He llegado tarde, JÁ. Lo siento, he estado todo el maldito día fuera, pero al menos lo compenso con el hecho de que es el capítulo más largo hasta ahora (curioseando) Ah, pues no, el más largo es el tercero, pal caso... Esta canción es preciosa, triste, nostálgica y yo ya no sé ni lo que escribo. Aquí la tenéis: /watch?v=tlDphCQhFSI.

Lo siento por ir tan lenta y por... Bueno, por lo que sea. Nunca está de más disculparse.

En cuanto a la trampa del capítulo seis... hhhehehe, veo que lo hice bien. Me alegro de que nadie se haya coscado, vaya... NUNCA SABRÉIS CUÁL FUE, MUAHAHAHA.

Muchas gracias a todas, sois mejores que un bocadillo de Nutella. Sé que estáis ahí, os observo aunque no comentéis. A mí no me engañáis, pillinas 8_D (No, en serio, sois tan fluffy y tan purr... y las que comentáis os merecéis una golosina, de las que saben bien, no a goma)

PD: Seguramente veáis algún gazapo, no he corregido. Soy mala persona.

Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.


8

Yesterday


Ayer el amor era como un juego fácil, ahora necesito un lugar donde esconderme.


Esa noche cumplía dieciséis días desde que Sherlock y él no mantenían una conversación real.

Había empezado la tarde que devolvieron a Goofy. Lestrade les agradeció el favor invitándoles a una copa que John aceptó encantado y Sherlock a regañadientes. Les comentó que nada más volver a Londres le habían colocado un caso junto con otro detective en Bristol. Sherlock decidió participar sin ni siquiera preguntar si necesitaba ayuda, pero John tenía trabajo, por lo que tuvo que tuvo que quedarse en la ciudad. Tres días más tarde, Sherlock regresó.

A su vuelta, John le comunicó que iba a ir a quedarse en casa de Harry por su cumpleaños el fin de semana. Se fue un viernes, pero acabó volviendo el martes. Y entonces el moreno dejó de hablarle. No fue enfado, ni enojo, simplemente indiferencia. Una vez John observó por el rabillo del ojo cómo Sherlock se levantaba del sofá para hacerse un té en vez de obligarle al rubio con una exigencia. Ni siquiera le pidió asistencia en el último caso, John tuvo que enterarse de que se había cometido un crimen porque un día Lestrade se presentó en casa con noticias nuevas para Sherlock respecto a su investigación. John intentó hablar ese tema con él, pero Sherlock siempre estaba ocupado experimentando, investigando o tocando el violín.

Con ese último pensamiento, bufó compungido y dio una vuelta brusca en su cama, dándole unos golpes a la almohada para hacerla más mullida, como si fuera la causa de su actual insomnio. Hacía un par de días que dormía mal o descansaba tan poco que se quedaba traspuesto en horas de trabajo. Llevaba una semana sin escribir nada nuevo en el blog y sus dedos ya no se movían libremente por el teclado del portátil cuando se sentaba frente a él. Sus días se habían vuelto tan monótonos y mundanos como antes de que fuera a Afganistán.

John estaba seguro de que cuando empezaba a echar de menos estar en la guerra solo era sinónimo de que comenzaba a sentirse realmente jodido.

El crujido de la puerta abriéndose le sobresaltó, tensando los hombros en señal de alerta. Miró por encima de su hombro levemente, extendiendo una mano desde la oscuridad de la habitación para deslizarla hacia uno de los cajones de su mesita y agarrar su pistola.

—John, no seas ridículo, nadie quiere matarte.

John respiró aliviado, pero su incredulidad incrementó. Sherlock nunca había estado en su habitación, se esperaba cualquier asesino a sueldo antes que a él. Extendió la mano, esta vez para encender la luz, pero Sherlock le detuvo.

—No enciendas la luz, es más fácil así.

John dejó caer su brazo y se incorporó en la cama, apoyando la espalda en la cabecera. Frunció el ceño.

—Sherlock, ¿qué haces aquí a estas horas?

Sus ojos se estaban habituando a la oscuridad, pudo ver cómo Sherlock se sentaba en la orilla de la cama, dubitativo.

—No podía dormir y me aburría.

—Tú nunca duermes, y siempre te aburres.

Hubo unos segundos de silencio. John intentó ver si era capaz de ver su rostro, pero la poca luz y el ángulo se lo impedían.

—Hoy más que nunca. Hace mucho que no me meto contigo, me está empezando a pasar factura.

—Sherlock, son las tres de la mañana. No creo que sea la hora más apropiada para mantener esta conversación... o lo que sea.

John ya podía verle la cara, pues tenía la mirada perdida en la ventana, con la luz pálida de la luna y las farolas de la calle golpeando su perfil. Serio, taciturno, casi incluso melancólico. Sherlock cogió aire.

—Solo quería charlar contigo un poco.

John tragó saliva, sintiéndose un idiota. Aquello le emocionó y le agradó más de lo que le hubiese gustado admitirlo. Sus insultos, su forma agria de hablar de las cosas que a él le gustaban y sus intentos por mantener a la gente lejos de él.

Le había echado de menos.

—¿Puedo tumbarme un rato?

El corazón de John se saltó un latido. Sabía que Sherlock no lo decía con segundas intenciones. Él no flirteaba, ni nunca se insinuaba, ni a él ni a nadie. Más bien nunca había estado involucrado en alguna situación sexual que él comenzase, la única vez que le había visto hacer algo así era cuando le dio un beso en el parque y ni siquiera se podía considerar como tal. Y, sin embargo, el nivel de intimidad y complicidad que le transmitía esa pregunta hizo que un agradable estremecimiento se propagase por todo su cuerpo.

—Bueno... Sí, supongo que puedes.

Sherlock asintió con la cabeza, se levantó para quitarse la bata y se deslizó entre las sábanas, colocándose boca arriba con las manos entrelazadas encima de su regazo. John se tumbó por completo mirándole mientras Sherlock seguía examinando el techo. Su cama era doble, por lo cual ni siquiera se rozaban. No obstante, el calor del cuerpo de Sherlock era reconfortante, y agradable.

John se humedeció los labios antes de preguntar:

—¿Por qué dejaste de hablarme?

Sherlock no parpadeó ni le miró. Apenas parecía que respirase.

—Te fuiste al cumpleaños de tu hermana y a mí no me invitaste.

John abrió mucho los ojos y se rió, ignorando el gesto enfurruñado del moreno.

—¿Te parece esa una buena razón para ignorarme durante dieciséis días?

—Diecisiete.

—¿Qué?

—Que fueron diecisiete días.

—Bueno, los que sean.—John alzó una ceja.—Me cuesta creer que fuera solo por eso.

Aquella vez, Sherlock suspiró por la nariz.

—Esa mujer volvió a llamar mientras estabas fuera.

John cambió la posición para apoyarse sobre un codo, extrañado.

—¿Sophie?

—Quería saber si te encontrabas bien porque no le contestaste a su último e-mail.

—Oh, es verdad, fue cuando estábamos muy liados con el caso del polaco y luego se me olvidó. Mañana le escribiré.

—Bien.

John esperó sin añadir nada más, sabiendo que el moreno no se podría contener mucho tiempo.

—No sabía que seguías hablando con ella.

Y ahí estaba.

—Somos amigos, de vez en cuando nos mensajeamos y rara vez nos tomamos un café juntos, nada más.

—Oh.

—No estoy saliendo con Sophie, por si no había quedado claro.

—¿Es que acaso alguien ha preguntado por eso? Tienes todo el derecho del mundo a salir con ella aunque sea una cabeza hueca. Es la necesidad biológica la que te impulsa a ello, los elementos químicos que segrega el hipotálamo te están casi obligando a satisfacer tus deseos sexuales.

—Da igual, pensé que te molestaría, nada más.

—¿Por qué debería molestarme? No somos nada, puedes hacer lo que quieras.

John se dejó caer en la cama con brusquedad, provocando que Sherlock también botase en su lado.

—¿Por qué te pones así? Me haces sentir como si esto solo fuera cosa mía, una relación... unilateral o algo así, si es que acaso tenemos alguna relación. ¿Por qué no me dices que te molesta y ya está?

—¡Pues porque no me molesta, John! Me da igual que salgas con ella, no sé por qué no deberías creerme.

—En ese caso estás comportándote como un verdadero gilipollas.

—No quiero ser la persona que te retenga o que te mantenga prisionero como si esto fuese un maldito castillo.

Silencio. John miró a Sherlock. Se había equivocado, no parecía enfadado, ni celoso. No, la razón de que Sherlock hubiera iniciado esa conversación... era resignación.

—¿Qué... has querido decir con eso?

—Que he decidido que quiero que salgas con Sophie. Quiero que establezcáis una relación formal y que os lleguéis a comprometer, o lo que sea que hacéis las parejas hoy en día. No quiero que tengas paciencia a que pase algo que nunca va a pasar. No quiero que seas un perrito faldero, no quiero que me mires así. Es horrible. Yo no puedo corresponderte, John.

—Vale, cálmate.

—Estoy calmado.

—Entonces explícame a qué viene todo esto ahora.

—A que me sentí especialmente mal cuando te fuiste a casa de tu hermana, y peor me sentí cuando Sophie llamó. Quería destrozarte por lo que me habías hecho, hiciste que mi distanciamiento respecto a los sentimientos no sirviese para nada. Y entonces me di cuenta de que no me perteneces y estaba siendo incoherente y egoísta. No quiero mantener una relación contigo pero tampoco que la mantengas con nadie. Esto es complicado para mí, quiero corresponderte pero no puedo.

John se quedó quieto y callado, pensativo. Cogió aire, casi sin moverse.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes, John, y no quiero que lo hagas. Antes vivía en un estado de perfecto equilibrio, ahora todo se está desmoronando. No puedo darte lo que tú quieres recibir, no puedo sentir lo que tú sientes. Pero quiero, de verdad que quiero. Y no quiero que tengas paciencia, ni que permanezcas a mi lado siempre. No quiero romperte a ti también.

—Tú no me vas a romper, Sherlock, ¿desde cuándo eres Shakespeare?

—Estoy hablando muy en serio, John.

—Y lo sé, pero me estás cabreando. Yo no estoy renunciando a nada de lo que no quiera renunciar, Sherlock, y tú estás dando por supuesto muchas cosas. Soy la única persona que te ha hecho sentir así pero no consideras que puedas corresponderme. Bien. ¿Acaso te has parado a pensar qué mierdas es lo que quiero recibir yo de tu parte?

Sherlock se tomó un tiempo para encogerse de hombros. Sus dedos se apretaban entre ellos, inquietos, y ya no miraba hacia el techo, si no a sus pies.

—Ya lo sabes... Me lo dijiste aquella vez. Hace un mes.

John frunció el ceño, haciendo memoria. Como el moreno vio que no tenía ni idea, rodó los ojos y negó con la cabeza, luciendo como el Sherlock quisquilloso de siempre.

—Dijiste que ser una pareja requería besos, abrazos y citas eventuales. Y no me gusta. No me gusta el amor, John. No es una mala experiencia, ni una animadversión sin razón aparente. Es, simplemente, algo que no viene dispuesto en mí. Digámoslo así; a veces siento envidia porque para ti es algo fácil, y me gustaría experimentar lo que tú sientes por mí a la inversa, pero no cambiaría mi funcionamiento por nada en el mundo, ni siquiera por eso. ¿Entiendes?

—Lo entiendo, Sherlock. Y te equivocas.

Sherlock miró por primera vez a John, reticente y molesto.

—Yo nunca...

—Sí, te equivocas, y más veces de las que crees, vaya.—cogió aire y siguió antes de que Sherlock pudiera replicar.—Yo no quiero ser tu pareja en el sentido convencional del concepto. Yo quiero estar contigo. Y sé que puedes corresponderme.

—John...

El rubio le ignoró, haciendo un gesto en el aire para que callase.

—¿Te gusta pasar tiempo conmigo?

Sherlock chasqueó la lengua, molesto.

—Sí, supongo...

—¿Te comportas con todo el mundo igual que conmigo?

Sherlock bufó y compuso un gesto asqueado, como si la idea le aterrorizara. John no supo si sentirse halagado u ofendido.

—No,ni hablar.

—¿Y te desagrada tener alguna respuesta emocional o física conmigo de vez en cuando?

—¿A qué te refieres?

—Al numerito del beso en el parque, o lo que narices fuera eso.

—Ah.—Sherlock se lo pensó unos segundos, juntando y separando la yema de sus dedos de vez en cuando.—No mucho, creo.

—Suficiente entonces.

—Dudo bastante que puedas conformarte con eso durante mucho tiempo.

—Sherlock, las personas evolucionan y maduran en este tema.

—Yo no. No quiero que evolucione, no quiero que se convierta en algo más horrible de lo que es ya.

John suspiró, cansado. Avanzó una de sus manos hasta la de Sherlock y las entrelazó, dejándolas reposar al costado de ambos. Sherlock bajó la mirada hacia sus manos cogidas y John empezó a acariciar el dorso con sus dedos. John sonrió.

—Piensas demasiado. Desconecta un poco.

Sherlock suspiró y volvió a mirar el techo, compungido.

—¿Qué me has hecho, John?—suspiró con la voz quebrada, casi imperceptible. John arqueó una ceja, divertido.

—Mejor persona, eso desde luego.

Desde entonces, Sherlock y John empezaron a dormir juntos en la misma cama.