20 de Febrero de 1547

Sale el sol.

El día 20 de Febrero de 1547 amaneció, tal y como hubiera ocurrido en cualquier otro día del año, pero el amanecer de aquel día del mes de Febrero fue el primer amanecer que contempló el joven Eduardo Tudor. Sentado a los pies de su cama, en los apartamentos destinados a acoger a los reyes y reinas de Inglaterra los días anteriores a su coronación en la Torre de Londres, el nuevo rey de Inglaterra había ido observando cómo el tono azul oscuro de la noche había ido aclarándose muy poco a poco conforme pasaban las horas y cómo finalmente aparecían los primeros rayos de luz del día de su coronación.

El día de su coronación. Esas palabras aún parecían extrañas en su mente, y eso que había tenido tiempo para hacerse a la idea de que todo su mundo estaba a punto de cambiar, si no había cambiado ya... Desde aquel aciago día del mes de Enero en que su padre, Enrique VIII, había sido llamado a la presencia de Dios, todo para él había cambiado. No únicamente por el hecho de perder a su progenitor, quedando totalmente huérfano (ya que el joven príncipe nunca había llegado a conocer a su madre), sino por todo lo que ese hecho conllevaba: era preciso un sucesor en el trono de Inglaterra, y ese sucesor siempre había sido él.

El príncipe miraba a su alrededor ahora, estudiando cada detalle de esos aposentos, cada mueble que había en él, y mientras su mirada recorría la estancia, nuevas preguntas iban apareciendo en su mente: ¿cómo se había sentido su padre cuando se había encontrado en aquella habitación, como él aguardaba ahora, los días previos a su coronación como rey de Inglaterra? ¿Había sentido miedo o inseguridad, había sentido ganas de salir corriendo? O, por el contrario, ¿se había sentido entusiasmado ante la idea de heredar la corona de su padre, se había encontrado impaciente tal vez? Son preguntas que nunca tendrían respuesta, ya que nunca había tenido ocasión de hablar con su padre de estos temas, y ahora se arrepentía de no haberlo hecho en su momento.

Por suerte, le habían dejado tener a Júpiter con él, para hacerle compañía los días que tuviera que permanecer allí hasta la coronación. En aquellos instantes, el spaniel estaba olfateando algo que había debajo de la cama del príncipe, mientras movía la cola alegremente. Eduardo esbozó una sonrisa y acarició con cariño el lomo del can: le gustaba pensar que ahora podría pasar mucho más tiempo con él, ya que realmente apreciaba la compañía y el afecto que le profesaba el animal.

Sobre su cama, estaba su diario, aún abierto de par en par y con una página a medio escribir: sus tutores habían creído conveniente que dedicara un lugar especial a los funerales de su padre en el mismo. El aún príncipe de Gales también creía que era buena idea dejar constancia en su particular crónica de los tristes días que había vivido Inglaterra, pero a él mismo aún le costaba echar la vista atrás sin que un nudo se formara en su garganta. El entierro había tenido lugar el día cuarto del mismo mes en que aún se encontraban, en el Castillo de Windsor, donde nueve años atrás había sido inhumada su madre, la reina Jane Seymour.

Nunca había visitado la tumba de su madre antes, por eso aquel acontecimiento resultó doblemente doloroso para él, pero debía mantener la compostura. Vestido de riguroso luto, junto a sus hermanas María e Isabel, el príncipe de Gales observó cómo los criados de Enrique VIII rompían sus sellos y los echaban sobre el ataúd, en señal de respeto a su difunto señor. Los propios príncipes tuvieron ocasión de asomarse a despedirse de su progenitor antes de que cubrieran de nuevo el suelo de la estancia con una pesada lápida de mármol negro. Los tres hijos del rey se acercaron a la abertura en la piedra y, en un gesto de solemnidad, lanzaron rosas blancas sobre el ataúd de su padre. Sólo cuando éstos se hubieron apartado, cerca de diez hombres fornidos procedieron a tapiar la tumba con la lápida de mármol en la que ahora se podía leer lo siguiente:

En una bóveda,

bajo este mármol yacen los restos de

Jane Seymour, reina de Enrique VIII

·1537·

Rey Enrique VIII

·1547·

La muerte de su padre fue llorada por toda Inglaterra y, como no podía ser de otro modo, sus funerales fueron multitudinarios, aunque sólo la nobleza y los mandatarios de otros países amigos estuvieron presentes en la ceremonia de despedida. Eduardo recordaba que, en cierto momento en que levantó la vista del suelo para dirigirla a aquellos que habían ido a despedir al rey de Inglaterra, acertó a ver a Jane Grey, junto a su hermana Catherine, y sus padres, en uno de los bancos de madera, todos vistiendo ropas negras en señal de duelo. La primogénita de los Grey advirtió su mirada y dedicó un pequeño saludo con la mano al príncipe, cuando su madre no la veía. Eduardo esbozó una triste sonrisa que su amiga no vio, y se volvió de nuevo hacia la sepultura de su padre.

Habían pasado dieciséis días desde ese aciago día, dieciséis días en los que el joven príncipe de Gales había aguardado en la Torre sin más compañía que sus criados y su perro Júpiter, a la espera de su coronación. Un día que, finalmente, había llegado con ese nuevo amanecer. El niño se encontraba nervioso, no iba a mentirse a sí mismo pensando lo contrario, pero confiaba en el apoyo que sus hermanas le habían mostrado en los días posteriores a la muerte de su padre y sabía que su reino le esperaba. Le había estado esperando durante más tiempo del que el pequeño podía ser consciente en esos momentos.

La puerta de sus aposentos se abrieron, dejando paso a Edward Seymour, quien había sido nombrado como Lord Protector del reino mientras Eduardo fuera menor de edad, y tío del mismo. Eduardo Tudor se alegró de verle: había podido verle unos días atrás, cuando los dieciséis consejeros que su padre había designado para servirle durante los primeros años de su reinado, se dirigieron a la Torre de Londes con el fin de rendirle pleitesía y mostrarle sus respetos. En aquella ocasión, Edward Seymour no iba acompañado de nobles, sino de las criadas que el pequeño príncipe siempre había tenido en su finca particular, quien portaban distintas piezas de ropa, una más lujosa y majestuosa que la anterior. Eso sólo podía significar una cosa, algo que confirmó el tío del niño antes de que éste tuviera oportunidad de preguntar:

- Ha llegado el momento... - anunció con orgullo Edward Seymour, y retrocedió un par para realizar una reverencia. - Hemos de prepararos para vuestra coronación, Majestad.

Eduardo Tudor tomó aire de manera casi imperceptible y parpadeó un par de veces, para controlar sus nervios. Finalmente, bajó de la cama y se dispuso frente al espejo, donde sus criadas comenzaron a cambiarle de ropa para comenzar ese proceso de tranformación que concluiría cuando sobre su cabeza reposara la corona del rey de Inglaterra.


Aquel era un día especial para toda Inglaterra, la emoción y el jolgorio popular se respiraba en el ambiente, de eso no tenía ninguna duda: ese veinte de Febrero era de esos días sobre los que se escribían en los libros de historia; el mundo venidero recordaría ese día por muchas generaciones que pasaran desde aquel día de invierno de 1547. Jane Grey no era ninguna necia, y comprendía perfectamente la importancia de aquel día en la vida de su amigo Eduardo y en la de todos los ingleses... Pero aún no alcanzaba a comprender por qué parecía ser tan sumamente importante para sus padres. Habían recibido las noticias de la muerte de Enrique VIII con el pesar que la situación requería, pero conforme habían ido pasando los días se habían ido emocionando cada vez más y más con la coronación del nuevo rey, entusiasmo que era imposible que no percibieran sus hijas, quienes no hacían sino preguntarse qué podría hacer tantísima ilusión a los dos adultos: ni que fuera alguna de ellas a la que fueran a coronar reina de Inglaterra.

Hacía ya varios días que habían abandonado su hogar en Bradgate, dejando a la pequeña Mary al cuidado de Mrs. Ellen y el resto de las criadas. Mientras, el matrimonio Grey y sus dos hijas mayores se habían trasladado a Londres con motivo de asistir a la coronación del nuevo rey de Inglaterra. Como la mayoría de los nobles de aquella época, los Grey poseían una bonita casa en la capital del reino, en la que se hospedaban cuando visitaban la corte del rey, y aquella era de las pocas ocasiones en que eran acompañados por alguna de sus tres hijas. En aquel momento, las dos criadas que el matrimonio había traído consigo estaban totalmente dedicadas a preparar a las niñas del mismo para la ceremonia de coronación del rey Eduardo VI de Inglaterra.

Al parecer, cuatro niños (dos niños y dos niñas) iban a preceder al nuevo rey como pajes en su procesión por el pasillo principal de la Abadía de Westminster, lanzando pétalos de rosas a su paso, para finalmente colocarse a ambos lados dn la silla de San Eduardo, donde el joven hijo de Enrique VIII sería coronado. Cada uno de esos niños representaría una virtud, siendo las mismas: la fortuna, la caridad, la gracia y la naturaleza. Los cuatro niños elegidos para tal ocasión eran, y no podía ser de otro modo, muy cercanos al nuevo monarca: Barnaby Fitzpatrick, mejor amigo de Eduardo Tudor y el chico que recibía sus castigos cuando el pequeño hacía algo mal, sería el paje de la Caridad; Thomas Canty, un nuevo amigo de Eduardo, de familia humilde, sería el paje de la Fortuna; y por último, las hermanas Jane y Catherine Grey, serían las pajes de la Gracia y de la Naturaleza, respectivamente.

Cada uno de los pequeños debía llevar un atuendo que recordara a la virtud a la que encarnaban durante aquella solemne procesión, por esa misma razón las dos criadas del matrimonio Grey trabajaban sin descanso para que las niñas estuvieran perfectas para la primera ceremonia de coronación de un rey celebrada en Inglaterra en más de cuarenta años. Sentada frente a un tocador, y dejando que una de las criadas le arreglara el cabello, Jane Grey no hacía más que mirarse las manos y preguntarse cuánto iba a cambiar su vida a partir de ese instante.

- ¡Jane, mira! - dijo ilusionada la hija mediana de los Grey, abriendo de golpe la puerta de la habitación. La niña pelirroja ahogó una risita de ilusión y sostuvo su vestido con las manos. - Dime si no es totalmente precioso...

Antes de que su hermana mayor hubiera podido siquiera abrir la boca, Kitty Grey había comenzado a dar vueltas sobre sí misma entre pequeñas risas, observando el vuelo de su vestido color rosa pálido de corte Tudor. Era un traje realmente precioso, a sus padres les debía haber costado una pequeña fortuna: junto al color rosa pálido principal, había pequeños detalles en verde oscuro (como los bordes de las mangas, o el del cuello) que representaban hojas de nogal. Estilizaba la corta estatura de la niña de siete años que era Catherine Grey, quien llevaba su pelirrojo cabello recogido en dos trenzas, en las cuales habían hilado con sumo cuidado pequeñas flores blancas. Sobre su cabeza, reposaba una sencilla tiara, hecha con hojas verdes. La primogénita de los Grey no pudo hacer sino asombrarse ante el cuidado y esmero con el que habian elegido los colores para su hermana, combinándolos a la perfección con sus cabellos rojizos y sus ojos verdes.

- Vaya, mírate, Kitty... - murmuró finalmente Jane, dedicando una cálida sonrisa a su hermana y poniéndose en pie. Se acuclilló frente a la pequeña y le ajustó un poco una flor en una de las trenzas. - Kitty, estás tan guapa... Sencillamente radiante, jamás he visto a una niña tan bonita como tú...

Catherine Grey devolvió a su hermana mayor una sonrisa de satisfacción a la que le faltaban un par de dientes, ya que la mediana de las niñas Grey había comenzado a perder hacía poco sus dientes de leche. Al igual que ocurría en el caso de Jane, Henry y Frances Grey tenían puestas muchas esperanzas en la jovencísima Kitty: había tenido la fortuna de heredar los cabellos rojizos propios de los Tudor y, al contrario que su hermana mayor, no tenía ningún tipo de pecas que rompieran la armonía pálida de su rostro. Sería bellísima cuando fuera una jovencita y, para alivio de sus progenitores, no sería difícil disponerle un buen matrimonio llegado el momento.

Jane, en cambio, no contaba más que con la bendición de haber venido al mundo un par de horas después de que lo hiciera el niño que esperaba a ser coronado rey de Inglaterra esa misma mañana. No era que la primogénita del matrimonio fuera poco agraciada, al contrario: de largos cabellos dorados y vivaces ojos azules, Jane Grey nunca había supuesto una decepción para sus padres en ese aspecto, pero hubieran esperado que heredara las características de la parte Tudor de la familia. Y además estaban aquellas pecas tan molestas que salpicaban sus mejillas. Aquella mañana, Frances Grey se había encargado personalmente de empolvar el rostro de la niña hasta que las pecas hubieron desaparecido.

Por su parte, a la primogénita de los Grey le había sido asignada la virtud de la Gracia, para alegría inmensa de sus padres, y en esos momentos llevaba un vestido blanco, con pequeños y cuidados detalles bordados con hilo fino color azul celeste. Al igual que el de su hermana menor, estaba diseñado según el corte Tudor, ajustándose de forma cómoda al cuerpo de la niña. Sin embargo, al contrario que su hermana Kitty, a Jane le habían deshecho las trenzas que había llevado durante todo el día, y habían dejado que su cabello rubio le cayera en pequeñas ondulaciones hasta un poco por debajo de los hombros. Alrededor de su cabeza habían colocado una fínisima diadema de hilo dorado y pequeñas perlas, que hacían un bello contraste entre el color del vestido, el cabello rubio y los ojo azules de la pequeña.

En ese momento, se abrió la puerta de la estancia una vez más, dando paso a la madre de las niñas, que parecía algo apresurada:

- Lady Hedley ,¿están las niñas listas ya? - preguntó a la criada que había estado peinando a Jane hasta hacía unos momentos.

- Sí, señora – respondió de inmediato la chica, haciendo una leve inclinación de cabeza hacia Frances Grey.

La madre de las niñas ya se encontraba perfectamente dispuesta para la ceremonia que tendría lugar esa tarde, y dirigió la mirada a sus hijas, que esperaban su aprobación con ciertas reservas. Jane aún seguía sentada en el pequeño banco que habían dispuesto frente al tocador y Kitty permanecía al lado de su hermana, donde le había mostrado la belleza de su atuendo unos minutos antes. Pasaron unos pocos instantes más hasta que una sonrisa de orgullo apareciera en el rostro de Frances Grey.

- Mis pequeñas... - habló en un suspiro emocionado la mujer, a la vez que se acuclillaba para abrazar a sus hijas a la vez. - Jane, Catherine... Estáis tan bellas, vais a ser las niñas más bonitas de toda la procesión, ya lo veréis...

Kitty dejó escapar una risita emocionada y dio una vuelta más sobre sí misma, haciendo que quedara envuelta durante unos instantes en un aura rosada y rojiza. Jane sonrió también, satisfecha de que su madre pensara que estaba bien preparada para tal ocasión: aunque ella no le interesaran tanto los vestidos y estar bonita como a su hermana menor, le gustaba saber que podía dar la talla cuando era necesario, y más aún en momentos importantes como aquel. Compartió una mirada de complicidad con su hermana Kitty, antes de que su madre dejara escapar un pequeño grito ahogado:

- ¡Las bandas, por Dios, aún os faltan las bandas! - exclamó Frances Grey, antes de salir de la habitación, sujetándose las faldas de su vestido, llamando a las criadas para que buscaran las bandas que llevaban escritas las palabras "gracia" y "naturaleza" que debían llevar las pequeñas.

Jane Grey contuvo una pequeña risa y se volvió hacia una de las ventanas de la estancia: la casa de sus padres en Londres no se encontraba en el mismo centro de la ciudad, sino en las cercanías de Hampton Court, pero aquel detalle no impedía percibir la emoción que se respiraba en las calles de la capital. Ya eran casi las doce de la mañana, lo que significaba que Eduardo estaba a punto de salir escoltado en procesión hasta la Abadía de Westminster, una procesión a la que se iría uniendo distintos nobles a su paso, la familia Grey incluida y, teniendo en cuenta de que las niñas debían preceder al nuevo rey en su entrada al templo, sería mejor que se dieran prisa.


Aunque sabía que aquel día era de los que una persona jamás podría olvidar por mucho que viviera, el joven Eduardo Tudor no pudo evitar sentirse gratamente sorprendido a medida que su procesión avanzaba por las calles de Londres.

A lomos de un caballo blanco, el muchacho pudo comprobar cómo prácticamente todo Londres se había echado a las calles. Por lo que podía ver a través del cortejo de nobles que le escoltaban también a caballo y portando estandartes, todos los ciudadanos parecían apretujarse unos contra otros para poder verle mejor, mientras coreaban su nombre y lanzaban flores a su paso. Por primera vez en toda su vida tenía contacto con su reino, con las personas que iban a estar bajo su protección mientras él fuera rey, a las que iba a proteger de ataques de naciones enemigas... Y esas personas ya confiaban en él, a pesar de que apenas le conocían, a pesar de ser tan joven... Y eso era motivo suficiente para que el niño rey decidiera sostener las riendas de su caballo con una sola mano, y alzar la otra para saludar a las personas que habían salido a la calle a recibirle, gesto que éstas agradecieron con más vítores y aplausos.

Habiendo partido de la Torre de Londres a las doce del mediodía, llevaban ya cerca de cuatro horas de procesión, y aunque había pensado que iba a ser algo exhausto, la verdad era que Eduardo Tudor jamás se había sentido con tanta energía, jamás se había sentido tan vivo. Su hermana María siempre le había dicho que no había mal que cien años durara, que nunca una noche había derrotado a un amanecer, y ahora podía ver cuánta razón tenía. Todo aquel día, todo lo que estaba viviendo, todo el cariño que estaba recibiendo de su pueblo era como un gran rayo de sol en su vida después del fallecimiento de su padre... Era como si aquel día del mes de febrero de 1547, el sol brillara en todo su esplendor sólo para Inglaterra.

No debía de faltar mucho para que la procesión llegara a su fin, ya que podía ver la imponente silueta de la Abadía de Westminster erigirse en la cercanía. El muchacho tuvo que contener para que su boca no se abriera demasiado: aunque le habían hablado maravillas de la grandeza de la Abadía de Westminster, ninguna palabra que había oído sobre ella podía hacer justicia a la grandeza que estaba viendo en esos momentos con sus propios ojos. Era un edificio realmente magnífico, no le extrañó el hecho de que ése fuera el elegido para las coronaciones de los reyes de Inglaterra, a su corta edad, Eduardo Tudor no podía pensar en un lugar más bello.

Al alcanzar finalmente las puertas de la iglesia, Eduardo pudo comprobar que ya había todo un comité esperándole. Su tío, Edward Seymour, se abrió paso entre los nobles que se interponían entre él y su sobrino hasta llegar a él, y alzando los brazos lo ayudó a bajarse del corcel, ya que debido a su corta estatura, el pequeño aún no podía hacerlo por sí mismo. A pesar de que mucha de la parte que alcanzaba a ver del pasillo estaba ocupada por aquellas personas que le iban a preceder en la marcha hacia el centro del templo, era el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, el sacerdote que había presidido su bautizo y que ahora iba a coronarle como rey de Inglaterra, el que le esperaba frente a las puertas del templo con una cálida sonrisa dibujada en los labios.

Tan pronto como el niño se puso frente a él, el arzobispo inclinó la cabeza hacia él, y dos pajes que debían tener más o menos la misma edad que su hermana María, comenzaron a ponerle la indumentaria que iba a llevar durante la ceremonia. Para ello, el pequeño Eduardo Tudor tuvo que quitarse el abrigo rojo que había llevado durante todo su paso por la ciudad de Londres, prenda que fue sustituida por una blanca de lino fino, bordada de encaje y sin mangas. Por lo que había estudiado sobre el rito de la coronación, sabía que esa sencilla prenda simbolizaba la transferencia del poder del pueblo al soberano.

La segunda ropa que le pusieron los pajes fue un abrigo largo de seda dorada que le llegaba a los tobillos y ancho de mangas. Forrado de seda rosa y adornado con encajes de oro, llevaba bordados diversos símbolos nacionales y estaba sujeto con un talabarte. A pesar de que sus damas de compañía le habían vestido muy bien en la Torre de Londres para la procesión, la indumentaria que debía llevar durante su coronación era tan espléndida, que el pequeño no pudo evitar sentir un escalofrío mientras le colocaban por encima una túnica color carmesí. Finalmente, los pajes desenvolvieron con cuidado la última prenda que debía llevar Eduardo Tudor al entrar en el templo: una capa de armiño y una larga cola de terciopelo carmesí forrada también de armiño, todo ello ricamente adornado con encajes de oro. Se trataba de la vestimenta más antigua que se conservaba de los primeros reyes de Inglaterra y el muchacho pudo sentir el peso de la historia sobre sus hombros al mismo tiempo que sus pajes la depositaban con cuidado sobre el joven príncipe.

El arzobispo de Canterbury esbozó una sonrisa de orgullo e hizo una señal a los pajes para que se retiraran, y se volvió hacia el templo, iniciando con paso solemne la procesión hasta el interior de la iglesia. Antes de que pudiera darse cuenta, Eduardo Tudor estaba avanzando por el amplio pasillo de la Abadía de Westminster, siendo contemplado por cientos de nobles situados a ambos lados del mismo. Lejos de dejar que la presencia de tantísima gente le intimidara, el joven príncipe se obligó a mirar al frente y a seguir avanzando con la formalidad que ese momento exigía. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, en medio de los vítores que oía del exterior, del sonido de trompetas que había anunciado su entrada en el templo y de todos aquellos nobles de los que no conocía ni a la mitad, no estaba completamente solo.

Justo enfrente de él, precediéndole en aquella marcha, se encontraban cuatro niños a los que conocía muy bien. Aunque era el que más lejos se encontraba de él, podía distinguir muy bien a su amigo Barnaby Fitzpatrick, vestido con colores cálidos algo anaranjados que simbolizaban la Caridad. También pudo ver, para su alegría, que sus deseos de que Tom Canty se hallara presente en la ceremonia habían sido cumplidos: Tom era un muchacho de familia muy humilde al que Eduardo había conocido en la más extraordinaria de las situaciones que había vivido, y un bueno amigo con cuya amistad esperaba contar hasta el fin de sus días. Como no podía ser de otra manera, los tonos dorados con los que vestía el joven Canty le hicieron adivinar que la virtud que le habían asignado era la Fortuna.

Barnaby y Tom eran los dos únicos niños de ese grupo, las dos personas restantes eran dos niñas a las que también conocía muy bien. A pesar de que llevaba el cabello recogido en dos trenzas que apenas veía, Eduardo reconoció al instante el color rojizo del cabello de la pequeña Catherine Grey. Catherine, o Kitty como la solían llamar, era la hermana menor de su mejor amiga niña, y parecía encantada de encontrarse en aquella ceremonia. Avanzaba de forma solemne, dejando caer pétalos de rosa a su paso por la abadía y vestía un vestido color rosa pálido, con una tiara de hojas y flores que representaba la Naturaleza. Y justo al lado de ésta, con el cabello rubio cayendo en ondulaciones por debajo de sus hombros, se hallaba su mejor amiga, Jane Grey. Los cuatro niños que formaban esa peculiar procesión eran muy importantes para él, pero la primogénita de los Grey era muy especial para él: siempre le había prestado su ayuda cuando lo había necesitado, incluso en sus peores momentos, siempre le había mostrado que estaba allí. El vestido blanco que llevaba la niña y la fina diadema de perlas que reposaba sobre su cabeza le indicaban que Jane Grey representaba la Gracia.

Él no podía llamarles, ni ellos podían volverse, pero el saber que se encontraban allí le hizo sentir más cómodo y más a salvo en el momento más importante de su vida. Finalmente, llegaron al centro del templo, donde se erigía la silla de San Eduardo, colocada en posición preeminente. El muchacho tomó aire una vez más: conocía bien la historia de aquel trono. A parte de ser el trono donde eran coronados los reyes de Inglaterra, bajo él reposaba la piedra de Scone, conocida también con el nombre de "piedra del destino", era usada en las antiguas coronaciones de los reyes escoceses hasta que fue traída a Inglaterra por Eduardo I. Todo aquel día parecía hacer referencia a él, a Eduardo VI de Inglaterra, y esa sensación asustaba un poco.

El grupo de niños se dividió en dos: Barnaby Fitzpatrick y Catherine Grey se sentaron a la izquierda del trono, mientras que Thomas Canty y Jane Grey se sentaron a la derecha. Fue en aquel preciso instante cuando Eduardo Tudor pudo cruzar una mirada con sus amigos, quienes le dedicaron una breve sonrisa de apoyo. El muchacho se volvió hacia la entrada de la iglesia y finalmente tomó asiento en el trono. El arzobispo de Canterbury subió a la tarima en la que estaba situada la silla de San Eduardo y habló con voz alta y clara, de modo que todos pudieran oírle:

- Señores, les presento a Eduardo de Inglaterra, su rey indiscutido. - hizo una pausa para mirar al niño, que mantenía la mirada al frente, sin ningún rastro de temor en la misma. Thomas Cranmer se volvió de nuevo y miró a cada uno de los lados de la abadía.- Por tanto, todos los que han venido este día a prestarle vasallaje y servicio ¿están dispuestos a hacerlo?

La respuesta afirmativa de los presentes no se hizo esperar, aclamando al joven soberano. Dicho esto, Thomas Cranmer se volvió hacia Eduardo Tudor, quien alzó la mirada hacia él de forma algo temerosa. El arzobispo percibió los sentimientos del niño e intentó infundirle ánimos con un breve gesto con la mano, que invitaba a la calma.

- Eduardo Tudor – habló con voz enérgica el arzobispo, volviéndose ligeramente hacia la multitud para que todos fueran testigos de ese momento. - Como rey de Inglaterra, ¿promete y jura gobernar los pueblos del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, así como sus posesiones y demás territorios pertenecientes a cualquiera de ellos de acuerdo con sus respectivas leyes y costumbres?

- Lo prometo solemnemente – contestó el muchacho de forma inmediata y clara, sintiendo cómo el valor volvía poco a poco a él.

- ¿Y a procurar, en la extensión de su poder, que todos sus juicios estén presididos por la Ley, la Justicia y la Misericordia? - cuestionó una vez más Thomas Cranmer, siguiendo el ritual.

- Sí – habló Eduardo Tudor, con voz alta y clara.

Sentada en el suelo junto al trono, al lado de Tom Canty, Jane Grey esbozó una sonrisa emocionada, llena de orgullo por su amigo. La niña bajó levemente la mirada, tragando saliva, e intentando impedir que las lágrimas acudieran a sus ojos. El pequeño Tom Canty se dio cuenta de esto y le apretó levemente el hombro en señal de apoyo. Jane alzó la mirada, agradecida hacia el muchacho y fue entonces cuando se dio cuenta del extraordinario parecido que aquel niño de origen humilde guardaba con Eduardo Tudor. Era tan inmenso que le sorprendía que nadie más se hubiera dado cuenta.

- ¿Mantendrá con todo su poder las leyes de Dios y la verdadera profesión del Evangelio? ¿Mantendrá en el Reino Unido la religión protestante reformada establecida por la ley? - siguió hablando el arzobispo de Canterbury, sacando a Jane Grey de sus pensamientos. - ¿Mantendrá y preservará la Iglesia de Inglaterra, su doctrina, culto, disciplina y gobierno tal como establece la ley? ¿Y preservará a los obispos y clérigos de Inglaterra y a las iglesias a su cargo todos los derechos y privilegios que por ley les están reconocidos?

- Lo prometo - proclamó Eduardo Tudor. - Todo lo que hasta aquí he prometido lo cumpliré y guardaré con la ayuda de Dios.

Una vez concluido el juramento, Thomas Cranmer tomó una Biblia de aspecto antiguo y pesado, y la presentó ante el príncipe de Gales, quien colocó su mano derecha sobre ella.

- Aquí está la sabiduría – habló el arzobispo con voz solemne, y se volvió ligeramente hacia la multitud. - Esta es la verdadera Ley, esta es la palabra viva de Dios.

Dicho esto, retiró la Biblia y esperó a que unos pajes le trajeran una bandeja de plata en la que habían una peqeuña vasija de oro llena de aceite, y una cuchara de plata bañada en oro y decorada con perlas. Aquella cuchara era muy apreciada por el arzobispo Cranmer, ya que había sido una de las Joyas de la Corona que había sobrevivido a la destrucción que había ordenado Cromwell unos años atrás. El sacerdote tomó la cuchara y la hundió en la vasija, llenándola totalmente de óleo. Después se dirigió hacia Eduardo Tudor, y ungió levemente el dorso de ambas manos del niño. Así mismo, dejó caer un poco de este aceite sobre su frente, haciendo que el muchacho cerrara los ojos para impedir que el óleo le cayera en los ojos. Finalmente, le ungió en el pecho, a la altura del corazón.

Apenas hubo finalizado este ritual de protección divina para el nuevo rey, uno de los pajes acudió al lado del arzobispo portando un cojín de terciopelo sobre el que reposaban tres objetos que hicieron que los allí presentes contuvieran la respiración de pura emoción: el orbe, una esfera dorada hueca coronada por una cruz y adornada con numerosas piedras preciosas; el cetro de la paloma, llamado así por estar coronado por una paloma que representaba al Espíritu Santo; y, finalmente, el anillo de la coronación.

Thomas Cranmer tomó primero el anillo de oro y, tomando la mano derecha del niño, deslizó el anillo de oro en su dedo anular, símbolo de su "matrimonio" con la Nación. De este modo, cuando Eduardo Tudor contrajera matrimonio en un futuro, el anillo de casado lo llevaría en la mano izquierda, donde se encuentra una vena que va directa al corazón, simbolizando el amor y la lealtad hacia su esposa. El muchacho era consciente de lo tremendamente importante de aquel momento, y no pudo sino intentar que los nervios no hicieran presa de él. Del mismo modo, el arzobispo tomó el orbe y el cetro, colocándolos sobre la mano izquierda y derecha del hijo de Enrique VIII, quien estaba representando en esos momentos una de las imágenes más características de la coronación de un rey de Inglaterra.

Ya quedaba menos para el final, y eso era algo que todos los presentes allí percibían, ya que, a pesar de que debían guardar silencio, fue imposible que un murmullo de emoción recorriera la Abadía cuando uno de los pajes hizo aparición, portando otro cojín de terciopelo sobre el que resposaba la Corona de San Eduardo Los niños que habían precedido a Eduardo Tudor en su procesión hasta el trono, se alzaron como pudieron sin levantarse en su corta estatura para poder verla con más claridad, y después volverse una vez más hacia el aún príncipe de Gales. El muchacho, incapaz de contenerse por más tiempo, alzó la mirada hacia la corona y sintió cómo su corazón se paraba: durante toda su vida se había preparado para ese momento, se sentía sobrecogido por su magnificencia.

La joya que era la Corona de San Eduardo estaba adornada con gemas, piedras preciosas y semipreciosas entre las que se encontraban zafiros, turmalinas, amatistas, topacios y citrinos (cuarzo amarillento). Los bordes del círculo de la base y de cada una de las diademas estaban decorados con una hilera de perlas. El arzobispo de Canterbury tomó finalmente la corona del cojín de terciopelo sobre la que se hallaba colocada, y la alzó con solemnidad, para que todos los presentes en la abadía pudieran verla y fueran partícipes de aquel acontecimiento histórico. Del mismo modo, se volvió hacia Eduardo Tudor, quien aún sostenía en sus manos el cetro y la orbe de forma solemne, manteniendo la vista al frente.

- ¡Yo, Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury...! - comenzó a anunciar el sacerdote, alzando la voz más que en toda la ceremonia. Eduardo Tudor tomó aire y parpadeó para evitar que lágrimas de emoción se escaparan de sus ojos a la vez que sentía que sus momentos como príncipe de Gales se precipitaban a su fin. - ¡Os proclamo, Eduardo VI, Rey de Inglaterra, Irlanda...!

Mientras el sacerdote continuaba anunciando los titulos del nuevo rey, el muchacho dejó escapar el aire una vez más y cerró los ojos, sintiendo cómo el peso de la corona de oro y piedras preciosas, decorada con armiño se paraba a reposar finalmente sobre su pelirroja cabeza. Tragó saliva y abrió los ojos, contemplando a los allí reunidos y con una nueva sensación en su ser: ya no era el príncipe de Gales.

- ¡Larga vida al Rey! - proclamó finalmente el arzobispo de Canterbury.

- ¡Larga vida al Rey! - rugió la muchedumbre allí presente para después irrumpir en aplausos, a la vez que iban poniéndose en pie.

El joven rey contemplaba aquella situación con el corazón latiendo fuertemente contra su pecho e intentando no quedarse sin palabras ante tal muestra de lealtad por parte de su pueblo. Así mismo, Jane Grey y el resto de los niños que se hallaban sentados a los lados del trono, se pusieron en pie, aplaudiendo también y sonriendo ampliamente por su amigo. La primogénita de los Grey podía sentir cómo las lágrimas caían por sus mejillas, pero no le importaba: era la primera vez en su vida en la que sus lágrimas no eran amargas. Eduardo VI se giró hacia sus amigos y, en el momento en que su mirada se detuvo en los ojos empañados en lágrimas de Jane Grey, la niña dejó escapar una risa de emoción que provocó una sonrisa divertida en el rostro del nuevo rey.

El resto de la ceremonia transcurrió de forma rápida, una vez que lo más importante había tenido lugar. Frances Grey se encontraba observando, aún entre los aplausos del público, cómo sus dos hijas felicitaban al nuevo rey, besándole en la mejilla, después de que Barnaby Fitzpatrick y Thomas Canty hubieran jurado lealtad al nuevo rey. En su interior, sentía un enorme orgullo por ellas y también por el hecho de que todos sus planes de futuro parecieran estar cumpliéndose en su totalidad. Fue en ese momento, cuando Catalina Parr, viuda de Enrique VIII, se dirigió hacia la mujer, llamando su atención:

- Señora Grey, disculpad, ¿podría hablar un momento con vuestra Gracia? - habló la sexta reina de Enrique VIII.

- Sí, por supuesto, Majestad... - contestó una sorprendida Frances Grey: aunque había visto a la viuda del rey presenciando la coronación de su hijastro en el lugar de preferencia, junto a María e Isabel Tudor, no esperaba que ésta se acercara hasta ella para hablarle.

Ambas mujeres caminaron, alejándose del bullicio que se había organizado alrededor del nuevo rey de Inglaterra, y se dirigieron hacia un lugar más tranquilo y silencioso, como lo era la capilla de Enrique VII.

- Como seguramente sabréis... - comenzó a hablar Catalina Parr, paseando tranquilamente por la pequeña capilla, admirando su arquitectura. - Tras la muerte de mi amado esposo, he decidido retirarme a mi finca de Old Manor en Chelsea, con la intención de pasar allí el tiempo que me reste de vida...

- La vida en el campo es realmente agradable, mi señora – contestó Frances Grey, aún sin saber muy bien qué quería decirle la sexta reina del anterior monarca.

- Es lo que necesito después de vivir tanto tiempo en la corte... - habló la mujer con un deje de nostalgia en su voz: nunca había anhelado una vida en la corte, ni le había agradado una vez que Enrique VIII decidió casarse con ella. - ...Y, para evitar que quede desprotegida tras la muerte de su padre, he decidido acoger a lady Isabel bajo mi protección como mi pupila...

Frances Grey asintió a las palabras de Catalina Parr: le parecía una decisión acertada. A sus treinta y ún años, María Tudor era lo suficientemente mayor e independiente como para saber cuidar de sí misma en su hacienda en compañía de sus criadas, además, en los últimos tiempos siempre había buscado la soledad. Aunque esto era desconocido para la madre de Jane Grey, María Tudor se había distanciado mucho de Catalina Parr en los últimos tiempos debido a sus diferencias religiosas y al hecho de que la culpaba de que su hermano estuviese siendo educado como protestante. Isabel Tudor, en cambio, era una adolescente de trece años desamparada que siempre había estado muy unida a la última esposa de Enrique VIII.

- Y como también conoceréis, unas pocas semanas antes de la muerte del rey... - continuó hablando Catalina Parr. - Solicité que vuestra hija mayor, lady Jane, acudiera a la corte para convertirse en una de mis damas de compañía...

Frances Grey se volvió dirigiendo su mirada hacia su hija mayor, quien en ese momento se encontraba en compañía de su hermana Kitty hablando sonriente con Eduardo Tudor y las hermanas del nuevo rey de Inglaterra. Sí, recordaba muy bien el momento en que el mensajero había traído esas nuevas de palacio. Lástima que el rey hubiera muerto tan pronto, ya que una de sus ambiciones siempre había sido buscar a Jane un lugar en la corte, un paso más hacia el camino que la llevaría a convertirse en la reina de Inglaterra del joven Eduardo Tudor.

- Seré clara en mis palabras, señora... - dijo finalmante Catalina Parr con una sonrisa. - Sería un gran placer para mí que su hija Jane viniera a vivir con lady Isabel y conmigo a Old Manor...

Estas palabras pillaron por sorpresa a la hija del duque de Suffolk: ¿Catalina Parr quería acoger a Jane como pupila también? No podía creer lo que oían sus oídos, simplemente era demasiado bueno para ser verdad.

- ¿Hablaís de verdad de mi hija Jane? - quiso asegurarse la mujer.

- Por supuesto, mi señora... - dijo Catalina Parr con una sonrisa amable. - Vuestra hija es una niña brillante en todos los sentidos: en las ocasiones en que hemos podido conversar, he hallado en ella a una pequeña sumamente inteligente y con un corazón noble y puro... Sería un gran placer para mí que completara su educación junto a lady Isabel...

Frances estudió las palabras de la sexta reina de Enrique VIII: aunque tenía sus ambiciones respecto al futuro de sus hijas, ante todo era madre y no dejaría ir a Jane sin saber que iba a estar bien. Era cierto que siempre que su hija mayor había hablado de Catalina Parr era con palabras de sumo afecto y admiración, y también que se llevaba muy bien con la joven Isabel. Además, estaba segura de Eduardo Tudor visitaría con gran frecuencia a su hermana Isabel ahora que era rey y podía disponer con más libertad de su tiempo... Sí, no era una mala idea.

- Al contrario, mi señora... - contestó finalmente Frances Grey. - Sería un gran placer para mí que mi hija mayor se educara junto a la princesa y bajo vuestra tutela...

Catalina Parr sonrió a las palabras de la madre de Jane Grey, garantizándole que a su hija no le faltaría de nada mientras ella viviera. De este modo, aquel día del mes de Febrero no sólo cambió la vida de Eduardo Tudor, sino también la de Jane Grey: ante sus pies se encontraban caminos cuyo destino sólo el tiempo podría llegar a determinar con exactitud.


NdA: ¡Nuestro Eduardo ya es rey! *party hard*

En fin, he de decir que mientras escribía este capítulo tenía abiertas siete pestañas en el Firefox, todo sea por ser accurate en uno de los momentos más especiales del fic y de la vida de Eduardo Tudor :).

A ver, todo lo relativo a los funerales de Enrique VIII lo he sacado del diario de Eduardo Tudor. Sí, no tuve oportunidad de explicarlo en el anterior capítulo, pero Eduardo VI mantuvo un diario a lo largo de toda su vida, en el que narraba su día a día como rey, pero en el que se abstenía de expresar emociones o pensamientos personales, ya que ese diario era corregido por sus tutores (al menos los primeros años, luego el muchacho se acostumbró a escribirlo de este modo).

No se sabe exactamente quiénes fueron los cuatro niños que precedieron a Eduardo Tudor en la procesión hacia su coronación, pero he creído conveniente que fueran Barnaby Fitzpatrick y las hermanas Grey, ya que eran los niños más cercanos al pequeño Eduardo. Tom Canty, en cambio, es un personaje de ficción que aparece en "El príncipe y el mendigo" de Mark Twain, novela en la que se narra cómo un príncipe (Eduardo Tudor) y un mendigo que son físicamente idénticos intercambian sus vidas durante unos días. Durante mucho tiempo tuve dudas sobre escribir un capi temático sobre "El príncipe y el mendigo" (ya que Jane Grey también tiene un papel importante), y puede que aún lo haga en plan extra, pero era necesario presentar a Tom Canty, ya que lo veremos más adelante en el fic.

Todo lo relativo a la procesión por las calles de Londres y la coronación de Eduardo Tudor es lo más accurate del mundo (qué modesta soy). He consultado muchísimas páginas webs y leído un libro sobre el reinado de Eduardo VI, y me ha costado mucho escribir la ceremonia de coronación, pero he quedado muy satisfecha con el resultado. Me gusta mucho el momento en que sostiene en sus manos el cetro y la orbe, ya que es un momento muy especial en la coronación de un rey (podemos ver ambos objetos en la coronación de Ana Bolena en "Los Tudor").

¡Y Jane se va a vivir con Catalina Parr e Isabel! Esto es cierto, Jane Grey vivió con Catalina e Isabel en la finca de la sexta esposa de Enrique VIII, donde completó su educación y vivió los momentos más felices de su vida, según la propia Jane. En esta etapa van a pasar cosas muy interesantes, creedme.

Y, en fin, creo que esto es todo, como siempre, mil gracias por leer y por seguir el fic. Sí, va por tí, seelphy, ídolaza :)