Jo, me siento un poco mal, no he colgado a tiempo. En mi ciudad estamos de fiestas y bueno, entre las clases y las quedadas tengo la agenda más apretada. Y yo quiero leer y escribir y contestar mensajes pero I CAN'T Y SOY UNA ERMITAÑA Y ESTOY MUY CANSADA PORQUE SON CASI LA CUATRO DE LA MAÑANA D8

También os quería decir, aunque no creo que venga mucho a cuento, que estoy escribiendo un oneshot MorMor y estoy trabajando en un Teen!lock para cuando termine el reto :3 El oneshot lo veréis colgado de aquí a unos pocos días, yay.

Disculpad algún que otro gazapo, no he corregido. Y siento que alguna me va a matar en este capítulo. Sí, lo hará. Solo quiero avisaros y alegraros diciéndoos que las cosas bonitas están a la vuelta de la esquina, aunque no lo parezca.

También quería disculparme por mi inexperiencia en cuanto a acción y desenlaces policíacos y tal. No es mi género fuerte. Bien, y muchas gracias a todas por ser tan adorables 8D Canción pls: /watch?v=hyLeMSukAVQ.

PD: Amo tanto a Moriarty que ojalá yo hubiese parido a este enfermo. (Comentario innecesario y totalmente random.)

PD2: Dios mío, cada vez hago estas mierdas introductorias más largas. Soy un coñazo.

Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.


10

All my loving


Cierra los ojos y te besaré. Mañana te echaré de menos.


Se escondió detrás de una columna y cargó la pistola, solo por si acaso. Notaba un líquido caliente y pegajoso deslizándose por su sien, pero no le dio importancia. La cabeza le palpitaba, pero no dolía, o al menos no se lo podía permitir.

Las pisadas sonaron más cerca.

Cuando los gatos no están, los ratones salen a jugar.—canturreó un alegre Jim Moriarty casi brincando, dándose la vuelta y abriendo los brazos mirando todo el pabellón, sonriente.—¡No deberías meter tus asquerosas narices donde no te llaman, Sherlock Holmes! O podrías acabar muyyy mal.

Sherlock apretó los labios por la cólera. Buscó toda la información que pudo, el paradero de las tres víctimas que, sin ninguna duda, tenían su conexión, y sacó cosas en claro, pero no todas las que le gustaría a él. Acabó recogiendo gravilla de unas huellas de un número demasiado grande para ser Moriarty, constando que tenía aliados en esto. Él era demasiado inteligente para dejar escapar un detalle así, por lo que tuvo dos cosas claras; sus ayudantes no eran tan brillantes como Moriarty y él no realizaba el trabajo sucio, seguramente lo del chamizo no fue cosa suya, pero lo supervisó él. Se reiría a carcajadas y sonreiría juntando las manos como si fuera Navidad mientras su esbirro serraba y separaba todos los dedos de cada una de las personas y luego los conservaría observando su trofeo con orgullo. La gravilla le llevaba hasta aquel pabellón, y decidió ir solo y de noche, vigilando la zona para ver que nadie se acercaba. Pensaba que había hecho un trabajo limpio, sin requerir la ayuda de nadie.

Craso error.

Alguien disparó la sujección de un cargamento de vigas de acero para que cayesen encima de Sherlock. Por fortuna pudo esquivarlas, pero una pasó rozándole por la cabeza, causándole escozor. Tendría que revisarse en un futuro esa herida para constatar si necesitaba o no una vacuna contra el tétanos.

Moriarty se hallaba en el lugar, y por lo que podía ver, no estaba solo.

—Sal, sal, pequeño ratoncillo. O tendré que meter la zarpa y sacarte yo mismo de tu agujero.

Sherlock cerró los ojos un segundo, pensando. Una, quizá dos personas más. Una en el exterior, otra en el interior. No, solo una, tres hombres en la oscuridad llamarían más la atención. Abrió los ojos y miró hacia arriba. Más vigas de acero. No había segunda planta. Alguien podría esconderse en las vigas. Complicado, pero factible. Requeriría solo un vistazo global del sitio para saber si alguien estaba apuntándole como en la piscina. El pabellón no tenía muchos lugares en los que esconderse. ¿Qué tendría de especial? ¿Una trampa? Podría ser, pero él se habría dado cuenta. Moriarty no era tan obvio ni Sherlock tan estúpido. Algo habrían escondido allí. No exactamente en ese pabellón, pero debería haber alguna clave.

Un banquero, un policía, un guía turístico. Estaba claro que estaba marcando ciertos lugares de importancia. Sus próximos objetivos. Sus blancos. Y Sherlock estaba muy seguro, por no decir que casi podía confirmarlo, de qué lugares se trataban. El hecho de dejar pistas fue por pura soberbia. Moriarty lo consideró demasiado fácil,necesitaba sal en sus heridas.

Sherlock esperó a que Moriarty lo descubriese cuando se diese la vuelta. Cuando voltease con elegancia y una sonrisa victoriosa y lo viese sentado en el suelo, tras esa columna y todos los barriles. Y eso fue lo que hizo.

Moriarty sonrió.

—Te pillé.

El gato había acorralado al ratón.

Solo que el gato era Sherlock.

—Ya lo sé.—dijo alzando la mano con la pistola. Moriarty ni siquiera se inmutó.—Pero quizá no te hayas dado cuenta de tu posición.

Moriarty alzó una ceja, escéptico.

—¿Cuál? ¿La de que estoy desarmado? Cariño, pensaba que podías ver más allá de lo que tu visión podía alcanzar. Por supuesto, no he venido solo.

Sherlock rió torciendo el gesto, achicando los ojos.

—Y yo no me puedo creer que seas tan necio. Mira a tu alrededor, Moriarty. Solo hay una persona, ¿verdad? Solo tienes a un perrito esperando fuera. Para cuando se dé cuenta de que estás tardando en cogerme, será demasiado tarde, porque para entonces tú ya me habrás dado toda la información que necesito o estarás muerto.

Moriarty parpadeó con las manos en los bolsillos y disfrazó su rostro con una mirada de sorpresa y la boca abierta, divertido.

—¿Y qué te hace pensar que esa persona de la que hablas no puede dispararte a metros de distancia?

Sherlock sonrió más abiertamente.

—Fácil.—Señaló levemente los barriles con la pistola.—Estamos de espaldas a la entrada, el único sitio del que tu querido amigo podría disparar. Las ventanas están demasiado altas y soldadas, no se pueden abrir. La única luz es la de la luna, poco visible. Una columna impide la visión y estamos rodeados de barriles cargados de gasolina. Si quisiera defenderte tendría que estar realmente cerca para dar con el ángulo adecuado, y si eso ocurriese, yo apretaría el gatillo sin dudarlo. Oh, créeme que lo haré.

Moriarty no perdió la sonrisa, asintiendo con la cabeza.

—Brillante, Sherlock, ¿pero sabes cuál es el problema?

Sherlock frunció el ceño, desvaneciendo su expresión de triunfo mientras la del psicópata se acentuaba, mostrándose amenazante.

—Que no soy el único que viene acompañado.

—¿Sherlock?

El corazón del detective se encogió de tal forma que estuvo a punto de soltar el arma. En cambio, sufrió un pequeño tic nervioso en el ojo del que Moriarty se dio cuenta. El eco de aquella voz era inconfundible, y Sherlock no pudo evitar asomar parte de su cabeza a través de la columna. La bilis ascendió por su garganta. Era él, sin duda, entrando por la gran puerta. Miró a su alrededor por si se trataba de un truco.

En otras circunstancias se hubiese sentido realmente orgulloso de que John Watson le hubiera encontrado tan rápido.

—¿A quién crees que está apuntando ahora mi amiguito, Sherly?

Sherlock sintió su sangre hervir y una bestia devorando su interior mientras veía la mirada contrariada de John, preguntándose dónde demonios se había metido y si realmente encontraría allí a su amigo.

Sherlock bajó el arma gradualmente y se obligó a mantener la compostura, borrando toda expresión de su cara.

—Está bien. ¿Qué es lo que quieres?


Empezaba a pensar que no había sido una buena idea. En el exterior no había ni un solo vehículo ni indicios de que allí se encontrase alguien. John se detuvo con una mano en la cadera y con la otra masajeándose el puente de la nariz.

—¿Sherlock?—volvió a preguntar sin recibir respuesta. Suspiró, apesadumbrado. No quería adentrarse mucho más, estaba realmente oscuro y no tenía ganas de tener que pelear con una rata. Giró sobre sus propios talones cuando escuchó pasos. Sus hombros se tensaron. Se llevó una mano a la pistola que tenía escondida debajo del abrigo. Se humedeció los labios y miró por encima de su hombro, alerta.

Suspiró aliviado al vislumbrar una cabellera rizada y un cosquilleo agradable le recorrió la espalda. Pero no duró demasiado, sus nudillos le hormigueaban de ganas verdaderas de soltarte un puñetazo.

—Tú, idiota... ¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando?

Los ojos de Sherlock brillaron por un instante y se rió. John se tranquilizó un poco, pero no bastó para que dejase de apretar sus puños.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

John ladeó la cara, pasmado. Chasqueó la lengua y se encogió de hombros.

—Supuse que habrías estado en St Barts, así que le pregunté a Molly y me dijo que habías estado allí, pero muy poco rato. Me dio las muestras de gravilla que estuviste mirando, comparé con distintos sitios y este era el que mejor encajaba en el perfil, así que vine hasta aquí.

Sherlock volvió a reírse entre dientes. John frunció los labios, enfurruñado.

—¡A mí no me hace gracia! Eres un jodido bastardo egoísta.

—Te preocupabas por mí. Está bien, pero no deberías haber venido.

John empezó a dar golpes impacientes en el suelo, colocándose el abrigo.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué? ¿Qué has encontrado?

—Nada, absolutamente nada.

—¿En serio...?

—Yo siempre hablo en serio.

John pensó que había algo extraño en todo eso, pero no insistió. Estaba tan contento de encontrar a Sherlock sano y salvo... Un momento.

—¿Por qué tienes sangre aquí?—posó sus dedos encima de la sangre casi seca y Sherlock compuso un gesto de dolor, agarrando su mano. Un escalofrío le recorrió a John.

—Tranquilo, tampoco es nada, me golpeé con un barril buscando pistas en el suelo.

El doctor asintió, pensando que en cuanto llegasen a casa le inspeccionaría la herida por si acaso. Ni siquiera se dio cuenta de que Sherlock había entrelazado sus manos y la había deslizado hasta sus labios. Notó un pequeño beso en sus dedos. Se sonrojó hasta la raíz del cabello, cogiéndolo totalmente por sorpresa. Quizá el golpe le había aturdido. Pero disfrutó de ese contacto, solo un poquito, sin intentar no sentirse idiota o culpable. Sherlock bajó la mano sin separarla de la del rubio y se acercó un paso, provocando que John parpadease.

—Cierra los ojos.

John tragó saliva.

—¿Qué?

—Confía en mí y ciérralos.

Suspiró por la nariz y cerró los ojos, bajando ligeramente la cara. Contuvo la respiración cuando notó la cercanía del más alto, estrechando distancias. Las manos aún cogidas. Su corazón se desbocó y sus labios ardieron, anticipándose al movimiento. La respiración de Sherlock le golpeó antes de que pasara la lengua por el labio inferior de John, el cual jadeó, expectante e impaciente. Sherlock agarró la nuca de John y enterró los dedos en el pelo rubio, rompiendo el poco espacio que había entre ellos dos. Y ese sí fue un beso, uno de verdad. Sherlock hizo más presión y John gimió cuando le mordió, dando toquecitos con la lengua en la suya, despacio, dulce, sin invasión. No había lujuria en sus movimientos, solo ternura. Y aquello fue más de lo que John podría esperarse de él.

Sherlock dejó de besarle para apoyar la frente en la suya, suspirando profundamente.

—Yo a ti también.

Los dedos se agarraron más fuertemente al cabello antes de soltarse. John se quedó atónito, con la boca entreabierta y los párpados temblando y con inmensas ganas de contemplar a Sherlock. Quizá una cara divertida, o una avergonzada. Quería verle y responderle, pero no podía. Sherlock dejó de entrelazar sus dedos y de agarrarle para separarse de él, y John hizo un ademán.

—No, aún no.

John se mantuvo quieto y asintió con la cabeza. Escuchó unos crujidos, pero su mente navegaba muy lejos de allí. Sus piernas eran de goma. Su mente estaba vacía pero se sentía embotado, mareado. Apretó las manos en unos puños para dejar de temblar. Esperó unos segundos, pero Sherlock no contestó. Cuando el silencio le hacía daño, abrió los ojos.

Y estaba solo.