Fuck yeah, creo que la cosa va avanzando aunque sea a pasitos tímidos. Sherlock Cooper ataca de nuevo.
El tráiler de Iron Man 3 acaba de salir en la tele. Pensé que os interesaría. (Grasia por la info, shur)
La canción que toca hoy es esta, y seguramente os suene aunque no os gusten los Beatles: /watch?v=ZCgoZ6wIvsQ. Es muy alegre y de anuncio de amapolas y claveles y cosas así. Es muy tranquila y pachona, como de tarde de domingo en el que hace solete pero todavía corre viento. Es como el día de hoy en mi ciudad solo que sin ser domingo, válgame Dios.
Gracias por leer y muchas gracias miles a las que comentan. Me divierte mucho escribir esto para ustedes 8D
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
4
Here comes the sun
Pequeño, noto cómo el hielo va derritiéndose poco a poco.
El sol asomó sus rayos tímidos a través de las espesas nubes de Londres. Era veintiuno de marzo, la primavera comenzaba y, como si el propio clima quisiera inaugurarse desde el primer día, el ambiente era cálido pero con una leve brisa agradable golpeando las hojas de los árboles. John bebió otro sorbo de su café, mirando por la ventana sentado frente a la mesa, como siempre. Sherlock también agarraba su taza, más sobria y ligeramente grande que la de John, y admiraba el paisaje de pie, con la nariz arrugada en una mueca de disgusto. No había que ser un genio de la deducción para saber que no le gustaba ese tipo de clima.
—Por fin empieza la primavera, ¿no es bonito?—inició John para picarle con una media sonrisa. Sherlock bufó y bebió, pero no apartó la vista de la ventana. Su mirada indicaba que lo que pretendía era quemar la ciudad con solo el desdén que emanaba de sus pupilas.
—Sí, precioso. Calor pegajoso, alergias, olor a polen concentrado, gente que utiliza de excusa la estación para considerar apropiado mostrar su arcaico y ridículo «amor» por la calle... Menos mal que solo dura tres meses.
—Sep. Después otra vez a disfrutar del verano.
—Oh, el verano... No me lo recuerdes.
Su mueca se contrajo en una mayor de decepción, fastidiado. John contuvo una sonrisa débil. Sus gestos eran tan entrañables y su permanente malhumor, aunque irritante, le hacía recordar que era una persona que solo estaba intentando expulsar sus sentimientos hacia fuera para que no le controlasen, y ese miedo patológico por sentir le hacía gracia. Él podría decir que no era miedo, era desinterés. Distanciarse de sus emociones para poder funcionar mejor, como una máquina perfecta. John pudo comprobar en el caso del perro de Baskerville que no era así. John apoyó su mentón en un puño cerrado y se quedó observándole. Se relamió los labios.
—Sherlock...—el moreno alzó las cejas, indicándole que le estaba escuchando.—¿Tú qué estación crees que eres?
El detective aquella vez sí apartó la mirada de la ventana y la posó en la de su ayudante, extrañado. Golpeteó la taza con los dedos y rió socarronamente de lado, volviendo a centrar la vista en la ventana.
—¿Ya te estás poniendo poético de buena mañana, John? Tendrías que dejar a un lado las malas costumbres.
—Lo pregunto en serio. Quiero decir... desde un punto de vista psicológico y relativo, ¿qué estación crees que es más acorde contigo?
Sherlock apretó los labios y se encogió de hombros, negando con la cabeza. No parecía demasiado entusiasmado con eso, John empezó a arrepentirse de haber iniciado la conversación.
—No sé, ¿el invierno?—bebió de su café, distraído.—Días fríos y lluviosos, noches más largas, clima sobrio... Supongo que iría por esos rediles.
John asintió con la cabeza, satisfecho. No se esperaba una respuesta demasiado extensa ni personal, así que estaba bien. Se había limitado a lo que John predecía.
—En cambio pienso que tú eres el otoño.
Aquello a John sí le cogió por sorpresa. Le miró con la frente arrugada y pasándose una lengua por los labios, incrédulo.
—¿El otoño?
—Sí. Aire melancólico y nostálgico, clima agradable... Las hojas desprendiéndose de los árboles indican la madurez, los días son tranquilos... Y tiene esa mirada triste que tú desprendes a veces. Serena y apesadumbrada.
John, pensativo, se levantó de la mesa y se colocó a su lado, mirando la ventana.
—Pues yo sin embargo creo que te pega más a ti el otoño.
El rubio apretó los labios en una sonrisa y contempló a Sherlock inclinándose hacia él, divertido. Sherlock ladeó la cabeza.
—Ni hablar, tú te pareces más. Si fueras un mes, serías octubre.
John no comprendió aquello, pero no volvió a preguntar. Sherlock añadió:
—Lo que sí sé es exactamente lo que somos tú y yo. Tú eres el amanecer, y yo soy el ocaso.
El rubio entreabrió la boca.
—No comprendo.
—Te explico. El amanecer indica el inicio de un nuevo día, es alegre, afable, cautivante. Te recibe con simpatía y amabilidad. Sin embargo el anochecer instaura la noche, fría, quieta, se lleva tu luz y se queda con la calma aterradora de la oscuridad. ¿Y sabes en qué se diferencia una de otra? En nada. Son completamente iguales. Los mismos colores, el mismo cielo, la misma posición del sol. Si te enseñasen una foto del sol escondido al horizonte sin informarte de la hora que es no sabrías decir si se queda o se va. El amanecer y el anochecer se comprenden entre ellos porque son paralelos entre sí, pero nunca se van a cruzar porque sus caminos llevan hasta el infinito. Lo cual es triste.
John se quedó callado, observando cómo Sherlock le devolvía la mirada con tranquilidad. Tragó saliva y notó un desasosiego en la boca del estómago que había estado ahí desde el principio. Se perdió en sus ojos escrutadores. John pensaba que no era así, no debía serlo. Sherlock era cada vez más un amanecer y John, el anochecer. El moreno estaba comenzando a evolucionar, a ver más allá a través del velo, de las telarañas que le impedían sentir o conmoverse. Estaba siendo una mejor versión de sí mismo. John, en cambio, se estaba dejando llevar por la oscuridad. Estaba siendo arrastrado por él, y en su egoísmo interior cada vez se obsesionaba más con Sherlock. Estaban cambiándose las tornas.
Pero no dijo nada.
Sherlock terminó su café y volvió a la cocina. John se quedó parado en el salón, agachando la cabeza. Sus manos temblaban y las mejillas estaban encendidas. Supuso que Sherlock esperaba algún tipo de respuesta que no llegó, y ahora John se sentía estúpido consigo mismo. Carraspeó y alzó la cabeza, sonriendo forzosamente y cambiando de tema.
—Y si tanto odias la primavera, ¿entonces qué estación del año te gusta? Porque me parece a mí que eres un tiquismiquis los trescientos sesenta y cinco días del año, sea la época que sea.
John casi pudo oír la sonrisa de Sherlock en su voz.
—Obvio, el otoño. Lo encuentro fascinante y encantador.
