III: Elia y Stannis.


–Por favor, mi señor –suplicó la voz dulce de su esposa –Dejadme ir con vos. Rocadragón es fría por las noches, y el rechinar del viento en las piedras me provoca pesadillas.

Stannis rechinó los dientes, observando por la ventana como siempre hacía cuando su señora esposa estaba desnuda en la misma habitación que él. Llevaban 4 años de casados, pero aún no se acostumbraba ni a sus pechos ni a aquello otro que resultó ser tan dulce. «Si no tengo cuidado, me hechizará», pensó el señor de Rocadragón y consejero naval. Sabía que tras de sí, Elia llevaba solo una bata color sangre que la ocultaba. Si de él dependiera, no se la quitaría jamás. No quería verla, porque lo asqueaba y aterraba a partes iguales. No le tenía miedo ni a un ejército completo asediándolo tras sus murallas, pero temía al sexo débil y a su apasionada magia.

–Me llevaré solo a Milaryon –dijo el austero joven, sin girarse siquiera para verla. –Es mi heredero. Necesito que esté donde estoy yo.

Sabía que aquello había sido una puñalada en el corazón de su princesa dorniense, pero esas minucias jamás le interesaron. En cuatro años y tres visitas a Rocadragón –sus labores en el consejo privado del rey lo mantenían lejos de casa– Elia había alumbrado dos veces. La primera, gemelos salieron de sus entrañas cálidas, muchachitos de cabellos tan negros como ala de cuervo y ojos azules como heridas abiertas. El mayor, Milaryon, ya mostraba signos de parecerse a su padre, y el otro, Oberyon, era tan alocado y ocurrente como la madre. Heredó el ardor en la sangre que las guindillas de dragón y la salsa de serpiente les daban a todos los dornienses, pero en cierto modo, resultaba interesante. La tercera era solo una niña de 2 años a la que llamaron Shireen y que Stannis no había visto más de cinco veces. Ella podía quedarse con los otros dos en la sombría fortaleza, él se llevaría al mayor a la corte.

«No la culpo si tiene pesadillas –pensó con gravedad–, este lugar es demasiado frío. Si viviésemos en Bastión de Tormentas...»

Pero Robert había dado el bastión familiar a Renly, aquel muchachito que ni siquiera sabía sonarse la nariz, y él, Stannis, tan leal y obediente, tan justo y frío, tuvo que conformarse con una fortaleza austera como él, en la que el sol asomaba a veces, ardiente como su esposa. Sol y hielo. Curiosa mezcla en esa misma habitación, uno intentando no someterse, la otra usando sus encantos para conseguir lo ansiado. Elia solo quería el favor de su señor y acompañarlo. Era todo lo que pedía, y aún así se lo estaban negando.

–Llevadme con vos y los niños, señor –lo intentó por última vez. el chirrido de los dientes de Stannis le dio la respuesta que necesitaba.

–Estáis enferma –gruñó con tono ácido. Era cierto. Después del nacimiento de Shireen, el maestre Cressen le había dicho que no podría dar a luz de nuevo, de hecho, a punto estuvo de perder la vida al alumbrarla. Desde ese día, Stannis no había vuelto a yacer con ella. Pero Elia no tenía ánimo de que se repitiera esa experiencia. Era una mujer, no una yegua, y le demostraría a su marido lo que una dama es capaz de hacer.

Stannis Baratheon era un hombre frío y pragmático, amargado por todos los desaires que recibió en su corta vida, y cuando sintió el cuerpo de Elia contra el suyo quiso apartarla. «Si no la aparto, me hechizará, si no la aparto, me...», pensó, segundos antes de que con sus manos cálidas tocara allí donde un hombre tanto necesita. Sintió repugnancia por el descaro de la mujer, pero aún más al notar cómo se estremecía ante el contacto. No podía ser.

Horas después yacían ambos sobre la cama, desnudos como hombre y mujer. Stannis tenía frescos y sangrantes los arañazos que su apasionada esposa le había hecho en la espalda, y ella dormía con placidez. El joven venado pensó que se acercaba la hora de partir y rechinó los dientes, cavilando. Podía dejarla allí tal como había planeado, pero también... su habitación en Desembarco del Rey era fría y su cama más fría aún. Con Elia, el sol de Dorne, puede que su hielo se templara un poco, o que el mismo sol adquiriese un poco de su frialdad. Aquello no le desagradaba. Se preguntó por un instante qué habría pasado si a Elia la hubieran casado con el príncipe Rhaegar y a él con Lady Selyse Florent y se estremeció.

«No quiero ni pensarlo.»


Nota final: me pasó como a Lucy con el reto nº 4. Era un plan demasiado ambicioso para un fanfic tan corto. Pero en fin, estoy realmente satisfecha con el resultado. Hice medianamente felices a dos de mis personajes favoritos de CDHYF, personajes que tienen/tuvieron un matrimonio de mierda. Me gustan, Elia y Stannis.

P.D: Flory, espero que te haya gustado el nombre del hijo de esta singular pareja... ¡Recuerda que si gano mi triunfo va por ti!