30 de Agosto de 1548

El joven rey de Inglaterra atravesó el hall que precedía a la sala de trono con paso decidido, dedicando leves inclinaciones de cabeza a sus cortesanos, quienes realizaban una profunda reverencia y murmuraban "majestad" al verle pasar por allí. El verano inglés estaba llegando a su fin, lo que muchos agradecían verdaderamente: Inglaterra no es un país en el que suela hacer mucho calor en verano, pero sí el suficiente como para que sus gentes, acostumbrados a su natural clima frío y húmedo, se sintieran incómodos con las altas temperaturas de esa estación.

Como bien comentaban a su paso algunos de los miembros del Consejo Real, Eduardo Tudor había comenzado a pegar ese estirón que los niños suelen dar cuando se acercan a la preadolescencia: habían tenido que volver a hacerle algunos de sus trajes, y ya no le colgaban sus piernas cuando se sentaba en la silla de San Eduardo, trono de los monarcas de Inglaterra. Aún recordaban que hacía poco menos de dos años tenían que ponerle un cojín para que su aspecto no fuera tan diminuto en comparación con todo el lujo que le rodeaba. Definitivamente, era una situación muy distinta a la que estaban acostumbrados a vivir con Enrique VIII.

La corte de Enrique VIII y la de Eduardo VI estaban compuestas por prácticamente las mismas personas, y sin embargo ambas eran muy diferentes. Cada vez que había una celebración durante el reinado de Enrique de Inglaterra, corría el vino por doquier, las enormes piezas de caza cocinadas con esmero por los cocineros reales, así como muchas bellas y jóvenes cortesanas cuyo motivo para encontrarse allí era más que obvio para todos los que conocían el carácter mujeriego del rey. En cambio, Eduardo de Inglaterra mantenía la corte llena de artistas, músicos y juglares de todo tipo, que tan pronto narraban carismáticamente leyendas de lugares lejanos, como ejecutaban diversos bailes y cabriolas, para disfrute del pequeño rey. Muchas veces organizaban pequeñas obras de teatro, en las que a veces participaba el joven soberano. Era un ambiente más sano, más inocente, aunque no faltaban los cortesanos que opinaban entre copas y risas que los gustos del joven rey cambiarían cuando llegara a la adolescencia.

Pero, mientras esa etapa aún por llegar, Eduardo Tudor seguía siendo el niño rey de Inglaterra, como le llamaban comúnmente en la ciudad, no de modo despectivo sino reconociendo su labor como monarca justo y compasivo a pesar de ser tan sumamente joven. A su lado, correteaba fielmente el spaniel Júpiter, que el rey tenía desde los seis años y al cual era difícil de ver lejos de la compañía del pequeño rey. Como en aquella misma situación, Eduardo Tudor tomó finalmente asiento en el trono de su padre, a la misma vez que el can se recostaba fielmente en un trabajado cojín que Eduardo había mandado que colocaran para su mascota. Júpiter abrió las fauces en un gran bostezo, antes de seguir observando la corte que rodeaba a su amo, con aire alegre y la lengua fuera de la boca.

El pequeño de diez años apoyó la espalda en el respaldo de la silla de San Eduardo, y del mismo modo hizo con los brazos en los reposabrazos, dispuesto a escuchar respetuosamente todos los mensajes que los embajadores o ciudadanos desearan hacerle llegar. Normalmente estas audiencias no solían tener mucha duración, el lord Protector lo había decidido así hasta que Eduardo fuera algo más mayor, pero el joven rey disfrutaba mucho del contacto con su pueblo o con pueblos lejanos, de la mano de los embajadores, quienes solían traerle regalos en nombre de sus respectivos señores. Los embajadores de aquellas distintas naciones rara vez estaban de acuerdo en algo, pero sí lo estaban respecto al nuevo rey de Inglaterra: mientras que muchos de ellos sufrían verdaderos ataques de ansiedad antes de encontrarse en su día con Enrique VIII, todos coincidían en la naturaleza encantadora y amable de su hijo menor, a pesar de que, cuando la ocasión lo requería, podía mostrarse muy frío, casi distante, mientras sopesaba la problemática que se le planteaba bajo la atenta mirada de sus consejeros, quienes parecían estar deseando que su joven rey les solicitara su ayuda, lo cual hacía a menudo para tener distintos puntos de vista sobre la resolución de una petición.

Ante el rey se presentó uno de sus pajes, galardonado con el emblema Tudor, quien esperó un gesto de asentimiento del rey para anunciar a sus próximos visitantes:

- ¡Lord Thomas Seymour, primer Barón Seymour de Sudeley!

Casi de inmediato, una sonrisa apareció en el rostro del joven rey, a la vez que se incorporaba levemente del respaldo del trono: aunque al principio había tenido sus más y sus menos con los hermanos de su madre, últimamente su tío Thomas parecía querer compensar todo el trato pasado y se estaba convirtiendo poco a poco en su tío favorito... Aunque eso era algo que nunca afirmaría en voz alta, ya que no quería herir los sentimientos de su otro tío materno, Edward Seymour.

Poco tardó en aparecer Thomas Seymour, quien hizo entrada en la estancia dando grandes pasos, con aire solemne y, sin apenas mirar al rey, realizó una profunda – y muchos dirían que exagerada – reverencia, antes de alzar el rostro hacia su sobrino.

- Majestad... - murmuró Seymour con el brillo de una sonrisa esbozado en el rostro.

- Tío... - contestó el niño de inmediato, sintiéndose profundamente contento de que su tío estuviera allí. - Es un verdadero placer recibiros en mi corte...

Aquel fue un comentario que provocó muchas miradas entre los consejeros del joven rey Tudor: bien era cierto que Thomas Seymour era tío de su Majestad, y que por lo tanto era normal que existiera cierta familiaridad entre ellos a la hora de interactuar, pero aún así les costaba pasar por alto esa falta de protocolo de la que Thomas Seymour se beneficiaba y tanto se pavoneaba a espaldas de su sobrino.

- Majestad, lamento deciros que no me produce el mismo placer tener que realizar esta visita, pues no porto buenas nuevas conmigo... - habló el hombre, incorporándose de nuevo.

La expresión de felicidad fue desvaneciéndose poco a poco en el rostro de Eduardo Tudor: conocía ese tono y no le gustaba nada pensar en el tipo de noticias del que venían acompañadas, era el mismo tono que habían utilizado para comunicarle la muerte de su padre, años atrás. Así mismo, Thomas Seymour parecía algo incómodo, como si no supiera qué palabras usar para transmitir el mensaje.

- Mi Señor, lamento comunicaros que mi finca, el castillo Sudeley, que vuestra Gracia tan generosamente me concedió, ha sido víctima de una epidemia que padece una aldea cercana... - comenzó a explicar pausadamente Thomas Seymour. - No me produce ninguna alegría informaros de que tanto mi esposa Catalina, la reina viuda, como nuestra pupila, Lady Jane Grey, han contraído la enfermedad y se hallan gravemente enfermas...

El pequeño Eduardo Tudor no salía de asombro, a la vez que el temor se había ido apoderando de él nada más escuchar esas últimas palabras pronunciadas por su tío: desconocía que existiera algún riesgo epidémico en la zona en la que estaba situado el castillo Sudeley, incluso que existiera algún pueblo cercano... Pero, después de todo, su tío se había referido a una pequeña aldea, quizá a una a la que sus consejeros y él mismo no habían prestado la suficiente atención como para considerarla un riesgo de cualquier naturaleza.

- ¿Conocéis cuál es la causa de sus males? - quiso saber el rey, una vez que hubo repuesto un poco aquello del impacto de la noticia. - ...No puede tratarse de la enfermedad de los sudores, ¿no es así, tío?

La enfermedad de los sudores había causado estragos en Inglaterra desde hacía décadas: no sabían con exactitud cuál era su origen, pero una vez que hacía aparición se propagaba rápidamente, haciendo que pueblos enteros se contagiaran... Así mismo, podían contarse con los dedos de las manos las personas que lograban sobrevivir a ella sin el tratamiento médico adecuado y, aún con el mismo, la esperanza de superviviencia del enfermo era reducida.

- No os preocupéis, Majestad – dijo Thomas Seymour en tono conciliador. - Debido al tiempo que llevan enfermas es imposible que se trate de la enfermedad de los sudores, ya que ésta suele atacar de manera mucho más fulminante, y os aseguro que ambas se encuentran atendidas por los mejores médicos de la zona.

Con esa última frase, el barón de Sudeley parecía haber leído los pensamientos de Eduardo Tudor, quien se preguntaba si no sería conveniente enviar a sus médicos de la corte al castillo de Sudeley para que atendiera tanto a su madrastra como a su mejor amiga. Sabría que sus consejeros no lo permitirían, aunque gozaba de buena salud, aún estaban asustados ante la posibilidad de que enfermara y muriera sin un heredero al trono, ya que el trono de Inglaterra pasaría a su hermana María Tudor, quien con toda certeza volvería a arrastrar a Inglaterra hacia la fe católica.

- Con todo esto lo que también quería advertiros, pues sé que os gusta visitarnos en nuestra hacienda, pero lo más conveniente por el momento sería que os mantuviérais apartado hasta que ambas se encuentren totalmente recuperadas y tengamos la certeza de que la enfermedad no va a remitir... - continuó hablando Thomas Seymour.

Aunque saber que no se trataba de la enfermedad de los sudores había tranquilizado en parte al joven rey de Inglaterra, Eduardo Tudor continuaba preocupado por las dos mujeres: Catalina Parr estaba en estado de buena esperanza, por lo que también peligraba su hijo no-nato, y Jane Grey era aún pequeña y por ello podría encontrarse más débil ante el ataque de una enfermedad. El joven rey tragó saliva y agachó ligeramente la mirada, fingiendo observar cómo Júpiter movía la cola alegremente de aquí a allá, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor. Sólo podía dar gracias porque su hermana Isabel no se encontrara también en aquella finca: hacía ya unas semanas que Thomas Seymour le había enviado una misiva anunciándole que Isabel Tudor y su séquito de criados se habían trasladado a una hacienda más adecuada a su estatus y a sus necesidades. Aquello fue algo que le pareció extraño en el comportamiento habitual de su hermana Isabel, pero confiaba en las buenas decisiones que la adolescente siempre tomaba.

- Majestad... - habló Thomas Seymour, sacando al joven Eduardo de sus pensamientos. - Lamento lo presuroso de mi visitas, pero he de marcharme ya junto a mi familia. Únicamente quería que conociérais la situación por mi propia persona, antes de que los posibles rumores disvirtuaran la verdadera situación.

- No os preocupéis por ello, Lord de Sudeley – dijo Eduardo, inclinando levemente la cabeza. - Os agradezco que hayáis tenido a bien informarme de la situación en persona. Por favor, enviad a vuestra esposa y a mi querida Lady Jane mis más sinceros deseos de pronta recuperación...

El menor de los hermanos Seymour realizó una profunda reverencia y se retiró del salón del trono del rey niño de Inglaterra, dejando a éste con más preguntas que con respuestas. Lamentaba no poder visitar la finca del castillo de Sudeley para ver a su madrastra y a su mejor amiga, pero entendía que era por el propio bien de su integridad física, sabía bien que la corona de Inglaterra dependía de ello. Sabía muy bien lo preocupado que había estado su padre hasta que no había tenido un hijo al que asegurar el trono de Inglaterra cuando éste no estuviera ya en la Tierra, por eso entendía que toda precaución que se tomara respecto a su seguridad era poca. Sólo esperaba que tanto Catalina Parr como Jane Grey se recuperaran pronto y la cosa no quedara más que en un pequeño susto.

- ¡Lord Suffolk y Lady Catherine Grey! - proclamó de nuevo el joven paje con voz alta y clara, quebrando los pensamientos de Eduardo de Inglaterra.

Dicho esto, realizó una breve reverencia y se apartó, dejando paso a Henry Grey, quien a sus treinta y un años ya vestía con toda la ostentación que el título que tenía concedía. El mismo Eduardo se lo había concedido hacía unos meses, teniendo en cuenta los largos años que habían pasado desde el fallecimiento de Charles Brandon y el hecho de que Frances Brandon merecía el título de Duquesa de Suffolk que había ostentado su padre antes que ella. Henry Grey era un hombre alto y fuerte, con el cabello rubio tostado y unos ojos azul claro que recordaban bastante a los de su hija mayor, Jane Grey. A su lado no se encontraba su esposa, sino su hija mediana, Lady Catherine Grey, quien ese mismo mes de Agosto acababa de cumplir los ocho años. Eduardo no recordaba verla desde su coronación y la verdad era que había crecido mucho: seguía siendo una niña, pero desde luego muy distinta a la chiquilla de seis años que correteaba por la Abadía de Westminster tras la ceremonia de proclamación del nuevo rey de Inglaterra.

- Majestad... - dijeron padre e hija a la vez que realizaban una profunda reverencia.

Eduardo asintió levemente con la cabeza e hizo un gesto para que se incorporaran:

- Buenos días, Excelencia... - saludó el joven rey al hombre, quien volvió a hacer una leve inclinación con la cabeza. - Y buenos días a vos también, Lady Kitty...

La susodicha esbozó una sonrisa vergonzosa que intentó esconder agachando el rostro, mientras realizaba una nueva reverencia. Se habían encontrado pocas veces, pero Eduardo siempre la llamaba Kitty, al igual que lo hacía su hermana Jane. Teniendo en cuenta que hacía más de un año y medio que no veía a ésta, Kitty Grey agradecía que alguien continuara llamándola de aquella manera, en lugar del formal "Catherine", con el que no se sentía identificada. La niña alzó la vista de nuevo y dirigió una veloz mirada a su padre, quien se encontraba aclarándose la garganta para seguir hablando.

- Majestad... - comenzó a hablar de nuevo Henry Grey. - En nombre de mi familia quisiera agradecer a vuestra Gracia una vez más el título de Duques de Suffolk. Significa un gran honor para mí y para mi familia...

- No hay nada que agradecer, mi Lord, era lo que os correspondía por derecho propio... - contestó el niño de forma solemne, mientras sus respuestas seguían arrancando sonrisas de orgullo entre sus consejeros. - Decidme, ¿cómo se encuentran la Duquesa y vuestra hija Mary?

- Ambas se encuentran en perfecto estado de salud, os agradezco vuestro interés, Majestad... - habló a su vez Henry Grey. - No nos han acompañado hasta Londres porque Mary es aún muy joven y mi esposa deseaba quedarse a su lado, antes que separarla de su familia por un viaje tan breve...

Eduardo asintió con la cabeza a las palabras del duque de Suffolk:

- Mostráis devoción por vuestra familia, eso os honra, Excelencia... - después dirigió la mirada hacia la hermana menor de Jane Grey. - Lady Kitty, decidme, ¿reconocéis a este viejo amigo? - añadió el chico señalando el cojín que había a los pies de su trono.

La niña dedicó una sonrisa emocionada al can, quien movió la cola alegremente al verla, como reconociéndola de los viejos tiempos. Kitty pidió permiso para acercarse al animal, permiso que Eduardo le concedió de inmediato, y la pequeña se arrodilló junto al perro, quien había comenzado a intentar lamerle la cara entre saltitos, provocando las risas de la niña.

- Prometí a vuestra hermana que cuidaría de él y así lo he hecho – dijo Eduardo bajando del trono y acuclillándose junto a Kitty, quien le devolvió una brillante mirada. - No debéis preocuparos por nada, además durante todos estos años, Júpiter ha sido el más fiel de mis amigos.

- Lo sé – afirmó la pelirroja niña a la vez que contemplaba con entusiasmo al mejor amigo de su hermana. - Mi hermana Jane me prometió que vos cuidaríais bien de él...

- Y yo se lo prometí a ella – habló de nuevo el joven rey, provocando una nueva sonrisa en el rostro de la pequeña. - A vuestra familia debo aún el regalo de este fiel y pequeño amigo mío...

- Es precisamente mi primogénita el asunto que quería tratar con vos, Majestad – afirmó Henry Grey, llamando la atención del joven rey de Inglaterra, quien alzó la mirada hacia el Duque de Suffolk.

- ¿De Lady Jane? - preguntó Eduardo, aunque ya conocía la respuesta.

Henry Grey asintió con la cabeza, mientras manoseaba casi de forma nerviosa un sombrero que portaba en las manos. El joven Tudor se incorporó de nuevo, tomando asiento en el trono del rey de Inglaterra, dispuesto a escuchar como era debido lo que el Duque de Suffolk tuviera que decirle. El mencionado noble se aclaró la garganta, mientras observaba cómo su hija mediana jugaba acariciando las peludas orejas del can que una vez había pretendido ahogar en un cubo de madera usado para la limpieza de la casa: había sido la intervención de su hija mayor la que había salvado al perro y les había hecho ganar aún el favor del rey de Inglaterra.

- ¿Y bien? - quiso saber el joven monarca, interrumpiendo los pensamientos de Henry Grey. - ¿Qué ocurre con Jane?

- Majestad, mi hija Catherine... - comenzó a decir el padre de las hermanas Grey, con intención de explicar que Kitty estaba preocupada porque su hermana no respondía sus cartas, pero pensó que así parecería que era la única que la extrañaba, así que se apresuró a reformular la petición. - En realidad, en nuestro hogar en Bradgate hace tiempo que no tenemos noticias de ella y nos preguntábamos si vuestra Majestad, al ser tan cercano a ella, sabría algo más que nosotros sobre ella.

Al terminar su padre de exponer sus preocupaciones a Eduardo, Kitty dirigió sus ojos verde claro hacia la figura del joven rey de Inglaterra, mientras seguía pasando con cariño la mano por el lomo de Júpiter: le había extrañado mucho dejar de recibir respuestas a sus cartas, ya que Jane solía contestarlas muy asiduamente, y por eso había pedido a sus padres acudir a Londres a preguntar directamente al rey, algo que sus padres concedieron de inmediato, al igual que hacían con cualquier cosa que se refiriera a Eduardo de Inglaterra y pudiera beneficiarles.

Por su parte, el niño rey de Inglaterra no sabía muy bien cómo responder a la petición de Henry Grey: tenía nuevas de Jane Grey, poco antes Thomas Seymour, su tutor junto a Catalina Parr, le había afirmado que ambas se encontraban enfermas, pero no estaba seguro de que ésa fuera la nueva que le gustaría oír a ningún padre sobre su hijo... Pero, ¿qué otra cosa iba a decirle? No podía mentir u ocultar información al padre de Jane: no estaba bien y no era justo, se mirara por donde se mirara.

- Sí, de hecho he recibido a su tutor, Thomas Seymour, poco antes que a vuestra Excelencia... - comenzó a exponer Eduardo, bajo la atenta mirada de Henry y Catherine Grey. - Me sorprende que no se hayan encontrado por la corte, pero la cuestión es que Lord Sudeley ha venido para informarme de que, tanto su esposa, Lady Parr, como Jane se encuentran enfermas desde hace unos días...

- ¿Jane está enferma? - exclamó Kitty, poniéndose de pie de inmediato y adelantándose un par de pasos más hacia donde se encontraba Eduardo.

- Kitty... Catherine, ven aquí... - se corrigió Henry Grey, tomando a su hija mediana del hombro e instándola a retroceder, ya que su forma de comportarse, al tratar al rey con tanta familiaridad, estaba más que fuera del protocolo. - Mi primogénita está enferma y ni mi esposa ni yo tenemos noticia alguna al respecto, ¿cuándo pensaba Lord Sudeley informarnos de esta situación?

Probablemente poco después de solicitar mi audiencia... - afirmó Eduardo, defediendo educadamente a su tío Thomas. - Sabe que mis visitas a su hacienda son asiduas, así que ha venido para prevenirme de futuras visitas, para que no me afecte ninguna enfermedad... No tengo duda alguna en que Lord Sudeley se pondrá en contacto con vuestras Excelencias lo antes posible, y si no fuera así ya puedo confirmaros yo mismo de que ni Lady Parr ni Lady Jane corren peligro alguno...

Esta última parte no era del todo cierta o al menos no la sabía con seguridad: Thomas Seymour le había dicho que no se trataba de la temida enfermedad de los sudores, pero el hecho de que ambas estuvieran enfermas no dejaba lugar a dudas de que debía tratarse de algún tipo de enfermedad que residía en el ambiente. Pero no quería que ni el padre ni la hermana menor de Jane se marcharan de Hampton Court profundamente preocupados y creyendo que el mal que padecía la primogénita de los duques de Suffolk era mayor del que realmente podía ser.

- No os preocupéis por ella... - continuó hablando el joven monarca. - Me aseguraré de que mejore, de que ambas mejoren, esta misma tarde enviaré a dos de mis mejores médicos para que las atiendan, y voy a dar órdenes expresas de que no regresen hasta que su mal haya remitido...

Sabía que a su tío no le iba a hacer gracia que mandara a dos extraños a su hacienda, ya que era muy celoso de quién salía y quién entraba de ella, pero después de todo se trataba de la salud de su esposa y de su pupila. Y él era el rey de Inglaterra, era el deber de su tío el obedecerle y rendirle pleitesía, después de todo. Eduardo se incorporó de su trono y se dirigió hacia donde se encontraban Henry Grey y su hija Catherine, quien estaba aferrada a la mano de su padre mientras su labio inferior no paraba de temblar en señal de pesadumbre.

- Tranquila, Kitty... - habló Eduardo cariñosamente, poniendo una mano sobre el hombro de la pelirroja Catherine. - Os doy mi palabra de que vuestra hermana se recuperará pronto... - y alzó la mirada al duque de Suffolk. - Os lo prometo a ambos y toda vuestra noble familia, que tanto bien ha hecho por la corona a lo largo del reinado de los Tudor...

Henry Grey asintió finalmente y inclinó profundamente la cabeza hacia el niño, en señal de respeto: puede que sólo tuviera diez años, pero desde luego ese muchacho que tenía sobre sus hombros el peso de uno de los reinos más poderosos de la Tierra sabía lo que hacía, con el paso de los años llegaría a ser un gran rey, un monarca que su padre, el difunto Enrique VIII, sólo habría podido llegar a imaginar en sus mejores y más dichosos sueños. A su vez, Kitty tomó con cuidado la falda de su vestido y realizó una amplia reverencia, únicamente alzando el rostro hacia el joven rey cuando su padre le hizo una leve señal para que ambos abandonaran el salón del trono, de nuevo camino a Bradgate.

Pero lo que estaba aún fuera del conocimiento y la comprensión de la familia Grey y del propio Eduardo Tudor era que Thomas Seymour había mentido: no había ninguna enfermedad que asolara la hacienda Sudeley, ni mucho menos a Catalina Parr o Jane Grey. Pero por alguna razón que sólo él conocía quería mantener tanto a unos como a otros lejos de su castillo.


Los desgarradores gritos de dolor se oían en prácticamente toda el castillo Sudeley. Los criados corrían de aquí a allá, portando toallas y paños limpios, palanganas llenas de agua caliente y cualquier recurso que creyeran que pudiera ser útil a la señora de la casa, quien se había puesto de parto esa misma tarde. Entre toda esta algarabía, una niña rubia de diez años corría entre los criados, abriéndose paso como podía entre ellos mientras sujetaba las faldas de su vestido de color verde oliva, notando cómo se balanceaba de un lado a otro la trenza dorada que le había hecho Catalina Parr aquella mañana, a la vez que intentaba acceder a las escaleras que llevaban a la primera planta del castillo, donde se hallaba ubicado el dormitorio matrimonial en el que Catalina Parr trataba de traer a su hijo al mundo.

A medida que la pequeña lograba abrirse camino entre la marea de criados que, más nerviosos aún que la propia parturienta, intercambiaban órdenes rápidas y nuevas sobre el avance de la situación en la alcoba de la señora de la casa, más claramente oía lo que ocurría en la habitación del matrimonio Seymour-Parr. Al llegar, aún sofocada y jadeante, al marco de la puerta de la misma, en la que se apoyó de inmediato, contempló que en el interior de la misma se hallaban al menos dos parteras, así como cuatro criadas que servían de apoyo a Catalina Parr, quien se encontraba semirecostada en su lecho, con el rostro sudoroso, todo su cabello rubio pegado a la cabeza y el rostro contraído por el dolor y el esfuerzo.

Jane contuvo el aire y pudo dar un paso hacia el interior de la habitación antes de que una de las criadas más ancianas, precisamente el ama de llaves de la hacienda, se interpusiera en su camino, instándola a que abandonara la alcoba.

- ¡Vamos, pequeña! - dijo la anciana, haciendo señas con las manos a la niña para que se marchara. - Aquí no hay lugar para tí ahora mismo...

- ¡Jane! - gritó la voz sofocada de Catalina Parr.

- ¡Mi señora! - contestó a su vez Jane Grey, arremángandose las faldas del vestido y esquivando los brazos de la ama de llaves hasta llegar junto al lecho en el que yacía Catalina Parr.

Catalina Parr estaba visiblemente exhausta: el sol de la tarde hacía brillar levemente las gotas de sudor que corrían por su rostro, su pelo rubio casi parecía negro de tan empapado y pegado a la cabeza que se encontraba, tenía sus ojos color verde entreabiertos y de sus finos labios escapaban pequeños suspiros de cansancio. La niña sintió cómo sus ojos se empañaban con lágrimas de inmediato y se apresuró a tomar una de la manos de Catalina Parr, estrechándola con cuidado entre las suyas.

- Parece que el pequeño Thomas aún se resiste a conocer este mundo... - quiso bromear la esposa de Thomas Seymour en apenas un murmullo, antes de un nuevo gesto de dolor contrajera su rostro, apretando involuntariamente las manos de Jane Grey, quien, lejos de soltarla, le devolvió el apretón.

- No os rindáis, mi señora... - dijo Jane, a la vez que apartaba con cuidado unos mechones empapados de la frente de su tutora. - Podéis hacerlo, será sólo cuestión de unos momentos y el bebé ya habrá nacido...

La ama de llaves se dirigió hacia la pequeña con paso decidido, dispuesta a sacarla de la habitación arrastrando si era preciso, pero Lady Parr alzó la mano que le quedaba libremente de forma débil, haciéndole entender que quería que su pupila permaneciera junto a ella. El resto de las criadas contemplaban la escena, intercambiando miradas de preocupación: hacía ya dos horas que la señora de la casa había roto aguas, dos horas en las que habían tratado de mantener a la pequeña Jane Grey distraída jugando en los jardines de la casa, pero finalmente había acabado dándose cuenta de que algo ocurría. No era extraño que el nacimiento del bebé se demorara tanto, después de todo, habían atendido a madres que habían tardado días en traer a su hijo al mundo, pero ninguna de ellas era tan mayor como Catalina Parr que, a sus treinta y cinco años, se enfrentaba por primera vez a la experiencia del parto.

Situadas a los pies de la cama, las dos parteras, vestidas con rigurosos delantales blancos y con el cabello recogido en un pañuelo, aguardaban impacientes a que la mujer se recuperara para poder continuar con la labor.

- Lady Parr... - llamó finalmente una de las jóvenes, haciendo que la parturienta girara el rostro hacia ella. - Sé que os encontráis exhausta, pero no hay tiempo que debamos perder...

Jane Grey se arrodilló junto al lecho, aún aferrando la mano derecha de Catalina Parr entre sus pequeñas manos:

- No me separaré de vos... - susurró la niña, besando la mano de su tutora. - Os lo juro...

Catalina Parr se mordió el labio inferior, enternecida por la entrega de su pequeña pupila, cerró los ojos y dejó escapar un pequeño suspiro, antes de asentir con la cabeza, señal que sus parteras bien interpretaron como una señal para volver a la labor, quienes cubrieron con pudor las piernas de la mujer, antes de volver a la tarea.

- Cuando lleguemos a tres... - comenzó a indicar una de las parteras, alzando el rostro hacia Catalina Parr. - Quiero que empujéis con toda la fuerza que podáis, ¿me enténdeis?

La mujer asintió y la partera comenzó a la cuenta hasta tres, y cuando llegó a dicho número, Catalina Parr comenzó a incorporarse a duras penas, a la vez que empujaba con fuerza, apretando con fuerza los dientes. Así mismo, apretó la mano de Jane con tantísima fuerza que la pequeña tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar escapar un grito de dolor, y le sostuvo la mano con las dos suyas, a la vez que le dedicaba palabras de ánimo y aliento. La primogénita de los Grey nunca había estado presente en un parto ya que, tanto como cuando nació Kitty como cuando nació Mary, sus criadas y cuidadoras la habían mantenido al margen de todo hasta que se hubo producido el alumbramiento, siguiendo órdenes estrictas de los señores de la casa. Al parecer, una de las razones por las que Henry Grey y Frances Brandon habían establecido esas normas era por si, Dios no lo quisiera, se repetía el episodio de los dos primeros embarazos de la madre de las hermanas Grey.

Esto era algo que Jane no había conocido hasta que oyó hablar a dos de las criadas de su casa de Bradgate, después de que naciera su hermana Mary. Las dos muchachas, que llevaban sirviendo en la hacienda desde que Henry y Frances contrajeran matrimonio a los dieciséis años de edad, rememoraban los dos primeros embarazos de la señora de la casa, y la primogénita del matrimonio se sorprendió enormemente al descubrir que no hablaban del que había resultado en ella misma, ni en su hermana Kitty. Hablaban de un embarazo producido poco después de la boda de los señores de la casa, una alegría que se tornó en tragedia cuando Frances Brandon dio a luz un niño muerto. Esa desgracia se había repetido al año siguiente, cuando la señora de la casa volvió a quedar embarazada, esta vez de una niña que, al igual que su hermano mayor, no llegó a ver la luz del sol. Jane había quedado conmocionada al enterarse de aquello, no se lo había dicho a Kitty, ni mucho menos a Mary, pero desde ese día miraba a sus padres de forma diferente, incluso abrazó con sumo cariño a ambos antes de irse a dormir: no esperaba que hubieran sufrido tanto en el pasado, sólo esperaba ser lo suficientemente buena como hija para poder compensar esa pérdida.

Un nuevo alarido quebró los recuerdos de Jane Grey, quien volvió de nuevo al presente: un presente en que Catalina Parr estaba dando a luz a su primer hijo. La mujer parecía estar al límite de sus fuerzas, ya que, a cada vez que empujaba con toda la fuerza de su ser, se dejaba caer de espaldas sobre el mullido colchón, intentando recuperar el aliento, para enseguida volver seguir las instrucciones de las parteras y volver a empujar. Jane observaba la escena mientras musitaba una pequeña oración frenéticamente: sólo quería que todo saliera bien, que el niño saliera bien y que Catalina tuviera un buen parto, dentro de lo que estaba viviendo en esos momentos. La tutora de la niña se encontraba empujando una vez más cuando un nuevo gesto de dolor apareció en su rostro, a la vez que una expresión de alegría inmensa iluminaba el rostro de las parteras.

- ¡Mi señora, ya queda muy poco! - exclamó una de ellas, con una sonrisa emocionada. - ¡Ya podemos verlo, señora, sólo un último esfuerzo!

- ¡Lo estáis haciendo muy bien! - sonrió Jane emocionada, apretando con cariño la mano de Catalina Parr, quien devolvió una cansada sonrisa a la niña. - Vais a ser una madre maravillosa y vais a tener el hijo más precioso del mundo...

La imagen que estaba narrando Jane Grey llenaba de felicidad el corazón de la agotada mujer, quien encontró en aquellas palabras el ánimo y la fuerza que necesitaba para continuar en su labor de traer a su hijo al mundo. Volvió a incorporarse trabajosamente, doblándose sobre sí misma y empujando con todas sus fuerzas a la vez que apretaba la mano de su pequeña pupila, entre alaridos de dolor y palabras de ánimo que le dedicaban las criadas allí presentes y las propias parteras. Las gruesas gotas de sudor caían rodeando el agotado rostro de la reina viuda, sus labios se abrían intentando recuperar el aliento que el esfuerzo le quitaba.

Jane alternaba su mirada entre el rostro de su tutora y el de las parteras, quienes a cada empujón se mostraban más implicadas en la labor, señal inequívoca de que el bebé estaba a punto de nacer. La inminencia del nacimiento del hijo de Catalina Parr hizo que una nueva sonrisa de emoción se dibujara en el rostro de la niña, quien se volvió hacia su tutora nuevamente.

- ¡Vamos, mi señora! - exclamó la pequeña con una sonrisa. - ¡El bebé está a punto de nacer!

Un último grito de dolor por parte de la parturienta fue quebrado por el llanto incesante del recién nacido, a quien las parteras dedicaban sonrisas emocionadas a la vez que comenzaban a taparlo con unas pequeñas mantas. Catalina Parr se dejó caer sobre el lecho, derrotada después de tanto esfuerzo, a la vez que daba pequeñas bocanadas de aire intentando recuperar el aliento. Jane observaba la escena totalmente emocionada, aún sujetando la mano derecha de su tutora.

- Mi señora, ya está... - sonrió Jane a la recién estrenada madre. - Lo habéis conseguido...

Catalina Parr dedicó una débil sonrisa a su pupila, y atrajo la mano de la misma hasta sus labios, besándola con devoción. Inmediatamente después, hizo un pequeño gesto a una de sus criadas para que acercara a ella.

- Quiero que Lady Jane sea la primera en coger a mi hijo... - habló en apenas un suspiro Catalina Parr. - No lo hubiera conseguido sin su adorado ánimo y apoyo.

La criada asintió y fue a dar instrucciones a las parteras, quienes continuaban lavando e intentandp calmar el llanto del recién nacido. Jane se volvió hacia Catalina Parr, insegura sobre el hecho de que fuera ella la primera en tomar en brazos al recién nacido.

- Pero mi señora... - dijo Jane. - Vos sois su madre, deberíais ser la primera en sostenerlo en vuestros brazos... Además, nunca he sostenido a un bebé en brazos, ¿y si se me cae?

La reina viuda negó pesadamente con la cabeza:

- Lo haréis muy bien, Lady Jane... No tengáis miedo de hacer nada mal, quiero que seais vos quien me traigáis a mi hijo...

Jane buscó la mirada de las parteras, para conocer su opinión al respecto, y las muchachas asintieron sonrientes de felicidad, a la vez que le hacían pequeñas señas para que se acercara a los pies de la cama. La niña soltó la mano sudorosa de Catalina Parr y se dirigió con pasos cautelosos hasta donde se encontraban las dos muchachas, siendo una de ellas quien sostenía al recién nacido en sus brazos, a quien intentaba calmar en su llanto infantil. Sin poder evitarlo, Jane temblaba de pies a cabeza: no recordaba haberse emocionado tanto desde el nacimiento de sus hermanas y, aunque el bebé de Catalina Parr no tuviera relación de sangre alguna con ella, sabría que lo querría como si fuese un pariente más para ella.

La partera que sostenía al bebé hizo una señal con el dedo a Jane para que se acercara, lo que la niña hizo con pasos tímidos, hasta que por fin pudo alzar la cabeza y distinguir el rostro del bebé entre el pequeño bulto de mantas en que estaba envuelto: tenía los ojos cerrados firmemente y lloraba agitando débilmente sus bracitos, tenía una fina capa de cabello rubio sobre su cabecita y reconoció perfectamente la recta nariz de Catalina Parr en el rostro del recién nacido. Sin apenas darse cuenta del proceso de entrega, Jane Grey se vio con el bebé en sus brazos, acunándolo con sumo cuidado mientras le susurraba palabras de cariño para que su llanto se detuviera: ya no tenía miedo de que pudiera caérsele ni nada parecido, ahora sentía que podría mecerlo en sus brazos durante toda la vida. La niña esbozó una sonrisa que provocó la risa de las criadas allí presentes y de la propia Catalina Parr.

- Bueno, Jane... - murmuró la esposa de Thomas Seymour desde su lecho. - Decidme, ¿se trata de Thomas... o de Mary...?

¿Thomas o Mary? Ésos eran los dos nombres que Catalina Parr había escogido para su futuro bebé, ahora era hora de ver cuál de los dos encajaba mejor en el recién nacido. Jane preguntó con la mirada a la partera más cercana, quien esbozó una sonrisa y, inclinándose hacia la niña, le susurró al oído las palabras mágicas, para asombro e ilusión de la pequeña.

- ¡Es una niña! - exclamó Jane llena de alegría, para entusiasmo también del resto de criadas. - ¡Es Mary! ¡Mary Seymour!

En el fondo, Jane agradecía que hubiera sido una niña: sabía que el recién nacido no tenía por qué parecerse a su padre, y menos teniendo una madre como Catalina Parr, pero realmente no le gustaba la idea de dos Thomas Seymour en la misma familia, apoyaba mejor la iniciativa frustrada de su tutora de llamarle Eduardo, como el rey de Inglaterra, como su mejor amigo. Pero, en cambio, allí se encontraba la pequeña Mary Seymour: rubia como su madre, con unos preciosos ojos verdes, ahora que la criatura los había abierto y podía contemplarlos... Era simplemente perfecta.

- Mary... - repitió Jane Grey, sosteniendo a la recién nacida en sus brazos, aquella situación le recordaba tanto a cuando su propia hermana Mary. Emocionada, la niña alzó la mirada hacia Catalina Parr. - Se parece a vos... Es preciosa, mi señora, se parece tanto a vos...

Jane Grey caminó de nuevo junto al lecho de Catalina Parr, sin separar la mirada embelesada de la recién nacida: sólo cuando la alzó hacia su tutora se dio cuenta de que algo no iba bien. La mujer se hallaba tendida en la cama, como se había quedado nada más dar a luz debido al agotamiento, en la misma postura en la que estaba cuando conversaba con sus criadas y preguntaba por el nombre de su bebé... Sólo que esta vez mantenía los ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos, y su cabeza parecía hundida en la almohada empapada por el sudor. Bajo los ojos comenzaban a vislumbrarse unas finas líneas de color azulado.

- Mi señora... - llamó Jane, aún con el corazón en un puño debido a la emoción del nacimiento de la pequeña Mary. - Mi señora, aquí tenéis a vuestra hija...

Pero Catalina Parr no contestó y para Jane el mundo quedó paralizado en el tiempo en ese mismo instante. Vio cómo las criadas empezaban a moverse rápidamente de un lado a otro, dando ligeras palmadas en el rostro de la señora de la casa, cómo pedían a gritos que acudiera un médico a la alcoba, cómo ella misma seguía llamando a su tutora aún con la pequeña Mary en los brazos. Una de las parteras tomó en brazos a la recién nacida Mary Seymour, quien aún lloraba y se la llevó a una habitación contigua, acción que Jane aprovechó para tomar la inanimada mano de Catalina Parr y zarandearla mientras la llamaba, desesperada por obtener una respuesta en medio de todo ese caos. Notó cómo alguien la cogía de la cintura por la fuerza, seguramente el ama de llaves, mientras ella pataleaba y gritaba que la soltara, algo que sólo hizo cuando la anciana la dejó en su habitación tras recorrer a zancadas los largos pasillos de la hacienda por los que se precipitaban criadas, médicos y demás personal de servicio.

Una vez en su habitación, Jane intentó salir de la misma, pero el ama de llaves fue más rápida y cerró la puerta tras de sí con llave, para impedir que la niña saliera. Ella giró el picaporte en todas las direcciones imaginables, dio golpes con los puños en la fuerte madera de la puerta y llamó a gritos a los criados, pero aún así nadie le contestó: lo único que pudo hacer fue sentarse junto a la puerta con la oreja y la palma de la mano pegadas a la misma, murmurando frenéticamente una oración porque todo saliera bien... Pero sus plegarias no fueron escuchadas.

Había anochecido ya cuando se abrió la puerta de su habitación, contra la que Jane se hallaba prácticamente dormida, y apareció Thomas Seymour, quien acababa de regresar de Londres de su audiencia con el rey.

Fue él quien le dijo que su esposa, Catalina Parr, había fallecido tras dar a luz a su única hija, Lady Mary Seymour.

Jane Grey había oído y leído muchas veces sobre tener el corazón roto, pero fue aquella vez cuando comprendió plenamente su significado: lo notó detenerse en el interior de su pecho y después sintió que quebraba poco a poco en mil astillas, y cada una de ellas se clavaba en ella causándole un punzante dolor que le hacía imposible respirar y mucho menos mantenerse en pie. La niña dio unos cuantos pasos confusos y se dejó caer en el sillón en el que su tutora solía hacerle las trenzas, donde permaneció largas horas sin reaccionar, sólo notando cómo gruesas lágrimas brotaban de sus ojos y cómo su corazón ni siquiera parecía encontrarse lo bastante entero como para poder sentir verdadero dolor... Ése vendría más tarde, concretamente en los funerales de la reina viuda.

La ceremonia funeraria se llevó a cabo dos días después del fallecimiento de Catalina Parr, en la capilla exterior del castillo Sudeley en la que ella tanto solía rezar. El lugar se encontraba decorada sobriamente con telares de color negro con motivo de tan aciaga celebración y todos los que acudieron vestían el mismo color, en señal de luto por la pérdida de la señora de la casa. Allí sobre un altar improvisado en medio del pasillo de bancos de roble y adornado con un candelero en cada una de sus esquinas, reposaba el cuerpo sin vida de Catalina Parr: tenía el cabello rubio colocado a ambos lados de su cabeza, las manos cruzadas sobre el pecho, vestía un largo camisón blanco y estaba descalza. Justo a su lado, con la mirada fija en el rostro aparentemente durmiente de su tutora, actuando como chief mourner vestida de riguroso luto, con el rostro y el cabello ocultos bajo un velo negro y portando una rosa blanca entre las manos, se hallaba la pequeña Jane Grey.

Contemplaba a su tutora, mientras Thomas Seymour recibía los pésames con su pequeña hija Mary en brazos, porque no podía creer que aquello estuviera pasando realmente: ella no podía haberse ido, no ahora... Era demasiado joven y acababa de dar a luz a una niña preciosa que necesitaba a su madre, y Jane no había conocido mejor madre que la difunta Catalina Parr. Lo lamentaba por ella, lo lamentaba por Mary y lo lamentaba también por ella misma: ahora que Isabel se había ido y su tutora había muerto no sabía qué iba a ser de ella. Acababa de depositar una rosa blanca, de las que tanto le gustaban a la reina viuda, sobre las frías e inertes manos de la difunta, cuando Jane Grey notó cómo una mano se apoyaba en su hombro y lo apretaba levemente en señal de apoyo. Aunque no le hacía falta darse la vuelta para adivinar de quién se trataba, cuando Jane Grey giró el rostro y vio los ojos grises enrojecidos de Eduardo de Inglaterra, quien vestía el traje negro que los reyes solían llevar en los funerales de Estado, no pudo sino echarse a llorar a la vez que tendía los brazos a su mejor amigo para que la abrazara.

- Jane... - sollozó el muchacho también, abrazando con fuerza a su mejor amiga: para él, Catalina Parr había sido la madre que nunca había podido conocer, a la que más le debía y a quien más agradecido estaba. Ahora que, al igual que su madre biológica y su padre, se había marchado al cielo, Eduardo sentía que cada vez le quedaba menos gente en la que poder apoyarse de verdad.

Por su parte, Jane no pudo sino aferrarse a su mejor amigo con las pocas fuerzas que le restaban y derramar las lágrimas, que no había conseguido detener desde el día en que su tutora falleciera, en el hombro del traje de Eduardo de Inglaterra. Permanecieron así largos minutos, sin que nadie les interrumpiera, sin que nadie llamara a uno u otro para ofrecerles el pésame: una vez más, sólo tenían el uno al otro en un mundo lleno de dolor y problemas.

Una vez pasada la ceremonia y el ataúd de Catalina Parr habiendo sido ya inhumado en la capilla del Castillo Sudeley, Jane sintió un escalofrío al buscar con la mirada entre la multitud de asistentes y no hallar ni a sus padres, ni a su hermana Kitty. Eduardo ya se había marchado, sus consejeros prácticamente se lo habían llevado en volandas porque debía estar de nuevo en Londres antes de amanecer, y la niña sintió que de nuevo se había quedado sola... Peor que sola. Girando el rostro hacia Thomas Seymour, quien sostenía a su hija recién nacida en brazos, Jane sintió ganas de gritar.

Sólo anhelaba una cosa en el mundo y era regresar a su hogar.


NdA: Bueno de ponernos a llorar por la muerte de Catalina Parr (pobrecilla, me ha dado una pena), vamos a explicar eso del ambiente en la corte durante el reinado de Eduardo Tudor. Adoro todo lo que he leído al respecto: música, artistas, bailes, teatro... Nada que ver con la revolución sexual que era la corte de Enrique VIII. Encuentro adorable el detalle de que Eduardo a veces participara en las representaciones que se hacían allí, si es que el chico era un amor.

¡Reencuentro de Júpiter y Henry Grey! XD Seguro que el pobre perro no debe guardar muy buen recuerdo del padre de Jane, pero lo más probable es que después de haber pasado tantos años junto a Eduardo ya ni se acuerde... Pero sí recuerda a Kitty, a la que me alegro un montón de haber podido escribir por ella misma (no mediante menciones ni cartas). Un detalle que quería señalar, que no tiene la menor importancia, pero que es un desmarque del canon que me he permitido: el título de duque de Suffolk no le fue concedido a Henry Grey hasta el año 1551 (recordemos que estamos en el 1548), pero no veía motivo para retrasar más el nombramiento, debido a que es lo que le corresponde (y necesito llamarle de otra forma que no sea Henry Grey, el padre de Jane, el padre de las hermanas Grey...).

Kitty tiene ocho añitos, ya cada vez va siendo más mayor y, al igual que su hermana, tiene mucho cariño por Eduardo, aunque le da algo más de corte hablar con él y ya se verá por qué...

Y otro desmarque del canon: Catalina Parr no murió inmediatamente después de dar a luz a Mary Seymour, sino que lo hizo unos seis días más tarde, el 5 de septiembre de 1548 debido a la fiebre post-parto (que también se llevó por delante a Jane Seymour), pero es que no se me ocurría qué hacer con Catalina Parr y Jane en esos seis días, así que he cambiado un poco la situación.

No he encontrado la definición en castellano de chief mourner, pero se refiere a la persona que preside un funeral, velando el cuerpo del difunto hasta el momento del entierro, así como recibiendo el pésame de los familiares y amigos. Suele ser una persona muy cercana al fallecido, la chief mourner de Jane Seymour fue María Tudor (como sale en la serie) y la de Catalina Parr fue Jane Grey (fact).

En fin, vemos que la pobre Jane no se ha quedado en muy buena situación, y aunque quedan algunos sustos aún por llegar, no hay mal que cien años dure.

Y creo que ya está, muchísima suerte y ánimo a los que estéis con exámenes, y gracias por leer =).