16 de Julio de 1546

Aquel era un día brillante del mes de Julio, era pleno verano y los rayos del sol que entraban por la ventana de la estancia invitaban con su luz y calidez a pasar el resto del día tumbado sobre el césped del jardín que rodeaba el palacio. Pero en vez de eso, Eduardo Tudor, príncipe de Gales y heredero al trono inglés, de sólo ocho años, tenía que contentarse con contemplar el hermoso paisaje que le rodeaba a través del cristal de la ventana cuando su tutor de latín se daba la vuelta para seguir anotando contenidos en el amplio pergamino donde exponía sus conocimientos a sus alumnos.

En los últimos años, el hijo menor de Enrique VIII había cambiado mucho: cada vez era más alto, y las mejillas regordetas que tanto le habían caracterizado cuando era más pequeño ya no eran más que parte de unos cuantos retratos que el rey había encargado hacía tiempo. En esos momentos, Eduardo Tudor era un niño alto para su edad y más bien delgado, los ensortijados rizos rubios que siempre habían poblado su cabeza durante su más tierna infancia prácticamente habían desaparecido: el color rubio de su cabello había adquirido un tono un poco más cobrizo y caía en suaves ondulaciones hasta poco más abajo de sus orejas. Muchos decían que era el vivo retrato de su madre, Jane Seymour, mientras que otros sostenían entre murmullos que la única herencia de los Seymour eran las orejas de soplillo que el príncipe tanto se esforzaba por ocultar.

El pequeño tamborileaba con los dedos sobre la superficie del pupitre de roble en la que estaba sentado, dejando escapar algún que otro suspiro de aburrimiento. Normalmente adoraba asistir a sus clases, ya que aprendía muchas cosas interesantes que luego podía mostrar a sus hermanas o incluso a su padre, si contaba con la ocasión de verle, pero aquel día estaba cansado y preferiría estar jugando con sus hermanas a estar estudiando latín. A Eduardo le gustaba ver el brillo de orgullo que aparecía en los ojos de su familia conforme iba creciendo y sabiendo más cosas, le gustaba poder hacerles sentir orgullosos, aunque sólo fuera por un breve instante, ya que aún le quedaban muchas cosas por aprender.

Además, tenía la suerte de poder tener a otros niños, un selecto grupo de hijos de nobles, con él durante sus clases. Aunque compartieran clases y tutores con él, los otros no mostraban tanto interés en estudiar como el hijo menor de Enrique VIII, quien sobresalía en sus conocimientos, motivado por su sentido del deber y de la competición, ya que siempre comparaba sus resultados académicos con su hermana Isabel. Entre esos niños se encontraban dos de sus mejores amigos, como lo eran Barnaby Fitzpatrick, que era su mejor amigo y uno de sus mayores confidentes, ya que pasaban mucho tiempo juntos debido a que el pobre Barnaby era quien recibía los castigos destinados al príncipe cuando éste hacía algo malo; y Lady Jane Grey, que, si bien Barnaby era su mejor amigo niño, podía decir que Jane era su mejor amiga niña.

Era ella quien le había regalado a su querido perro Júpiter hacía algo más de un año, cuando había estado enfermo con fiebre mientras su padre luchaba en Boulogne contra los franceses; era ella en cuya compañía más cómodo se encontraba y con quien más cosas tenía en común. Podían hablar de cualquier cosa y de nada al mismo tiempo, y las horas pasaban sin que apenas se dieran cuenta. Eduardo adoraba a su amigo Barnaby, siempre estaba jugando con él o hablando de cualquier cosa, pero Jane era muy inteligente y poseía un carácter bastante similar al suyo, lo que les hacía sentirse muy bien en la compañía del otro.

Como hemos mencionado, Eduardo Tudor disfrutaba asistiendo a sus clases y adquiriendo nuevos conocimientos: conocía muy bien lo que su padre esperaba de él, lo que Inglaterra esperaba de él y no tenía la menor intención de defraudar a ninguna de las dos partes. Pero aquel día, tras cinco horas de clases de latín y griego, el joven príncipe no pudo evitar que su mente se desviara de los estudios y dirigiera sus pensamientos a otros asuntos. Aquel día, Jane Grey no había asistido a las clases: desconocía si se encontraba enferma o si sus padres habían deseado que permaneciera junto a ellos aquella tarde.

- Alteza

El muchacho no pudo evitar girar el rostro hacia su tutor de forma algo sobresaltada, sintiendo el rubor en sus mejillas casi al instante: no podía disimular el hecho de que lo habían descubierto perdido en sus propias divagaciones en lugar de prestando atención a sus clases, y eso era algo que no le gustaba nada en el resto de los niños, pero menos aún en sí mismo. La mirada de los demás niños de la clase estaban posadas sobre él, quienes contemplaban la escena con curiosidad infantil, pero en cambio la de Eduardo Tudor no podía permanecer en otro sitio que en el rostro profundamente contrariado de su tutor de Latín.

- ¿Tendría su Alteza la bondad de dignarse a prestar atención a la lección de hoy? - habló el maestro, arrastrando las palabras en un susurro de hastío. - Todos nos encontramos terriblemente cansados, pero cuanto antes terminemos estos contenidos, antes podremos descansar hasta el día de mañana...

Durante unos momentos, Eduardo no pudo siquiera reaccionar: ¿cómo se atrevía a hablarle así? Él era el Príncipe de Gales, y si algo había aprendido en todos sus años de vida, era que todas las personas que había a su alrededor debían tratarle con el respeto que su cargo conllevaba. El niño no era una persona arrogante ni orgullosa, pero sí tenía un sentido del deber propio y de los otros muy acentuados, y sabía que su tutor no tenía ningún derecho ni importancia social como para dirigirle la palabra de ese modo tan poco amable. Pero no le dijo nada de todo esto, sino que se limitó a devolverle la mirada, aún sin entender del todo aquella situación: su tutor de Latín era un buen hombre, sabio y justo, y nunca le había dirigido la palabra de aquella manera. Debía de haber algo que le preocupaba mucho, porque de otra manera, nunca le hubiera hablado así.

El maestro parecía sumamente molesto, pero la falta de atención del príncipe de Gales no debía ser la única razón por la que el hombre se comportaba de modo tan extraño aquella tarde. Simpatizante de los sermones de la joven Anne Askew, el docente mantenía su mirada fija en el pequeño príncipe. Aunque sólo eran cuatro niños más, el resto de compañeros del joven heredero Tudor contenían la respiración y la palabra mientras observaban el peculiar duelo ocular que estaba teniendo lugar entre Eduardo Tudor y el tutor de Latín del mismo. Finalmente, el profesor tragó saliva y se pasó los dedos por la sien, como dándose un pequeño masaje a la vez que cerraba los ojos.

- En fin, dum vita est spes est, prosigamos con la lección... A no ser que el principito considere que estos banales conocimientos no son dignos de su real atención...

El corazón del pequeño Eduardo dio un vuelco y sus mejillas se ruborizaron al instante: aquello era ir demasiado lejos, hasta sus amigos se habían dado cuenta de que la forma en que el tutor se había dirigido al hijo del rey era un atrevimiento del todo inusual. Saliendo de su pupitre prácticamente en un solo movimiento, Eduardo Tudor se puso en pie y espetó al maestro:

- ¿Cómo se atreve a hablarme con tan poco respeto?

Lo que ocurrió a continuación hizo que el resto de los niños ahogara un grito de sorpresa, y marcó profundamente la vida de Eduardo Tudor.


El carruaje se bamboleaba levemente de un lado a otro mientras proseguía su camino hasta la residencia que Enrique VIII había designado para la crianza y educación de su hijo menor, donde éste se encontraba pasando el resto de la tarde en compañía de sus hermanas María e Isabel. El calor era insoportable, y Henry Grey tuvo que ajustarse el cuello de la camisa más que un par de veces durante todo el viaje para impedir que las altas temperaturas terminaran por asfixiando. Acurrucada en sus brazos se encontraba su hija mayor, Jane, de ocho años de edad. La niña mantenía los ojos cerrados, estaba más pálida de lo normal, y por su frente caían pequeños surcos de sudor frío. Era cierto que estaban recorriendo un camino más largo de lo normal para visitar al joven príncipe, ya que éste solía reunirse más a menudo con sus hermanas en la hacienda de Lady Ana de Cleves, pero dado que Eduardo Tudor no se encontraba en disposición de poder abandonar su finca, era preciso que fueran a la misma si querían que Jane se encontrara con el pequeño.

Cuando finalmente llegaron a su destino, Henry Grey bajó del carruaje con su primogénita aún dormida en sus brazos, hizo una señal al cochero de que le esperara y se dirigió hacia la majestuosa puerta principal del castillo, donde los guardias, informados de su llegada, le dieron paso sin perder ni por un momento su regia compostura. Aquel día había resultado especialmente agotador y Henry Grey no podía esperar a dejar a la pequeña en compañía de los hijos del rey para acudir al pueblo más cercano a compartir una jarra de cerveza con su cochero, antes de regresar de nuevo a casa.

En el interior del castillo, en uno de los muchos magníficos salones de los que éste disponía, se encontraban reunidas Lady María Tudor, Lady Isabel Tudor y la reina Catalina Parr. Era extraña la vez que el Rey permitía la visita de la reina a la finca del príncipe, pero su sexta reina había ganado tanto a sus ojos por su labor como regente mientras él se había encontrado combatiendo a los franceses en Boulogne, que había considerado oportuno aprobar esa visita, aunque fuera de manera puntual.

Todas ellas en compañía de sus damas de compañía, se encontraban dedicadas a sus quehaceres: Lady María, más apartada de la reina de lo que había estado en otros tiempos, mantenía la mirada fija en su libro de oraciones mientras musitaba los salmos en apenas un susurro; Lady Isabel mantenía una charla de carácter particularmente distendido con Catalina Parr, mientras que las damas de compañía jugaban a las cartas entre ellas. Toda esta reposada paz vespertina se vio rota cuando el nombre de Henry Grey fue anunciado por uno de los guardias apostados a la entrada de la sala, y éste entró en la habitación aún con su hija en brazos.

- Excelencia, es un verdadero placer verle de nue... - habló Catalina Parr con voz amable a la vez que se incorporaba majestuosamente para recibir a su invitado... Antes de reparar en la niña que éste portaba en sus brazos. - En nombre del cielo, ¿su hija se encuentra bien?

Esta última frase de la reina hizo que, tanto Lady María como Lady Isabel, levantaron de inmediato la vista la dirigieran hacia el esposo de Frances Brandon. La hija mayor de Enrique VIII se apresuró a dejar el libro de salmos a un lado y acudió de inmediato a coger en brazos a la pequeña Jane, antes de que su padre intentara hacer que la niña se mantuviera en pie. Lady María siempre había tenido un gran cariño por la nieta del duque de Suffolk y este afecto unido a su deseo insatisfecho de ser madre, hacía que mostrara su lado más protector cuando se hallaba en presencia de Jane Grey.

- Sólo se encuentra un poco mareada, ha sido un viaje largo y el calor es... - empezó a excusarse Henry Grey.

- ¡Pero si está temblando! - exclamó María Tudor, mientras pasaba con cuidado un fino pañuelo de seda por la frente de la niña. Tras unos instantes de perplejidad, la hija mayor del Rey alzó de nuevo la mirada hacia el padre de la pequeña. - No ha debido someter a su hija a un viaje tan largo, ¡puede que incluso haya enfermado del calor!

- Alteza, no se preocupe, no creo que se trate más que de un pequeño desvanecimiento... Mi hija y el príncipe son muy amigos, y no quería que perdieran la oportunidad de verse... - continuó hablando el marido de Frances Brandon.

- Mi hermano lleva encerrado en sus aposentos todo el día, se niega en rotundo a ver a nadie, ni siquiera a sus niñeras más cercanas – espetó Lady María al hombre. - Su hija siempre ha sido, es y será bien recibida en cualquier momento que desee deleitarnos con su presencia, pero no siempre es el momento... Ahora le ruego que se marche de aquí.

Las palabras de María Tudor habían dejado a Henry Grey sumido en la perplejidad: Lady María nunca había hablado de esa manera a nadie, era considerada una dama dulce y generosa de corazón puro que siempre tenía palabras amables para todo el mundo, pero al parecer no en esa ocasión. El yerno del duque de Suffolk dirigió su confundida mirada hacia la reina, que había contemplado la escena sin atreverse a interrumpirla, quien se aclaró levemente la garganta y habló con voz calmada:

- No se preocupe por su hija, Excelencia, le aseguro que tiene a los mejores médicos del príncipe a su disposición en caso de que los necesitara. Está en buenas manos, cuando finalice su visita seguro que se encuentra totalmente recuperada.

Henry Grey asintió a las palabras de la consorte de Enrique VIII y, tras posar su mirada una vez más sobre María Tudor, dio media vuelta y abandonó la estancia, olvidándose de hacer la oportuna reverencia en señal de respeto. Entonces, Catalina Parr, Lady Isabel y parte de las damas de compañía allí presentes, se acercaron a María Tudor para comprobar el estado de la pequeña.

- Rápido, será mejor que le traigamos un poco de agua... - ordenó la reina, mientras Lady María acunaba mejor en sus brazos a la niña.


La primera vez que los abrió, sus ojos azul claro tardaron en acostumbrarse a la luz y se cerraron de nuevo pesadamente. Oía voces a su alrededor, pero sin embargo no se encontraban cerca de ella, era como si conversaran entre ellas en algún lugar de la misma habitación. La pequeña apretó los párpados, haciendo que las pecas que salpicaban sus mejillas se acercaran más a sus ojos, y abrió los mismos una segunda vez. Esta vez contempló todo cuanto la rodeaba con total nitidez, y pudo ver que se encontraba en uno de los salones de la hacienda en la que vivía el príncipe Eduardo, pero ¿qué estaba haciendo allí? ¿Cómo había llegado?

La habían recostado en uno de los lujosos divanes que habían repartidos en la estancia. Del mismo modo, su dorada cabeza reposaba sobre el cojín más suave y delicado que habían podido encontrar, y la habían arropado con una fina sábana de seda. Tomando aire con dificultad, la pequeña trató de incorporarse torpemente sin éxito, aún demasiado abrumada y confusa para tan siquiera poder permanecer en pie.

- Lady Jane... - oyó que la llamaban, antes de comprobar que la joven que se había acercado hasta su diván no era nada ni nada menos que Lady María, hermana mayor de Eduardo, y parecía muy preocupada. - Pequeña Jane, decidme, ¿os encontráis mejor?

Aturdida, Jane Grey se limitó a escuchar el sonido acelerado de su propia respiración mientras contemplaba los compasivos ojos azules de María Tudor. Aquel era un sentimiento que no solía encontrar en su casa, no con sus padres: la hizo sentir a salvo, aunque no terminara de entender lo que había ocurrido. Lady Isabel y la reina Catalina permanecían muy atentas a la niña, pero no se acercaron como Lady María para no crear una sensación de agobio y opresión a su alrededor.

- ¿Qué...? - balbuceó la niña, aún asustada. - ...¿C-cómo he llegado aquí?

- Te ha traído tu padre, tesoro... - habló con dulzura Lady María, a la vez que acariciaba la mejilla derecha de la pequeña. - ¿No recuerdas haber estado con él antes? ¿En un carruaje viniendo para ver a mi hermano?

¿En un carruaje? No, no en un carruaje. A decir verdad, ni siquiera sabía si su padre quien había estado con ella aquella tarde... Lo único que venía ahora a su memoria era... Un escalofrío recorrió la espalda de la niña, que abrió los ojos como platos al rememorar lo sucedido. Recordaba estar aferrada a la mano firme de su madre, las antorchas y el olor a paja. También recordaba cómo le había suplicado volver a casa, incluso haber intentado zafarse de su mano sin éxito alguno. Recordaba a la desfallecida mujer que había atada a la estaca, rodeada de paja. Y luego el fuego y el crepitar de sus llamas, los gritos, el humo, el olor... Todo aquello antes de que el mundo se pusiera boca abajo y ella se golpeara la cabeza contra el suelo.

Jane Grey alzó sus ojos azules hacia los de María Tudor, quien seguía esperando una respuesta:

- Sí, ahora lo recuerdo... - mintió la pequeña, para proteger la imagen de sus padres. - Hacía mucho calor en el carruaje y me debí quedar dormida, eso es todo... Lamento haberos preocupado.

María Tudor esbozó una sonrisa de alivio y negó con la cabeza:

- No tenéis nada por lo que disculparos, pequeña Jane, es sumamente reconfortante saber que os encontráis bien de salud...

La niña dibujó una pequeña sonrisa en sus labios y se deslizó por el diván hasta que sus pies tocaron finalmente el suelo de la estancia. Miró a su alrededor y vio que tanto Lady Isabel como la propia reina se encontraban allí, y ambas le sonreían con dulzura. Paseó la mirada por la estancia durante unos momentos más, antes de volverse una vez más hacia María Tudor:

- ¿Dónde está Eduardo?

Lady María miró con sorpresa a la pequeña, quien de inmediato supo que se había equivocado al llamar al heredero del trono de Inglaterra con tanta familiaridad, pero esa expresión de sorpresa inicial se desvaneció poco a poco, dejando que la pequeña pudiera ver de nuevo la serenidad que inspiraba el rostro de la hija de Catalina de Aragón, quien hizo un pequeño gesto señalando una puerta que había en una pared de la estancia.

- Su Alteza se encuentra recluido en su habitación de estudio y lo ha estado durante todo el día, no consiente en recibir ninguna visita. No ha querido vernos a Lady Isabel o a mí, ni siquiera a la reina, por más que se lo hemos pedido...

Jane Grey dirigió la mirada hacia la puerta que había mencionado María Tudor, sintiendo cómo la invadía una profunda decepción: lo había pasado muy mal aquella tarde, y habiéndose despertado en la hacienda del príncipe, Jane esperaba poder conversar con él para que esos recuerdos dolorosos y terroríficos desaparecieran. Pero parecía que no iba a poder ser aquella vez. De vez en cuando, su madre le recordaba que no debía molestar al príncipe cuando se encontrara entregado a sus estudios, ya que suyo era el trono de Inglaterra cuando faltase su señor padre y tendría cosas más importantes en esos momentos que estar perdiendo el tiempo con ella. Eso decía su madre, pero, por lo que dijo a continuación, María Tudor no estaba del todo de acuerdo.

- Aunque, quien sabe, puede que le agrade saber que habéis venido a visitarle... - habló la joven, posando una mano sobre el hombro de Jane y dedicándole una sonrisa. - Siempre me habla de vos con tanto afecto...

La niña esbozó una sonrisa de agradecimiento: le gustaba que al príncipe le gustara ser su amigo, ya que a ella también le gustaba mucho ser su amiga. Había muchas veces en las que pensaba que, a parte de su querida Kitty, Eduardo era el único amigo que tenía en el mundo... Pero también era el mejor que pudiera haber deseado nunca. Convencida de que éste no se negaría a verla, Jane bajó finalmente del diván y atravesó la estancia hasta llegar a la puerta que había mencionado Lady María. Alzó el puño y llamó tres veces antes de retroceder levemente, esperando una respuesta que no se hizo esperar.

- ¡Ya lo he dicho, no quiero ver a nadie! - oyó decir a Eduardo a través de la puerta.

El tono con el que había hablado cogió por sorpresa a la niña, que avanzó un par de pasos hacia la puerta, sin poder creer que su amigo, de una naturaleza tan dulce y cariñosa, hubiera hablado de ese modo.

- ¿Eduardo, estáis ahí? - preguntó Jane, cuando se encontró lo suficientemente cerca de la puerta. - Soy yo, Jane, sólo quiero hablar con vos...

Durante unos momentos que le parecieron eternos, la pequeña Jane Grey creyó que Eduardo no iba a hacer una excepción con ella, si tan siquiera la había hecho con su propia familia. Ya se había dado la vuelta para alejarse de allí, cuando oyó el picaporte girar y la puerta que dejaba atrás abrirse poco a poco. Volviéndose hacia ella de nuevo, pudo ver que la habitación se encontraba poco iluminada y que el príncipe había dejado la puerta abierta para que pasara, pero no tenía intención de salir. Tras unos instantes de vacilación, Jane Grey atravesó el umbral de la puerta, cerrándola con cuidado tras de sí. Una vez que la puerta se hubo cerrado, la niña pudo comprobar que la habitación se hallaba sin ningún tipo de vela ni candil que combatiera la incipiente oscuridad, sólo la poca luz de la tarde que aún entraba por las ventanas hacía posible el ver en aquella alcoba.

La niña tragó saliva, intentando recomponerse frente a los breves recuerdos del fuego que acudían a su mente, y comenzó a avanzar por la estancia, buscando al príncipe con la mirada. No tardó demasiado en encontrarlo: bajo la luz que atravesaba una de las ventanas de la estancia, sentado en el suelo de espaldas a ella, se encontraba la pequeña figura del heredero al trono. Parecía cabizbajo y estar deslizando el dedo índice por el entarimado sobre el que estaba sentado. Jane avanzó hacia él:

- Eduardo, ¿por qué no queréis ver a vuestras hermanas? Ellas os quieren mucho y desean tanto poder veros... - habló la niña a medida que se acercaba a él. - Incluso ha venido la reina, bien sabéis lo muchísimo que os aprecia, Eduardo, ¿no iréis a verla?

Se hallaba solo a unos pocos pasos de distancia del niño, cuando finalmente éste habló:

- ...Y yo a ellas... - habló el príncipe con la voz quebrada, intentando reprimir un sollozo. - A las tres...

- Eduardo, ¿os encontráis bien? - se interesó Jane, preocupada al ver lo que le costaba hablar a su amigo. Éste, aún sentado de espaldas a ella, negó con la cabeza de forma rotunda. - ¿Os duele algo, queréis que llame a un médico?

- Estoy bien... - dijo el niño con un hilo de voz.

Finalmente, Jane rodeó a su amigo hasta situarse enfrente de él, agachando la cabeza para poder comprobar la expresión de su rostro.

- ¡Pero si estáis llorando! - dijo la niña, sorprendida, arrodillándose justo al lado del príncipe. Nunca le había visto llorar, jamás, en todos los años que se conocían, así que supuso que debía haber sido algo muy contundente lo que había provocado las lágrimas del heredero de Inglaterra. - Eduardo, si estáis triste por algo que os atormenta, sabéis que podéis decírmelo, soy vuestra amiga... Dios mío...

El príncipe había alzado finalmente el rostro hacia ella: sus ojos grises estaban totalmente enrojecidos y llenos de lágrimas que parecían luchar por poder caer rodeando las mejillas del niño, y uno de estos ojos estaba rodeado por un inmenso color púrpura oscuro, incluso parecía hinchado. En la mejilla derecha tenía un corte recto y profundo que se encontraba rodeado por un tenue color rojo.

- Eduardo... ¿Qué os ha pasado? - habló Jane, conmocionada, alzando la mano hacia la mejilla del príncipe para comprobar el daño que había en la misma.

- Mi... Mi tutor de latín... - comenzó a balbucear con dificultad el príncipe, a la vez que dejaba escapar pequeños sollozos. - Decía q-que no prestaba suficiente atención y... Mi padre... M-mi padre se va a enfadar mucho c-conmigo...

Una vez finalizadas estas palabras, Eduardo rompió en el más amargo de los llantos dejándose caer hacia adelante, donde lo sujetó Jane con los brazos. El niño no parecía atender a razones de protocolo aquella vez, ni tampoco le importaba el hecho de estar llorando enfrente de una niña, lo único que deseaba hacer en aquel momento era llorar, presa del pánico y del desazón por haber decepcionado a su padre y a su tutor. Aún algo paralizada por lo inesperado de la situación, Jane intentó mover a su amigo, de modo que se sintiera cómodo: lo acunó en los brazos como pudo y apoyó su frente rubia en la cada vez más pelirroja de él durante unos momentos, meciéndole suavemente y dejándole llorar.

Permanecieron así varios minutos, mientras la oscuridad a su alrededor crecía a medida que pasaba el tiempo, y allí permanecían ambos, abrazados, mientras las dulces palabras de una canción de cuna brotaban de los labios de la niña, quien seguía meciendo con cuidado a Eduardo mientras le acariciaba el cabello con ternura infantil, como si de su hermanita Kitty se tratara y no del heredero al trono de Inglaterra. Conforme iban pasando los minutos, los sollozos del príncipe cada vez eran más leves y llegó un momento en que no se escuchó ninguno más. Entonces, aún sin soltarle del todo, Jane Grey sacó de uno de los bolsillos de su vestido un pañuelo de seda, con el que empezó a secar las lágrimas que habían empapado el rostro del príncipe.

- Lamento tanto haberos importunado con mi llanto, lo siento mucho... - se disculpó el príncipe aún recostado en el regazo de su amiga, y aún con la voz quebrada.

- Ssshhh... - susurró Jane, al igual que hacía cuando Kitty se disculpaba por haberse caído y haberla entretenido con su herida, mientras seguía secando el rostro de su amigo. - No os preocupéis por eso ahora, tranquilizaos...

Pobre Eduardo. Tenía todo lo que un niño podría desear y en cambio sufría constantemente por obtener la aprobación y el orgullo de su padre, un padre que no merecía tener un hijo como él. Sí, sabía que esos pensamientos serían considerados traición si eran pronunciados en voz alta, pero la pequeña Jane Grey ya no sentía ningún tipo de afecto o respeto por la figura de Enrique VIII, no después de aquella tarde. Si Eduardo supiera lo afortunado que era su padre por tenerle como hijo, si supiera lo afortunados que eran los ingleses por esperarle como futuro rey, si únicamente lo supiera... Si supiera lo de su hermanita Mary...

Jane reflexionó durante unos instantes antes de hablar de Mary Grey: sus padres se lo habían prohibido terminantemente, pero creía que era algo que tarde o temprano el mundo iba a conocer, y Eduardo necesitaba comprender.

- Como seguramente sabréis... - comenzó a decir Jane, mientras secaba las lágrimas del joven príncipe con su pañuelo de seda. - Mi madre dio a luz a otro hijo el año pasado, o mejor dicho, a otra hija... Mi hermanita se llama Mary, como la vuestra...

Dicho esto, la niña suspiró e hizo una breve pausa, como tratando de decidir si debía continuar hablando o si, por el contrario, era mejor que cerrara la boca y dejara el asunto correr. Tras compartir una mirada compasiva con su joven amigo, Jane tomó aire y siguió hablando con un tono de voz más bajo que el que había usado antes.

- Mi hermana nació con un gran bulto en la espalda, los doctores le han dicho a mis padres que siempre será muy bajita y poco agraciada, porque ha venido al mundo con un defecto, deforme... Ellos querían un niño y querían llamarle como vos... Por eso, mi pobre Mary nunca será suficiente para mis padres, pero vos sí lo seréis para el vuestro, porque sois todo lo que unos padres podrían desear en un hijo...

Eduardo escuchaba atentamente a Jane, mientras ésta terminaba de limpiarle el rostro: desconocía lo de la enfermedad de la tercera hija de los Grey, Lady Mary Grey, suponía que esas nuevas no eran de las que unos padres querrían presumir en la Corte, sino más bien las que querrían ignorar y hacer como si no existieran durante el mayor tiempo posible. El niño tomó aire por la nariz y se secó la misma con la manga de su traje: durante toda su corta vida, no recordaba a nadie diciéndole que era bueno tal y como era, excepto tal vez su hermana Isabel, sino que siempre tenía cosas nuevas por aprender y conseguir, y las que había logrado anteriormente parecían carecer de valor a los ojos de los demás.

- ¿Por qué me decís eso? - quiso saber Eduardo Tudor. - No tendríais que haberme dicho lo de vuestra hermana si vuestros padres desean mantenerlo en secreto...

Jane negó con la cabeza:

- Mis padres tienen la intención de llevarla a la corte cuando sea mayor, a pesar de todo... La condición de mi hermana Mary no puede ser un secreto toda la vida... Además, os lo he dicho porque creo que merecéis ver el orgullo que sois para vuestro padre... Y, cuando vuestro tiempo llegue, seréis un gran rey para Inglaterra...

El príncipe de Gales abrió mucho los ojos y se incorporó de inmediato, abandonando el regazo de la niña, entre asombrado y escandalizado de que esas palabras hubieran sido pronunciadas por su amiga: nunca se hablaba del tiempo en que él sería rey, estaba prohibido, sólo el hecho de pensar en la muerte del actual rey de Inglaterra era considerado como alta traición, y el pronunciar esas palabras era poco menos que un suicidio en la época de los Tudor. Pero Jane Grey no parecía avergonzada, ni con intención de retractarse, sino que se mantenía firme y no apartaba los ojos de Eduardo, como si quisiera que sus palabras quedaran grabadas en su mente.

- Eduardo, vais a ser un gran rey... Es de las pocas cosas de las que estoy totalmente segura en mi vida...

- No podéis decir eso en voz alta – habló un aún aturdido Eduardo. - Simplemente no podéis, es traición...

- Es la verdad – habló la niña con firmeza, algo en ella había cambiado tras haber estado presente en la ejecución de Anne Askew: ya no era la niña asustada que temía decir lo que pensaba, el sacrificio de esa pobre mujer la había alentado a luchar por lo que creía hasta su último aliento, y eso era lo estaba decidida a hacer el resto de su vida. - Esta tarde he visto a una pobre mujer ser devorada por las llamas por proclamar los valores reformistas que inició vuestro padre para liberarnos de las cadenas de Roma...

Eduardo Tudor recibió estas noticias con incredulidad: conocía la existencia de herejes, que eran castigados por la ley, pero no tenía ningún sentido que su padre hubiera ordenado la muerte de una mujer que compartía los ideales por lo que él había luchado tanto, simplemente no tenía sentido. La imagen de esa pobre mujer siendo engullida por las llamas hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo del pequeño.

- ¿Por qué me contáis esa atrocidad?

- Porque quiero que os veáis con los mismos ojos con los que os ven los demás... - afirmó Jane Grey, situándose más cerca de donde se hallaba sentado el príncipe. - No os llaman la joya más preciosa de Inglaterra por otro motivo, Eduardo. Creen que sois la luz que cambiará Inglaterra para siempre, y lo sois... Con todo mi corazón, sé que lo sois...

El joven príncipe dejó escapar el aire que había estado reteniendo en sus pulmones y asintió con la cabeza, aún procesando todo lo que le había dicho su amiga: su padre era un gran rey, aunque cometiera errores, esperaba de corazón poder llegar a ser todo lo que su reino esperaba de él, y tras las palabras de su amiga, estaba convencido de haría todo lo posible por no decepcionar a nadie. El niño suspiró, alargó los brazos y abrazó a Jane estrechamente contra sí, quien le devolvió el abrazo al instante.

- Gracias... - musitó el heredero al trono de Inglaterra.

- No hay de qué... - sonrió la niña, pasando la mano por la espalda del príncipe.

Cuando, minutos después, los dos niños salieron de la habitación, ninguna de las damas allí presentes creyó la historia de que Eduardo se hubiera caído y por eso tuviera el rostro herido de esa manera. Tanto Lady María como Lady Isabel creían conocer bien el origen de esa herida, pero ninguna de las dos dijo nada en aquel momento: el tutor de Latín de Eduardo era un buen hombre que tenía el corazón destrozado tras la muerte de Anne Askew, y ni ellas ni el propio príncipe deseaban que el maestro sufriera la ira del rey. Mientras las damas de compañía le limpiaban y curaban la herida con sumo cuidado, Eduardo Tudor dirigió la mirada hacia Jane Grey, quien le dedicó una sonrisa amistosa que fue correspondida por el joven príncipe. Sólo tenían ocho años y ya tenían fe ciega el uno en el otro, lo que no sabían entonces era que, tanto para Eduardo como para Jane y como para Inglaterra, el mundo estaba a punto de cambiar.


NdA: Bien, he situado este capítulo en el día 16 de Julio de 1546, día en que Anne Askew fue quemada en la hoguera por hereje. Por lo que he leído, es muy probable que Jane Grey, con sólo ocho años de edad, se encontrara presente y que fuera ese acotecimiento el que determinara de forma crucial su fe protestante.

Así mismo, es verdad que Eduardo Tudor en algún momento de su vida, recibió una bofetada por parte de uno de sus tutores que le dejó un ojo morado y un corte en la mejilla (seguramente debido a que el maestro llevaba puesto alguna especie de anillo en la mano con la que lo golpeó). No estoy segura de que fuera con ocho años de edad, pero he decidido situarlo aquí para que así tanto Jane como Eduardo tuvieran alguna pena que compartir aquella tarde, ya que eran un apoyo mutuo permanente el uno para el otro.

Por otro lado, Mary Grey, la menor de las tres hijas de Henry Grey y Frances Brandon, nació deforme (creo que jorobada o algo así, no hay mucha información al respecto) y si el hecho de tener una niña ya era suficientemente malo para el matrimonio, imaginaos el hecho de tener una niña de esas características.

He querido mostrar la relación casi maternal que existía entre María Tudor y Jane Grey, y también con sus hermanos Isabel y Eduardo antes de que sus diferencias religiosas se metieran de por medio. María Tudor sentía un enorme afecto por Jane Grey, y eso es algo a tener en cuenta en próximos capítulos.

En fin, hasta aquí, como siempre muchísimas gracias por leer y espero que os haya gustado este nuevo capi.