OLAZA DE CALOR
Cap. 15 Un regalo por un regalo
— ¡Auch! Sherlock, ¿por qué me he pinchado con la manta? —tras un largo descanso, John se incorporó bastante repuesto.
— No lo aplastes, es un regalo —Sherlock seguía en el ordenador, como si lo hubieran pegado a él. Lo que John no sabía era que acababa de volver de comprar ese regalo que ahora se escondía bajo las mantas.
— ¿Cómo que un regalo? ¿Qué has hecho, Sherlock? —se levantó de un brinco algo torpe pero, por más que miraba, no había nada que ver.
— Siempre tan negativo —sonrió de medio lado y abandonó el intento de buscar un nuevo caso. Con la sonrisa aún en el rostro metió la mano entre las sábanas y, ante un atónito John, el misterioso regalo salió a la luz.
— ¿Un erizo? ¿Cuándo he dicho yo que me gusten los erizos? —el mayor lo cogió de su mano y lo envolvió en las suyas.
— ¿Quieres que lo devuelva? —Sherlock se veía triste como pocas veces.
John hizo una especie de cuna con las sábanas y depositó al pequeño animal en el centro. Cuando hubo comprobado que no podría escaparse, volvió a centrar su atención en el detective. Tomó sus suaves manos y las besó. Sherlock parecía desconcertado, pero ni por asomo incómodo.
Las separó lentamente, besando su interior. La boca del moreno empezó a moverse, pero John la selló con su índice y siseó.
— No digas nada, sólo déjate besar. Se acercó a sus labios, sin juegos, y le besó donde hacía un instante estaba su dedo.
Se quedaron así unos segundos que se hicieron muy cortos. Cuando el doctor separó sus labios, Sherlock volvió a apresarlos con los ojos cerrados. Ninguno podía ver, pero podían sentirlo todo. Los dedos de una mano seguían entrelazados, dejando la otra libre para experimentar...
— No tienes motivos para estar tan tenso —subió la mano por su pecho y acarició esa perfecta barbilla. Sherlock se sentía muy frío bajo sus dedos, como si la sangre hubiese escapado de su cuerpo.
— Tengo más de los razonables para estarlo —cerró los ojos y respiró profundamente, notando cómo sus latidos no eran los únicos que se habían disparado. Tomó su muñeca y dejó caer un beso rápido, mientras se aferraba a la mano sobre su corazón. Ese corazón que tantos le negaban y que comenzó a latir cuando John entró por esa fría puerta de St Bart's.
— ¿Confías en mí? —Sherlock ni siquiera parpadeaba; en cambio, los ojos del doctor se turnaban entre esa mirada felina y esos labios que se movían en una pequeña sonrisa.
— Después de todo lo vivido, ¿acaso podrías siquiera dudarlo? —ni por un segundo. Pero su respuesta fue algo más..., gráfica.
Empujó la mano sobre su pecho con destino a la pared tras ellos. La fragilidad de Sherlock era más una invención de su mente que una realidad. Aun así, algo crujió al choque, sin importancia para ninguno.
— ¿Vas a sacar los galones, soldado?
— No van a hacerme falta.
Se lanzó a sus labios como si no hubiera un mañana, devorador, agresivo, agridulce y, sí, también tierno. Por fin había encontrado la solución a la verborrea del moreno. Besó la comisura rosada de esos labios aún desentrenados. Fue tan tonto negarse esa idea una y otra vez, ese sentimiento inexorable...
Sherlock se acomodaba a sus movimientos como arcilla templada; no a la perfección, pero se acercaba. Sus manos, en cambio, permanecían inmóviles en la cintura del contrario, como si ese simple gesto los protegiera de sus temores más profundos.
Pero la tentación está hecha de imposibles resueltos.
El doctor, cautivo, levantó cuidadoso la camisa del más alto sin romper el beso, desmantelando cada botón en el proceso.
El detective intentó tomar el control, pero ser más bajo tiene sus ventajas.
John sorteó sus rizos para llegar a su clavícula y morderla fiero, provocando gemidos tan altos que ahuyentarían a los cuervos de todo Londres.
Bajó por el costado sintiendo las costillas bajo su fina piel. Tendría que insistir más en la alimentación de su compañero. Deslizó el holgado pantalón lo suficiente y devoró su cadera, sintiendo sus manos despeinándolo con brío. Debería verse hermoso, pero no podía elevar la vista; el inicio del pubis del moreno reclamaba prioritario su atención.
Sherlock suspiraba sin descanso, vibrando desde su garganta hasta la boca de John. Éste, mientras tanto, comenzaba a sacar a la luz "las joyas de la corona", como diría Mycroft. Definitivamente, su prácticamente cuñado no era un buen pensamiento ahora mismo. Decidió, pues, acelerar el proceso para no volver a distraerse.
Dejó caer el pantalón hasta la altura de sus rodillas y miró hacia arriba, maravillado con la pintura que sus ojos nunca siquiera imaginaron. Volvió a su humano y sonrosado cometido. Ni por un segundo pensó en echarse atrás. Realmente quería hacerlo. Cerró los ojos y besó la parte más cercana a su abdomen. Después, como si de seda se tratase, sus labios se limitaron a contonearlo lenta y juguetonamente. Hasta que al llegar a la punta del iceberg comenzó a derretirse.
Lo saboreó hasta que quedó absorbido sin pudor. Sherlock gritó y tapó su boca con la mano derecha, mientras la izquierda ofrecía una ayuda innecesaria a su delicioso felador.
El detective intentó resistirse al rítmico movimiento que bombeaba más y más sangre entre su corazón y su entrepierna, pero no le estaba resultando nada sencillo. Aun así, no iba a venirse antes de la media nacional. Orgulloso, sí, mucho.
El doctor era una mezcla almibarada de emociones, un sube y baja de sensaciones..., hasta el único detective consultor del mundo tiene un límite fisiológico. Se vino esplendoroso, medio degustado, medio derramado. Tal vez John se imaginara este momento algo diferente, pero el interior de su compañero no tardó en pasar al suyo.
Nada más apartarse para dejarle espacio, el moreno prácticamente se desplomó sobre el piso. Transpiraba sudor y agotamiento.
John se sentó a su lado, apoyado hacia atrás sobre la palma de sus manos.
— ¿Mejor que tú mismo? —su cara de satisfacción era evidente. Sherlock suspiró dejando caer su cabeza sobre la pared y soltando una carcajada.
— ¿Para cuándo el completo? —la sonrisa no desaparecía de su rostro.
— Tal vez dentro de un rato, cuando estés recuperado —pero hacerle caso sería tan fácil...
— ¿Por qué pones esa cara? ¿Sherlock, qué...?
El detective caminaba a gatas hacia su doctor, y terminó subiéndose a horcajadas sobre él y su cara de asombro.
— No, John. Ahora es tu turno —y rozando su bajo vientre con su miembro semierecto, en un golpe seco atacó su lóbulo. La venganza sería terrible...
o.o.o
¡Hola a tod s!
Perdón por la tardanza, ya estoy aquí.
Como dije, creo que terminaré con un capítulo más, no tan demorado.
Pero, claro, dependerá de mi cabeza.
¡Gracias por leer y por su paciencia!
