Hola, soy esa persona que tiene un examen hoy y en vez de repasar se dedica a terminar de escribir el capítulo de hoy. Fuck.

Bueno, esto se va pareciendo cada vez más a fluff. ¿No? ¿¡NOOO!? ... Escuis mi, mademoiselle. Yo no soy muy romántica, estoy tratando de mejorar, de veras.

Y bueno, hoy la canción que toca es esta: /watch?v=99jVPJUeqr4. Me hace gracia porque es como me imagino la relación de Sherlock y John en el caso de que fueran pareja, siempre contradiciéndose y rebatiéndose completamente todo porque nunca se pueden poner de acuerdo. La canción en sí es demasiado alegre y sencilla, así que fui más bien simple en este capítulo. Disculpen ustedes si mi Sherlock les parece muy OoC. A mí cada vez se me parece más a Sheldon Cooper... Sigh.

Gracias por leer y por la paciencia. Esta vez no os he contestado porque supuestamente debería estar estudiando. Os merecéis... un pistacho.

PD: Sherlock es un niño caprichoso y mimado. Todos lo sabemos, John lo sabe y el pollo lo sospecha.

Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.


3

Hello, goodbye


No sé por qué dices «adiós», yo digo «hola».


—Creo que deberíamos preparar una merluza para comer con lo que tenemos aquí.

—Yo no quiero pescado.

John suspiró y miró por encima del hombro al moreno que yacía en el sofá navegando por Internet con desinterés desde su móvil. Odiaba cuando hacía eso.

—Entonces vas a bajar tú a hacer la compra.

—No.

—Pues yo no pienso ir.

—Vale.

—¿Llamamos y pedimos comida a domicilio?

—No.

John colocó las manos en su cintura. No podía ver desde allí la cara de Sherlock, por lo tanto no sabía si pretendía reírse de él o qué.

—Pues entonces ya me dirás qué quieres que hagamos.

—Lo que quiero es que la próxima vez no seas tan estúpido y tengas la compra hecha, John.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación? ¡Y después dices tú que yo soy aburrido!—el blogger le señaló con un dedo acusatorio.—Sherlock, yo tengo trabajo y cosas que hacer, en todo caso se supone que eres el que debería hacer la compra.

—Tú lo has dicho, se supone.

El mayor suspiró y se pasó una mano por los ojos, derrotado. Aquello era como intentar mantener una conversación estructurada con un niño de tres años; imposible razonar. John apartó la mano y se relamió los labios, alzando las cejas y mirando hacia el techo, suplicando que Dios repartiese paciencia, porque como le diese fuerza...

El teléfono de John vibró en su bolsillo y se lo sacó para leer el mensaje de texto entrante, decidiendo que era mejor ignorar al moreno que mandarlo de vuelta al Infierno del que seguramente tenía que haber salido semejante quisquilloso. Su expresión se relajó de inmediato; era Sophie, una de las pacientes que un día le dio su número y con la que había salido tres veces. Le había confirmado que estaba libre esa tarde para ir al cine. Reprimió una estúpida sonrisa y guardó el aparato. Cuando alzó la cabeza, Sherlock había dejado de observar su móvil para clavarle una mirada acusatoria de ceño fruncido. Parecía receloso pero, a decir verdad, a Sherlock le molestaba todo, así que por qué no iba a estarlo.

—¿Quién era?

—Nada, Lestrade. Quiere que investigue los síntomas de un sospe-

—Mentira, Lestrade siempre se dirige a mí directamente, no a ti. Además, ¿para qué iba a consultarle a un zoquete como tú?

John achicó los ojos en señal de amenaza, pero eso no amedrentó a Sherlock, que volvió a reclamar:

—¿Quién era?

—... ¿Harry?

—Vamos, John, sabes que puedes hacerlo mejor.

—Está bien, está bien... Sophie y yo vamos a salir hoy otra vez, pero no quiero que me arruines esta cita, ¿de acuerdo?

—¿Cómo podría arruinar tu...? Bah, olvídalo, es demasiado fácil.

Sherlock volvió a centrar su atención en el móvil y John rodó los ojos. Sherlock tenía esa extraña fijación por espantar a sus novias y empezar un proceso de selección como si fuera su madre. Esta es muy joven, esa es una romántica empedernida, aquella cree que el 3D es un rapero... Por una vez, solo una, deseaba que no se entrometiese en sus cosas como si fueran también las de él.

Pero eso era pedir demasiado.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?—preguntó el rubio con el ceño fruncido. Sherlock inspiró dramáticamente, como si aquello le supusiese un gran esfuerzo.

—La comida, John. ¿Qué vas a hacer?

—Ya te he dicho que-

—Irrelevante. Soluciónalo, vamos.

Hizo un movimiento instigador con una mano como si fuera un perro y John gruñó, caminando hacia la cocina con los puños apretados.

Algún día, juraba por sus innumerables jerséis y suéteres, algún día mandaría a Sherlock de una patada al loquero que le correspondía desde hace mucho tiempo.

Pero, por el momento, se contentaría con conseguirle la comida con la mayor prisa posible para que no tuviera que soportar de nuevo sus incesantes y tortuosas protestas.


—He pedido comida a domicilio, vendrán en-

—No.

—Ni siquiera me has-

—No.

—Pero Sher-

—NO.


—¿Seguro que no quieres un poco? Está buenísimo.

Sherlock seguía mirando a través de su telescopio mientras John degustaba su magnífica comida tailandesa. El detective parecía haber hecho un voto de silencio y no había vuelto a mantener contacto visual ni a hablar con John desde entonces. John hizo un sonido de satisfacción, masticando su pollo Kai Múang.

—Eres la única persona que conozco tan cabezona que sería capaz de morir de inanición antes que explicar qué demonios le pasa.

Sherlock, en vez de contestar, ajustó la lente del microscopio. John arqueó las cejas una vez, derrotado, y siguió comiendo. Su relación con Sherlock estaba estancada desde hacía mucho tiempo, por no decir desde el principio. Era extraño, pensaba. Por alguna razón que él mismo desconocía, de pronto el único detective consultor del mundo decidía que tenía que contradecir todo el rato a John, aunque no hubiera algún motivo para hacerlo. El rubio se hartaba de él, maquinaba cien mil formas distintas y macabras de asesinarlo mientras dormía para, finalmente, acabar cediendo y volviendo a mostrarse suave con Sherlock, atendiendo a todas y cada una de sus absurdas órdenes. Y John nunca llegaba a comprender el porqué siempre estaba predispuesto a arrastrarse por Sherlock.

John rió en un bufido, socarrón.

—Será que tú siempre dices «adiós» y yo «hola».

Sus orejas y mejillas se calentaron. Había dicho aquello en voz alta, ¿verdad? Alzó la mirada. Sí, el rostro interrogante e incrédulo de Sherlock ladeado hacia él le hizo saber que sí. John se aclaró la garganta y se encogió los hombros.

—Pensaba en voz alta, nada más.

Sherlock seguía mirándole, dudoso.

—Era una referencia popular, da igual, Sherlock.

El moreno continuaba impasible. John chasqueó la lengua.

—¿Los Beatles?

Repentinamente Sherlock perdió el interés volviendo al microscopio. John negó con la cabeza. Qué ignorante podía ser para algunas cosas universales. Miró su reloj de muñeca y vio que todavía le quedaba tres horas para la cita. Terminó su pollo y se levanto del sofá con la bandeja de comida terminada.

—Aún me queda tiempo libre y no hay nada que hacer. ¿Te apetece que veamos una película?

—No.

—Vaya, ahora hablas.—murmuró tirando las cosas a la basura, se frotó las manos y lo miró con los brazos en jarra.—¿Miramos algún caso en el blog?

—No.

John alzó las cejas. Vaya, la cosa tenía que ser seria para que Sherlock rechazase algo así.

—Bien, Sherlock, ¿te apetece hacer algo o te vas a dedicar todo el día a vegetar ahí delante del microscopio?

—No.

—¡Esa ni siquiera es una respuesta coherente a mi pregunta!

—Lo siento, hace unos cuarenta minutos que te dejé de prestar verdadera atención.

—Maldita sea, Sherlock...—John frunció los labios negando con la cabeza furiosamente. Sherlock iba a acabar devorándole, ni siquiera el peor de los amigos podría comportarse como lo hacía él a diario. El ex-combatiente cogió una cantidad considerable de aire y se obligó a contar hasta tres para no cometer una locura y clavarle un cuchillo jamonero en el ojo, saliendo con los puños apretados de la cocina.—Haz lo que quieras, me voy a mi habitación.

Caminó pisando tan fuerte los escalones que la madera crujió. La voz de Sherlock subió por las escaleras.

—John, tengo hambre. ¿Me haces un sándwich?

Al doctor casi le dio un infarto.


—¿Ya te vas?

John terminó de colocarse el cuello de la camisa de debajo de su suéter. Dejó de mirarse en el espejo de la pared y se giró hacia Sherlock. Estaba de pie, observándole con los hombros bajos y expresión estática. Sin embargo, algo en él le hacía lucir como un niño que contemplaba cómo su madre se arreglaba para dejarlo solo durante la noche. El rubio arqueó una ceja.

—Estás empezado a ser obvio, creía que eso te molestaba.

Se puso el abrigo moviéndose por el salón y vio por el rabillo del ojo cómo Sherlock aún le seguía, haciendo florituras con una mano. John sonrió de lado. Adorable, incluso para ser él.

—No estoy siendo obvio, estoy abriendo un nexo conductor para la conversación según rige el protocolo social. Ya sé que has quedado con Sophie dentro de por lo menos veinte minutos, pues tus pasos no son acelerados, que vais a ir al cine y por el exceso de colonia y loción después del afeitado diría que piensas que hoy es la noche en la que puedas consumar vuestro amor.

John se ruborizó, pero simplemente mantuvo la cabeza alta, frunciendo los labios.

—Si ya lo sabes entonces no sé para qué preguntas.—cogió las llaves y fue hasta la puerta.—Bueno, pues me voy. No destroces el inmobiliario mientras yo estoy fuera.

Bajó las escaleras, comprobando que lo llevaba todo encima, pero no pudo llegar hasta el último escalón.

—John.—el rubio se detuvo, indignado, y giró sobre sí mismo con las ceja alzadas, apremiante.—Lestrade ha llamado, tenemos que ir a la comisaría

—¿Ah, sí? ¿De qué se trata esta vez?

—Triple homicidio.

—Oh, vamos.—John se rió sin ganas.—No me puedo creer que seas tan inteligente para algunas cosas y tan inepto para mentirme.

—No estoy mintiendo.

—Sí que lo haces, siempre que te inventas algún caso es casualmente un «triple homicidio».

Sherlock arrugó la nariz levemente, pensativo. John pudo ver desde su posición las neuronas del detective sintiéndose estúpidas.

—Es un número muy recurrente entre los asesinos.

—Sí, ya. Pues si me disculpas, he de irme.

—John.

—¿Y ahora qué quieres?—preguntó el mayor perdiendo la paciencia. Sherlock bajó un escalón.

—Quiero que te quedes.

—Bueno, pues eso no va a ser posible, me temo. Tengo vida social, ¿sabes?

—Por favor.

Bajó otro escalón, descalzo y aún embutido en su bata. John frunció el ceño, incrédulo. ¿Acaso Sherlock, el orgulloso y pretencioso Sherlock Holmes, le había suplicado? Casi pudo ver un mohín de disgusto en su rostro. No, espera era de verdad un mohín, casi tan imperceptible pero sobreactuado que parecía un crío pidiendo un juguete que sabía que no le iban a comprar. John se conmovió un poco. Pero solo un poco.

—¿Y para qué quieres que me quede? ¿Para torturarme mientras te aburres disparando a la pared? No soy tu entretenimiento personal, Sherlock. No me esperes levantado.

—Es que lo que no quiero es que salgas con esa mujer. Quédate conmigo.

Lo decía con tono lastimero, todo siempre cubierto por una capa de fingida pero bien estructurada indiferencia y aburrimiento que de seguro le habría llevado muchos años practicar. Para entonces, Sherlock ya estaba un escalón por encima de él, lo cual le hacía sentirse aún más bajito. John tragó saliva, sintiéndose en secreto algo reconfortado. Le gustaba eso, que de vez en cuando Sherlock mostrase su lado más humano y más débil solo por y para él.

—¿Y ahora por qué no debería salir con esa mujer? ¿Qué tiene esta de malo?

—Que quiere estar contigo.

John se pasó una mano por la cara, hastiado. Cuando se quiso dar cuenta, Sherlock había bajado al escalón con él. Tuvo que hacerse a un lado contra la pared para que cupieran los dos.

—No te entiendo, Sherlock. En ese caso mejor para mí, eso es precisamente lo que quiero que pase.

—Pero no es mejor para mí, ni lo que quiero que pase, eso tenlo por seguro.

—¿A qué te refieres con...?

John se interrumpió a sí mismo; no fue capaz de acabar la frase, tragó saliva y se quedó quieto, observando la seriedad y aplomo del más alto. Se sintió estúpido y se recriminó mentalmente por ello. Sherlock tenía ese efecto narcótico en él que ninguno más conseguía. Esa sumisión, obediencia y entrega por una persona que, debido a su arrogancia e insensibilidad, no se merecía aquel trato. Pero John sabía el gran esfuerzo que le estaba costando a Sherlock estar diciéndole aunque fuera solo eso. El moreno torció los labios en una mueca y cabeceó desviando la vista.

—Sabes a qué me refiero o al menos te lo supones. Vamos, John, eres el emocional de los dos.

—Pero si llevas dándome la tabarra todo el día. ¿A qué viene que ahora te pongas así de dramático conmigo?

Sherlock le miró, pero lentamente fue agachando la cabeza. John frunció el ceño.

—Estaba enfadado. Bueno, y lo sigo estando. Eres un idiota, John, instaurando tus prioridades sentimentales por encima de mí. Es injusto, yo solo te tengo a ti y tú estás rodeado de gente, y aún así extiendes tu círculo de amistades con esas insoportables mujeres completamente insípidas y carentes de interés. Está claro que para ti solo soy el fenómeno que hace que las visitas en tu blog aumenten cada día, nada más.

Era la muestra de sentimientos más larga que John habia visto salir de los labios de Sherlock en toda su vida. El moreno siguió con la cabeza gacha y la mandíbula tensa, seguramente odiando a John por hacerle decir ese tipo de cosas. El sociópata detective no entendía que esa clase de relaciones siempre tenían una categoría distinta y que no por ello iba a bajar en su escala de prioridades, ni que el hecho de que John buscase pareja no significaba que lo encontrase a él aburrido o poco merecedor de su amistad, solo que todo el mundo siempre necesitaba algo más. Quería explicarle aquello, pero sabía que no lo comprendería. Sherlock podía reivindicar ser todo lo genio que quisiera, pero seguía siendo un hombre estancado en la mentalidad social y emocional de un niño de siete años. Insensible, egoísta, narcisista e ingenuo.

John solo suspiró y se apoyó en la pared, pasándose la lengua por el labio inferior.

—Dime, Sherlock. ¿Qué puedo hacer para quitarte esas estúpidas ideas de la cabeza?

De repente el moreno alzó la cabeza, entusiasmado. John dio un respingo por la brusquedad del movimiento y vio que Sherlock estaba cerca de él, peligrosamente cerca. Pero, como siempre, este no se dio cuenta de la invasión hacia su espacio personal.

—Quédate en casa, podemos ver una de esas absurdas películas que tanto te gustan y luego debatir lo mala que es. También podemos ir al St Barts y ver si Molly tiene algo nuevo para darme. ¡O podemos ir a la comisaría para fastidiar a Anderson!

John carraspeó. No había escuchado la mitad de lo que Sherlock le había dicho, aún seguía demasiado cerca de él. Le señaló acusatoriamente con un dedo, enarcando una ceja.

—Solo si antes vamos a hacer la compra.

Sherlock perdió la entusiasta sonrisa y se irguió de nuevo, inexpresivo. John por fin respiró tranquilo de su propio aire.

—Eres una persona terrible.

—Mira quién fue a decirlo.—John rodó los ojos y le hizo un gesto con la cabeza para que subiese.—Vamos, vístete rápido antes de que cambie de idea.

El moreno le dedicó una mirada envenenada y subió al piso de nuevo arrastrando los pies. John esperó a que se perdiera de vista para sacar el móvil del bolsillo, morderse el labio superior y escribirle un mensaje de texto a Sophie, inventándose cualquier enfermedad extraña por la cual no pudiera salir.

Y John nunca llegaba a comprender el porqué siempre estaba predispuesto a arrastrarse por Sherlock.