Nótese lo mucho que me ha costado escribir este capítulo, lo mucho que se sale de mi actual estilo y el "sutil" cambio de rating. Cejas cejas guiño guiño codazo codazo.
Ya el reto no es el de escribir un capítulo al día, sino el conseguir terminar la historia sin cogerle inquina. Sigh. Os valoro más el esfuerzo que estáis haciendo vosotras por seguirla que yo para escribirla. Jerl. Espero que no matéis mucho por esto luego. Muchas gracias a todas, sois un bocadillo de Nutella con Lacasitos y flores del desierto.
Aquí tenéis la canción. De nuevo haciendo un poco de trampa, pero a mi manera. Yo me entiendo: /watch?v=j6dy_XZrx-4.
Notas: Yo basándome en el headcanon de Deadloss para el colegio de Sherlock. Espero que no te importe, comida, es que me pareció apropiado. ¿Lo aceptamos como canon? ¿Chi? Vale.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
17
A day in the life
Y aunque la noticia era bastante triste, bueno, yo me tuve que reír.
A cada peldaño que subía, John se hallaba más confuso. No era un genio de la deducción, pero se le presentaban cinco conjeturas para la situación en ese momento, cada cual más disparatada que la anterior, y lo que más deseaba y esperaba era la que pensaba que era más improbable. Sherlock abrió la puerta con ímpetu y tiró de John hacia el interior haciéndole trastabillar, boqueando con perplejidad mientras el detective cerraba la puerta tras de sí, clavando sus ojos como dos alfileres hirviendo en el rubio, el cual se estremeció cuando hizo ademán de acercarse a él.
—Sherlock, ¿qué demonios te pasa? Estás rarísimo.—se corrigió alzando las cejas y rodando los ojos.—Bueno, más que de costumbre.
John vio cómo frunció el ceño, deteniéndose con un movimiento que hizo mecerle los hombros. Bufó por la nariz y volvió a cogerle por las muñecas, girándole con él.
—Cállate de una vez, John. Así es imposible concentrarse.
El rubio sacudió la cabeza cuando se encontró con la espalda pegada a la puerta y a Sherlock moviendo una mano hasta su cadera y la otra retirándole el flequillo que necesitaba un nuevo corte de la frente. John boqueó, patidifuso y ruborizado, claramente sorprendido por aquel giro de los acontecimientos. John no era un hombre sumiso ni manso, pero Sherlock era capaz de evocar esas partes que no conocía de él mismo. El detective cerró los ojos y ladeó la cara, acercándose a la de John, y este le imitó, anticipándose al movimiento. En cambio, Sherlock se detuvo solo rozándole los labios, suspirando de tal forma que golpease la piel del que definitivamente era su pareja y besándole el borde de una de las comisuras, metiendo la mano de la cadera por debajo de su jersey a rayas, acariciando su costado. Cuando iba a morderse el labio, Sherlock le besó metiendo la mano por el cuello de la prenda hasta el hombro, profundizando el beso mientras se pegaba a él, pasando sus besos desde la mejilla, pasando por el cuello y mordiendo el hombro levemente, provocándole un escalofrío. Lamió volviendo hasta la clavícula y succionó esa parte de la piel, tirando de ella. Esta vez sus dos manos se desplazaron hasta la espalda, rozando con las yemas de sus dedos las vértebras de forma ascendente.
John se desvanecía bajo los brazos de Sherlock entre suspiros, pero la mente del detective estaba lejos de ese estado de éxtasis.
El día que enseñaron educación sexual en el Paulatim UCS, Sherlock leía el periódico del día bajo la mesa. La noche anterior habían asfixiado a tres mujeres que parecían no tener nada que ver entre ellas, Sherlock pudo ver en la tipografía del redactor que sabía más de lo que mostraba en la prensa. El día de su graduación una chica tiró de él hasta llevarle al laboratorio y metió una mano bajo sus pantalones. Sherlock se rió porque leyó el suicidio de su padrastro en las prematuras arrugas de su frente. La chica se rindió con un suspiro cuando estuvo cinco minutos masturbándole sin conseguir más que un «me aburro» de sus labios. Sherlock sabía que tenía una deficiencia notoria, más concretamente en el claustrum. No le desagradaba tocar a John, de hecho sus pequeñas sacudidas acompañadas de los jadeos y gemidos ahogados le halagaban, pero su contacto se estaba convirtiendo en algo manual. Esas respuestas que arrancaba de John se daban a su gran conocimiento sobre la anatomía. El cuerpo del doctor era un mapa, su mesa de laboratorio. No estaba muy seguro de que a John le gustase ese calificativo.
Podría ser que al final Mycroft tuviese razón en su deducción.
No supo en qué momento se habían cambiado las tornas, ni en qué segundo exacto se había tumbado en la cama de John con él encima besando su cuello. Parpadeó. Desfragmentación de su memoria, esa era una de las cualidades que Sherlock había ido desarrollando a lo largo de los años. Podía saltar en el tiempo a través de bloqueos mentales sin ni siquiera darse cuenta del tiempo que había pasado. Por eso mismo a veces olvidaba que John no estaba en casa y le llamaba para que le alcanzase un libro, o perdía la noción del tiempo. No obstante, no podía dejar llevarse de nuevo por aquello. No en ese momento. No ahora.
Se quedó quieto con las manos a ambos lados de su cuerpo, mirando el techo mientras John se móvia encima de él. Besándole, rozándole con la nariz, desabotonando su camisa. Sherlock frunció los labios y expulsó lentamente por la nariz. John estaba siendo honesto con él a través de respuestas físicas, al contrario que él. Le pareció injusto.
—John.
El rubio se obligó a levantar la cabeza al escuchar el tono de Sherlock. No era de placer, ni un tono urgente, sino uno monótono y resignado, lo cual le alarmó más. Cuando clavó sus ojos en los cristalinos del detective, este seguía mirando hacia el techo.
—No siento nada.
Por un momento John pensó incluso que no se refería a ese momento. Algo en su expresión lo decía. Frunció el ceño, incorporándose de él.
—¿A qué te refieres? ¿No... te está gustando?
Sherlock parpadeó y miró a John con la misma exasperación con la que le observaba cuando no era capaz de ver algo en la escena del crimen que a él le parecía bastante obvio.
—No me desagradas, John, si es eso en lo que estás pensando. De hecho eres la única persona en el mundo al que dejaría que invadiese mi espacio más íntimo en todos los sentidos. No, no es eso.—Sherlock entrelazó los dedos encima de su regazo y volvió a mirar el techo. No se había fijado en las orejas repentinamente encendidas del doctor.—Es solo... las caricias, el contacto. No soy capaz de sentirlo. No soy capaz de ver nada más que saliva, fluidos y roces superficiales de piel. No entiendo qué es lo que me estoy perdiendo. Estoy siguiendo un patrón y ni siquiera sé por qué. Es desesperante.
John se irguió, sentándose a horcajadas en él. Pestañeó.
—Oh.
Tragó saliva y contempló el semblante pensativo del inexperto detective. Los pulgares de las manos entrelazadas daban círculos sobre sí. Quería decirle algo, reconfortarle, darle la solución a la ecuación psicológica que se le presentaba al moreno. Quería hacer algo pero aquel tema se le escapaba de las manos. Agradeció mentalmente que Sherlock se adelantase antes de poder crear un silencio aún más extenso e incómodo.
—Tampoco me malinterpretes. No es que no me guste verte retorcerte cuando te toco, o que no me sienta increíblemente bien cuando suspiras o gimes. Sé que es porque estimulo zonas erógenas de tu cuerpo, pero no entiendo la implicación emocional de ese gesto. Es complicado.
John torció los labios y posó las manos en el regazo de Sherlock, sobre la piel expuesta de los pocos botones que le había llegado a quitar. Suspiró y acarició con la yema del dedo índice desde la nuez hasta donde alcanzaba la prenda. Sherlock seguía sin inmutarse, simplemente devolviéndole la mirada como si esperase respuesta. John parpadeó, encogiéndose de hombros.
—Quizá sea porque precisamente lo estás viendo de una forma manual. Es imposible que no sientas calor si te acercan una cerilla o frío si te ponen hielo encima. Lo que pasa es que estás acostumbrado a analizar todos los movimientos desde el ámbito científico. Piensa en que... soy yo, ¿vale?
John frunció el celo dándose cuenta de que había sido algo ambiguo y Sherlock le respondió arqueando una ceja.
—¿Se supone que tengo que entender eso?
—No, imbécil. Lo que quiero decir es que te basas en lo superficial. No es lo mismo un puñetazo que una caricia. Trata de concentrarte en el toque íntimo, en la respuesta de tu cuerpo, no estés constantemente analizando la información del tacto de mis manos. Simplemente no lo pienses, ¿de acuerdo?
Aquella vez Sherlock se encogió de hombros y suspiró como si se le hiciese muy pesado, llevando el dorso de su mano hacia su frente y descansándola allí, mirando de nuevo el techo con aburrimiento.
—Intentaré hacer lo que me dices, pero no prometo nada.
—Está bien.
John cogió aire levemente ocultando su nerviosismo. Estaba experimentado en el sexo, pero solo con mujeres y ninguna de ellas tenía la cantidad de sentimientos de un jarrón. Se inclinó y posó sus labios casi sin rozar en el nacimiento del esternón, presionando y quitando los botones que quedaban de la camisa púrpura para abrirla del todo. Pasó las manos por la suave piel lechosa y besó hasta llegar al pezón izquierdo. Miró de reojo la cara de Sherlock. Había cerrado los ojos y daba la impresión de estar dormido, y casi podría jurarlo por la respiración tranquila y relajada. Suspiró sobre el pezón y lo besó, lamiendo y tirando de él. Sherlock notó un escalofrío en la espina dorsal. Sabía las áreas del cerebro que se habían activado exactamente con ese movimiento y la parte del sistema nervioso al que afectaba, pero decidió no enumerarlo. En su lugar, comenzó a pensar en John. John besando. John lamiendo. La primera vez que exclamó que una de sus deducciones había sido asombrosa. Dio un pequeño respingo cuando mordió el otro pezón, acariciando con el anular de la otra mano el ya libre y humedecido. John disparando al taxista para salvar su vida a pesar de haberle conocido apenas unas horas antes. No pudo contener un pequeño jadeo cuando John comenzó un reguero de besos húmedos hasta su ombligo. Por alguna razón el sonido aguado de los labios separándose de la piel comenzaba a excitarle. Pasó a taparse los ojos con el dorso de la mano, sintiéndose idiota. John le desabrochó el botón, satisfecho y ligeramente embotado por las pequeñas respuestas que arrancaba del novato moreno. Sherlock pensó en la primera vez que cenaron juntos mientras John le quitaba los pantalones y los zapatos, en el rubio escribiendo con entusiasmo por primera vez en su blog sobre él y una de sus resoluciones cuando le arrancó los calcetines y le acarició los pies, besándole una rodilla y la tierna piel de los muslos donde el sol no se había posado. John le mordió y tiró de ella, con una de las manos separándole las piernas y con la otra ascendiendo peligrosamente hasta su entrepierna. Sherlock suspiró. Un calambre de placer le cruzó la ingle y arqueó la espalda. ¿Cuándo había apretado las sábanas con tanta fuerza? ¿Cuánto tiempo llevaba tapando sus ojos mientras se mordía el meñique? John hizo presión con los labios en la tela de la ropa interior, consiguiendo que Sherlock se arquease aún más, y mordió con los labios, masajeando las ingles con las manos y la entrepierna a través de los bóxers. La primera vez que John se quedó en casa para hacerle compañía en vez de salir con una de sus odiosas citas, cuando rozó por primera vez sin querer su mano, la noche en la que John le mandó literalmente de una patada a dormir después de tres días despierto y más tarde descubrió que había seguido la investigación por él para que pudiera descansar. Empezó a ver la conexión entre lo físico y lo emocional, recordando todos esos detalles mientras John se explayaba en su cuerpo.
Sherlock gimió más alto de lo debido cuando John le quitó los pantalones y suspiró con ansiedad sobre el miembro casi erecto del todo del moreno. John lamió una sola vez el glande de Sherlock, el cual no se lo esperaba y se sobresaltó, ahogando un quejido. El rubio rodeó con su mano el pene, haciendo círculos con el pulgar sobre la superficie recientemente mojada, masajeándole el miembro lentamente de arriba abajo. Sherlock se obligó a morderse el labio inferior para no gemir más de la cuenta y comenzó un vaivén con las caderas al ritmo de las suaves caricias, deseoso. John sonrió para sí mismo, orgulloso de lo que había conseguido.
—¿Entonces te gusta, Sherlock?
El detective siseó una sarta de improperios que murieron en su garganta. John agachó la cabeza y envolvió la carne con su lengua, aún acariciando con una mano. Con la otra fue descendiendo desde sus testículos hasta el perineo, y luego obligó a Sherlock a alzar las caderas para poder llegar hasta su entrada, deslizando superficialmente el índice. Cuando John saltó encima de Moriarty en la piscina cubierto de explosivos para que él escapase, la primera vez que dejó que durmiese con él. Sherlock se retorció cuando John bajó y subio la caliente y húmeda boca por su pene, gimiendo sin importarle el daño que se hacía al morder el dorso de su mano. Notó cómo el rubio introdujo un dedo en él, moviéndolo en círculos, abriéndose paso hasta llegar a lo que él pudo identificar como su próstata. Jadeó y la voz se le rompió. Quería acariciar su pelo e instarle a ir más deprisa, pero los dedos de una de sus manos se habían agarrotado alrededor de la sábana y con la otra intentaba acallar sus gritos. No había abierto los ojos en todo ese tiempo. John succionó mientras introducía un segundo dedo y acariciaba sus testículos. Supo que no podría aguantar mucho más. El beso en el parque, su primer beso de verdad en aquel oscuro pabellón, John salvándole del apartamento de Moriarty.
Abrió los ojos, agachando la cabeza.
John ruborizado y excitado con sus labios envolviendo su miembro con un extasiado frenesí. Los dedos removiendo su interior sin ninguna delicadeza. Un último estremecimiento levantando más la cadera y un grito. Explosión. Clímax. Orgasmo. Notó cómo vertía su semen en la boca de John, se sintió un poco mal porque no sabía si debía haberlo avisado, pero no parecía molesto. Dejó caer su cuerpo completamente exhausto y sin energías, como si hubiese estado corriendo una maratón. John se limpió los labios con el dorso de la mano y sacó los dedos de su interior, Sherlock gruñió algo molesto. Intentó acompasar el ritmo de sus pulsaciones y su respiración. Su cuerpo entero estaba demasiado sensitivo. En su pecho se derramaba sensación de comodidad y calidez. Suponía que era lo normal, así que se alegró por ello. Aquello era incluso mejor que el orgasmo.
No había notado que John había ido al servicio a limpiarse hasta que abrió los ojos y ladeó la cara. El peso del cuerpo del rubio a su lado hizo descender el colchón, que se había desnudado para estar más cómodo en ropa interior. John le sonrió, satisfecho, y acarició su mejilla, apoyando la frente contra la suya.
—¿Qué me dice ahora el genio de los tortuosos e innecesarios deseos de consumar entre dos individuos para satisfacer sus necesidades sexuales?
Sherlock frunció el ceño por el tono de voz exagerado que había puesto para imitarle y ante su risa burlona, girándose para quedar de lado sobre un codo.
—Que me sigue pareciendo una estupidez, que el sexo es una cantidad inexorable de contacto físico inútil y que parece un baile torpe entre dos cuerpos que hacen fricción entre ellos.—el moreno sonrió antes de que John pudiera ofenderse y acercó sus bocas, respirando sobre sus labios.—Sin embargo, he de reconocer que tú has estado muy bien. No me importaría repetirlo alguna vez.
John rió entre dientes y Sherlock rompió la poca distancia que quedaba entre ellos, cerrando los ojos y besando a John mientras le abrazaba, casi meciéndose con él. El rubio suspiró por la nariz mientras se dejaba hacer, separándose un segundo para mirarle con una mueca altanera.
—Ahora ya sabes cómo se hace, así que ya puedes ir aplicándote para recompensarme algún día.
Aquella vez fue Sherlock el que se rió. Acarició sus tibios hombros y besó la frente de John, apretándolo más contra él, totalmente reconfortado. Sonrió contra su pelo, cerrando los ojos.
—Algún día, John. Te lo prometo.
