¡Hola! Y bienvenidos a un capítulo más de esta locura; muchas gracias a todos los que leen, a los que dejan review y a los que no, se los agradezco de todo corazón.
Invasor's Queen: XDDD qué rápido sacas los albums, niña! Me sorprendes O.O Orale... pero, no me tocaría mejor 70/30? digo, yo lo pongo en escena a que se quite la ropa, merezco más de lo que saques en la subasta! ;_; XDDD Gracias por lo que dices y que bueno que te guste Usagi, admito, lo sé, que me estoy yendo con él muy OOC pero no lo pude evitar, es que bueno, me puse a pensar cómo sería él en una vida diferente a la que tiene en el canón, o sea, sin el feudalismo y eso y creo que podría ser una persona así, alegre y bastante alocada, optimista a pesar de todo :D Y no, no es pariente de Bugs... aunque bien podrían serlo XDD La verdad cuando escribí eso también me estaba dando risa (estoy loca lo sé) por eso lo puse XDD Sobre la cara que pusieron los chicos... eh, creo que eso va a tardar un poquito jeje. En cuanto a eso, bueno... sí hay bolas de fuego, eso sí... lo otro, bueno, sí, lo saqué de mi retorcida mentecilla jeje Gracias por lo que me dices de las muertes! *Billie baila* Eso es lo que quiero, que queden gráficas... lo más posible (soy sádica jaja) gracias por todo linda y espero que te guste este cap ;)
Nekos Dream: Gracias! fíjate que a mí también, sinsajo me dejó con un no sé que que sé yo (a un amigo que le presté los libros de plano no le gustó el final), sí te deja medio movida. Qué bueno que te gusten, gracias de nuevo... eh, bueno, de Usagi no puedo decir nada... chance y a lo mejor me vas a matar después de leer ;_; Y gracias también por el consejo, anotado y tomado en cuenta ;) aprecio mucho tus consejos, de verdad :D
Dragonazabache: Gracias! jeje bueno, siempre tuve la tentación de hacer mis propios juegos, pero como mis amigos no se iban a dejar perseguir por todas esas cosas, pues me agarré a estos pobres muchachos *Risa malvada* jajaja no, ya en serio, gracias de nuevo y no te apures, aquí estamos, algo tardecillas pero seguras; y no te apures, voy a amarrar a haoyoh ante la lap para que siga escribiendo y no tarde XDDD
Iurakey:Gracias por tu review :D No te apures, la respuesta a esa pregunta viene en este cap (creo jeje). XDDDD Sorry por lo del trauma, pero no puedo evitarlo (y creo que haoyoh tampoco, somos yaoistas de corazón) XDDD Si le dieran un regalo a leo por cada vez que muestra las piernas ya debería irse en ropa interior por toda la arena XDDDD sobre la cara de los muchachos... bueno, creo que eso será más adelante, ya verás porqué :D en cuanto a las bayas, buen punto, pero creo que por ahora está seguro. Gracias por todo y cuídate mucho. Sobre lo del carterista; qué horror, está bien que tal vez no traías nada demasiado importante y por ese lado no duele, pero el simple hecho de no poder andar segura, el sentimiento de impotencia y eso, me imagino lo mal que debiste pasarla. Pero hay que verle el lado positivo, por lo menos no te hizo daño y sólo fue la cartera y no tú ;)
Disclaimer: Los juegos del hambre y Teenage mutant ninja turtles, personajes, situaciones y demás no me pertenecen a mí sino a sus respectivos autores; Suzanne Collins, Peter Laird y Kevin Eastman.
Nota: La fecha que doy aquí como el cumpleaños de Leonardo (y que vendría siendo el cumple de los cuatro hermanos) no es oficial, de hecho es el día de nacimiento de Leonardo Davinci, sólo que al ser Leo el mayor pues he elegido la de su "padrino" como la fecha de todos. Si alguien por ahí conoce el verdadero cumple de los muchachos, por favor, hágamelo saber; ya sería tarde para corregirlo en el fic, pero en verdad me gustaría saberlo : D
Capítulo XI
Si fuera por Donatello, ni él ni Mickey saldrían de casa y se quedarían encerrados todo el día, viendo los juegos.
Y es que para ellos, desde que se habían llevado a Leonardo al Capitolio, el televisor era la única forma de contacto que tenían con él. Por medio del aparato podían saber cómo estaba, dónde se encontraba, qué estaba haciendo y lo qué estaba viviendo; y cuando iniciaron en forma los juegos, era el único medio de saber si su hermano comía, dormía, si no estaba enfermo o herido, era el único modo de saber si estaba vivo.
Sin embargo, no podían darse el lujo de parar su vida para sólo estar en casa, debían continuar con sus rutinas porque, por mucho que su hermano se hubiese convertido en un tributo, por mucho que el gobierno se los hubiera arrebatado para convertirlo en una estrella, eso no significaba que hubiese algún privilegio extra que les permitiera desentenderse del mundo y todo aquello que los ayudaba a vivir; debían ir a la escuela y cumplir con sus horarios, además, él debía seguir asistiendo a la mina para ayudar al ingeniero con el mantenimiento de las máquinas; en fin, debían seguir luchando por el sustento diario y más ahora que no tenían a Leo y sus muy significativos aportes para seguir.
Así que lo más que podían hacer, era salir corriendo de la escuela o el trabajo para llegar a casa lo más pronto posible, lo cual era algo difícil cuando medio mundo en el distrito les detenía en las calles para manifestarles su apoyo o para desearles buena suerte. Eran muestras de apoyo, a veces efusivas y llenas de orgullo por el excelente papel que la tortuga estaba haciendo en los juegos, a veces emotivas, porqué la familia Hamato era muy querida por una parte de la comunidad y más ahora que habían vivido tantas terribles perdidas (Rafael y ahora Leonardo), otras eran mudas porque la gente no sabía qué podían decirles que les hiciera sentir mejor; sin embargo era apoyo de corazón, incluso gente que hasta ahora sentía repudio por los mutos. Leo estaba consiguiendo lo que parecía imposible, que la gente que odiaba a los mutos y los veía como ciudadanos de segunda, los viera como lo que eran, seres vivos, pensantes y con sentimientos; estaba logrando cierta unión entre la gente del distrito que se hallaba algo dividida y sí, había que admitirlo, a pesar de lo terrible de la situación, los hermanos Hamato no podían evitar sentir orgullo por eso.
Sin embargo, tanto Donny como Mickey hubieran preferido mil veces que las cosas siguieran como antes sin importar nada mientras estuvieran todos juntos; era preferible que Leonardo siguiera con ellos aunque aún hubiese quien los viera como bichos indeseables por su naturaleza. Pues lo que había ocurrido el otro día; la muerte del oso Danae y la chica comadreja, Finch, había sido algo terrible, y Leonardo las había vivido muy de cerca; El rostro de su hermano, convulsionado por las fuertes emociones que había experimentado en esos momentos, era algo que no podían olvidar. Donny reafirmaba cada vez más su teoría sobre las pesadillas que seguirían a su hermano al salir de aquel lugar, y hasta Mickey, a quien Donatello luchaba por mantener con buen ánimo, alejándolo de cualquier pena (pues no le era ningún secreto que el niño se sentía culpable de que su hermano se encontrara en la arena, pese a que no lo era), no pasaba por alto aquellas situaciones ya que conocía bien a su hermano, entendía lo difícil que le era hacer cosas ajenas a sus principios (como el robo cuando lo de Finch) y lo sensible que podía ser; verlo tan lastimado después de la muerte de aquellos dos chicos, fue algo difícil de soportar para él e hizo que su sentimiento de culpa se incrementara.
Donatello salió de la mina y se dirigió a casa a toda prisa. Había estado ocupado desde la noche anterior, pues una de las bombas hidráulicas no servía y debían arreglarla antes de que los mineros bajaran esa mañana, ya que en caso de accidente no era conveniente tenerla descompuesta.
Para Donny aquellas máquinas le eran tan sencillas y tan fáciles de entender que su reparación no representaba ningún reto; desde pequeño había tenido la inteligencia y la curiosidad suficientes como para observar aquellos mecanismos rudimentarios, entenderlos y arreglarlos, de modo que su inserción como "aprendiz" del ingeniero de la mina era casi una burla, pues en menos de una semana, él ya sabía más que el mismo ingeniero y terminaba haciendo prácticamente todo su trabajo, en especial por que el hombre generalmente se encontraba ahogado en alcohol y Donny lo cubría porque, de saberse, lo despedirían y no sólo la familia del humano quedaría sumida en la desgracia, sino que hasta a él lo echarían, pues sólo era un aprendiz y no podían contratarle de otra cosa que no fuera eso dado su edad.
Esa mente curiosa y apta para la ciencia no sólo le había permitido entender el funcionamiento de las máquinas comunes, sino también de la máquina maravillosa que es el cuerpo de un ser vivo, razón por la que le conocían como el sanador de la veta, ya que era capaz de, a base de hierbas que hacía que sus hermanos le trajeran del bosque o que Mickey le procuraba en su huerto, más otros rudimentarios utensilios, sanar a algunos enfermos o heridos que no podían pagar la atención del hospital del distrito (haciendo lo que le era posible con lo que tenía, pues a veces había cosas que sólo la medicina podía curar) . Leonardo era consciente del asombroso desempeño de su hermanito y el grandioso intelecto que este poseía, por lo que se lamentaba de no poder enviarlo a una escuela decente de ingeniería o medicina, ya que por desgracia no era sólo cuestión de dinero (si fuera por eso, el chico lo habría sacado hasta de debajo de las piedras), sino por el hecho de que en el distrito doce no había tales escuelas, solo se podía cursar la preparatoria y después, los más pobres terminaban de mineros y los acomodados se encargaban de los negocios de sus familias o de poner uno propio si bien les iba; y como estaba prohibido viajar a otros distritos, los que poseían talento, como Donny, debían olvidarse por completo de ir a un lugar como el distrito tres, donde los niños armaban complicadas interfaces casi desde la primaria, o en el distrito seis, donde se enseñaban las complicadas y finas artes de la química y la medicina; los doctores que habían en todos los distritos eran enviados por asignación, como ocurría con los agentes de la paz.
Sin embargo, el chico se las arreglaba con los escasos recursos con los que contaba y todos en la veta confiaban en él incluso más de lo que confiaban en el médico del hospital; razón por la cual para los Hamato no era raro llegar a la casa y encontrarla llena de gente que buscaba a Donny por sus servicios o que le sacaran en medio de la noche por una emergencia (ocasiones en las que iba acompañado de Rafael, Leonardo o ambos), para tratar ya fuera heridas, infecciones de diversos tipos o enfermedades de todas clases (las cuales por desgracia, mayormente tenían su origen en el hambre), todos iban ahí para recibir ayuda de aquel "niño prodigio" de la medicina "lírica", pero ¿aquello suponía un ingreso extra para la familia? En lo absoluto, pues Donatello no solía cobrar por su ayuda, mucho menos sabiendo que ninguno de sus pacientes podía pagar, y al contrario, cuando había necesidad, incluso Rafael y Leonardo (últimamente sólo este) ayudaban a la familia del paciente en turno llevándoles algunas piezas de su propia cacería.
Por esa razón, cuando Donny entró en la veta y vio a Abril corriendo hacia él con apremio, no le extrañó, y cuando vio que una pequeña multitud se agolpaba en su casa, aceleró el paso, pensando que le traerían a alguien que necesitaba su ayuda.
Pero cuando vio que aquellas personas se hallaban muy bien vestidas y que cargaban diversas cámaras; cuando vio que tenían acorralado a Mickey, quien se veía nervioso y sin saber a dónde meterse, se dio cuenta que eran reporteros venidos directo del Capitolio.
Entonces pensó en Leonardo.
Asustado y creyendo lo peor, corrió desesperado hacia su hogar, seguido por Abril. Miguel Ángel al ver que su hermano se acercaba, sonrió, feliz al verlo.
-¡Donny!
-¡Háganse a un lado! ¡¿Qué está pasando?!- El muchacho se abría paso entre los reporteros casi a codazos, pero estos, cuando lo identificaron, le permitieron pasar.
-¡Tú eres Donatello! ¿No es así? ¡El otro hermano del "chico en llamas"!- Dijo una de las reporteras. Donny llegó hasta Miguel Ángel, lo tomó de la mano y se dispuso a entrar a la casa, lo cual era difícil pues los reporteros no querían dejarlos ir.
-¡Queremos una entrevista!
-¡Háblanos de tu hermano!
-¡¿Qué opinan de que sea uno de los finalistas?!
-¡¿Qué sienten de qué haya logrado matar a uno de los profesionales?!- Inquirió otro con emoción.
Donny y Mickey, que ya habían conseguido llegar hasta la puerta, se quedaron helados. El mayor se giró y miró a los reporteros, los cuales mostraban expresiones llenas de admiración y alegría.
-¿Qué... dice?
-¿No lo sabían?
Donatello estaba temblando ligeramente; Mickey se quedó mudo, pasmado, sintiendo que el corazón comenzaba a hacer amagos por escapársele por la garganta. Los reporteros, unos, ciegos a estas reacciones, otros, confundiéndolas con emoción, seguían esperando respuestas y lanzando más preguntas.
-¡¿Qué nos pueden decir?! ¡¿Cómo es que sabe pelear así?!
-El que un tributo de un distrito tan pobre matara a un profesional no es muy común, ¿Puede hablarnos sobre como lo hizo?
Pero Donny no les hizo caso, entró a la casa llevando a Mickey, Abril se escurrió detrás de ellos y cerró la puerta.
-¿Crees... crees que sea cierto?- Inquirió Mickey, inocentemente; sabía que la pregunta estaba de más, pero aquello le parecía difícil de creer.
Donatello encendió el televisor. En ese momento estaban retransmitiendo los mejores momentos de la más reciente jornada. Ace había recibido un regalo por parte de un patrocinador, que, según Caesar Flickerman, si el León se decidía a usarlo significaría graves problemas para los otros; pasaban la muerte de Liberia a manos de Tyrene y el cómo, cuando inició la lluvia, se creó un deslave en una montaña, la cual Calibur estaba escalando después de su pelea contra Leonardo y Usagi, de modo que el chico había caído al fondo del precipicio que yacía bajo sus pies; mostraron también el seguimiento que venían haciendo de la chica del distrito ocho, que a mediados del primer día se había cortado la mano con el filo de una roca, dicha cortada se había infectado sin los cuidados apropiados y estuvo agonizando todo ese tiempo hasta que por fin había muerto.
Luego la persecución de los murciélagos a Belle y las chicas del distrito nueve y diez; como estos cayeron sobre la primera, drenándole la sangre y como la segunda había recibido aquel cuchillo en la garganta por parte de Dominus, el cual también se había encargado de matar a Tyrene.
Y luego Leonardo que, en un instante, quitaba la vida de aquel muchacho con un certero tiro de gracia.
Donatello y Miguel Ángel lo miraban impactados; es obvio que sabían que existía la posibilidad de que eso ocurriera, que casi nadie salía "limpio" de la arena y que realmente era muy raro el que lograba salir vencedor sin llenarse las manos de sangre, también estaban conscientes de que nada importaba mientras Leo volviera a casa, mientras volviera vivo.
Pero el simple hecho de verlo era algo para lo que, pese a todo, no habían logrado prepararse.
Y no es que vieran a su hermano diferente, no es que esto cambiara su opinión de él y de repente lo consideraran una especie de monstruo, al contrario, si era por salir de aquel lugar, ellos preferían que matara primero y preguntara después.
Lo que les dolía era la mirada de Leo después de haber descargado el arco, el dolor, la confusión y la mezcla de sentimientos que se estaba dando en su corazón y que se reflejaba en sus ojos; Leonardo, el chico que no podía soportar la simple idea de tomar algo que no era suyo... le había quitado la vida a alguien más.
Mickey se dejó caer de rodillas junto a Donny, este le rodeó los hombros con su brazo.
-Está bien, Mickey, Leo estará bien.
El pequeño asentía con esperanza; realmente deseaba que fuera así.
Volvieron a golpear a la puerta; Donatello, harto, se puso de pie y se acercó a ella molesto, dispuesto a correrlos; pero en cuanto estuvo a punto de abrir la boca, se escuchó una voz femenina.
-¿Señores Hamato? Venimos para las entrevistas del seguimiento oficial a las familias de los finalistas.
Donny aún quería correrlos; ese no era el momento apropiado... de hecho ni ese ni nunca, pero no podía hacerlo; la única forma que tenían de apoyar a Leonardo era seguir el juego, cooperar y participar en todo ese circo que el Capitolio montaba alrededor de las familias de los tributos; una negativa de su parte podría traducirse como algo malo para su hermano o por lo menos así lo sentía, porqué, ¿qué les costaría desquitarse con un chico que ya tenían a su merced en una arena llena de peligros? ¿Qué tal si su trato despectivo hacia el canal oficial del Capitolio, derivaba en un ataque más certero hacia su hermano? Nada se lo aseguraba, pero no estaba dispuesto a averiguarlo. Miró a Mickey y este, comprendiendo, respiró profundamente, asintió y se esforzó por esbozar una sonrisa; Abril también trató de parecer feliz.
-Adelante.- Dijo, abriendo la puerta.
Usagi sacó el cuchillo del cuerpo de Tyrene, y con la ayuda de Leo, la recostó sobre el césped, cerrándole los ojos y acomodando sus manos sobre su vientre.
Quisieron hacer lo mismo con el resto de los tributos, pero no habían tenido oportunidad; el sonido del aerodeslizador, acercándose a ellos, les hizo apartarse lo suficiente para que los recuperaran. La gran garra metálica bajó, cargando primero a la chica del nueve, luego a la del diez, después a Dominus y por último a Tyrene.
Usagi se llevó al pecho el hacha que la chica le había dado, justo encima del corazón, mientras miraba como el cuerpo era elevado por los aires; Leo comprendió que debía ser algún saludo de respeto propio del distrito siete; él por su parte, le dedicó a la valiente joven el saludo del distrito doce, besando sus dedos y elevándolos hacia ella, a la chica que había dejado de lado su odio y había aprendido que en el fondo, mutos y humanos, eran totalmente iguales.
El cuerpo se perdió en el interior de la nave y esta a su vez aceleró, desvaneciéndose en el horizonte.
Ambos chicos sentían un gran vacío; tenían las manos temblorosas, las de Usagi por el golpe que no alcanzó a dar, las de Leo por el golpe que dio de forma tardía; un nudo en la garganta les impedía pasar saliva con facilidad y amenazaba con alterar aún más su ya agitada respiración; las lágrimas en sus ojos a punto de desbordarse, en un momento que por desgracia no era el más indicado; temblaban de impotencia, por no haber podido salvarla... ¿Cómo era posible qué hacía apenas unos minutos se hallaban comiendo y bromeando juntos, y de repente Tyrene ya no estaba? Aquel día había iniciado de una manera poco común tratándose de ellos, de tributos, por un momento habían vislumbrado lo que sería vivir un día normal entre amigos, no entre enemigos obligados a matarse, por unos minutos habían olvidado que se hallaban en la arena y al parecer, el Capitolio no iba a permitirles ni siquiera ese respiro.
Aun sacudidos por la fuerte emoción vivida, trataron de poner en orden sus pensamientos; vieron a Belle que yacía aún sentada al pie del árbol donde la habían acorralado los murciélagos, los cuales ahora se hallaban muertos en el piso; la gata parecía muy alterada, con sus ojos desorbitados y su respiración agitada, al tiempo que emitía convulsos chillidos; el ataque la había dejado muy nerviosa y el que la garra metálica pasara justo a su lado para llevarse el cuerpo de la tributo del diez no había ayudado en lo absoluto. Los dos chicos se miraron y asintieron, poniéndose de acuerdo sin necesidad de mediar palabra; debían moverse de ahí, volver al campamento y tratar de calmarse.
Leo comenzó a recuperar sus flechas de los cuerpos de los murciélagos, limpiándoles la sangre en el césped; logró recuperarlas todas, excepto la que se había llevado Dominus en la cabeza; se estremeció al pensarlo. Así hubiese tenido tiempo de sacarla, no lo habría hecho jamás.
Entre los dos ayudaron a Belle a ponerse de pie, llevándola con ellos hasta el campamento; al llegar la ayudaron a sentarse dentro de la cueva; la chica aun temblaba de manera casi incontrolable.
-Descansa.- Le susurró Leo de manera amable. -Lo necesitas.
La chica se hizo un ovillo sobre el piso y cerró los ojos fuertemente, temblando como si una gran fiebre se hubiese apoderado de su cuerpo. Leonardo, se acercó y le posó la mano en la frente, para cerciorarse de que no fuera ese el caso, pero la chica dio un respingo y se arrastró, retrocediendo asustada.
-Tranquila, no te haré daño.
Y ante la voz amable de la tortuga, la chica gato se relajó un poco.
-¿Y bien, doc?- Preguntó Usagi en un susurro, acercándose a Leo.
-No parece tener fiebre, creo que solo es la conmoción...
-No suenas muy seguro.
-Bueno, no soy médico.- Pensó en Donny y en lo útil que le sería en esos momentos el tener algo de sus conocimientos; aunque él y Miguel Ángel habían fungido de vez en vez como sus enfermeros y por ende habían aprendido algunas cosas básicas, no era lo mismo a tener toda la preparación que él tenía, la cual, a opinión de Leonardo, superaba a la del médico más experto.-Quizá sólo necesite dormir... y comer algo, dejemos que descanse un poco y ya luego veremos.
Ambos se acercaron más a la entrada de la cueva.
-Tú... ¿Estás bien?- Se animó a preguntar la tortuga, mirando a su amigo. Este esbozó una breve sonrisa.
-Sí... - Sus ojos se veían enrojecidos y la voz se le quebró de repente. Leonardo posó su mano en el hombro del conejo. Usagi respiró profundo, le miró, sonriéndole de nuevo y luego bajó la mirada para después volver a mirar a la tortuga.- Es sólo que...- Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y no pudo decir más.
-Está bien...- Leo lo abrazó, llorando en silencio; no necesitaban hablar, comprendía lo que sentía perfectamente.
-Perdóname... es qué...
-Está bien, lo entiendo.
Los dos se separaron, sentándose en la entrada de la cueva. Usagi se pasó las manos por los ojos, secándose las lágrimas; Leo hizo lo mismo con discreción.
-Ella era buena...- Susurró Usagi aun con la voz entrecortada.-No merecía esto...- Un sollozo escapó de sus labios; se llevó las manos al rostro y lo ocultó entre ellas durante unos segundos; luego, pasándolas por sus ojos para secar las lágrimas, esbozó una media sonrisa y miró a Leonardo.- Perdona, me he dejado llevar por esto y ni siquiera te he preguntado... ¿Tú, estás bien?
Leonardo le miró, no entendía bien a que se refería; pero al ver la expresión de Usagi lo comprendió; hablaba sobre la muerte de Dominus. La tortuga esbozó una sonrisa, que pese a esforzarse por hacerla ver despreocupada, no dejaba de ser triste.
-Yo estoy bien, no te preocupes por mí.
El conejo lo observó por unos segundos y negó con la cabeza.
-Sueles hacer eso siempre, ¿verdad?
-¿Hacer qué?
-Eso... ocultar lo que realmente sientes ante los que crees que necesitan de ti.
Leo bajó la mirada, desviándola un poco; parecía un poco incómodo, pero pronto volvió a recuperar el temple, de manera casi inmediata.
-No, nada de eso.
-Entiendo.-Susurró el conejo.- E imagino por qué lo haces.
Leo le miró con sorpresa, el conejo sonrió.
-Por ellos, ¿verdad? No te permites ser "débil", por ellos.- Añadió Usagi en un susurro que sólo pudo escuchar su amigo. La tortuga sonrió débilmente y no pudo más que asentir; era en vano que intentara negarlo, él y Usagi habían llegado a entenderse y conocerse muy bien en poco tiempo, y aunque él dijera lo contrario, el conejo sabría la verdad. Este le sonrió de nuevo.- Es hermoso de tu parte que les cuides de esa manera, pero también debes pensar en ti, guardarte las cosas de esa forma podría hacerte daño.
Leonardo esbozó una media sonrisa.
-Gracias... lo tomaré en cuenta.
-No, no lo harás.- Rió Usagi ligeramente.- Y no lo harás porqué eres un necio auto sacrificado.- Ambos rieron. El conejo respiró profundamente y luego suspiró, mirando hacia el cielo y luego a su amigo.- Pero está bien, no necesito que me digas lo que sientes para saberlo, y sólo puedo decirte una cosa... no debes sentirte mal por ello.
Leonardo bajó la mirada.
-¿Te refieres a Dominus?
-Sí... sé qué tenías la esperanza de no tener que matar a nadie... yo también tengo la esperanza de que, no sé, una piedra caiga, los aplaste a todos y yo no tenga que asesinarlos...
-Qué tierno eres.- Dijo la tortuga con sarcasmo, sonriendo de nuevo; el conejo le devolvió la sonrisa.
-...Pero estoy empezando a creer que... que tal vez...-Miró a su amigo y torció ligeramente el labio, perdiendo la sonrisa; sus ojos reflejaban verdadera tristeza y preocupación.- que Tyrene tenía razón; que a final de cuentas para eso nos han traído y no podremos evitarlo por mucho que lo intentemos.
-No siempre ha sido así.- Se aferró Leonardo.- En otras ocasiones ha ocurrido, tú sabes... Annie Cresta.- Dijo, refiriéndose a la ganadora de los septuagésimos juegos del hambre, una chica del distrito cuatro que por desgracia había enloquecido cuando su compañero fue decapitado y a raíz de eso se mantuvo oculta durante los juegos; los vigilantes habían decidido en cierto momento inundar la arena y siendo su distrito el encargado de la pesca, resultó ser la que mejor podía nadar; todos los tributos restantes se habían ahogado y ella había salido victoriosa sin mancharse las manos de sangre.
Y ahora que lo meditaba, quizá Belle había llegado hasta ese punto de esa forma, ocultándose y sobreviviendo de milagro.
-Lo sé, pero no podemos fiarnos de eso.- El conejo presentaba más decisión en su expresión; tomó la mano de la tortuga y la aferró con fuerza.-Sé que esto será muy difícil para los dos, amigo, pero debemos realmente aceptarlo y cumplirlo... si es necesario, si alguien nos ataca y no tenemos opción... hagamos aquello para lo que nos trajeron, sin remordimientos, ¿de acuerdo?
Leonardo bajó la mirada; odiaba como se escuchaba todo aquello. Usagi seguía mirándolo fijamente, preocupado porque el noble corazón de su amigo le costara a este la vida.
-Por favor...- Insistió el conejo.- Tienes que volver a tu hogar.
-¿Y tú no?- Replicó el chico de golpe y mirándolo de frente.- ¡Tú también debes volver a casa!
-Si te aplasta la roca, sí.
Leo se quedó mirándolo, mudo y luego se echó a reír de nuevo, acompañado de Usagi. Le dio otro zape y luego lo abrazó con fuerza, algo a lo que el conejo correspondió, ambos sin parar de reír. La tortuga pudo respirar un poco más tranquilo, pues si bien sabía que lo que su amigo decía era cierto e iba en serio, aun así, aquel momento, aquel respiro, le permitía sentir menos la presión sobre su pecho y la angustia que se había apoderado de su corazón desde la muerte de Tyrene, le hacía relajarse y olvidarse nuevamente, aunque fuera por un segundo, de que ahí debían matar o morir.
Belle, desde el interior de la cueva, los miraba y escuchaba con el rostro inexpresivo.
De pronto la tierra empezó a temblar; comenzó como algo ligero y casi imperceptible, aumentando de a poco su intensidad; de la ladera de la montaña y del interior de la cueva caían algunas rocas pequeñas. Belle dio un grito, se levantó de un salto y salió corriendo; Leonardo y Usagi tomaron las mochilas y salieron junto con ella.
Se escuchó un ruido ensordecedor y pudieron ver brevemente como de la parte superior de la montaña se desgajaban enormes rocas que iban directo a ellos. Leo tomó a Belle y la echó sobre su espalda, de ese modo, junto a Usagi, esquivando a saltos las rocas que caían sobre ellos, abandonaron el valle lo más rápido que pudieron.
Al encontrarse fuera de él, el temblor cesó; el valle se hallaba sepultado en rocas.
-¡Por poco! ¡Pero mira que tino tengo!- Soltó el conejo, riendo.
-Boca de salación.- Replicó Leo, mirándolo con seudo molestia; Usagi sólo rió, después, más serio, dijo.
-Quedamos pocos, seguro quieren acelerar las cosas.
La tortuga suspiró con pesadumbre.
-Vamos, busquemos otro refugio, ¿puedes caminar, Belle?
La gata, aun asustada, asintió. Leo la depositó en el piso y los tres empezaron la marcha.
Rafael y Casey continuaban atentos a la transmisión de los juegos. Se habían movido del lugar de siempre, pues no querían crear un patrón de costumbre que hiciera fácil localizarlos si es que llegaba a saberse de su presencia ilícita. Ahora se hallaban en una plazoleta pequeña, pero concurrida, que se encontraba a unos pasos del centro de entrenamiento y en la cual también había una enorme pantalla proyectando los juegos día y noche; Rafa la había elegido porqué, en caso de que fuera necesario, sería más rápido llegar hasta Haymitch si se hallaban así de cerca.
-Pues bien amigos, tres de los ocho finalistas han caído ya.- Decía Caesar Flickerman en el estudio, a lado de Claudius Templesmith.- Pero eso hace más emocionante la fiesta, ¿Verdad?
-Así es, Caesar, Hemos estado siguiendo a cada uno de los finalistas; después de todo, entre ellos se encuentra el futuro vencedor de los Septuagésimo cuartos juegos del hambre, por lo que es obvio que ustedes allá en casa, querrán saber más sobre ellos, conocer más del posible ganador, por lo que continuaremos con nuestra serie de reportajes. En días pasados les presentamos las vidas de Ace Brenan, el impresionante tributo del distrito uno, quien es uno de los favoritos para alzarse con la victoria y la corona de laureles, y de Sasha Landon, su compañera, quien también se perfila como la posible vencedora de este año.
-Exactamente, Claudius; si estos dos quedan en la final sería algo muy interesante.- Ambos rieron.- También hemos visto la semblanza de Dominus Majors... aunque no le duró mucho el gusto de ser finalista, ¿verdad?-Los dos conductores volvieron a reír amenamente.- de Tyrene Butler, que fue una gran decepción para los apostadores si me permiten decirlo.
-¡Y qué lo digas! ¡Me hizo perder una fortuna!- Dijo Claudius de manera cómica y Caesar volvió a reír mientras fingía consolarlo, dándole palmaditas en el hombro.
-Bueno, si me hubieras hecho caso y seguido mi corazonada...-El otro negaba con la cabeza.- Yo sí puse mi dinero a la segura.
-Sí, sí, mejor no me digas.
-En fin, Tyrene Butler no pudo con las expectativas que la gente del distrito siete tenía sobre ella, es una pena; pero su compañero, Usagi Miyamoto de quien ya vimos un reportaje hace poco, sigue en la carrera, lo cual aún deja algo de esperanza al distrito siete.
-A diferencia del distrito nueve y diez, cuyas últimas tributos, Iana y Pricia, de quienes también ya tuvimos algunas retrospectivas, fueron eliminadas hace poco.
-Así es Claudius, pero aún tenemos dos reportajes más, precisamente de los finalistas que, estoy seguro, jamás se habrían imaginado.
-¡Y eso porque desde el segundo "Vasallaje de los Veinticinco" el distrito doce no había tenido un finalista, ya no digamos dos!
Rafa, que hasta el momento se hallaba distraído, como ocurría cuando los presentadores interrumpían la transmisión en vivo, se irguió en su asiento y prestó atención a la pantalla.
-¿Qué es el "Vasallaje de los veinticinco"?-Preguntó Casey con curiosidad ante aquellas palabras, pero Rafa, sin dejar de mirar a la pantalla, se llevó el dedo a los labios, pidiéndole silencio.
-¡Justamente eso, Claudius!-Continuó Caesar.- Así que... Aquí está lo que estaban esperando, les daremos una probadita del reportaje que podrán ver completo esta noche... ¡Leonardo Hamato, "el chico en llamas"! ¡Qué lo disfruten!
Ambos presentadores desaparecieron de la pantalla y una secuencia de Leonardo en los juegos, yendo entre los árboles en los que había subido el primer día después de la cornucopia, apareció en escena pasando luego a una secuencia de la cosecha, donde Leo se ofrecía voluntario por Mickey; mientras la voz en "off" de Caesar Flickerman, narraba.
-Procedente del distrito más lejano de Panem, Leonardo Hamato no parecía tener la "suerte de su lado". Sin embargo, haciendo una gran entrada en el desfile de carrozas.- Ahora pasaban las imágenes de Leo en el desfile con sus alas de fuego, después presentaron algunas escenas de su entrevista.- más su personalidad, su simpatía y su carisma, se convirtió rápidamente en uno de los favoritos del público. Pero, ¿Quién es Leonardo Hamato y porqué nos ha robado a todos el corazón? Nacido el quince de abril del año 108 de la era dorada del Capitolio, Leonardo es el mayor de cuatro hermanos huérfanos de los cuales, uno murió hace apenas unos meses de causas desconocidas.
-¿Causas desconocidas?- Soltó Casey, arqueando una ceja y mirando a Rafael. La tortuga se cruzó de brazos y se recargó en el respaldo de la banca, esbozando una sonrisa sarcástica.
-No les conviene decir que "el chico en llamas" tuvo un hermano rebelde.
-... desde la muerte de su padre en las minas de carbón.- Seguía Caesar con su narración.- Pero mejor dejemos que sean sus amigos los que nos presenten al "chico en llamas" lejos del glamour del Capitolio.
Apareció Abril en la pantalla; vestida de manera sencilla y el cabello recogido de manera simple; sus ojos no cesaban de bajar a cada rato y se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja nerviosamente a cada momento. Rafael sonrió alegremente al verla.
-¡Wow! ¡Es preciosa!
-Olvídalo, Case, uno de mis hermanos la vio primero.
-Eh... bueno...- La voz de Abril atrajo la atención de ambos de nuevo.- Leo... Leonardo, él es un gran chico; nos conocemos desde muy pequeños y siempre ha sido el más noble que conozco.- Decía la chica con sinceridad.- Siempre hace lo posible por ayudar a quien lo necesita, es dulce, amable, responsable… él es el mejor.- Culminó aquello con una sonrisa.
-Sí, yo conocí a su padre desde hace muchos años.- Decía ahora la señora O'neil, apareciendo su imagen en lugar de la de su hija; Rafael sonrió dulcemente al verla.- El señor Hamato era una persona muy valiente y dedicada, hacía todo por ellos y por la comunidad… No, no sé cómo es que sabe pelear así, ni usar el arco de esa manera, supongo que pudo aprenderlo durante su entrenamiento.
Rafael rió suavemente, mirando de nuevo la imagen de la señora y agradecido con ella; claro que ella sabía muy bien que su padre los entrenaba diaria y arduamente, de hecho, Abril llegó a recibir cierta instrucción que quedó inconclusa por la muerte de Splinter, por si corrían con la mala suerte de acabar en la arena tuvieran forma de defenderse, pero era claro que ella no diría nada, jamás delataría aquel detalle de sus vidas, siempre conservaría el "secreto" de que su viejo padre era todo un sensei de las artes marciales.
-¿Leonardo?- Decía ahora una chica, muto de lagarto, que Rafael reconoció como compañera de Leo en el grupo de la escuela.- ¡Dios! Ese chico es un amor… le tiene una gran paciencia a sus hermanos, en especial a… Siempre fue muy serio y muy callado, pero eso le daba un aire de misterio muy interesante.- Añadió con un ligero chillido de emoción. Leonardo, pese a su mutismo, su seriedad y su carácter reservado que le hacía parecer distante, era muy popular con las chicas.
Rafa notó que habían cortado el nombre de aquel al que le tenía tanta paciencia; rió de lado, seguro iba a mencionar su nombre y el Capitolio no quería que la gente comenzara a preguntarse más sobre ese hermano muerto por "causas desconocidas", por lo que preferían no dejar ni siquiera que se le mencionara. No pudo evitar reírse ante esto, pues le parecía gracioso que le vetaran de esa manera de la vida de su hermano.
-¡La verdad, jamás me habría imaginado que él pudiera llegar tan lejos!- Dijo ahora un chico humano, rodeado de amigos; Rafa lo recordaba bien, era de los típicos niños presumidos, de las familias acomodadas que vivían en el centro del distrito doce, chicos que se apartaban en la cafetería y en las demás actividades del resto de los mutos.-¡Vamos, Leo, todos aquí te apoyamos! ¡Distrito doce! ¡Distrito doce! ¡Distrito…!
-¿Ahora sí es Leo? Lo que es querer cinco minutos de fama.- Rumió la tortuga, cruzándose de brazos.
-Solo puedo decir que era uno de mis mejores alumnos.- Apareció en escena un viejo profesor, era humano, pero su cara recordaba a la de una vieja morsa que hubiese adelgazado de golpe y que tuviese una gran miopía, pues usaba enormes lentes de aumento; tenía un largo y poblado bigote de aguacero y una calvita. Rafael dio un respingo y hasta se irguió en su asiento al verlo; Casey al notarlo, le miró intrigado.
-¿Le conoces, verdad?
La tortuga asintió.
-Da geometría… estaba por reprobar su clase… ¡Pero no era mi culpa! ¡Ese hombre la traía conmigo! ¡Siempre me gritaba por nada y me castigaba a cada rato! No había día en que no me enviara con una nota para que Leo la firmara. La "ejecución" tuvo sus ventajas, porque fue antes de la entrega de calificaciones, si Leo hubiera visto que estaba a punto de repetir esa materia el que me habría ejecutado habría sido él.
Casey rió; era increíble que Rafael hubiese preferido un pelotón de fusilamiento que a su propio hermano; negaba con la cabeza mientras seguía a carcajadas.
-…siempre responsable, atento, servicial, entregaba trabajos limpios y bien hechos, a diferencia de…-Nuevamente el audio fue editado; Rafa se volvió a cruzar de brazos y bufó; no le era sorpresa que al que iba a mencionar era a él.- Sólo sé que es un gran chico y que espero que vuelva a casa… aunque dejaría de ser mi alumno.
-¿A qué se refiere?- Inquirió Casey.
-El vencedor se vuelve asquerosamente rico, y no tiene que trabajar ni volver a la escuela.
-Oh, ya veo.
-Solo puedo decir que es mi hermano y que lo quiero mucho.
Rafael volvió a erguirse en su asiento, adelantando un poco el cuerpo hacia el frente; su ojo, fijo en la pantalla, brillaba de una forma que hasta ahora Casey no le había visto más que sólo pocas veces; sus labios se hallaban trémulos, entreabiertos, y el corazón le resonaba dentro del pecho como si de repente quisiera salir de él.
Miguel Ángel, con su rostro inocente y sus grandes ojos, aparecía ahora en la pantalla; por lo que se veía detrás del chico, Rafa reconoció su viejo hogar.
-Dime, Miguel Ángel.- Era la voz de la reportera la que intervenía.- Tu hermano se ofreció voluntario y te quitó la oportunidad de la gloria, ¿no te sientes molesto con él por eso?
Rafael apretó los puños al tiempo que se mordía el labio con rabia. ¡¿Cómo carajos osaban preguntarle semejante cosa a su hermanito?! Lo que menos debía sentir Mickey en ese momento era algo parecido a lo que esa tipa mencionaba.
Sin embargo, el chico supo manejar la situación; esbozando una dulce sonrisa, negó con la cabeza.
-Él lo hizo porque me ama demasiado y no quería verme partir, no quería que me pasara algo malo.
-Entiendo.- Rió suavemente la reportera.- ¿Te gustaría decirle algo por medio de la televisión?
El niño negó con la cabeza.
-Esperaré a que esté aquí para decírselo en persona.
Rafael sonrió ampliamente.
-Ese es mi hermanito.- Susurró.
-Leonardo es una de las personas más nobles y buenas que hay en este mundo.
Ahora era el turno de Donny, que aparecía en la pantalla con un semblante sereno y voz tranquila, evitando de ese modo que se notara el verdadero disgusto que sentía por los reporteros en ese momento. Rafael volvió a erguirse y a sonreír al verlo. Subió los pies a la banca y se abrazó las rodillas mientras lo escuchaba.
-Es capaz de hacer lo que sea por quien sea; jamás ha visto solo por él mismo, al contrario, él y… siempre se han sacrificado por nosotros.
Rafa sintió un nudo en la garganta, era obvio que Donny también había hablado de él.
-Sólo puedo decir que el Capitolio siempre toma lo mejor... creo que por eso siempre toma algo de mi familia.- Añadió, tratando de disfrazar su amargura; la voz le sonaba levemente quebrada y sus ojos se veían tristes y brillantes, pero sólo alguien que lo conociera bien, como Rafael, podía percatarse de ello y de la ironía que había en sus palabras. -No importa lo que otros crean, Leonardo será el vencedor, eso se los aseguro.
-¡Qué gran lealtad!- Intervino ahora Claudius al desaparecer la imagen de Donny, volviendo a escena los dos conductores.- Palabras que sólo un hermano puede decir, ¿No crees, Caesar?
-Quizá, pero la verdad creo que este jovencito tiene algo de razón.- Ambos rieron de nuevo.- Si desean ver las entrevistas completas, conocer el lugar donde creció Leonardo y saber más sobre su vida, acompáñennos esta misma noche en el resumen del día.
Casey miró a Rafael, quien yacía aun mirando fijamente la pantalla, abrazando sus rodillas.
-¿Te encuentras bien?
La tortuga asintió, al tiempo que bajaba los pies de la banca; discretamente se limpió las lágrimas con la mano y sorbió un poco, pero pronto recobró su talante acostumbrado, a pesar de no decir ni una palabra.
Le dio gusto ver a sus hermanos, aunque le dolió ver el claro sufrimiento plasmado en sus rostros; las marcas negras bajo sus ojos pese al maquillaje que los reporteros del Capitolio les habían hecho usar para que sus caras no brillaran en cámara y no se vieran tan desaliñados, el brillo en los ojos, por las lágrimas que en ese momento no eran libres de derramar, la tristeza disfrazada en sus voces que intentaban sonar claras, concisas y seguras; Le daban unos enormes deseos de abrazarlos, de poder salvar la distancia y estar a su lado, protegiéndolos... junto con Leo.
Ojalá y él hubiera podido verlos también... aunque sabía que era imposible.
Leonardo, Usagi y Belle seguían caminando por el inmenso bosque, entre los árboles altos y frondosos, en busca de un nuevo refugio.
Pese a que solo llevaban unas cuantas horas, Leo notó que el cielo se veía ligeramente más oscuro, como si no tardara en anochecer. Miró de reojo a Usagi y este le devolvió una mirada de entendimiento.
Los vigilantes estaban haciendo que llegara la noche más pronto en la arena, seguro alguna nueva trampa se avecinaba.
-Debemos ser cuidadosos, tal vez quieran que volvamos a reunirnos y hagan uso de algún truco nuevo.
-Mientras más pronto encontremos un refugio será mejor.
-Aquí la pregunta es... ¿Encontraremos uno?
-Podríamos subir a los árboles.
-No.-Leo negó con la cabeza.- No es conveniente, Ace puede trepar con facilidad, si nos ve allá arriba nos atacaría fácilmente... Busquemos una zona medianamente segura, cavaremos un refugio en la tierra.
-¡Sí! ¡Una madriguera!- Rió el conejo. Leo se echó a reír también con suavidad. Había olvidado que para los parientes lejanos de Usagi eso era algo común.
Siguieron caminando entre los árboles, buscando un área segura en la cual cavar; el cielo se hallaba ahora totalmente oscuro, sin querer, el anochecer los había atrapado a medio camino. Como llevaban las cosas de Tyrene, pues las habían rescatado de la cueva antes de que esta se derrumbara, los dos chicos decidieron detenerse a buscar las gafas de visión nocturna, pues era más seguro usarlas para hallar un refugio adecuado en aquella oscuridad.
El himno de Panem comenzó a resonar, lo cual llamó su atención; en lo alto apareció el escudo del Capitolio, seguido de la palabra "Los Caídos". Un nudo se formó en las gargantas de Leonardo y Usagi.
Primero apareció la imagen de Dominus, y Leo sintió que el estómago se le revolvía. Está bien que había disparado esa flecha con la esperanza de evitar que aquel chico lastimara a Tyrene, pero ni lo había conseguido y solo le había quitado la vida en vano... ¿en vano? Negó con la cabeza; pudo haber matado a Usagi, a Belle o incluso a él, no había sido en vano, ya era hora de que lo aceptara.
No... Quizá jamás podría.
Luego apareció la imagen de Tyrene y ambos chicos sintieron que aquel gran vacío se apoderaba de ellos nuevamente y que las lágrimas amenazaban con emerger otra vez; respiraron profundo; en la oscuridad y en medio del bosque no era el lugar preciso para tirarse al llanto; luego apareció Iana, la chica del nueve que mataron los murciélagos, después, Pricia, la chica del diez que muriera a manos de Dominus. Al verla, Belle abrió los ojos con horror, recordando sin duda la forma que ese cuchillo había pasado tan cerca, ensartándose en la garganta de aquella joven, y como la garra metálica se la había llevado al interior del aerodeslizador para no volver jamás.
La imagen se desvaneció junto con la última floritura de la música; Belle se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos fuertemente, temblando de nuevo.
-Tranquila, todo estará bien.
La chica abrió los ojos y vio a Leonardo, cerca de ella; Usagi se hallaba a su lado.
-Saldremos de esta... ya lo verás.- Le decía el conejo, tratando de sonar animado, a pesar de saber que era demasiado incierto lo que les esperaba.
De pronto se escuchó un ruido sobre sus cabezas; una especie de crujido. Leo y Usagi levantaron la mirada, alarmados.
En la rama de un árbol cercano, justo por encima de ellos, se encontraba Sasha. Usando unas gafas de visión nocturna, había dado con ellos hacía apenas unos minutos y, aprovechando la distracción de las imágenes de los caídos, había llegado por encima de sus cabezas; traía la espada en la espalda y una gran sonrisa en el rostro; parecía que por fin iba a cobrárselas por lo que Leo le había hecho en la Cornucopia. Leo y Usagi, que habían alcanzado a tomar sus respectivas gafas, se las colocaron de inmediato y jalaron a Belle para quitarla del camino de la chica del distrito uno que ya se dejaba caer de un salto de aquel árbol, con la espada lista para asestar un golpe.
-¡Ahora sí, no te me escapas!- Gritó Sasha, lanzándose contra Leonardo nada más tocar tierra; con la espada en alto dispuesta a cortarle la cabeza. La tortuga, atenta a sus movimientos, los cuales podía ver a la perfección por las gafas, se movió grácilmente, esquivando así el golpe con facilidad; Sasha terminó golpeando el tronco del árbol que se hallaba detrás de la tortuga.
La hoja se había atorado, Sasha apoyó el pie en el tronco y dando un gran y rápido tirón la sacó de él volviendo a la carga; pero esta vez, Leonardo la recibió con una maniobra que le quitó la espada de las manos para luego darle una patada que la lanzó contra aquel árbol de vuelta; Sasha chocó fuertemente contra este, de espaldas.
Se oyó un zumbido. En la parte superior de aquel árbol había un nido de rastrevíspulas, un insecto mutado por el Capitolio en los Días Oscuros; las rastrevíspulas habían sido creadas a raíz de la avispa normal, pero su tamaño fue aumentado y su veneno potencializado, de modo que podía llegar a causar grandes mareos, alucinaciones y envenenamiento si se recibía su veneno en pequeñas cantidades y se curaba a tiempo, pero en dosis mayores y sin tratamiento podía ser mortal; otro rasgo de esta criatura era que después de picar, podía rastrear a su víctima a donde quiera que fuera; las rastrevíspulas habían servido para atacar a los rebeldes y actualmente el Capitolio solía tener nidos de estos bichos en algunos sitios estratégicos alrededor de los distritos, como una forma de control.
Las constantes sacudidas al árbol habían alborotado a las rastrevíspulas y las había hecho salir de él, furiosas. Rápidamente los insectos se lanzaron en picada hacia todos los tributos.
Sasha lanzó un grito, tomó la espada y salió corriendo por donde había llegado. Belle lanzó otro alarido y los tres comenzaron a correr en línea recta.
El cerebro de Leonardo trabajaba a mil por hora, tratando de recordar todo lo que Donny, que siempre había sido muy observador y un erudito de todo aquello que fuera ciencias, le había explicado alguna vez sobre esos bichos. El humo servía para atontarlos y evitar que picaran, igual el fuego podría ahuyentarlos, pero... ¿Cómo detenerse para iniciar una fogata o hacer una antorcha? Por ahora no quedaba más que correr.
La nube de insectos seguía sobre ellos, picándoles sin misericordia; para fortuna de Leo, su caparazón le salvaba de la mayoría de los ataques, sin embargo, tenía algunos cuantos en los brazos y manos; Belle y Usagi, que no contaban con esa protección natural, hacían uso de las mochilas para resguardar sus espaldas, consiguiendo también que los insectos les picaran en las partes más accesibles de sus cuerpos. Belle, que iba en medio de los dos chicos, llevada de la mano por Leo, se sintió mareada de repente y terminó por tropezar, cayendo de frente y empujando a Leo con el golpe; la tortuga, cuya cabeza también daba vueltas; no logró sostenerse en pie; sus piernas flaquearon y le hicieron caer de frente; lo que la conmoción, el veneno y la alarma no les había dejado ver era que se acercaban al borde de un despeñadero, por lo que al caer, Leonardo se fue rodando cuesta abajo, seguido aún por algunas rastrevíspulas.
Cayo al fondo y sentía que su cuerpo se perdía cada vez más y más, como en esos sueños en los que sientes que caes desde lo alto a un abismo oscuro y sin fondo; sin embargo, en este sueño existía un fondo y era frío, inmenso y de hecho, extrañamente refrescante; le daba una gran sensación de bienestar e incluso hacía que los zumbidos de los insectos se perdieran totalmente.
Le parecía una sensación conocida, incluso, su mente le llevó de vuelta al distrito doce, a aquellos días cuando solía pescar junto con Rafael en aquel hermoso lago en lo más profundo del bosque…
…pescando… nadando… aquello era agua…
¡Agua!
Leonardo abrió los ojos de repente; aun su mente se hallaba dividida entre la alucinación y la realidad, pero pudo darse cuenta de lo que había a su alrededor; sobre exagerados los colores y las cosas del fondo (las cuales aún podía percibir, pues las gafas de visión nocturna se ajustaban al rostro por una banda elástica, razón por la cual no las había perdido con la caída) por el efecto del veneno, aun así, el chico pudo reconocer que se hallaba en lo profundo de un lago, ¿Y qué otra cosa decía Donny sobre las rastrevíspulas?
"Si entras al agua estarás a salvo, no podrán seguirte más".
Alarmado, nadó como pudo a la orilla y salió del agua; las rastrevíspulas habían dejado de seguirlo en el momento en el que había caído en el lago, pero sus zumbidos aún se escuchaban en la parte superior de la ladera; trepó lo más rápido que el aturdimiento le permitió y vio que Usagi yacía sobre Belle en el piso, protegiéndola de los insectos.
-¡No!
Leonardo se acercó a ellos, tropezando, pero cuando por fin estuvo cerca los arrastró hasta el borde del despeñadero y los arrojó al fondo; seguido de nuevo por los insectos, Leo se lanzó después cayendo tras ellos en el agua; las rastrevíspulas se alejaron del lago después de un rato.
Leo estaba al borde de la inconciencia, pero no podía permitirse el lujo de desmallarse, no cuando sus dos amigos, aún más envenenados que él se encontraban en el agua con el gran riesgo de ahogarse. Espabilándose lo más posible, el chico arrastró con esfuerzo a Usagi y a Belle hasta la otra orilla.
Al llegar a esta los sacó a tierra y se dejó caer junto a ellos; pero aún no podía tirarse a la inconciencia como su cuerpo se lo pedía con ansías; debía hacer algo… debía… ¡¿Qué hacía Donny en esos casos?!
Hacía varios años, cuando él y Rafa comenzaron con las cacerías, se habían topado con unas cuantas rastrevíspulas de los nidos cercanos al distrito doce; estas les habían picado y perseguido hasta que habían conseguido llegar al agua; cuando volvieron a casa, mareados, pálidos y a trompicones, Donny, alarmado, se había dedicado a atenderlos con la ayuda de Miguel Ángel.
Primero les había sacado los aguijones, pues si no lo hacían sería peor… ¡Los aguijones! Leo comenzó a sacar los de sus manos y brazos a las carreras, al ver que Belle y Usagi comenzaban a moverse, se acercó a ellos, a gatas, tambaleándose.
-… Vamos… los aguijones…- Mascullaba, quitándole a Usagi uno que tenía en el dorso de la mano, en donde, a lo igual que a Leo, le había quedado una enorme bola debajo de la piel de la que brotaba un pus verdoso y pestilente, igual que en las otras picaduras.-… quítenselos.
Entorpecidos pero algo conscientes, tanto Belle como Usagi comenzaron a obedecer; Leo, que había acabado de sacar los suyos, les ayudaba a ambos como podía.
-Esto… esto no será suficiente…- Balbuceaba, para luego llevarse la mano a la cabeza pues había sentido que la tierra se movía de repente de manera muy violenta y que los colores de las cosas a su alrededor cambiaban de intensidad de fuerte a fosforescente. Belle se llevaba las manos al rostro y chillaba, como si aquellos murciélagos diurnos la estuviesen atacando otra vez, agitaba las manos por encima de su cabeza y gritaba cosas incoherentes mientras que Usagi se hacía un ovillo y respiraba agitadamente mientras temblaba sin parar; él había recibido más veneno que Belle.
Leonardo lo miró, asustado, maximizado su terror por el efecto del veneno de rastrevíspula ya que este atacaba justamente la zona del cerebro encargada del miedo. Se llevó las manos a la cabeza, debía hacer un gran esfuerzo para que esta dejara de dar vueltas y le permitiera recordar lo siguiente que hacía Donny cuando se enfrentaba a una picadura de esas cosas.
-¡Hojas!- Exclamó en un murmullo. Donatello usaba unas hojas específicas que siempre hacía que él y Rafa le trajeran del bosque cada vez que iban ahí, por lo que Leonardo las conocía a la perfección. ¿Las hallaría en aquel lugar? No lo sabía, pero en ese momento no tenía cabeza para nada más y por lo visto ni Haymitch ni el mentor de Usagi iban a enviarles algo para aquel predicamento.
-¡… van a matarnos, van a matarnos, van a matarnos!-Chillaba Belle de manera angustiosa, aferrándose la cabeza con ambas manos.- ¡Quieren que hagamos lo que tenemos qué hacer, solo así nos dejaran en paz!
-Escucha, Belle… ¡Tranquila!- Exigió Leo, aunque sabía que ni él mismo podría cumplir una orden como esa en ese momento.- Debo… debo ir a buscar… medicina, por favor, cuida a Usagi, procuraré no tardar, ¿de acuerdo?- Dijo, tomándole de los hombros y haciendo que le viera de frente.- Tienes que estar alerta hasta que yo regrese, ¿está bien?
La chica, temerosa, con los ojos desorbitados a causa de las alucinaciones y el ritmo acelerado de su corazón, alcanzó a asentir levemente. Leo no se sentía muy tranquilo de dejarlos solos, pues Sasha podría hallarse aún por la zona y al verlos vulnerables podría atacarlos, pero no había otra alternativa. Sacó la cuchilla de su mochila, porque en caso de necesitar defenderse no se sentía capaz de usar el arco, y se encaminó a dónde se hallaban los arbustos, con la esperanza de dar con aquella hoja que su hermano usaba para curar.
Trastabillando, con los pies torpes y la cabeza dándole vueltas, la tortuga recorría lo más rápido que le era posible aquellas largas hileras de arbustos desperdigados por enfrente de él. Sus piernas no lograban soportar el sobre esfuerzo y le hacían caer continuamente, pero la voluntad le hacía ponerse en pie de nuevo y continuar con su búsqueda. Se detenía ante cada arbusto con las características del que buscaba y reemprendía el camino en cuanto lo descartaba.
De repente escuchó un ruido entre los arbustos. Sudando frío y con el corazón palpitando aceleradamente, miraba de un lado a otro en una postura de defensa y con la cuchilla lista por lo que pudiera ocurrir. Podía escuchar su propio corazón estrellándose contra su caja torácica y sus manos sudorosas que hacían que la cuchilla resbalara de su mano; pese a ello, la aferró con fuerza y se mantuvo alerta, sintiendo que cada vez que respiraba necesitaba aún más aire para llenar sus pulmones.
De la nada se escuchó un terrible rugido y Ace cayó sobre la tortuga, derribándolo sobre el piso; Leo se defendía torpemente a causa del veneno, y el León, rugiendo y sometiendo al chico con el peso de su cuerpo, evitando que pudiera liberarse, levantaba en alto las espadas, las cuales brillaban a la luz de la luna.
Antes de enterrarse en el cuerpo de Leonardo.
El chico lanzó un grito de terrible dolor, al tiempo que su cuerpo se arqueaba al sentir el acero abriéndose paso por su carne; la cabeza le daba aún más vueltas y el mundo se volvía oscuro a su alrededor a pesar de las gafas de visión nocturna.
Se oyó un estallido y el piso debajo de Leonardo se derrumbó haciéndole caer hasta el fondo golpeando terriblemente su espalda contra la roca, en la parte superior de aquel agujero, la imagen de Ace se perdía hasta desvanecerse por completo.
Las espadas habían desaparecido también, el cuerpo de Leonardo se hallaba intacto; el chico se incorporó de un salto, sin embargo todo seguía oscuro; miró a su alrededor, aquellas paredes de roca sólida, sostenidas por arcos de madera vieja… le era tan familiar.
Lo reconocía… A los niños en la primaria los llevaban cada año a hacer visitas a las minas para que aprendieran sobre la industria de su distrito (Rafa decía que para que se fueran haciendo a la idea de lo que les esperaba), por eso conocía aquel lugar.
Era la mina del distrito doce.
Leo odiaba aquel lugar, cada año en las visitas se ponía enfermo aunque no lo demostraba, pero la respiración se le agitaba y las manos le temblaban por lo que las ocultaba en los bolsillos; desde que Splinter había muerto en ese lugar, el sólo pensar en la mina le daba un ataque de ansiedad.
Justo como el que estaba sintiendo ahora.
Agitado, sintiendo que el aire le faltaba, miró hacia arriba, al agujero por el que había caído, pero no vio nada con que poder salir; ahí no se hallaba el ascensor con el que hacían bajar a los mineros y con el que hacían bajar a los chicos de su clase en la visita, ni tenía la cuerda-cable a la mano para ayudarse.
De pronto escuchó un rumor de gente que asustada corría hacia él; Leo se giró de pronto y vio a muchos mineros asustados que iban hacia dónde él se encontraba, corriendo y gritando que se pusiera a salvo. Pudo reconocer a uno de ellos, con el pelo pegado al cuerpo por el polvo negro del carbón, como solía verlo llegar a casa, Splinter le miraba asustado, angustiado, temeroso por su destino y por el que le esperaba a su hijo.
-¡Pa… dre!- Murmuró el muchacho. Splinter llegaba hasta él y lo cubría con su cuerpo mientras la mina estallaba y los sepultaba a ambos entre las rocas.
Leo abrió los ojos, ahora no era su padre el que yacía sobre él, sino Finch, con el rostro deformado y el cuerpo manando humo, el olor a ácido y carne quemada impregnando su nariz, el horror del cuerpo que empezaba a deshacerse sobre él, ahogándolo… sepultándolo.
Leonardo comenzó a gritar.
-¡Leo! ¡Despierta, esto no es real, esto no es real! ¡Tienes que despertar!
El chico se incorporó de un golpe… aquella voz había sido la de Rafael.
Miró a su alrededor aun entre las brumas de la alucinación, pese a eso pudo reconocer lo que le rodeaba; eran aquellos arbustos, el césped, los árboles que se veían aún más grandes y monstruosos que antes, sin embargo, estaba ahí, en el bosque; Ace no estaba, ni la mina, ni Splinter, Finch o Rafael.
Aterrado, a gatas, tanteó el terreno con la mano y tomó la cuchilla, la había tirado al inicio de todo. Siguió andando, a rastras; al parecer el veneno le estaba dando un breve respiro, pero amenazaba con volver a llevarlo a aquel horrible lugar con más fuerza que antes.
Sus manos topaban con varias plantas y raíces; las miraba y las descartaba, tomaba otra y hacía lo mismo, agarró otra…
¡Esa era!
¿O no? tenía las características, pero a estas alturas ya no podía confiar en sus sentidos. Tendría que arriesgarse, de todas formas si no lo intentaba moriría.
Tomó la hoja y tal como Donny solía hacerlo, la masticó lo más rápido que pudo y colocó la plasta en el dorso de su mano, apretándola con vehemencia y desesperación. La sabia de la hoja tuvo su efecto, el pus brotó aún más rápido, como si hubiera destripado un grano de acné enorme y a punto de reventar. Conforme este abandonaba su cuerpo, la enorme bola que tenía en la mano se reducía; quería repetir la acción en todas las heridas restantes, pero estaba preocupado por sus amigos; tomó más hojas para volver lo más rápido posible con Usagi y Belle.
Siguió el camino de arbustos, el cual iba en línea casi recta sin veredas ni avenidas por lo que no podía perderse a pesar de lo mareado que estaba; a lo lejos vio el árbol tras el cual había dejado a sus amigos y la luz de la luna se destacó sobre las aguas del lago.
De pronto se escuchó un grito; Leo se quedó paralizado… ¿era su mente que volvía a alucinar o había pasado algo? El muchacho aceleró el paso, despavorido, pues aquel grito había sido de Usagi.
Llegó al campamento y lo que vio lo dejó horrorizado.
Usagi se hallaba en el piso, de su cuello manaba mucha sangre; a su lado, Belle con una de las flechas de Leonardo en la mano, lo miraba, pasmada, temblando, salpicada de sangre.
-¡Belle… Belle…! ¡ ¿Qué diablos hiciste?!- Gritó el muchacho histéricamente, tropezando más que corriendo para llegar a lado de su amigo, el cual le miraba con los ojos muy abiertos y los labios trémulos, esforzándose frenéticamente por respirar.
-Te… tenemos qué hacer lo que tenemos que hacer…-Murmuraba la gata, temblando terriblemente, poniéndose de pie con trabajo y retrocediendo asustada.- ¡Sólo hice lo que debíamos hacer!- Gritó desesperada.
Leonardo la miró de manera asesina; se habría levantado a matarla ahí mismo…
… pero no quería abandonar a Usagi.
La gata, aterrada, salió corriendo y chillando como una loca, perdiéndose en dirección contraria. Leo abrazaba a Usagi al tiempo que miraba hacia el cielo, a alguna cámara que estuviera deleitándose con su sufrimiento en aquel momento.
-¡Haymitch! ¡Necesito tu ayuda!- Chilló alterado.-¡Ayúdalo!
El chico bajó la mirada, pues había sentido algo que rozaba su mano; se encontró con los ojos de Usagi, vidriosos y dilatados, su temblorosa mano, con el pelo pegado por la sangre, cuyo escape había tratado de detener, rozaba la de Leo de manera trémula.
Leonardo le tomó la mano, llorando convulsamente.
-Tranquilo… ya viene la ayuda… ya viene, por favor… por favor, no te mueras…
Usagi le estrechó la mano con las escasas fuerzas que le quedaban, mirándolo fijamente, volviendo a dirigirse a él sin mediar las palabras.
"Tienes que volver a tu hogar".
Luego los ojos del conejo se abrieron aún más, una ligera sonrisa se posó sobre sus labios.
El cañón sonó.
Usagi había muerto.
Leonardo soltó un grito desgarrador al tiempo que se aferraba al cuerpo del conejo, desmayándose sobre él.
