Lo sieeeeento... No sé qué hora será allí pero aquí es como si fuera la madrugada del mismo día, por lo que yo lo cuento como si fuera el mismo aunque el horario diga lo contrario. AQUÍ EL DÍA SE TERMINA CUANDO YO ME VAYA A DORMIR. De todos modos decidí cumplir el reto por muy vaga o dejada que sea y aquí estoy.
Qué decir. Sé que, bueno, es más corto que los demás, y la verdad es que es bastante simple. Pero después de terminar el desafío de vacaciones necesitaba escribir algo como esto. Sencillo, corto, emotivo. Como la canción, que todo sea dicho (aunque sea muy mainstream), está en mi top cinco de canciones favoritas de los Beatles. Será que por eso he sentido tanta calma al escribir. Aquí la tenéis por si la ambientación o lo que sea: /watch?v=ytu3yEE9ACE.
Duda seria: ¿debería cambiar el género del fanfic? Sé que tampoco es muy angst que digamos y solo llevo cinco capítulos como para desarrollar del todo el potencial del género, pero me siento como si estuviera robando caramelos de un sitio que no debería. Ahhh, no sé, no sé...
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
5
Let it be
Y en mis horas de oscuridad él se queda delante de mí diciendo sabias palabras: déjalo estar.
El edificio había estallado y ya no había nada que hacer, todo el trabajo que quedaba era de los bomberos. Sherlock se quedó sentado en la parte de atrás de la furgoneta del coche de policía. Moriarty había colocado bombas en aquel colegio y él no pudo detenerlo, no descifró el enigma a tiempo. Casi podía oír las carcajadas de Moriarty reproduciéndose con dolorosa precisión en su cabeza, golpeándole las sienes. Comiéndose sus entrañas. Moriarty sonreía en su mente y dolía como si le estuviera clavando sus propios dientes en la piel. Por suerte, el colegio estaba vacío cuando las bombas estallaron, Lestrade se había encargado de evacuarlo a tiempo. No confiaron en Sherlock aquella vez.
Cerró las manos en dos puños apretados, clavándose las uñas en las palmas dolorosamente, tanto que no le extrañaría haberse dejado marcas. Su orgullo dañado le astillaba por debajo de la piel como cristales rotos. Se sentía desvalido, un infante, un estúpido. Mientras todos a su alrededor tomaban notas e intentaban averiguar el paradero de las bombas y que no hubieran más colocadas en los alrededores, Sherlock estaba allí postrado sin saber qué hacer. Como si todo fuera producto de una rabieta. No quería que nadie le viese así. Quería ahogarse en sus propios pensamientos. Aquello era horrible.
Unos pasos se detuvieron frente a él, pero no pudo levantar la mirada. Cogió aire al escuchar el suspiro de John. El aire se le quedó atascado dentro de sus pulmones como cuchillas. No podía soportar que John le viese en esos momentos, ni siquiera alzó la mirada. Apretó los labios y arrugó la tela de los pantalones entre sus manos.
—He perdido este caso, John.
La voz se le quebró. Emociones. Curioso, e insoportable. Solo quería que aquello pasase. Un paso más por parte de John y una mano en su hombro. La miró de soslayo.
—Tú no has perdido nada, Sherlock. Supiste el lugar en el que Moriarty colocó las bombas. No ha muerto nadie. No puedes salvar a todo el mundo.
—El problema no es el de salvar a nadie, John. El verdadero problema es que mi cerebro se está atrofiando.
John calló. Sherlock se reprendió mentalmente. No quería haber dicho eso, no tan bruscamente. John debía pensar que era detestable, que pensaría lo mismo si John estuviese en peligro, que solo le importaría resolver el misterio y no el salvarlo. John le odiaría.
—Lo has hecho bien, solo ha sido un desliz. Sigues siendo un hombre brillante. No tienes por qué cargar con la responsabilidad de to...
—John, que no soy un héroe. Ha sido por el caso.
Aquella vez le plantó cara, levantando la mirada. Sus ojos cristalinos como el hielo contra los azules cálidos de John. El rubio solo suspiró, resignado, y apretó el hombro del menor.
—Sherlock, déjalo estar.
John sonrió, tranquilo, despreocupado. Estaba leyendo entre líneas y el moreno lo supo, pero no dijo nada. No quería descubrirle porque sabía que el orgullo de Sherlock no se lo permitiría, por eso solo sonrió. Déjalo estar.
Y Sherlock supo que John le comprendía. Le comprendía de verdad.
El detective volvió a agachar la cabeza y cerró los ojos. Dejó caer el torso hacia delante y chocó la cabeza suavemente en el abdomen del doctor y la quedó allí apoyada. Sus labios temblaron.
—La próxima vez llegaré a tiempo. Te lo prometo.
Notó la vibración de la risa de John y cómo sus dedos se enredaban en sus rizos. Suspiró, reconfortado.
—No hace falta que lo prometas, sé que lo harás.
Sherlock alzó el brazo derecho y entrelazó su mano con la de John.
Todo estaría bien.
