Capítulo 18

Tempestad

Ávira y Leenah dejaron el Santuario, y regresaron al castillo de Perséfone, con Shion atado de pies y manos, sostenido por Ávira.

Cuando llegaron, entraron al Gran Salón, y vieron a Perséfone sentada en el trono platicando con Naya que estaba arrodillado frente a ella. Al verlos, ambos se levantaron y caminaron hacia ellos.

Ávira libró de las ataduras a Shion y lo dejó caer en el suelo, a los pies de Perséfone. Ella le dirigió una perversa sonrisa. Aunque estaba en manos de sus enemigos sin poder hacer nada, la mirada del lemuriano demostraba decisión y valor. La diosa tomó a Shion de la barbilla y lo observó.

_ ¿Cómo estas querido Shion? – Le preguntó. – Espero que te sientas cómodo. – Perséfone comenzó a reírse con malicia. - ¿Qué diría Athena si te viera? El poderoso y temido Shion de Aries, ahora humillado y en mis manos… Veamos cuando se tarda la ilusa de Athena en venir con su tropel de Caballeros inútiles a buscarte… - Dijo, mientras les daba la espalda y volvía a sentarse en el trono.

Con un movimiento de la cabeza, Shion logró apartar el trapo que cubría su boca para poder hablar.

_No importa lo que me hagas Perséfone, Athena y los caballeros dorados no dejarán que te salgas con la tuya. – Dijo desafiante.

Perséfone comenzó a reírse.

_ ¡No me digas! Si ni siquiera pudieron impedir que los Ángeles del Infierno te raptaran… Ni siquiera tú, el que fue uno de los dorados más fuertes, pudo hacer algo al respecto… Athena y sus caballeritos no podrán hacer nada en mi contra.

Shion empezó a elevar su cosmos, y a tratar de levantarse.

_ Ni siquiera lo intentes. – Dijo Ávira, y volvió a dejarlo contra el piso con el pie.

_ Ay ay ay, nunca aprenden… - Dijo la diosa en un suspiro mientras cerraba los ojos. – Naya, llévatelo… creo que no tengo que decirte adónde.

Naya asintió con la cabeza. Tomó a Shion por la espalda de la túnica y lo levantó del suelo.

_ Antes contéstame una cosa. – Dijo de repente Shion, zafándose de un tirón de la mano de Naya. - ¿Qué le hiciste a Leenah? – El rostro de Perséfone se puso pálido, pero no tanto como el de Leenah, que estaba justo detrás de él.

_ No te preocupes Shion, está perfectamente bien. – Dijo Perséfone, después de unos segundos. Señaló a Leenah, la cual retrocedió unos pasos, confundida.

Shion miró hacia atrás, a la joven. Después de observarla con detenimiento por un instante, su rostro también se puso pálido. Sus ojos se abrieron como dos pequeños platos, y no sabía si estar feliz o triste.

_No puede… ser… Leenah…- Murmuró. Leenah lo observaba aún más pálida y sin entender un comino de lo que sucedía.

_ ¿Qué sucede? - Preguntó la aturdida joven. – ¿Tú… tú también me conoces? – Recordó a Milo.

_ Pero… por supuesto que te conozco… tú… ¿No me recuerdas? Susurró Shion.

_ ¿Debería?

_ ¡¿Qué le hiciste Perséfone?! - Gritó Shion, dándose vuelta al mismo tiempo.

_ ¡Nada que te incumba! Gritó Ávira, mientras levantaba el puño y lo enterraba en el abdomen de Shion, que ahogó un grito de dolor.

_ ¡Espera! Gritó Leenah, tratando de detener a Ávira.

_ ¡Basta! Gritó de repente Perséfone, al levantarse del trono y hacer aparecer su siniestro báculo en la mano. Apuntó a Shion con él. – Eres demasiado entrometido Aries. Pero pronto descubrirás la verdad… - Se agachó hasta quedar a la altura de Shion, que tenía el abdomen rodeado por sus brazos. Puso su mano blanca en la nuca de Shion, y acercó su rostro hacia ella. Luego le susurró algo al oído:

_Leenah es mía…

Shion, con una mezcla de dolor e incredulidad en su rostro, no emitió sonido. No encontraba las palabras.

_Llévatelo Naya. – Se dio vuelta y sentó nuevamente en el trono.

_Si señora. – Naya volvió a tomar de la espalda de la túnica a Shion, lo levantó del suelo, se rodeó el cuello con su brazo y caminó hacia la puerta. El seguía observando a Leenah por arriba del hombro. Naya abrió la gran puerta, salió y volvió a cerrarla.

Ávira y Leenah se quedaron observando a Perséfone, que tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en su mano derecha. Leenah la observaba muy detenidamente, como si esperara que al hacerlo conseguiría todas las respuestas a las decenas de preguntas que le rondaban en la mente.

_Váyanse. – Dijo la diosa de repente. – Necesito descansar.

Ávira asintió con la cabeza y caminó hacia la puerta. Luego se detuvo al notar que Leenah seguía parada en el mismo lugar, inmóvil.

_Vete. – Le dijo Leenah a Ávira, a través del cosmos.

Sin voltear atrás, Ávira siguió caminando y salió del Gran Salón, dejando solas a Leenah, que observaba con expresión confusa pero decidida a la diosa, y a Perséfone, que también la observaba.

_ ¿Qué es lo que quieres? Dijo fríamente.

_Creo que usted sabe bien la respuesta a eso. – Le contestó desafiante. – Quiero que me explique lo que acaba de suceder.

_No hay nada que explicar Leenah. – Le respondió.

_No es la primera vez.

_ ¿Qué?

_En el Santuario, un caballero dorado también parecía conocerme. Y usted sabe el porqué.

_ Me temo que no lo sé. – Mintió Perséfone.

_ Entonces contésteme esto: ¿Por qué le dijo a ese hombre que yo estaba perfectamente bien? – Leenah señaló la puerta y dio un paso hacia adelante.

Perséfone hizo un gesto con la mano para que Leenah se acercara. Ella subió los tres escalones, y se arrodilló frente a frente de Perséfone. La diosa extendió su mano hacia Leenah, y le acarició una mejilla.

_ Leenah querida… Me has sido fiel todo este tiempo, y me has servido incondicionalmente… ¿Por qué dudas de mí?

_ No dudo de usted… simplemente necesito respuestas… - Murmuró Leenah, con un rastro de culpa en su voz.

_No te preocupes, te aseguro que es solo un truco de Athena para confundirte… Te lo juro… - Leenah notó un destello violeta en los ojos de Perséfone, luego su vista fue atraída por la bola de cristal del báculo de la diosa, en la cual se arremolinaba un humo color gris. El humo se movía más rápido que de costumbre, mientras parecía que la cantidad había aumentado considerablemente, luego volvió a mirar los ojos de Perséfone, que eran totalmente violetas, y se vio sumida en una profunda oscuridad, mientras sentía que un poderoso hechizo desgarraba su mente. - …confía en mí… - Escuchó el susurro de una voz extraña y horrible. Sus ojos se habían vuelto del mismo color violeta, y parecía poseída por un encantamiento. Los ojos de Perséfone volvieron a la normalidad, y observó con una sonrisa a Leenah.

_Yo… yo confío en usted. – Dijo Leenah, con una voz extraña, como si algo estuviera forzando a su mente para que diga aquellas palabras.

Perséfone sonrió amablemente.

_Muy bien, puedes retirarte. – Le dijo.

Leenah asintió con la cabeza, se levantó, hizo una reverencia, luego bajó los escalones y salió del Gran Salón.

Perséfone se quedó observando con una sonrisa, que parecía de placer, la puerta por la que acababa de salir Leenah. Luego clavó su mirada en la punta del su báculo: en la bola de cristal, donde se arremolinaban las nuevas y las viejas memorias de Leenah.

_Serás mía para siempre Leenah… - Susurró, mientras acariciaba la bola de cristal.

En el abatido y derrotado Santuario…

Athena seguía en el suelo, arrodillada, y derramando lágrimas, al igual que Mu y Dohko.

Camus, Shura, Shaka, Aioros y Saga ahogaban de preguntas a Milo, que también seguía en el suelo, bajos los escombros de la columna que su propio cuerpo había destruido, a causa del golpe de Leenah.

Camus no dejaba de zarandearlo y sacudirlo para que respondiera alguna de sus preguntas, Shaka había abierto los ojos, Shura parecía que le habían tirado un balde de hielos en la cabeza, mientras que Aioros trataba de hacer que reaccione, y Saga se agarraba de los pelos.

Pero Milo no estaba ahí. Su cuerpo estaba, pero su mente vagaba por otra parte. Su mirada era vacía e incrédula. Camus, desesperado, tuvo que abofetearlo para que volviera en sí.

_ ¿Estás completamente seguro Milo? Preguntó Camus por quinta vez.

_ ¡Te digo que sí! Gritó Milo, haciendo que todos se sobresaltaran.

Camus y Saga lo tomaron de los brazos y lo levantaron del suelo.

Athena se limpió las lágrimas, se levantó del suelo con ayuda de Mu y Aioria, y caminó hacia Milo.

_ ¿Sabes quién era esa joven? Le preguntó Athena, que había escuchado algo de lo que le decía a sus compañeros.

_Sí… usted la conoce… - Contestó Milo, que apenas podía hablar y estaba siendo sostenido por Saga y Camus, ya que tampoco podía mantenerse de pie.

_ ¿Qué?

_Era Leenah Athena.

_ ¿Qué qué? ¡No estarás hablando enserio! – Gritó la diosa, mientras retrocedía unos pasos.

_ Es enserio Athena. Puedo jurarlo.

_Osea, que la amazona dorada de Capricornio, y la hermana menor de Shura, ¿Es una protectora de Perséfone? – Preguntó aterrada Athena.

_Me temo que sí Athena. – Le contestó en un susurro Milo.

Todos se quedaron en silencio por un momento, que luego fue roto por Shura.

_Entonces… la noche que Leenah desapareció…

_Había sido raptada por Perséfone. – Completó Saga.

_Pero… ella te atacó Milo. – Dijo Aioria.

_Y no parecía ella… su cosmos era muy diferente. – Agregó Shaka.

_Y su cabello. – Añadió Aldebarán.

_Y por si no te enteraste nos llamó "Escorias doradas", cuando se supone que ella misma era caballero dorado. – Dijo Aioria.

_Y además, no parecía conocernos en lo absoluto. – Completó Afrodita.

_ Eso no importa… Perséfone pudo simplemente borrarle la memoria y hacerle creer que es una de ellos. – Dijo Athena.

_Pero… ¿Qué pretenden llevándose a Shion? – Preguntó Dohko.

_Estoy segura que es solo un señuelo. – Dijo Athena, desplomándose sobre la silla en la que solía sentarse Shion.

_Para que nosotros vayamos a ellos. – Dijo Aioros.

_Exacto. Y eso es lo que tenemos que hacer. No podemos permitir que Perséfone haga lo que se le dé la gana… Tenemos que poner un fin a esto. Lo que significa que debemos ir a su castillo y derrotarla.

_ ¿Cuándo iremos? – Preguntó Máscara de Muerte.

_Mañana a primera hora… ya ha sido suficiente por hoy. Retírense y descansen bien… Necesitarán energía. – Dijo Athena.

Los caballeros hicieron una reverencia y salieron, mientras que Athena se fue a su Cámara.

_Te llevaremos a la Fuente para que te curen eso. – Dijo Camus, con el cuello rodeado por el brazo derecho de Milo.

_No quiero, estoy bien. – Se negó Milo.

_No puedes ni caminar, iremos a la Fuente. – Dijo decididamente Saga, con el cuello rodeado por el brazo izquierdo de Milo.

Los tres caminaron hacia la Fuente para que atendieran a Milo, pero no notaron, que alguien desde el techo de la Cámara del Patriarca, los observaba.

Liycro de Monte Khan, los miraba alejarse con malicia. Cuando vio que se perdían de vista, sonrió con maldad, y desapareció.

En el palacio de Perséfone…

Leenah se paseaba por el jardín que había detrás del castillo. Era bellísimo. Lleno de flores de diferentes colores, árboles, y pequeños bancos de piedra para sentarse. Su rostro se veía sereno y pacífico. Caminó hasta un rosal, donde florecían bellas rosas de un color rojo sangre. Tiró de una de ellas y la arrancó del rosal. La olió, luego la acarició. Al hacerlo, notó que una de sus espinas había lastimado su bella, blanca y fina mano, ya que brotaba sangre. Su rostro cambió totalmente, por uno lleno de odio y oscuridad. Un aura roja rodeó el lugar, y un instante después, la bella rosa era solo cenizas y polvo.

Se limpió la mano de ceniza y se quedó observando el rosal. Luego un cosmos a sus espaldas la hizo sobresaltarse, y se dio vuelta. Vio a Liycro arrodillado frente a ella. Inmediatamente ocultó la mano herida, (la cual ya estaba cubierta de sangre) detrás de su espalda.

_ ¿Se encuentra bien señorita Leenah? – Preguntó Liycro, observando las cenizas que había en el césped.

_Estoy bien… ¿Has averiguado algo? – Le respondió, tratando de aparentar que nada había sucedido y colocándose en frente de él para tapar las cenizas de la rosa.

_Si señorita. – Contestó Liycro, que aunque tenía curiosidad de saber lo que acababa de ocurrir, decidió no insistir. – Vendrán mañana a enfrentarse a nosotros. Según Athena, "quiere poner fin a esto y viene a derrotar a Perséfone"

Leenah rió y se dio vuelta hacia el rosal.

_Que siga soñando… Esa ilusa cree que puede derrotar a nuestra señora Perséfone… - Arrancó otra rosa del rosal y la observó. Se dio vuelta hacia Liycro sin apartar la vista de la rosa. - No será antes de que nosotros la derrotemos a ella y matemos a todos sus caballeritos que la siguen como si fueran perritos falderos… - Leenah apretó el puño y pulverizó la segunda rosa. Liycro sonrió. - ¿Algo más Liycro?

_ Sí… uno de los caballeros dorados, Escorpio, está mal herido.

_Lo sé…

_ ¿Cómo es que lo sabe?

_Porque fui yo quién lo hirió. – Le contestó. – Puedes retirarte Liycro. Yo informaré de esto a la señora Perséfone. – Leenah se dio vuelta y siguió observando el rosal, sin hacer caso a la mano que aún chorreaba sangre.

_Está bien. – Liycro se levantó, hizo una pequeña reverencia y estaba por desaparecer cuando Leenah lo detuvo.

_Espera Liycro.

_ ¿Qué sucede?

_ ¿Has visto a Belio?

_ Ehh, si…

_ ¿Cómo se encuentra? – Preguntó al mismo tiempo que se daba vuelta para mirarlo.

_Se encuentra mejor. Ya puede levantarse y le han quitado el yeso.

_ ¿Estará bien para mañana? Si los caballeros vienen a enfrentarse con nosotros debemos estar bien preparados.

_Seguro que estará bien señorita.

_Eso espero… Ahora sí puedes retirarte.

Liycro hizo otra reverencia y despareció.

Leenah se dio la vuelta hacia el rosal por tercera vez. Lo observó un momento, luego elevó su cosmos, pasó la mano por arriba de él, y el rosal quedó enteramente pulverizado, llenando de cenizas el verde césped.

_ ¡Neyla! – Gritó. De la puerta que daba al castillo, salió apresuradamente una de las esclavas. Tenía cabello corto hasta los hombros, lacio y negro azabache, con un flequillo que le cubría la frente. Vestía con largos y sucios harapos.

_ Diga señora. – Dijo nerviosamente, al mismo tiempo que se arrodillaba detrás de Leenah.

_Limpia todo esto. – Le respondió Leenah, señalando las cenizas del suelo. – Iré a ver a la señora Perséfone, y cuando regrese, no quiero ver un gramo de ceniza en el césped, ¿Entendido?

_ Si señora.

Leenah se alejó caminando y entró al castillo.

Caminó hasta la puerta del Gran Salón, la abrió, y vio a Perséfone sentada en el trono observando con detenimiento el humo gris de la punta del báculo. La diosa se sobresaltó al escuchar la puerta abrirse.

_Creí haber ordenado que nadie entrara. – Dijo fríamente.

_Siento molestarla mi señora, pero es que acaba de llegar Liycro con información. – Dijo Leenah, al mismo tiempo que caminaba hacia ella y hacía una reverencia.

_Ah… dime que han averiguado.

_Athena y sus caballeros vendrán a enfrentarse con nosotros mañana. Athena dice que viene a derrotarnos.

A Perséfone se le formó una sonrisa en su bello rostro.

_Pues está muy equivocada. – Dijo al mismo tiempo que se levantaba del trono. – Dejen que vengan… no saben que se acercan a su propia tumba… No tendrán la más mínima oportunidad contra nosotros…

Perséfone hablaba y maldecía a Athena, pero Leenah no la escuchaba. Tenía los ojos fijos en el báculo de la diosa. Más bien, en la bola de cristal que había en la punta, sin tener ni la más remota idea de que ese humo gris violáceo que se arremolinaba dentro, eran sus propias memorias y recuerdos. Al ver el humo fijamente, le llegaban a la mente extrañas imágenes, pero se desvanecían tan rápido que no podía llegar a distinguir lo que eran. Observó más detenida y fijamente, y llegó a ver con claridad una de ellas: Era ella, vestida con una imponente armadura dorada, y el cabello muy largo, y un caballero dorado de pelo largo y azul parado junto a ella: no había duda, aquél era el caballero dorado de Escorpio, el que había herido cuando fue al Santuario. ¿Por qué estaba el ahí? ¿Y por que ella vestía con una armadura dorada, las cuales protegen solo a los caballeros de Athena? Eso no podía ser real. Debía ser solo una ilusión… eso debía ser…

_ ¿Te encuentras bien Leenah? – La vos de Perséfone la sacó de aquel trance.

_ ¿Ah? ¿Qué?

Perséfone la miró extrañada.

_Que si te encuentras bien.

_ ¿Bien? ¡Sí! Ehh digo… no se preocupe, estoy bien… eso era todo, me retiro.

Se levantó, hizo una reverencia, y salió apresuradamente del Gran Salón.

_ ¿Qué diablos le ha pasado? – Se preguntó Perséfone, mirando la puerta por la que acababa de salir Leenah. Luego se dio vuelta y se sentó en el trono.

Leenah se recargó sobre la puerta, respirando a bocanadas. La cabeza le dolía de una manera increíble. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Se agarró de los cabellos.

_ ¿Qué demonios ha sido eso? Desde que vi esas imágenes que siento que se me parte la cabeza… - Escuchó unos pasos, y se levantó con dificultad del suelo. Se sentía mareada, y no podía ni pensar sin que le diera una punzada en la cabeza, lo que era peor, ya que en su mente rondaban millones de preguntas sobre lo que acababa de ver. Se escondió detrás de un muro, cuando pasó Ávira, que entró al Gran Salón.

Luego salió de ahí y caminó tambaleándose hacia su habitación.

Al día siguiente…

Los caballeros dorados estaban parados en una fila horizontal frente a Athena, en la cámara del Patriarca.

Athena estaba unos escalones más arriba que ellos, con su báculo dorado en la mano.

_Estamos por enfrentarnos, a un enemigo temible. – Dijo. – Pero hemos peleados batallas igual de feroces que ésta, y siempre hemos vencido. No podemos permitir que Perséfone se apodere de esta tierra, ni que someta a sus mortales al sufrimiento eterno. Como caballeros de la Justicia, el Amor, la Paz y la Esperanza, daremos nuestras vidas para proteger nuestra amada tierra.

_ ¡POR ATHENA!