II. Stannis.
«Burla. Escarnio. Vergüenza.»
Era lo único que el Rey Robert Baratheon me había dado desde mi más tierna infancia. Siempre fue mejor que yo, más diestro con la espada cuando éramos niños, mejor con las mujeres cuando llegamos a la adolescencia, y por supuesto, el guerrero. El buen guerrero. Pocos se tomaban el tiempo de admirar cómo Lord Stannis soportó el asedio durante casi un año entero, sin comida y provisiones, pero hasta el niño más pobre del Lecho de Pulgas conocía las proezas de Robert y su maza. El que destruyó a Rhaegar. El que ganó el trono y mil batallas.
«Y yo solo soy Stannis el amargado.»
Elia de Dorne, sonriente y preciosa, me aguardaba desnuda tras de mí. No quería mirarla, el solo hecho de saberla allí me ponía la carne de gallina. Desde la muerte de mi madre no había tenido trato con mujeres más allá de lo necesario, y sinceramente no quería que la cosa cambiara. ¿Misoginia? Tal vez, pero no soportaba sus aromas almizclados, la suavidad de sus sonrisas falsas, la ternura fingida de sus manos. me caracterizaba por mi frialdad, no caería ante un par de pechos voluptuosos. Si había algo que anhelaba en lo más profundo de mi alma era demostrar a todo quien pudiera verlo que no soy robert. No disfruto con las mujeres tal como él lo hace, sintiendo asco y desprecio hacia las prostitutas en su lugar.
–Lástima que no tengáis bellas primas, Princesa Elia –murmuró entre sus ebrias carcajadas, el rey de los siete reinos. Mi esposa había dedicado una sonrisa tirante. –y lástima también que tengáis que casaros con Stannis. ¡Os apuesto a que todavía es casto!
Después de haberlo dicho, rió estruendosamente, sin saber que tenía razón. Jamás había tocado a una mujer y ahora que estaba en el momento, sentía náuseas. Se decía que tenían el sexo pegadizo y húmedo, y que arañaban la espalda cada vez que sentían placer. «Como los gatos.» No me gustaban los gatos, así como no me gustaban las mujeres y su frágil veneno de vívora. Tampoco me gustaban los hombres, repudiaba esas prácticas abominables. Soy una de esas pocas personas que rechaza la carnalidad en general, y considera que si no fuera por la descendencia, sería un trago innecesario.
–Mi señor –murmuró una suave voz tras mi espalda. Me estremecí de horror y rechiné los dientes, girando un poco la cabeza para verle la cara… solo la cara. Elia estaba sonrojada, pero parecía segura. –¿Queréis tomarme ya?
«Si fuera por mí, no os tomaría nunca», pensé. Tenía largas piernas y suaves pechos redondos. Los 26 años casi ni se le notaban, o tal vez era que mi apariencia daba a demostrar más años de los que tenía, pero nos veíamos de edad similar. Robert habría querido casarme con una vieja de pelo blanco, estéril y quebradiza... este cuerpo, esta princesa dorniense, debe ser un regalo envenenado.
–Como queráis –murmuré con hastío, dirigiéndole una mirada gélida. La tomé del brazo y la guié hasta la cama, tumbándome sobre ella sin ceremonias. Sentí la suavidad de su piel frotándose con la mía, el suave quejido de su voz que me anhelaba muy dentro. Me puse rojo, no sé si de vergüenza, furia o ardor pasional.
«Mierda...»
Stannis Baratheon no está hecho para los mimos, los abrazos o los gemidos. Stannis, es decir, yo, solo estamos hechos para rechinar los dientes y luchar, impartiendo justicia al pueblo. Davos Seaworth puede decíroslo, me prestó un gran servicio y aunque lo recompensé, también lo castigué por sus años de contrabando. Stannis Baratheon, si fuera creyente, rezaría a los siete para dejar embarazada a su esposa y no tener que tocarla nunca más.
Cuando el cuerpo de Elia Martell se estremeció por última vez, y su voz aterciopelada susurró mi nombre en un idioma apasionado y secreto que yo jamás aprendería, me percaté de algo que antes pasé por algo. ¿Las doncellas no sangran cuando se las desflora? ¿No tendría que haber sentido dolor?
«Lo sabía –pensé, rechinando los dientes para no jadear como un cerdo. –No es doncella. Robert solo se burla de mí. Me humilló.»
