19 de Agosto de 1544
Las delicadas y estudiadas notas de piano de Mrs. Ellen resonaban en la estancia, haciendo un ligero eco en la finca de los Grey, envolviendo a la misma en un aura de paz casi impropia de una casa en la que era normal oír el alboroto de las niñas, jugando de aquí a allá, las discusiones de los padres entre ellos, o las reprimendas que éstos dedicaban a las pequeñas. En aquella apacible mañana de verano, todos esos momentos parecían ahora lejanos en el tiempo, como congelados por la bella melodía que brotaba poco a poco del piano que había en la sala principal de la vivienda.
Reunidos en dicha sala, se encontraban los señores de la casa, Henry Grey y su esposa Frances Brandon, junto a algunos criados y niñeras de las pequeñas, entre ellas Mrs. Ellen, quien continuaba interpretando aquella melancólica canción al piano. En el centro de la estancia, la primogénita del matrimonio, Jane, a escasos meses de cumplir siete años, danza bajo la atenta mirada de sus padres. Mientras gira sobre sí misma una vez más y dedica una estudiada reverencia a aquellos que le dieron la vida, la pequeña se pregunta por qué esa melodía la hace sentir tan triste en una soleada mañana de verano como aquella. Puede que sea porque no es una melodía animada como las que ha tenido que practicar otras veces, no, ese tipo de baile es mucho más pausado y solemne, mucho más esencial... Es casi como si la guiara su alma y no su cuerpo, aunque es demasiado pequeña para entender esas cosas. Es una danza que la entristece al mismo tiempo que le inspiran ganas de echar a volar.
Sigue meciéndose serenamente, como si se hallara en los amorosos brazos de la propia melodía invisible; gira una última vez sobre sí misma y encoge su cuerpo en una profunda reverencia frente a los asientos que ocupan sus padres, al mismo tiempo que la melodía de piano deja finalmente de sonar. Como siempre, la primera en empezar en aplaudir entusiasmada fue su hermana menor, la pequeña Kitty. Alzando la mirada hacia su derecha, Jane Grey puede ver que se ha incorporado de su diminuto asiento y que aplaude a rabiar mientras esboza una amplia sonrisa y ve el entusiasmo brillando en sus ojos. Jane responde a su sonrisa con otra más contenida, y se gira hacia sus padres que, para inmenso alivio y orgullo suyo, parecen encantados con la danza de su primogénita.
– Muy bien, Jane... - aplaudió también su madre mientras se incorpora con cuidado de su asiento y le dedica una mirada de orgullo. - Cada vez lo haces mejor, pero siempre se puede mejorar. Ten eso muy presente, no lo olvides.
– No lo olvidaré, madre – respondió la niña con una alegre sonrisa, mientras los criados iban abandonando la sala.
Le alegraba que su madre se sintiera orgullosa de ella, a pesar de que ésta tuviera sus propios motivos para estar contenta: el abultado vientre bajo el amplio vestido de Frances Brandon no deja lugar a dudas, Jane y Catherine iban a un hermano menor en unos pocos meses, y aquella noticia había influido mucho en el bienestar y la paz que reinaba últimamente en la finca de los Grey.
Bueno, aquella y el hecho de que Jane Grey apenas ponía impedimentos cada vez que sus padres la mandaban a la hacienda de Ana de Cleves para pasar la tarde en compañía de los hijos del rey. Solía resistirse si se encontraba muy entretenida jugando con su hermana menor o si su abuelo estaba de visita, contándole alguna historia que interesara a la pequeña, pero normalmente aceptaba ir, y siempre volvía con una sonrisa que tardaba varias horas en desaparecer.
Esto alegraba profundamente a sus padres, cuyo empeño en que su primogénita trabara amistad con los hijos del rey, y muy especialmente con el príncipe de Gales, componía el objetivo principal de sus vidas. Hacía ya casi siete años que habían interpretado el hecho de que su hija naciera la misma madrugada que Eduardo Tudor como una señal del cielo, una premonición de que la familia Grey estaba destinada a la gloria, como siempre lo había supuesto el ambicioso matrimonio (después de todo, eran descendientes de Margarita Tudor, la hermana del rey). Llegaría un día en que Eduardo sería rey de Inglaterra, y necesitaría una reina a su lado para gobernar el país y continuar la dinastía Tudor, y para Henry Grey y Frances Brandon, ese trono era algo por lo que debían luchar con uñas y dientes hasta su último aliento.
Ajena a los complicados pensamientos de sus padres, la pequeña Jane Grey pensaba que no le desagradaba el príncipe Eduardo: aunque prefería jugar con Lady Isabel, siempre que ésta se encontraba ocupada le gustaba hablar con el príncipe de Gales. Bien era sabido que los niños eran unos brutos y siempre estaban hablando de batallas y justas, pero con Eduardo Tudor era distinto: pese a su corta edad, era terriblemente inteligente, y siempre estaba dispuesto a mostrar a Jane sus deberes escritos en un cuidado e impecable latín, que dominaba como si fuera su propia lengua materna. A ambos les gustaba leer y los niños solían pasar las tardes sentados frente a la chimenea, contándose el uno al otro las diferentes historias que habían leído y las que les gustarían leer. Podía considerarle su amigo, y le gustaba poder llamarle como tal.
Al acudir estos pensamientos a su mente, Jane se giró hacia su madre y no pudo evitar preguntarse por qué hacía tanto tiempo que no le proponía visitar la finca de Ana de Cleves para ver a los hijos del rey. Se encontraban ya a mitad del mes de Agosto y la pequeña no recordaba haber estado en Richmond al menos desde el mes de Mayo, pues recordaba que las prímulas habían florecido y adornaban con sus cálidos colores los alrededores de la casa de la llamada "hermana del rey". Aunque al principio no estaba muy conforme con que el príncipe de Gales abandonara el palacio que él mismo había dispuesto para su especial cuidado y seguridad, Enrique VIII dejaba a su hijo visitar regularmente a sus hermanas en la hacienda de Ana de Cleves, salvo en casos de epidemia que pudieran amenazar su salud.
– Padre... - habló Jane, volviéndose hacia Henry Grey. - Hace tiempo que no visito a Lady Ana de Cleves, ¿no podría acudir esta tarde a pasar un tiempo en su compañía?
El fantasma de una sonrisa asomó a los labios de su padre, quien compartió una mirada de triunfo con su esposa, antes de negar sistemáticamente con la cabeza.
– Me temo que no es posible, Jane, es probable que Lady Ana se encuentre muy ocupada en sus propios quehaceres domésticos... Además, debes saber que las hijas del rey se encuentran en la corte del rey, y el príncipe no se encuentra muy bien de salud como para poder salir...
– ¿Eduardo está enfermo? - se sorprendió la niña, abriendo mucho sus claros ojos azules. Había oído que una vez el príncipe se puso muy enfermo y que incluso se llegó a temer por su vida, pero durante los casi dos años que llevaban siendo amigos nunca había padecido siquiera un leve conversación se estaba tornando tan interesante para los progenitores de Jane que sumadre dejó de lado la labor que se encontraba tejiendo para su futuro hijo, y su padre le prestó aún más atención si cabía, con el brillo del triunfo reflejado en sus ojos castaños.
– Su alteza real, Jane... - la corrigió Frances Brandon, levantando la mano para llamar laatención de la pequeña. - O el príncipe de Gales, en todo caso... Y sí, según hemos oído últimamente, el hijo del rey no goza de buena salud. Sufre de fiebre y pasa todo el día postrado en la cama...
Notaba a Catherine, o Kitty (como a ella le gustaba llamarla), tirar levemente de la manga de su vestido para llamar su atención, pero durante unos momentos, Jane Grey no pudo hacer otra cosa que sentirse mal por su amigo. Sabía lo poco que le gustaba a Eduardo que no le dejaran salir y que le obligaran a permanecer mucho tiempo en el mismo sitio: por lo que le conocía, no debía de estar divirtiéndose mucho, y menos si se encontraba con fiebre. Sólo esperaba que, al no tener madre y al encontrarse su padre batallando en Boulogne contra los franceses, sus niñeras fueran buenas con él y no le dejaran mucho tiempo solo.
– Vamos, Jane... - protestó Kitty Grey, una niñita de casi cuatro años que había heredado, para orgullo de sus padres, el tono rojizo de cabello tan característico de los Tudor. En cambio, no tenía los ojos claros, sino que sus ojos eran de color castaño oscuro, formando un bonito contraste con su color de pelo. - Vamos afuera, podemos jugar al escondite, y quiero jugar con Júpiter...
Tan pronto como Kitty pronunció el nombre de Júpiter, Jane supo que el humor de sus padres estaba a punto de cambiar, y en efecto así fue. Frances Brandon dejó escapar un pequeño bufido de fastidio, a la vez que Henry Grey se puso en pie y empezó a andar a grandes zancadas por la habitación, como enfadado consigo mismo, además de con las niñas. Instintivamente, Jane y Kitty se acercaron la una a la otra, permaneciendo sentadas sobre la alfombra mientras observaban a su padre ir de uno a otro lado de la habitación.
Hacía algo más de tres semanas desde que la perra de la familia había tenido crías, un total de cinco cachorros con los que las niñas se habían encariñado mucho, ya que les encantaban los animales, más si eran tan pequeños como aquellos. Sin embargo, los Grey se habían dedicado a irlos vendiendo poco a poco a familias nobles como perros de caza, lo que suponía un beneficio doble para ellos: no sólo se libraban de los cachorros, sino que además trababan una mejor relación con esas familias de clase alta. Habían podido vender a todos ellos menos a uno: Júpiter. Al tratarse de un cruce entre dos razas distintas de perros Spaniel, cuatro cachorros habían nacido fuertes e ideales para utilizarlos como ayuda durante las cacerías, en cambio Júpiter había nacido con la constitución de un perro de compañía, algo en lo que no estaban interesados ni los vecinos de los Grey ni el propio matrimonio Grey.
No hacía muchos días atrás, Henry Grey había intentado ahogar al perro en un cubo de agua, pero el empeño y la testarudez de sus hijas en proteger al cachorro lo habían impedido, al menos en aquel momento. Jane miró a su hermana Kitty con pena: tenía mucho cariño al cachorro, pero sabía que no podrían protegerlo eternamente; cualquier paseo daría a su padre una oportunidad perfecta para deshacerse de él, incluso podría hacerlo durante la noche, mientras ambas dormían. Jane había tratado de hablar con su abuelo para buscarle un hogar a Júpiter, pero no le había dado muchas esperanzas: al parecer no había sitio entre los nobles ingleses para un perro que únicamente hiciera compañía.
– Se acabó... - murmuró Henry Grey, deteniéndose finalmente en su paseo. - Estoy harto de oír ladrar a ese perro, no hace más que espantar las perdices que se acercan a la casa, y además tenemos que alimentarle...
Dicho esto, se acercó a una vieja estantería y tomó con vehemencia una afilada daga que reposaba sobre el estante.
– ¡No! - chilló la pequeña de los Grey, aún aferrada a la mano de su hermana.
– ¡Padre! - exclamó Jane Grey, poniéndose en pie de inmediato.
En ese momento se dio cuenta de que se había dejado llevar por un impulso: ahora se hallaba en pie, en medio de la sala, bajo la reprobatoria mirada de sus progenitores. Henry Grey se volvió hacia ella, como si no acabara de creer lo que había presenciado.
– ...¿Osas levantarme la voz? - susurró finalmente el cabeza de familia en tono amenazante. - ¿Te atreves a contradecirme?
Dicho esto, asió con fuerza a Jane por el hombro y la acercó hacia él, intimidando aún más a la pequeña. Frances Brandon se limitó a observar la escena con desinterés, hasta que volvió a dedicarse a tejer un trajecito azul para su futuro bebé; por su parte, la pelirroja Kitty esperaba que su hermana consiguiera convencer a su padre de perdonar al cachorro, aunque no albergaba demasiadas esperanzas.
– Sabes el castigo que hay para los niños que no obedecen a sus padres, ¿o no Jane? - volvió a hablar Henry Grey.
– Padre, yo sólo... - comenzó a decir Jane Grey, no muy segura de qué decir para poder salir de esa situación. Hasta que se le ocurrió una idea. - Padre, quisiera visitar al príncipe...
Tal y como había pensado, el mero hecho de mencionar al joven heredero al trono inglés bastó para que Júpiter desapareciera de la mente de sus padres, quienes la miraron con atención, como si no pudieran creer lo que su primogénita acababa de decir. Aunque sabían que últimamente Jane y Eduardo Tudor habían trabado cierta amistad, no creían que se tratara de una muy sólida, al menos de momento.
–Es que... - siguió hablando la niña, aprovechando el silencio de sus padres. - Hace mucho que no puedo verle, y, como ha estado enfermo, me gustaría hacerle una visita... O algún regalo...
Frances Brandon buscó insistentemente la mirada de su marido, y no tardó en encontrarle: no sabían si sería posible, si dejarían que el príncipe recibiera visitas encontrándose postrado en la cama... Pero ellos no eran unos nobles cualquiera, ellos eran descendientes de Margarita Tudor, hermana del rey; de hecho, la hija de Charles Brandon era prima de los hijos de Enrique VIII. Aún era temprano, si salían con la niña dentro de una hora escasa se encontrarían en la finca que el rey había destinado para que se criara Eduardo Tudor poco después del mediodía. Aún teniendo en cuenta todo aquello, no sabían si sería posible, pero después de todo, no perdían nada por intentarlo.
Muy al contrario.
Aquel era el octavo día que Eduardo Tudor pasaba postrado en cama, y no lo soportaba. Sus hermanas habían ido a visitarle varias veces, e incluso María le había regalado una camisa que ella misma había tejido, pero sabía que ahora ambas tenían asuntos que atender en la corte, ahora que su padre se encontraba en campaña militar en Boulogne, y no podrían visitarle de nuevo durante algunos días. Catalina Parr, la nueva esposa del rey, y a la que el príncipe se encontraba muy unido, estaba haciendo lo posible porque Eduardo pasara unos días en la corte con ellas, pero las órdenes que el rey había dejado a Lady Bryan eran muy concretas: en caso de enfermedad, nada de abandonar la hacienda hasta que se encontrara totalmente recuperado.
Ese día se encontraba algo mejor, había dormido bien y le había bajado la fiebre, así que Lady Bryan había permitido que se descorrieran las pesadas cortinas de su habitación, dejando que entrara la luz del día por primera vez en una semana. Las ventanas habían permanecido firmemente cerradas, por miedo a que alguna espora del exterior entrara y afectara aún más a la salud del príncipe, pero no le había gustado permanecer tanto tiempo privado de la luz del sol: dormía y despertaba solo en medio de tinieblas, sin saber cuánto tiempo había permanecido dormido o cuántos días habían pasado, normalmente empapado en sudor debido a la fiebre o sobresaltado por las pesadillas.
En esos momentos permanecía tumbado en la cama, bajo varias mantas gruesas para impedir que pasara frío en pleno verano, con la mirada fija en la ventana más cercana: el sol brillaba con fuerza, los pájaros piaban, y podía ver cómo una leve brisa mecía las ramas verdes de los árboles cercanos a su ventana. Intentó incorporarse bajo el peso de la colcha, lo que consiguió tras hacer un pequeño esfuerzo, hasta quedar sentado con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Ni siquiera había podido ver a Barnaby, el chico al que castigaban en su lugar cuando hacía algo malo y uno de sus mejores amigos. Sabía que sus cuidadoras lo hacían por su bien, pero en ocasiones le gustaría que le dejaran ser un poco más... Libre.
Querría salir allí fuera, a ese verde y florida llanura que se extendía alrededor de la hacienda y jugar, perseguir ardillas, corretear por allí... Eso era algo que, incluso estando sano, no le dejaban hacer... Una idea cruzó la mente de Eduardo Tudor, dejando la estela de la duda. Sabía que sus cuidadoras se enfadarían si lo descubrían fuera de la cama, pero llevaba tanto tiempo postrado en ella que creía que si no se levantaba pronto acabaría olvidando cómo caminar. Venciendo finalmente sus dudas, el niño se incorporó con cuidado y apartó como pudo las mantas que lo cubrían. Echó sus piernas fuera de la cama, y comenzó a deslizarse hacia afuera procurando no hacer ruido. Pasaron unos segundos hasta que los dedos del niño sintieron el frío del suelo de madera bajo sus pies, quedando en pie en pijama fuera del lecho.
Dando pequeños pasos, algo torpes tras pasar tanto tiempo acostado, se dirigió hacia la ventana más cercana, apoyando sus manos en el cristal al llegar a la misma: era una tarde de verano realmente radiante, preciosa para pasar en el exterior, respirando aire puro. Siguió con la mirada a una bandada de pájaros que voló cerca de la ventana, provocando una sonrisa genuina en el rostro del niño, quien cerró los ojos y, por unos momentos, se permitió pensar que no estaba confinado entre esas cuatro paredes, sino que estaba allí fuera, sintiendo la brisa fresca y la caricia de los rayos del sol en su rostro. Hubiera permanecido allí todo el tiempo del mundo, pero oyó pasos que se acercaban presurosos a la puerta de entrada a su alcoba.
Sobresaltado, Eduardo giró sobre sí mismo con tanta prisa para volver a la cama que dio un traspiés con el pijama y cayó de bruces al suelo. Dejó escapar un bufido de fastidio, y haciendo fuerza con las manos, volvió a incorporarse y trepó como pudo hasta volver a meterse de nuevo en la cama. Apenas había vuelto a cubrirse con las mantas cuando la puerta de su habitación se abrió de par en par, dando paso a su niñera principal, Lady Bryan, una señora mayor pero muy cariñosa que su padre había dejado a su cuidado.
– Buenas tardes, alteza – dijo Lady Bryan, acercándose a Eduardo y poniendo su mano sobre su frente para ver si tenía fiebre. - ¿Seguís mejorando?
El niño asintió y se acomodó mejor entre los cojines, aún sobresaltado por el hecho de que hubiera estado a punto de sorprenderle fuera de la cama. Lady Bryan mantuvo su mano sobre la frente de Eduardo durante algunos instantes más, dudando sobre si el sudor que parecía reposar sobre la frente del príncipe era debido a la fiebre o al calor propio de la estación en la que se encontraban. Retiró finalmente la mano y le miró con cariño maternal:
– Parece que realmente os encontráis mejor hoy, enseguida estaréis totalmente recuperado, gracias a Dios – siguió diciendo la mujer mientras mullía las almohadas de la cama... Además, podéis estar contento, hoy tenéis una visita...
– ¿Una visita? ¿Para mí? - dijo el niño estupefacto: al haber estado tan enfermo, no esperaba visitas en un futuro próximo.
–Por supuesto que para vos, Alteza – afirmó Lady Bryan con una sonrisa dibujada en el rostro. - ¿Para quién si no?
Dicho esto, la mujer se dirigió hacia la puerta de la alcoba con el paso firme propio de quien lleva muchos de sus años de vida sirviendo en la corte de los Tudor. Tomó el picaporte con determinación y abrió la puerta, dejando al descubierto a la pequeña visita que había tras ella: acompañada por quien el príncipe Eduardo identificó como Henry Grey, se encontraba Lady Jane Grey. Tan pronto como el niño posó la mirada en él, Henry Grey realizó una profunda reverencia y se retiró de la vista, dejando que su hija mayor entrara finalmente en la habitación.
– Milady Jane... - dijo Eduardo, mientras trataba de incorporarse hasta quedar sentado en la cama. - ...No esperaba vuestra visita, sólo mis hermanas suelen visitarme cuando estoy enfermo...
La niña tomó asiento en una silla que Lady Bryan había dispuesto junto a la cama del príncipe y agachó levemente la mirada: se sentía confundida muchas veces con respecto a Eduardo. Por una parte sabía lo que sus padres siempre le habían dicho sobre él y sobre cómo debía tratarle, y por otro lado estaba lo que ella sabía de él por ella misma y las tardes que habían pasado jugando juntos en la finca de Ana de Cleves. A veces incluso se sentía como si sus padres y ella conocieran a personas totalmente distintas.
– Lamento decepcionaros, Alteza... - contestó Jane, alzando de nuevo su mirada azul hacia el niño, que la miraba con curiosidad. - Pero no me cabe la menor duda de que vuestras hermanas, tanto Lady María como Lady Isabel, os visitarán pronto si no lo han hecho ya...
– No, no se trata de eso... - se apresuró a corregir el joven príncipe. - Me agrada que vengáis a verme, milady Jane, hace mucho tiempo que no os veo... ¿Habéis visitado a Lady Ana recientemente?
Jane negó con la cabeza, haciendo que sus cabellos dorados bailaran alrededor de su rostro durante unos breves instantes. No había razón para visitar a la ex-esposa del Rey de Inglaterra si Eduardo no estaba allí también: aquella era una premisa que sus padres nunca habían mencionado en voz alta, pero que Jane era lo bastante inteligente como para darse cuenta de ella. La genuina amistad y el favor de Lady Ana no era lo que interesaba a los Grey.
– Esperaba poder hacerlo a principios de septiembre, cuando os encontréis mejor...
– Ya me encuentro mucho mejor – rió Eduardo, incorporándose como podía para que Jane notara que ya no era imprescindible que pasara todo el día postrado en la cama. - Además, me reconforta mucho vuestra compañía, os agradezco una vez más que hayáis venido a verme.
Una genuina sonrisa apareció en el rostro de Jane al oír esas palabras de agradecimiento, gesto que fue correspondido por el joven príncipe que aún seguía acomodado entre cojines: le gustaba ver a Eduardo sonreír. Ella aún no lo sabía, pero en un mundo en que la gente era capaz de traicionar a su mejor amigo con una sonrisa dibujada en el rostro, el heredero al trono Tudor era de las pocas personas que conocía que cuando sonreía, lo hacía de una manera tan sincera y natural que hacía parecer el mundo más bonito, más brillante y con más gente buena habitando en el mismo. Le hacía sentir esperanza en el porvenir y en cómo serían las cosas cuando su joven amigo fuera rey.
Eduardo Tudor, por su parte, dejó escapar una pequeña risita al ver cómo Jane trataba de parecer no demasiado contenta por el comentario que le había dedicado unos momentos antes, y decidió que, aunque no sabía por qué a veces se ponía tan rara al hablar con él, era la niña que más le gustaba en el mundo entero. Después de sus hermanas, claro. Al recordar las charlas que solían tener sobre las historias que leían en los libros, el príncipe recordó uno que había terminado hace poco a la luz de un candil una noche que no podía dormir, y que reposaba sobre la mesita de noche.
– Mirad, Lady Jane, tengo algo que enseñaros... - dijo Eduardo, llamando la atención de la niña, quien dirigió la mirada hacia el brazo con el que el príncipe trataba de alcanzar un libro que había en la mesita cercana a su cama.
– Eduardo, tened cuidado, os vais a caer... - se apresuró a decir Jane mientras cómo el cuerpo del niño se iba doblando más y hacia su derecha, perdiendo el equilibrio, y separándose peligrosamente de la cama.
Las consecuencias no se hicieron esperar: Eduardo desapareció de la vista de la pequeña y seguidamente se oyó un golpe seco contra el suelo de la estancia. Con el corazón en un puño al pensar qué harían sus padres si supieran que el príncipe se había hecho daño por su culpa, Jane Grey se incorporó de inmediato de su asiento y corrió hacia el lado de la cama por donde había caído el niño. Y allí lo halló, revuelto en un lío de mantas y aún avergonzado por haber perdido el equilibrio de esa forma. A su alrededor se encontraba el libro abierto que había intentado alcanzar y muchos papeles escritos que debían encontrarse en el interior del libro, y que ahora se encontraban desparramados por el suelo.
– ¿Estáis bien? - preguntó Jane, arrodillándose junto a él y ayudándole a recoger lo que se le había caído.
– Sí, muy bien, no ha sido nada... - dijo el príncipe poniéndose en pie, y volviendo a subir inmediatamente a la cama: no quería que Lady Bryan les regañara si lo encontraba fuera de la cama. - Ése es el libro que os quería enseñar, Lady Jane, me regaló mi padre por mi último cumpleaños...
Y, aunque estaba en sus manos, el libro no llamaba en esos mismos instantes, sino que lo hacían los papeles que había guardados en su interior: estaban escritos por el puño y letra de Eduardo, podía reconocer fácilmente su caligrafía, y parecían tratarse de algún tipo de correspondencia personal...
– Son para el Rey... - oyó la niña decir a la voz de su amigo.
– Lo siento, no pretendía fisgonear en vuestros asuntos... - se disculpó Jane, mirando a Eduardo, quien mantenía la mirada fija en las cartas.
– No importa – afirmó el niño, apartando unos rizos rubios de su frente. - He oído que vuestro abuelo se encuentra también en Boulogne, batallando contra los franceses...
Jane asintió: no le gustaba que su abuelo se hubiera marchado tan lejos, y menos aún que se hubiera marchado a la guerra. No la persona joven que debió ser un día, y la niña temía más que nada que pudiera ocurrirle algo en el frente, aunque había oído decir a su madre que tanto él como el Rey se encontraban a salvo, dirigiendo la batalla desde un lugar prudente. Prestando de nueva atención a las cartas, la pequeña observó lo numerosas que eran y lo cuidadosamente escritas que estaban, como si Eduardo temiera cometer algún error que supusiera una decepción para su padre.
– ¿Os ha contestado ya a alguna? - quiso saber Jane. - ¿Sabéis cómo se encuentra?
Por el incómodo silencio que siguió a esa cuestión, la niña supo que no había resultado ser una pregunta acertada. El rubor se extendía por todo el rostro del niño, hasta alcanzarle las orejas, haciendo un contraste muy curioso con sus rizos rubios.
– Probablemente el Rey tiene asuntos más importantes que tener en cuenta que las tontas cartas de un chiquillo... - respondió finalmente Eduardo Tudor.
En ese momento, Jane Grey sintió una punzada de lástima por el joven príncipe: siempre había creído que Eduardo tenía todo lo que un niño podía desear, y en parte así era, pero también era cierto que carecía de muchas cosas que otros niños más desafortunados que él sí poseían, como el amor incondicional de una madre o la atención y orgullo de su padre. Aunque sabía que era traición decir o pensar algo malo en contra del rey, Jane no pudo evitar reprender mentalmente la actitud del soberano: cualquier padre se sentiría complacido de tener un hijo como el suyo, y él en cambio parecía no valorarlo demasiado.
El asunto de las cartas a su padre había entristecido el ánimo del niño, que permanecía sumido en sus propios pensamientos, debatiéndose cuestiones como si había hecho algo reprobable a ojos de su padre y él no se hubiera dado cuenta, o si le había hecho enfadar saber que se había puesto enfermo otra vez. Ojalá supiera qué hacer para llenarle de orgullo, como todo buen hijo debía hacer con su progenitor, más aún cuando se trataba del rey y futuro rey de Inglaterra.
– ¿Sabéis qué...? - oyó decir Eduardo a la voz cantarina de Jane Grey. El niño dirigió de nuevo sus ojos grises hacia su amiga, que le miraba con una sonrisa amable dibujada en el rostro, intentando animarle. - Os he traido un regalo...
Esto cogió al pequeño por sorpresa: estaba acostumbrado a que la gente que le visitaba le hiciera muchos regalos, libros muy pesados y joyas muy brillantes, pero nunca había recibido ninguno de Jane Grey. Sabía que ambos nacieron el mismo día y, por tanto, compartían una fecha para celebrar su llegada al mundo, pero esta fecha aún se encontraba a unos meses por llegar.
– ¿Para mí?
– Claro que para vos – rió Jane, al escuchar el tono aturdido de la voz de su amigo, mientras avanzaba hacia la puerta de la estancia.
Dicho esto, Jane Grey abrió la puerta de la habitación del príncipe, tan solo lo bastante como para poder asomar la cabeza por la misma. Eduardo Tudor se inclinó hacia su izquierda e irguió la cabeza, intentando ver qué era lo que su amiga se traía entre manos con aquel regalo tan misterioso. Oyó a la niña llamar de forma cantarina a alguien y segundos después se oyó un correteo de patas por la estancia. Antes de que el niño pudiera saber lo que estaba ocurriendo, la pequeña se inclinó, como recogiendo algo del suelo, y cuando se volvió hacia él, Eduardo pudo ver que sostenía en sus brazos un perro pequeño, un Spaniel si no se equivocaba, que le miraba con ojos brillantes y que luchaba por escapar de los brazos de la niña.
Jane contempló divertida durante unos momentos la expresión de genuina sorpresa que había aparecido en el rostro del príncipe Tudor: tenía los ojos muy abiertos, su boca formaba una O perfecta y no podía apartar la mirada del cachorro. Fue precisamente el sonido de la risa de la niña lo que hizo volver al pequeño a la realidad, quien miró a su amiga como si aún fuera incapaz de comprender.
– ...¿Es para mí? - repitió de nuevo el desconcertado príncipe de Gales.
La pequeña asintió de nuevo con la cabeza, y dejó al perro en el suelo, quien no tardó en corretear hacia la cama de Eduardo y comenzar a dar pequeños saltitos, intentando subir a la misma. Jane no pudo evitar reír de nuevo al ver cómo un perro tan pequeño intentaba subir una altura tan grande, algo que parecía divertir también al joven príncipe, cuya sonrisa se ensanchaba a cada gesto que veía hacer al cachorro. Finalmente, el perro subió de un salto a la silla que había ocupado inicialmente Jane Grey, y de la misma saltó a la cama, lanzándose directamente hacia el joven príncipe, a quien intentaba lamer en la cara mientras movía de un lado a otro la cola en señal de felicidad.
Por su parte, Eduardo no podía hacer otra cosa que intentar detener al cachorro mientras reía y contemplaba lo brillante que el animal tenía el pelo, y lo pequeño y alegre que era. Jane contemplaba a ambos aún desde la puerta de la estancia: le había costado convencer a Kitty de traer Júpiter a Eduardo, pero en el fondo su hermana pequeña sabía tan bien como ella que aquel pobre perro, incapaz de ser de ninguna ayuda en la cacería, no duraría mucho mientras siguiera en la finca de los Grey. Por alguna razón que desconocía, Júpiter era un perro débil que no estaba hecho para perseguir ciervos por el bosque, sino que parecía nacido únicamente para hacer de adorada compañía a quien lo necesitara. Y Eduardo lo necesitaba.
– Se llama Júpiter – habló finalmente la pequeña, llamando la atención de su amigo.
– Júpiter – repitió Eduardo Tudor, mientras revolvía con cariño las peludas orejas del animal. - ...Es un animal precioso...
– Lamento deciros que no os servirá para llevarlo de cacería, pero... - comenzó a explicar Jane, temiendo que ese defecto importara demasiado al príncipe de Gales.
– Es muy bonito – la interrumpió el niño, a la vez que ponía caras divertidas al animal, que seguía intentando lamerle la cara entre salto y salto. Eduardo dejó escapar una risa y abrazó con cariño al animal. - Lo tendré siempre conmigo, y cuidaré de él. Muchísimas gracias, Lady Jane, es el regalo más bonito que me han hecho nunca.
Jane sonrió: Júpiter estaba a salvo, Eduardo cuidaría bien de él, y su joven amigo parecía feliz y estar recuperándose bien de su enfermedad. No tardarían demasiado en volver a encontrarse en la finca de Ana de Cleves en Richmond, donde podrían jugar con Júpiter y hablar de las últimas historias que habían leído en los libros o de las cosas nuevas que habían aprendido. Jane decidió que, cuando volviera a casa, pediría a sus padres poder asistir a sus clases en compañía del príncipe de Gales, quien era educado junto con otros hijos de nobles en su hacienda. Sus padres no podrían ni querrían negarse, y así ella pasaría más tiempo lejos de casa, en compañía de, ahora lo sabía, su mejor amigo.
Una vez que Lady Jane se hubo marchado y la noche volvió a cubrir el cielo con su manto oscuro, Eduardo Tudor se fue a dormir, con Júpiter durmiendo hecho un ovillo a los pies de su cama, y el muchacho pensó que Jane Grey era la niña más agradable que había conocido nunca.
NdA: En este capi me voy a explayar poco porque realmente no hay mucho que explicar. He querido ambientar este capi en el verano de 1544 porque es el verano en que Inglaterra entró en guerra con Francia, y Enrique VIII y Charles Brandon fueron a Boulogne a reconquistar la tierra que, según ellos, les pertenecía. Supongo que tanto para Eduardo Tudor como para Jane Grey no debió ser un verano fácil, ya que ambos tenían mucho que perder en el campo de batalla.
El tema de la correspondencia de Enrique VIII y Eduardo es totalmente cierto: al parecer Eduardo Tudor se esforzaba mucho por mejorar y hacer sentir orgulloso a su padre, así que cuando éste partió a Boulogne, Eduardo comenzó a escribirle una serie de cartas en las que le demostraba su cuidada caligrafía o su habilidad al escribir en latín y griego. Lo cierto es que el niño envió muchas cartas (creo que ocho) y Enrique no contestó a ninguna de ellas, únicamente le dedicó una línea en una carta dirigida a Catalina Parr, su última esposa.
Así mismo, Eduardo Tudor tuvo una mascota a la que estuvo muy unido, tanto que sus niñeras y criados permitían que durmiera con el can. El perro era un Spaniel pequeño que, como he escrito en el fic, no era de gran ayuda a la hora de cazar, pero sí era un perfecto perro de compañía. No sé el nombre que tenía el perro, pero en ese época era frecuente llamar a las mascotas por dioses romanos, y en la película "Lady Jane" aparece un perro llamado Júpiter, así que me he decantado por ese nombre.
No estoy segura pero creo que Jane Grey sí solía visitar a Eduardo Tudor cuando éste se encontraba enfermo. De hecho, gran parte de este capi está basado en un dibujo que encontré en Internet que muestra a Eduardo postrado en la cama, cogiendo la mano de Jane Grey, que está sentada en una silla al lado de la cama con un cachorro de perro en su regazo.
Nada más que añadir, lamento lo que he tardado en actualizar, y espero que os haya gustado mucho este capítulo =).
