Yo reitero mi «Al final el reto va a ser el de terminar la historia y no la de colgar a diario». Sí, lo siento, lo siento muuuucho, sobre todo porque me hubiera gustado brincar risueña pensando que he hecho un reto de escribir un capítulo diario, pero bueno, me contento con el hecho de que al menos sé que no es algo que vaya a quedar a medias, porque terminar voy a hacerlo. He estado de exámenes, por eso no he actualizado con nada antes. Lamento la tardanza y tal, también el no contestaros a los reviews porque son todos muy bonitos y les quiero purrear y me siento muy desagradable al no hacerlo D8
Esta es una de mis canciones favoritas del grupo y no le he podido dar el tratamiento que me hubiera gustado, de hecho en principio iba a ser un... cofcof. Nada, nada. Aquí la tenéis: /watch?v=zSm0M-BbVdY.
¡Muchas gracias a todas, chumachas! Que la paz esté con vosotras y vuestro espíritu y esas cosas bonitas.
Disclaimers: Evidentemente, Sherlock y todos sus personajes pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La imagen del avatar es un dibujo de la artista Reapersun. Los títulos de los capítulos, así como la frase introductoria de cada uno, hacen alusión a canciones del grupo The Beatles.
18
A hard day's night
Pero cuando llego a casa junto a ti comprendo que las cosas que me haces harán que me sienta bien.
Los ojos le ardían, sus piernas eran como extremidades pesadas de hierro y su mente se hallaba casi apagada, entre la inconsciencia y la lucidez, un punto intermedio insoportable para su estado de somnolencia. Sus manos colgaban flácidas, tanto que cuando quiso sacar las llaves para abrir la puerta del 221B se le resbalaron entre los dedos y tuvo que agacharse con un bufido. Todo le irritaba, solo quería dormir durante las siguientes cinco reencarnaciones. Dos doctores haciendo los turnos de cinco en un día que se suponía que debía ser tranquilo, todos los demás estaban de vacaciones al ser finales de julio. Que hubiera un altercado entre bandas en el East End el día que menos personal había en la clínica resultaba un infortunio de lo más inoportuno. Catorce horas había durado su jornada aquel día sin detenerse más que para tomarse un café, pero tal era su cansancio que ni siquiera tenía hambre.
John abrió la puerta y subió las escaleras agradeciendo que reinase la calma en su casa y no el caos absoluto de cuando Sherlock se aburría sin un caso o con uno extremadamente fácil para su intelecto. Se quitó el abigo y pateó sus zapatos hasta quitárselos antes de subir el último peldaño, dejando escapar un suspiro melodramático entre sus labios. Los lanzó de cualquier manera al suelo y el abrigo se balanceó sobre el respaldo de una silla antes de deslizarse hasta el suelo, pero no le importó, simplemente arrastró los pies hasta la escalera hacia su habitación, ignorando a Sherlock, que se había dignado a levantar la mirada del portátil del doctor para escudriñarlo con los ojos entreabiertos. ¿Para qué iba a molestarse en reñirle por haber cogido su ordenador sin permiso? No tenía humor para soportar a nadie (y menos a él).
Por desgracia, Sherlock había decidido explorar su minúsculo rincón de humanidad y empatía que residía en él, y había escogido precisamente aquel maldito día para empezar.
—¿Qué tal en el trabajo? No tienes buena cara.
El peldaño crujió cuando John detuvo un pie en él. Nada de preocupación ni de ternura doméstica en su voz, simple cortesía aburrida, pero pedirle más a su reciente amante sería poco realista. Cerró los ojos y bufó con paciencia, mirando por encima del hombro.
—Te envié un mensaje a la hora de comer, Sherlock. Te dije que llegaría tarde y te expliqué el porqué.
John no podía ver desde su posición a Sherlock, pero escuchó cómo se revolvía en la silla, probablemente incómodo, o quizá buscando su teléfono móvil para corroborar su versión. Por el sonido apagado de las teclas, constató que lo segundo con amargura.
—Oh.—fue lo único que escuchó salir de sus labios. Rodó los ojos y continuó caminando, quitándose el suéter y desabotonándose la camisa de camino. No haría nada, no estaba para nadie. Había sido un día horroroso. Sin detenerse ni una sola vez, trabajando todo el rato y soportando quejas e insultos de ingratos que pensaban que por gritar más alto les atenderían antes.
Sus parpadeos duraban más de lo necesario cuando cerró la puerta de la habitación tras de sí, echando la ropa al suelo y desvistiéndose de cualquier manera. No se molestó en encender la luz. Las llaves y el móvil provocaron un sonido sordo al chocar junto a los pantalones. Qué más daba, no pensaba recogerlos. Se dejó la ropa interior y se colocó encima una camiseta de propaganda que usaba mayormente para dormir, deshaciendo una de las esquinas de la cama de un tirón y dejándose caer, envolviéndose completamente en las sábanas con un suspiro largo y placentero, cerrando los párpados exhausto con los labios entreabiertos. Los músculos descansaron de tal modo que algunas extremidades manifestaron leves sacudidas para que su cuerpo no sucumbiese a un estado demasiado relajado. Sin embargo, no fue capaz de dormirse. No inmediatamente.
Su cuerpo había sido capaz de apagarse, pero no su cerebro. Se dijo a sí mismo que no le había molestado, ni un ápice, ¿por qué debería ofenderse? Sherlock era así, siempre, con todo el mundo. No debería tomarse como algo personal el hecho de que no hubiera visto su mensaje de texto, ni que se hubiese estado preguntando todo el día dónde demonios se había metido, ni siquiera para pedirle que le alcanzase el violín que descansara a medio metro de donde estuviera él. Tampoco tenía por qué sentirse dolido por no haber recibido una respuesta durante su ajetreado y poco reconfortante día de trabajo. No debía, pero lo cierto era que sí que le molestaba. Solo un poco. Ni siquiera era algo por lo que lamentarse o ir caminando por la calle cabizbajo, era más una resignación frustrada y cansada de quien resoplaba poniendo los ojos en blanco para que los nudillos no le ardiesen en ganas de darle un puñetazo.
Si no se hubiese estado recreando en su propia fantasía vengativa, podría haber escuchado el sonido de los pies descalzos de Sherlock al subir las escaleras o el de su suspiro indeciso antes de llamar a la puerta con los nudillos. Sus defensas estaban bajas, traspuesto como estaba, así que no pudo más que sobresaltarse y preguntar con voz pastosa:
—¿Quién es?
Al darse cuenta de lo estúpido que resultaba, chasqueó la lengua y frunció el ceño apoyando la mejilla en la almohada, adelantándose antes de que Sherlock pudiera añadir nada:
—¿Qué es lo que quieres? Intento dormir.
Dando por perdida una invitación a entrar que nunca conseguiría, Sherlock giró el pomo de la puerta y empujó, adentrándose en la habitación aún con la luz apagada pero sin acercarse a la cama y sin sentarse en ella. Simplemente se quedó allí, quieto, vestido con su bata y mirando a John, el cual frunció el ceño y giró sobre la cama para no tener que verlo, arropándose aún más.
—Qué raro se me hace que llames a la puerta. Duermes ya aquí de por sí.
—Sigue siendo tu habitación.
—Nadie lo diría, siendo que te cuelas aquí todas las noches.
Hubo una diminuta pausa, casi imperceptible, un silencio que duró al menos la mitad de un segundo más de lo normal. Lo suficiente como para que John pudiera pensar un «Y ahora me viene con permisos...» y un «Por favor, pero si estaba usando mi ordenador con contraseña ahora mismo sin decirme nada».
—¿Eso te molesta?
John arqueó una ceja, pillado totalmente por sorpresa, y abrió los ojos solo para poder parpadear varias veces, con los labios fruncidos en señal de extrañeza.
—No, imbécil. Solo quiero dormir, ¿vale?—cerró los ojos con las manos debajo de la almohada y enterró la cara en ella, ahogando las palabras.—Estoy bastante cansado, solo déjame en paz cinco minutos.
Contó hasta tres. Uno, dos...
—Estás enfadado conmigo.
Notó el lado derecho de la cama hundiéndose con su peso y ladeó la cara para verle con un ojo. Ni siquiera había sido una pregunta. Sherlock se había sentado en su lado de la cama con las piernas cruzadas por los tobillos y las manos entrelazadas en su regazo, enredando sus dedos pulgares entre sí distraído, mirando al frente. John esbozó una mueca levantando una comisura.
—No estoy enfadado, simplemente necesito dormir.—volvió a apoyar su cara en la almohada y se desperezó como un gato.—Pero podrías haber estado más pendiente del móvil, vaya.
—Lestrade me llamó al mediodía. Falsificación de documentos en la sede del NatWest, una banda croata estaba involucrada y teníamos que buscar quién era el topo entre los banqueros de la institución.
John alzó las cejas una sola vez, relajando los hombros. Desde luego, el plan sonaba mucho más atractivo e interesante que el del incidente en el East End. Chasqueó la lengua.
—Me hubiera gustado estar allí.
—Podrías haber ido si no tuvieras que trabajar en esa clínica inútil.
John levantó la cabeza con la mandíbula apretada y la nariz arrugada, realmente ofendido aquella vez. Apoyó el peso sobre sus codos y le lanzó una mirada envenenada, negando levemente con la cabeza.
—De verdad, no sé cómo puedes ser tan gilipollas sin haber entrenado antes.
Sherlock le miró, confuso.
—Pensaba que como estabas de malhumor por tu trabajo necesitabas una especie de empatía negativa hacia tu oficio.
—Pensaste mal, genio.
Sherlock torció la boca y encogió un hombro, pero no se disculpó. John rodó los ojos y se dio la vuelta con un movimiento brusco, tendido boca arriba con los brazos cruzados y los ojos cerrados, suspirando irritado para ver si el detective captaba el mensaje y le dejaba solo. Por el contrario, sintió movimiento en la cama y el calor de Sherlock más cerca de él, por lo que se sintió obligado a volver a abrir los ojos, curioso. Estaba colocando la almohada en su espalda para sentarse mejor, pegado a él, y le hizo un gesto con la mano para que se incorporase.
—Ven aquí.
John le dedicó un gesto contrariado pero obedeció, sentándose con la espalda apoyada en la almohada y la cabecera. Sherlock pasó un brazo por detrás de él, colocando el codo en su hombro contrario y con una mano instándole a que apoyase la mejilla en el suyo propio, acariciando su pelo y notando la barbilla de Sherlock en su coronilla. No pudo más que abrir los ojos entre confuso y repentinamente avergonzado. Sherlock posó los labios en su frente y el vello de la nuca se le erizó en un extasiado escalofrío. Qué bizarra pero agradable situación era aquella para John.
—Entonces, cuéntame. ¿Qué es lo que te ha pasado exactamente en el trabajo?
John puso los ojos en blanco suspirando y los cerró, pero aquella vez con una sonrisa débil. No volvió a abrirlos.
—Ahora mismo estoy demasiado agotado como para quejarme, estaríamos aquí toda la noche.
—Bueno, quién sabe, a lo mejor está relacionado de alguna manera con el agravio del banco.
—Así que, en definitiva, tu interés en mi día reside básicamente en tu investigación.—contestó John divertido, revolviéndose hasta colocarse mejor en la clavícula de Sherlock, relajado. El moreno hacia empezado a acariciar la piel tierna de detrás de su oreja con el pulgar, provocando un efecto balsámico que se extendía a través de él.
—En el East End viven toda clase de personas con nacionalidades distintas y de diferentes bandas. Podría estar los croatas que buscamos allí, quizá se iniciara por algo referente al NatWest. Contrabando de dinero falso o de cuentas bancarias, todo es posible.—La voz profunda de Sherlock pegada a su cabeza le relajaba aún más, unido a la vibración de su caja toráxica. John suspiró profundamente, abrazándose a su cadera, escuchando su propia voz cada vez más apagada y débil.
—Siento decepcionarte, fue un altercado entre bandas criminales juveniles. Algo muy aburrido para ti.
—Oh. Lástima.—contestó Sherlock realmente decepcionado, cogiendo con suavidad hebras del cabelllo de John y dejando que se escapasen de entre sus dedos, como si arrancase de forma delicada briznas de hierba. Con la mano libre, la deslizó hasta el brazo que envolvía su cadera y lo acarició hasta entrelazar sus manos, concentrado y deseoso de que llegara el día de mañana para concluir el caso. Tenían al espía, pero aún les faltaban miembros integrantes por encontrar. Pasó la lengua por las paredes interiores de sus mejillas, respirando profundamente por la nariz.—De todos modos no te preguntaba solo por el beneficio del caso. Tenía real interés en conocer tu estado anímico durante el día de hoy. Trato de mejorar eso.
Se quedó mirando al frente, pero no recibió respuesta. Agachó la mirada para contemplar los labios entreabiertos y el rostro sereno y dormido de John. Su respiración se había vuelto más acentuada y acompasada. Pasó la mano a su cuello para acariciarlo y volvió a besarle en la frente, apoyando la mejilla en él y abrazándolo. Había descubierto que le ayudaba a pensar. Uno de los brazos empezaba a cosquillearle al perder sensibilidad por el peso de John, pero no le importó, al menos no de momento. Cerró los ojos y suspiró otra vez, deslizándose hasta quedar tumbados en la cama, pensando en el sorprendente efecto del cuerpo de John acurrucado encima de él y en el emocionante caso que se le avecinaba al día siguiente.
