28 de Enero de 1547
Eduardo Tudor se apresuró a ocultarse tras el gran respaldo de una de las sillas del comedor de su hacienda y contuvo la respiración. Podía sentir cómo el corazón le latía mucho más deprisa de lo normal por encima del sonido de la lluvia que caía en el exterior del castillo y cómo el rubor inundaba sus mejillas. Habiendo cumplido los nueve años de edad el pasado mes de Octubre, el príncipe Tudor era el orgullo de cuantos le rodeaban: era un estudiante brillante que adquiría conocimientos rápidamente, muy dedicado y serio en sus oraciones diarias, y un muchacho dulce y generoso con cuantos le rodeaban. Pero ahora se encontraba en serios apuros, era preciso que no le encontraran, de lo contrario habría consecuen...
- ¡Te encontré!
El corazón del chico dio un vuelco al oír esa voz y al sentir la mano de su hermana Isabel tocándole el hombro de repente. El niño se giró hacia ella, aún sobresaltado, y pudo comprobar que su adolescente hermana estaba haciendo unos tremendos esfuerzos por no echarse a reír. A sus trece años, la joven Isabel Tudor era ya una de las damas más bonitas de la corte: su largo cabello pelirrojo no pasaba desapercibido para nadie, ni tampoco lo bien que quedaban con sus ojos verdes. Así mismo, era consideraba una de las damas mejor educadas de Inglaterra. Claro, que no podía tratarse de otra manera siendo la hija del rey.
- No es posible que me hayáis encontrado tan pronto, ¡habéis hecho trampa! - se quejó el joven príncipe a la vez que se incorporaba del suelo.
- Me ofendéis, querido hermano – bromeó alegremente Isabel Tudor. - Debéis saber que no ha sido nada difícil localizar esas orejas detrás de la silla...
El rostro del niño comenzó a enrojecer por momentos, formando un curioso contraste con su cabello pelirrojo, lo que hizo que Isabel sonriera una vez más.
- No son tan grandes... - refunfuñó Eduardo, sabiendo que su hermana había ido a por su punto débil.
- Por supuesto que no, Eduardo, claro que no... - dijo la chica conteniendo una sonrisa divertida sin demasiado éxito. - Vamos, hermano, sabéis que no lo digo en serio... ¡Oh, por cierto! ¿Habéis avanzado mucho en vuestro diario?
Coincidiendo con su noveno cumpleaños, los tutores encargados de la educación del príncipe le habían regalado un pequeño diario en el que escribir su día a día, para así ir prácticando su redacción y su caligrafía. Eduardo Tudor había comenzado a escribir en él el mismo día en que lo recibió, redactando un breve resumen de lo que había sido su infancia y su vida en general hasta el momento de escribir el diario. Más que como un diario, pensaba en él como una crónica, algo mucho más importante, por eso procuraba escribir en tercera persona y evitar escribir en él cualquier tipo de opiniones o pensamientos personales: así estaba seguro de que su crónica no traería consigo ninguna preocupación si caía en manos curiosas.
- Escribo en él todos los días – asintió el muchacho con una sonrisa de satisfacción propia dibujada en el rostro. Le encantaba usar su diario, y muy a menuda las mangas de su camisa acababan con pequeñas manchas de tinta debido a lo mucho que lo utilizaba.
- Pues eso está muy bien, vuestro tutor estará más que orgulloso de vuestro esfuerzo y constancia – habló Isabel, acuclillándose frente a su hermano menor y dándole un pequeño toquecito en la nariz con su dedo índice. - Y Padre carecerá de palabras para expresar el tremendo orgullo que siente por vos.
Eduardo sonrió a su hermana, quien le respondió el gesto afectuosamente. Isabel se puso en pie y tomó las manos de su hermano para que él también se incorporara del suelo de la estancia. Fuera, la lluvia continuaba repiqueteando contra el cristal de las ventanas de la estancia, dejando pequeños surcos de agua que resbalaban sobre la misma. Las tardes de lluvia en las que le visitaba su hermana Isabel, como aquella, eran las preferidas del hijo pequeño de Enrique VIII: juntos podían realizar las tareas que les habían mandado sus tutores, pero también podían jugar a cualquier cosa durante horas entre risas, y compartir mil y una historias antes de aburrirse. Esa tarde del mes de Enero, Isabel había cortado un poco el cabello de su hermano, más pelirrojo a cada día que pasaba, para prepararlo para el nuevo retrato que el rey quería encargar al maestro Holbein.
Fue entonces, cuando, sin previo aviso ni la anunciación debida, Sir Edward Seymour, Sir William Paget y Sir Anthony Browse irrumpieron en la sala, abriendo las puertas de par en par. Ambos hermanos se giraron sobresaltados hacia ellos, y Eduardo tomó la mano de Isabel en un acto reflejo, buscando la protección que su querida hermana siempre le proporcionaba.
- Tío... - se asombró Eduardo al ver a Edward Seymour, lord Hertford y hermano de su querida madre, entrar en la sala con aquellos dos hombres.
- Sir William, ¿qué significa esto? - murmuró una confusa Isabel, sosteniendo firmemente la mano de su hermano menor.
El hombre apenas había separado sus labios para contestar a las palabras de la princesa cuando Kat Ashley, principal cuidadora de Isabel, entró también en la sala, seguida por el resto de damas de compañía de los hijos del rey. Todas ellas parecían muy apuradas y al mismo tiempo desconocer el por qué de la presencia de aquellos dos hombres en el castillo.
- Lamentamos mucho esta irrupción, Lady Isabel – comenzó a excusarse atropelladamente Kat Ashley. - Pero los caballeros sostienen que os traían noticias muy importantes y no hicieron caso cuando les dijimos que esperaran vuestro consentimiento...
La joven Isabel Tudor se tapó la boca con una de sus manos, mientras seguía sosteniendo la de su hermano menor con la restante. Los ojos verdes de la adolescente comenzaron a brillar debido a las lágrimas que ya empezaban a brotar de ellos. Ya había recibido la noticia en su cabeza mucho antes de que ninguno de aquellos hombres la hubiera dicho en voz alta, sin embargo, el pequeño Eduardo Tudor no podía ni imaginar lo que aquel hombre estaba a punto de comunicarles. Después una mirada indescifrable con Sir William y con Sir Anthony, Sir Edward Seymour dio un par de pasos al frente y miró a los dos hermanos Tudor.
- Altezas, es mi triste deber informaros de penosas nuevas: nuestro amado rey Enrique VIII de Inglaterra ha emprendido su último viaje hacia el encuentro de nuestro Señor...
Y el mundo se paró en aquel mismo instante. Eduardo Tudor abrió levemente la boca, impactado por las palabras de su tío, aún antes de llegar a entenderlas. A su lado, Isabel Tudor dejó escapar un lastimero sollozo y se derrumbó, cayendo de rodillas al suelo de la estancia. La joven pelirroja lloraba amargamente, tapándose el rostro con las manos: era una noticia que había esperado desde que vio a su padre por última vez antes de las Navidades del pasado año, pero ninguna evidencia la hubiera preparado para ese momento. Por su parte, el hijo menor del fallecido rey miraba a su alrededor, totalmente confundido: aquello no era verdad, no podía estar pasando, tenía que ser alguna especie de pesadilla horrible.
- Isabel... - llamó el pequeño a su hermana mayor, quien se giró hacia él con los ojos totalmente enrojecidos. Al contemplar la expresión aturdida de su hermano, Isabel Tudor que morderse el labio inferior para no dejar escapar otro sollozo más. - Isabel, ¿qué ha pasado? Dios mío, Isabel, ¿qué es lo que ha pasado?
A cada pregunta que el muchacho hacía, más se le quebraba la voz, asimilando finalmente los hechos que acababan de anunciarles Edward Seymour: el rey Enrique VIII, su padre, había muerto, dejándolos totalmente huérfanos. Invadido por una pena que superaba todo dolor imaginable, el niño comenzó a llorar, desesperado y confundido al enfrentarse por primera vez desde que tenía uso de razón a la muerte de un ser querido. Su hermana Isabel se apresuró a estrecharlo contra sí, y juntos lloraron la muerte de aquel que les había dado la vida y que ahora les había abandonado. La escena de los dos hermanos lamentando juntos, abrazados en el suelo de aquella sala, la muerte de su progenitor era tan descorazonadora que no pasó mucho tiempo antes de que las damas de compañía comenzaran a derramar lágrimas también, sintiendo una enorme pena y compasión por los dos niños.
Pasaron varios y largos minutos antes de que los llantos de los niños fueran volviéndose cada vez más calmados, aunque la enorme herida de la pérdida de su padre seguía más que presente en aquellos dolorosos momentos. Ambos hermanos alzaron el rostro, contemplando uno las lágrimas del otro, mientras mantenían sus dos manos fuertemente unidas. Tras ponerse finalmente en pie, aún con las rodillas temblando, Isabel dejó escapar un suspiro lastimero y apoyó su frente en la de su hermano menor, cerrando fuertemente los ojos.
- El rey ha muerto... - repitió Edward Seymour, provocando de nuevo los sollozos de los niños Tudor.
Dicho esto, el hermano de Jane Seymour avanzó con paso decidido por la estancia, sintiendo la importancia del momento, hasta llegar a donde se encontraba Eduardo, aún abrazado a su hermana. Edward Seymour miró a su sobrino a los ojos, que le devolvieron una mirada que mezclaban los sentimientos de pena y súplica a partes iguales, como si le estuviera pidiendo que dijera que mentía cuando les anunciaba la muerte de su padre. Echando hacia atrás su capa de viaje, Edward Seymour se inclinó profundamente, clavando la rodilla en suelo y agachando la cabeza en señal de respeto antes de proclamar, en voz alta:
- ¡Larga vida al Rey!
Sólo entonces fue cuando el pequeño Eduardo fue totalmente consciente de lo que estaba ocurriendo. Miró a sus damas de compañía, quienes agacharon la cabeza y se inclinaron en señal de respeto, una tras otra; como también lo hicieron Sir William Paget y Sir Anthony Browse, quitándose sus sombreros de viaje; como también lo hizo, a su lado, su hermana Isabel, aún compungida y sin soltar su mano. Todos ellos corearon la misma frase que había proclamado su tío escasos momentos antes, y Eduardo Tudor, en medio de una sala en la que todos los presentes estaban arrodillados ante él, salió de su estado de confusión, comprendiendo la verdad de forma total: su padre había muerto; su padre, Enrique VIII, rey de Inglaterra había muerto. Ahora con sólo nueve años de edad, el rey era él: Eduardo VI de Inglaterra.
Presa del pánico, el niño se volvió hacia su hermana mayor:
- Isabel...
- Tranquilo... - murmuró la susodicha, mientras acariciaba con cariño las mejillas del niño, tratando de calmarlo. - No te preocupes por nada, Eduardo...
- Isabel, estoy asustado... - balbuceó el que había sido, hasta hacía escasos minutos, el príncipe de Gales. - Padre ha muerto, y el rey soy yo...
- Ssshh, lo sé, tranquilo... - siguió hablando Isabel, con dulzura maternal. - No tengas miedo, Eduardo, no te dejes invadir por el pánico... Sabías que este día llegaría, tarde o temprano...
- Sí, pero... - la interrumpió un angustiado Eduardo Tudor. Las emociones que estaba sintiendo le estaban nublando por completo la mente: la pena por la muerte de su padre y el miedo que sentía ante el cambio que iba a experimentar su vida provocaba en él una confusión que no recordaba haber sentido nunca. - Sólo tengo nueve años, Isabel, no puedo ser el rey de Inglaterra con nueve años...
Isabel se apresuró a abrazar a su tembloroso hermano, cerrando los ojos con fuerza e intentando calmar al niño lo mejor que podía. Sabía que el peso que recaía ahora sobre los frágiles hombros de su hermano menor era mucho mayor de lo que el pequeño podía soportar a esa tierna edad: Eduardo era ahora el rey más poderoso que Inglaterra había tenido jamás, ya que también el jefe de la Iglesia Anglicana, y sólo tenía nueve años. También sabía que los consejeros, que el padre de ambos hubiera dispuesto en su testamento para velar por Eduardo y por Inglaterra hasta su mayoría de edad del príncipe, intentarían aprovecharse de la juventud del nuevo rey para enriquecerse. Pero, aunque fuera joven, su hermano era muy inteligente, era brillante, y había nacido para ser rey de Inglaterra. Ella estaría a su lado, e intentaría ayudarle en todo lo que pudiera.
- Habéis nacido para ser Rey de Inglaterra – susurró Isabel Tudor al oído de su hermano menor, quien se separó un poco de ella para mirarle el rostro con sus ojos grises. - Sé que sois joven aún y que tenéis miedo de no hacerlo bien, pero tengo fe en vos... Eduardo, poseo una inmensa fe en vos, recordad lo que os dije cuando éramos más pequeños: "Un día seréis un gran rey, Eduardo..."
- "...sé que lo serás..." – dijo el compungido niño, repitiendo las palabras que su hermana le había dedicado unos años antes. - "Y muy fuerte, pero también justo y misericordioso. Quiero que seáis un gobernante justo..."
- "Y entonces realmente seréis un gran rey" – terminó de repetir Isabel Tudor con una sonrisa emocionada dibujada en el rostro. - ¿Lo veis? Tengo fe plena en vos, Inglaterra la tiene, y Padre la tenía también...
Tomó las manos del pequeño y las apretó cariñosamente, infundiéndole ánimos.
- Simplemente tenéis que ser fuerte y dar el paso para convertiros en lo que siempre habéis estado destinado a ser... Un gran rey para una Inglaterra que no puede esperar más por vos...
Eduardo tragó saliva, respiró hondo y cerró los ojos con fuerza, ocasión que Isabel Tudor aprovechó para secar las lágrimas de su rostro con la manga de su vestido, ya que no disponía de ningún pañuelo cerca. Toda la conversación entre los hermanos había sido presenciada por las damas de compañía allí presentes y los tres hombres que habían traído consigo tan desgraciadas noticias para todos, ellos mismos quienes aguardaban pacientemente a que los niños Tudor recuperaran la compostura antes de seguir informándoles del protocolo a seguir. Finalmente, Isabel Tudor besó a su hermano menor en la frente y apretó con fuerza sus manos una vez más:
- Creo en vos... - le susurró una vez más antes de ponerse en pie.
El niño asintió, tragando saliva una última vez, y dirigió su mirada a su tío Edward Seymour, quien aún permanecía arrodillado ante él con la cabeza agachada rindiéndole pleitesía. Tomó aire de forma imperceptible y finalmente habló:
- Es suficiente, podéis poneos en pie...
Era tan sólo un muchacho de nueve años, pero el tono de su voz ya denotaba el mando y la autoridad que el cargo de monarca traía consigo. Edward Seymour volvió a inclinar la cabeza antes de incorporarse de nuevo, mirando a su sobrino a los ojos.
- Majestad... - habló de nuevo Edward Seymour, haciendo que el niño tuviera que tomar aire al oír que se dirigían a él con esa palabra. - En primer orden, deseo daros mi más sentido pésame por la muerte de vuestro amado padre, el rey Enrique VIII; es una pérdida enorme para todos nosotros y para Inglaterra, pero imagino que ese sentimiento de pérdida no debe ser nada en comparación con el dolor de sus hijos...
- Inglaterra sufre por la muerte de mi padre... - afirmó Eduardo Tudor, asintiendo levemente con la cabeza, mientras también él trataba de hacerse a la idea. - Y tanto mis hermanas como yo compartimos su sufrimiento.
Tras el nuevo rey de Inglaterra, Isabel esbozó una sonrisa de orgullo y se cubrió la boca con un pañuelo que le había proporcionado Kat Ashley, su dama de compañía principal. Aún le temblaban las piernas de emoción al ver su hermano pequeño convertido en rey de Inglaterra, y su corazón aún sufría de dolor por la muerte de su padre. Si sólo María también estuviera allí... Ojalá ella hubiera podido recibir la noticia con ellos, y no sola en su residencia particular, donde no tendría con quien compartir el dolor de aquella terrible noticia.
- Habiéndose producido en el día de hoy el fallecimiento de vuestro padre y bien amado rey de Inglaterra, hemos previsto, de forma puramente teórica, que sus funerales tengan lugar en el plazo de una semana, el tiempo necesario para que los embajadores puedan avisar a sus señores de las noticias y así asistir a su despedida... - prosiguió hablando Edward Seymour. - Si a su Majestad le parece apropiado, esperamos su consentimiento.
Eduardo Tudor había ido asintiendo a cada una de las palabras de su tío y, después de que éste finalizara, hizo una breve pausa para meditar lo que le había dicho: no necesitaba analizar mucho más la situación, pues su tío le había expuesto todo de una forma muy clara y concisa, pero no quería que pareciera que aprobaba inmediatamente todo lo que su tío le proponía.
- Me parece una fecha harto apropiada... - contestó finalmente Eduardo VI. - Mi lord Hertford, debemos ordenar que el castillo de Windsor sea preparado para tal ocasión, ya que su Majestad, mi padre, deseaba ser enterrado junto a mi madre, la reina Jane Seymour...
- Lo sé, Majestad, era uno de los puntos más claros de sus últimas voluntades... - asintió Edward Seymour, tío del muchacho y, por tanto, hermano de la mencionada Jane. - No obstante, aunque los funerales de vuestro padre sean un asunto importante que zanjar, también hemos de iniciar los preparativos para vuestra coronación...
- ¿Cuándo tendría lugar, mi lord Hertford? - quiso saber el pequeño rey, dejando cada vez más asombrados a los allí presentes debido a su agudeza intelectual y la facilidad con la que conversaba de asuntos de estado con un adulto mucho mayor que él.
- A finales del próximo mes de Febrero, vuestra Gracia – contestó el hombre. - En la Abadía de Westminster, como todos vuestros predecesores en la Corona...
Poco a poco, su nueva realidad se iba haciendo más tangible a los ojos del muchacho: era rey de Inglaterra, mucho antes de lo que esperaba, pero lo era y tenía un deber muy importante que cumplir para con Inglaterra y para todas aquellas personas que tenían sus esperanzas puestas en él. No iba a decepcionarles, no mientras estuviera en su mano. El muchacho asintió una vez más a las palabras de su tío.
- Así sea
Edward Seymour esbozó una sonrisa de orgullo y realizó una profunda reverencia ante su joven sobrino, quien comenzó a recibir un espontáneo y común aplauso por todos los presentes en aquella estancia. A sus espaldas, Isabel empezó a aplaudir también, con lágrimas de emoción cayendo por sus mejillas. El pequeño no podía reaccionar, no con tantos cambios ocurridos en su vida a la vez, pero si pudiera haberlo hecho, hubiera dedicado una sonrisa de agradecimiento a aquellos que le estaban brindando tanto apoyo en momentos tan cruciales para él y para Inglaterra.
- Ahora, Majestad, es mi deber escoltaros hasta la Torre...
Estas palabras pronunciadas por Edward Seymour hicieron que las mejillas del joven rey perdieran color por un momento y que un escalofrío de terror recorriera su espalda. Conocía la tradición de que los reyes de Inglaterra se hospedaran en la Torre de Londres hasta el día de su coronación, pero aquel edificio había cambiado mucho su reputación durante el reinado de su padre: ahora era un lugar de recuerdos trágicos que a él mismo espantaba. Isabel percibió el temor de su hermano, y avanzó hacia él, posando afectuosamente su mano derecha en su hombro: le gustaría acompañarle, pero no podía, al menos no por ahora. Aquellos eran unos momentos que el nuevo rey de Inglaterra debía vivir totalmente a solas.
Alentado por el apoyo de su hermana, Eduardo Tudor parpadeó para alejar la irritación de sus ojos y avanzó con decisión hacia su tío, quien de inmediato se dio la vuelta, dispuesto a recorrer de inmediato el largo camino de regreso a Londres. Sir William Paget y Sir Anthony Browse escoltaron al joven rey, situándose cada uno a un lado del pequeño. Así, Eduardo abandonó la sala en medio de los aplausos espontáneos de las damas de compañía allí presentes y con el corazón más inquieto que nunca.
En la finca de los Grey, las dos hijas mayores del matrimonio se preparaban para irse a la cama. Hacía ya bastante rato que Frances Brandon había acostado en su cuna a Mary, la menor de las tres hermanas, pero en cuanto se refería a Jane y Kitty Grey, ambas se encontraban aún despiertas. Sentada frente al tocador de la alcoba de ambas, Kitty, de seis años de edad, contemplaba cómo su hermana mayor, Jane, hilaba cuidadosamente sus mechones de cabellos pelirrojos en dos largas trenzas, para así facilitarle el que pudiera descansar mejor por la noche, mientras tatareaba en voz baja una vieja canción de cuna. La propia Jane llevaba su cabello rubio recogido en una trenza que le caía a un lado del rostro. Cuando finalmente hubo acabado su tarea, Jane sujetó las trenzas de su hermana con dos lazos blancos.
- Muy bien, Kitty, creo que ya es hora de que nos vayamos a la cama – afirmó la niña, dedicando una sonrisa de cariño a su hermana menor.
La hija mediana de los Grey asintió con la cabeza, haciendo que sus trenzas pelirrojas se agitaran brevemente en el aire, antes de dirigirse hacia su cama. Al otro lado del cristal de la ventana de la habitación, la lluvia caía sin dejar tregua al buen tiempo, había sido durante todo el día. Le gustaban las noches así, pensó Jane Grey mientras se acurrucaba bajo las mantas de su cama: le gustaba estar en su casa mientras la lluvia caía afuera, la hacía sentir segura y a salvo.
- Buenas noches, Kitty... - susurró Jane a su hermana menor. - Que tengas dulces sueños.
- Buenas noches, Jane... – contestó la niña, reprimiendo un bostezo sin demasiado éxito.
Jane sonrió para sí misma y se tumbó boca arriba en la cama, echando su trenza dorada a un lado de la almohada y escuchando el ruido de la lluvia al caer al otro lado del cristal. Era en aquellos momentos, cuando estaba a punto de dormirse, cuando podía dedicar tiempo a pensar en las cosas que le preocupaban: hacía pocos días que había sido el cumpleaños de su abuelo materno, Charles Brandon, fallecido hacía dos años atrás y nadie salvo ella lo había recordado y dedicado sus rezos de esa noche; así mismo, tenía constancia de que había sido solicitada por la reina Catalina Parr para acudir a la corte como una de sus damas de compañía, algo que había vuelto locos de alegría a sus padres. La pequeña Jane aún no sabía qué pensar de ese nuevo giro que tomaría su vida: lamentaría dejar a Kitty y a Mary atrás, y no le hacía especial ilusión formar parte de la corte de Enrique VIII... Sin embargo, adoraba a Catalina Parr, y la compañía y comprensión que ésta le brindaba. Compartía su fe protestante, y era muy interesante poder conversar con ella de esos asuntos.
No obstante, aquella era una decisión que nunca sería suya, siempre pertenecería a aquellos que le dieron la vida, como todo lo demás. Sus padres siempre habían tenido en mente grandes planes para ella, de los que ella misma conocía muy pocos detalles, y al parecer, el entrar a formar parte de la corte de Inglaterra era algo que hacía que aquellos planes parecieran más cercanos que nunca. Jane dejó escapar un suspiro de cansancio y decidió cerrar los ojos e intentar dormir, y que el mañana trajera lo que tuviera que traer consigo. Llevaba tan sólo unos minutos con los ojos cerrados, dejando que el sueño la invadiera poco a poco, cuando oyó unos fuertes golpes en la puerta principal de la casa. La niña abrió sus ojos azules, pero no se movió ni un centímetro: ¿quién podía estar llamando a esas horas? En la cama de al lado, oyó a su hermana moverse entre las sábanas.
- Jane... - la llamó su hermana en medio de la oscuridad.
- Ssshhh... - susurró la niña, mandando callar a su hermana y agudizando el oído. No era posible que alguien estuviera llamando a la puerta de la casa a esas horas, lo más probable es que se hubieran confundido. - Duérmete, Kitty, ha debido ser una rama que ha golpeado alguna ventana...
Acababa de terminar la frase cuando los golpes volvieron a repetirse, esta vez con más insistencia, sobresaltando a las dos niñas. Jane se incorporó, quedando sentada en su cama, atenta a los sonidos que se producían en la planta baja: al parecer, sus padres también habían oído los golpes y habían mandado a los criados a que abrieran las puertas. A Jane no le parecía una buena idea: no le gustaba pensar que alguien había viajado bajo esa lluvia torrencial hasta su hogar en mitad de la noche, por lo que a ella se refería, no pensaba salir de su habitación... Pero Kitty Grey no debía pensar lo mismo, quien bajó de un salto al suelo de la estancia y se dirigió a la puerta de la misma como una flecha, ignorando las advertencias de su hermana mayor.
- ¡No, Kitty, vuelve aquí! - llamó Jane a su hermana, intentando no levantar demasiado la voz, pero ya era tarde: Catherine Grey había abierto la puerta de la habitación y había salido de la misma dando pequeños pasos.
Jane maldijo entre dientes y se quitó las sábanas de encima, dispuesta a seguir a su hermana y a traerla de vuelta a la cama. La primogénita de los Grey se asomó por la puerta que Kitty había dejado entreabierta, mirando a un lado y a otro del pasillo: si bien no veía a su hermana por ningún lado, las voces que se oían en la planta baja le indicaba que sus padres también habían abandonado la cama y conversaban con quien fuera que hubiera llamado a su casa a esas horas. La niña, aún en camisón, se dirigió hacia las escaleras que llevaban hasta la planta inferior de la finca, y fue allí donde encontró finalmente a su hermana Kitty, que espiaba la conversación de sus progenitores aferrada a las barandillas de la escalera.
- Kitty... - la llamó de nuevo Jane, acercándose a ella. - No está bien que espíes así a mamá y a papá, deberíamos estar en la cama...
Pero Catherine Grey no parecía oír las advertencias de su hermana, sus cinco sentidos estaban concentrados en descifrar la conversación que estaba teniendo lugar en la planta baja. Había oído algo, pero no estaba segura de haberlo oído bien... Jane contempló la expresión preocupada de su hermana menor y se sentó junto a ella en las escaleras.
- Catherine... - dijo la niña rubia. Nunca llamaba a su hermana Catherine, sólo cuando estaba muy preocupada, y esa vez lo estaba. - Catherine, ¿qué está pasando? ¿Has oído algo de lo que han dicho papá y mamá?
La niña pelirroja permaneció un par de segundos más aún intentando escuchar algo más, antes de girar el rostro hacia su hermana mayor. Ahora Jane oía también las voces de sus padres en la planta inferior, mucho más claras que antes y, tanto por el tono de su voz como por las palabras que usaban, la primogénita del matrimonio supo que algo muy importante debía de haber ocurrido.
- Creo... - comenzó a murmurar Kitty Grey, con miedo a equivocarse. - Creo que el rey... Jane, creo que el rey ha muerto...
Jane abrió mucho los ojos y contuvo la respiración: la noticia tuvo tal impacto en ella que apenas pudo reaccionar de ninguna manera. Una parte de ella creía que su hermana debía de haber escuchado mal, o que debía haber malinterpretado alguna palabra de sus padres, pero lo que alcanzaba a oír en la planta baja no dejaba lugar ninguno a la duda: Enrique VIII había muerto. La niña se tapó la boca con las manos, aún invadida por la sorpresa: no podía creer lo que había sucedido, aunque sabía que el rey tarde o temprano moriría, como todos los hombres, nunca creyó que ese día pudiera llegar realmente. Es como si, sin querer, hubiera pensado que el rey de Inglaterra estaba por encima de las leyes de la vida y de la muerte, y que por ello nunca moriría.
Asimilando por fin la evidencia de aquellas noticias, otra idea asaltó la mente de Jane:
- Eduardo... - musitó la niña, antes de comenzar a bajar escalones ante las protestas de su hermana menor, quien la advertía de que sus padres la iban a descubrir.
Jane Grey bajó con cuidado las escaleras, sujetándose un poco el camisón para no pisárselo y procurando hacer el menor ruido posible para que sus padres no la escucharan. Asomó la cabeza entre las barandas de roble de la escalera y escuchó atentamente la conversación que estaba teniendo lugar en la planta baja de la finca. No conocía las voces de aquellos que habían traído esas aciagas, pero suponía que debían ser miembros del Parlamento, ya que sus padres tenían buenas amistades allí que les mantenían al corriente de prácticamente todo cuanto sucedía en Hampton Court. Sus padres estaban haciendo muchas preguntas sobre los detalles de los funerales de Enrique VIII y la próxima coronación de Eduardo VI. Eduardo VI... Dios santo, a pesar de que siempre había sabido muy bien que su mejor amigo algún día sería rey (incluso lo había deseado con fervor), en su mente aquel nombre tan formal aún sonaba extraño para ella.
- Todo está siendo puesto a punto... - comunicó una voz de hombre a sus padres. - El Príncipe de Gales ha sido llevado a la Torre...
Jane Grey se cubrió de nuevo la boca al escuchar estas palabras: la sola mención de aquel terrible edificio hacía que a cualquier persona se le erizara el pelo de la nuca. Tanta fue la impresión que se llevó la pequeña que hasta sintió las lágrimas agolparse en sus ojos. Se llevó la mano al corazón y respiró hondo, haciendo que su hermana menor alzara levemente la cabeza para intentar ver lo que estaba ocurriendo.
- Jane, ¿va todo bien? - preguntó una preocupada Kitty Grey. - ¿Está Eduardo bien?
La pequeña Catherine apenas conocía realmente al príncipe de Gales, pero su hermana mayor le había hablado tan a menudo de él y con tanto afecto que sentía como si ya lo conociera. Además, alguna que otra vez había oído a sus padres decir que pronto serían familia, así que la pequeña le apreciaba como si fuera un hermano más para ella. Esto hizo sonreír levemente a la mayor de las hermanas Grey, que volvió a subir los escalones con cuidado de no hacer ruido y estrechó a su hermana en los brazos.
- Eduardo es rey ahora, Kitty... - habló Jane Grey en apenas un susurro. - Ahora todo va a cambiar...
- ¡Eres la mejor amiga de un rey! - exclamó maravillada la pelirroja niña.
Jane ahogó una risa emocionada al escuchar las palabras de la niña y volvió a abrazar a su hermana con cariño. Permanecieron unos momentos más abrazadas, antes de que la primogénita de los Grey dijera que era hora de volver a la cama: el día siguiente sería de los más ocupados de sus vidas, podía sentirlo, y era mejor que estuvieran preparadas.
Ya de vuelta en la habitación que compartían, Jane acostó a su hermana y le cantó en voz baja una canción de cuna, sentada en el borde de la cama, hasta que Kitty se quedó profundamente dormida. Entonces y sólo entonces, la pequeña Jane dirigió la mirada hacia la ventana de la habitación: la lluvia seguía golpeando con suavidad el cristal, dejando pequeños surcos de agua a su paso. Haciendo el menor ruido posible, la niña avanzó atravesando la habitación hasta encontrarse frente a la ventana. Sabía que desde allí no podía divisar la ciudad de Londres, ni mucho menos su temible Torre, pero aún así quería tener la sensación que podía encontrarse cerca de su amigo en estos momentos tan difíciles para él.
Alzando el brazo, Jane Grey posó la palma de su mano en el cristal de la ventana, sintiendo el frío que venía de fuera. Siempre había oído que cuando alguien moría en un día de lluvia, significaba que el cielo lloraba la pérdida de esa persona, pero no era ésa la sensación que Jane tenía en esos momentos: sentía que la lluvia había comenzado a caer para borrar los errores del pasado, todo el dolor que había sufrido ese país durante el reinado de Enrique VIII, arrastrándolos lejos de Inglaterra. En aquellos precisos instantes, un edificio habituado a contener el terror y la desesperación albergaba ahora la preciosa luz de la esperanza en su interior.
La niña esbozó una sonrisa emocionada, una de las muchas que habían tenido lugar esa tarde-noche, y, cerrando con cuidado los ojos, aún con la palma sobre el cristal de la ventana, murmuró una oración por su querido amigo Eduardo Tudor, rey de Inglaterra.
