26 de Noviembre de 1542
Ese día, como tantos otros, los Grey no se encontraban en casa.
Ambos habían acudido a Londres hacía ya casi dos semanas, a la corte del rey, pues siempre afirmaban que el lugar de un noble no se encontraba en las fincas que éstos pudieran poseer en el campo, sino en el corazón mismo de la capital inglesa, hogar del soberano Tudor. Según ellos, sólo existían tres razones por las que un noble se encontraría confinado en su hogar, y no en la corte del rey: podía ser porque ese noble estuviese enfermo, porque nadie quería verle o bien porque, y Dios no lo quisiera, porque había caído en desgracia a los ojos del rey. Si eras de buena cuna y no te encontrabas en la corte, simplemente no existías; y los Grey no podían permitirse no existir, eran demasiado ambiciosos para eso.
Así, habían dejado a sus dos hijas, Jane, de cinco años de edad, y Catherine, de apenas dos, al cuidado de los criados de la casa, dirigidos por Mrs. Ellen, el ama de las pequeñas Grey. No podía decirse que estas prolongadas separaciones entre padres e hijas fuera especialmente dolorosa para cualquiera de las dos partes; lo cierto era que tanto unos como otros agradecían pasar un tiempo separados. Los Grey amaban montar a caballo, presenciar torneos de justas e ir de caza como tantos nobles de aquella época, pero ciertamente no eran unos padres muy entregados.
Por triste que pudiera sonar, para las más pequeñas de la casa también era un respiro la ausencia de sus padres, ya que en presencia de ellos todo lo que realizaban, ya fuera hablar, callar, bordar, bailar o recitar, debían hacerlo de una manera tan perfecta como si se encontraran bajo la dirección del mismo Creador. Las hermanas Grey tenían unos padres muy estrictos y unas criadas muy dulces, y era en ese peculiar equilibrio donde las niñas encontraban paz.
En aquellos momentos, la pequeña ama de la casa en ausencia de sus padres, Jane Grey, paseaba por el amplio y fresco jardín de la finca de los Grey bajo la atenta mirada de Mrs. Ellen, quien la vigilaba sentada a las puertas de la casa. Aunque seguía siendo algo baja para su edad, lo cierto era que había crecido mucho en los últimos dos años: el cabello rubio cuidadosamente ondulado le caía un poco por debajo de los hombros, sus ojos azules seguían tan claros como siempre y, para pesar de sus padres, las pecas que salpicaban sus mejillas no parecían tener intención de desaparecer.
Paseaba por el césped portando un libro abierto entre las manos, al cual se encontraba totalmente entregada: a pesar de ser tan pequeña, la niña adoraba leer y aprender en general, era difícil no verla con un libro entre sus manos en su tiempo libre. Aún le costaba entender algunas palabras, pero en general era capaz de leer en su idioma natal sin ningún problema. Aparte de la típica educación para una hija de nobles, la cual incluía buenas maneras, bordar, bailar y tocar algunos instrumentos musicales, sus padres se estaban encargando de que Jane recibiera una excelente educación humanista, y aún sin saberlo de manera totalmente consciente, eso era lo mejor que los Grey habían hecho nunca por su hija.
Pasados unos momentos, la pequeña cerró el libro con cuidado y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, respirando profundamente del aire fresco que corría a su alrededor y dejando que los rayos del sol acariciaran su rostro: el mes de Noviembre ya llegaba a su fin, y Diciembre no tardaría en traer consigo las nubes grises y los aires fríos tan propios de Inglaterra. Entonces se acabarían los paseos por los prados cercanos a su casa durante bastante tiempo, al menos hasta que la próxima primavera floreciera de nuevo en el reino de Enrique VIII. Abriendo de nuevo sus ojos azules, la hija mayor de los Grey fijó su mirada en un solitario manzano en cuyas raíces le gustaba recostarse en días soleados como aquellos. Era un árbol viejo y maltratado por el frío inglés, pero aún así seguía en pie, fuerte y lleno de hojas verdes y dulces manzanas rojas coloradas. Iba a dirigirse al pie del mismo, con la idea de dormitar un poco bajo su sombra, cuando divisó una figura a lo lejos que se dirigía hacia ella.
Jane entrecerró los ojos y los protegió del sol, poniendo la palma de su mano a modo de visera, intentando identificar a la persona que acababa de ver: era un hombre adulto, por lo que alcanzaba a ver, pero sin embargo no parecía su padre, y el corazón de la pequeña experimentó una agradable sensación de alivio al comprobar este hecho. El desconocido no estaba ya demasiado lejos, y la niña tardó demasiado en reconocerle finalmente:
- ¡Abuelo! - llamó Jane, dejando caer su libro sobre la fina hierba y corriendo hacia el padre de su madre.
Charles Brandon, el duque de Suffolk, esbozó una amplia sonrisa y se acuclilló con los brazos extendidos, dispuesto a recibir a su nieta mayor. Tras recorrer a toda prisa los escasos metros que la separaban de su abuelo, la niña se arrojó a sus brazos entre risas, echándole los brazos afectuosamente alrededor del cuello. La vida en la corte no dejaba a Charles Brandon demasiado tiempo para visitar a sus hijos que vivían en el campo, pero siempre que podía y el rey se lo permitía no dejaba pasar una oportunidad para visitarles y saber cómo se encontraban. De hecho, a pesar de que habían transcurrido cerca de dos años, aún no conocía a su nieta menor, Catherine.
- ¡Me alegro tanto de veros! - afirmó Jane, totalmente dichosa, mientras estudiaba el rostro de su abuelo, asombrada por lo mucho que había envejecido desde la última que lo vio. - No esperaba vuestra visita, lamento deciros que mis padres se encuentran en la Corte...
El duque de Suffolk esbozó una sonrisa de nostalgia ante las palabras de su nieta mayor: la niña era muy inteligente eso lo sabía, pero la última vez que la vio no era capaz de expresarse con tanta soltura... Realmente lamentaba perderse momentos como aquellos en la vida de sus nietos, pero Dios sabía bien que hacía lo que podía por verlos en los momentos en que se veía liberado de la frenética vida en la corte del rey.
- Sí, lo sé, Jane... - dijo Charles Brandon, volviendo a dejar a la pequeña en el suelo. - De hecho, vienen conmigo, no tardarán mucho en llegar, pero se dirigirán directamente hacia la casa...
La expresión de decepción no tardó demasiado en aparecer en el rostro de la niña, quien dirigió la mirada hacia la casa, intentando que el impacto de las palabras de su abuelo no se hiciera demasiado visible. Le había encantado volver a ver a su abuelo, y había esperado poder pasar la tarde con él y con Catherine escuchando sus viejas historias sin que sus padres estuvieran de por medio, obligándola a actuar a la perfección sin decirle una sola palabra.
- Estáis más alta que la última vez que os ví... - habló el duque de Suffolk, intentando animar a Jane. - Os estáis convirtiendo en toda una damita, y veo que ya sabéis leer...
La pequeña se volvió hacia su abuelo al escuchar la palabra "leer": no había nada que le gustara más que poder conversar sobre todo aquello que leía con sus criadas o con la pequeña Catherine, aunque a veces ésta resultara demasiado pequeña como para poder entenderla totalmente. A veces, Jane anhelaba poder tener algún amigo o amiga con quien compartir todo lo que aprendía, pero, a excepción de las anteriormente mencionadas, no se podía decir que la niña tuviera muchos niños con los que poder hablar: los hijos de los jornaleros eran todos demasiados alborotadores y poco amigos de los libros como para poder hablarles de las historias que leía en ellos, además muchas personas pensaban que el deber de una niña de su edad no era estar todo el día con un libro entre las manos, sino que ese lugar debía ser reemplazado de inmediato por una aguja de coser. Por eso le gustó oír que su abuelo parecía apreciar sus hábitos lectores.
- Así es... - respondió Jane con una sonrisa de satisfacción propia. Dicho esto, volvió sobre sus pasos y recogió el libro del lecho de hierba verde para tendérselo a su abuelo. - Aún tengo problemas con algunas palabras, pero...
- ¡Jane, menos mal que te encuentro! - la interrumpió una voz bastante familiar.
Tanto Charles Brandon como su nieta se volvieron hacia el lugar de donde procedía la llamada: ambos vieron avanzar a grandes zancadas por el prado a Frances Brandon, recién llegada junto a su esposo de Londres. Parecía tener mucha prisa, ya que llegó hasta ellos sin apenas aliento y con la mano posada sobre el pecho.
- Qué niña ésta, es imposible encontrarla cuando se la necesita... - murmuró la madre de Jane, tomándola de la mano y llevándola hacia la casa. - Ven, Jane, tenemos que irnos...
- ¿Irnos? ¿Adónde? - quiso saber la pequeña, esforzándose por poder seguir el ritmo al que caminaba su madre. - El abuelo acaba de llegar...
- Ya lo veo, cariño... - contestó Frances Brandon de inmediato sin demasiado interés, y se volvió hacia su progenitor, que seguía a ambas camino a la casa de los Grey. - Padre, es un placer veros de nuevo. Parece que todo vuelve a la normalidad en la corte, ¿cómo se encuentra el Rey?
El duque de Suffolk se tomó su tiempo para contestar: habían pasado muchos años separados, pero había llegado un punto en que le costaba reconocer a su hija Frances. Aún recordaba lo joven que era cuando se casó con Henry Grey y lo poco interesada que estaba en los asuntos que ocurrieran más allá de los límites de su finca. Claro que todo aquello ya pertenecía al pasado.
- Bien, su ánimo va mejorando día a día... - afirmó finalmente Charles Brandon, recordando lo que había supuesto para Enrique VIII descubrir el adulterio de su adorada rosa sin espinas, Catherine Howard. Toda aquella cadena de acontecimientos había guiado a la joven e insensata reina hasta el cadalso en Febrero de ese mismo año, para consternación de la mayoría de la corte. Catherine Howard había sido muy poco prudente, pero al fin y al cabo no era más que una pobre chiquilla. - Ahora procura pasar más tiempo en compañía de sus hijos, pero aún duda sobre si debe volver a casarse de nuevo...
- Bueno, eso está bien: el bienestar del rey supone el bienestar del resto de sus súbditos... - dijo con convicción la madre de Jane Grey. - Hablando de los hijos del Rey, hemos pensado que esta tarde a Jane le gustaría pasar un rato con ella en la finca de Ana de Cleves...
- ¡No! - exclamó Jane, soltándose de la mano de su madre. Tanto ella como su abuelo se quedaron mirándola intrigados, Charles Brandon desconociendo el motivo de tal rechazo y Frances Brandon sintiéndose enfadada de tener que enfrentarse de nuevo a su hija, que apenas tenía cinco años. - No quiero ir, ya he ido muchas veces... Además, hoy ha venido el abuelo...
- Jane, haz el favor de no ser tan testaruda... - la regañó Frances Brandon, volviéndola a agarrar de la mano y retomando su marcha hacia la casa familiar. - Lo vas a pasar muy bien con ellos, te tienen en mucha estima, además el abuelo ya sabía que te tenías que ir y puede venir otro día...
- Por favor... - pidió la niña. - Sólo por hoy...
En cualquier otro momento, puede que Frances Brandon hubiera cedido a las peticiones de su hija, pero no aquella tarde: le constaba que el joven príncipe se encontraba en compañía de sus hermanas ese día, y bien sabía Dios que era extraño el día en que Enrique VIII permitía a su único hijo varón y heredero abandonar la seguridad de su propia finca, donde permanecía al cuidado de Lady Bryan y el resto de las criadas que se dedicaban a los cuidados del príncipe. Desde que ambos vinieron al mundo hacía cinco años, Eduardo Tudor y Jane Grey habían "coincidido" en la finca de Ana de Cleves al menos una docena de veces, pero su hija era tan testaruda que no había tenido ningún interés en hacer amistad con el heredero al trono.
Finalmente, la mujer se volvió de nuevo hacia la niña y murmuró:
- ¿Y el respeto que debes a tus padres, Jane? Hoy vas a pasar el día con Ana de Cleves y no se hable más...
Durante los segundos siguientes, incluso le pareció que la niña podía llegar a contestarle, pero finalmente Jane Grey agachó la mirada, visiblemente decepcionada, y no dijo una palabra más al respecto. Sabía lo que pasaría si se negaba a acudir a la residencia de Ana de Cleves: su madre la castigaría muy severamente, ya lo había hecho en anteriores ocasiones y de nada le había servido seguir negándose a acudir. Un escalofrío de terror recorrió su pequeño cuerpo al recordar la vara de madera que solía emplear su madre para reprenderla cuando se portaba mal, y pensó de nuevo que realmente detestaba al príncipe Eduardo. Si sus padres no estuvieran tan empeñados en que se hicieran amigos, no tendría que pasar por todo aquello, todo hubiera sido normal y habría podido quedarse esa tarde en casa en compañía de su abuelo.
Totalmente ajenos a lo que ocurría en la finca de los Grey, en Richmond, en el palacio que Enrique VIII había cedido para el uso y disfrute de Ana de Cleves, las cosas no podían ser más distintas. La dueña de la finca se encontraba sentada en una silla, mientras Lady Isabel seguía perfeccionando sus cuidados pasos de baile bajo la atenta y entusiasta mirada de sus damas de compañía. La hija mayor del rey, Lady María, continuaba inmersa en sus oraciones, pero de vez en cuando parecía perderse en sus propios pensamientos: habían ocurrido tantas cosas ese año, empezando por la caída de Catherine Howard como reina de Inglaterra y terminando por la legimitidad que su padre había concedido tanto a su hermana Isabel como a ella. Aquel hecho había significado tanto para ella: era la prueba definitiva de que el rey aún se preocupaba por ellas, y las había reincorporado a ambas a la línea sucesoria, tras su hermano Eduardo, por supuesto.
El príncipe heredero era el mayor orgullo que Enrique VIII podía poseer, y solía llamarle su "más preciada joya", y el pequeño se esforzaba todo lo que podía en no decepcionar a su padre, aunque no podría hacerlo: era un niño brillante, tenía una mente verdaderamente rápida que muchas veces competía con la de su hermana Isabel, cuatro años mayor que él. Disfrutaba aprendiendo nuevos idiomas con los que poder conversar con los distintos embajadores en un futuro, cuando fuera rey, y en general los que le conocían le describían como un niño de naturaleza dulce, amable, compasivo y sumamente inteligente. En esos momentos se encontraba entretenido jugando con Barnaby Fitzpatrick, hijo de un noble de la corte y uno de los mejores amigos del joven príncipe.
Éste era el retrato del salón principal del palacio de Richmond en el momento en que la llegada de Frances Brandon y la pequeña Jane fue anunciada por uno de los sirvientes de Ana de Cleves. Tan pronto se retiró el muchacho, como tan pronto aparecieron la hija del duque de Suffolk y la nieta del mismo, Jane Grey. Allí estaba otra vez, y no podía hacer nada por impedirlo: a veces le daba la sensación de que nunca podría. Frances Brandon no tardó en entablar conversación con la joven alemana, que salió a recibirla con una amplia sonrisa dibujada en los labios, y por su parte, la niña se zafó de la mano de su madre y se apresuró a dirigirse al extremo de la sala, en el que permaneció de cara a la pared, hasta que oyó cómo su madre se marchaba.
El comportamiento de la pequeña extrañó a los adultos allí presentes, quienes decidieron que era mejor dejarla tranquila hasta que se le pasara el enfado, pero tal actitud no pasó inadvertida a un confuso Eduardo. El príncipe, que se encontraba inmerso en un juego de las cartas con el hijo de los Fitzpatrick, alzó la cabeza y contempló a la nieta del duque de Suffolk, quien mantenía los brazos cruzados en gesto protector y la cabeza gacha. Eduardo pensó en las veces que la había visto en casa de Ana de Cleves, y en cómo ella nunca había tenido el más mínimo interés en dirigirle la palabra. Pero al mismo tiempo la veía tan triste que sabía que no se sentiría bien si seguía jugando sin molestarse al menos en preguntarle qué le ocurría.
Así pues, Eduardo Tudor se incorporó con cuidado y se dirigió hacia donde permanecía de espaldas Jane Grey. Al principio no supo cómo comportarse, pero finalmente le dio unos pequeños toquecitos en el hombro, llamando la atención de la niña:
- ¿Queréis jugar a las cartas?
La respuesta no se hizo esperar: Jane se dio la vuelta y, sin mediar palabra, empujó al niño, quien cayó de espaldas al suelo, sorprendido por la reacción de la pequeña.
- ¡Te odio! - le espetó la niña a un confuso Eduardo.
Tras esto, la hija de los Grey se apresuró a esconderse detrás de las cortinas, avergonzada de que Lady Ana, Lady María y Lady Isabel la hubieran visto comportarse así y temiendo una reprimenda. Sin embargo, ninguna de las tres dijo nada en contra del comportamiento de la niña: no era que lo aprobaran, pero la conocían bien y sabían que era pacífica y buena por naturaleza, que ese pronto debía ser fruto de una mera riña infantil entre el príncipe y ella.
Cualquier otro niño se hubiera apresurado a volver a sus juegos y olvidar a esa niña tan rara, y puede que Eduardo Tudor hubiera hecho lo mismo si no la hubiera oído llorar muy bajito al otro lado de las cortinas. El pequeño se incorporó y se encaminó hacia el lugar donde se había ocultado la hija de los Grey y apartó con cuidado el cortinaje: Jane Grey se encontraba allí sentada, con gruesas lágrimas cayendo por sus mejillas, mientras rodeaba sus rodillas con sus brazos.
- ¿Seguro...? - comenzó a preguntar de nuevo el joven príncipe, haciendo que Jane le dedicara una mirada de fastidio. - ¿Seguro que no queréis venir a jugar?
- No – contestó Jane, reafirmándose en su decisión, y conteniendo las lágrimas al sentirse observada.
- ¿Por qué no?
- Ya te lo he dicho, te odio – replicó la pequeña en voz baja.
El príncipe le sostuvo la mirada durante unos instantes, y después ésta se desvió hasta una de las mangas del vestido de la pequeña: al final de la misma, justo en la parte de la muñeca, pudo ver cómo el color pálido de su piel había tomado un tono moráceo oscuro. Al advertir la mirada del heredero al trono de Inglaterra, Jane se apresuró a estirar la manga de su vestido, de modo que aquel morado pronto desapareció de la vista de Eduardo Tudor.
- A mí nunca me pegan... - murmuró finalmente el hijo de Enrique VIII.
Jane frunció aún más el entrecejo, encogiéndose contra la pared de la estancia: no hacía falta que lo dijera, eso podía jurarlo sin conocerle siquiera. ¿Cómo iba a castigar nadie al futuro rey de Inglaterra, el niño mimado de la corte, el heredero esperado por tanto tiempo por toda una nación? Podría haber seguido incrementando su desprecio hacia Eduardo Tudor, pero entonces, el chico se hizo a un lado y señaló al niño con el que había estado jugando a las cartas antes.
- Se llama Barnaby Fitzpatrick, es mi mejor amigo... - comenzó a decir Eduardo, bajo la atenta mirada. - Cuando hago algo mal, siempre le pegan a él... Con una vara, no soporto que lo hagan...
La voz del niño había ido convirtiéndose cada vez más y más en un mero hilo de la misma conforme había ido hablando. Su expresión se había entristecido bastante y seguía contemplando cómo su compañero de juegos seguía jugando tranquilamente a las cartas, ajeno a los pensamientos de los dos niños con respecto a él. Eduardo tragó saliva levemente e intentó serenarse: sabía que era el deber de Barnaby ser castigado por lo que él hacía, así como el suyo era sufrir por el dolor que estas conductas le causaban a uno de sus mejores amigos.
A todo esto, Jane había estado escuchando atentamente las palabras del niño: le sorprendía que hablara así, y aún le sorprendía más comprobar que, al contrario de lo que había pensado desde que le conocía, la vida del príncipe no era un camino de rosas: no era más privilegiado que ella en algunas cosas, después de todo. Ahora se sentía mal por haberle empujado antes, y por haberle dicho que le odiaba. La niña cerró los ojos con fuerza y comenzó a sollozar en silencio de nuevo. Pasaron unos breves momentos hasta que ésta sintió cómo alguien se sentaba a su lado, poco después el brazo del heredero al trono inglés pasó por detrás de sus hombros, y éste apoyó su cabeza en la de ella.
- Todo saldrá bien, mi Jane... - dijo Eduardo en apenas un murmullo. - Aunque a veces no lo parece, todo acaba por salir bien...
No estaba segura de que lo decía el hijo del rey fuera cierto, ni siquiera sabía si lo decía sólo por decir, pero era exactamente lo que necesitaba oír en esos momentos: la promesa de que todo acabaría por salir bien, no importaba cuán difíciles tiempos pasaran. La niña fue serenándose poco a poco, y durante todo el tiempo que pasó llorando, el niño no separó de su lado, apretando su mano con fuerza. Una vez que Jane se hubo calmado, miró a Eduardo algo avergonzada, arrepentida de haberse portado tan mal con él al principio de la tarde para que ahora él se portara tan bien con ella.
- ...¿Queréis jugar a las cartas? - murmuró una vez más el hijo del rey.
- ...Claro – contestó finalmente Jane.
La tarde fue pasando, y al final de la misma, ninguna de las damas presentes, Lady Ana, Lady María o Lady Isabel, entendieron muy bien cómo Eduardo Tudor y Jane Grey habían pasado de estar metidos en una pelea a estar jugando juntos a las cartas entre risas en compañía del pequeño Barnaby Fitzpatrick: como si nada hubiera pasado, como si hubieran sido amigos durante toda la vida. Eran comportamientos extraños, sin duda, pero, después de todo, eran cosas de niños.
NdA: ¡Tachán, aquí tenemos capi nuevo! Las cosas marchan poco a poco: no debemos olvidar que Eduardo y Jane aún sólo tienen cinco años. Según tengo entendido, no existieron realmente problemas entre Eduardo y Jane durante su infancia (ni durante el resto de sus vidas, de hecho, siempre estuvieron muy unidos), pero me he tomado la libertad de poner esta pequeña riña entre ellos para mostrar que vienen de mundos que no parecen tan distintos, pero lo son: Eduardo Tudor fue un niño muy querido y esperado por su entorno familiar, y Jane Grey fue todo lo contrario en el suyo.
He procurado hacer referencia a la caída de Catherine Howard como reina de Inglaterra, ya que fue ejecutada en Febrero de 1542 (año en que transcurre este capítulo); y también incluir al personaje de Charles Brandon, al que conocemos de sobra en la serie y, al ser el abuelo de Jane Grey, creo que está bien que haya tenido su cameo en este fic.
Barnaby Fitzpatrick fue el mejor amigo de Eduardo Tudor durante la infancia de ambos, incluso fueron educados juntos, y todavía sobreviven cartas entre ambos que demuestran esa relación de amistad. Como menciono en este capítulo, también era el niño al que castigaban cuando Eduardo hacía algo. No sé cuál es el término en castellano para esto, pero en inglés es "whipping boy": por el derecho divino que poseían los herederos al trono, nadie sino el rey tenía la autoridad para castigar físicamente al príncipe, pero el rey rara vez elegía castigar a su hijo en lugar del muchacho al que asignan para ello. Los "whipping boys" eran de clase alta, hijos de nobles, con los que los príncipes a los que se les asignaban solían entablar una muy buena relación de amistad, ya que era prácticamente el único contacto que tenían con niños de su edad. Esto doblaba la "efectividad" de los castigos a los príncipes, ya que la idea de ver a un amigo siendo herido por algo que ellos habían hecho mal "aseguraba" que el príncipe no cometiera el mismo error otra vez. Una bestialidad lo mires por donde lo mires, para qué vamos a decir más, pero Barnaby Fitzpatrick fue muy importante para Eduardo Tudor, y por eso se merece su hueco en el fic.
El hecho de que Eduardo llame a Jane "mi Jane" al final del capi no está ahí porque sí, sino que es canon: al parecer tenían una excelente relación, y cuando ambos tenían cuatro/cinco años (en este capi tienen cinco), él solía llamarla así, y me pareció un dato tan adorable que me ha sido totalmente imposible no mencionarlo.
Me cuesta mucho hacer referencia al maltrato infantil, de verdad, creo que es de lo que más me va a costar a la hora de escribir este fic. Pero ya se sabe, la época Tudor, la gente era muy salvaje, gracias a Dios que las cosas han cambiado mucho desde entonces.
Espero que os haya gustado el capítulo, ¡nos vemos en el siguiente!
