8 de Mayo de 1548
Si había algo que Jane Grey no había desconocido a lo largo de sus diez años de vida, eso era el lujo y la vida ostentosa que siempre la había rodeado. Y, sin embargo, aquel lugar superaba con creces todo lo que una vez había conocido.
Hacía poco menos de dos semanas que el matrimonio Seymour-Parr había decidido trasladar su lugar de residencia de Chelsea a Gloucestershire, más concretamente, al castillo Sudeley, el cual había sido una vez propiedad del mismo Enrique VIII y, al morir él, había sido heredado por Eduardo Tudor, quien a su vez lo había regalado a su tío Thomas Seymour, a quien también había nombrado Lord de Sudeley. Aunque la finca en la que antes habían convivido el matrimonio con sus dos pupilas no era ni mucho menos una hacienda despreciable, ciertamente quedaba eclipsada si se comparaba al esplendor y la magnificencia de aquel lugar. Los jardines eran inmensos, miraras donde miraras el verdor se extendía bajo los pies y los setos cuidadosamente podados formaban pequeños pasillos por los que se podía pasear cómodamente. Habían también numerosísimos arbustos llenos de todo tipo de flores, no únicamente los rosales que había plantados en Old Manor, la finca de Catalina Parr.
En contraposición con los floridos almendros de la finca de Chelsea, el castillo Sudeley tenía fuertes y enormes robles bajo cuya sombra podría celebrarse un picnic de más de dos decenas de personas sin el menor problema. Existía también un pequeño estanque en medio de todo aquel verdor, donde no era nada extraño ver a pequeños patos nadando de aquí a allá, picoteando levemente las flores de nenúfar que flotaban entre ellos. Anexa al enorme castillo, había una capilla tan vetusta como el propio castillo, donde un sacerdote oficiaba misa siempre que sus servicios eran requeridos por el lord del lugar.
No obstante, a pesar de cualquier persona con sentido común hubiera afirmado de inmediato que Old Manor palidecía en comparación con aquel magnífico palacio, la pequeña Jane Grey echaba de menos habitar en aquella hacienda que llevaba considerando como su hogar durante casi dos años, desde que Catalina Parr la acogió como su pupila. Aunque realmente no supusiera una diferencia muy grande, prefería vivir en un lugar que perteneciera la viuda de Enrique VIII, ya que era ella a quien consideraba como parte de su familia, no Thomas Seymour. Sabía que no estaba bien pensar así, pero no podía evitarlo: viviendo en su propia finca, Thomas Seymour había adquirido el poder absoluto sobre su pequeña familia.
Como aún no había tenido ocasión de conocer la dirección de su nuevo hogar, Jane no había recibido ninguna misiva de su hermana Kitty, aunque las solía recibir bastante a menudo. Pero no todo era malo: la naturaleza que rodeaba el castillo de Sudeley parecía haber sentado bien al ánimo de la joven Isabel Tudor, quien parecía encontrar cierta paz paseando por los extensos jardines, o bien junto al estanque o bien en un lugar donde nadie pudiera encontrarla, para poder tener su propio espacio en todo aquel castillo cuyo soberano era el esposo de Catalina Parr; otra buena noticia era que Eduardo no parecía estar tan ocupado en su corte en Londres y había realizado visitas más asiduas al hogar del matrimonio Seymour-Parr, a veces incluso se quedaba varios días y traía consigo a Júpiter, que había crecido mucho desde la última vez que Jane lo vio, y disfrutaba correteando alegremente por el jardín.
La biblioteca del castillo Sudeley no era tan impresionante ni tan completa como la de Catalina Parr en Old Manor, por lo que Eduardo y Jane no solían pasar mucho tiempo en su interior, y sin embargo sí tomaban un libro o dos y salían al exterior de la casa, donde se recostaban bajo el viejo roble mientras Jane Grey leía en voz alta y clara bajo la atenta mirada del joven rey de Inglaterra, y cuando ella se cansaba de leer, Eduardo tomaba el relevo y continuaba leyendo en voz alta justo por donde Jane se había quedado. Otras veces se les unía la adolescente Isabel Tudor, quien adoraba a su hermano menor y muchas veces solía acercarse clandestinamente por detrás del pequeño soberano, advirtiendo a Jane poniéndose un dedo en los labios de que no advirtiera su presencia frente al niño, y le sorprendía haciéndole cosquillas que hacían que Eduardo Tudor tuviera que rodar por el césped entre risas hasta que se liberaba de las cosquillas de su hermana mayor.
En ese aspecto, Jane era feliz, y creía que Isabel también lo era. Las tardes jugando al escondite entre los inmensos setos del jardín florecido por la magia de la primavera o bien ocultándose entre los arbustos de flores, mientras alzaban la cabeza de vez en cuando para ver si Isabel se acercaba por allí, buscándolos, componían los momentos en los que las pupilas de Catalina Parr y Eduardo VI de Inglaterra se encontraban más felices. Cuando el pequeño rey se marchaba, Isabel volvía a ponerse triste, observando tras el cristal de la ventana de su habitación cómo su hermano pequeño volvía nuevamente a Londres, y permanecía así varios días, buscando la soledad de su habitación o la única compañía de sus libros o su cuidadora, Kat Ashley, a quien confesaba todos sus secretos e inquietudes.
En los momentos en que Isabel decidía estar a solas, Jane pasaba el tiempo leyendo, escribiendo cartas que mandar a su hermana Kitty cuando por fin supiera la dirección exacta de la finca de Thomas Seymour, o conversando animadamente con Catalina Parr, o al menos todo lo animadamente que podía, ya que la viuda de Enrique VIII también parecía haber dejado parte de su alegría en Old Manor. En ocasiones, Jane la sorprendía con la mirada fija en la ventana, y en toda la naturaleza que se extendía tras ella: la niña suponía que la mujer echaba de menos su propio hogar, sus libros y sus rosales blancos. Pero amaba a su esposo lo suficiente como para haber dejado todo eso atrás y haberle seguido, junto a sus dos pupilas, hasta el castillo de Sudeley. Debía de quedar poco para que Catalina diera a luz, y ése parecía ser uno de los motivos por los que a veces sonreía, acariciando con ternura su vientre hinchado.
Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar una noche estrellada del recién nacido mes de Mayo. Debía ser ya tardía madrugada cuando Jane Grey despertó en mitad de la noche, entrecerrando los ojos para poder ver mejor mientras el sueño la abandonaba poco a poco: había oído un ruido, como un lastimero susurro del viento, quizás una de las ventanas de su habitación se había abierto mientras ella estaba dormida. La niña se incorporó de su lecho y caminó hasta la ventana más próxima, pero ésta se encontraba cerrada, igual que el resto de sus compañeras, pudo comprobar Jane mientras iba girando el rostro de una ventana a otra. Fue entonces cuando se volvió hacia la puerta de su habitación, y comprendió la naturaleza de aquel sonido: alguien, en el interior de aquel viejo castillo, estaba llorando.
La pequeña sintió un escalofrío y se apresuró a correr de nuevo a su cama, echó el dosel, y se cubrió con las sábanas hasta que todo su pequeño cuerpo quedó oculto bajo ellas: aquel sonido era muy similar a cómo se imaginaba ella los lamentos de fantasmas que aparecían en algunas historias de terror que habían leído Eduardo y ella bajo la sombra del roble, y por nada del mundo quería ella aventurarse fuera de su habitación y exponerse a encontrarse con el espectro. Tiritando de miedo, Jane Grey alzó con cuidado la cabeza, hasta que sus ojos pudieron ver de nuevo su habitación: todo parecía normal, pero aquel llanto no cesaba, asustando a la niña. ¿En qué lugar de la casa se encontraría? Lo más propio era que se encontrara en la capilla, donde ya habían enterrados algunos nobles del pasado, pero aquel sonido parecía venir del interior del castillo, de un lugar no demasiado lejano a su habitación.
Abandonando la figura del fantasma, Jane Grey se incorporó lentamente hasta quedar sentada sobre su cama, observando con cautela la puerta a través del dosel que la rodeaba. Y si, después de todo... Los fantasmas eran únicamente viejas leyendas y fantasía, y aquel llanto era tan real, ¿y si alguien de la casa estaba llorando? A la alarmada mente de la niña apareció la imagen de Catalina Parr, ¿y si le había llegado el momento de dar a luz? ¿Y si algo había salido mal? Pero todos aquellos temores se disiparon como la niebla cuando, en medio de esos sollozos, escuchó una oración. Ya no le cabía ninguna duda: no era un fantasma, no era Catalina Parr preocupada por su hijo no nato... Era Isabel.
¿Qué podía provocar que la princesa llorara tan desconsoladamente en mitad de la noche, cuando nadie más podía oírla? Por supuesto que sabía que Isabel se encontraba muy triste últimamente, sabía que echaba de menos a Eduardo, pero algo le decía que no lloraba por encontrarse angustiada al estar separada de su hermano menor. Tampoco creía que fuera porque hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de su hermana María... Debía de tratarse de algo mucho más reciente en el tiempo y mucho más doloroso y descorazonador.
- Pobre Isabel... - murmuró Jane en el silencio de su alcoba.
Sin pensarlo dos veces, la niña se incorporó nuevamente de su cama, bajando de la misma y se dirigió hacia la puerta de su alcoba. Iría a la habitación de Isabel y llamaría a la puerta: pasaría la noche en vela con ella si era necesario, contándole historias, intentando animarla y sacarle una sonrisa... Sabía que Isabel Tudor había sufrido mucho a lo largo de su vida para ser tan joven, y quería hacerle ver que ella estaba junto a ella, que estaba para lo que necesitara y que sería siempre así; después de todo, ella ya la consideraba como una hermana más... Había alargado ya el brazo para alcanzar el picaporte de su puerta cuando ésta de abrió de repente, dando paso a la guardiana de Isabel Tudor, Kat Ashley.
Lady Ashley era una joven rubia, de rostro redondo y brillantes ojos castaños; siempre tenía una expresión dulce dibujada en la faz y había permanecido al lado de la princesa Isabel desde que ésta tenía memoria: Kat había sido una de sus damas de compañía cuando sólo tenía tres años y su madre aún vivía, había decidido quedarse junto a la desamparada niña cuando ésta fue declarada bastarda del rey, y ahora que Isabel volvía a ser una princesa, era la persona en la que la joven Tudor más confiaba. En la corte del rey, siempre compartían impresiones y experiencia, no había nada que no se contaran la una a la otra de tan unidas que estaban. Por eso, al verla entrar, Jane supo de inmediato que Lady Ashley debía conocer la causa del desasosiego de la joven Tudor:
- ¿Aún levantada, Lady Grey? - murmuró sorprendida la joven rubia, cerrando la puerta con cuidado tras de sí, y dirigiéndose nuevamente hacia la niña, la tomó en brazos y la llevó de vuelta a la cama. - Es ya muy tarde, mañana habrá tiempo de jugar y permanecer despiertos...
- Me he despertado porque he oído un ruido... - afirmó Jane, mientras Kat Ashley se apresuraba a arroparla de nuevo. - Creía que era el viento, pero luego me he dado cuenta de que era Isabel... Llorando...
Lady Ashley guardó silencio ante las palabras de la niña, sin saber muy bien qué decir. La joven agachó la mirada y luego la dirigió hacia la puerta, como si esperara que las palabras que debía pronunciar acudieran a ella por inspiración divina... Y prácticamente así ocurrió:
- Lady Isabel está apenada porque se acerca el aniversario del fallecimiento de su madre... - habló Kat Ashley volviéndose hacia la niña, aún sabiendo que no era buena idea hacer referencia a la difunta Ana Bolena. - Ya sabéis, el día diecinueve del mes presente se cumplen doce años...
- Pero... - insistió la pequeña Grey, intentando incorporarse nuevamente en su lecho. - Hace ya mucho tiempo que la veo muy desanimada... Al principio creía que era porque echaba de menos al rey, pero... Me pregunto si hay algún motivo más que provoque tal desazón, yo sólo quiero que esté bien...
Una sonrisa se esbozó en el rostro de Lady Ashley, quien acarició con cariño las mejillas de la primogénita de los Grey.
- Ambas lo deseamos, pequeña... - habló Kat en apenas un murmullo. - No os preocupéis por Isabel, os prometo que mañana se encontrará mejor, no olvidéis que yo cuido de ella y me ocupo de que todo vaya como deber ser...
Jane asintió con la cabeza, mientras sentía que el sentimiento de preocupación abandonaba poco a poco su corazón: aunque Isabel no se encontrara para contarle por qué se sentía tan triste, sabía que muy probablemente Kat Ashley conociera la razón de su pena, la verdadera razón, pues, aunque sabía que la muerte de su madre aún debía apenas a la joven princesa, no creía que ése fuera el verdadero motivo de su pesar. Lady Ashley se inclinó sobre la niña y le dio un beso en la frente, para después incorporarse y dirigirse nuevamente hacia la puerta de su habitación:
- No os angustiéis, Lady Jane, ya veréis cómo mañana Lady Isabel se encuentra mejor... - y dicho esto, abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
La primogénita de los Grey permaneció despierta durante unos minutos más antes de caer dormida nuevamente: se preguntaba qué podría apenar tanto a la princesa y si ella, o Eduardo si conseguía hablar con él pronto, podrían hacer algo porque se sintiera mejor, fuera la que fuera la causa de sus males. Desconocía la pequeña que aquella causa se encontraba más cerca de lo que hubiera podido imaginar nunca.
Al día siguiente, Jane Grey se encontraba correteando por los jardines del castillo de Sudeley, entre los pasillos formados por los recién podados: le gustaba imaginar que estaba perdida en mitad de un laberinto y que tenía que hallar la salida del mismo lo antes posible. La pequeña se agarraba con cuidado las faldas azul celeste de su vestido para poder correr más velozmente sin tropezarse con él, mientras intentaba contener una risa de emoción sin demasiado éxito. Había logrado convencer a Isabel para que jugara con ella al escondite, como solían hacer cada vez que venía Eduardo de visita, con ayuda de Kat Ashley, eso sí, pues la joven princesa al principio se había negado, pero gracias a la cariñosa insistencia de su cuidadora, se había animado finalmente a unirse a la actividad.
La niña se apoyó contra uno de los setos conteniendo la respiración y agudizando el oído para ver su descubría las pisadas cercanas de Isabel o de Lady Ashley... Pero nada, tan sólo escuchaba su propia respiración y el canto de los pájaros que revoloteaban por allí cerca. Jane esbozó una pequeña sonrisa de triunfo: iban a tardar mucho en encontrarla e iba a ganar el juego aquella vez. Recordaba que sólo había logrado ganar una vez que Eduardo se encontraba allí de visita: juntos se habían ocultado en uno de los arbustos floridos que poblaban el exterior de la hacienda de Thomas Seymour, y habían aguardando con paciencia, conteniendo la respiración, hasta que oyeron a la joven princesa exclamar que se rendía.
Y aquella vez había conseguido ganar por ella misma, sin la ayuda de Eduardo. Jane estaba pensando en la cara que pondría su mejor amigo cuando le dijera que lo había conseguido cuando, tras un seto cercano, Jane alcanzó a oír una especie de grito ahogado, seguido por el sonido que suele hacer una tela al rasgarse. Era Isabel, sin duda. La niña recordaba una vez que se rasgó sin querer los bajos de un vestido que le había cosido su madre y que ésta le dedicó una fuerte reprimenda acompañada de una bofetada, pero sabía que la princesa no viviría la misma situación, ya que, por suerte, Catalina Parr era una mujer que poseía un carácter más dulce que el de Frances Brandon. Jane había comenzado a caminar sigilosamente hacia el lugar de donde había procedido aquel ruido, con la intención de sorprender a Isabel y darle un pequeño susto, pero las cosas no salieron como la niña esperaba.
Apenas había dado la vuelta a la esquina, cuando la princesa pasó corriendo por su lado a tal velocidad, que golpeó sin querer a la pequeña en el hombro, tirándola sobre el césped. Jane, aún haciendo fuerza con los brazos para incorporarse, alzó el rostro hacia Isabel Tudor, totalmente asombrada por lo deprisa que la joven se estaba desplazando, e iba a preguntarle si le ocurría algo cuando Jane enmudeció.
Isabel se había girado hacia ella al ver que la había empujado al suelo sin querer y, mientras la niña aún seguía en el suelo, la hija de Enrique VIII la miraba con el rostro totalmente enrojecido y con los ojos vidriosos, como con señales de haber llorado. La niña también pudo observar que el vestido verde que vestía la adolescente no se había rasgado por los bajos, sino que tenía un gran corte en la parte superior: había en ella un gran corte vertical que hacía que Isabel estuviera prácticamente desnuda de cintura para arriba. La joven trataba de taparse, sin dejar de temblar, mientras continuaba sosteniendo la mirada de la niña, quien cada vez se encontraba más lejos de comprender lo que estaba pasando.
- Isabel... - murmuró finalmente Jane, sin poder dar crédito a toda aquella situación.
La susodicha apretó los labios y sus ojos se llenaron aún de más lágrimas: parecía que iba a decir algo cuando, sin previo aviso, la joven abrió mucho sus ojos color verde y dio media vuelta, echando a correr como alma que lleva el diablo. Jane Grey observó como la joven Tudor prácticamente huía del jardín, ignorando sus llamadas y las de su cuidadora, Lady Ashley. Al ver que Isabel no tenía intención alguna de regresar, la primogénita de los Grey se puso en pie, y se giró para observar la dirección por la que había aparecido Lady Isabel antes de chocarse con ella... Cuál fue su sorpresa al encontrar allí, justo detrás de ella, a Thomas Seymour. Jane no pudo evitar dar un pequeño sobresalto debido a la sorpresa: ¿qué estaba haciendo Lord Seymour en el jardín? Apenas salía, gustaba más de permanecer en el interior de la finca, atendiendo sus propios asuntos... Pero todas estas elucubraciones de Jane se detuvieron cuando advirtió un pequeño, pero revelador detalle.
Thomas Seymour parecía estar paseando distraídamente por la zona, como si la cosa no fuera del todo con él, pero Jane Grey observó cómo en su cinto portaba una pequeña daga a medio desenvainar. El corazón de la niña dio un vuelco y alzó el rostro hacia el de Thomas Seymour: ¿hubiera sido posible que él...? La idea era demasiado horrible para ser cierta, pero aún así, Jane se dejó llevar por sus instintos y retrocedió de forma confusa un par de pasos, antes de girarse sobre sí misma y salir corriendo lo más lejos que podía, con toda la fuerza de sus piernas. A la vez que iba recorriendo el jardín velozmente, Jane buscaba frenéticamente con la mirada a algún adulto en la zona: Lady Parr, Lady Ashley, algún jardinero quizás... Pero no, los pájaros que piaban alegremente en las ramas de los árboles cercanos, la niña asustada que corría de vuelta a casa y el hombre que permanecía en pie entre los setos del jardín eran los únicos que se encontraban en los exteriores de la finca.
La pequeña ya notaba pequeños pinchazos en las costillas y cierta sensación de ahogo debido al esfuerzo, cuando divisó las puertas principales del castillo de Sudeley. Así, decidió apretar la marcha y atravesó velozmente las puertas de la hacienda, ante la mirada aturdida y confusa de los guardios apostados a ambos lados de la entrada. Una vez en el interior del castillo, Jane apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento, a la vez que su mente pensaba y pensaba a toda velocidad: ¿qué estaba ocurriendo en aquella casa? Todo lo que había en el jardín y todo lo que sospechaba se arremolinaba en su mente formando una confusión total: no sabía qué estaba pasando allí, y, aunque lo supiera, no estaba segura de poder creerlo siquiera...
Estaba aún tratando de recuperar el aliento, cuando Jane volvió escuchar los llantos que había escuchado la noche anterior, sólo que ésta vez no había lugar a dudas de que esos sonidos los provocaba una persona que lloraba amargamente. Provenían del dormitorio de Isabel, por supuesto, y Jane había comenzado a caminar cautelosamente hacia las escaleras que llevaban a la segunda planta, con la intención de intentar consolar a la princesa, cuando Kat Ashley se le adelantó. La cuidadora de Isabel subió corriendo las escaleras prácticamente de dos en dos, mientras se sujetaba las faldas de su vestidos con las manos para no tropezar. Jane, aún agarrada al pasamanos de la escalera, oyó cómo Kat Ashley corría por el pasillo hasta llegar a los aposentos de Isabel y poco después, el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse de nuevo.
Una mano se posó sobre el hombro de Jane Grey, haciendo que la niña volviera a dar un salto debido al susto. Se dio la vuelta, dispuesta a encontrarse con Catalina Parr y explicarle lo que había ocurrido, cuando se encontró frente a frente de nuevo con Thomas Seymour. La niña no pudo reprimir un breve grito de terror al encontrar al hombre allí, con esa actitud tan indiferente a la par que desafiante sobre todo lo que parecía estar ocurriendo allí. El hombre esbozó una media sonrisa y se inclinó hacia la niña, hasta quedar a la misma altura que ella:
- Buenos días, Lady Jane... - habló Thomas Seymour, mientras la primogénita de los Grey tenía que contenerse para no salir corriendo de allí. - Antes os habéis marchado tan pronto que ni siquiera he podido desearos unos buenos días...
La pequeña no contestó, ni siquiera creía que hubiera podido hacerlo debido al nudo que notaba formado en la garganta, sino que se limitó a devolver la mirada a Thomas Seymour, mientras procuraba que no se notara lo mucho que la estaba asustando en esos momentos.
- Decidme una cosa... - siguió hablando el hombre, al no obtener respuesta alguna de la niña. - Por casualidad no habréis visto a Lady Isabel por aquí, ¿verdad?
Jane se apresuró a negar con la cabeza rotundamente, provocando una risa socarrona en el marido de Catalina Parr.
- Habéis contestado muy deprisa, sin duda demasiado deprisa como para estar hablando de forma veraz...
Y, antes de que la niña hubiera asimilado siquiera las palabras de Thomas Seymour, éste se incorporó velozmente y propinó un fuerte golpe en la mejilla de la pequeña con la mano abierta. Jane se tambaleó al recibir el impacto y cayó, golpéandose contra el suelo a los pies de la escalera. La niña alzó su mano, acariciando con cuidado la mejilla encendida en la que había recibido la bofetada, aún demasiado asustada e impresionada como para poder reaccionar de otra manera.
- Espero que recordéis ser más honesta conmigo en ocasiones futuras, Lady Grey... - continuó hablando Thomas Seymour, como si la cosa no fuera con él. - No sois más que una necia y una presuntuosa, como vuestros padres...
- ¡No habléis así de mis padres! - le espetó Jane, alzando el rostro hacia él, con los ojos llorosos y aún con la mano sobre su mejilla dolorida: ella tenía sus propias opiniones sobre sus padres, pero no consentía que nadie externo les criticara en frente de ella, y mucho menos un hombre como Thomas Seymour. - ¡No tenéis ningún derecho a hacer esto, nada de esto!
La niña no sabía de dónde había sacado ese repentino valor, simplemente estaba ahí, dándole fuerzas, y no pensaba desaprovecharlo. La primogénita de los Grey sostenía firmemente la mirada a Thomas Seymour, quien se la devolvía como si la niña no fuera nada más que una rata de aspecto repugnante que se hubiera colado en su casa. En cuanto a Jane, nunca se había lamentado más de que Catalina Parr se hubiera casado con un hombre así, lamentaba que se hubieran tenido que trasladar a la hacienda de éste, quien era amo y señor de cuanto les rodeaba... Odiaba sentirse como atrapada en una jaula cuando anteriormente había habitado en lo más cercano a un hogar que había tenido en su vida.
Habían pasados unos pocos momentos desde que Jane se atreviera a contestar a los insultos de Thomas Seymour, cuando éste, aún con el rostro firme y carente de toda emoción, agarró a la pequeña de sus cabellos rubios, haciendo que se pusiera en pie a la fuerza, y la obligó a mirarle a los ojos, mientras ella no hacía más que intentar liberarse entre pequeños quejidos.
- Que sea la última vez en vuestra vida que osáis desafiar mi autoridad, maldita niña – le espetó con furia el hombre, mientras Jane trataba de zafarse de él, sin éxito alguno. - Si por mí fuera, ahora mismo os llevaría a un convento perdido en alguna comarca lejana en el que nunca nadie más volvería conocer de vuestra existencia, ni siquiera vuestros padres...
- ¡El rey sabrá de ésto! - gritó Jane a su vez, mientras sostenía sus cabellos dorados para que el hombre no le hiciera tanto daño al tirar de ellos. - ¡La próxima que le vea no dudaré en hablarle de vuestro comportamiento!
- ...¿El rey? - repitió Thomas Seymour, esbozando por primera vez en toda aquella situación una sonrisa, totalmente bobalicona. - ¿El rey? ¿Eso créeis? Pequeña, yo soy tío de su Majestad, le aguanto sus preocupaciones, soy comprensivo, me porto bien con él, el rey me adora... Y aunque os creyera, él no es más un mocoso de diez años, ¡igual que vos!
Gritó estas tres últimas palabras a apenas dos palmos de distancia del rostro de la niña, a quien soltó haciendo que cayera nuevamente al suelo y, antes de que Seymour pudiera impedirlo, Jane se incorporó y salió corriendo de la estancia, llamando con toda la fuerza de sus pulmones a Catalina Parr. La niña avanzaba corriendo a toda prisa por los pasillos de la casa, sin siquiera saber por dónde iba, ya que estaba recorriendo esas estancias a toda velocidad y en muchas de ellas no recordaba haber estado nunca: probablemente eran las destinadas a las viviendas de los criados. Tras recorrer largos pasillos de piedras, torcer a izquierda y derecha, sin detenerse ni una sóla vez, Jane se topó con que se encontraba al final de un pasillo en el que había una sola puerta: por la luz que se colaba la rendija inferior de la misma, debía dar al exterior.
Jane Grey, aún con una mejilla enrojecida y ligeramente despeinada, giró el rostro sobre el hombro para ver si la seguía alguien, y al comprobar que se encontraba totalmente sola, agarró con fuerza el picaporte de la puerta, y comenzó a hacer fuerza para abrirla. Tras varios segundos que se le hicieron sumamente eternos, la niña logró abrir la puerta y salió de nuevo al exterior de la casa, cerrando con fuerza la puerta tras de sí. Sólo entonces Jane se dejó caer de espaldas contra la puerta, tratando de recuperar el aliento y dándose un tiempo para que las lágrimas que se habían agolpado en sus mejillas bajaran rodando por su rostro, sin hacer esfuerzo alguno para reprimirlas. Nunca había sentido especial simpatía por Thomas Seymour, pero en ese momento Jane tuvo la certeza de que lo detestaba como nunca había detestado a una persona.
Cuando hubo recuperado el aliento, Jane contempló la zona del jardín donde se encontraba y comprobó que no se hallaba nada lejos de la capilla del castillo de Sudeley, una pequeña edificación que existía apartada del castillo en sí. El corazón le dio un vuelco al ver que la puerta estaba entreabierta, así que echó a correr hacia allí, esta vez sin preocuparse siquiera de sostener las faldas del vestido para evitar tropezarse. No, lo único que le importaba era entrar en aquella capilla. O tardó demasiado en llegar y, apoyándose en el marco de la puerta, miró hacia el interior, donde vio la figura de Catalina Parr arrodillaba de espaldas a ella, muy probablemente llevando a cabo una pequeña oración. Jane sintió tal alivio que casi hubiera podido desmayarse en el quicio de la puerta, pero en lugar de eso, la niña avanzó por el interior de la pequeña capilla hasta llegar al lado de Catalina Parr.
- Mi señora... - llamó Jane con voz temblorosa, haciendo que Catalina Parr abriera los ojos y dirigiera su mirada azul hacia ella.
- Jane... - murmuró la mujer, a la vez que le dedicaba una sonrisa maternal a la pequeña. - ¿Qué hacéis aquí, cómo es que no estáis en el casti...? Cielo, ¿os ocurre algo?
La sonrisa se había ido esfumando poco a poco del rostro de la esposa de Thomas Seymour al ver el desasosiego que invadía a la niña de diez años. Jane, por su parte, no sabía ni cómo empezar a hablar ni cómo explicar lo que estaba ocurriendo... Si ni siquiera podía asimilar aún todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Tragando saliva y apartándose una lágrima furtiva del rostro, Jane Grey se arrodilló junto a Catalina Parr, abrazándose a ella con todas sus fuerzas. La mujer le devolvió el abrazo de inmediato, a la vez que besó los cabellos dorados de la niña, pero aún continuaba confundidad por toda aquella situación.
- Jane, estáis temblando... - advirtió Lady Parr, mientras apartaba a la niña ligeramente de sí para poder contemplar su rostro. - ¿Qué es lo que ha sucedido?
La niña se limpió los ojos con el dorso de la mano y tomó aire, dudosa aún sobre lo que iba a decir o a dejar de decir, mientras Catalina Parr continuaba mirándola con preocupación.
- Es Lord Seymour... - dijo finalmente Jane Grey, haciendo que Lady Parr la abrazara de nuevo, aún más fuera y afecto que la vez anterior. Sabía que su marido tenía un carácter algo difícil cuando se hallaba molesto por algo y que tendía a pagar sus frustraciones con quien menos lo merecía, pero veía en él algo más que todos esos defectos: Catalina Parr creía, con cada fibra de su ser, que Thomas Seymour era un hombre noble y de reputación intachable, y que ella misma era afortunada de poder llamarle esposo. La niña tomó aire una vez y finalizó la frase. - ...E Isabel...
La expresión en el rostro de la mujer cambió por completo cuando Jane Grey pronunció el nombre de la adolescente princesa Tudor. Catalina Parr se vio conteniendo la respiración, mientras trataba de pensar lo que podía haber ocurrido con su marido e Isabel. La pequeña Jane estaba muy asustada, ¿sería posible que hubieran sufrido algún tipo de accidente? No, algo en su interior le decía que el problema que parecía haber en aquella finca no era de esa naturaleza, pero tampoco quería barajar ninguna otra posibilidad.
- ¿Qué ocurre con ellos, Jane? Vamos, Jane, debéis hablarme – apresuró Lady Parr, al ver que la niña seguía demasiado conmocionada como para decir dos palabras seguidas. - ¿Qué es lo que ha ocurrido?
- Lord Seymour... - comenzó a explicar la pequeña, aún sin saber siquiera lo que iba a decir. - Él atacó a Isabel mientras jugábamos al escondite entre los pasillos de setos del jardín... Le ha roto su vestido verde, ya sabéis que ése le gusta mucho...
- Jane, ¿qué estáis queriendo decirme? - insistió Catalina Parr, posando sus manos sobre los hombros de su pupila. - ¿Ha habido un accidente, está Isabel herida?
La niña continuó negando con la cabeza, a la vez que se iba sintiendo cada vez más y más frustrada: lo que había ocurrido aquella mañana escapaba a su total comprensión, nunca había vivido algo de naturaleza semejante, pero aunque no supiera lo que estaba ocurriendo, su corazón le decía que algo terrible había estado teniendo lugar esas últimas semanas entre Thomas Seymour e Isabel Tudor. Que era por aquella razón que la princesa se hallaba tan desconsolada... Catalina Parr seguía instando a Jane a que hablara cuando, sin previo aviso, se oyó un grito que provenía del interior del castillo, haciendo que tanto guardiana como pupila se giraran sobresaltadas hacia la puerta de la capilla. Jane Grey dirigió su alarmada mirada a su tutora: tenía miedo de lo que hubiera podido causar aquel grito, pero también temía por el bienestar de Catalina Parr, quien portaba un hijo en su vientre.
La mujer se incorporó poco a poco, debido al volumen de su hinchado vientre, y se encaminó con paso presuroso hacia el exterior de la capilla, atravesando la pequeña parcela de jardín que había entre ésta y la puerta del castillo Sudeley por la que había escapado minutos antes Jane Grey. Durante unos momentos, la pequeña no supo qué hacer: ¿debía quedarse en la capilla, únicamente acompañada por los huesos de los difuntos que había enterrados allí, o debía seguir los pasos de su tutora para descubrir de una vez lo que estaba sucediendo allí, a pesar de que eso significaría volver a toparse con Thomas Seymour?
Haciendo acopio de valor, la primógenita de los Grey se puso en pie y salió de la capilla de nuevo a los jardines del palacio Sudeley, pero no siguió a Catalina Parr por la puerta trasera, sino que se dirigió corriendo lo más deprisa que podía, bajo el sol de la mañana, hacia la puerta principal, donde se hallarían apostados dos guardias. Estaba asustada, sí, pero tanto Catalina Parr como Isabel Tudor eran como parte de su familia, y no podía abandonarlas en un asunto tan serio. Le estaban dando ya nuevos pinchazos en las costillas, cuando Jane Grey se arremangó las faldas de su vestido, subiendo de dos en dos las pequeñas escalinatas que precedían a la puerta de entrada principal al castillo. No tuvo que internarse mucho más en el mismo para encontrar a sus habitantes, ya que éstos parecían estar teniendo una discusión en el mismísimo salón principal.
Jane Grey se detuvo, agudizando el oído, y dio un par de pasos cautelosos hasta llegar al arco que daba al salón principal, ocultándose tras una de las columnas. Por lo que oía, había tres personas en aquella estancia, pero ninguna era Isabel Tudor: se trataban de Catalina Parr, Kat Ashley... Y Thomas Seymour. Oía claramente la voz de la joven Ashley, quien parecía haber perdido toda la prudencia o el respeto que pudiera guardar hacia el matrimonio Seymour-Parr, reprendiendo a la pareja por los acontecimientos que habían estado teniendo lugar desde hacía unos meses.
- ¡Esto no puede seguir así! - afirmó con firmeza Kat Ashley, a la vez que se paseaba nerviosamente por el salón, bajo la mirada del matrimonio. Jane jamás hubiera imaginado que la dulce y educada Kat Ashley estuviera dirigiéndose a sus señores de esa manera. - Este señor, si es que merece tal título, lleva meses entrando en el dormitorio de Lady Isabel a horas tempranas, cuando mi señora aún dormía y... Sí, Seymour, entrábais a hurtadillas en los aposentos de milady, en vuestra ropa de cama, ¿es que no sentís vergüenza?
La niña escuchaba todo el reproche conteniendo la respiración y tapándose el rostro con las manos, casi esperando oír el sonido de una bofetada cortando el aire, pero no fue así, aunque la niña estaba segura de que, estando Catalina Parr delante, Thomas Seymour intentaría guardar la compostura y aparentar inocencia. Dios santo, ¿de verdad había estado ocurriendo todo aquello sin que nadie se diera cuenta?
- Si todas esas... - oyó Jane decir a la voz arrastrada de Thomas Seymour, como si toda aquella conversación le provocara un molesto dolor de cabeza. - ...Conjeturas suyas son ciertas, decidme milady, ¿por qué no habéis acudido antes a Lady Parr?
- ¡No fue hasta hace un par de semanas que Lady Isabel me confesó lo que ocurría! Bien sabéis que muchas noches dormía en la habitación de Lady Jane, para que no tuviera miedo de la oscuridad, bien sabéis que es mucho menor que Lady Isabel... - continuó hablando enérgicamente Lady Ashley. - ¡Esto debe acabar, vos sois un viejo en comparación con esa niña, estáis casado con una mujer maravillosa y vais a ser padre!
Jane notaba cómo las lágrimas se iban abriendo camino en sus ojos azul claro y se mordió el labio inferior para contenerlas unos momentos más: no quería llorar más, se había cansado de ser la niña pequeña indefensa que siempre sufría por el mal que ocurría a su alrededor. Quería ser fuerte, quería poder vivir esas situaciones con las emociones en su sitio, para poder ayudar a quienes estaban a su alrededor: quería sentir que realmente era lo que Eduardo le había dicho que veía en ella. Oh, Eduardo, ¿qué pensaría su joven amigo de todo aquello cuando las noticias llegaran a sus oídos?
- Kat... - pronunció una nueva voz en la estancia contigua.
La niña se sorprendió al reconocer la voz de Isabel Tudor y agudizó el oído todo lo que pudo, posando las palmas de sus manos en el muro más cercano.
- No es necesario que luchéis mi guerra, Lady Ashley... - continuó hablando Isabel, quien aún tenía la voz algo perjudicada por haber llorado tanto. - Sabéis que es cierto, Lady Parr... Por Dios, sé que lo sabéis, ¡hasta un hombre ciego podría verlo! No consistáis esto, por favor, Lady Parr...
El silencio reinó en la sala durante unos segundos que se hicieron eternos a todos los allí presentes: Catalina Parr aún no había mencionado una sola palabra desde que Jane llegara al recibidor del castillo y era la respuesta de la viuda de Enrique VIII la que parecían estar esperando todos los presentes en aquella sala de forma expectante.
- No puedo confiar en vos... - habló la voz de Catalina Parr, pero Jane no supo a quién iba dirigido ese comentario. - Lady Isabel, me temo que será mejor que abandonéis el castillo cuanto antes, vuestra presencia ya no es apropiada...
- ¡No! - se quebró la voz de Isabel Tudor ante la sentencia de su tutora. - ¡No me abandonéis también vos!
- Lady Isabel, ya habéis escuchado a Lady Parr, lo mejor será que ambas nos marchemos lejos de aquí – habló Kat Ashley, intentando consolar a la princesa. - Lo mejor sería que la pequeña Lady Jane nos acompañara también...
- Jane Grey permanecerá en el castillo – sentenció Thomas Seymour. - Es nuestra pupila, y mantengo contacto directo con sus padres, quienes nos han confiado su custodia y cuidado.
Jane tragó saliva, sintiendo un escalofrío: Isabel se marchaba del castillo Sudeley, se marchaba acompañada por Kat Ashley y seguramente el resto de sus criados, y ella se quedaba allí. Sentía pena por Catalina Parr, pero la niña no quería permanecer en esa hacienda ni un segundo más: lo único que deseaba más que nada en el mundo era regresar a Bradgate, con sus hermanas menores, con sus criadas, incluso con sus padres... Sentía que el hogar que habían formado las dos niñas junto a Catalina Parr había comenzando a derruirse, y ella no quería permanecer allí para contemplar cómo todo lo que había supuesto la etapa más feliz de su vida se destruía por completo.
Apenas habían pasado un par de horas desde que aquella discusión tuviera lugar, y Jane Grey contemplaba desde la ventana de su habitación cómo el carruaje que portaba a Isabel Tudor y su pequeño séquito de criados abandonaban el castillo de Sudeley, bajando poco a poco por la senda que separaba la amurallada finca del resto de camiña inglesa. La niña tenía la palma de la mano apoyada en el cristal, por si Isabel echaba la vista atrás y la veía: no había podido despedirse de ella, no había podido decirle que sentía mucho todo lo que había pasado... Nunca desde que se había convertido en pupila de Catalina Parr se había sentido tan desdichada.
La puerta de la habitación de la niña se abrió, haciendo que ésta se girara hacia la misma: Lady Parr, cabizbaja y dando pasos cautelosos, había entrado en la habitación y cerrado la puerta tras de sí. La mujer tenía los ojos azules enrojecidos e hinchados, signo inequívoco de que había estado llorando. Catalina alzó el rostro hacia Jane Grey, quien le devolvía la mirada apenada.
- Lamento no haber sabido proteger a Isabel... - terminó hablando Catalina Parr, buscando el perdón de la única pupila que quedaba a su cargo. - Sabía que Thomas estaba viendo a otra mujer durante mi embarazo, pero nunca pensé que...
La voz de la mujer se rompió en un nuevo sollozo, haciendo que el corazón de Jane Grey se encogiera de compasión por ella: aún siendo tan joven podía ver que Catalina Parr amaba a su marido más a que nada, puede que incluso ciegamente, y la hería descubrir que él no sentía lo mismo por ella, que ni siquiera guardaba respeto por la nueva vida se gestaba en el interior de su esposa.
- Lady Parr... - habló Jane Grey, con voz queda pero clara. - Deseo regresar a mi hogar...
Catalina Parr alzó la mirada suplicante hacia la niña:
- Nada os hará daño mientras yo esté aquí, Jane... - dijo la mujer de todo corazón. - Sé que no he sabido cuidar de Isabel, pero mi corazón no puede soportar perderos a vos también... - Lady Parr atravesó la habitación hasta sentarse en el quicio de la ventana junto a la niña, tomando sus pequeñas manos entre las suyas. - Os prometo que jamás os abandonaré, ni permitiré que os ocurra nada malo, siempre voy a estar a vuestro lado, os lo prometo...
La pequeña sostuvo la mirada llorosa de Lady Parr y después dirigió la mirada al abultado vientre de la misma... Entonces tomó una decisión: no podía abandonar a la que había sido como una madre para ella y al hijo que esperaba a su desgracia y su tristeza, no mientras ella pudiera poner remedio de alguna manera. Apretó con cuidado las manos de su tutora y murmuró:
- Yo también os lo prometo, Lady Parr...
Dicho esto, Catalina Parr abrazó con cariño a su joven pupila, a la vez que ésta le devolvía el abrazo: sabía que nunca volvería a confiar en ella de la misma manera, que no volvería a sentir un hogar entre aquellos muros... Pero debía tanto y sentía tanto afecto por la esposa de Thomas Seymour que ni se planteaba abandonarla en aquellos duros momentos. Desconocía entonces Jane Grey que Catalina Parr no iba a mantener la promesa que le acababa de hacer.
NdA: Bueno, pues aquí estoy otra vez... Lo digo porque si no, reviento: me ha costado sangre, sudor y lágrimas escribir este capi, muy principalmente por la temática imperante en el mismo.
No se sabe hasta qué punto llegó el acoso de Thomas Seymour a Isabel Tudor, pero sí se conoce lo que yo he tratado de reflejar en el fic: que rasgó su vestido en, literalmente, mil pedazos mientras ella se encontraba paseando por el jardín, y que solía entrar a hurtadillas en el dormitorio de la princesa antes del amanecer, cuando ésta aún dormía. Al igual que en este capi, fue Kat Ashley la que salió en defensa de Isabel Tudor. El conocimiento de Catalina Parr de estos escarceos es mayor de lo que me gustaría poder deciros: no sólo se cree que conocía las escapadas de su marido con su pupila, sino que incluso podría haber llegado a colaborar en las mismas (no me preguntéis hasta qué punto, porque algunas cosas que he leído ponen los pelos de punta). No he querido incluir esa posible faceta de Catalina Parr en este capi porque creo que se contradice totalmente con la Catalina que vemos en "Los Tudor", así que el único aspecto que mantengo es la devoción total y absoluta que Lady Parr sentía hacia su esposo.
Para que os hagáis una idea, Thomas Seymour tenía cerca de cuarenta años e Isabel sólo catorce. Los planes iniciales de Seymour, tras el matrimonio de Catalina Parr con Enrique de Inglaterra, era contraer matrimonio con una de las hijas del rey; incluso después de contraer matrimonio con Catalina Parr, Thomas Seymour continuó ideando planes de matrimonio que incluían a Isabel Tudor y, por muy fuerte que parezca, también a Jane Grey. Es un personaje al que detesto escribir, me da verdadero asco, pero lo bueno es que no hay mal que cien años dure.
Isabel fue enviada lejos del castillo de Sudeley: algunos historiadores creen que Catalina Parr lo hizo para proteger a la joven, y otros creen que lo hizo por despecho. Yo, personalmente, soy más partidaria de la primera posibilidad.
El título del capi ("Castillo de cristal") hace referencia a la fragilidad del hogar establecido por Catalina Parr y sus pupilas debido a estos acontecimientos.
Sorry por la ausencia de Eduardo en este capi, pero volverá pronto: el rey de Inglaterra va a tener mucho que decir en estos asuntos, creedme.
Muchas gracias por leer y nos vemos en el siguiente capítulo.
