Capítulo 19
Victoria y derrota
Once años atrás, en un pequeño pueblo de Grecia, vivía un niño de diez años, llamado Milo, que era maltratado y golpeado permanentemente por su padre.
Harto de los golpes y las humillaciones, un inesperado día, Milo decidió marcharse de su "hogar" para siempre. Esto lo llevó a internarse en un pequeño bosque, lejos de su pueblo. Fuera de ahí se encontró en un pequeño campo, donde una jovencita entrenaba arduamente.
La joven le dijo que se llamaba Leenah, y le explicó lo que eran los caballeros de Athena, y el Santuario. Le dijo que habían tres rangos diferentes de caballeros: bronce, plata y oro, y que ella misma entrenaba para ser el caballero de plata de Lince. Milo, al ver esto como su única salida, decide preguntarle como hace uno para convertirse en caballero.
Después, se encuentra con el mismísimo patriarca del Santuario, Shion, que era caballero dorado de Aries, y éste lo condujo al Santuario.
Al día siguiente, empieza su entrenamiento para convertirse en el Caballero Dorado de Escorpio. Conoció nuevos aspirante, Camus, que entrenaba por la armadura de oro de Acuario, y Aioria, que aspiraba a la armadura dorada de Leo.
Tiempo después, era igual de fuerte que sus amigos, y hasta había desarrollado una técnica, la cual era su mayor orgullo, llamada "Aguja escarlata". Un nuevo amigo se unió a ellos, Mu, que era el pupilo del patriarca Shion por lo tanto, entrenaba por la armadura de su maestro, Aries.
Otro tiempo después, llegó un momento que Milo no se esperaba: debía separarse de sus compañeros, dejar el Santuario que tanto le había dado, para dirigirse a su nuevo hogar, el lugar donde vivía la Sagrada Armadura de Escorpio. Allí tuvo un maestro llamado Adeiros, que lo entrenó duramente por la armadura.
Luego de seis años de entrenamiento en la Isla Milos, llegó el día de la prueba final, que consistía en sobrevivir a los peligros de la Selva Arami, la cual era el hogar de los escorpiones. Después de enfrentar una serie de obstáculos, logró hallar la armadura dorada de Escorpio que estaba escondida, y salir vivo con ella.
Regresó hacia el Santuario, convertido en Milo de Escorpio, y se reencontró con sus viejos amigos, los cuales también habían tenido éxito en su propósito de convertirse con caballeros: Leenah de Lince, Camus de Acuario, Aioria de Leo y Mu de Aries. También descubrió que Shion, el patriarca al cual Milo apreciaba mucho, había fallecido, y estaba siendo sustituido por su siniestro hermano Arles.
Al convertirse en el Caballero Dorado de Escorpio, le correspondía una de las Doce Casas del Santuario, que eran como pequeños templos, que pertenecían a los doce caballeros dorados, los cuales debían protegerlas de cualquier enemigo.
Un largo año después, surgió un pequeño problema: Un pueblo pequeño de Grecia, Kríhos, había sido brutalmente atacado por tres hombres con habilidades especiales.
Leenah de Lince y su hermano mayor, Shura de Capricornio, son enviados a investigar a dicho pueblo. Al llegar ahí, los hermanos ven que todas las personas habían sido asesinadas cruelmente de tres maneras diferentes: quemadas por un intenso fuego, electrocutadas por una extraña energía eléctrica, y por su propia mano, es decir, habiéndose atacado ellos mismos. Encontraron a solo dos sobrevivientes, una niña llamada Yúkua, y un hombre llamado Mytes. Los hermanos regresaron al Santuario con los dos sobrevivientes.
El mismo día que Leenah y Shura habían vuelto del Santuario, sucedió algo que dio un vuelco al corazón de Milo. En una de sus normales caminatas nocturnas, conoció por primera vez el rostro de su mejor amiga, que desde que la conoció estuvo tapado por una máscara de plata. Esto podría traerle a Milo dos opciones de las cuales el no tenía derecho a elegir: Amor o Muerte. Rindiéndose a lo que sentía, Leenah decide amar a Milo, en vez de matarlo.
Dos años después del ataque a Kríhos, surgieron nuevas batallas, que trajeron las muertes de los doce caballeros dorados, incluido Milo. Pero la nueva comandante del Santuario, Saori Kiddo, o mejor dicho, la diosa Athena en cuerpo de humana, logró revivir con su poderoso cosmos a los caballeros dorados, y a Shion, el patriarca. Un año después, Leenah, que heredó de su hermano la Sagrada Armadura Dorada de Capricornio, se convirtió en el nuevo caballero dorado de dicha constelación. Al mismo tiempo, los tres misteriosos hombres habían vuelto a atacar a un pueblo vecino de Kríhos, llamado Naicró.
Como Leenah y Shura, ya habían investigado el primer ataque, fueron los enviados a ver lo ocurrido en Naicró. Pero, como los hermanos tardaban más de lo esperado, el patriarca decidió enviar a Camus de Acuario, Mu de Aries, Shaka de Virgo y Aioria de Leo a buscarlos. Sus temores eran ciertos: Leenah y Shura habían sido brutalmente atacados. Cuando los cuatro caballeros dorados se disponían a llevarlos de vuelta al Santuario, se encontraron con los responsables. Descubrieron que aquellos ataques, habían sido producidos por los Ángeles del Infierno de la diosa Perséfone, que tenía un plan de venganza contra Athena, ya que ésta derrotó y encerró a su esposo Hades, el dios del Inframundo.
No mucho tiempo después, cuando los hermanos ya estaban fuera de peligro y recuperándose, Perséfone decidió actuar directamente. Se internó en el Santuario, y borró de la memoria de Leenah, cada pensamiento y recuerdo sobre el Santuario, y la convenció de que se uniera a ella. Dos años después, Leenah era un Ángel del Infierno de primer rango.
Perséfone y los tres Ángeles que habían atacado Kríhos y Naicró anteriormente, fueron al Santuario, hacia un encuentro con Athena. Athena logró infligirle una pequeña derrota, pero Perséfone no se rindió, y regresó a su castillo con un pequeño plan. Decidió secuestrar a Shion de Aries, el patriarca, para que Athena y sus caballeros fueran hacia ella…
Athena estaba parada unos escalones más arriba que la fila de caballeros dorados que tenía arrodillados en frente, con su báculo en la mano. Los dorados la miraban impacientes.
_Caballeros, antes de partamos hacia el encuentro con Perséfone, quiero decirles algo. – Miró de reojo a Milo. – Sé, que muchos de ustedes apreciaba mucho a Leenah, que hasta ahora había sido nuestra amiga, nuestra compañera, siempre leal y fuerte. Pero, dados los hechos, como caballeros, no pueden dejarse llevar por los sentimientos. Quiero que no duden en atacarla si es necesario, porque ella no dudará en atacarlos a ustedes sin la más mínima gota de compasión, y eso lo hemos visto con nuestros propios ojos… Estoy segura de que entienden que la verdadera Leenah no tiene la menor idea de los daños que está causando… Muy bien, será mejor que partamos de inmediato. – Los caballeros dorados se pararon. Athena hizo un movimiento con el báculo, y segundos después se evaporaron en el aire.
En la morada enemiga…
Perséfone se encontraba de pie ante sus cinco protectores. Los de primer rango: Ávira de Serpiente, y Leenah de Aguijón; y los de último rango: Liycro de Monte Khan, Belio de Electra y Naya de Creta. La diosa vestía con su imponente armadura divina, que consistía de un peto plateado sin brazos ni cuello, éste, cubierto por una especie de cuello de plata, sus piernas estaban cubiertas por la falda negra de su vestido, llevaba pequeñas hombreras de las cuales sobresalían afiladas agujas, y muñequeras de plata. Tenía su báculo plateado el cual tenía una bola de cristal en la punta en la mano.
_Ángeles – Dijo finalmente. – El momento que hemos esperado durante tanto tiempo por fin ha llegado… Athena viene hacia nosotros, sin saber que se dirige directamente a su tumba y a su perdición… Por fin podré vengar a Hades y lograré cumplir el sueño que él no pudo… ¿Saben por qué? – Leenah y Ávira intercambiaron miradas de indecisión. Perséfone continuó. – Porque él no tenía la fuerza y la determinación que tenemos nosotros… Ni siquiera con sus ciento ocho espectros, pudo vencer a Athena… Y yo… con sólo cinco de los míos la derrotaré… y el mundo será totalmente mío… - Perséfone parecía hablar más para ella misma que para sus Ángeles. – Los mortales, que se han atrevido a enfrentarse a los dioses, que han destruido el mundo que se les ha dado con odio, egoísmo, celos, corrupción y mentiras, conocerán lo que es el sufrimiento y el poder de los dioses. – La sonrisa más malévola se apoderó del rostro de la bella diosa. Los Ángeles se pararon e hicieron una reverencia. Luego se dieron vuelta y se posicionaron frente a Perséfone, para protegerla. – Leenah, Ávira, no hay que ser irrespetuosos, ¿Por qué no van a darles la bienvenida a nuestros invitados? - Leenah y Ávira asintieron con la cabeza y desaparecieron del Gran Salón. – Liycro, Naya, Belio, acérquense. Quiero darles algo muy importante. – En la punta del báculo, es decir, en la bola de cristal, apareció una pequeña bola de cosmos color gris violáceo. La bola atravesó el cristal y se quedó suspendida en el aire por un momento. Luego se dividió en tres bolas más pequeñas, y cada una se introdujo en el cuerpo de los ángeles.
Leenah y Ávira reaparecieron afuera, en la puerta principal del Castillo de Perséfone, frente a frente con Athena y los caballeros dorados. Athena tenía una mirada firme y determinada, como dispuesta a cualquier cosa.
_Bienvenida, Athena. – Dijo Leenah, con una malévola sonrisa. Recorrió con la mirada a la fila de caballeros dorados que había detrás de Athena, y luego clavó sus bellos ojos verde azulado en el caballero de cabellos azules. Inmediatamente se le vino a la cabeza la imagen que había visto el día anterior, y al instante volvió ese insoportable dolor de cabeza, el cual había comenzado desde que vio esa imagen en el Gran Salón con Perséfone, y el cual cesaba por un rato y luego regresaba. Su cuerpo se estremeció, y sintió unas ganas terribles de tirarse al suelo y agarrarse la cabeza, y aunque en su rostro se formó una expresión de sufrimiento, nadie se dio cuenta. Se quedó firme y fingió que nada sucedía.
_ ¿Dónde está Shion? – Preguntó finalmente Athena.
_ Todo a su tiempo Athena, todo a su tiempo… - Contestó tranquilamente Ávira.
_ A todo esto… nunca nos han dicho quiénes son ustedes. – Dijo Saga.
Ávira sonrió y luego dijo:
_Yo soy Ávira de Serpiente, y ella es Leenah de Aguijón. – Señaló a esta última. Athena miró de reojo a Shura, que apretaba con fuerza los puños como si quisiera triturarse las manos, y luego miró a Milo, que tenía un rostro tan pálido que daba lástima mirarlo. – Somos los guardianes principales de la señora Perséfone.
_Bien, entonces… vinimos hacia acá, como ella nos lo pidió, Debemos enfrentarnos a ella para liberar a Shion supongo.
Leenah soltó una carcajada.
_ ¿No creerás que te dejaremos acercarte así como así a nuestra diosa?
_ ¿Qué quieres decir? – Preguntó la diosa.
_Quiere decir, que tendrán que pasar por una serie de pruebas para poder llegar hasta la señora Perséfone. – Le respondió tranquilamente Ávira.
_ ¿Qué clase de pruebas? – Preguntó Dohko.
_ Eso no podemos decírtelo ahora, lo verás en el camino… - Contestó Ávira.
_Buena suerte, caballeros. – Leenah y Ávira se esfumaron en una nube de humo negro.
_ ¡Esperen! – Gritó Athena, pero era demasiado tarde, ambos habían desaparecido.
Athena y los caballeros dorados se quedaron quietos un momento, mirando el lugar donde habían desaparecido.
_Athena… - Comenzó Shaka.
_Sí… creo que será mejor que entremos de una vez. – Athena se dio vuelta y los miró. - Sea lo que sea que nos espera ahí dentro, tendremos que afrontarlo, porque solo así podremos llegar hacia donde está Perséfone, y seguramente también hacia Shion. – Los caballeros dorados hicieron una señal de aprobación, Athena se dio vuelta, y abrió la puerta.
Era diferente al Salón Principal original. Se había transformado en un largo pasillo, que al parecer era interminable. En los costados había grandes columnas que llegaban al techo, en las cuales había grabados millones de humanos, que se quemaban vivos, y abajo palabras en griego: "Los dioses son poder".
Los caballeros dorados, encabezados por la diosa Athena caminaron por el pasillo. Solo habían caminado unos cuantos minutos, pero para ellos parecieron varias interminables horas.
Cuando estaban seguros de que llegarían a alguna puerta o a algún indicio del final del pasillo, se encontraban en el mismo lugar. Era algo similar al Laberinto de la Casa de Géminis, comandada por Saga.
_ ¿Qué tan largo es este pasillo? – Dijo Máscara de Muerte.
_ No es largo… esto es una ilusión para confundirnos. – Le respondió Shaka, quien siempre podía ver más allá de los ojos.
_ Tienes razón pero… ¿hasta cuándo querrán contenernos aquí? – Preguntó Aioria.
_ No lo sé… - Susurró Shaka.
_ No vale la pena sacar conclusiones caballeros, lo mejor es seguir avanzando. – Saltó Athena.
_ Tienes razón Athena. – Contestó Aioros.
Se dispusieron a continuar caminando, pero no habían dado ni un solo paso, que una gran liana surgió de la nada de la pared. Se deslizó por el suelo y se ató a los pies de Máscara de Muerte. Éste profirió un grito al ver como la verde liana se enroscaba por su cuerpo impidiéndole respirar. Los caballeros, que hasta ahora no se habían dado ni pisca de cuenta, se dieron vuelta para ver a Máscara de Muerte tumbado en el suelo y agarrándose el cuello, el cual estaba amarrado fuertemente con la liana. Aioros, Milo, Aldebarán y Mu se colocaron frente a Athena para protegerla; Afrodita, Saga, Camus y Shura, intentaron en vano liberar a Máscara de Muerte, ya que las lianas se negaban a cortarse o a abandonar el cuerpo de su víctima; mientras, los demás vigilaban si algo ocurría.
Después de mucho forcejeo y de inútiles intentos por liberarlo, la liana arrastró a Máscara de Muerte, y atravesó la pared, desapareciendo con él.
_ ¿Qué hacemos? – Dijo desesperado Afrodita, palpando la pared donde había desaparecido su amigo.
_ Seguir.
Todos miraron a la diosa.
_ Pero… - Balbuceó Shura.
_ No debemos mirar hacia atrás caballeros… Aún no hemos llegado al objetivo.
_Tienes razón Athena. – Dijo Camus, y le dio unas palmaditas en el hombro a Afrodita, que no parecía dispuesto a abandonar a su amigo.
Athena sonrió, y continuó caminando, seguida por los caballeros.
Los dorados iban a alerta y en guardia, por si algo sucedía nuevamente. El problema es que tenían razón, y que ninguno de sus esfuerzos para impedirlo parecieron funcionar. A Saga lo succionó un gran agujero en el suelo; Aldebarán fue encogiéndose hasta desaparecer; un humo de color plateado pareció secuestrar a Shaka; Mu desapareció en un pequeño portal; El cuerpo de Aioria se fue cortando en pedazos sin derramar una gota de sangre y los pedazos quedaron esparcidos por el suelo, y cuando los dorados y Athena se dieron vuelta, habían desaparecido por completo; y finalmente, cuando solo quedaban Athena y Milo, éste se fue derritiendo hasta convertirse en un espeso líquido que traspasó el suelo como si hubiera una rendija invisible. Todos los caballeros fueron desapareciendo uno a uno, dejando a Athena completamente sola, que a pesar del dolor que sentía, no se rindió y continuó caminando.
No había caminado ni cinco minutos, cuando la gran puerta del Gran Salón apareció frente a ella. Dudó unos segundos, pero luego agarró con fuerza el báculo, se armó de todo el valor que pudo, y entró.
Se quedó completamente estupefacta al ver a todos los caballeros dorados atados con cadenas a la pared de la sala circular. Todos parecían desmayados, ya que tenían la cabeza abajo y ni se habían percatado de la ruidosa entrada de su diosa. En el medio de todos ellos, estaba Shion.
Athena recorrió con la mirada el salón y observó a cada uno de los caballeros, esperando ver la más mínima señal de movimiento. Luego su mirada se detuvo en una nube de humo gris que se estaba materializando frente a ella, hasta convertirse en la mismísima Perséfone.
_Bienvenida Athena. – dijo tranquilamente.
_ ¿Qué les has hecho? – Preguntó Athena, señalando a los caballeros.
_ ¿Qué cosa? ¡Ah! Sí… son mis invitados… ¿Curioso no? No aguantaron ni una hora a tu lado… Esto demuestra lo débiles que son tus caballeritos Athena.
El rostro de Athena brillaba de ira, mientras que Perséfone sonreía de placer. Sin esperar un minuto más, levantó el báculo y le lanzó una bola de cosmos dorada a Perséfone. Pero para su sorpresa, ésta fue detenida por una sombra negra. Unos segundos después, su cuerpo fue atraído hasta una de las columnas por una gran fuerza cósmica, y cuando se recuperó, se vio pegada a una columna, con las manos sujetas con agujas de un color carmesí.
Ávira hizo desaparecer el ataque de Athena y estaba parado frente a Perséfone, y Leenah apareció detrás de Athena una rodeada por un aura roja, evidentemente ella había inmovilizado a Athena.
Perséfone comenzó a reírse a carcajadas.
_ ¡Ha sido más fácil de lo que pensé! – Perséfone caminó hacia Athena y le levantó la barbilla. – ¿Lo ves Athena? Este mundo no merece tu sacrificio. Está contaminado de odio, y de personas que han destruido el regalo que los dioses les han dado. Tienes que entender que deben ser castigados por tal osadía. Tú, que eres una inmortal, sacrificas tu propia vida para salvar a los inútiles mortales.
_ No solo existe el odio y esas cosas que tú dices… también… existen el amor, y la esperanza. Son cosas que tú nunca entenderás porque tu cuerpo y tu alma han sido corrompidos por el deseo de poder, por el egoísmo y por la oscuridad. – Perséfone, temblando de ira ante las palabras de Athena, alzó una mano y la abofeteó.
_ ¿Quién eres tú para decirme lo que soy? ¡Aún al borde de la muerte te atreves a decir una cosa como esa! Los humanos serán juzgados y castigados por los crímenes que cometieron, después de eso, yo, Perséfone, reina del Inframundo y esposa del gran Hades, crearé mi propio paraíso, libre del egoísmo, del odio y de la mentira. ¿No lo puedes entender? Mi deseo es limpiar este mundo, de todo el mal y la corrupción.
_ Aunque sea cierto lo que dices, también hay personas inocentes y puras, que viven y respetan el mundo que se les ha otorgado. Yo, como diosa de la tierra no puedo permitir que destruyas a todos los mortales para beneficio propio. Aunque tenga que dar mi vida de diosa, no permitiré que lastimes el mundo de los vivos.
_ Veo que es imposible razonar contigo Athena… Muy bien, si ese es tu deseo te mataré de inmediato, así nada más se interpondrá en mi camino otra vez. – Ávira y Leenah observaban con malicia como Perséfone hacía aparecer su oscuro báculo en la mano. Las agujas creadas por Leenah parecían absorber la energía de la diosa, ya que el rostro de Athena se veía pálido y apenas podía moverse. Perséfone apuntó con el báculo a la diosa, lista para matarla, pero una milésima de segundo antes de que pudiera disparar, una energía parecida a la de una espada le pasó por el costado, provocándole un profundo corte en la mejilla izquierda. Perséfone de dio vuelta rápidamente, al igual que Ávira y Leenah, y casi se desmaya al ver a los doce caballeros dorados y a Shion en guardia frente a ellos.
_ Pero… ¿Cómo…? – balbuceó. Pero antes de que ninguno de ellos pudiera responder su vista se clavó en la respuesta: La espada Excalibur de Shura.
_ Creo que aún te falta aprender un par de cosas sobre nosotros, Perséfone. – Dijo Shura.
Leenah se quedó observando la mano de Shura, y luego observó la suya. Luego observó el rostro de Shura, y notó que era notablemente parecido a ella. Podría ser… No, no… eso era imposible. ¿Cómo iba a tener un caballero de Athena algún parentesco con ella? Pero, aún así… Al mirar el rostro de Shura, lo notaba vagamente familiar y tenía una sensación como de nostalgia. Hasta se sorprendió así misma al sentir… algo inexplicable… como si fuera… un cariño fraternal, como si no tuviera la fuerza o las agallas para hacerle daño a aquel caballero por que le tenía un profundo cariño y respeto. Sacudió la cabeza como si quisiera expulsar esas ideas de su mente y se puso en guardia.
_ Aléjate de Athena. – Dijo otra voz, que también le hizo sentir lo mismo. Buscó con la mirada, y se detuvo en la persona que más esperaba: Milo. Éste, a pesar de que estaba en guardia para proteger a Athena, no le quitaba los ojos de encima. Nuevamente sintió esa sensación de nostalgia. Finalmente decidió no dejar que esas sensaciones sin sentido se apoderaran de ella.
Perséfone sonrió e hizo una señal con la mano a Ávira y Leenah, que estaban a punto de lanzarse contra los caballeros, para que se detuvieran.
_ No ensucien sus manos con escorias como ésta. No están a la altura de ustedes. – Ávira y Leena asintieron con la cabeza y retrocedieron unos pasos, mientras Perséfone elevaba su cosmos. Unos segundos después, aparecieron de la nada, Liycro, Belio, y Naya.
_ Vaya, vaya, vaya... Pero si son los niños de oro. – Dijo burlonamente Liycro.
_ Tanto tiempo. – Continuó sarcásticamente Naya.
_ ¿Cómo han estado caballeritos? – Le siguió de igual forma Belio.
_ Ahórrense la charla y acábenlos de una vez. – Interrumpió Perséfone.
_ Como usted diga. – Respondió Belio.
Al instante, los tres desaparecieron. Los dorados miraron para todos lados para averiguar adonde habían ido, y estos aparecieron justo detrás de ellos para provocar una pequeña explosión que los tumbó al suelo.
Cinco minutos después, Mu, Aldebarán, Máscara de Muerte y Afrodita, peleaban con Naya; Aioria, Dohko, Aioros y Shaka se mataban con Liycro; Milo, Camus, Saga y Shura batallaban con Belio. Los tres se habían hecho misteriosamente fuertes, casi llegaban al nivel de Ávira y Leenah. Shion peleaba con Ávira, ya que éste le cerraba el paso hacia Athena. Perséfone miraba la escena un tanto divertida.
_ Ehh mi señora… - Susurró Leenah, sacando a la diosa de sus pensamientos.
_ ¿Qué? – Dijo bruscamente. Leenah señaló a Athena, que estaba todavía pegada a la columna, totalmente pálida. - ¡Ah sí! Por poco me olvido que estabas ahí Athena.
Mientras Perséfone se burlaba de Athena, los caballeros seguían batallándose a muerte con los ángeles. De repente, Shura sintió como si algo estuviera atrayendo su atención y su mirada hacia el báculo que Perséfone sostenía distraídamente. De repente sus negros ojos se clavaron en la bola de cristal. En realidad, miraba fijamente el humo que se arremolinaba dentro. De repente una serie de imágenes llegaban a su mente: recuerdos. Vio una imagen del día en que salvó a Leenah de que sus propios padres la mataran a golpes, de uno de los tantos entrenamientos que tenían en el Santuario, de la vez que ambos fueron a investigar lo que había ocurrido en Naicró, cuando Leenah era solo un bebé… De repente lo entendió todo.
_ ¡MILO!
_ ¿Qué? – gritó éste, tratando de escabullirse por entre los caballeros sin que lo vean, lo cual consiguió exitosamente, ya que Belio y Saga estaban enredados en una sangrienta pelea y ni siquiera notaron que había otras personas que peleaban ahí.
_ ¡Es el báculo! ¡Tiene las memorias de Leenah! – Exclamó, en cuanto Milo llegó con él.
_ ¡¿QUÉ?!
_ Mira en la punta, en la bola de cristal.
Milo buscó con la mirada un momento, y luego su mirada se detuvo en dicha bola. Luego de un minuto, salió de un pequeño trance, y gritó:
_ ¡Tenemos que quitárselo!
_ ¡Yo me encargo, tu distrae a Leenah!
Ambos caballeros se separaron, y pasaron a toda velocidad por entre los caballeros que peleaban con los Ángeles. Shura desapareció quien sabe dónde, y Milo se dirigió como una flecha hacia Perséfone. Como él esperaba, Leenah se interpuso en su camino.
_ ¡Aguijón Sangrante! – Gritó ésta, y le lanzó a Milo algo parecido a una lanza de cosmos color carmesí oscuro. La lanza atravesó a Milo, quien soltó un alarido de dolor y cayó al suelo. Cuando pudo levantarse, observó sorprendido que Leenah estaba de rodillas frente a él, agarrándose de los pelos, con una expresión de profundo sufrimiento, y gimiendo de dolor. Milo dudó un momento, pero luego se acercó a ella con dificultad.
_ ¿Qué… que te pasa? – Preguntó débilmente.
Ella no le hizo caso, y se levantó. Levantó un puño con la intención de asestare un golpe a Milo en el rostro, pero lo único que logró fue caer nuevamente al suelo, en sus brazos.
_ ¡Leenah!
_ ¡Has que se detenga! ¡Que se detenga! – Gritó desesperadamente, mientras se agarraba la cabeza y los ojos se le llenaban de lágrimas.
_ ¿Qué cosa? – Preguntó Milo, igual de desesperado.
_ Ya no lo soporto… por favor… ya no más…
Perséfone, que acababa de percatarse que su plan estaba a punto de irse al diablo, corrió hacia Milo y Leenah.
_ ¡Aléjate de ella! – Gritó, y estaba a punto de lanzar un golpe con su báculo, cuando fue interceptada rápidamente por Shura, que apareció de la nada. Ambos forcejaron por un momento, hasta que Shura logró arrebatarle el báculo, y se lo arrojó a Milo, que lo atrapó en el aire.
_ ¡MALDITO MORTAL! ¡COMO TE HAS ATREVIDO! – Bramó Perséfone, y arrojó a Shura, que se estampó contra una columna y cayó de bruces al suelo.
Milo dejó a Leenah, que no paraba de sollozar y gemir, cuidadosamente en el suelo, y caminó hacia la pared, (agarrándose el costado derecho del cuerpo, ya que todavía le dolía por el golpe de Leenah) con el báculo en la mano. Perséfone se dio vuelta justo a tiempo para ver a Milo a punto de estrellar la punta del báculo contra la pared.
_ ¡NOOO! – Gritó con angustia. Pero era demasiado tarde: Milo ya había estampado con todas sus fuerzas la bola de cristal contra la pared, y la había hecho trizas. - ¡NOOOO! – Gritó aún más fuerte la diosa, y en su voz se notaba la ira que sentía.
Milo arrojó el palo de plata del báculo inservible sobre los trozos de cristal. Inmediatamente, un humo color gris surgió de éstos y se arremolinó en el aire. Después de estar así por unos segundos, el humo se desplazó por el aire, hasta Leenah, que ya no sollozaba ni gemía, simplemente se hallaba inconsciente en el suelo. El humo se introdujo en su cabeza, y cuando desapareció del todo en su mente, Leenah despertó.
La misteriosa fuerza que hacía casi invencibles a los tres ángeles desapareció completamente, y los caballeros dorados los derrotaron fácilmente.
Shion se levantó del suelo, lleno de heridas, y algunas que parecían mordidas de serpientes, con el inconsciente Ávira a sus pies.
Athena se liberó de sus ataduras, y cayó al suelo, pero se levantó rápidamente y se puso en guardia, el color había vuelto totalmente a su rostro.
Milo estaba arrodillado en el suelo, con Leenah en brazos. Las lágrimas resbalaban sin problema por sus mejillas. Ella tenía los ojos abiertos, pero no parecía ver nada. Cuando finalmente despertó del todo, miró directamente a los ojos al caballero.
_ ¿Mi…Milo? – Susurró. Milo asintió con la cabeza y le acarició el cabello.
_ Ya todo está bien… ya terminó Leenah… - Ambos se abrazaron. Luego Milo la soltó al percatarse de lo que ocurría.
Perséfone estaba sola. Pasaba la mirada desde Ávira a los muertos ángeles.
_ Ríndete Perséfone, verás que ya no tienes oportunidad alguna. – Dijo Athena, con el báculo en alto.
Perséfone sonrió. Luego empezó a elevar su cosmos, y unos segundos después, aparecieron en su mano un arco y una flecha de plata. Rápidamente apuntó a Athena con la flecha, pero la bajó al notar que los doce caballeros la rodeaban, con Milo justo enfrente.
_Muy bien… te atravesaré a ti primero… - Apuntó al frente nuevamente, justo hacia el corazón de Milo. Unos segundos después, que para Milo parecieron eternos, la flecha plateada se desprendió del arco. En esa milésima de segundo, antes de que la flecha lo asestara, pasaron por su mente millones de imágenes y pensamientos, culpas, felicidades, tristezas y enojos. Dispuesto a morir cerró los ojos, esperando el dolor, pero éste no llegó. Esperó unos segundos más, y nada. Imaginó que había muerto instantáneamente ante la flecha de Perséfone, pero cuando abrió los ojos, se encontró en la misma sala. De repente, sintió una punzada de dolor. Leenah se hallaba frente a él, con los brazos extendidos, una horrible expresión de dolor en su rostro, y una flecha de plata clavada en el medio del pecho.
_ ¿Pero qué…? – Se extrañó Perséfone.
No había duda, la verdadera Leenah había vuelto totalmente. Solo ella habría sido capaz de sacrificar su vida de esa manera por él, porque sabía que ella lo amaba profundamente, al igual que él lo hacía. Tan cerca había estado de recuperarla… pero no lo logró… parecía estar destinado a vivir sin ella, a vivir sin su amor. En todo ese tiempo no le había dicho que la amaba ni una vez. Ahora era real: la había perdido. El grito salió de su garganta:
_ ¡LEENAH! – Se arrojó hacia ella y alcanzó a atraparla antes de que llegara al suelo.
Perséfone intentó abalanzarse sobre Athena, pero fue interceptada por Shaka y Saga que la tomaron de los brazos. Athena caminó hacia ella e hizo aparecer en sus manos un gran jarrón. Perséfone reconoció el jarrón y soltó un alarido de miedo al mismo tiempo que retrocedía unos pasos. Athena quitó la tapa, y una gran corriente de aire comenzó a succionar a Perséfone.
_ ¡NO ME ENCERRARÁS! ¡NO LO LOGRARÁS! ¡ESTE MUNDO TIENE QUE SER PURIFICADO ATHENA! ¡DEBES ENTENDER…. – Pero su frase quedó en el aire, ya que fue absorbida completamente por el jarrón.
_ ¡SEÑORA PERSÉFONE! – Bramó Ávira, e intentó ayudar a su diosa, pero en cambio sufrió su misma suerte. Fue absorbido junto con la diosa hacia el jarrón. Cuando ambos estaban completamente dentro, (aún se seguían escuchando las maldiciones de Perséfone) Athena puso un sello con su nombre y selló el jarrón, junto con el alma de Perséfone.
Todo había terminado… el mundo estaba seguro nuevamente… habían ganado una victoria, pero…
Milo se hallaba arrodillado en el suelo, con la malherida Leenah en los brazos. Leenah tenía el pecho cubierto de sangre y las lágrimas inundaban sus bellos ojos.
_ Lo s-siento Milo… yo nunca q-quise lastimar a-a nadie… - Dijo entre sollozos.
_ No digas eso… no fue culpa tuya…
_ Lamento n-no poder estar a tu lado… T-tienes que p-proteger a A-athena por mí…
_ No va a hacer falta… tú vendrás conmigo, y protegerás a Athena tu misma, y volverás a ser Leenah de Capricornio…
_ Es tarde Milo… Mi cuerpo está destruido… Ya no hay nada que podamos hacer… Lamento tanto haberte causado tanto dolor Milo… - Leenah tragó saliva y dejó de sollozar.
Shura se acercó a ellos y se arrodilló junto a Leenah.
_ A ti también te causé mucho dolor, ¿No es así hermano?
_ Eso no importa, no fue tu intención… -Dijo Shura, tratando de contener el llanto.
_ Te amo Leenah. – Soltó Milo.
_ Yo también… aún cuando estaba encerrada en esa mente y en esa personalidad que no era mía… te amé. Pero ya es tiempo de que me vaya, es mi destino, y eso no puedes cambiarlo…
Milo levantó la cabeza de Leenah besó tiernamente sus labios. Luego la observó por un momento mientras le acariciaba el cabello.
_ Adiós Leenah. – Susurró Milo.
_ Adiós Milo.
Leenah cerró lentamente los ojos. Su cosmos se fue apagando lentamente, hasta desaparecer del todo. Era un hecho: Leenah se había ido por completo de su vida para siempre. Ya no podía albergar esperanzas de que la encontraría otra vez y que la recuperaría… La persona que más había amado en su vida se había esfumado, y todo lo que quedaba para Milo, era el recuerdo de que alguna vez había amado…
Fin.
