¡Hola! Aquí estamos de vuelta con esta locura XD Muchas gracias a todos los que están leyendo esta historia, a los que dejan review tanto como a los que no; gracias por estar ahí ;)

I love kittens too: ¡Gracias! Que bueno que te gustó la escena de Donny y Abril; me encantan estos dos juntos XDD espero que te guste este cap :D

Dragonazabache: ¡Muy cierto! Como no son ellos a los que van a matar, se les hace muy fácil decir eso; el libro lo puedes encontrar en el foro Purple rose, ahí lo tienen en pdf. XDD Yo también estaría como Rafa, con ganas de cargarme a medio mundo y sin saber qué hacer. Espero que este cap te guste, ya se aclararan algunas cosillas, aunque aun falta XDD Sobre lo del otro review, creo que llegó bien; en cuanto a Belle, sí, estoy consciente de que tipo de personaje es, y te agradezco lo que me dices; le tengo un plan a Belle, pero créeme, cuando tengo un bache, haoyoh me saca de apuros :D Así que no te apures, siempre ando consultando con ella. Gracias de nuevo y espero te guste el cap.

Iurakey: ¡Gracias! Oye, eso que me dices me halaga demasiado,no lo merezco :) pero gracias :D XDDDDDDD Sí, las espadas son suyas por derecho,pero que quieres, no le tocaban ahorita, pero ya veremos más adelante. XDDDDD en cuanto al club XDDDD No te apures, así andamos todas; besos a ti y le pasaré tus saludos a Haoyoh, gracias por todo ;)

Invasor'sQueen: XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD no imaginé que la escena gore te fuera a gustar; bien por ti, el gore es neta! XDDDD pobre Belle, toda llena de vísceras y a ti te da gracia XDDD (bueno, la verdad fue a drede XD) En cuanto a Cinna... XDDD Creo que fuiste la única que captó lo que trataba de poner ahí; Cinna es uno de mis personajes favoritos de la saga de Hunger Games, así que creo que por eso hice lo que hice (sí, habló del punto dos que expusiste en el review) Lo malo es que Leo anda ahorita tan apurado en otras cosas (obvias, por cierto) que no se da cuenta; pero ya veremos cuando salga de la arena (sí sale) a ver como le va con su estilista XDD

Violeta: Muchas gracias, en verdad que me lo digas me hace sentir muy bien :D entiendo a que partes te refieres, de hecho, algunas también me han parecido difíciles de poner porque son del libro y siento que medio mundo ya las conoce y está de más que las ponga, pero a veces no me queda de otra porque son puntos que a fuerza debo poner (la entrevista, el desfile, etc), pero sí, quiero seguir mi propia historia aunque en algunos puntos tendré que coincidir con la saga porque lo necesito, o sea, es mi versión de THG pero como un What if? sobre como habría sido si Leonardo hubiese sido el protagonista. Aun así, seguiré tus consejos lo más posible porque siempre me ayudan a mejorar y eso te lo agradezco mucho.

SSMinos: ¡Gracias! Que bueno que te haya dado esa impresión, espero mejorar en lo venidero :D Y que bueno que pienses eso de Belle, no es que la disculpe o algo, pero sí, es una niña asustada y no lo está manejando bien, Leo por otro lado tiene otro caracter y por eso lo maneja de otra manera, es cuestión de caracter supongo y por eso lo he tratado de poner de esa manera. En cuanto a CInna XDDDDDDDDDD También lo notaste! Aunque bueno, según yo, Cinna tiene 22 años, no está tan mayor (bueno, algo) así que no creo que haya mucho problema, ¿o sí? Espero que no XDDD XDDD me alegra que te haya gustado y que te haya parecido tenso, no creí lograr eso, gracias ;)

Disclaimer: Los juegos del hambre y teenage mutant ninja turtles, personajes, situaciones y demás son propiedad de sus autores, Suzanne Collins, Peter Laird y Kevin Eastman respectivamente.

Gracias a mi beta Haoyoh Asakura, sin ella este fic no podría seguir :D

Capítulo VIII

Casey y Rafa guiaron a Haymitch por varias calles, con rumbo al apartamento que estaban ocupando en la ciudad.

Ellos iban unos pasos adelante del mentor, quien los seguía de manera discreta, mirando de reojo alrededor de vez en cuando para cerciorarse de que nadie le había reconocido y que no los estaban siguiendo. El hombre aún estaba impresionado de ver a aquel muchacho con vida, encontrarse frente a sí con alguien a quien suponía muerto, a quien había llorado y por cuya muerte se había culpado por mucho tiempo era algo difícil de asimilar; sentía la mezcla de sentimientos revolviéndose en su pecho, los ojos que le ardían por las lágrimas que se negaba a derramar, por lo menos no ahí, sus manos se hallaban temblorosas por la impresión y la garganta seca por la ansiedad; había tenido tiempo para prepararse para este encuentro desde que recibiera la nota, pero por más vueltas que le había dado a la carta, por más que había meditado las posibilidades… no, absolutamente nada le había ayudado a asimilar aquel impacto que había sufrido al escuchar la voz de Rafael y en especial al verle de nuevo, de pie, vivo y frente a él.

Aunque el aspecto de la tortuga demostraba que no había sido algo sencilla su supervivencia y que obviamente se había aferrado hasta con los dientes a la vida. Pese a las ropas del Capitolio con las que ahora se vestía, Haymitch había podido notar algunas de las cicatrices que los golpes le habían dejado, su rostro parecía aún algo demacrado, pero sobre todo, lo más notorio era aquel parche que cubría su ojo izquierdo el cual dejaba muy clara la perdida que había sufrido tras el brutal golpe que le diera aquel agente con la cacha del arma. Habían tantas preguntas formulándose en su cabeza, tantas cosas que quería saber y decirle, que simplemente el camino hasta la guarida de los dos chicos se le estaba haciendo eterno.

Llegaron a la parte trasera de un enorme y lujoso edificio, entrando después por una puerta de servicio, siempre cuidando de no ser observados por nadie; al ingresar, subieron varios pisos por las escaleras de emergencia hasta llegar a la última planta. Casey, sacando una tarjeta magnética de su bolsillo, anuló el código de la puerta de entrada la cual se abrió dando paso a los tres al interior de un apartamento que solo tenía una mesa, unas cuantas sillas y dos colchonetas.

Cuando por fin se hallaron seguros, Casey volvió a cerrar la puerta; el lector de la entrada no parecía presentar alteración alguna.

-Impresionante.- Murmuró Haymitch.

-Sí, Casey tiene muchos trucos bajo la manga.-

-No me refería a eso.- Dijo el hombre secamente, para luego tomar del brazo a la tortuga, acercándole así hacia él para abrazarlo con fuerza. Rafael se sintió desconcertado ya que Haymitch nunca se había mostrado tan cariñoso o efusivo en el pasado, además, él no solía gustar de tales demostraciones de afecto; sin embargo, se sentía feliz de ver de nuevo a aquel a quien consideraba uno de sus mejores amigos y un alma afín a lo que en ideas se refería; terminó por ceder y correspondió al abrazo con la misma efusividad. El hombre se separó un poco del chico, esforzándose por poner sus ideas en orden y así poder pronunciar alguna palabra; tras pasar saliva, al fin logró hablar.- ¿Cómo es qué…?-

-Larga historia, te la cuento después. Te presento a Casey Jones, sin él no estaría aquí.- Rafael se separó del humano.

-Hola.- Le dijo Haymitch al chico quien correspondió con un movimiento de cabeza.- Gracias… sea lo que sea que hayas hecho. Ahora dime…- Aun de manera nerviosa, se volvió de nuevo a Rafael.- ¡¿Cómo es que tú…?! ¡¿Qué ocurrió?! ¡¿Qué...?! -

Rafael negaba con la cabeza al tiempo que se sentaba en una silla cercana a la mesa ubicada en el centro del lugar.

-No te he traído aquí para hablar de mí, Haymitch.-

-Entiendo.- Replicó el humano, algo más tranquilo, comenzando a asimilar la sorpresa recibida. Se sentó en una silla vacía ubicada del otro lado de la mesa, frente a la tortuga y se cruzó de brazos, mirando fijamente a Rafael.- Es por tu hermano.-

-Quiero ayudarlo.- La tortuga apoyó sus brazos sobre la mesa y se inclinó hacia Haymitch.- Dime cómo puedo hacerlo.-

El hombre rió, bajando el rostro, para luego encarar a Rafael de nuevo.

-¿Ayudarlo? Sabes bien que no puedes sacarlo de ahí, chico.-

-Ya lo sé.- Rafa se cruzó de brazos; en su rostro se presentaba un gesto de molestia. Se recargó en el respaldo de la silla.- si no hubiese consecuencias ya lo habría sacado desde el día del desfile.-

Haymitch dio un respingo, abriendo aún más los ojos por la sorpresa.

-¿Están aquí desde ese día?-

Rafa asintió; el hombre, riendo, negó con la cabeza.

-¡Sí que eres testarudo!… Mira muchacho, no te preocupes, tu hermano ha demostrado ser muy rudo, casi tanto como tú; ya lo viste hoy en la cornucopia, estoy casi seguro de que puede ganar.-

-Aquí la palabra clave es "casi".-

-Ese León lo tiene en la mira, lo odia porque ha acaparado toda la atención que este creía que le correspondía.-

-Sí, la culpa es de Leo por ser tan adorable.- Añadió Rafa con una media sonrisa, pues pese a la broma, realmente le preocupaba lo que ese muto loco pudiera hacerle.

-Tu hermano estará bien.- Insistió Haymitch con sinceridad.- Es muy hábil, está bien entrenado y está decidido a salir de ahí a como dé lugar, además, ha causado tan buena impresión que sé que no le faltaran patrocinadores; créeme, tengo más problemas con aquella muchacha que con él.-

-Esa no me importa.- Replicó el chico escuetamente.

-Lo sé.- Haymitch esbozó una media sonrisa.- En eso se diferencian tú y tu hermano, él es todo piedad.-

Rafa rió un poco, desviando el rostro hacia un lado; después la risa cesó, poniéndose algo serio, dijo:

-¿Le dijiste algo sobre la nota?-

-No, no me atreví, no estaba seguro de si era real y tampoco quería soltarle una bomba como esa justo antes de los juegos, podría haberse desconcentrado y a estas horas ya estaría en camino del distrito doce empacado en un cajón de madera.-

Rafa asintió, con la mirada perdida sobre la mesa; de pronto frunció el ceño, su rostro reflejaba verdadera furia; cerró el puño y la golpeó de repente.

-¡Malditos!- Murmuró- ¡Si tan solo hubiéramos…!-

-¿Hubiéramos qué, muchacho?- Le interrumpió el humano con desgano; sus hombros abajo, las manos sin fuerza sobre la mesa y en el rostro un gesto de fastidio.-No podíamos hacer nada.-

-¡Si hubiéramos comenzado un levantamiento antes de todo esto, mi hermano no estaría ahí atrapado, sirviendo de diversión a esos desgraciados!-

-Mira niño, no había posibilidades de iniciar esto, aun dudo que tengamos lo necesario para empezar.- Dijo Haymitch mirando a Casey, ya que imaginaba de donde venía él. Rafa, al notar la mirada del mentor, apretó los puños.

-Tú lo sabías, ¿verdad? sobre el distrito trece.- Soltó la tortuga.

-Así es.-

Casey miró a Haymitch, impresionado.

-Y no soy el único.-Añadió el mentor al ver la reacción del chico.

-¡¿Qué?!- Exclamó Casey, algo conmocionado.- ¡¿Quién más lo sabe?!-

-Gente de confianza, muchacho, por ese lado puedes estar tranquilo.-

-¡¿Por qué no me lo dijiste?! ¡Pudimos haber hecho algo! ¡Pudimos haber iniciado el levantamiento desde hace mucho!- Gritó Rafael.

-¡Niño, no todos los de tu grupo eran de fiar, por ahí hubo uno que cantó sobre la conspiración que estaban fraguando, solo que los agentes decidieron matarlos a todos para evitarse conflictos! ¿Cómo iba a decirte lo del distrito trece si no era seguro ni que se reunieran entre ustedes?- Haymitch giró el rostro hacia un lado con frustración, para luego mirar a Rafael.- ¡Ni siquiera debí hablarte del movimiento en primer lugar, no debí meterte en esto ni llenarte la cabeza con tonterías!-

-Tú no me diste ideas, esas ya las tenía.-

-¡Igual, no debí avivarlas! ¡No debí decirte nada ni animarte a luchar! ¡Si no te hubiera hablado de eso, si te hubiera dejado solo con tus ideas no te habría pasado nada! ¿Sabes que tu hermano me preguntó sobre cómo era que te conocía? Sí, supo que te conocía, quiso saberlo y yo no me atreví a decirle que yo era el responsable de tu... tu... "muerte", no me atreví a decirle que por mi culpa te habías unido a aquella conspiración, que yo tenía planes para ti y la rebelión. -

-Hiciste bien en no decirle, se habría enojado; no habría confiado en ti y en este momento te necesita.-

-No, no debí inmiscuirte en todo esto, eso es lo que no debí hacer, no debí darte entrada a todo esto de las conspiraciones y la posible guerra.-

-Para ser alguien que guía niños hasta su muerte, está resultando muy "ético" con la guerra, señor Abernathy.- Dijo Casey molesto, de pie cerca de la mesa y cruzando los brazos.

Haymitch le lanzó una mirada asesina, parándose de golpe con tal impulso que hizo que la silla que estaba usando cayera estrepitosamente al piso; avanzó hacia Casey con los puños cerrados.

-¡ ¿Acaso crees que eso me gusta, idiota?!-Los ojos de Haymitch irradiaban rabia, tenía el rostro desencajado y manaba de él una ferocidad casi asesina; Casey, asustado, retrocedió algunos pasos al ver la reacción del mentor. Rafael se interpuso rápidamente entre ambos.

-¡Ya, vamos, tranquilos los dos!-Les calmaba la tortuga mientras llevaba a Haymitch de vuelta a su lugar.- Case, Haymitch no hace esto por gusto.- Añadió con seriedad, mirando a su amigo mientras volvía a su lugar.

-Claro que no, es otro de los grandes "beneficios" de salir triunfador de esa maldita arena.- Gruñó el hombre, bajando la cabeza, pasándose las manos por el cabello y luego por los ojos.- Lo que daría por un maldito trago.- Rumió, bajando las manos solo para notar la mirada de Rafael que claramente decía "ni se te ocurra".

-Haymitch, si no me hubieras hablado de la rebelión, yo habría armado la mía.- Retomó el tema la tortuga.

El humano se le quedó mirando; era verdad, ese chico no necesitaba que se le alentara para rebelarse, estaba en su naturaleza y habría comenzado a buscar la manera de hacerlo con o sin su ayuda, y tal como lo pensó en aquella ocasión, cuando vio aquel brillo revolucionario en su mirada, era preferible que lo hiciera con su respaldo a que lo intentara solo.

Aunque a final de cuentas no había servido de nada, no había podido cuidarlo ni evitar que la familia Hamato sufriera; igual que como le había pasado en sus años anteriores como mentor, había pretendido ayudar a un chiquillo a atravesar una senda peligrosa para que saliera vivo y airoso, fallando nuevamente como le había ocurrido tantas veces.

-Lo siento, muchacho, lo lamento mucho... por todo...-

-Deja de disculparte, ¿quieres? No fue tu culpa.- Replicó Rafael, algo abrumado, esbozando una media sonrisa triste.- Lo lamentable es que el levantamiento aun no suceda.-

-Y ni sucederá.- Agregó el hombre. Casey al oírlo dio un respingo y levantó la mirada hacia él; Haymitch al notarlo, torció la boca con sorna y molestia al tiempo que arqueaba una ceja.- ¿Qué? No me mires así, es la verdad; no importa que tan bien preparado pueda estar el distrito trece, si los demás no se unen no habrá levantamiento; sé que hay algunas cuantas cédulas en todos los distritos, pero unos cuantos no hacen un ejército y mientras la gente no tenga algo que la aliente, una esperanza, eso jamás ocurrirá.-

-Está el sinsajo.- Dijo Casey, empecinadamente, molesto cada vez más por la actitud de Haymitch; no le gustaba que hablara de esa manera, pues como nativo del distrito trece, creciendo en la disciplina militar que les preparaba para la inminente lucha y esperando desde niño el día en que se iniciaría la batalla por Panem… que alguien más llegara y desestimara la causa, sus esfuerzos, y que le dijera que aquello para lo que había sido preparado desde pequeño era imposible, era algo que no estaba dispuesto a soportar.

Haymitch soltó una risa burlona. El sinsajo... la famosa senda del sinsajo, la clave que los rebeldes usaban para identificarse entre ellos, inspirados por aquella ave que para el Capitolio representaba uno de sus mayores fracasos. Durante los días oscuros el gobierno había creado, entre sus otros mutos, al charlajo, un pájaro capaz de escuchar y reproducir voces y conversaciones humanas. Estas aves iban entre las tropas rebeldes, escuchaban los planes y volvían con sus creadores para entregar la información; pero cuando los rebeldes se dieron cuenta de esta estrategia, empezaron a brindar información falsa que ayudó muchas veces a ganar batallas; cuando el Capitolio se dio cuenta de esto, decidió deshacerse de los charlajos, matándolos en masa, pero algunos lograron huir, volando lejos, llegando a las tierras salvajes.

Ahí el ave luchó por su supervivencia y aunque a la larga no pudo lograrlo, por lo menos sí había conseguido dejar su legado, se habían cruzado con los sinsontes hembras de la región dando como resultado al sinsajo, un pájaro capaz de reproducir las melodías que escuchaban de las voces humanas. El sinsajo era para los rebeldes la muestra de cómo una especie condenada podía continuar existiendo a pesar de lo que otros dictaminaran para ella, que se podía sobrevivir a pesar de que el Capitolio decidiera lo contrario; representaba la libertad, la esperanza y la fuerza de seguir adelante contra todo, por eso para ellos el buscar la libertad de Panem era ir por la senda del sinsajo.

-¿En verdad, niño?- Haymitch insistió con hastío.- ¿Tienes un sinsajo? ¿Tienes a alguien que represente el ideal de los rebeldes, que dé la cara a la gente y logré que se levante contra sus opresores? ¿Tienes a un sinsajo que mueva a las masas y lo siga para lograr una revolución?-

Casey apretó los puños y los dientes al tiempo que se inclinaba molesto y amenazante hacia Haymitch. Era verdad que hasta ahora no podían asegurar que alguien pudiese mover así a las masas; es decir, se podría pensar que la presidenta Coin del distrito trece podría arengar a la multitud para tomar las armas en cuanto llegara el momento, pero debía admitir que no era muy seguro que la gente de los distritos se dejaran convencer así como así, por alguien que llegara a sus vidas de repente y les pidiera arriesgarse sin más; aunque claro, como nativo de aquel distrito rebelde, Coin era lo único que tenía, a la única que conocía que tenía el peso y la autoridad para pedir del pueblo una sublevación contra los opresores y el presidente Saki; se podía decir que, para Casey, como para muchos en el aquel distrito, Coin era su sinsajo y se aferraría a la esperanza de que ella pudiera obrar el cambio a como diera lugar, aunque Abernathy no opinara lo mismo.

Haymitch rió amargamente, imaginaba lo que pasaba por la cabeza del chico, a quien veía como su "sinsajo" y la simple idea le parecía estúpida y absurda. Rafael observaba a uno y a otro, suspiró al tiempo que desviaba la mirada.

-Sí, suena decepcionante arriesgar la vida para nada; pero eso lo veremos después, ¿quieren?-Le dijo a ambos.- Por ahora me interesa mi hermano.-

-Y yo te digo que no debes preocuparte.-Haymitch, ignorando a Casey y su mirada furiosa que claramente daba a entender las ganas que tenía de callarlo a golpes, volvió a mirar a la tortuga, ahora con decisión.-Estoy resuelto a hacer todo lo que esté en mis manos para sacarlo de ahí vivo, ¿de acuerdo? No pienso dejarlo, se los debo... a ti, a él, a toda tu familia.-

-Pero quiero ayudarlo, ¡¿Qué no entiendes?! ¡Seré su patrocinador si es necesario!-

-¿Patrocinarlo? ¿Tú?-El hombre rió a grandes carcajadas, logrando que a Rafael se le crisparan los nervios.- ¿Desde cuando eres rico? ¿Cómo pretendes hacer algo así?-

-¡Ya encontraré la manera!- Alegó el chico, poniéndose de pie y golpeando la mesa con frustración y decisión entremezcladas.

Haymitch volvió a negar con la cabeza, llevándose la mano a los ojos mientras reía.

-No dudo que lo hagas; mira, chico, como te dije antes, tu hermano ha logrado una gran impresión y se ha colocado entre los favoritos, a alguien así es fácil conseguirle patrocinadores...- El mentor miró el rostro de la tortuga, su expresión demostraba que seguía firme en su idea.- Pero si llego a necesitarlo te lo haré saber, ¿de acuerdo?-

-Gracias.-

Haymitch se puso de pie.

-Debo regresar al centro de entrenamiento; si necesitas hablar conmigo, que tu amigo.- Dijo esto último de manera ruda mirando a Casey, luego volvió a ver a la tortuga.- le lleve una nota a Effie Trinket, ella me lo hará llegar, ¿entendido?-

-Gracias, Haymitch.- Rafa se puso de pie también. El mentor volvió a abrazarlo con fuerza.

-Me da gusto verte con vida, muchacho.- Le dijo ahora más tranquilo y de manera sincera, mientras aun lo mantenía aferrado. Rafael sonrió; la verdad, también extrañaba a su viejo y necio amigo.

Haymitch se acercó a la puerta al mismo tiempo que Casey, quien haciendo uso de su tarjeta magnética volvía a abrir la cerradura electrónica dando paso al mentor. El hombre bajó las escaleras de emergencia y pronto se halló de nuevo en la calle.

Rafael estaba vivo, y aquello representaba mucho para Haymitch, más no lograba quitarle el sentimiento de culpa. Es verdad que el llevar cada año a dos niños a su muerte en los juegos era algo que le pesaba y le hacía la vida más difícil, pero lo de Rafa había sido algo que no se podía perdonar; él lo había iniciado en aquella senda, la del revolucionario, la de aquellos que seguían al sinsajo; tenía la esperanza de que él pudiera convertirse en esa figura que necesitaban para iniciar el levantamiento, pues al ser hijo de uno de los rebeldes más afamados y temidos, la gente bien podría verlo como un guía y una esperanza; pero en lugar de lograr guiarlo para bien y protegerlo como se lo proponía solo había conseguido que casi lo mataran y la familia sufriera en vano.

Pero ahora era demasiado tarde para volver atrás, el chico ya era un paria, un rebelde que tendría que vivir el resto de su vida oculto de la ley imperante del Capitolio; quizá Rafael jamás volvería al lado de su familia, por su culpa, y lo menos que podía hacer Haymitch para resarcir su error era apoyarlo a él y a Leonardo en todo lo que pudiera; hacer lo posible para que Leo saliera con vida, aunque eso, juzgando su propia experiencia, no fuera mejor que morir.

Seneca Crane llegó al palacio de gobierno, atendiendo a un llamado explícito del presidente Saki. Este tipo de cosas no eran comunes, al menos no el primer día de los juegos, y como pese a todo, su ego no era tan grande como para hacerle pensar que era llamado para recibir alguna felicitación, había que decir que el vigilante en jefe se hallaba realmente preocupado.

El asistente personal del presidente Saki le recibió en la antesala de la oficina. No le dijo mucho al respecto de aquella inesperada audiencia, y la verdad, pese a lo sereno de su semblante, podía notar en la expresión de su rostro ligeras señales de desconcierto que le dejaban claro que ni siquiera él sabía a qué se debía aquella urgencia por verlo. Esto solo provocó que el siempre tranquilo y confiado Seneca Crane, sintiera que sus piernas temblaban y el estómago se le revolvía al tiempo que en su mente repasaba una y otra vez cada una de sus acciones y todo lo relacionado con la producción de los juegos de ese año, tratando de encontrar aquello que, por lo visto, había provocado la molestia del amo absoluto de Panem.

-Adelante, por favor.- Le dijo el asistente con voz seria, pero mirándolo como con casi las mismas dudas que le pasaban a él por la cabeza. Crane respiró profundamente y sin más, entró en la oficina lo más rápido que pudo, no era bueno hacer esperar al presidente.

-¿Quería verme, señor?-

Oroku Saki, recargado en la gran silla detrás del escritorio, con el codo sobre uno de los reposabrazos y el rostro apoyado en esa mano, miró al vigilante en jefe como si recién saliera de una larga ensoñación. Crane se sintió confundido, aunque no lo demostraba, pues esperaba hallarlo molesto, con aquella mirada fría, el ceño fruncido y la expresión adusta que tan bien le conocía de cuando algo marchaba mal; sin embargo, en esta ocasión parecía pensativo, como si algo le preocupara más que cualquier otra cosa en el mundo, como si hubiese visto algo que le había hecho ensimismarse en busca de una, quizá, lejana solución. Más de repente, aquella extraña expresión no duró mucho y pronto el presidente se irguió en su asiento, retomando su temple y su fría serenidad. Apoyó ambos codos sobre el escritorio y el mentón en sus manos y miró fijamente al vigilante que, sin querer, dio un respingo al tiempo que un ligero temblor le recorría el cuerpo entero; había algo en la mirada del presidente que, aunque le conocía en sus momentos de peor humor, le hizo sentir aterrado, como si estuviera frente a una criatura, feroz, pero calculadora, que planeaba acabar con él de un solo golpe.

-Ese juego de darle un héroe al distrito doce...- Su voz sonaba seca, gélida, más seria de lo habitual, Seneca Crane jamás lo había oído hablar de aquella manera. El presidente guardó silencio de nuevo.

-¿Sí...sí...?- Le instó Crane de manera insegura, temeroso de haber cometido una falta.

-No me gusta, termínalo ya, no me importa lo que pase, pero el chico del distrito doce debe morir en la arena, ¿está claro?-

-Sí... sí, señor, como usted diga, veré que puedo hacer.-

-No lo veas, hazlo.- Dijo terminante.- Ese chico no puede vivir, ¿entendido?-

-Como usted diga, señor.- Seneca hizo una reverencia; Oroku Saki lo despidió con un ademán de la mano y el vigilante salió de la oficina lo más rápido que pudo hacerlo mientras fingía serenidad.

Cuando la puerta se cerró tras Crane, Saki volvió a ensimismarse, perdiéndose en sus pensamientos, con los párpados a medio cerrar como una fiera al acecho de una presa; más le valía a Seneca cumplir aquella orden si no quería sufrir las terribles consecuencias.

Leonardo seguía su carrera de árbol en árbol, alejándose lo más posible de la cornucopia. Cuando por fin los terribles rugidos de Ace dejaron de escucharse y consideró que se hallaba a una distancia segura, se detuvo, aun manteniéndose en lo alto de un árbol.

Se sentó en una de las ramas, la cual era ancha y segura, se quitó la mochila del hombro, dejando las otras ramas que hasta ahora eran sus únicas armas, sobre sus piernas. Se quedó en silencio un momento, prestando atención nuevamente por si escuchaba algún ruido que le advirtiese de algún peligro, pero solo escuchó las detonaciones del cañón que anunciaban el fin del baño de sangre en la cornucopia y los tributos que habían caído en él.

Uno, dos, tres, cuatro... quizás eran más, pues durante su huida bien pudo haberse dado otros cañonazos a los que no prestó atención. Se preguntaba quiénes podrían haber sido y temió por Usagi; no le había visto durante toda su confrontación con los otros tributos, pues estaba demasiado ocupado con ellos como para notar algo más; sin embargo, pese a que le preocupaba el bienestar de su amigo, algo en su interior le decía que Usagi seguía con vida, quizá oculto por ahí, disponiéndose a emprender la supervivencia y quizá preguntándose también que había sido de él. Suspiró; no sabría en realidad quien o quienes habían muerto hasta que llegara la noche y en lo que eso ocurría no podía perder el tiempo; habían cosas que debía procurarse, necesidades que cubrir si quería seguir vivo, por lo tanto se dispuso a ver el equipo con el que contaba ahora.

Abrió la mochila y comenzó a sacar su contenido; dentro había un carrete metálico con una punta de cuerda negra asomándose en él; el chico, extrañado, tiró un poco de aquella punta sacando una larga línea de cuerda negra y delgada; parecía resistente, aunque se preguntaba que tanto podría serlo y de qué le serviría, la tensó al tirar de la bobina con una mano y la punta con la otra y pudo notar que era tan fuerte como un cable, pero al aflojar el estiramiento de la misma se tornaba bastante suave y fácil de manipular; soltó la que tenía entre sus dedos y esta volvió de golpe al interior del carrete, pues tenía un mecanismo retráctil.

Encontró también unas gafas oscuras, las cuales le parecieron inútiles y raras, pues al ponérselas notó que no protegían de la luz del sol, había también un saco de dormir, una botella vacía, un frasquito con desinfectante para agua y dos pequeñas cuchillas con dientes en uno de sus lados. Leo suspiró derrotado, al parecer el esquivar los ataques de Liberia y Dominus lo habían alejado de los mejores equipos, al contrario de lo que él pensaba.

Se puso de pie sobre la rama; ahora la prioridad era armarse y conseguir comida y agua. Guardó todas las cosas, excepto una de las cuchillas que dejó en el bolsillo del rompevientos; se puso la mochila en la espalda junto con las ramas, echó un vistazo alrededor y al ver que no había nadie en las cercanías bajó del árbol de un salto.

Necesitaba encontrar lo necesario para crear un arma; no le sería difícil hacer un arco y algunas flechas teniendo todo un bosque para hacerse de material. Durante su infancia había sido testigo de cómo su padre solía hacer aquellos sofisticados artefactos prácticamente con nada; el tallado de una burda rama para dejarla limpia y en forma, el corte de una sencilla muesca en el extremo de una simple vara, afilar un pedazo de madera para que pudiese atravesar casi lo que sea; era el arte del ninja que creaba sus armas con lo mínimamente indispensable, algo que les confería la posibilidad de subsistir en un medio hostil como en el que se encontraba ahora; agradecía en este momento el que su padre hubiese sido paciente y le enseñara las mejores técnicas para crear aquellas cosas sencillas, quizá era porque él era el mayor de la familia y debía guardar el legado… además de que era el más paciente y observador de todos sus hermanos.

Tenía que buscar entre las ramas bajas de los árboles si quería hallar una lo suficientemente buena y flexible para sus propósitos, ya que las superiores eran demasiado grandes y gruesas para lo que él necesitaba; además era más viable encontrar las varas para las flechas por los alrededores. Sin embargo, en cuanto puso un pie en la tierra, notó algo que le llamó fuertemente la atención, ya que consistía en otras de las necesidades que tenía que cubrir.

No muy lejos de dónde se encontraba había una vereda dónde las plantas se veían más verdes; avanzando por ella pudo ver que poco a poco la tierra que se hallaba seca iba convirtiéndose en barro, lo cual era una buena señal, pues si tenía suerte eso solo significaba agua y si había algún lago o arroyo también podría significar comida ya que no le sería difícil pescar. El muchacho echó a correr siguiendo aquel camino de rastros de humedad, prestando atención a su alrededor y llevando sus improvisadas armas en las manos, pues si algún otro tributo se encontraba en la zona, estas podrían servirle para desviar cualquier cuchillo o flecha que pudiesen lanzarle.

La vegetación cada vez era más prominente y frondosa y en los troncos de los árboles podía apreciarse algo de musgo, ¡Eso sí que era una buena señal! Emocionado, echó a correr a toda velocidad; el origen de esa humedad, aquella fuente de agua, no podía estar muy lejos; el piso empezaba a convertirse en un lodazal, tornándose algo resbaladizo y haciendo algo difícil el correr sobre él a pesar de la suela antiderrapante de las botas, sin embargo Leo no se detuvo y siguió su carrera.

Y así habría continuado si de repente su pierna derecha no se hubiera hundido hasta la rodilla en el lodo al dar el siguiente paso.

¿Cómo es que aquel lodazal tenía la profundidad suficiente como para que su pierna se hundiera de esa forma en él? Estaba desconcertado, no tenían nada parecido en los bosques del distrito doce por lo tanto no alcanzaba a comprender de qué se trataba, solo sabía que tenía que salir de ahí antes de que ocurriera algo peor; pero de pronto sintió que algo se enredaba en su tobillo y lo aferraba con fuerza, como si una delgada, pero férrea enredadera continuara su crecimiento desde el fondo de aquel estanque de barro, subiendo alrededor de su extremidad y comenzando a tirar hacia abajo. Leo estaba aterrado, pero aún tenía el otro pie en lo que podía considerarse "tierra firme" a pesar de estar cubierto de aquel resbaladizo barro, por lo que trató de centrarse y no perder la calma. Soltando sus armas improvisadas, se asió de las ramas bajas de un árbol cercano y sosteniéndose fuertemente, luchó por sacar su pierna atrapada en aquel estanque, pero era en balde, el pie libre se resbalaba por causa del barro y las ramas de las que se sostenía se escurrían de sus manos.

Cuando su pie libre rozó por fin el cenagal, fue atrapado de inmediato por otra de esas cosas largas y delgadas. Ahora, siendo arrastrado de ambas piernas no pudo seguir sosteniéndose de las ramas, quedando sin apoyo alguno que le permitiera permanecer en tierra firme; desesperado, sintió como las enredaderas empezaban a subir aún más por sus piernas y su cintura; angustiado, peleaba por asirse con las manos de lo que fuera, incluso de la tierra, pero estando ésta cubierta de aquel resbaladizo fango era imposible evitar ser arrastrado por aquella cosa desconocida.

¡Debía hacer algo pero ya! Si no, esas extrañas enredaderas acabarían por arrastrarlo al fondo y ahogarlo. Desesperado, con las manos temblorosas y llenas de barro, logró sacarse la mochila de la espalda, abriéndola torpemente a causa del miedo y consiguió sacar el carrete de la cuerda retráctil; buscó con la mirada algo a lo que pudiera aferrarse, no estaba seguro de si funcionaría, pero era la única opción que tenía; debía darse prisa, las enredaderas continuaban subiendo y ahora podía sentirlas, cerrándose fuertemente alrededor de su torso. Luchando por controlar el temblor de sus extremidades, pasó uno de sus brazos por las correas de la mochila, acomodándola en uno de sus hombros, cuidando de no moverse mucho pues temía que los movimientos bruscos pudieran ayudar a las trepadoras al acelerar el hundimiento. Pronto ubicó en un árbol cercano una rama no muy baja, pero firme; tomó la punta de la cuerda, sacando un poco más de la misma y lanzó el carrete hacia ella.

Por desgracia el temblor de sus manos le hizo fallar el tiro; Leo vio como el carrete caía sobre el fango del estanque. Reaccionando a tiempo jaló de la cuerda accionando así el mecanismo retráctil de la bobina el cual volvió a la mano del muchacho en un segundo.

La enredadera dio un tirón más fuerte, lo cual hizo reaccionar de nuevo al chico. Haciendo un esfuerzo logró lanzar de vuelta el carrete, aferrando fuertemente el extremo de la cuerda; esta vez tuvo más puntería y el rollo pasó por encima de la rama, dando vueltas en ella y atorándose gracias al impulso con el que fue lanzado.

Aferrándose con fuerza de la cuerda, el chico comenzó a trepar por ella; las enredaderas jalaban aún más al sentir que su presa luchaba por escapar, pero Leo no pensaba ceder; la cuerda le cortaba la piel de las manos al hallarse tan tensa y al ejercer él tanta fuerza, el barro que tenía en ellas hacía que le ardieran las heridas, pero siguió escalando sin dar tregua, luchando por no dejarse hundir. Sintió que su cintura emergía del cenagal, lo cual le dio ánimos para seguir trepando; escalando por la cuerda, recogiéndola conforme subía, se debatía contra aquello que lo tenía atrapado y que aún se hallaban envolviendo su cuerpo; echó un vistazo rápido hacia abajo y lo que vio le dejó horrorizado.

Lo que tiraba de él, eso que se había enredado en su cuerpo, no era una planta acuática como él pensaba, retorcidos por su cadera y sus piernas se encontraban dos enormes y pegajosos tentáculos que aun tiraban de él con vigor. Leo se agitó, jalando de la cuerda con más ahínco, desesperado por salir de ahí lo más rápido posible; al aumentar el movimiento, los tentáculos tiraron con mayor brío y de entre el lodazal brotó de golpe el resto de la criatura a la que pertenecían, pero esta no tenía rostro, sin mencionar que de hecho no tenía cabeza; solo era una masa informe con una enorme boca llena de dientes largos y afilados que se esforzaba por alcanzar a su delicioso bocado.

Leo lanzó un grito de terror. Recordando la cuchilla que tenía en el bolsillo del rompevientos, la sacó y en un movimiento rápido apuñaló uno de los tentáculos que se hallaba en su cadera; la criatura lanzó un grito terrible; Leonardo seguía apuñalando una y otra vez, a cada cuchillada, un nuevo grito aún más estremecedor que el anterior, escapaba de aquel monstruo infernal.

Escurriendo una sustancia negra y viscosa, los tentáculos soltaron al chico, el cual aprovechó la repentina libertad para trepar por el cable a toda velocidad, perdiendo la cuchilla por el rápido movimiento, pero poniéndose a salvo en lo alto de la rama. Desenredó rápidamente el carrete, haciendo que la cuerda volviera a su interior y saltó con dificultad al siguiente árbol, siempre cuidando de no resbalarse pues si lo hacía volvería a estar a merced de aquel pantano mortal.

Estaba agotado, pero no paró hasta dejar muy atrás aquella vereda siniestra. Cayó de golpe en el piso y al incorporarse un poco se dio cuenta que había salido hasta un valle en el cual, como una recompensa a sus sufrimientos, encontró un pequeño estanque; no era mucho, ni siquiera cabía lo posibilidad de que hubiese peces en él, pero por lo menos le ayudaba en aquel momento de necesidad. Feliz, se acercó a él; con movimientos rápidos y algo torpes por el barro y las heridas en sus manos, sacó la botella de la mochila, la llenó y aplicó las gotas, dejándola reposar en lo que se lavaba las manos.

Al quitar el barro de ellas pudo ver las largas, finas y algo profundas cortadas que la "cuerda-cable" había dejado en sus palmas; habían dejado de sangrar, pero aún le ardían al contacto con cualquier cosa, y peor aún, al cerrar los puños; hizo un gesto al sentir como le punzaban, pero prefirió ignorarlo lo más posible. Se quitó las botas, el pantalón, el rompevientos y la camisa, quedando solo en ropa interior, pues esta era la única prenda que no se le había llenado de fango, (ventaja de la tela impermeable del pantalón); enjuagándolo todo en el pequeño estanque y dejándolo a secar sobre las rocas.

Cuando el agua estuvo lista, bebió de ella y luego, con la cuchilla que le quedaba empezó a buscar lo que necesitaría para armarse, ya que había perdido las armas improvisadas. En un árbol cercano encontró una vara larga y flexible, la cual batalló para poder cortar por el dolor de sus manos. Miró a su alrededor, quería un lugar en el cual no hubiese cámaras, pues no quería que nadie en Panem fuera testigo de aquello que su padre le había enseñado, no porque supieran de lo que era capaz, aquello ya había quedado muy claro en la cornucopia; sino por el hecho de que el arte de la creación de armas era algo que sentía muy suyo, una parte íntima de su herencia que no quería compartir con nadie; sin embargo sabía que estaba de más la búsqueda de un lugar cerrado, por lo que regresó junto a su ropa (después de todo, no se había alejado mucho) y empezó a trabajar afanosamente en aquella pieza, tallando con la cuchilla la rama larga, quitándole las pequeñas hojas y la dura corteza desigual.

Al dejarlo liso y casi perfecto le dio forma a las puntas e hizo las muescas necesarias en la madera, sacó el carrete de hilo retráctil y usando los dientes de la cuchilla se dispuso a cortar la medida necesaria para atarla a la madera, aquello le llevó más tiempo de lo esperado, pues la "cuerda-cable" era muy resistente y los dientes de la cuchilla no eran lo suficientemente afilados como para una tarea de ese calibre, sin embargo consiguió un pedazo de una buena longitud, creando así un sencillo arco.

Reunió un montón de varas largas de las que había desperdigadas en la zona y comenzó a trabajar tallándolas, limpiándoles la corteza, haciendo una muesca en una de las puntas para que entrara la cuerda y afilando el otro extremo lo más posible; habría deseado tener algo más que ponerles como punta, pero así serviría de todos modos, también habría querido tener plumas para ponerle a las flechas, ya que podían mejorar su vuelo, por fortuna no era del todo necesario y pudo prescindir de ellas, logrando al menos una bonita docena de flechas casi perfectas para empezar.

Revisó su ropa, ahora ya se encontraba seca por lo que comenzó a vestirse de nuevo; al ponerse las botas escuchó un sonido, como una especie de pitido a intervalos que venía hacia él desde arriba. Él sabía lo que era, no en balde había visto los juegos durante casi toda su vida; miró hacia el cielo y pudo ver que descendía en dirección suya un pequeño recipiente plateado, con forma oval, pero de extremos planos, atado a un paracaídas del mismo color; este cayó a unos pasos de él; Leonardo se acercó, tomó el recipiente y lo abrió con premura, jamás habría imaginado recibir el obsequio de un patrocinador y menos tan pronto.

Lo primero que encontró dentro fue una tarjeta, la tomó y leyó lo que tenía escrito.

"¡Lindas piernas! Ellas dicen que ojalá pudieran enviarte algo más."

Era la letra de Haymitch y la identidad del patrocinador le era obvia, "Ellas" es decir, su club de fans, las chicas gritonas del estudio de televisión que se habían teñido la piel de un color similar al suyo y que parecían estar a punto del desmayo a cada palabra que él decía.

Miró en el interior del contenedor y encontró una pequeña cajita; dentro de ella había un kit básico de primeros auxilios entre lo que se encontraba una botellita de salino, gasas de diversos tamaños, dos rollos de vendas, unas tijeras pequeñas, pastillas para la fiebre y un frasquito con gel de aloe vera para quemaduras menores.

Leo estaba impactado; cuando los juegos inician, las cosas suben de precio y van aumentando conforme los días avanzan; aun siendo el primer día, un set como ese debía costar una fortuna. Agradecido, levantó el rostro de manera que quedara visible, al tiempo que levantaba la mano sosteniendo el preciado kit de primeros auxilios.- Se los agradezco mucho.- Dijo sonriendo.

Se sentó junto a sus cosas y se dispuso a curar las heridas de sus manos ya que tenerlas abiertas y expuestas en aquel lugar podría ser muy peligroso. Aun se hallaba impresionado porque aquel grupo de chicas le hubiesen enviado aquel regalo tan costoso, seguramente habían cooperado entre todas y el solo pensarlo le hizo sentir extrañamente conmovido a la par de mal; él las había juzgado al igual que al resto del público, es decir, que le animaban un día para verlo morir al siguiente, sin embargo, ahí estaban ellas, reuniendo sus escasos recursos para salvarlo de una probable infección.

Cuando terminó de lavar las cortadas y desinfectarlas, colocó gasas en ellas y se vendó las manos. Aquello le hacía sentir mucho mejor; las heridas ya no le escocían tanto y con las vendas las mantendría protegidas de la tierra y la suciedad; una pícara idea brotó en su mente; levantó el rostro, se llevó la mano a los labios y sopló un beso hacia arriba, dirigido a todas aquellas chicas que tan amablemente le habían auxiliado; esbozó de nuevo una sonrisa dulce; se hallaba plenamente agradecido y, con aquel beso, les pedía perdón por haber malpensado de ellas. De pronto recordó las palabras con las que Haymitch iniciaba la esquela, "Lindas piernas", fue cuando recordó que estuvo semidesnudo enfrente de todo Panem; el rubor no tardó en subir a sus mejillas.

Ahora era momento de ponerse en marcha otra vez; el sol ya había avanzado demasiado en el cielo y no tardaría en ponerse, por lo que debía buscar alimento y refugio antes de la hora. Llenó la botella de agua y le puso las gotas para luego guardar ambas dentro de la mochila junto con el kit de primeros auxilios; también guardó las flechas, aunque obviamente estas sobresalían por lo que cerró la cremallera hasta donde topaba con ellas.

Tomó otro camino distinto a aquel por el que había llegado, pero grabando en su mente señales de la naturaleza que podrían ayudarle a encontrar el pequeño estanque si lo necesitaba otra vez. Sentía los músculos tensos y agotados por la pelea contra los tributos en la cornucopia y el bicho ese del cenagal, las piernas le parecían pesadas y el cansancio amenazaba con apoderarse de él, pues aquello era más extenuante que sus cacerías ilegales o los entrenamientos con su padre y sus hermanos; sin embargo, no podía darse el lujo de buscar un refugio ahora sin hallar alimento primero, por lo que se mantuvo alerta, en busca de alguna señal que pudiera brindarle alguna reserva de comida.

Tras mucho camino recorrido, escuchó un ruido, como si algo se moviera entre la maleza; al principio se asustó, pensando que podría tratarse de un tributo, pero pronto se dio cuenta de que eso era imposible, pues los pasos parecían de una criatura pequeña, sin embargo no debía bajar la guardia, pues si algo había aprendido de su experiencia con el cenagal era que en ese bosque no todo era lo que parecía, así que esa criatura, fuera lo que fuera, que huía entre el follaje, por muy pequeña que pudiera ser también podría estar guardando un terrible y mortal secreto.

Escuchó nuevamente el ruido moviéndose a otra dirección, por lo que sacó el arco, montó una flecha y se deslizó rápida y suavemente tras él; aquello le recordaba los viejos días, lo cual, por un momento, le hizo sentir bien, feliz y en control; volvió a escuchar aquellas pequeñas pisadas moviéndose no muy lejos de él por lo que aceleró el paso, esta vez cuidando por donde pisaba, no caería en una trampa dos veces el mismo día. No estaba seguro de que podía ser aquello que perseguía, pero por muy extraña o salvaje que pudiese ser la criatura, si él disparaba primero bien podía servirle de cena.

Llegó hasta un árbol de tronco grueso y rugoso, la criatura se hallaba entre los arbustos cercanos a él; tenía que ser paciente y cuidadoso, dejar que se confiara para que saliera de su escondite y así poder cazarlo, por lo que se ocultó detrás del árbol y calmó su acelerada respiración. El ruido entre el follaje se hizo más nítido, lo que quería decir que la presa había salido y se hallaba cerca de él. Apuntando con la flecha, Leo salió de su escondite listo para disparar, sin embargo, al ver de lo que se trataba, sus dedos no soltaron la cuerda y la flecha jamás abandonó el arco.

Era un pequeño conejo, regordete y afelpado que olisqueaba el aire moviendo su pequeña naricilla con insistencia y miraba alrededor como ajeno a lo que le rodeaba. Leo bajó la punta de la flecha un poco, luego dudó y volvió a apuntarle, para después desistir por completo… No podía, ¡nunca jamás podría volver a matar y comer un conejo, no después de conocer a Usagi! Molesto, chasqueando la lengua contra los dientes y golpeando el piso con el pie, miró como el animalito se alejaba de él a toda velocidad en dirección opuesta a la suya. Vencido, el chico se dio media vuelta y continuó con su camino, con la esperanza de encontrar una ardilla o un ave que atrapar.

Por desgracia, el cielo se hacía cada vez más y más oscuro, por lo que las esperanzas de encontrar una buena presa sin convertirse en una eran cada vez más escasas. Si no quería que la noche lo agarrara a la intemperie debía trabajar en un refugio. Con la ayuda de la cuchilla que le quedaba y en ratos del arco, cavó un agujero cerca de un grupo de árboles, los cuales vio que, para su suerte eran pinos, por lo que sonrió ya que eso también le ayudaba; lavó la cuchilla con un poco del agua que tenía de reserva y luego cortó la corteza dura de uno de los troncos para llegar a la corteza blanda, arrancando un buen pedazo; juntó algo de hojarasca, sacó la bolsa de dormir, entró al agujero y se metió en ella, mordisqueando su corteza de pino; no era algo nuevo para él comer ese tipo de cosas, ya que cuando había un día de caza muy malo, Rafael y él solían comer corteza para dejar las pocas piezas obtenidas a sus hermanos menores.

El cielo se oscureció y entre las estrellas apareció el escudo de Panem al tiempo que el himno resonaba fuertemente por todo el lugar. El escudo desapareció y apareció la palabra "Los caídos", aquel era el anuncio de los tributos que habían muerto aquel día. Leonardo prestó toda su atención al anuncio.

El primero en aparecer fue un chico humano proveniente del distrito tres, luego su compañera, la chica a la que había visto morir a manos de Sasha antes de que se decidiera a atacar a Belle; luego otro humano, proveniente del distrito cinco, los dos chicos humanos del distrito seis… Leo estaba nervioso, esperando la siguiente imagen, fue entonces cuando apareció la del niño de doce años proveniente del distrito ocho que estallara al bajar de la plataforma, y aunque aquello había sido horrible, Leo suspiró aliviado; eso significaba que Usagi seguía con vida; luego apareció la imagen de un muto de jabalí, el tributo masculino del diez, seguido por el muto de toro que venía del distrito once y su compañera, Crissa, la chica humana del vaporoso vestido que precedió a Leo en la entrevista con Caesar Flickerman.

Volvió a brillar el escudo del capitolio en el cielo y el himno terminó; esas eran todas las muertes del día.

Leo cubrió el agujero desde adentro con la hojarasca y se acomodó en el saco de dormir mientras sonreía… Usagi seguía vivo, y Belle también; el primero se las habría arreglado con sus habilidades y la segunda… quizá sí tenía la suerte de su lado. Río suavemente; el cuerpo entero le dolía por la tensión nerviosa y el esfuerzo. Pero nuevamente se hallaba intranquilo, preocupado por lo que pudiese ocurrir durante la noche o en cuanto llegara la mañana; tenía aun la cuchilla en la mano y cerró los ojos; y aunque pudo conciliar el sueño no era este uno profundo y reparador, sino ligero y en estado de vigilia, lo suficiente para pasar la noche hasta la inminente llegada del sol.