Disclaimer: KKM no me pertenece, así como ninguno de sus personajes.
Adv: Este fic contiene algunas escenas dramáticas y gore (inconmensurable cantidad de sangre desparramada por el mundo). ¿Yaoi? Tal vez más adelante. Y con Yuuri de uke, sí señor.
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Resumen capítulo 3:
La guerra entre Gran Shimaron y Caloria culminó con la muerte de Flurin Gilbit. Wolfram, encolerizado, liberó su poder para exterminar al ejército enemigo; agotando, así, su maryoku. Conrad y los demás, emprendieron el inmediato regreso al reino.
Yuuri, quien finalmente había definido su postura, se halló confundido ante el reencuentro con los demás.
Capítulo 4: El preludio de las campanas
-Yuuri…-la voz de Conrad, irrumpiendo en la habitación, alertó al soukoku; éste, se volteó para ver a su padrino.
-Lo siento, Conrad, yo…
El morocho agachó la cabeza. Lo sabía perfectamente: habían transcurrido veinte años desde la última vez que vio al soldado directamente a los ojos. Para él, era como si sólo hubieran pasado unos cuantos días –los que transcurrieron entre su despertar y el retorno del ejército-; sin embargo, podía distinguir en el rostro del castaño lo que antaño fue una amable sonrisa y no era más, ahora, que una apagada mueca. Lo veía en sus ojos color avellana; aquel dolor de dos décadas, se hallaba grabado en ellos y atestiguaban la tristeza que su alma había debido cargar durante ese tiempo.
Buscó palabras; quería decirle cómo se sentía; describir, a la perfección, aquella angustiante culpa que experimentaba. Aunque sabía que eso sería imposible, después de todo, ni siquiera empleando todos los recursos idiomáticos que conocía, podría explicarse.
Finalmente, levantó la mirada y se dirigió hacia el mayor. Sólo cuando estuvo frente a él, le miró fijamente y, entonces, habló.
-Lo siento –fue lo único que atinó a decir.
La mirada compasiva de Conrad le hizo pensar que, al menos en parte, sus sentimientos eran comprendidos. El hecho suavizó, parcialmente, la amargura que oprimía su pecho y aquel sólido nudo en su garganta.
El espadachín posó una mano sobre su hombro; gesto que sorprendió a Yuuri pues, raramente en el pasado Conrad acostumbraba a tocarlo, a menos que la situación lo requiriera.
-Es preciso que hablemos. Hay cosas...-se frenó durante un momento para escoger meticulosamente la siguiente palabra- importantes…que deberías saber.
-S-sí –balbuceó con dificultad- Murata me ha dicho lo que ocurrió; pero…-agachó la cabeza y finalizó en voz baja- seguramente, tú también tendrás mucho que contarme.
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El rechinar de la puerta, abriéndose lentamente, hizo eco en el interior de la habitación. Se hallaba oscura; aquella había sido, alguna vez, la recámara del Maou, su prometido y su joven hija.
Yuuri dio unos pequeños pasos en el interior, recorriendo la pieza con la mirada. Todo estaba tal cual en su memoria; sin embargo, pese a que todos los muebles, el piso y demás elementos del cuarto se encontraban en perfecto estado, el vigésimo séptimo Maou lo comprendió enseguida: hacía tiempo que nadie visitaba aquella habitación.
Los pasos del soldado resonaron tras él; llevaba una antorcha en cada mano.
-Wolfram no ha querido utilizar la alcoba –dijo para romper el clima lúgubre.
-¿Por qué? –preguntó, no por curiosidad, sino, meramente, para continuar la conversación.
El castaño se dirigió hacia un rincón de la habitación y colgó una de las antorchas en la pared; luego, se dirigió hacia la esquina diametralmente opuesta e hizo lo mismo con la otra. El lugar quedó, así, un poco más iluminado.
-Probablemente, porque estaba esperándote. Prefirió instalarse en su habitación.
-¿Y qué ocurrió con Greta?
El semblante del medio mazoku se tornó melancólico repentinamente. Yuuri supo, de inmediato, que tal transmutación no podía deberse a nada bueno.
-¿Qué ocurrió con Greta? –repitió la pregunta, a fin de evadirle de su ensimismamiento. Éste le miró, con ternura.
-Se fue.
-¿Cómo? –preguntó asombrado.
-Regresó a su hogar. Decidió abandonar Shin Makoku e ir en busca de su propio camino.
-¿Entonces…se convirtió en reina?
-Sí. Una hermosa reina en la flor de su edad.
Al oírlo, el soukoku comprendió a lo que su padrino se refería. Él estaba preocupado por su hija, antaño, una hermosa niña inocente; pero Greta era humana, por lo cual, su desarrollo era mucho más acelerado que el del resto.
-Ya veo –agregó, resignado, y se sentó al pie de la cama.
Algunos segundos transcurrieron en silencio; entonces, el morocho sintió el colchón hundirse a su lado. Giró levemente para encontrar el rostro de su padrino; el cual, se percató, no le estaba mirando a él.
-Conrad…-comenzó, pero fue interrumpido.
-Aun hay una cosa más que deberías saber –dijo, con la mirada perdida en la ventana que se encontraba frente a él.
-¿Qué es? –preguntó, casi con miedo.
-Flurin…
En los corredores pudo oírse el desconsolado llanto del Maou. El recuerdo de esa mujer sería algo que nunca olvidaría.
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El Gran Sabio llevaba horas apoyado en la baranda de un corredor exterior, con la mirada perdida en el gran jardín. Estaba aguardando pacientemente a que Lord von Bielefeld despertara de su sueño. Había dado órdenes a Gisela para que le avisara, de inmediato, cuando esto ocurriera.
En la lejanía pudo ver a Dorcas pasar caminando; seguramente, se dirigiría a dar de comer al viejo Ao. Ese caballo anciano, seguiría con vida durante unos cuantos años; pero, nunca más sería apto para llevar a alguien a cuestas. Tal vez a su amigo le causaría un poco de tristeza. Si bien era cierto que no había realizado tantos viajes en su lomo; al ser su primer y único caballo, se había encariñado con él.
Suspiró.
En cuanto el soberano despertara, pensó, Yuuri querría verle de inmediato; y ese reencuentro, se convertiría en el punto de inflexión, que llevaría a desatar las mil y un catástrofes que le aguardaban a su reino. Él: el Gran Sabio, el antiguo compañero de Shinou, el mejor amigo del vigésimo séptimo Maou y consejero del vigésimo octavo Maou; él, Murata Ken, estaría allí para brindar su apoyo en la peor de las crisis que –auguraba- azotaría el reino. Sí, lo estaría; pero no sería fácil. No lo sería.
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Al contraste del sosegado corredor hicieron eco los pasos del soldado. Minutos, sólo, habían transcurrido desde que su ahijado, tras derramar incontables lágrimas, se había quedado profundamente dormido. El castaño le había arropado en la que antaño fue su cama; esperando que pudiera conciliar un sueño placentero.
Simple e impío. El panorama era, para su padrino, prólogo de conflictos venideros y escasas alternativas. Sabía que, tarde o temprano, una dicotomía se cerniría amenazante sobre la mente de su bienamado ahijado, y ésta quedaría bifurcada. Sería, entonces, dificultoso para él y para cuanta persona quisiera defenderlo, convencer a los demás de que el antiguo rey era una "gran persona" y no, simplemente, un verdadero "hipócrita".
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La firme mano del mazoku de tierra, sujetó el cortinado de la ventana y lo deslizó lentamente. Al acto, una claridad endeble invadió el despacho, enmarcando la figura del noble y su impetuosidad.
Lord Gwendal von Voltaire era conocido por la seriedad y solidez con la que siempre se presentaba en público. Un hombre robusto y poderoso, capaz de intimidar a cualquiera, tan sólo con mirarlo; audaz espadachín y formidable adversario; experto usuario de majutsu y miembro de las diez familias nobles; hijo de la vigésima sexta Maou, Cecile von Spitzberg; pero, sobre todo, una gran, gran persona. Aquello que nadie diría de él, incluía en sus mejores virtudes y las coronaba; pues Gwendal era, sin lugar a discusión, un hombre tierno y sensible –claro está, implícitamente-.
Quizá era por eso que, al momento, la preocupación por el bienestar de su gente, reino y –sobre todas las cosas- su hermano menor, estaba causando estragos en sus emociones.
Incontables veces se repetía que debía permanecer calmado; que cualquier cosa que pudiera hacerse, no estaba al alcance de sus manos; que, esta vez, –muy a pesar suyo- no pasaría de ser un mero espectador. No obstante, y para mayor disgusto, llevaba horas encerrado en aquel recinto; recorriendo cíclicamente cada milímetro de piso, y preguntándose cuándo demonios alguien iba a decirle cómo se encontraba Wolfram.
Cual si sus súplicas hubieran sido atendidas por el mismísimo Shinou, la puerta resonó al contacto de unos suaves golpes, y la tan conocida voz de la muchacha ojiverde, aquella a quien se referían con la palabra "sargento", invadió la habitación.
-Con su permiso, Excelencia –dijo abriendo la puerta lentamente- Su Majestad Wolfram ha recobrado la conciencia.
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-¡No te quedes callado!, ¡Dime por qué!
Los impacientes gritos del Maou se percibían desde fuera de la habitación; instintivamente y sin notarlo, el mazoku de tierra redobló la marcha para encontrar, cuanto antes, a su hermano y rey.
-¡Conrad! –los alaridos se intensificaron. Probablemente, el castaño no hubiera logrado sobrevivir sin hablar, de no ser porque su pariente arribó en la escena, en el momento justo para salvarlo.
-Wolfram –dijo en tono sereno y serio, y el estruendoso espectáculo del rubio cesó.
Hasta la actualidad, no se conocían muchas formas de lograr amainar al mazoku de dorados cabellos; pero, si debían enlistarse las mismas, en orden de efectividad, era preciso colocar a "el llamado de von Voltaire" en la cabecera. La sola mención de su nombre, salida de la boca de "Hermano" era el más efectivo sedante para la ira de Wolfram. Acaso por respeto o por el profundo cariño que hacia él entrañaba, resultaba imposible contradecirlo con insolencia o enfrentarse a su figura con insensatez. Quizá por eso sentía, siempre, la necesidad de disculparse ante él por sus arrebatos. Quizá por eso lo haría, ahora, una vez más.
-Lo lamento.
-¿A qué ha venido la discusión? –dirigió la mirada hacia el castaño, esperando una respuesta rápida.
-Sólo le dije a que tenía buenas noticias para él.
-¡Pero no quiso dármelas! –replicó.
-No fue así –se defendió, en tono amable- Dije que sería mejor que las vieras…
-Que las vieras por ti mismo –finalizó el mazoku de tierra, interrumpiendo a su hermano.
-Así es.
-Hermano…
-Majestad… –cerró los ojos y dibujó una sonrisa débil y triste- Será lo mejor.
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La taza de porcelana fina, rozó los labios rosa pálido de aquella hermosa mujer; parte de su contenido –té de primerísima calidad-, se vació en su boca. De rango menor entre los nobles, hermana de Densham von Karbelnikoff; era, posiblemente, la inventora con más carácter en la historia del reino; singular mujer de convicciones fuertes y claras; todo aquello que se proponía era, tarde o temprano, alcanzado con gran satisfacción por sus manos. Así era ella. Así era Anissina.
Cerró los ojos, disfrutando de su aperitivo de la tarde. A su lado la vigésimo sexta Maou, Cecile von Spitzberg, permanecía sosteniendo una taza idéntica a la primera, a medio vaciar; tenía la mirada perdida en ella y una débil sonrisa adornaba su rostro.
-Entonces…-pronunció débilmente la rubia- ¿Greta viene en camino?
Su acompañante asintió, levemente, con la cabeza; al tiempo que separaba la taza de su boca y la depositaba en el platillo, sobre la mesa.
-Así parece.
Esa misma mañana, había arribado al castillo. Era una pequeña paloma blanca. La llamaban mensajera; eso significaba que transmitía mensajes; y que esos mensajes podían ser tanto buenos como malos. Si alguien sabía de aquello, era el más prestigioso espía de Shin Makoku. Precisamente por eso, fue él quien recibió al avecilla y leyó, con sus brillantes ojos azules, el escrito que traía en su pata derecha.
En efecto, el mensaje era grato; pues, al parecer, la antigua princesa regresaría al castillo.
-Su Majestad Yuuri se alegrará –comentó la dama de labios carmesí.
Esta vez, la pelirrosa no contestó. Muy en el fondo, temía por el destino de "Su Majestad".
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-Alteza…-suavemente le llamó.
-Ah, Gisela –dijo volteándose y tratando de sonar amable.
-Su Majestad ha recobrado la conciencia. Lord Weller y su Excelencia, Gwendal, están con él.
-¿Y sobre Shibuya? –la peliverde negó con la cabeza.
-Aun no le hemos dicho nada.
-Ya veo.
El sabio acomodó sus gafas, mientras un haz de luz se reflejaba en ellas y las hacía brillar intensamente. Tomó una bocanada de aire y efectuó un suspiro prolongado y casi imperceptible. Miró al cielo, una última vez; luego, volvió su rostro hacia la muchacha.
-Iré a por Shibuya ahora. Que Lord Weller y Lord von Voltaire se encarguen de llevar a Lord von Bielefeld a la habitación.
-De acuerdo.
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Si tuviera que describir cómo se hallaba su mente en aquel momento, seguramente, Shibuya Yuuri hubiera recurrido a utilizar la palabra "pesada". Lo cierto, es que aquellos incesantes golpes en la puerta, estaban convirtiendo en lucidez esa sensación. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba dormido, tampoco le importaba demasiado; ahora, lo único que quería era detener el fastidioso sonido rítmico.
-Adelante –balbuceó, de modo gangoso, por estar recién despierto.
-Con permiso, Shibuya –el familiar tono de su amigo, le saludó.
Tras ingresar en la habitación, Murata cerró la puerta, caminó lentamente y se quedó de pie junto a la cama, con una leve sonrisa esbozada en su rostro.
-Murata ¿qué hora es?
-No lo sé. El sol se ha puesto*.
La respuesta confirmó sus sospechas, había dormido demasiado. Lo primero que recordó, fue el motivo por el cual había caído preso del cansancio: Fluurin. Entonces, otro recuerdo se encadenó al anterior: Conrad se había encontrado hablando con él. Y, como si cada eslabón le hubiera conducido al origen mismo de la cadena, recordó la principal causa de inquietud.
-¿Y Wolfram?
El soukoku de gafas acentuó la sonrisa. En el fondo, le alegraba saber que su amigo seguía preocupándose por el rubio.
-Está en camino –contestó.
-Entonces, ¿ya despertó?, ¿cómo se encuentra?
-Pregúntaselo cuando lo veas; yo sólo vine a informarte.
-Pero, ¿qué debería decirle? Hace veinte años que no le veo. Yo…
La inquietud que sentía su corazón, pronto de había transformado en gozo; asimismo, el gozo se trucó en preocupación; la preocupación, en miedo; el miedo, en pánico y el pánico culminó cuando oyó nuevos golpes en la puerta.
-Alteza, estamos aquí –sentenció la voz de su padrino, desde fuera de la habitación.
-Por cierto, Shibuya –se giró hacia la puerta y comenzó a caminar, mientras descendía el tono de voz, para evitar ser oído desde fuera- Él no sabe que estás aquí.
Y esa frase se clavó como aguja en su pecho, generando una opresión que le quitó el aire.
Murata abrió la puerta y abandonó la habitación, cerrando tras sí.
El antiguo Maou sintió su corazón acelerarse, mientras se ponía de pie en un salto y acomodaba las sábanas lo mejor que le permitían sus sudorosas manos.
Afuera se oían voces, murmullos incomprensibles que sumaban tensión al ambiente.
-Lord von Bielefeld…
Logró escuchar su nombre claramente, Murata lo estaba pronunciando. Enseguida, una nueva voz se sumó; también consiguió reconocerla. Se trataba de la voz de su prometido, de la voz de su Wolfram.
-Alteza, ¿qué ocurre?
-Lamento haberlo hecho venir, sin decirle nada; pero, todos coincidimos en que sería mejor que lo viera por usted mismo.
-¿Qué cosa?
Los dos mayores compartieron una mirada de cómplices y retrocedieron un paso. El Gran Sabio se apartó de la puerta y se colocó a su lado.
-La sorpresa que le aguarda dentro de la habitación.
Wolfram frunció el ceño. Si su memoria no le fallaba, y estaba seguro de que no lo hacía, esa habitación era la que antaño había compartido con Yuuri y Greta. Llevarlo allí, con desconocimiento de causa y obligarle a ingresar para hallar una supuesta "sorpresa", no le brindaba demasiada confianza. La primera sugerencia de su mente, era la idea de que su hija adoptiva se encontrara dentro; sin embargo, no estaba seguro de que aquello pudiera ser posible*. Y sin embargo, era lo único que se le ocurría.
Tragó saliva, algo no andaba bien. Su corazón se aceleraba por momentos y sentía que los ojos ardían.
El pelinegro advirtió un giro del picaporte. No pudo evitar pensar en el Wolfram de hogaño, aquel con rasgos maduros, cabellos más largos y más que unas cuantas similitudes con Shinou. No pudo evitar pensar en cuánto había cambiado su Wolfram. Estaba seguro de que su interior había cambiado también. No podía esperar para ver en qué se había convertido. Quería tenerlo cerca y hablar con él. Pedirle perdón por todos esos años de sufrimiento. Ansiaba ver en sus ojos aquel chispeante brillo verde musgo. Deseaba oír su voz, llamándole por su nombre. Podía estar seguro de oírlo ahora mismo, evocando aquellos recuerdos: Yuuri, debilucho, infiel.
Un paso y luego otro. La puerta tras él, se cerró. La cerraron.
Su imagen petrificada, a metros de la silueta del otro. El silencio decorando el ambiente. Sus ojos brillando, cual cristal esmerilado; dos joyas perfectas. Sus rizos dorados, al igual que antaño, desordenados sobre el rostro y, ahora también, cayendo sobre sus hombros. Su cuerpo temblando. Su piel, pálida, más pálida de lo habitual. Sus labios entreabiertos.
El morocho le enterró la mirada, como si pretendiera atraversarlo. En sus orbes azabaches podía distinguirse el temor. Las lágrimas comenzaban a asomarse y no pretendía reprimirlas. Sólo esperaba que el otro reaccionara y corriera en su búsqueda, como siempre lo hacia. Pero, decir siempre, era demasiado.
"Si vas a venir a mí, hazlo ya" Pensó.
Entrecerró los ojos, porque no podía aguantar más. Los cristales de llanto brotaron por sus mejillas y, como si se tratara de un azote, el mayor reaccionó.
-Yuuri…-apenas audible, susurró.
El aludido no sabía por qué estaba llorando. El no era así. Estos últimos días habían sido un tormento. Era probable que todas las lágrimas jamás derramadas en su vida, se hubieran rebalsado de una sola vez. Sin embargo, en ese instante, su llanto no era de tristeza, sino de una tremenda alegría.
-¡Yuuri! –repitió, reaccionando de una vez, y corriendo hacia él, todo lo rápido que le permitieron sus piernas.
El morocho se mantuvo en su lugar, dejándose envolver por los fuertes brazos de su prometido. También éstos habían crecido. Sin poder –ni querer- evitarlo, instintivamente, correspondió el abrazo. Wolfram era todo lo que necesitaba, en ese momento.
-Perdón…-dijo, como pudo- Perdóname…Wolf…-entre llantos.
El rubio no contestó; se limitó, no obstante, a intensificar el abrazo. El calor de Yuuri le daba a su cuerpo la seguridad de que, en adelante, el dolor menguaría.
Encastrados perfectamente el uno en el otro, se mantuvieron abrazados durante incontables segundos.
El nuevo Maou, acarició levemente los cabellos del antiguo soberano. Éste, a su vez, acomodó mejor sus brazos en la espalda del rubio.
Sin que ellos dos pudieran darse cuenta, mejor dicho, sin que les importara notarlo; se generó un clima de intimidad que ninguno hubiera querido romper. Pero, en el instante más preciado –y menos indicado-, el instinto de Yuuri Shibuya lo llevó a echarse para atrás bruscamente. Rascándose la nuca y con una sonrisa tonta, cerró los ojos y se excusó.
-M-me da gusto verte –comentó, tratando de sonar natural.
"Enclenque" fue lo primero que se le vino a la cabeza "Hace veinte años que no te veo, ¿y sólo me dices eso?" La mirada del rubio se ensombreció.
-Ordenaré que preparen una habitación para ti –rompió el silencio.
El soukoku le miró sorprendido. Bueno, no esperaba realmente que volviera a dormir con él, ¿verdad? Aunque, si había de ser sincero, ese comentario le había dolido un poco. Se sentía decepcionado tan sólo de pensar que, quien en el pasado había sido su persecutor de tiempo completo, se irguiera ahora como un amigo lejano. Inseparables en el pasado, lejanos en el presente, ¿qué cosa, en el futuro?
-Oí que fuiste nombrado Maou –dijo, tratando de romper el hielo, mientras se sentaba en la cama.
-Así es –se sentó, también, aunque no a su lado.
-Murata me ha contado todo lo que ocurrió en este tiempo. También he leído un poco. Y…
-No estoy de acuerdo.
-¿Eh? –se sorprendió.
-Veinte años, Yuuri –pronunció la cifra con asco- Es demasiado tiempo.
El ojinegro no finalizó de entender lo que su amigo había querido decirle. Supuso que se refería a que había muchas cosas que él desconocía. Era cierto, le llevaría mucho tiempo enterarse de todo; pero, lo más importante ya lo sabía…¿o no era así?
-Hay cosas que debes ver por ti mismo –reanudó, el rubio- Cosas que no aparecen en ningún libro, y cosas que no creerías aunque te las contaran.
Ahora sí, comprendía el mensaje. Sintió su cuerpo tensarse de pronto. ¿Debía, aun, enterarse de más malas noticias? ¿Podría, acaso, ser más grande su dolor? ¿Más grande, aun?
-¿Y bien? –le dirigió una mirada desafiante- Luego de haber visto el presente, ¿continuarás con tu política pacifista?
La pregunta le tomó por sorpresa. Sabía que llegaría, en algún momento; sin embargo, no contaba con que fuera apenas lo viera. No consideraba el asunto tan importante, como para salir a flote de inmediato; aunque, evidentemente, sí lo era.
-Yo…no estoy seguro sobre eso –dijo, con la mirada baja y el tono apenas audible.
-Lo sabía –y se puso de pie- Después de todo, así eres tú.
El ojiverde comenzó a caminar hasta la puerta, con clara intención de salir de la habitación. El morocho se sorprendió por la actitud –que él calificó de "desinteresada"- de su prometido. Sintió deseos de correr hacia él, jalarlo del brazo y traerlo de regreso; en cambio, se puso de pie, le observó atentamente y, justo antes de abrir la puerta, lo detuvo con su voz.
-¿Por qué te vas tan rápido? –el rubio volteó- ¿Acaso no me extrañaste? –finalizó en tono jocoso.
Las orbes esmeraldas se abrieron de par en par. Su dueño ensartó los ojos del morocho, con los suyos propios. Había tristeza en su mirada. La expresión era desoladora. Verdaderamente, no comprendía por qué motivo le estaban haciendo esa pregunta. ¿No había demostrado, acaso, la respuesta incontables veces?
El morocho se percató, apenas al ver su reacción, de lo inoportuna que había sido su pregunta. Realmente, ¿cómo se le había ocurrido cuestionar algo así? Después de todo, él lo sabía con exactitud: Wolfram había sido el único que continuó creyendo en él, día a día.
-¡Lo siento! ¡Era broma! –rió, nerviosamente y agitando las manos a toda velocidad.
La mirada del rubio se ennegreció. Sus ojos se entrecerraron. Agachó la cabeza y dio media vuelta. Abrió la puerta y, antes de salir, susurró por lo bajo.
-Por supuesto.
Cerró tras sí, dejando la habitación en silencio.
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Aquella noche, Yuuri Shibuya no logró conciliar el sueño. Quizá por lo extensa que había sido su siesta de la tarde; quizá por haber logrado ver a Wolfram, después de tanto tiempo; quizá por la intriga de descubrir nuevas cosas; quizá –lo más probable- porque luego de irse Wolfram, Conrad lo reencontró para informarle de su nueva habitación y de que Greta, su amada Greta, regresaría a Shin Makoku, a la mañana siguiente.
Habiendo recorrido cada milímetro de suelo de su nuevo cuarto; habiendo revisado todas y cada una de las antiquísimas estanterías; habiéndose sumergido en la bañera de su baño personal, con la esperanza de recuperar así el sueño; y luego de tomar aire fresco en su enorme balcón; el antiguo soberano, se rindió a la idea de que no podría dormir esa noche y decidió recostarse en la cama, a la espera del nuevo día.
Gracias a su insomnio, logró recordar las noches en Shin Makoku; cuando Greta, emocionada, insistía para que alguno de sus padres le leyera una historia de Annisina; o cuando Wolfram, dándose vueltas, terminaba destapándolos a los dos, o cayendo al piso. Pudo recordar, también, la manera en la que el rubio hablaba dormido, y los suaves suspiros de la jovencita, tan tiernos como ella misma. Muchas veces, antaño, él se habría quedado despierto, sólo para observar el bello panorama de su preciosa familia, descansando así. Cálido.
-Yuuri –la voz de Conrad, resonó al otro lado de la puerta, y el castaño golpeó suavemente. Sólo entonces, el morocho se percató de que había amanecido.
-Conrad, adelante –se incorporó en la cama, mientras el mayor ingresaba a la habitación.
-Buenos días –dijo, con una sonrisa en su rostro.
-Buenos días –correspondió. En cierto modo, se sintió feliz de ver que alguien, al menos uno, seguía manteniendo el mismo trato con él.
-¿Descansaste bien? –cuestionó, amable, mientras se dirigía al balcón y cerraba el gran ventanal.
-Sí –mintió.
-Ya veo –regresó frente a su ahijado- El desayuno está servido. Baja en cuanto puedas.
-Ah, sí. Gracias, enseguida bajo.
-Nos vemos allá –hizo una leve reverencia y salió por donde había entrado.
Sorprendentemente, el ex Maou no se sentía cansado en lo absoluto. De hecho, la visita de su padrino le había puesto de muy buen humor. Sintió que las cosas podrían llegar a cambiar. Con esos ánimos, se dirigió al baño, para asearse. En cuanto hubiera terminado, bajaría a desayunar. Estaba seguro de que encontrarlos a todos reunidos, sonriéndole como antaño, le haría muy feliz; sentía, de alguna manera, la seguridad de que eso ocurriría.
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El gran salón comedor permanecía en silencio. Gwendal, se encontraba sentado junto a la cabecera de la mesa, siendo servido por las criadas; aguardaba la llegada de los demás, con su típico ceño fruncido. Frente a él, también junto a la cabecera, se ubicaba Murata; sorbía su té, delicadamente, mientras sus lentes brillaban, ocultando sus ojos. Günter estaba situado al lado del noble; mantenía la espalda erguida, mientras miraba fijamente un punto en su taza vacía. Annisina y Cheri, una al lado de la otra y junto al peliplateado, bebían su té, en silenciosa armonía.
Conrad hizo aparición, por el corredor. Su semblante, ahora, permanecía intranquilo; como si el clima del comedor fuera una enfermedad altamente contagiosa. Caminó para ubicarse próximo a Murata. Enseguida, las criadas le acercaron una taza y vertieron té en ella; además, colmaron su platillo con deliciosos dulces, preparados por Effe. Instantes después, el vigésimo séptimo Maou ingresó en la habitación.
-Buenos días –saludó a todos, felizmente.
-Buenos días, Shibuya –contestó su amigo, con una sonrisa en su rostro.
-Bienvenido –dijo su padrino, dulcemente.
-Majestad~ -canturreó Cherri, melosamente.
-Le estábamos aguardando –sonrió Annisina.
-Acomódese –incentivó Gwendal, indicando la cabecera de la mesa.
-Es bueno tenerlo de regreso –finalizó Günter.
El soukoku sonrió. La recepción que se había imaginado, no era muy alejada de la que en realidad había recibido; sólo que, en su concepción de desayuno, Cherri le apresaría contra sus pechos y Günter se le echaría encima, llorando; pero, estaba bien si no sucedía así.
El joven se dirigió al lugar señalado por el mazoku de tierra, desconfiando en parte, porque ese lugar ahora le correspondía a Wolfram.
-Por cierto…-soltó, mientras las criadas le atendían- ¿En dónde está Wolfram?
Todos agacharon la mirada. El joven sabía que eso no podía significar nada bueno. También sabía que iban a tratar de ocultarlo; pero, esta vez, no se iba a dejar engañar. Él estaba ahí para solucionar las cosas. Hacía veinte años que no entraba en escena, y no pretendía que todos confiaran en él de inmediato; pero, como antiguo Maou, iba a dar lo mejor de sí y esperaba respuestas.
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Los pasos del rubio, resonaron en el vestíbulo. Allí, se encontraba aguardando desde hacía ya unos cuantos minutos. Le habían anunciado la llegada de su hija al reino. Era sólo cuestión de tiempo hasta que la antigua princesa arribara al castillo. Él la recibiría, hablaría con ella y le explicaría la situación. No esperaba que le entendiera; pero, de todas maneras, lo intentaría.
-Su Majestad –anunció un soldado- La Reina Greta, ha llegado al castillo y reclama verlo.
-Tráiganla de inmediato –ordenó.
-Sí, Señor –hizo reverencia y se retiró.
A los pocos segundos, el ojiverde se halló contemplando la esbelta figura de la joven mujer, delante de sí.
Los años que pasan para los mazokus, pasan también para los humanos; pero, los años pasan para los mazokus, de distinta manera que para los humanos. Mientras que Wolfram parecía haber crecido tres o cuatro años, Greta había experimentado la metamorfosis de pequeña niña a completa mujer. Era alta y delgada, un prodigioso cuerpo y un prodigioso rostro. Su cabello, igual de rizado y rojizo, caía suelto y le llegaba por la cintura. Vestía túnicas de seda fina, adornadas con hilos de oro y plata. En la frente, una preciosa diadema con varias gemas engarzadas. Su mirada no era la mirada tierna de antaño, sino más bien un gesto gélido y serio.
-Greta…-pronunció su nombre, a modo de saludo.
La muchacha hizo una reverencia hacia él, sin apartar la mirada de su rostro.
-Majestad.
-Me alegro de verte.
La muchacha sonrió fugazmente, luego retomó su expresión seria.
-He oído de la derrota de Gran Shimaron, en Caloria –comenzó a acercarse al ventanal en donde se encontraba el rubio- Y de la muerte de Fluurin Gilbit.
-Veo que las noticias corren rápido.
Se colocó frente a él, y lo miró desde arriba. El hecho de rondar los treinta, le había ayudado a superar a Wolfram en altura.
-Padre…-susurró- ¿Lo has comprendido? Nadie más debería morir por el ideal de paz de aquel que llevó al reino a la perdición.
-No hables así de él –desvió la mirada- Yuuri ha…
-¡Greta! –el soukoku irrumpió en la sala, abriendo las puertas de par en par.
Tras él, Conrad, Gwendal y Günter, corrieron apresuradamente. Wolfram fulminó a los tres mayores con la mirada.
"No debían traerlo"
-¿Qué…? –balbuceó, incrédula, mientras retrocedía unos pasos, alejándose del rubio y manteniendo la mirada fija en el morocho, como si estuviera viendo un fantasma.
-¡Greta, qué felicidad! –corriendo hacia ella, intentó abrazarla.
La mujer le repelió al instante, con un grito desgarrador.
-¡No me toques! –el menor se sorprendió- ¡Tú! –dijo, girándose a Wolfram, en tono acusador y con lágrimas en sus ojos- ¡Vas a arruinarlo todo, otra vez! –y abandonó la sala, corriendo a toda prisa.
Todo permaneció en silencio, durante unos instantes. Los pasos de la mujer alejándose, era lo único que podía oírse. Yuuri giró hacia Wolfram, quien mantenía la cabeza gacha.
-¿Qué ha sido…todo eso? –inquirió, estupefacto.
-Lo siento, Yuuri. El que haya cambiado tanto, probablemente, sea mi culpa.
-No lo entiendo…ella era…-miró en la dirección por donde se había retirado su princesa.
-Veinte años, Yuuri. Es demasiado tiempo –sentenció.
Ahora, se veía claro. El mensaje oculto tras esas aterradoras cifras, tras esas aterradoras palabras. Greta era, seguramente, una de las cosas a las que Wolfram aludía cuando dijo que aun le faltaba enterarse de mucho. El día que para él había tenido un espectacular comienzo, radicalmente giró, tomando un nuevo rumbo. Y ahora, sentía el pesar de las horas de insomnio.
-¿Hay algo más que quieras decirme? –preguntó, casi sin fuerza.
-De hecho…sí, lo hay –sentenció.
-·-·-·-·-
Turu Turu Turu~
Siento haberme tarado horrores en actualizar.
En compensación, este capítulo es más largo que los anteriores. Me esforcé, también, en mejorar mi estilo de escritura –aunque no estoy segura de haberlo conseguido-.
Ah…han pasado muchas cosas.
Veamos…primero las aclaraciones:
"No lo sé, el sol se ha puesto": Murata burla a Yuuri dándole a entender que sin el sol, es imposible saber la hora (haciendo referencia a los antiguos relojes de sol).
"Sin embargo, eso no podía ser posible": Porque, como se darán cuenta en la parte final del capítulo, la relación entre Greta y Wolfram ya no es tan estrecha. De hecho, hasta podría decirse que ella le guarda cierto rencor. De todos modos, esto se aclarará en los siguientes capítulos.
Bien, bien. Ahora que Yuuri se reencontró con Wolf, podremos comenzar a darle cabida al romance. Espero que no se hayan decepcionado por la corta escena del reencuentro; preferí hacerla de ese modo, para demostrar lo mucho que ha cambiado la situación entre ellos dos.
Una última observación: Conrad parece ser el único que no ha cambiado su trato hacia Yuuri. Eso se debe a su fuerte vínculo padrino-ahijado y a la gran confianza que había entre ellos. El castaño entiende que, si bien la situación es terroríficamente complicada, lo que más necesita el morocho es el apoyo de sus seres queridos. Por lo tanto, él es el único que cuenta con la libertad suficiente para manifestarle sus sentimientos al soukoku.
Sin más, me despido hasta la próxima, no sin antes volver a disculparme con ustedes por haberles hecho esperar tanto. Agradezco los reviews que dejaron en el capítulo anterior y a todas esas personas que pusieron mi historia en sus favoritos, pero no comentaron, les pido que se tomen un minuto de su tiempo y lo hagan. Es lindo saber que valoran lo que hago; pero, más lindo sería, si me lo dicen. De esa manera, me incentivan a continuar y no tardarme tanto –intento barato de persuasión para reviews-
Ja, Matta ne!
