Solo algo que decir antes de que empecéis a leer: LO SIENTO. Muy OoC, muy paródico, muy todo. Pero vamos, si esto no es fluff, yo ya he perdido la fe en la humanidad.

El capítulo iba a ser de otra forma, pero vi el vídeo de la canción y lo monos que eran los Beatles y pensé "parecen unos cachorritos novatos", y entonces... En fin, tomen ustedes: /watch?v=ds3mAmUPxYA.

Como siempre, muchas gracias a todas por leer :3 Se lo dedico a Marta que ha estado toda la tarde conmigo mientras escribía, que ahora lo estará leyendo en mi portátil mientras me ducho y que tendrá que lidiar con el fantasma que se nos ha colado en casa PORQUE NO SABEMOS DE DÓNDE NARICES HA SALIDO ESA MALDITA VOZ D8

Lofiu a todas con mi patata.

PD: Los fines de semana ando más liada, no sé si podré contestar reviews o leer fanfics -snif...- o incluso colgar a tiempo los capítulos, ¡pero lo intentaré! ;3;

Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.


7

Love me do


Sabes que te quiero, siempre te seré fiel. Así que, por favor, quiéreme.


La mueca asqueada dibujada en su rostro solo podía ser comparada con la cara que pondría una persona al estar respirando profundamente en medio de un vertedero el aire cargado a desechos. Aguardaba en medio del parque golpeando el suelo con la punta del zapato repetidas veces y los brazos cruzados. Sherlock no cruzaba mucho los brazos realmente, no era un gesto o detalle destacable de él. No era ningún movimiento que determinase algún rasgo característico. Estaba experimentando un nuevo estado anímico, y como tal merecía una pose distinta a las demás.

Estaba celoso.

—Mira, Sherlock, hasta cuando defeca es gracioso.

John lanzó una carcajada suave y calmada que Sherlock podía jurar que nunca había escuchado antes en él, lo cual le molestó aún más. John admiraba el carlino que en esos momentos escarbaba para tapar su excremento bajo el césped arrancado con las patas, sacando la lengua y jadeando con una expresión de estúpida felicidad. Sherlock casi podía apreciar la cara de Anderson en aquella criatura. Lestrade había cogido un permiso de vacaciones y no tenía con quién dejar su mascota, Goofy, hasta que John se mostró encantado con la idea de cuidarlo. Por lo visto, cuando era más pequeño su hermana y él tenían un pastor alemán que acabó viviendo con su tía a las afueras de ciudad y le cogió mucho cariño. Le gustaba bastante los perros.

Sherlock no veía qué tenía de fascinante ese ser de cuatro patas cuya única diversión para el mismo parecía ser revolcarse en el barro y correr de un lado para otro de la casa con torpeza y la lengua colgando, dejando babas en todos sus informes policiales que con tanto celo guardaba en el 221B y que los últimos días encontraba arrugados y destrozados en los sitios más insospechados. Si al menos fuera un perro majestuoso... pero no, se trataba de un carlino llamado Goofy. ¡Goofy! Todavía si tuviese un nombre poderoso y magnífico, como Faraday o Arquímedes... ¡Pero Goofy!

No obstante, John parecía encontrar en ese perro algo realmente increíble, y por eso lo llevaba cuidando y mimando con demasiada atención desde el primer momento. No habían pasado ni tres días y ya lo había acicalado, bañado, alimentado, había jugado con él... Ya ni siquiera reaccionaba a sus brillantes resoluciones o a las piezas del violín que tocaba. La última vez que tocó el instrumento, Goofy se puso a ladrar nervioso hasta que John tuvo que pedirle que parara. A él, no al perro.

—¡Vamos, Goofy, volvamos a casa!—le dijo un alegre John al perro sacudiendo la correa en la mano. Sherlock bufó, despectivo. «Tsk, como si fuera una criatura de mente superior que te entendiese... Yo podría recitar la tesis de Church-Turing de memoria sin equivocarme una sola vez, pero claro, no soy tan gracioso cuando deposito mis excrementos, punto menos a mi favor.»

Sherlock era completamente consciente de que no estaba siendo muy racional ni reflexivo, pero le daba igual. Mantuvo los labios fuertemente apretados y la barbilla alta con orgullo mientras John le ponía la correa de nuevo al perro, agachado y acariciándole detrás de las orejas. Le molestaba que esa sonrisa tan radiante e inocente fuera para ese odioso chucho, le cabreaba. El perro ladró, contento, y apoyó las patas delanteras en una rodilla del rubio, intentando lamerle la mejilla. John se apartó y se rió, Sherlock solo miró la escena con malevolencia. Ese perro estaba invadiéndole el espacio personal, y esa tarea era exclusivamente de Sherlock.

Si ese perro quería guerra, la iba a tener.

John se erguió con la cuerda enrollada en su mano y suspiró, tirando del perro que le seguía moviendo la cola y, tras él, Sherlock, que prefería estar en cualquier parte resolviendo casos y misterios que estar paseando a un estúpido carlino. El detective creía que John no se daba cuenta de sus absurdos celos, pero sí que lo hacía, y no precisamente por deducción o inteligencia. Era tan simple como que Sherlock no manejaba tan bien el camuflaje de las emociones que todavía no sabía controlar como él creía.

Hacía sufrir a propósito al moreno. Le hacía gracia ver su comportamiento infantil repentino, eso de ponerse celoso por un perro, ¡un perro! John podría jurar que Sherlock, en su mente impredecible y de infinita sabiduría -enferma e insoportable sabiduría, eso sí-, pensaba realmente competir con Goofy por él.

Sherlock tenía una forma muy extraña de mostrar y pedir afecto. Creía que estaba por encima del perro, pero en realidad se comportaba igual que él, llamando su atención de las formas más estrambóticas posibles en vez de, simplemente, sentarse y hablar con él de cualquier cosa. Trataba de impresionarle, como un delfín saltando a través de un aro. Le parecía curioso que por una vez fuera Sherlock el que se molestase por hacerle saber que estaba ahí y no al revés.

—John.

El rubio se giró y alzó las cejas, preguntándole con la mirada. Su gesto se tornó en uno de confusión cuando Sherlock apoyó ambas manos enguantadas en sus mejillas para agarrar su rostro y acercarse plantándole un casto beso. Ni siquiera era un beso, sino más bien una colisión, una presión en los labios rápida y fuerte, sonora. John parpadeó con los ojos muy abiertos, impresionado. Sherlock agachó la mirada hacia el perro, sonriendo victorioso, y Goofy le devolvió, como cabía esperar, un rostro feliz y jadeante con la lengua hacia fuera, ajeno a lo que estaba ocurriendo en aquella loca escena mundana.

—Vale, eso era todo, vámonos.

Sherlock echó a andar de nuevo, notoriamente satisfecho, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. John tardó en recuperar su ritmo de respiración habitual, con el violento rubor instalado en sus mejillas. Se aclaró la garganta y tiró de Goofy, que se había parado a olisquear una flor.

Si tan solo Sherlock supiera cómo mostrar de vez en cuando sus sentimientos con un método más convencional...