo esperaba que eso no pasara, que alguien más diera cuenta de Usagi en la arena antes de que tuviera que hacerlo él.
Sacudió la cabeza y dio un golpe con el puño a la pared… Se sentía como un miserable al pensar en la muerte de su nuevo amigo, en pensar siquiera en que debía morir; manifestarlo de esa manera le hacía sentir el más cobarde y terrible de los seres sobre ese planeta.
Y Usagi consideraba que Leo era bueno, "algo vieron en ti, desde el día de la cosecha, que solo vieron a la persona en el interior y no a un algo y creo que eso es bueno para todos nosotros"; bufó. Odiaba los juegos, odiaba al gobierno de Panem por todo lo que les había hecho y por lo que les obligaría a hacer… Rafael tenía razón, bien valía la pena rebelarse, pero cuando se está solo… ¿cómo hacerlo?
Se recostó en la cama y se hizo un ovillo sobre ella. Ya no quería pensar más, solo quería olvidar y hacer de cuenta que no estaba ahí, que se hallaba muy lejos, en los bosques del distrito doce, a lado de Rafael y sus otros hermanos… de su padre.
Y al recordar a su hermano, recordó al "fantasma" y al pensar en eso volvió a abrir los ojos, recordando de repente algo que quería hacer desde el viaje en tren.
Se levantó de repente y entró a la ducha; al salir se puso una camisa sin mangas y un pantalón delgado. Salió de la habitación hacia la sala; Effie se dirigía al comedor, ordenando a algunos de los sirvientes lo que tomarían para la cena; Belle aun no salía de su cuarto.
-Oh, querido, ya te ves más decente.- Dijo Effie con dulzura al verlo llegar.- ¿Alguna cosa en especial que se te antoje para la cena?-
-Eh… no, yo… lo que sea, da igual.-
-¡Dios! Estos niños de distritos pequeños, no saben nada de la vida; Te pediré un poco de ese faisán a la naranja que comiste en el tren, ¿lo recuerdas? Me dio la impresión de que te gustó mucho; por favor.- Dijo volviéndose hacia el sirviente, un chico moreno de expresión seria y vestido de blanco.- Añade faisán a la naranja a la orden, por favor.-
-Gracias.- Le dijo Leo al chico con una sonrisa; este se limitó a asentir con la cabeza mientras emprendía la retirada.- ¿No pueden hablar conmigo?- Inquirió el chico al no haber recibido una respuesta verbal.
-No pueden hablar y punto.- Dijo Haymitch sentado en la sala.- Ese chico es un avox, muchacho.-
-¿Un avox?- Preguntó el muchacho con extrañeza.- ¿Qué es un avox?-
-Un sirviente.- Dijo Effie con tranquilidad.
-Un sirviente mudo.- Aclaró Haymitch.-Alguien acusado de traición y condenado a que le corten la lengua para servir de criado.-
Leo quedó pasmado; ¿así que eso era un avox? ¿Eso eran los sirvientes que día y noche rondaban el apartamento?, ¿gente condenada solo por no estar de acuerdo con el gobierno, cómo…?
En eso recordó lo que quería preguntarle a Haymitch, mirando al hombre le dijo.
-Eh… Haymitch… ¿podríamos hablar?-
-Sí…- El hombre miró al chico un momento.- ¿Has visto todo el penthouse? ¿Ya conoces la terraza?-
Leo negó con la cabeza.
-Ven, tiene una buena vista.- Añadió, comenzando a andar; Leo le siguió mientras Effie supervisaba la preparación de la mesa.
Llegaron a la terraza del penthouse, un pequeño balcón con algunos sillones y una mesa para el té; la vista desde ahí era preciosa; podía verse las calles del Capitolio y varios de los edificios más altos de la ciudad.
-Bonita vista, ¿verdad? algunos en lugar de apreciar eso solo piensan en tirarse, tienen complejo suicida, creen que es más correcto estrellarse en el pavimento que morir en la arena, pero les ha salido el tiro por la culata; la terraza está protegida por un campo de fuerza, si alguien intenta saltar, es regresado de golpe por este.- Explicó Haymitch mirando hacia el cielo.- ¿Y bien, de qué querías hablarme? Aquí puedes decir lo que quieras.-
Leo comprendió aquello como que el lugar no tenía ni cámaras ni micrófonos, por lo que podían hablar con libertad. Respiró profundo y sin dejar de mirar a su mentor, dijo.
-Haymitch… ¿cómo es que conoces a mi hermano, Rafael?-
