15 de Enero de 1549

El invierno inglés asolaba con sus vientos fríos, sus nieblas y sus nieves toda comarca que encontraba a su paso, y el castillo Sudeley no era una excepción. Todo el vasto jardín que rodeaba la magnífica edificación se hallaba cubierto por una blanca y resplandeciente nieve que no cesaba de caer, ya fuera día o noche. El sol parecía haber decidido ocultarse durante toda la estación tras sus amigas las grises nubes que poblaban el cielo de aquella zona de Inglaterra. Decididamente no era un día que nadie debiera pasar en el exterior de su casa, a no ser que buscara enfermar de pulmonía, por eso y por otras tantas razones, Jane Grey tenía que contentarse con observar aquel paisaje invernal desde una de las ventanas de su habitación.

Rodeando sus rodillas con los brazos, la mirada azul de la niña, que había cumplido los once años el pasado mes de Octubre, se perdía en el lejano horizonte del paisaje que se extendía a sus pies, mientras su rostro reflejaba un estado de una tristeza tan profunda que ni siquiera era capaz de mostrarla llorando o mediante la ausencia de su habitual sonrisa afectuosa. El invierno parecía no haber enterrado bajo sí sólo el verdor de los jardines del castillo Sudeley, sino también el corazón y las esperanzas de la joven Jane Grey.

Hacía cerca de cinco meses del fallecimiento de su tutora Catalina Parr y desde tal aciago acontecimiento nada había vuelto a ser igual.

A la muerte de su esposa, Thomas Seymour había despedido a varios de los criados cercanos a ella, afirmando que ya no los necesitaba, dejando únicamente a los pocos que eran de su entera confianza, así como una muchacha joven llamada Heather para que cuidara de la pequeña Mary y le diera el pecho cuando el bebé tuviera que ser alimentado. Tanto Heather como Jane habían sido trasladadas de sus respectivos aposentos, los que habían ocupado desde que el matrimonio Seymour-Parr se trasladara al castillo Sudeley, a las dependencias de Lady Mary Seymour, para que tanto una como otra cuidaran y estuvieran pendientes del bebé las veces que Lord Sudeley no pudiera hacerse cargo... Que eran la gran mayoría de las veces.

No era que a Jane le molestara cuidar de la pequeña Mary, muy al contrario: disfrutaba haciéndole pequeñas cosquillas, así como jugando a ocultarse tras un pequeño pañuelo para luego asomar el rostro, sorprendiendo a la pequeña, que rompía entonces en carcajadas infantiles. Lo que le molestaba era el renovado poder que Thomas Seymour ejercía sobre ella: ya ni siquiera la trataba como a una pupila, sino como a una criada más que cuidara de su hija recién nacida. Le asustaba pensar que su tutor podía jugar con su destino como un niño juega con su marioneta de madera.

Por todo aquello y por otras muchas razones que traían consigo el hecho de que Thomas Seymour fuera el amo y señor de la casa, la pequeña Jane Grey no podía evitar sentirse como la princesa del cuento que vive atrapada en un castillo de cristal en medio de un invierno eterno. Anhelaba tanto regresar a su casa, más que cualquier otra cosa en el mundo, y lo lamentaba por la pequeña Mary Seymour, después de todo no había sido culpa suya ir a nacer en un hogar tan poco acogedor, pero estaba segura de Eduardo podría hacer algo por ella. Había esperado largos días con sus noches junto a la ventana, esperando ver aparecer a alguien de su familia que viniera a reclamarla... Pero eso no había ocurrido y, pasados cinco meses, la primogénita de los Grey había comenzado a perder la esperanza.

Su hermana Kitty ya no le escribía cartas, ni Eduardo iba a visitarla... Sentía como si el mundo entero se hubiera olvidado de ella. ¿Y si no se trataba de eso? ¿Y si había ocurrido algo terrible y por ello ni Kitty había podido escribirle, ni Eduardo ir a visitarla? Jane Grey enterró su rostro en el hueco que había entre sus rodillas y su pecho, y tomó aire a la vez que trataba de no echarse a llorar: no lograba nada imaginando motivos horribles por los que no le hicieran caso, pero tampoco lo hacía pensando que iba a permanecer bajo la tutela de Thomas Seymour durante toda su vida.

- ¿En qué pensáis, Lady Jane? - quiso saber la joven Heather, quien sostenía en sus brazos a Mary Seymour, que se hallaba profundamente dormida. La mencionada alzó el rostro hacia la que durante esos meses había sido prácticamente su única compañía y se tomó un tiempo para poder responder sin que se le quebrara la voz.

- Me siento olvidada... - admitió Jane Grey, abrazando sus rodillas con más fuerzas. - Es como si a nadie le importara que yo esté aquí, como si a nadie le importara no tener noticias mías durante tantísimo tiempo... Lady Heather, ¿créeis que voy a permanecer en Sudeley para siempre?

Lady Heather, que tenía largos cabellos color castaño claro y unos vivaces ojos azules, bajó la mirada hacia la pequeña Mary Seymour, guardando un incómodo silencio ante la pregunta de la pupila de Thomas Seymour. No quería hablar con sinceridad, no creía que ayudara a la pequeña, pero si no, ¿qué otra cosa podría decirle? No habían recibido nuevas algunas ni de palacio ni de los padres de ella, parecía que todos habían dado por sentado demasiado pronto que Thomas Seymour iba a continuar ejerciendo el papel de tutor de forma indefinida, siendo Jane Grey, a su pesar, totalmente dependiente de él y de sus decisiones.

Al ver que no obtenía respuesta, Jane Grey dejó escapar un lastimero suspiro y giró el rostro hacia la ventana, contemplando cómo los pequeños copos de nieve seguían cayendo al otro lado del cristal.

- Menos mal que os tengo a vos, Lady Heather... - volvió a hablar la niña, perdida en sus propios pensamientos. - Si no fuera por vos, estaría totalmente sola...

- No digáis eso, Lady Jane, no estáis sola – contestó entonces la muchacha, que aún sostenía al bebé en brazos, acunándolo para que se encontrara cómodo. - Seguís contando con el apoyo de vuestro tutor, Lord Thomas Seymour...

- No, Heather, tanto vos como yo conocemos muy bien la razón por la que Isabel Tudor tuvo que marcharse de este mismo castillo la pasada primavera – espetó Jane Grey, volviéndose hacia Lady Heather, sin poder contener sus palabras por más tiempo. No quería hablarle de ese modo, pero no comprendía cómo la joven no entendía que, pasara lo que pasara, nunca confiaría en Thomas Seymour. Durante aquellos meses que llevaba viviendo bajo su única tutela no se había molestado en dirigirle la palabra ni una sola vez, únicamente para insultarla o para echarle en cara lo mucho que estaba haciendo por ella al mantenerla bajo su mismo techo. - Aunque fuera la última persona en la faz de la Tierra, juro por lo más sagrado que nunca confiaría en Thomas Seymour.

Lady Heather se persignó inmediatamente al oír el juramento de la niña, aunque en el fondo sabía que no le faltaba razón: Thomas Seymour no era un buen tutor para Jane Grey, no se comportaba como tal en absoluto. Compartían todas las comidas del día sentados frente a frente en la misma mesa, los dos guardando un incómodo silencio que sólo se rompía cuando Lord Sudeley reprochaba a su pupila su falta de modales y de educación, y cuando se preguntaba en voz alta por qué razón aún no la había enviado a aquel convento perdido en las montañas y totalmente alejado de la mano de Dios que tan a menudo mentaba últimamente. La niña no hacía sino guardar silencio con la vista fija en el plato que tenía delante, intentando que las palabras de aquel hombre le afectaran lo menos posible, y aún así las pocas veces que Jane Grey le contestaba, la respuesta del señor del castillo no se hacía esperar: o bien hacía que retiraran el plato de la niña y la enviaba a la cama sin cenar, o bien hacía esto mismo después de levantarse de su asiento y soltarle dos bofetadas en las mejillas.

Ese hombre era un salvaje que, decididamente, no estaba hecho para estar en compañía de niños. Lady Heather sólo podía rezar porque cambiara mientras Mary Seymour crecía, porque de lo contrario sería una criatura tan desdichada como lo estaba siendo Jane Grey en aquellos momentos.

Podían haber pasado bastantes horas más en silencio, al menos hasta la hora de comer, pero ese silencio se vio interrumpido por unos leves golpes en la puerta de la habitación, que llamaron la atención de Heather y Jane, y también de la pequeña Mary, que despertó de su pacífico sueño y comenzó a llorar sonoramente. Mientras Lady Heather volvía a arropar a la niña, susurrándole palabras de cariño para que se sintiera segura, Jane Grey dio permiso para que quien estuviera al otro lado de la puerta pudiera acceder a la habitación, preparándose por si se enfrentaba de nuevo a su tutor.

Pero no era Thomas Seymour quien se encontraba al otro lado de la puerta, sino Mark Hall, uno de los criados de la hacienda, quien solía realizar los encargos personales del señor de la misma. Era un chico alto, quizás demasiado para su edad, de aspecto fornido y rebeldes cabellos dorados. Jane pensaba que no hacía falta ser un adivino para advertir que Lady Heather suspiraba de amor por él cada vez que lo veía, y esa vez no era una excepción.

- Mark... - se sorprendió Heather, a la vez que sus mejillas se iban poniendo más y más enrojecidas. - ¿Qué os trae por aquí? ¿Desea el señor que bajemos ya a comer?

El mencionado mozo se aclaró levemente la garganta, sin separar los ojos de la doncella Heather, y habló, con inusitada confianza en sí mismo, característica de quien se siente orgulloso de servir a su señor y llevar a cabo todas sus órdenes.

- Lord Seymour ha ordenado el traslado de todos los criados y trabajadores de la hacienda, así como de su única hija, Lady Mary, a la otra finca de su propiedad...

Conteniendo un suspiro de fastidio al escuchar las estrambóticas ocurrencias de Lord Seymour, como eran pedir que un séquito entero de sirvientes - junto a un bebé de apenas seis meses de edad - atravesaran una distancia considerable bajo la nieve y el frío de aquella comarca, Jane Grey se incorporó, alisándose con cuidado la falda de su vestido y dispuesta a pedir que le trajeran algo de más abrigo, cuando el muchacho alzó la mano, llamando la atención de la niña.

- Vos no, lady Jane – siguió diciendo Mark. - El señor ha dado instrucciones específicas del traslado e insiste en que vuestra Gracia se trasladará junto a él dentro de pocos días, cuando los criados nos hayamos acomodado e instalado totalmente en la nueva hacienda.

El aire que contenía sin saberlo en sus pulmones escapó en un pequeño suspiro, y el corazón de la niña se encogió sobre sí dentro de su pecho, simplemente no podía creer lo que oía: ¿todos los criados se marchaban... y ella se quedaba a solas en el castillo con Thomas Seymour? No, antes que eso se veía capaz de hacer cualquier cosa. Jane tragó saliva y se giró, dando la espalda a Mark y Heather, intentando contener sus emociones: se había hartado de que siempre la vieran triste o incluso llorando. Aún era muy joven, pero aún así era más fuerte de lo que había sido años atrás: no iba a dejar que Lord Seymour la intimidara, tarde o temprano todo saldría bien, alguien acabaría acordándose de ella... O al menos eso deseaba fervientemente desde la muerte de Catalina Parr.

La muchacha tragó saliva y procuró mantener la calma, antes de volverse hacia Mark y hacerle un leve gesto de aprobación con la cabeza para que viera que lo había entendido y que acataba la decisión de su tutor, aunque no fuera cierto en absoluto.

- Si es cierto que os vais a marchar todos de un momento a otro – habló Jane Grey. - Me gustaría despedirme de la pequeña Mary...

- Jane, habláis como si no fuérais a volver a verla – murmuró una sorprendida Heather, mientras acunaba en sus brazos a Mary Seymour, quien se encontraba despierta, pero no inquieta como lo había estado anteriormente. - Dentro de unos pocos días volveremos a estar todos juntos en la nueva hacienda de nuestro señor...

Jane no era de la misma opinión: estaba demasiado desesperada por la situación y desde luego no estaba dispuesta a quedarse mucho tiempo más en la hacienda de Sudeley a solas con Thomas Seymour. Huiría a la primera oportunidad, si era preciso aquella misma noche. No le importaban ni el frío invernal ni la nieve que cubría los caminos conocidos, poco le importaba también caer enferma o no vagar sin descanso hasta que no pudiera más: estaba decidida a abandonar aquel lugar, aún sin saber a ciencia cierta a dónde acudiría.

- Por favor, es mi único deseo antes de que todos partáis – pidió una vez más la pequeña muchacha.

Heather intercambió una pequeña mirada con Mark, quien se encogió brevemente de hombros como dando a entender que no veía inconveniente alguno en la petición de la niña. Así pues, la dama de compañía dejó con cuidado a la pequeña Mary Seymour en el regazo de Jane Grey, quien se acunó con igual afecto a la hija de Catalina Parr, al igual que había hecho el primer día que la pequeña vio la luz del día. Una vez que Heather y Mark se hubieron retirado para ayudar al resto de los criados en los preparativos de la inmediata mudanza, Jane tomó asiento junto a la ventana aún con sus cinco sentidos centrados en la bebé, quien la observaba con ojos curiosos a la vez intentaba alcanzar el rostro de la primogénita de los Grey, alargando sus pequeñas manitas en el aire.

- Sé fuerte, Mary... - susurró Jane Grey a la pequeña Mary Seymour, mientras sentía cómo sus ojos se empezaban a irritar un poco: compadecía a la bebé por tener semejante hombre como padre y por el hecho de que nunca hubiera llegado a conocer a su madre, Catalina Parr, a cuyo lado hubiera sido tan, tan feliz, de aquello estaba segura. - Sois joven y tenéis toda la vida por delante... Viviréis para ver el fin de todas las desgracias e injusticias de la época en la que habéis nacido. Veréis el amanecer más hermoso que Inglaterra haya contemplado jamás... Y yo te bendigo con estos buenos deseos, dulce Mary Seymour...

Dicho esto, se inclinó un poco hacia delante y besó largamente la frente de la pequeña, a la vez que ésta tomaba finalmente uno de los dedos de la mano derecha de Jane. Tras besarla, la niña apoyó con sumo cuidado su frente en la de la pequeña, durante sólo unos momentos pero los suficientes como para que ella misma recuperara la compostura y pudiera verse capaz de sonréir, a pesar del giro que habían dado los acontecimientos. Pudieron haber pasado segundos, minutos e incluso horas, que Jane Grey no se dio cuenta del paso inexorable del tiempo: permaneció con la pequeña Mary Seymour dormitando pacíficamente en su regazo mientras ella contemplaba el paisaje invernal y cómo los criados terminaban de preparar sus efectos personales en los carruajes que Thomas Seymour había dispuesto para que abandonaran la vivienda aquella misma tarde. Fue entonces cuando llamaron a la puerta de la alcoba y, apenas Jane había girado el rostro hacia la misma para dar permiso para entrar, cuando ésta se abrió dejando paso a la última persona a la que Jane hubiera querido ver en aquel día, pero lamentablemente a la que tendría que ver, quisiera o no.

- Buenas tardes, Lady Jane... - habló Thomas Seymour, dando un pequeño paseo por la estancia. - No he podido dejar de notarvuestra ausencia a la hora de comer, ¿acaso no teníais apetito, milady?

Jane Grey miró al hombre con una expresión fría en su mirada azul: conocía lo bastante bien a Thomas Seymour como para asegurar que en sus palabras no había verdadera preocupación, sino algún otro propósito cuya naturaleza sólo conocía el propio Seymour.

- Mi Lord... - comenzó a decir Jane, aunque odiaba llamarle con esa consideración. - Debido a vuestra repentina decisión de todos los criados, así como vuestra pequeña hija, abandonen la hacienda ha despertado en mí el deseo de poder despedirme como es debido de Lady Mary.

Thomas Seymour esbozó una sonrisa socarrona, como si no pudiera entender cómo Jane Grey pretendía despedirse de su hija, quien era únicamente un bebé que ni siquiera había comenzado a hablar todavía. Jane ignoró este gesto y volvió nuevamente el rostro hacia la pequeña Mary, quien continuaba dormida en su regazo.

- Mi decisión no es absoluto precipitada, mi Lady Jane... - dijo Thomas Seymour, haciendo que la susodicha frunciera el ceño: únicamente Eduardo la llamaba "mi lady Jane". Era un apelativo de cariño que usaba desde que eran niños y no le gustaba nada oírlo en labios de un hombre como Thomas Seymour. - Desde el inesperado fallecimiento de mi querida esposa hace ya cinco meses, he estado estudiando la posibilidad de volver a contraer matrimonio y me temo que para ello el traslado a una nueva hacienda es más que recomendable.

Jane Grey giró aún más el rostro hacia el cristal de la ventana, fingiendo prestar atención a los esfuerzos de los jóvenes criados por terminar de cargar los baúles en los techos de los carruajes que permanecían apostados en la entrada a la hacienda Sudeley.

- Hubiera esperado que preguntárais si tengo ya alguna dama en mente – continuó hablando Thomas Seymour, al ver que Jane Grey le ignoraba. - Hubiera sido lo más educado, sin duda alguna, pero bueno, no veo que no puedo esperar mucho más de la insolencia natural de los Grey y aún así, me encuentro bastante inclinado a elegir a una dama perteneciente a dicha familia...

Aquella vez Jane Grey sí que no pudo ignorar, girando de inmediato el rostro hacia el señor de la hacienda: ¿que quería casarse con una dama de la familia Grey? La primogénita de dicha familia no pudo evitar sino sentirse profundamente confundida, no recordaba que alguno de sus padres tuviera hermanas aún en disposición de contraer matrimonio y, sin duda alguna, no podía estar refiriéndose a Kitty o a Mary, que aún eran sólo unas niñas... Un escalofrío recorrió el cuerpo de Jane al darse cuenta de lo que aquel hombre estaba intentando decir: aún después del desagradable incidente ocurrido con Isabel, Thomas Seymour había intentado persuadirla de que se casara con él, proposición que la joven Tudor había evitado a toda costa, prohibiendo que le entregaran cartas del Lord Sudeley. Jane sabía muy bien que Thomas Seymour en absoluto amaba a Isabel, sino que la veía como una mera escalera a una mejor posición social, como mucho se temía también había sido la difunta Catalina Parr. Pero ella... No, por el amor de Dios, no se podía estar refiriendo a ella.

- Señor – comenzó a hablar con cautela la joven Jane Grey. - Creo que os hayáis confundido, en mi familia no hay mujeres casaderas, todas mis tías tienen ya un marido... - Thomas Seymour sostuvo la mirada de Jane, quien decidió aventurarse en una conjetura sobre la que no estaba muy segura. - Y, a decir verdad, mis padres ya han apalabrado mi futuro compromiso matrimonial cuando alcance la edad legal... Mucho me temo, Lord Seymour, que vais a tener que buscar una esposa en la casa de los Howard o quizás en la de los Ashley...

- Por favor, Jane, os creía más inteligente – rió Thomas Seymour, apoyándose levemente en el respaldo de una silla cercana. - Eduardo de Inglaterra jamás se casaría con alguien como vos, pudiendo escoger a cualquier princesa de Europa para así fortalecer el Imperio Británico que le legó su padre y predecesor... Únicamente firmé aquel contrato con vuestros padres porque sabía que era exactamente lo que ellos querían para vos, pero me cercioré de que, llegado el momento, el documento careciera por completo de validez legal...

Jane Grey no pudo evitar quedarse boquiabierta mientras recibía toda aquella información que desconocía totalmente: ¿cómo? ¿que sus padres y Thomas Seymour habían concretado que, en un futuro cada vez más cercano, ella se casara... con Eduardo? El rubor acudió a sus mejillas de inmediato y bajó la mirada de nuevo hacia la pequeña Mary Seymour, quien seguía dormía. Aquello no podía ser en absoluto cierto, conocía la ambición de sus padres, pero casarse con Eduardo... La niña negó para sí misma con la cabeza, como si Thomas Seymour no se hallara en la misma alcoba, se encontraba totalmente abordada por los acontecimientos. Eduardo era su mejor amigo, no podía casarse con él... Eso sería muy raro.

- En cualquier caso, eso os deja libre de poder ser reclamada por cualquier otro pretendiente... - continuó hablando el señor de la casa.

Gracias al cielo se oyeron unos nuevos y pequeños toques en la puerta, y tanto Thomas Seymour como Jane Grey se volvieron hacia la misma para encontrarse con la joven Heather, quien ya parecía hallarse dispuesta para salir.

- Mi Lord, ya está todo listo – dijo Heather, muy contenta de estar cumpliendo con sus obligaciones. - A los criados nos gustaría despedirnos de vos por el momento en la entrada de la hacienda... Y, lady Jane, debo llevarme ya a la niña...

Jane agachó de nuevo la mirada hacia el bebé durmiente, contemplándola con ansiedad: odiaba que tuviera que crecer con un padre tan horrible, sólo esperaba que supiera encontrar su propio refugio en el mundo, como ella lo había encontrado en su amigo Eduardo.

- No os rindáis nunca... - susurró la niña al bebé antes de besarla nuevamente en la frente y entregársela con pesar a Heather, quien se la llevó de la habitación, no sin antes recordar a Thomas Seymour que los criados le esperaban para que les deseara buena suerte en aquel duro viaje.

- Será un placer para mí – contestó el viudo de Catalina Parr a la dama, antes de volverse hacia Jane Grey. - Voy a despedir a los criados y después continuaremos con nuestra conversación...

Dicho esto, abandonó la habitación cerrando la puerta con llave tras de sí. Si Heather había entendido la mirada suplicante de Jane Grey para que no se marchara, no lo demostró en absoluto y poco después los pasos que le indicaban que los dos adultos abandonaban aquella parte de la hacienda le hizo comprender que no iba a retroceder sobre sus pasos para ayudarla. Una vez que se hubo cerciorado por completo de que se habían marchado, Jane Grey se precipitó hacia la puerta de la habitación y tiró del picaporte con todas sus fuerzas, lo giró en todas direcciones, probó incluso a golpear la puerta con los puños por si algún criado rezagado podía oírla, pero todo fue en vano: lo único que consiguió fue hacerse daño en los puños.

La muchacha giró sobre sí misma, apoyando la espalda contra la puerta, intentando pensar frenéticamente en un plan que no acudía a su mente. Fijó su mirada azul en una silla cercana, en la que se había apoyado momentos antes Thomas Seymour, y se apresuró a tomarla del respaldo y apoyarla fijamente contra la puerta, bajo el picaporte de la misma, con el fin de intentar atrancar la entrada a la misma. Pero sabía que únicamente se trataba de una solución temporal: tenía que escapar de allí antes de que las verjas de la hacienda se cerraran tras la salida de los criados. Jane Grey se giró hacia la ventana acristalada de su habitación y se dirigió hacia ella con paso firme, estudiando con cuidado a qué distancia se encontraba ésta del lecho de nieve que cubría las parcelas de la finca. Había una altura considerable, lo suficiente como para que un salto o una caída resultara en un hueso roto o si no en algo peor... Pero no tenía otra alternativa.

La niña apagó con un soplido las velas que iluminaban la estancia, con el fin de hacer creer a Thomas Seymour que se había ido a dormir y conseguir engañarle durante algo más de tiempo, y se dirigió nuevamente hacia la ventana, la cual comenzó a abrir accionando una pequeña asa y empujando a su vez con la mano que le quedaba libre. El frío invernal le azotó en la cara tan pronto como consiguió abrirla por completo y Jane creyó por unos instantes que se había quedado sin respiración. Pero la inclemencia del tiempo no era lo único que había descubierto al abrir la ventana, sino que también se había percatado de que había una pequeña celosía en la que habían enredadas unas plantas que no había sobrevivido al invierno, y que seguramente ella podría utilizar hasta llegar a tierra firme.

Sin pensarlo dos veces, porque sabía que el miedo a caer la paralizaría si estudiaba la situación más detenidamente, Jane Grey se subió al alfeízar y se inclinó hasta quedar sentada en él con las dos piernas hacia fuera. Giró el rostro hacia la derecha y comenzó a alargar el brazo hacia la celosía, ignorando todo lo que podía el azote del gélido viento invernal que provocaba que sus cabellos dorados se alborotaran en su danza con el viento, impidiéndole ver con claridad. Pasados unos instantes que le parecieron eternos, Jane consiguió agarrar la celosía y, tras comprobar que era firme, se impulsó hacia ella, cayendo del alféizar y quedándose completamente a merced de la resistencia de la celosía, a la que permanecía firmemente agarrada con ambas manos y los ojos firmemente cerrados.

Dejó pasar unos momentos antes de comenzar a bajar con cuidado por aquella celosía: aún no podía creer lo que estaba haciendo, pero también se alegraba de que su plan estuviera saliendo bien, al menos en un principio. Se hallaba muy cerca del suelo cuando Jane notó un fuerte crujido en la estructura, que parecía haber cedido un poco bajo el peso de la pequeña. Temiendo que la celosía cayera, provocando un ruido que muy seguramente alertaría a Thomas Seymour, Jane se soltó y se dejó caer los pocos metros que la separaban del suelo, yendo a caer entre unos matorrales que bordeaban cuidadosamente el castillo. Le llevó unos instantes poder incorporarse: el corazón le latía a toda velocidad en el interior de su pecho y, aunque no había sido una gran caída, sí había sido lo suficientemente importante como para que la niña se hubiera hecho daño en las piernas al caer. Levántandose con cuidado la falda de su vestido, Jane frotó con cuidado uno de sus tobillos que había comenzado a hincharse.

La niña contuvo una maldición y miró a su alrededor, mientras procuraba darse calor frotándose los brazos con las manos: era una noche horrible, nevaba y el viento arrastraba consigo un frío que llegaba hasta los mismísimos huesos. Y ella estaba fuera del castillo Sudeley, sin saber a dónde dirigirse ni qué hacer a continuación. Había desistido en su idea de intentar escapar a pie, no llegaría muy lejos con aquel tiempo... Entonces recordó que no muy lejos de donde ella debía encontrarse había un pequeño ventanuco que daba a una de las bodegas del castillo. La hacienda Sudeley era un lugar enorme para únicamente dos personas, seguro que Thomas Seymour no lograba encontrarla si se aventuraba a entrar de nuevo en el castillo. Realmente no tenía muchas opciones: era entrar de nuevo por las bodegas o morirse de frío entre aquellos matorrales. Al menos tendría un lugar seguro donde pasar la noche, esperando que el tiempo mejorara por la mañana.

Con mucho cuidado de no lastimarse más, Jane Grey comenzó a deslizarse con los ojos entreabiertos debido al viento hacia la pequeña ventana que daba a una de las bodegas, que estaba protegida por unas rejas poco cuidadas, lo que hacía que estuvieran llenas de óxido y que, tras unos breves tirones y esfuerzos por parte de la muchacha, acabaran cediendo, dejando vía libre hacia el interior de la bodega. La niña pasó primero sus piernas por la ventana y luego impulsó el resto de su cuerpo hacia el interior del castillo, pero no aterrizó sobre el suelo que esperaba, ni siquiera sobre cajas con comida almacenada, sino sobre agua... O más bien, bajo agua.

Jane Grey sacó la cabeza rubia y empapada por encima de la superficie de agua sucia que había inundado aquella bodega, seguramente las lluvias torrenciales de hacía un par de semanas. Totalmente asqueada por las condiciones de la misma, dando bocanadas de aire, intentó impulsarse hacia unos barriles cercanos en los que se almacenaba el vino. Estos barriles estaban colocados formando una especie de pirámide y eran lo bastante pesados como para ser lo único en aquella estancia con olor a podrido que no estaba flotando a merced del agua. Jane contuvo un sollozo al ver que el agua amenazaba con cubrirla de nuevo cuando ya alargaba los brazos hacia el tonel más cercano: en esos momentos deseaba más que nunca que sus padres hubieran accedido a llevarla a enseñarla a nadar al lago cuando vivía con ellos. Era su situación tan desesperada que incluso se encontraba añorando aquellos días.

Pero, para fortuna de la primogénita de los Grey, consiguió asirse finalmente a uno de los barriles e impulsarse con fuerza hacia él hasta lograr trepar penosamente por el lateral del mismo. Estaba totalmente empapada, sus cabellos permanecían pegados a su rostro y su cabeza, y su vestido calado no hacía sino dificultar su empeño por subir a la cima de aquella pirámide y ponerse a salvo. Pero finalmente lo logró, Jane Grey llegó hasta el último de los barriles y comprobó que había espacio más que suficiente para que se pudiera tumbar allí y ocultarse, por lo menos hasta el amanecer. Sólo le quedaba rezar para que hubiera dejado de nevar cuando llegara el nuevo día. Arrastrándose sobre dos barriles, se acurrucó entre los mismos y cerró los ojos tratando de dormir con todas sus fuerzas: había sido una locura, todo lo que había hecho para escapar del castillo y luego volver a entrar en él era algo que nunca hubiera esperado hacer, pero lo único que la niña tenía claro en esos momentos era que prefería cualquier destino antes del que Thomas Seymour tenía planeado para ella.

Ignoraba entonces que, dentro de escasas horas, iba a lograr escapar de ese lugar.


No sabía con certeza cuánto tiempo había permanecido acurrucada sobre sí misma, encogida en su empapado vestido, teñido de agua empantanada y barro, tratando de conciliar un sueño que no acudía a ella. Se había limitado a mantener la mirada perdida en algún lugar de la oscuridad que la rodeaba y a cerrar los ojos de vez en cuando para dejar descansar a su mente, pero no lo acababa de conseguir: ¿se habría percatado ya Thomas Seymour de que no se encontraba en su habitación? ¿Sabría siquiera que había llegado a salir del castillo Sudeley? La niña se pasó la mano con cuidado por el tobillo, que seguía hinchado, y dejó escapar un suspiro de cansancio: ahora que las horas habían pasado y el impulso que la había llevado a cometer aquel atrevimiento de escapar se difuminaba por momentos en medio de su miedo. No podía caminar con ese tobillo en ese estado, ni tampoco si el tiempo no amainaba...

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido inequívoco que provoca una vieja cerradura al ser accionada y la luz entró de lleno en la estancia. Jane reprimió un grito ahogado y se acurrucó más contra la pared: no había duda de la identidad de la persona que había entrado en la bodega, ya que la única persona que no se había marchado tampoco a la otra hacienda era precisamente Thomas Seymour. Éste, por su parte, candelabro en mano estudió el lugar: hacía semanas que aquel lugar se había inundado por culpas de las lluvias torrenciales del invierno inglés, sabía que era poco probable que Jane Grey se encontrara allí, pero ya la había buscado prácticamente por todo el castillo. Se disponía a abandonar la estancia cuando se percató de que las rejas que daban al exterior estaban abiertas de par en par hacia adentro, además había restos de nieve que caían en el interior de la bodega.

No sabía cómo lo había logrado, pero ya no le quedaba ninguna duda de que Jane Grey se hallaba escondida en ese lugar. La insolencia de los Grey, pensó para sí mismo Thomas Seymour, realmente era algo que se llevaba en la sangre, después de todo. Por su parte, la niña se hallaba conteniendo la respiración y con el oído agudizado, intentando obtener toda la información sobre los movimientos de Thomas Seymour sin tener que moverse para verle. Ni siquiera sabía el tiempo que había pasado, pero el tobillo de la niña se deslizó un poco sobre la superficie áspera del barril, haciendo que Jane dejara escapar un pequeño gritito, no muy audible pero sí lo suficientemente fuerte como para romper la quietud del lugar y descubrir su escondite a Thomas Seymour.

Oyó a alguien meterse en el agua de inmediato, ella misma se incorporó todo lo deprisa que pudo, pero fue apoyar una de sus manos en el aire y terminó cayendo de nuevo al agua empantanada que había permanecido en la vieja bodega, donde Thomas Seymour no tardó apenas en ponerle las manos encima.

- ¡Aquí os encontrábais! - exclamó el hombre, sacudiendo a Jane Grey por los hombros, mientras ésta, aún aturdida y asustada, se aferraba a las muñecas de su tutor. - Debí imaginarlo, después de todo es el lugar predilecto de las ratas...

- ¡Por favor! - logró decir la muchacha entre zarandeo y zarandeo, sujetándose lo más que podía a Thomas Seymour. - ¡No me suelte, no sé nadar!

En el momento siguiente a expresar sus miedos, Jane Grey no estuvo segura de que hubiera sido una buena idea darle esa información a aquel hombre, pero con cada zarandeo que éste le hacía, la niña se sumergía un poco más en aquel cenagal inmundo y su miedo se incrementaba varios latidos de su corazón por segundo. El hombre pareció estudiar las palabras de su pupila, como debatiéndose entre lo que debía hacer, y, finalmente, aún sujetando con fuerza a Jane por los hombros, se volvió hacia la entrada y sacó a la niña prácticamente a rastras de allí.

Al verse de nuevo sobre suelo firme, aunque totalmente empapada y sucia, Jane Grey se apresuró a ponerse en pie para echar a correr de nuevo, ya ni siquiera sin saber a dónde, pero olvidó su tobillo dañado y apenas hubo dado un par de zancadas cuando se desplomó en el suelo empedrado de los sótanos del castillo Sudeley, conteniendo una mueca de dolor. A todo esto, Thomas Seymour se limitaba a observar a la niña, que trataba de ponerse en pie, y la bodega de la que acababa de sacarla. Tras unos instantes de silencio, el hombre esbozó una media sonrisa:

- Tendréis la insolencia de vuestra familia, pero he de admitir que tenéis coraje... - dijo finalmente, caminando hacia donde Jane seguía tratando de ponerse en pie. - Sin embargo, lo que habéis hecho es una descortesía enorme para conmigo y cómo he cuidado de vos mientras ejercía vuestra tutela... Si mi pobre esposa viera lo desconsiderada que estáis siendo conmigo en estos momentos, no sé lo que pensaría ella...

Jane Grey reprimió un sollozo al recordar a Catalina Parr y giró el rostro hacia el hombre que tenía la desgracia de tener por tutor: ya no creía únicamente que fuera malvado y ambicioso, sino que comenzaba a pensar que en algún momento desde la muerte de la viuda de Enrique VIII, Thomas Seymour había perdido un poco las riendas de su vida. Pero todo eso no justificaba en absoluto lo que había hecho con Isabel y lo mal que la había tratado a ella siempre que había podido, tanto en vida como en muerte de Catalina Parr. No sabía lo que Thomas Seymour pensaba hacer con ella, aunque se encontraba tan desesperada que ya no le temía a nada, ni siquiera a él. Quizás fue por eso que se incorporó todo lo que pudo y escupió con desprecio a los pies de su tutor: sentía náuseas al tener cerca a aquel hombre y más aún cuando recordaba que había insinuado hacía unas horas en sus aposentos que no descartaba la posibilidad de casarse con ella.

La reacción no se hizo esperar, Thomas Seymour asió con fuerza a la niña por uno de sus brazos y tiró de ella hasta ponerla en pie, a pesar de los quejidos de ella por su tobillo torcido, y comenzó a caminar a grandes zancadas por la galería, llevando a la niña, que apenas podía seguir su ritmo, tras de sí. Atravesaron todo el pasillo de las bodegas hasta llegar a las escaleras que llevaban a las cocinas, accediendo así a la planta baja de la vivienda. Fue entonces cuando Jane Grey pudo ver que Thomas Seymour hervía de ira: tenía el rostro totalmente encendido de furia y no recordaba haberle visto nunca con los dientes tan juntos.

- Vos... - dijo con voz arrastrada, señalándola con el dedo de forma acusadora. - No sois más que una mocosa despreciable, ahora veo por qué vuestros padres no podían esperar a deshacerse de vos... Ahora veo por qué el rey de Inglaterra no se digna a venir por estos lares desde la muerte de mi esposa...

Jane agachó la mirada y apretó los párpados con fuerza, conteniendo una expresión de dolor: sabía que Thomas Seymour únicamente trataba de provocarla, pero era cierto que no sabía nada de sus padres desde que la viuda de Enrique VIII la acogió como pupila, y también era cierto que, en esos cinco meses que habían pasado desde la muerte de Catalina Parr, Eduardo no había aparecido por el castillo Sudeley. Sabía que le había dicho una vez que si volvían a pasar mucho tiempo sin verse no era porque no quisiera ser amigo suyo por más tiempo, sino porque había algo en Londres que se lo impedía... Y, a pesar de esa advertencia, la joven Jane Grey no podía evitar sentir que todos a los que una vez había amado, incluyendo a sus padres, incluyendo a sus hermanas, incluyendo a Eduardo... Todos ellos habían terminado por olvidarla y abandonarla a merced de aquel salvaje que tenía por tutor.

El hombre volvió a agarrarla de uno de sus brazos y la sacó por la fuerza de la cocina, dirigiéndola hacia la entrada de la casa, mencionando una vez más su promesa de llevarla a un convento de donde nunca nadie más volviera a saber de ella. Lo que siempre había sido una amenaza para ella, ahora se convertía en una salida hasta agradable: estaría lejos de sus seres queridos, pero ya lo estaba en esos momentos, y por lo menos así no tendría que aguantar al animal de su tutor.

- ¿Acaso estáis escuchando lo que os digo? - espetó Seymour a la niña, cuando se hallaban ya en el vestíbulo, volviéndola a zarandear por los hombros. - Me voy a encargar personalmente de que jamás en vuestra miserable vida volváis a tener el más mínimo...

Pero no supo con qué quería amenazarla Thomas Seymour, ya sus gritos se vieron interrumpidos por unos sonoros golpes en la puerta principal del castillo Sudeley. Tanto tutor como pupila se volvieron de inmediato hacia la puerta, sorprendidos de que, al parecer, hubiera alguien llamando a esas horas de la madrugada con un tiempo tan sumamente frío en el exterior.

- ¡Auxilio! - gritó Jane con toda la fuerza de sus pulmones sin pensarlo dos veces.

Aquella llamada de socorro se vio respondida por una fuerte bofetada por parte de Thomas Seymour, a la vez que apretaba su mano en torno al brazo de la niña, quien no pudo contenerse más y comenzó a llorar. Un nuevo y fuerte golpe se oyó en la puerta de entrada, y Thomas Seymour retrocedió un par de pasos de forma instintiva, llevando a la niña consigo. La tensión se respiraba en el ambiente, y fue por eso que Jane Grey, aún atemorizada por lo repentino y extraño del curso de los acontecimientos, dejó escapar un pequeño grito de terror cuando la puerta por la que Thomas Seymour hubo pensado en salir, aún teniéndola fuertemente asida del brazo, se abrió de repente con violencia, dejando ver que había alguien al otro lado de la misma... Alguien a quien Jane llevaba mucho tiempo sin ver, pero aún así, pasados unos segundos, la niña logró reconocerle.

- Padre... - llamó la llorosa pequeña, alargando el brazo hacia su progenitor.

- Estáte quieta – ordenó de inmediato Thomas Seymour, dando un tirón del brazo de la niña, echándola hacia atrás e impidiendo que se acercara lo más mínimo hacia su padre. - No te atrevas a moverte ni un sólo centímetro, pequeña insolente, o...

- Soltad a mi hija... - siseó Henry Grey, arrastrando las palabras y sin apenas separar los labios para hablar, con la mirada azul, que compartía con su primogénita, fija en Thomas Seymour. - Ahora...

Hacía muchos meses que Jane Grey no veía a sus padres, pero seguiría reconociendo a su padre en cualquier lugar del mundo: un hombre de apenas treinta años, de complexión fuerte sin ser musculoso, de cabellos dorados como los suyos y unos brillantes ojos claros que ella también había heredado de él. Y luego estaba esa expresión de tenacidad en el rostro que siempre mostraba cuando estaba furioso o cuando quería conseguir algo... Y en aquella ocasión parecía que Henry Grey albergaba ambos sentimientos dentro de su ser.

Durante los momentos siguientes se respiró un silencio que cortaba la respiración: Jane Grey no recordaba haberse visto nunca involucrada en una situación peor que aquella. Henry Grey miraba a Thomas Seymour con una expresión que únicamente podría definirse como odio puro y, sin embargo, éste último no parecía en absoluto alterado por la presencia del padre de Jane Grey en su finca.

- Excelencia, es un plac... - comenzó a decir Thomas Seymour, como si aquella fuera una cordial visita y no un prácticamente rescate a una niña que tenía secuestrada.

- ¡Soltad a mi hija, maldito canalla! - gritó Henry Grey, desenvainando la espada en un rápido movimiento y dirigiendo su afilada punta hacia el hermano de Jane Seymour, provocando que Jane Grey dejara escapar un breve grito de terror. - Soltadla, u os juro por lo más sagrado que hay en este mundo que os mataré aquí mismo, como si fueráis un perro...

Jane tragó saliva, paralizada por el miedo, notando cómo las lágrimas seguían bajando presurosas por sus mejillas y cómo Thomas Seymour le apretaba con más fuerza el brazo, provocando que nuevos sollozos brotaran de la garganta de la pequeña: no la iba a dejar marchar, pensó la niña, ni siquiera su padre iba a conseguir que la dejara marchar de nuevo a Bradgate, nada de todo eso iba a acabar bien...

- ¡Seymour! - bramó nuevamente el padre de Jane Grey, dando una zancada hacia el viudo de Catalina Parr, aún dirigiendo el filo de su espada hacia él. - Mi hija. Ahora.

La niña dirigía su mirada suplicante a su padre y luego a Thomas Seymour, y después nuevamente a su padre. Veía reflejada la determinación en los ojos de ambos hombres y desconocía quién de los dos iba a vencer en aquella situación, ni de qué manera. De pronto, el silencio, únicamente roto por la lluvia que caía en el exterior del castillo, se vio interrumpido por una pequeña risa que brotó de los labios de Thomas Seymour, una risa orgullosa que nada parecía temer a la espada de Henry Grey. Con un fuerte movimiento de su brazo, como quien se deshace de una bolsa de desechos, lanzó a la niña hacia adelante, quien cayó a los pies de su padre con un golpe seco, aún temblando de pies a cabeza.

Cuando la pequeña estaba haciendo fuerza con las manos para incorporarse, notó cómo su padre se inclinaba de inmediato sobre ella y la agarraba con el único brazo que le quedaba libre, acomodándola como podía contra él, a la vez que Jane mantenía los brazos entrelazados fuertemente alrededor del cuello de su progenitor.

- Padre... - sollozó la niña contra el oído de su padre, quien se había terminado de incorporar de nuevo y seguía amenazando a Thomas Seymour con su espada. - Padre, por favor, vámonos a casa...

Y, por primera vez, desde que irrumpiera en el castillo de Sudeley, Henry Grey dirigió la mirada hacia su primogénita. La niña le devolvía la mirada suplicante, con sus mismos ojos azules bañados en lágrimas: le sorprendía lo mucho que había crecido desde la última vez que la vio, hacía ya casi dos años... Tenía el cabello más largo y más dorado, sus ángulos infantiles habían empezado a desaparecer, las pecas que salpicaban sus mejillas continuaban allí, y sus ojos azul claro le miraban fijamente, a través de las lágrimas. Era curioso: la niña tenía ya once años, y no había sido hasta ese momento que se había dado cuenta de que su hija, su primera hija, era la niña más bonita del mundo. Henry Grey dejó escapar el aire, aliviado al ver que al fin había logrado dar con ella, y besó largamente la frente de su primogénita, quien se abrazó más a su cuello, y giró el rostro nuevamente hacia Thomas Seymour.

- Vámonos a casa... - pidió una vez más Jane en un murmullo apenas audible.

- Ahora nos vamos a casa, cielo... Y vos, no os acerquéis a mi familia, Seymour – advirtió el hombre de forma amenazadora. - Jamás volváis a intentar aproximaros a nuestra finca, porque no me temblará el pulso, ¿hablo con claridad?

Thomas Seymour no contestó a Henry Grey de inmediato, sino que se limitó a encogerse de hombros con una media sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro.

- No necesito a su hija para nada, Grey... - habló con total calma el que había sido tutor de Jane Grey. - Creo que deberíais subestimarla más, no es tan necesaria para mis planes como vos créeis...

Henry Grey dio una rápida zancada hacia el hermano de Jane Seymour, invadido por la ira y acercando aún más el filo de la espada al cuello del viudo de Catalina Parr.

- No, vos, Seymour, sois el que no debéis subestimarme a mí – habló Henry Grey, arrastrando sus palabras. - Estáis muy equivocado si créeis que mi esposa o yo íbamos a pasar meses, años sin noticias de nuestra hija sin que decidiéramos tomar cartas en el asunto... Y me subestimáis si no pensáis que voy a hacer absolutamente todo lo que sea necesario para ver vuestra cabeza en una pica...

Jane Grey se estremeció en los brazos de su padre cuando esa imagen acudió a su cabeza y se aferró con más fuerza al mismo: estaba asustadísima, nunca en su vida recordaba haber pasado más miedo, tanto que le daba la sensación de estar viviendo dentro de una pesadilla. Detestaba a Thomas Seymour como no había detestado nunca a nadie en toda su vida, y aún así las palabras de su padre la habían impactado por completo. Sólo Dios sabía cómo acabaría toda aquella situación. A todo esto, Thomas Seymour no había respondido a las palabras de Henry Grey, si no que permanecía impasible a toda la actitud ofensiva que éste había mantenido hacia él y a todas sus amenazas: simplemente parecía estar contemplando la situación como quien contempla una palabra de teatro desde la seguridad de la primera fila.

- Excelencia, os prometo que no salgo de mi asombro con vuestra inquina hacia mí – habló finalmente el viudo de Catalina Parr. - He hecho todo lo humanamente posible por el bienestar de su hija, a pesar de no ser nada más que una mocosa insolente y desagradecida...

- Vigilad vuestras palabras cuando habléis de mi hija – prácticamente siseó la contenida voz de Henry Grey, mientras sostenía una espada contra Thomas Seymour con un brazos y a su primogénita contra sí con la otra. - No quiero volver a saber nada de vos en lo que me reste de existencia, Seymour. No quiero que volváis a decir una palabra, buena o mala, acerca de ninguna de mis tres hijas; y, por supuesto, ni una palabra sobre mi esposa o sobre mí mismo... O no seré tan condescendiente con vos como lo estoy siendo ahora mismo, mísero canalla.

Thomas Seymour dejó escapar el aire de sus pulmones por la nariz y, tras unos segundos de silencio, asintió lentamente con la cabeza y señaló la entrada al castillo con la palma de la mano:

- Ahora que veo vuestras verdaderas opiniones sobre mí, Excelencia, os estaría más que agradecido de que abandonara mi residencia...

- Descuidad, Seymour, ésa es la única petición venida de vos que estaré más que complacido de cumplir – contestó Henry Grey, sin apenas dejar acabar la oración al hermano de la difunta Jane Seymour.

Dicho esto, Henry Grey retrocedió aún sin dejar de sostener su espada contra Thomas Seymour. Continuó dando pasos hacia atrás de esta manera hasta que llegó al quicio de la puerta principal, sólo entonces volvió a envainar la espada y echó a correr, sosteniendo a su hija contra sí, hacia la entrada a los terrenos del castillo Sudeley. Detestaba echarse a correr para salir lo antes posible de aquel lugar, detestaba darle motivos a Thomas Seymour para que pensara que le temía, pero lo cierto era que quería estar cuanto antes lo más lejos de aquel lugar y, si era posible, no volver a ver nunca a aquel hombre.

El carruaje que le había llevado hasta así le esperaba pacientemente tras el arco de piedra que daba entrada a los terrenos del castillo Sudeley y los caballos que tiraban del mismo relichaban levemente en señal de protesta por estar obligados a pasar tanto tiempo inmóviles bajo la nevada de aquella madrugada. El propio cochero, fiel servidor de la familia Grey durante muchos años, estaba abrigado hasta el cuello y se frotaba las manos, intentando alejar el frío de sí mismo, cuando vio aparecer a Henry Grey llevando a su hija en brazos. Al principio le alegró ver que su señor y la pequeña Jane estaban de nuevo de vuelta e iba a decir algo, pero enmudeció al ver que la niña parecía estar cubierta de barro de cabeza a los pies. Henry Grey hizo un leve gesto con la cabeza dando a entender que no disponían de tiempo para explicaciones y subió al carruaje, cerrando la puerta tras de sí, señal que el cochero muy bien interpretó animando a los corcéles a que reanudaran el camino de vuelta a la finca de Bradgate.

Ya en el interior del carruaje, Henry Grey separó a su hija de sí y la sentó en el espacioso asiento que había situado enfrente del suyo propio. La niña se aferraba con ambas manos al asiento y permanecía con la cabeza agachada: se encontraba en un estado verdaderamente lamentable – pudo contemplar su progenitor – tenía todo el cabello rubio como oscurecido y pegado al cuero cabelludo, el rostro tiznado con suciedad, al igual que su cuello y sus manos, y el vestido totalmente empapado y cubierto de barro y suciedad. Jane Grey alzó la vista hacia su padre:

- Gracias... - musitó la niña en voz baja, aún con un nudo formado en la garganta.

Henry Grey chasqueó la lengua y dejó escapar un suspiro, contemplando a su hija. Pasados unos breves instantes, el hombre se quitó de encima el grueso abrigo de pieles que llevaba y cubrió con cuidado a Jane por los hombros, haciendo que pareciera enormemente más pequeña en comparación con aquella prenda. La niña dejó que sus manos abandonaran el asiento y asió con firmeza el abrigo, cruzándoselo por el pecho.

- Jane – habló Henry Grey, haciendo que su hija alzara el rostro hacia él. - ¿Os ha hecho daño ese indeseable?

La niña se mordió la lengua y bajó nuevamente la mirada: claro que le había hecho daño y también le había dicho cosas horribles, pero no quería decirle nada a su progenitor en esos momentos por miedo a que mandara parar el carruaje y se dirigiera de nuevo al castillo Sudeley para desafiar a su dueño a un duelo a espadas... Por favor, no, era lo último que deseaba en aquellos momentos...

- Papá... - dijo la niña en apenas un temeroso murmullo, abandonando el formal "padre" con el que siempre se refería a su progenitor. - ...¿Puedes llevarme en brazos hasta que me quede dormida, por favor?

Henry Grey sintió una punzada de remordimiento en su interior al oír hablar a su hija con tan sumo respeto, casi con temor, hacia él, después de todo lo que le había ocurrido. Quizás había sido demasiado severo con sus hijas desde que se convirtió en padre por primera vez, pero sabía que lo hacía por el bienestar futuro de Jane, Catherine y Mary. A su manera, sólo quería lo mejor para ellas. Dejó escapar un suspiro de cansancio y alargó los brazos, tomando a Jane de nuevo en su regazo.

- Te llevaré en brazos hasta que lleguemos a casa, mi vida – susurró Henry Grey, besando a su hija en la frente y abrazándola contra sí. - Olvida tus temores, nada puede hacerte daño ya...

Jane pensó que eso no era del todo cierto, que sus padres podían ser muy severos cuando no hacía algo como ellos esperaban, pero decidió que no quería pensar más en aquello. Dejándose invadir por el agotamiento y los nervios de los últimos acontecimientos, Jane Grey cerró los ojos, acurrucándose aún más en el regazo de su progenitor y no tardó demasiado en quedarse profundamente dormida.


NdA: Primera parte del capítulo del DRAMA. Es el capi que más me ha costado escribir por razones obvias y creo que nunca lo había pasado tan mal escribiendo fics. La noche del 15 de enero de 1549 y la madrugada del 16 de enero de 1549 supusieron el principio del fin de Thomas Seymour, pero eso es algo que veréis con más detalle en el capítulo siguiente. He querido reflejar en este capítulo el amor que Henry Grey tenía por sus hijas (no me miréis así, lo tenía, es algo que volveremos a ver en unos capis más adelante), si bien para Frances Brandon lo primero en el mundo era el status y su marido; para Henry Grey, lo primero en el mundo era el status y sus hijas. Además, sería de ser extraterrestre llevar tanto tiempo sin ver a tu hija y ver que encima está viviendo en esas condiciones para que no te salga el instinto natural de protegerla. Thomas Seymour va a dar la vara todavía un poco, pero sólo como él sabe hacerlo, así que agarraos.