Bueno, pues creo que desde la troleada de ayer me he ganado vuestro sempiterno odio hacia mi persona (I regret nothing) (En realidad regreto muchas cosas) (No corregir los capítulos antes de subirlos, por ejemplo) (El de ayer lo tuve que modificar cinco veces) (FUS RO DAH)
Como siempre, os recomendaré que escucháis la canción correspondiente mientras leéis: /watch?v=zAK_Qttgp2U. Esta corresponde a la época esa chunga y experimental de los Beatles y por eso no es que sea muy romántica. Más bien es extraña y con tintes surrealistas y abstractos, por lo que si no entendéis muy bien lo que escribí podré darme por satisfecha porque entonces he conseguido la ambientación que esperaba, hhhehehe (Decid que no, es una excusa. UNA MALA excusa.)
Tranquilas, no es angst, podéis respirar tranquilas. Eso sí, para el fluffy fluffirri flú propiamente dicho tendréis que esperar al próximo. LO SIENTO. Fluffy soon. Very soon.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
2
Happiness is a warm gun
Necesito una dosis porque voy de bajada, hecho polvo desde que bajé de ahí arriba.
Ocurrió durante la misión del convento de Bradford. La abadesa había resultado ser una de las cómplices del verdadero criminal, escondiéndose el arma en la pantorrilla y apuntando con ella a John. Había disparado, apenas un chasquido y el sonido hueco e implosivo que precede al dolor y la muerte. Sherlock sintió.
Simplemente sintió.
Y aquello fue suficiente.
Corrió hacia su amigo y lo apartó de la trayectoria de una patada. Ninguno resultó herido, John simplemente se llevó un susto y un gran dolor de espalda por el golpe, pero si Sherlock hubiese decidido interceder de lleno por él podría haber sido alcanzado.
El hombre que calculaba todos sus movimientos desde la razón había actuado por impulso. Y podría haber muerto.
En aquel mismo instante.
No pensó en las consecuencias de su acto. Impulsos, emociones, sentimientos. Por primera vez desde el caso del perro de Baskerville, experimentó verdadero pavor. Aquello no le agradó especialmente.
Atraparon a los culpables y atendieron las leves heridas que John había recibido. Sherlock cogió el coche que Mycroft les había dejado y volvió solo a casa. La carretera era una canción lenta y oscura, de frío asfalto y luces amarillentas. Puso la radio todo lo alto que pudo, pero eso no ahogó los pensamientos en su cabeza, pues estos se encontraban encharcados por un concepto que tenía nombres y apellidos y vivía con él.
Sherlock se rio con burla y se detuvo en una gasolinera para comprar un paquete de tabaco. Aparcó el coche en un camino no muy lejos de allí y salió a la embarrada noche. Fumó un cigarrillo, y luego otro. Así hasta llegar a seis seguidos. John era una persona burda, desprovisto de talentos individuales, con falta de carisma y ausencia de intelecto superior a la media.
No obstante, le había puesto lo suficientemente nervioso, ansioso e inquieto como para recaer y fumarse aquel paquete de tabaco como si se lo estuviese bebiendo. Había abierto un grieta debajo de su piel, derretido el cuerpo del hombre de hojalata, establecido una conexión con un camino desquebrajado, corrupto, roto.
John poseía algo mágico que le había hecho replantearse si prefería morir a pasar el resto de su vida sin una insoportable pena por sentir tan cerca a una persona que le hacía sufrir el hecho de que fuera consciente de sus emociones y que pudiera destrozarle y devorarle por dentro, hacerle añicos con el más simple y dañino gesto.
Y sin embargo, era feliz. Era tan feliz y cálido que quemaba, le ardía y evaporaba su sangre, dejándole sin aliento. John asimilaba su alma. John le hacía sentir feliz porque era un rifle que acababa de dispararle y aún estaba caliente en sus manos, y Sherlock se desangraba gradualmente hasta no quedar parte de él y de lo que antes había sido. No era nada malo, no había perdido su identidad. Solo estaba dejando atrás partes de su personalidad enfermas y deterioradas. Estaba barriendo su disco duro.
Y todo aquello lo había conseguido la persona más simple y llana sobre la faz de la tierra.
Cuando se acabó el paquete ya era medianoche.
Volvió a entrar en el coche. Los dedos se agarrotaron alrededor del volante a causa del frío del exterior. Condujo hasta el 221B de Baker Street. La señora Hudson estaba en su salón en camisón junto a John Watson, el cual lucía afectado y enojado. Cuando vio aparecer a Sherlock endureció el rostro. La señora Hudson se colocó la bata con un suspiro resignado y casi de regañina. Sherlock simplemente permaneció impasible quitándose el abrigo y la bufanda, colgando las prendas en el perchero.
—Vaya, te has dignado en volver. ¿Se puede saber dónde estabas? No has contestado a ninguna de nuestras llamadas.
El detective se encogió de hombros y pasó por el lado de la señora Hudson, dispuesto a guardar los informes del caso recién resuelto.
—Habíamos cumplido y necesitaba tomar el fresco. Demasiado incompetente suelto por la zona. ¿Aún queda té, señora Hudson?
La mujer despegó los labios para hablar, pero John se le adelantó.
—Sherlock, te fuíste con el coche que supuestamente compartíamos y no sabía cómo volver. Me he tenido que venir con Lestrade y Donovan, aguantando que se metiera contigo todo el trayecto. En serio, está obsesionada contigo, y créeme, he tenido que resistirme mucho contra el impulso de unirme a ella porque sabía que luego no iba a usarlo precisamente a tu favor.
—Haber aprovechado la ocasión, estoy seguro de que hubiérais compartido unos insultos de lo más variopinto.
John bufó y se masajeó el puente de la nariz, compungido. La encantadora anciana rodó los ojos y sonrió, decidiendo que sería mejor mantenerse al margen de aquello. Total, era el pan de cada día de sus dos extraños inquilinos, sabía que no tenía que preocuparse de que amaneciese algunomuerto accidentalmente en la bañera.
—Será mejor que me vaya, chicos. Estaré abajo por si me necesitáis.
Dio unas palmaditas en el hombro de John y le dedicó una sonrisa a Sherlock. El rubio no apartaba su mirada de la del moreno mientras ella se iba, con los brazos en jarras y casi un mohín en sus labios. Sherlock arqueó una ceja a modo de respuesta.
—Por favor, John, no me digas que te sientes ofendido por lo de hoy. No ha sido para tanto, seguro que has sufrido traiciones más drásticas durante la guerra.
—Pero en ese caso siempre tenía un arma en mano por si me quería vengar.
Sherlock sonrió de lado y cogió su violín, limpiando el arco. Esperó para ver si John añadía algo más, pero ninguna palabra más salió de su boca. Simplemente había suspirado y se había colocado frente a su portátil, seguramente para redactar los hechos del día. John era capaz de pasar por alto su tajante e hiriente comportamiento día tras día. En realidad, era el único valiente de los dos.
Al final sería Sherlock el que acabaría acostumbrándose y dejándose llevar por su naturaleza cálida y ordinaria.
Ardería con los rayos del sol.
—Tu espalda.—comenzó Sherlock. John levantó las cejas pero no le miró, iniciando su sesión en el ordenador.—¿Qué tal su estado?
—Oh, estoy bien comparado con lo que pudiera haber pasado. Tú, sin embargo, eres un necio.
Sherlock no rebatió esa afirmación a pesar de que siempre sintiese la imperiosa necesidad de corregir a la gente. John tenía razón, era un estúpido.
Se giró hacia el rubio.
—¿John?
—¿Sí?
—Sigo queriendo ese té.
John lo miró con los ojos entrecerrados y desafiantes, pero a quién pretendía engañar, suspiró y se levantó palmeándose las rodillas, derrotado. Sherlock colocó el instrumento en su mentón y comenzó a tocar una melodía rápida pero suave, moviéndose frente a los ventanales. John sonrió. Le encantaba aquello. Le encantaba que tocase para él.
Le encantaba Sherlock de tantas formas que no creía posible que pudiera realizar un recuento aproximado de ello.
John se detuvo antes de llegar a la cocina y olisqueó, extrañado. Frunció el ceño.
—Sherlock...
Arrugó la nariz.
—¿Has estado fumando?
