Fuck my life, mucho, en serio. Son las tres menos veinte de la mañana, acabo de terminar el capítulo y estoy agotada. Lo siento muchísimo, no pude hacerlo antes, me siento un poco... extraña.

Tengo que comunicar otra cosa, y es que el miércoles seguramente tampoco cuelgue. Aún no lo sé, pero el jueves tengo otro examen. Perdonaaad. De todos modos, quiero avisaros de que estoy trabajando en el Teen!lock que os dije y que creo que os gustará. Será larguito y sentido, mejor escrito y con más calma que este, y en un ámbito en el que me muevo más. Solo que tendréis que esperar para que vea la luz, ya que quiero sacar buenas notas y quiero tener al menos la mitad escrito antes de colgarlo. Cuando escribo sin estar bajo presión lo hago mejor. Creo...

Cancióncita rica: /watch?v=I_yOubI0BWQ (A decir verdad, no creo que le haya hecho mucha justicia a la letra) (Este capítulo sí que no lo he corregido, ya lo haré mañana. Para las que lo lean antes... ¡Perdonen los gazapos!)

De nuevo, perdonad por no contestar a vuestros reviewso. ¡Es que sois geniales y me gustaría dejaros algunas cosas claras y apachurraros peludamente! Aunque por ahora me limitaré a decir, LiaCollins, que espero que una pregunta que me hiciste se te responda más o menos con algún detalle del capítulo.

¡Muchas gracias a todas por animarme y lo siento si alguna vez esta historia no ha dado más de sí para lo que tuvierais en mente!

Sí, eso es del Profesor Layton (para las que se anticipen al comentario.)

(Ya solo quedan cinco capítulos. ¿A que no sabéis que se avecina después de este? Jerl.)

Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.


15

Don't let me down


No me decepciones, no me defraudes, no me falles.


Una lluvia torrencial caía en Londres. El aire era sofocante y el ambiente estaba muy cargado, pues estaban a mediados de junio. Sherlock observaba la oscura y apacible calle desde la ventana, cogiendo al vuelo una pequeña pelota roja repetidas veces, aburrido.
Por el sonido de las tuberías silenciándose, John debería haberse terminado de duchar. Ni siquiera se giró cuando la puerta del cuarto de baño se abrió. John suspiró y se acercó a él, escuchando el sonido de fricción que hacía la toalla en su pelo.

—¿Nada nuevo aún?

—Nada.—contestó con amargura, cogiendo la pelota con más fuerza de la necesaria, casi reventándola.—Han pasado tres días desde la última llamada, debería haber algún caso. No se puede calmar una ciudad entera tanto tiempo.

—Relájate, Sherlock, solo son tres días. Tómatelo como unas vacaciones.

John se sentó en el sillón, colocándose el albornoz, y cogió el mando a distancia para encender la televisión. Sherlock chasqueó dos veces los dedos en dirección a John y por primera vez lo miró, frunciendo el ceño.

—El blog, John. Compruébalo.

—¡Hemos mirado hace una hora! Por el amor de Dios, no te obsesiones.

Sherlock gruñió en señal de desaprobación, arrojando la pelota al otro lado del salón, provocando que John se agachase aún sentado para que no le diese el rebote. El rubio chasqueó la lengua, fastidiado, y miró al moreno con los labios apretados, disconforme. En ese mismo momento, el teléfono de Sherlock vibró. Este dio un bote del entusiasmo, John simplemente bufó, aliviado.

—Es Lestrade.—informó Sherlock con voz enérgica. John asintió con la cabeza mirando el televisor y él abrió el mensaje. Solo dos simples palabras. Sherlock frunció el ceño.

Le tenemos.

Cemento en la garganta, cosquilleo abrasador subiéndole por el esófago. Cogió aire profunda y lentamente a través de los labios entreabiertos, sus ojos no habían cambiado de expresión. Cometió el error de lanzarle una mirada de soslayo a John, el cual le estaba observando concentrado en ese momento, levantándose del sillón.

—¿Qué pasa, Sherlock? ¿Qué te ha dicho?

No quería decírselo. Se lo había prometido, pero no podía. John iba a querer ir con él, y había dos razones de peso para que no quisiera que eso sucediese. La primera, que la situación no debía ser subestimada y por lo tanto John no debería decidir tan a la ligera su participación ante su propia seguridad. La segunda, que no quería que John viese cómo le arrancaba la piel a tiras hasta destrozar a aquel miserable hombre.

John tragó saliva, y Sherlock supo que había leído la respuesta en sus ojos mucho antes de que pudiera decir cualquier cosa.

—Moriarty.


Los pulmones le abrasaban, le dolía respirar. Estaba siendo una carrera, pero por alguna razón pensaba que era unilateral; perseguía a alguien que ni siquiera estaba corriendo. Aún así, el flequillo rizado se le pegaba a la frente por el sudor y la cara entera le quemaba. El banco, incendiado. El museo, destruído. Solo faltaba el último punto clave, la cárcel. Pero Moriarty no iba a hacer explotar la cárcel, no. Mucho peor. Iba a soltar a cada uno de los presos que hubiese en su interior, Sherlock tenía bien claro aquello.

El pabellón en el que Moriarty acorraló por primera vez a Sherlock no era más que el sitio en el que escondían las bombas. Los barriles no estaban rellenos de gasolina, sino de nitroglicerina casera y pólvora pura. Y, bajo el suelo, las pruebas. Si alguien quería indagar en ese pabellón en busca de algo y hacía un movimiento brusco, el sitio entero ardería con él dentro y cualquier indicio de acusación. Echarían las culpas a alguna chispa del cigarrillo que el hombre se estuviese fumando según los informes adulterados.

Simple pero efectivo.

Sherlock sacó la pistola de su chaqueta y miró hacia todos los lados, no buscando a Moriarty, sino a John. El escuadrón de la policía estaba esperando fuera de la prisión por si se efectuaba alguna salida en masa. Lestrade le avisaría con lo que fuera. Dos policías, John y él entraron en el edificio. Sabían que Moriarty continuaba dentro, y seguramente Moran con él. Se habían separado hacia cinco minutos.

Moriarty estaba atrapado. Tan solo era cuestión de esperar.

Se metió en la sala de mantenimiento, examinando el entorno. Sherlock observó una cámara de seguridad que rotaba siguiéndole. Arqueó una ceja. ¿Alguien estaba vigilando sus pasos? ¿Sebastian Moran, quizá? ¿Cualquier otro esbirro? ¿O quizá simplemente era un circuito automático?

Un, dos, tres, nadie me para los pies.

Sherlock se tensó de inmediato al oír esa cantinela saliendo de una voz melosa y en eco. Los pasos se acercaron. Sherlock miró de reojo la cámara. No cabía duda, alguien estaba vigilando. Seguramente pasándole información a Moriarty mientras tanto. ¿Teléfono móvil? ¿Pinganillo?

Dos, tres, cuatro, ¿quieres pasar un buen rato?

No, el móvil sería muy aparatoso. Mejor un pequeño auricular conectado a su oreja. Sí, eso era.

Tenía que desconectar esa cámara, fuese como fuese.

Cuatro, cinco, seis, nunca me atraparéis.

Sherlock giró sobre sus talones, dibujando una mirada neutra. Su ceño fruncido, la pistola apuntando directamente hacia el hombre con traje y las manos en los bolsillos, sonriendo.

—Hola, Sherly. ¿Te lo estás pasando bien?

Sherlock alzó la barbilla, altanero, con la mirada envenenada. Cargó la pistola.

—Tanto como tú te lo vas a pasar pudriéndote en este mismo lugar durante unos treinta años más o menos. Eso si no te mato yo antes.

Moriarty formó una «o» con los labios y abrió mucho los ojos, riendo como si simplemente hubiese escuchado un jugoso cotilleo. Se acercó unos pasos más, Sherlock anduvo hacia atrás. Esa escena le resultaba amargamente familiar.

—Qué grosero, Sherlock. Me gustabas más cuando eras nuestra adorable mascotita. Tan sumiso y dispuesto a recibir unos buenos nudillos en tu cara... Oh, cariño, te va a encantar esta vez. Seb te ha comprado un collarcito, se aprieta si tiras de él. Están hechos para disciplinar a chicos malos como tú.

Un escalofrío de rabia le sacudió la espalda, haciéndole gruñir. La cámara zumbaba siguiéndoles el rastro. No pensaba que hubiera ningún punto muerto en ese pequeño habitáculo. Necesitaba pensar... pero antes, debía distraer a Moriarty.

—¿Qué te hace pensar que esta vez será igual? Estáis acorralados, esta vez no vengo solo.

Sonrió, victorioso. Moriarty inclinó la cabeza hacia atrás y rió con júbilo. ¿Por qué salir en su búsqueda ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por que había esperado a que entrase en esa sala?

—¿Y qué te hace pensar a ti que no saldré de la cárcel en menos de una semana, querido? A veces eres tan simple...

Quizá no había esperado hasta que entró allí, simplemente salió porque no le convenía que llegara a esa sala. Había algo que no querían que tocase y lo querían zanjar cuanto antes.

—Todos sois pequeñas marionetitas, y cuando termine con vosotros... Os romperé en pedazos y quemaré vuestras astillas.

Moriarty sonrió.

El suministro de luz.

—Créeme que lo haré.

Aquella vez le tocó sonreír a Sherlock.

—Y yo no dudo de tu palabra.

Cambió el rumbo de la pistola hacia su derecha, bajo la mirada levemente extrañada de Moriarty.

Antes de disparar, vio a John a través del hombro del psicópata. Le miraba con asombro. Estaba aún en el pasillo, llevaba algo en la mano que no pudo vislumbrar. Sherlock compuso un gesto alarmado.

No, ahora no, John.

Moriarty observó la mirada de Sherlock, pero no miró hacia atrás. Sus ojos se ladearon hacia la izquierda. Recreando sonidos. Moran le estaba indicando por el auricular dónde estaba John.

Por favor, John, no te acerques, no lo estropees, no me falles.

Protégete.

Ahora no.

Sherlock miró el suministro, bajó el arma y disparó hacia los cables. Un chispazo, un pequeño estallido. Y todo se quedó en negro.

—¡HAZLO, AHORA!

La voz enérgica y potente de Moriarty dando una orden al cielo. La voz de John llamándole. Una explosión encima de él, el torso vibrando, sus piernas cediendo. Humo. Notó un cuerpo encima de él y cómo pedazos del techo caían a su lado, pero no le daban. El cuerpo encima de él tosía. Más humo. Él tosió más.

—¿John?

Sherlock extendió la mano, preocupado, y tocó algo metálico encima de su cabeza. Lo que John llevaba en la mano, una cacerola, recientemente abollada por los golpes del techo desprendiéndose. John se dejó caer encima de él un segundo, recobrando fuerzas. Sherlock le sacudió, consternado.

—¿John? ¡John! ¿Estás bien?

—Tranquilo, estoy bien...

No podía verlo, estaba todo muy oscuro. Solo retazos de luz que provenían del piso superior. Vio cómo John se quitaba escombros de encima y se sacaba una bandeja de acero de su espalda, igualmente abollada. Se había cubierto el torso y la espalda con utensilios del comedor de la cárcel. Sherlock sonrió. Estúpido simplón...

Notaba el cuerpo ligeramente dolorido, las piernas cansadas y sus pulmones llenos de aire condensado. ¿Qué había sido eso? ¿Una bomba? Una pequeña explosión de emergencia, seguramente. Había estropeado el suministro de luz, ¿también había abiertos las jaulas de los presos? No, seguramente tenían medidas de seguridad más fuertes para ello. Otro tipo de regulador, quizá. John le examinaba en busca de alguna herida, cuando tenía que haber sido él el afectado. Podrían no haber sido las bandejas y la cacerola suficiente. Podría haberse partido la cabeza en dos, o la columna haberse hecho papilla. Se había arriesgado por él.

Sherlock sonrió. No le había defraudado.

—Tenemos que buscar a Moriarty.—dijo rápidamente John, poniéndose de pie. Sherlock salió de su ensimismamiento. Claro, Moriarty. No podía permitirse distraerse con John en esos momentos, tenían que terminar de buscarlo. Había fuego en la parte superior, no había llegado hasta allí pero no tardaría. Escupió ante el humo que aún le seguía llegando. La explosión no había sido suficiente para llegar a causar un gran impacto en aquella planta, estaba seguro de que no tenían previsto una intrusión allí. Se puso de pie, se frotó las piernas y avanzó.

Buscaron sus pistolas y las colocaron en posición de defensa, avanzando paso a paso. John se agarró a la espalda del abrigo de Sherlock para guiarse. Este intentó ocultar su nariz debajo de la camisa para no respirar demasiado el aire.

—John, cúbrete la nariz con tu suéter o lo que sea.

Caminaron a paso lento, pasando los escombros. De repente, Sherlock pisó algo imprevisto, no parecía que tuviese la textura de un escombro. Trastabilló y se obligó a detenerse.

—Sherlock, ¿qué...?

—Tu móvil, John. Ilumina esta parte del suelo.

John contestó con un pequeño murmullo y con un movimiento algo torpe sacó el móvil de su bolsillo, encendiendo la pantalla. Acercó el móvil hacia donde Sherlock le indicó, buscando nerviosamente. Se sorprendieron al ver una mano atrapada bajo un gran bloque que parecía haber caído de forma más uniforme en aquella parte. Sherlock miró a John y este le devolvió la mirada, los dos igualmente confusos. Sherlock fue el primero que decidió empujar un trozo, titubeando. El rostro ensangrentado de Moriarty con los ojos abiertos le observó con calma y sin brillo en la mirada. Tragó saliva, asimilándolo.

Hubo un silencio de unos minutos. Sherlock, decepcionado, furioso, insatisfecho. John, intentando descifrar su rostro. Tensó los hombros y suspiró.

—Supongo que era mejor así.

—¿A qué te refieres, John?

Sherlock frunció el ceño y observó lo poco que podía contemplar del rostro del rubio a través de la luz débil del móvil, sonriendo de forma débil, realmente sin muchas ganas.

—Él se merece terminar así. Sin gloria, sin un final caótico ni memorable. Estoy seguro de que esto para él sería mucho peor que simplemente perder. Ha muerto de la mejor forma que le correspondía, Sherlock. No va a trascender a ningún historial de asesinos famosos, no va a ser coronado como el criminal más peligroso. Ha muerto lo más mundanamente posible.

La rabia de Sherlock se disipó. Sí, eso era, la muerte más patética y sucia de todas. Sin honores, ni prensa, ni grandiosidad. Un techo le cayó encima y él no fue capaz de esquivarlo, sonaba incluso a chiste. De pronto, no le pareció que no hubiese cumplido su venganza, todo había salido mejor de lo que esperaba. Todo gracias a John, porque él hubiera terminado igual sin su ayuda, porque no podría haber sacado esa conclusión sin él.

Cogió aire profundamente sin importarle lo contaminado que estaba, notando su pecho estallar de una felicidad inusual y desconocida. Lo tenía claro; amaba a John Watson.

—¿Sería muy inapropiado que te besase ahora?

Sherlock no pudo apreciar bien la cara de John, pero podría asegurar que se sonrojó. Luego le miraría con burla.

—Pues la verdad es que sí. Antes deberíamos salir de aquí.

Sherlock torció los labios. Lo supuso. Cogió a John de la mano y terminaron de escapar, escuchando las sirenas de la policía fuera de la cárcel.


Moran fue arrestado diez minutos después. Tras la explosión, salió de su escondite. Estaba pinchando la señal desde el tejado, preparado para disparar a los barriles de nitroglicerina que se hallaban ocultos no muy lejos de allí para barrer la zona de los policías, mientras vigilaba en su ordenador portátil los monitores de las cámaras de seguridad. Después del corte de luz, hizo caso de la orden de Moriarty e inició una de las bombas de emergencia. Luego, no escuchó nada. Ninguna respuesta. Y su error fue comprobar que todo estuviese bien.

Sherlock le contó a Lestrade lo que había pasado bajo su asombro, y luego fueron a comprobar el cadáver cuando evacuaron la zona. Pidió que algún médico se ocupase de John bajo el avergonzado semblante del mismo. Insistía en que comprobasen que estaba bien. Él solo decía que le dolía la cabeza y la espalda un poco, pero se debía a que tampoco podía amortiguar muy bien los golpes dos bandejas y una cacerola. Sherlock discutió con él por no haberle dicho nada de eso.

Después de una hora en la escena, Lestrade les dio a ambos una manta para el shock e insistió en que bebiesen mucha agua. Se sentaron en la parte de atrás de un coche para que él y Donovan les llevasen a la comisaría a testificar, y luego a casa. Las pruebas, la muerte accidental de Jim Moriarty y el juicio de Sebastian Moran. Sería una temporada ajetreada hasta que pudiesen zanjar bien todo el asunto.

Mientras conducía, Lestrade les hablaba entre bufidos.

—Estoy muy contento de que todo esto haya acabado, lástima que no hayamos podido cogerlos a tiempo para lo del banco y el museo. Tendremos que hacer un informe de daños. Nos llevará tiempo, pero conseguiremos que Sebastian Moran confiese todo. Una lástima. Lo de Jim Moriarty, digo...

Donovan frunció el ceño, extrañada.

—Ese hombre se merecía eso y más, Lestrade. Él mismo se lo buscó, jugando así con las vidas de la gente.

—Sí, bueno, pero una muerte es una muerte, además...—bajó el volumen de su voz, como si aquello no le gustase admitirlo.—Me hubiese gustado haberle hecho sufrir un poquito más...

Donovan abrió los ojos, sorprendida, y se rió cruzando los brazos.

—Eso ya te pega un poquito más, Lestrade.

El canoso sonrió y miró a través del espejo retrovisor, parpadeando.

—Os veo muy callados. Vosotros estáis bien, ¿no?

Sherlock miró a John, que se resistía para no devolverle la mirada. Estaba seguro de que si lo hacía querría comerle a besos en ese mismo momento. El moreno sonrió y deslizó una mano disimulada por debajo de las mantas hasta entrelazar sus dedos índice y corazón entre el anular y el meñique de John. Notó cómo este se ruborizó y se tensó por el roce. Acentuó la sonrisa.

—Perfectamente, Lestrade.—contestó por los dos, sin quitarle la vista de encima a John.—Mejor que nunca.