Capítulo 10

El ataque misterioso

Ya era un año desde la vuelta de Milo al Santuario y del reencuentro con sus preciados amigos. Como Leenah había dicho, el patriarca le encomendó un alumno, para que lo entrenara. El nombre de su pupilo era Ioas, un niño de seis años, de baja estatura, piel blanca, cabello corto y rubio, y ojos azules, Milo lo entrenaba para que se convirtiera en el caballero de bronce de Pantera.

Milo y Ioas se encontraban entrenando en el Coliseo. El pequeño trataba de realizar una técnica cósmica. Milo tenía una pierna en una roca, y el brazo apoyado en ella, y observaba al niño que trataba de elevar su cosmos sin lograrlo. Milo le indicó con un gesto de la mano que se detuviera. Se levantó, y caminó hacia el niño.

_Ioas, el cosmos no significa fuerza, el cosmos es algo que hay dentro de tu cuerpo, es lo que te da la fuerza. – Milo hizo énfasis en la última frase. – Si quieres elevar tu cosmos, debes concentrar toda tu fuerza y energía interior en un solo punto… ¿Entiendes? Así mira…

Milo apuntó con el puño cerrado hacia la pared de piedra. Encendió su cosmos, y de su puño salió un rayo dorado que dio contra la pared, dejando un gran agujero y resquebraduras a su alrededor. El niño miraba estupefacto el agujero de la pared.

_ ¿Entendiste? – Preguntó Milo, dirigiéndose al muchacho.

_Sí, creo que sí.

_Muy bien, ahora quiero que lo intentes otra vez.

_Está bien maestro. – Ioas se paró delante de la pared de piedra, unos metros más lejos de la parte que golpeó Milo. Pensó en lo que su maestro le había dicho, luego comenzó a concentrar en un solo punto (su puño), toda su energía y fuerza interior. Luego elevó esa energía, y un aura de color dorado lo rodeó. Apuntó a la pared, y un gran rayo dorado se desprendió de su puño, asestando la pared, y dejando un gigantesco agujero. Ioas se dejó caer al suelo a gatas.

Milo empezó a aplaudir impresionado.

_Sabía que podías lograrlo Ioas… - Le dijo, con una sonrisa en el rostro. El niño se levantó, exhausto, y miró a su maestro, sumamente feliz.

_ ¿Salió bien maestro?

_Excelente. - Su pupilo lo miró con una sonrisa de oreja a oreja.

_Muy bien hecho Ioas. – Dijo una voz femenina, a sus espaldas.

Milo y Ioas voltearon a ver quién les había hablado. Leenah estaba parada con los brazos cruzados, con Shaka de Virgo a un costado.

Virgo Shaka era un hombre alto y fuerte. Tenía cabello largo hasta las rodillas, rubio y lacio, y mechones que caían por su frente, en la cual tenía un punto rojo al medio, originario de la India, su rostro era tranquilo y sereno. Shaka vivía siempre con los ojos cerrados, guiándose por su cosmos, pero no porque fuera ciego. Shaka era considerado el hombre más cercano a un dios y el caballero dorado más poderoso, y también, considerado la reencarnación de Buda. Shaka, al mantener los ojos cerrados, almacena y concentra todo su cosmos, por eso, cuando los abre, desata todo su poder, y todos a su alrededor deben morir. Era un buen amigo de Leenah.

_ ¡Gracias señorita Leenah! Dijo el niño a Leenah. La amazona le revolvió el cabello de Ioas, y aunque no podía verlo, el niño percibió una sonrisa en su rostro.

Shaka caminó hasta el gran agujero que había dejado Ioas en la pared, y se quedó parado frente a él un momento.

_En este ataque se nota que se ha utilizado una gran cantidad de fuerza cósmica… Se ve que lo has entrenado muy bien Milo… - Dijo Shaka, volteando a ver al Escorpión.

_Gracias Shaka. - respondió Milo.

_El patriarca convocó una reunión de caballeros dorados. – Dijo Shaka.

_ ¿A sí? ¿Y para qué? Pregunto extrañado Milo.

_Aún no sabemos, a mí también me llamó. – Respondió la amazona.

_ ¿También? Leenah asintió con la cabeza.

_Si llamó a todos los caballeros dorados, y un caballero de plata, es porque algo debe estar sucediendo en el Santuario.

_Tienes razón Shaka, será mejor que nos apresuremos… Tú sigue entrenando Ioas, volveré en un rato. – Dijo Milo a su alumno.

_Está bien maestro, yo entrenaré solo, vaya tranquilo.

Milo sonrió, y se fue a la Cámara del Patriarca junto con Leenah y Shaka. Cuando entraron a la cámara, los caballeros dorados estaban ahí, hincados frente al patriarca, solo faltaba Aioria, y Shura que había ido por él.

Milo y Shaka se posicionaron entre los demás dorados, mientras que Leenah se hincó frente al patriarca, a la izquierda de los caballeros dorados, a unos metros de ellos.

Una vez que estaban todos, el patriarca dijo:

_Caballeros, los he citado aquí por una razón muy importante… En un pueblo, no muy lejos de aquí, llamado Kríhos, ha habido un fuerte ataque, es un pueblo de gente normal… Quiáthos interrogó a un sobreviviente, que falleció hace unas horas, y dijo que tres hombres, los atacaron. Aún no sabemos quiénes son, pero sospechamos que los dioses tienen algo que ver con esto…

_ ¿Los dioses? Preguntó Aldebarán de Tauro.

_ ¿Por qué los dioses querrían atacar un pueblo? Agregó Camus de Acuario.

_Aún no lo sabemos… - Respondió el patriarca. – No pudimos conseguir mucha información del sobreviviente… Sólo averiguamos que eran tres, y que cada uno tiene habilidades especiales y poderes únicos.

_ ¿Qué es lo que quiere hacer Santidad? Le preguntó Mu de Aries.

_Los llamé a todos para que cada uno esté consciente y advertido de esto, y preparado por si deciden un ataque al Santuario… Pero mi plan es enviar a dos de ustedes para que investiguen…

_Disculpe Santidad, ¿Puedo preguntar por qué es que me llamó a mí? Preguntó Leenah.

_Precisamente por eso Lince, quiero que tu vayas a Kríhos, para que acompañes al caballero dorado que asignaré.

_ ¿Yo?

_Así es, no me parece conveniente enviar a dos caballeros dorados, por lo que decidí enviar a un santo de oro y uno de plata, y decidí enviarte a ti.

_Entiendo… - Dijo Leenah.

El patriarca se quedó observando pensativo a los caballeros dorados. Luego dijo:

_He decidido enviar a Shura de Capricornio. Tú y Lince son hermanos, por lo que tendrían algo de ventaja si los atacan. - Esto último dirigido directamente a Shura.

_Me parece bien Santidad. – Respondió Shura.

Shura de Capricornio era un hombre alto y corpulento, tenía mechones cortos de cabello negro, y ojos pequeños del mismo color. Era el portador de la legendaria Excalibur, la espada de los dioses que corta cualquier cosa, y con eso se nombraba el Caballero más Leal a Athena. Era el hermano mayor de Leenah, aunque siempre la quiso y la protegió como si fuera su propia hija.

_Espero que ustedes, caballeros dorados, estén alerta y se preparen para cualquier cosa que pueda suceder.

_Si Santidad. – Dijeron todos los caballeros.

_Eso es todo caballeros, se pueden retirar. Capricornio, Lince, quiero que partan enseguida, y vengan directo a verme en cuanto vuelvan.

_Así será Santidad. – Respondió Shura.

Todos los caballeros hicieron una reverencia y salieron de ahí.

Cuando estuvieron fuera, los caballeros dorados se pusieron a hablar sobre lo que les había dicho el patriarca.

Milo, Camus, Shura y Leenah se quedaron platicando.

_Será mejor que nos vayamos Shura… - Dijo Leenah.

_Tienes razón… Nos vemos luego chicos. – Dirigiéndose a Camus y Milo.

_Está bien, que tengan suerte. – Respondió Milo.

_Adiós. – Agregó Camus.

_Gracias, nos vemos. - Se despidió Leenah.

Shura y Leenah partieron enseguida hacia Kríhos. El viaje duró aproximadamente una hora y media. Cuando llegaron, se pusieron a recorrer el lugar.

Era una pequeña aldea, llena de pequeñas casas hechas de piedra, muchos árboles y flores, además de animales. A pesar de ser pequeña, mucha gente vivía ahí, muchas familias. Aunque era un pueblo que estaba no muy lejos del Santuario, las personas que vivían ahí no sabían nada de pelea, ni de combates. Eran personas normales. Por eso les extrañaba tanto que fueran atacados de una forma tan brutal.

Por los cadáveres que Leenah y Shura encontraron, pudieron ver que los aldeanos fueron muertos de tres formas diferentes: Algunos habían muerto por su propia mano, es decir, ellos mismos se habían lastimado; Otros habían muerto electrocutados; Y los demás habían muerto quemados. Shura y Leenah se quedaron estupefactos viendo la terrible forma en la que los aldeanos habían sido asesinados. Ambos revisaban cada cuerpo que encontraban, para ver si había alguno con vida.

_Será mejor separarnos Shura… - Le dijo Leenah a su hermano.

_Sí, es una buena idea… Por favor ten cuidado hermana.

_No te preocupes, lo tendré. Tú también.

Los hermanos se separaron y empezaron a buscar en cada casa algún indicio o alguna pista, y también, algún sobreviviente.

Leenah entró a una casa bastante grande, toda hecha de piedra, y bastante lujosa, al parecer, perteneció a una familia de bastante dinero. Al entrar, vio que toda la casa estaba destruida. Había sillones llenos de rajaduras tirados en el suelo, sillas y mesas de madera totalmente destruidas, trozos de vidrio por todos lados, papeles regados por toda la casa, y platos, adornos y vasos de porcelana hechos añicos. Era una casa bastante hermosa, el tapiz de las paredes era de color verde oscuro, aunque estaba lleno de rajaduras, igual que la alfombra que cubría el suelo. En el medio del techo, colgaba una gran lámpara de cristales, la cual estaba destruida, con todos los cristales tirados en el suelo.

Leenah caminó a una de las habitaciones, y cuando entró, se llevó un gran susto, al ver a un hombre y una mujer en una cama (aparentemente el matrimonio que vivía en la casa), totalmente quemados, y todas las cosas alrededor de la habitación, totalmente destruidas.

Leenah revolvió todo, pero no encontró nada que sea de ayuda. Luego un ruido en el armario de madera que se encontraba detrás de ella, llamó su atención. Se quedó mirando el armario unos segundos.

_Debe tratarse solo de mi imaginación. – Pensó, y siguió buscando. Pero volvió a escuchar el mismo ruido, y hasta alcanzó a ver la puerta del armario moverse hacia adelante. Dejó de revolver en el suelo, y caminó lentamente al armario. Cuando estuvo frente a él, giró la manija, y al abrir la pequeña puerta, se asombró al ver una pequeña niña, que lloraba desconsolada, y trataba de ocultarse de Leenah, estaba paralizada de miedo. Era pequeña, no debía tener más de cuatro años, tenía cabello negro, sujetado con dos coletas a cada lado de su cabeza, piel blanca y ojos color marrón oscuro, estaba vestida con un pequeño vestido color rosa claro, zapatos del mismo color con medias blancas que llegaban a sus rodillas.

_Por favor… no me hagas daño… - Le suplicó la niña a Leenah.

_No, yo no te haré daño, yo… yo estoy aquí para ayudarte, de verdad, soy una de las buenas. – Le dijo Leenah, tratando de parecer lo más dulce y tranquila que pudo.

La niña se levantó y se acercó un poco más a la amazona, y la observó con detenimiento.

_Tú… tú eres… ¿Un caballero de Athena?

_Así es pequeña, mi nombre es Leenah, soy el caballero de plata de Lince. – En el rostro de la niña se dibujó una sonrisa de felicidad y dejo de alivio. Abrazó a Leenah aunque sólo llegaba hasta su abdomen.

_ ¿Vienes a ayudarnos verdad? Le dijo la niña.

_Por supuesto, debes venir conmigo, yo te llevaré a un lugar seguro.

Leenah y la pequeña niña salieron de la destruida casa.

_Esos… ¿Eran tus padres no es así? Le preguntó Leenah cuando estuvieron fuera.

_Si… - Murmuró la niña con tristeza.

_Por cierto, ¿Cómo te llamas niña?

_Yúkua. – Le contestó la niña.

_Que bonito nombre. Escúchame Yúkua, necesito que me cuentes en detalle todo lo que viste, todo lo que sabes sobre los que atacaron el pueblo, ¿Está bien?

_Está bien…

Entonces Yúkua le explicó a Leenah, todo los detalles de la horrible escena que había presenciado.

En otra parte…

Shura buscaba por todos lados. Se había metido en cada casa, pero no encontró nada, ni una pista, ni un sobreviviente, solo escombros.

Salió rápidamente de una casa, después de encontrarse con un hombre que había muerto ahorcándose a sí mismo.

Caminó por entre los cadáveres que había en el suelo, tratando de encontrar a su hermana. Entonces escuchó una débil voz masculina a sus espaldas.

_Por favor… ayúdame… - Shura se dio vuelta y vio a un hombre tirado en el suelo, lleno de cortaduras en el cuerpo producidas por una daga de plata que tenía en la mano. El hombre estaba cubierto de sangre. Tenía cabello castaño claro y ondulado, largo hasta la mitad de la espalda, y ojos color avellana.

Shura corrió hasta el hombre y lo levantó.

_Eres un caballero… ¿Verdad? Le preguntó el hombre.

_Sí, soy Shura, caballero dorado de Capricornio. – Le respondió Shura.

_Que alivio… Sabía que los caballeros vendrían a ayudarnos… pero me temo que llegan tarde…

_Lo sé, dime, ¿cómo te llamas?

_Mi nombre es Mytes*…

_ ¿Tú te hiciste eso? Le preguntó Shura, señalando un corte profundo que tenía en el pecho.

_Así es… pero… alguien controlaba mis movimientos, he hizo que yo mismo me hiriera así.

_Debes venir conmigo. – Shura puso el brazo de Mytes alrededor de su cuello, y lo levantó. – Iremos al Santuario, necesito que me cuentes todo sobre el que te atacó, pero primero debemos encontrar a mi hermana.

_Muy bien.

Por otro lado…

_Tenemos que encontrar a mi hermano, Yúkua… No debe estar lejos…

_ ¿Su hermano también es caballero? – Le preguntó Yúkua.

_Así es, es el caballero dorado de Capricornio. Será mejor que lo busquemos.

_Muy bien.

Leenah y Yúkua empezaron a caminar por todo el pueblo, buscando a Shura. Por fin lo vieron acercarse sosteniendo a Mytes. Leenah y Yúkua corrieron hacia él.

_ ¡Shura! Gritó Leenah.

_ ¡Leenah! Gritó Shura. - ¿Estás bien hermana?

_Si estoy bien, ¿Y tú?

_También.

_ ¡Yúkua! Exclamó Mytes al ver a la niña que estaba detrás de Leenah.

_ ¡Señor Mytes! La niña abrazó al hombre. - ¿Se encuentra bien? Le preguntó la niña, al verlo tan herido.

_No te preocupes pequeña, estoy bien.

_ ¿No encontraste a nadie más que ella? Preguntó Shura a su hermana.

_No… sus padres estaban muertos, se salvó de milagro.

_Será mejor que regresemos enseguida al Santuario. – Dijo Shura.

_Si, tienes razón.

Entonces Shura, Leenah, Yúkua y Mytes emprendieron el viaje de vuelta al Santuario, donde ellos estarían a salvo.

*Nota: Mytes, se pronuncia, Máites.