Madre mía pero qué trampa más acojonante he hecho en este capítulo. Y es que la canción no tiene nada que ver con el contenido, pero es que se me hacía imposible. IMPOSIBLE. De todos modos, ahí la dejo: /watch?v=Tjq9LmSO1eI.
Lo que sea, me alegro de que al menos a partir de mañana por la tarde tendré un pequeño receso para leer y escribir comentar y responder y chupinadas varias. Qué ganas tengo de concluir el reto. Soy feliz escribiéndolo, pero más feliz seré cuando esté terminado antes de que le coja tirria.
¡Muchas gracias a todas y recordad ser felices!
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
16
Across the universe
Nada cambiará mi mundo.
Alzó la barbilla con una mueca de desagrado en sus labios torcidos. No le había ofrecido ni un té, ni un café, ni una bebida. Incluso casi tuvo que sacar del salón a la señora Hudson a rastras, que a pesar de reiterar hasta la saciedad «no soy vuestra criada», se empeñaba en invitar a Mycroft a unas pastas caseras. Sherlock quería terminar aquello rápido, se negaba a que aquello fuese una visita casual. Si su hermano había ido hasta el 221B de Baker Street para sentarse frente a él y mirarlo con una sonrisa apretada justo en el horario de trabajo de John, podía dar por seguro que no había sido una simple coincidencia.
Sherlock juntó sus manos y apoyó la barbilla encima de los dos pulgares, mirándolo con sospecha y una ceja arqueada.
—Dime, hermano, ¿qué te trae por aquí? ¿Te pillaba el Primrose Bakery de paso?
Pudo notar la molestia del comentario en el pequeño e imperceptible tic nervioso que surgió en su ojo derecho, acentuando su sonrisa y cabeceando, sosteniendo mejor el mango del paraguas.
—¿A qué viene tanta hostilidad? Solo venía para ver qué tal están las cosas. Por lo que tengo entendido tu humor debería ser menos agrio a partir de ahora.
Golpeó las yemas de sus dedos contra las contrarias rítmicamente, el comentario no le había pasado inadvertido. Podría ser cualquier cosa, se dijo, pero teniendo en cuenta que estaba hablando con Mycroft seguramente se refería a lo que él pensaba. Entrecerró los ojos, ladeando la cabeza.
—Está bien, suéltalo de una vez, estoy seguro de que los cinco kilos de más que te estoy viendo ahora mismo es de estar aguantándote el comentario mordaz de la semana.
Mycroft desvaneció su sonrisa, claramente ofendido y cansado de la broma. Se conocía el patrón de su hermano, cuando creía encontrarse en una situación en la que debía ponerse a la defensiva sus insultos sobre el peso y la dieta se triplicaban. Carraspeó y cogió el mango del paraguas con las dos manos, luciendo como una esfinge.
—Te perdonaré el sarcasmo porque ahora es mi turno para contraatacar, hermanito.
Sonrió de lado y un escalofrío se instaló en la espina dorsal de Sherlock, vaticinando lo que venía a continuación.
—Dicen las malas lenguas que estás manteniendo una relación con John Watson y no es meramente platónica. Quería venir y confirmarlo por fuentes primarias.
—Si con «malas lenguas» te refieres a vigilancia sobre mi persona las veinticuatro horas y los siete días de la semana entonces sí, es probable que algo hayas captado, pero no con una interpretación correcta.
—Cielos, Sherlock.—Mycroft sonrió con tono condescendiente. Parecía estar disfrutando muchísimo con esa situación.—Si mantenéis una cercanía de lo más sospechosa en una calle abierta de Londres no es vigilancia, sino una incitación a la verdad a gritos.
Sherlock obligó a su propio organismo a no ruborizarse. Sabía que no había sido buena idea, se lo había repetido hasta la saciedad a John cuando al salir de cenar de un restaurante después de una misión le había agarrado de las solapas del abrigo para besarle. De todos modos no había sido para tanto, se convenció a sí mismo. Fue un simple beso en una calle casi solitaria a las diez de la noche. No le cabía duda de que Mycroft había puesto a gente siguiéndole los pasos para estar enterado de su vida. O eso o su hermano tenía un fetiche vouyeur que desconocía completamente.
—Irrelevante. Yo no me fiaría de la pobre gente a la que pones a hacer ese tipo de trabajos inútiles. Me imagino que con esto deben estar en el punto álgido de sus carreras.
Mycroft acentuó la sonrisa. Sherlock notó cómo una corriente abrasadora le subía por la garganta. Mataba por hacer desaparecer la socarronería en su hermano, no lo soportaba.
—Ahora incluso te atreves a hacer bromas. Enternecedor. Hay que ver lo que le cambia a uno el amor.
Un tic nervioso se instaló en la ceja izquierda de Sherlock, levantando una comisura. Amor. Qué término más manido y vulgar para definir lo que John y él compartían.
—¿Has venido solo para burlarte sobre un cotilleo que has escuchado recientemente de a saber quién? Pensaba que éramos hombres hechos y derechos y no adolescentes de quince años. Estás perdiendo facultades, hermano.
—Oh, vamos, Sherlock, ¿qué te cuesta admitir que estás saliendo con Watson?
Sherlock arrugó la nariz. En su mente, Mycroft estaba muriendo repetidas veces con gran alevosía.
—¿Cambiaría algo que te lo confirmara?
—Entonces es verdad que estáis juntos... ¡Qué sorpresa!—Mycroft alzó las cejas y Sherlock rodó los ojos, mirando hacia otro lado con un bufido.—Ya decía yo que, dentro de lo posible, te notaba más calmado. Y dime, ¿qué más cosas de ti ha sido capaz de enderezar tu fiel John Watson?
Sherlock miró extrañado a su hermano, el cual mantenía tal mueca pícara que estaba seguro de haber recibido alguna especie de indirecta subida de tono. ¿Enderezar? ¿Como si fuera un mastil? ¿A qué demonios se refería, hablaba de sus genitales? Sherlock no pudo evitar reírse, desviando la vista con sorna.
—Así que de verdad necesitas esos detalles, creo que haré hincapié en mi deducción sobre ser vouyeur.
—Eso es un no. Por qué no me extraña tampoco.
Mycroft se apoyó en el respaldo del silón, claramente satisfecho y disfrutando de una especie de chiste privado. Sherlock entrecerró los ojos y apretó la mandíbula, receloso.
—¿Y qué hay con eso?
—Pues que, a pesar de todo, sigues siendo el mismo ser frígido de siempre. Me pregunto cómo podrá subsistir con ello tu pareja. ¿Te has fijado en si sus duchas son más largas que de costumbre?
Sherlock apretó los labios, fastidiado. Juntó sus manos de nuevo, pero con tanta fuerza que las yemas se le quedaron blancas.
—Siento estropear tus sórdidas imágenes mentales, pero el hecho de que John y yo hayamos formalizado una relación no significa que haya roto mi compromiso con el trabajo. Nada va a cambiar mi mundo, sea la persona que sea.
—Pues debería.—chasqueó con la lengua.—Te sorprenderías de lo rápido que puede cansarse la gente de las personas que no corresponden sus gestos de la misma manera. O bueno, quizá sí que lo sepas, estarás acostumbrado a ello...
Sherlock cambió su postura, colocando un puño rozando su barbilla y la mano relajada -o eso pretendía hacer ver- encima del reposabrazos, alzando más la cabeza.
—Mycroft, si tu gran preocupación es la de si tengo libido o no... Sí, la tengo, pero no por las mismas razones que otra gente, ni con la misma intensidad. Simplemente no necesito estar revolcándome como un animal cada dos por tres para satisfacer mis necesidades. Puedo controlarme perfectamente, algo que mucha gente envidiaría y agradecería.
—Sí, pero dudo que John lo haga. Y no por su deseo sexual, no todo el mundo utiliza el sexo como pretexto para calmar sus más primitivos instintos. Aunque sea lo más normal, vaya.
Sherlock arrugó la nariz, confuso.
—¿Entonces para qué demonios se supone que lo usan? ¿Qué me estás intentando decir?
Mycroft abrió mucho los ojos y lanzó una carcajada que a Sherlock le arrancó un rubor, sintiéndose idiota. Mycroft se alisó la corbata bajo el traje.
—Oh, no, no, no te equivoques, Sherlock, no pienso ni por un segundo en darte la charla, ya es un poco tarde para eso. Y, vaya, parece que alguien ha vuelto a casa.
La puerta principal no había sonado, pero por la deducción de Mycroft supuso que no tardaría menos de diez segundos en escuchar las llaves tintinear en la cerradura. El pelirrojo se puso de pie con un suspiro y se acomodó el traje justo en el momento en el que la puerta se abrió.
—Será mejor que vuelva ya a casa, no querría interrumpir nada... aunque, por lo que sé, tampoco creo mucho que lo hiciese.
Le dedicó una última sonrisa divertida a su hermano pequeño, el cual ardía de rabia en esos momentos mientras también se ponía de pie, y Mycroft salió del piso, cruzándose con John, que le observaba incrédulo.
—Oh... ¿qué haces tú aquí?
—Encantado de verte también. Ya sabes, asuntos del gobierno que Sherlock rechaza porque es un caprichoso. Nada nuevo en realidad.
—Ah.—John no insistió, sabedor de que en realidad era una premisa bastante factible, y se encogió de hombros, con la cabeza ladeada para mirarle.—Ya nos veremos, entonces.
—Ten por seguro que sí. Y que no se te olvide cuidar bien de mi hermano, John.
John no distinguió el tono provocativo de Mycroft mientras cerraba la puerta tras él, pero aún así frunció el ceño, pensativo. Sherlock seguía todavía mirando al horizonte, derrotado, confuso y enojado. John se acercó a él, quitándose el abrigo.
—¿Por qué le has dicho que no, Sherlock? Sabes que no tienes ningún caso, eso evitaría tener que ahorrarme la fianza de la señora Hudson respecto a las paredes.
Sherlock seguió sin contestarle, sumido en sus pensamientos. Solo se dignó a mirarle cuando John se acercó lo suficiente para llamarle la atención, a medio metro de él.
—Sherlock, ¿me estás escuchando?
Hizo un reconocimiento rápido. Pupilas dilatadas debido a la dopamina estimulada por el sistema nervioso. Nada fuera de lo común. Leve e imperceptible pero visible levantamiento de comisuras. Sus pies apuntaban conscientemente en paralelo hacia él. Parpadeo gradualmente intensificado promovido por pensamientos referentes a la persona que estaba mirando. Aclaró su garganta, sus pensamientos no debían ser sabidos por dicha persona. Si apartaba la mirada, estaría en lo cierto.
Leve desvío a su brazo izquierdo, haciendo como que encontraba una pelusa que debía retirar. Sí, no se había equivocado.
—John.
El rubio alzó la mirada, arqueando las cejas en señal de pregunta. Sherlock le cogió por la muñeca y tiró de él, haciendo que caminase con brío para subir las escaleras. John trastabilló, sorprendido.
—¿Pero qué demonios haces?
Sherlock ni siquiera miró hacia atrás, aligerando el paso.
—Demostrar que mi hermano está equivocado.
