Muy buenas, paisanas. ¿Qué? ¿Qué hora es allí? Aquí es de madrugada, como siempre. Cómo es que soy capaz de despertarme por las mañanas...
Estoy muy contenta porque he recibido muchos comentarios bonitos y seguidos y sois un amor. Quiero responderos, pero ya se me ha hecho tarde. Y a mí me gusta dar palique. Sigh.
Aquí tenéis otro capítulo más. Esto va siendo cada vez más fluff y cosas extrañas y se sale de lo que estoy acostumbrada a escribir o de mi zona de comodidad. Me cuesta y al final no me suele gustar mucho el resultado, pero me alegra poder cumplir este reto, porque estoy escribiendo un género al que no estoy muy habituada y necesitaba esto para mejorar. Siento el OoC.
Muchas gracias a todas por lo maravillosas que sois y aquí tenéis la canción, gay como ella sola: /watch?v=KH5SeqhLpDY.
¡Besitos de ardilla! Chuick chuchuchuick.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
13
If I fell
Si me enamorara de ti, ¿prometerías ser fiel y ayudarme a entender?
John se había empeñado en hacer esa estupidez. Hacía semanas que Sherlock no se movía de la cama y necesitaba caminar para completar del todo su rehabilitación. Cuando el rubio le dijo que le sacaría de casa, se emocionó. Pensó que se refería a la comisaría o al Saint Barts. Quizá por fin le dejaría resolver algún delito, o seguir en busca de Jim Moriarty y Sebastian Moran. Cuál fue su disgusto al ver que había llamado a un taxi para ir nada menos que al Hyde Park.
—Vamos, Sherlock, es casi junio y hace bastante buen tiempo. Un paseo por el parque no te irá mal.
—No tengo setenta años, John. Además, ya he estado cinco veces, ¿para qué querría volver a visitarlo? Lo encuentro carente de interés.
John rodó los ojos y le ignoró. Le ayudó a salir del taxi agarrándole de un brazo.
—Pues nadie diría que no los tuvieras...—susurró John de forma casi imperceptible, pero Sherlock le miró con las cejas levantadas, cuestionándolo. El rubio sonrió de forma inocente y caminó junto a él por el parque, despacio y con cuidado.
Sherlock se sentía estúpido. Se quejaba diciendo que parecían una pareja de ancianos casados. John se rió por el pensamiento. No se los imaginaba casados, pero sí envejeciendo juntos. Esperaba que para entonces el humor de Sherlock se hubiese reblandecido.
Caminaron durante una hora, ya había anochecido. Corría una brisa agradable, no hacía demasiado frío. Poco a poco y con algo de timidez John fue bajando la mano del brazo que le agarraba Sherlock para mantenerse en pie hasta entrelazarla con la del moreno. No le miró y siguió hacia delante actuando como si nada, pero podía notar su mirada curiosa en la nuca.
—Deberíamos pensar en volver a casa.—dijo Sherlock y John se giró, entrecerrando los ojos.
—¿Desde cuándo eres tan aburrido, Sherlock?—mantuvieron la mirada amenazante por tal agravio, divertidos. John sacudió una pierna y miró hacia el cielo. En esa zona no había demasiadas farolas, así que la contaminación lumínica no tapaba la mayoría de las estrellas. Volvió a mirar a Sherlock, sonriente.—Podríamos, no sé, tumbarnos un rato.
—¿En la hierba? ¿Con qué propósito? ¿Es que acaso somos unos hippies?
John podía notar cada matiz de disgusto y cinismo en el tono de Sherlock. Suspiró y puso los ojos en blanco, soltando su mano.
—Es lo que hacen las parejas.
Agradeció mentalmente que no pudiese ver su sonrisa burlona por la sombra que le brindaba su posición. En cambio él podía apreciar perfectamente el rostro contrariado de Sherlock, la batalla mental que estaba sucediéndose en ese momento. Finalmente relajó la expresión y chasqueó la lengua, haciendo ademán de agacharse. John le ayudó a sentarse.
—Odio los protocolos de pareja, ¿sabes?
—Tú odias casi todo, así que no estoy realmente sorprendido.
Tras un resoplido de disconformidad se tumbaron en la hierba del parque, con las cabezas juntas pero los cuerpos separados. John volvió a buscar la mano de Sherlock y se la cogió. Al menos en eso no difería el moreno. Se quedaron así unos minutos, simplemente acompasando sus respiraciones y mirando el gran manto lechoso que les envolvía en el firmamento. Tras pensárselo bien, John cogió aire y asentió la cabeza para sí mismo, apretando los labios.
—Si vamos a ser una pareja, quiero dejar claras unas condiciones.
John no lo supo, pero en ese momento el corazón de Sherlock latió de tal forma que parecía querer salirse de la caja toráxica. Sin embargo, se mantuvo sereno, ladeando la cabeza hacia donde estaba el doctor.
—Te escucho.
—Bien.—se relamió los labios.—Quiero que a partir de este momento no me trates como alguien al que se suponga que debas proteger, sino como a un igual, ¿vale?
Sherlock pareció meditarlo unos segundos, y como le costaba responder, John añadió:
—He estado en la guerra, Sherlock. No soy un niño, seguramente habré visto más muertes que tú.
El moreno suspiró, cansado, y posó una mano en su regazo, mirando las estrellas de nuevo.
—Está bien. Procede.
—Vale. A partir de ahora me informarás de todos los casos que Lestrade y Mycroft te encomienden.
—Eso puedo hacerlo.
—Bien. Y por último... Por favor, mantén tus extremidades y órganos para realizar experimentos lejos de la comida. Ya te lo he dicho más veces antes, pero a lo mejor ahora me haces caso.
Sherlock frunció el ceño, confuso.
—¿Eso es todo?
—Claro, ¿qué te esperabas?—preguntó John, extrañado. El detective se encogió de hombros sintiendo un pinchazo en la espalda, aún no se había recuperado del todo. A decir verdad, se esperaba una lista en la que John instauraba una serie de reglas para ser el novio perfecto, o alguna cosa de esas. Pensaba que se iba a quejar de su frialdad, o de su falta absoluta de apetito sexual, o cualquier otra cosa que no fueran sus experimentos -que, a decir verdad, tampoco pensaba mover de sitio-. Sherlock apoyó la mano libre en la hierba y empezó a arrancar briznas, distraído.
—Está bien, me toca.
John se revolvió en su lado para mirarle mejor, pero Sherlock seguía contemplando las constelaciones.
—Tú ya has estado enamorado antes, y obviamente conoces mejor las relaciones sentimentales que yo.
John asintió con la cabeza.
—Quiero que me ayudes a entenderlo. No como una imposición, eres libre de marcharte cuando quieras. Pero no quiero que, simplemente, te quedes quieto esperando a que yo empiece algo, porque eso no va a suceder. Yo no sé cómo funciona esto. No quiero que te obligues a no pedirme cosas por «cortesía». Yo lo intentaré si tú lo intentas.
Las mejillas de John se encendieron. ¿Acaso Sherlock le estaba hablando sobre sexo? Notó la garganta seca. No quería aventurarse demasiado pronto.
—¿Te refieres a...?
—Costumbres entre parejas, sí. Y quiero que dejes de hablar con Sophie.
Aquella última frase le golpeó a John como si de una bofetada se tratase. Inclinó la cabeza hacia atrás, arqueando una ceja.
—¿Sophie? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto ahora?
Sherlock hizo como que se miraba la mano libre, impidiéndole ver su expresión, así que John no pudo identificar su tono exactamente cuando habló:
—Ella es una mujer, John.
John dejó caer su cabeza en la hierba y chasqueó la lengua.
—Una de las deducciones más brillantes de Sherlock Holmes.
—Quiero decir que yo no puedo competir con ella en cuestión de comodidad y necesidad sexual.
John clavó la vista en la nuca de Sherlock, sorprendido.
—¿Otra vez esta conversación? Joder, eres demasiado testarudo.—suspiró, negando con la cabeza.—En todo caso será ella la que no pueda competir contigo. Soy heterosexual y, ya ves, he acabado enamorándome del hombre más excéntrico de toda Gran Bretaña. Créeme, nadie va a superar tan fácilmente lo que siento por ti.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo al detective, deteniéndose en la yema de los dedos y provocándole un cosquilleo agradable. Giró la cabeza hacia él y se quedó mirando a lo poco que se le podía ver de sus ojos brillantes a causa de la luna. Se mordió el labio inferior por dentro y carraspeó.
—Ven.
—¿Cómo dices?
—Que vengas. No puedo inclinarme hacia ti por las costillas y te quiero dar un beso. Vamos.
John se sorprendió por aquella frase y rió entre dientes, apoyándose sobre un codo y acercando su rostro al de Sherlock. Posó sus labios y dejó que Sherlock le contestase con una ligera presión, colocando una mano en su nuca. Notó cómo le mordía con los labios y aumentaba la intensidad. Una especie de ronroneo salió de él cuando sintió su lengua peleándose con la suya, lento, suave, pero profundo. Escuchaba el sonido húmedo que hacían sus bocas al abrirse y constató que, por mucho, era el mejor beso que había recibido en mucho tiempo. Ni siquiera se había dado cuenta de que había pegado su cuerpo con el de Sherlock, demandando cercanía. Sherlock le hizo separarse para pasar la lengua por sus labios, haciendo una pequeña succión en el inferior. Notó un hormigueo en la parte baja del ombligo cuando Sherlock jadeó y formaba una hilera de besos con los labios mojados de su propia saliva de la barbilla hasta el cuello, besándolo como si se tratase de su boca y dejando estelas de su roce, provocándole un estremecimiento cuando Sherlock sopló levemente para después lamer y morder, tirando con lentitud de la piel. John contuvo un gemido mordiéndose con fuerza la lengua. Sentía sus pantalones estrechos y sus manos le temblaban. No creía poder aguantar mucho tiempo esa situación. No en el parque con Sherlock debajo de él y con nueve meses de abstinencia, mientras Sherlock se empeñaba en dar pequeños besos deslizándose hasta su oreja. Cuando acarició su pelo mientras lamía el lóbulo, sintiendo su aliento, decidió que aquel era su límite.
—S-se nos ha hecho tarde... Será mejor que nos vayamos a casa antes de que... nos echen.
John intentó recuperar el aliento mientras Sherlock volvía a apoyar la cabeza en la hierba y le escrutaba con una mirada inocente e impasible. John podía constatar que Sherlock ni siquiera se había percatado del efecto que había producido en él. Por el amor de Dios, el muy bastardo ni siquiera se había puesto duro. No lucía para nada excitado.
—Como quieras, yo no estoy cansado.
—Sí, vale.—contestó John sin hacerle mucho caso mientras se separaba de él, sentándose a su lado con las manos apoyadas en la hierba y su miembro palpitando a través de la ropa. Necesitaba calmarse. Sherlock intentó incorporarse.
—¿Estás bien?
—Sí, lo estoy.—cogió aire, intentando normalizar su pulsación, y se giró hacia Sherlock.—No hagas esfuerzos, yo te ayudo.
John se levantó de la hierba y cogió a Sherlock por debajo de los hombros, ayudando a levantarlo con la espalda arqueada y haciendo que se agarrase a su brazo, caminando por el parque. Sherlock no dejaba de mirarlo.
—¿Seguro que estás bien? No tienes buena cara.
—Tú eres el genio, haz una conjetura.—replicó fastidiado el rubio avergonzado, sin mirarle a la cara. Sherlock no insistió y siguió caminando, intrigado.
Aún no podía decir que tuviera muy clara la respuesta.
