20 de Marzo de 1549
"Just close your eyes, the sun is going down,
you'll be all right, no one can hurt you now;
come morning light, you and I'll be safe and sound"
Safe And Sound – Taylor Swift
Los primeros resquicios de la inminente primavera habían empezado a florecer en Bradgate, el hogar de los duques de Suffolk. El verde césped brillaba en todo su esplendor bajo los amables rayos del sol, las flores que con tanto esmero cuidaban los jardineros de la finca parecían más coloridas y frescas que nunca y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se respiraba cierta armonía en la finca del matrimonio Grey.
Como bien comentaban los criados de la hacienda entre chismes mientras preparaban la comida de los señores de la casa, Henry Grey y Frances Brandon habían tenido un nuevo acercamiento mutuo tras algunas discusiones que habían mantenido los últimos meses. Parecía que la tranquilidad y el bienestar que les proporcionaba tener de nuevo a sus tres hijas bajo el seguro techo del hogar les había recordado por qué una vez, hacía ya mucho tiempo, habían decidido compartir sus vidas y, eventualmente, formar una familia con la llegada de lady Jane, lady Catherine y finalmente lady Mary. Ninguna de ellas era el varón que tanto habían ansiado – y aún ansiaban y buscaban -, pero había resultado que en cada una de ellas había algo que las mostraba dignas del futuro que preparaban para ellas.
Lady Jane Grey, la mayor de las tres hermanas, tenía once años: tenía largos cabellos dorados que le caían sobre la espalda como una cascada de oro, unos ojos grandes y claros, las mejillas cubiertas de pecas castañas y, a nivel de personalidad, era una de las criaturas más curiosas y con más ansias de aprender que las viejas niñeras habían visto a lo largo de los muchos niños a los que habían criado. Normalmente, la pequeña Jane solía pasar el tiempo en la biblioteca familiar, siempre sosteniendo un pesado libro en su regazo, ignorando todo lo que ocurría a su alrededor, excepto si se trataba de salir a jugar con sus hermanas a los jardines en los días de buen tiempo. Estaba recibiendo una excelente educación humanista, se veía que las miras de sus padres estaban puestas en un matrimonio con un joven que compartiera sus mismas inclinaciones.
La segunda de las hermanas, lady Catherine Grey – o Kitty, como era llamada afectuosamente primero por sus hermanas y más tarde, también por sus padres – era una niña de ocho años que ya prometía ser una de las muchachas más bellas de Inglaterra cuando se convirtiera en una adolescente. Había heredado los cabellos rojizos de su madre, para orgullo de la misma, tenía el rostro en forma de corazón, siempre con una expresión dulce en el mismo, y sus ojos castaños estaban adornados por unas largas pestañas negras que no hacían sino acentuar aún más su hermosura. A diferencia de su hermana mayor, lady Catherine había supuesto más de un dolor de cabeza para sus padres: su inquietud y avidez por vivir aventuras la convertían en una niña que no paraba de meterse en travesuras y que era toda una chispa de alegría para la familia Grey.
No podía decirse lo mismo de la menor de las hermanas, lady Mary, llamada así en honor de María Tudor, hermana mayor del actual rey de Inglaterra, con quien lady Jane siempre había mantenido una muy buena relación. La pequeña Mary había llegado al mundo hacía ya cuatro años, para descontento de sus padres por tratarse por tercera vez de una niña en lugar del esperado varón y para devastación de los mismos al conocer la deformidad con la que la niña había nacido. Lady Mary Grey tenía la espalda curvada, casi como un jorobado, y los médicos ya habían advertido al matrimonio Grey que no sanaría nunca y que nunca tendría una estatura considerada normal. Era una pena, porque Mary Grey había heredado también el cabello pelirrojo de su madre – el cual le caía sobre los hombros en unos suaves tirabuzones naturales -, sólo que únicamente en un tono mucho más intenso que el anaranjado de su hermana Catherine, y tenía unos bonitos ojos verde oliva que hacían de su pequeño rostro una verdadera delicia. Era por su futuro por el que más se preocupaban los señores de la casa: ambos parecían tener grandes planes tanto para lady Jane como para lady Catherine, y no querían que la hermana de ambas supusiera una carga para ellas en sus futuros matrimonios. Aunque del mismo modo sabían que iba a ser muy difícil, llegado el momento, encontrar a un joven que quisiera contraer matrimonio con lady Mary Grey.
Aquella mañana pre-primaveral, mientras las criadas de la cocina se hallaban inmersas en estos cotilleos sobre ellas, las hermanas Grey se encontraban en el exterior de la finca, en uno de los jardines más cercanos, de modo que sus padres pudieran vigilarlas por uno de los ventanales del salón principal. Hacía un día tan bueno, soleado pero sin hacer calor, y con una brisa tan fresca, que las niñas habían decidido salir al jardín con una manta vieja bajo el brazo para utilizarla a modo de improvisada alfombra. Jane Grey aún estaba acostumbrándose a la dicha de ver a su familia a diario: había pasado tanto tiempo separada de ellos que, cada vez que les miraba, sus ojos se pusieran vidriosos y no pudiera explicarse cómo había sido capaz de pasar tanto tiempo lejos de ellos. Especialmente de sus dos hermanas.
Algo que pudo comprobar Jane al poco de regresar a su hogar era que, para su desgracia, apenas conocía a su hermana Mary, con quien Kitty había establecido un fuerte vínculo de afecto al poder ejercer de hermana mayor sobre ella y cuidar de ella todo lo que podía. Mary apenas tenía poco más de un año cuando Jane fue a vivir a la finca de Catalina Parr y ahora tenía tres: era increíble cómo de veloz pasaba el tiempo. En aquellos momentos, mientras Jane y Catherine se hallaban sentadas sobre la vieja manta, comiendo algunos pequeños frutos que habían traído de las cocinas en una pequeña cesta de mimbre, Mary Grey caminaba con pasos prudentes, para después girar sobre sí misma con cuidado, juntando las palmas de la mano después y dando un nuevo y lento giro tras aquella acción.
Jane Grey frunció el ceño, extrañada: esos movimientos no le eran desconocidos. Si no fuera por el bulto que su hermana pequeña tenía en la espalda y que le impedía mantenerse totalmente erguida, diría que estaba llevando a cabo una de las danzas más populares en la corte de Eduardo Tudor, la cual había visitado un par de veces a lo largo de sus once años de vida. Jane dio un leve toque a la mediana de los Grey en el hombro, llamando su atención:
- ¿Estáis enseñando a bailar a Mary? - se sorprendió Jane, observando a su hermana menor realizar pequeños pasos de una danza muy popular en Londres.
- Sí – asintió Kitty, mirando a su hermana mayor y después volviéndose ligeramente hacia Mary. - Pensé que le vendría bien y que, quizás haciendo un poco de ejercicio bailando, su espalda mejoraría y no estaría tan curvada...
Asombroso. Jane estaba segura de que aquella no era una solución que hubiera empleado alguno de los doctores que atendían a su hermana menor, simplemente porque tenían más que asumido que Mary había nacido así y que siempre sería así hasta el día en que muriera. Pero Kitty había decidido apostar por ella, aún teniendo sólo ocho años se había estado esforzando por que la hermana de ambas saliera adelante y la instaba a llevar una vida lo más normal posible.
- ¿Acaso te parece mal? - se preocupó Kitty, viendo la expresión pensativa de su hermana mayor.
- No, al contrario – se apresuró a afirmar Jane, dedicando una sonrisa amable y tranquilizadora a su hermana menor. - Creo que es magnífico lo que estás haciendo por Mary... Realmente eres una gran hermana mayor para ella.
Kitty esbozó una sonrisa de agradecimiento y se volvió nuevamente hacia Mary: Jane sabía que, desde que se enteró de que su madre estaba embarazada de nuevo, Kitty había ansiado con toda su alma poder ejercer de hermana mayor. Poco le importaba que fuera niño o niña, incluso no le importó que Mary naciera con aquel defecto en la espalda: únicamente lamentaba que su hermana tuviera que ser blanco de la compasión de todos cuantos la contemplaban, así que decidió esforzarse para que Mary nunca se sintiera diferente al resto de personas... Y, al parecer, estaba dando resultado.
- Janey – dijo Kitty, llamando a su hermana mayor con un apodo cariñoso que había creado hace poco para ella. - No sabéis lo feliz que me hace teneros de nuevo en casa... Os he echado mucho de menos...
Jane esbozó una sonrisa emocionada y abrazó a su hermana contra sí, estrechándola con cariño. Ella también había echado mucho de menos encontrarse en su hogar y ahora que se encontraba allí no le parecía tan terrible como cuando lo había abandonado, casi dos años atrás. Era cierto que sus padres, aunque ahora parecían mucho más condescendientes con ellas debido al mal trago que había pasado bajo la tutela de Thomas Seymour, seguían siendo exigentes y autoritarios, pero al menos tenía a sus hermanas y a sus niñeras allí con ella. Sabía que se encontraba en su verdarero hogar, donde nunca le faltaría de nada, donde nunca permitirían que le hicieran algo malo.
- Por cierto – habló Kitty, poniéndose un mechón de cabello pelirrojo tras la oreja. - ¿Sabéis si Eduardo tiene intención de hacernos pronto una visita?
La expresión de Jane se endureció un poco al escuchar la pregunta de su hermana menor: ni lo sabía ni le importaba lo más mínimo a qué dedicaba su tiempo libre el rey de Inglaterra. Había pasado muchos meses sin ir a verla, aún antes de que falleciera Catalina Parr, y no había vuelto a verle después de la muerte de ésta. Todo ese infierno que había durado cinco largos y penosos meses al lado de Thomas Seymour podrían haber sido más llevaderos si Eduardo se hubiera dignado a visitarla de vez en cuando, e incluso podría haber hecho una llamada de atención a su tío sobre su comportamiento... Pero no había hecho nada de eso: había preferido la comodidad de su lujoso castillo en Londres, entretenido en la compañía de sus nuevos amigos y sus nuevas aficiones, en lugar de dignarse a visitar a una vieja amiga de la infancia. Ahora Jane no quería saber nada de él, por lo que a ella respectaba, Eduardo Tudor podía pasar el resto de sus días en aquel palacio de oro sin meter las narices en otros asuntos que no fueran los suyos propios.
Esto había causado mucho dolor a Jane Grey en un principio: conocía a Eduardo desde que tenía memoria y siempre había sido su mejor amigo, habían estado juntos en sus mejores y peores momentos... Pero ahora él tenía otras amistades que debían llenarle mucho más y Jane estaba segura de que había olvidado por completo a aquella niña de rizos rubios que una vez le empujó contra el suelo en la finca de Ana de Cleves, espetándole que le odiaba porque sus padres la obligaban a verle continuamente. Quizás lo único que les había mantenido unidos era la presión del matrimonio Grey, quizás sólo se tratara de eso. Incluso había llegado a estar prometidos, según le había dicho Thomas Seymour la misma noche en la que abandonó Sudeley... Si había una esperanza que Jane Grey tenía en la vida, era conseguir casarse con un hombre al que amara de verdad, y el hecho de que hubiera sido prometida a Eduardo Tudor a tan temprana, no hacía sino confirmarle la idea de que sus padres nunca permitirían algo semejante, no mientras se interpusiera en sus intereses. Fuera lo que fuera, Jane no quería seguir sufriendo por una persona que había seguido con su vida sin ningún tipo de problema después de abandonar la suya sin siquiera decir adiós. Deseaba a Eduardo VI de Inglaterra un largo y próspero reinado, y en ese punto acababan sus pensamientos para con él.
- ¿Jane? - la voz de Catherine Grey interrumpió los pensamientos de su hermana. - ¿Os encontráis bien? ¿He dicho algo que os haya molestado?
La hija mayor de los Grey alzó la mirada para encontrarse con el rostro preocupado de su hermana y se apresuró a negar con la cabeza, mientras cogía un nuevo fruto de la cesta.
- No es nada, Kitty, no debéis preocuparos por nada... - dijo Jane, casi más para sí misma que para su hermana. - Únicamente me alegro de estar de nuevo en casa...
Catherine Grey respondió con una brillante sonrisa y ambas se volvieron a aplaudir a Mary, que había terminado su peculiar danza haciendo una pequeña reverencia hacia sus hermanas. Era cierto que se alegraba de estar de nuevo en su hogar, en un lugar al que realmente sentía que pertenecía, donde tenía a su familia a su lado, donde había nacido y crecido... Toda aquella finca le traía recuerdos dulces y no tan dulces de su más tierna infancia. A la vez que se recostaba en la vieja manta, cruzaba los brazos detrás de la cabeza e inspiraba profundamente la brisa primaveral, Jane Grey observaba el lento pasar de las nubes blancas sobre el cielo de un radiante color azul. Daba gracias a Dios todos los días por estar de nuevo en su hogar.
El resto de la mañana pasó apaciblemente para las tres hermanas Grey. Hacía poco que Kitty había comenzado con sus estudios y, aunque no le entusiasmaran tanto como a su hermana mayor y muchas veces preferiría estar jugando en el jardín, estaba haciendo progresos muy rápidamente. Mary, en cambio, aún era demasiado pequeña y mucho se temía Jane que sus padres tendían a subestimarla, así que la única rutina que había establecida para ella era pasar el tiempo en compañía de las niñeras. Por su parte, Jane había retomado sus estudios habituales de la mano de su antiguo tutor de Latín, quien se alegró enormemente de volver a verla, no sin antes señalar lo mucho que había crecido desde la última vez que la vio.
Jane también sentía mucha simpatía por ese hombre: era un buen maestro y siempre la había apoyado cuando la niña se encontraba demasiado desanimada para concentrarse en sus estudios después de una discusión con sus padres. Probablemente era la persona fuera de la familia Grey que mejor la conocía en el mundo... Bueno, sin contar a Eduardo Tudor.
- Lady Jane... - la llamó una paciente voz.
La niña dio un leve respingo y dirigió la mirada azul hacia el hombre que estaba sentado frente al piano de la casa. Hacía poco que sus padres habían decidido complementar más sus estudios en las artes: ya sabía bailar muy bien, así que el matrimonio Grey se había decantado por un tutor de canto para mejorar las habilidades vocales de su hija mayor. Su nuevo tutor era un muchacho más bien joven, toda una promesa de la música en la corte de los Tudor, según le habían comentado las criadas: a Jane le caía bien, era agradable con ella y tenía paciencia las pocas veces que sorprendía a la niña perdida en sus pensamientos.
- Lo lamento, maestro Weir – se disculpó Jane de inmediato, disculpas que fueron aceptadas con un leve gesto de cabeza del joven músico. - ¿Comenzamos de nuevo desde el principio?
- Sí, creo que sería conveniente, lady Jane – contestó su tutor mientras pasaba con cuidado las partituras que tenía ante sí para volver al principio de la canción.
La niña tomó aire y carraspeó levemente, intentanto preparar su voz. Había hecho muchos progresos en las pocas semanas que llevaba aprendiendo con el joven maestro Weir. Al principio, lo único a lo que se habían dedicado era a terminar de enseñar a Jane a leer música, para poder comprender mejor las partituras que iba a aprender en las próximas semanas; luego habían delimitado el registro de voz de Jane, para averiguar a qué notas conseguía llegar y a cuáles no. Ese proceso había resultado ser mucho más sencillo de lo que Jane había imaginado anteriormente: durante una sola tarde, el maestro Weir había ido pulsando distintas teclas del piano y pidiéndole que intentara imitar el sonido de aquella nota en cuestión. No había ido nada mal, para satisfacción de los señores Grey: Jane tenía una voz dulce y bonita que haría las delicias de todo aquel que fuera afortunado de escucharla cuando fuera llamada a la corte. La niña fingía que aquella idea le hacía ilusión para complacer a sus padres, pero lo cierto era que no albergaba ningún deseo en su interior de acudir a la corte: nunca le había gustado el ambiente hipócrita e interesado que se respiraba netre los distintos cortesanos y estaba segura de que había mejores maneras y lugares en los que pasar los años de juventud que aquel lugar.
Jane separó los labios y comenzó a entonar una pequeña pieza llamada "Silver Swan", compuesta por un músico llamado Orlando Gibbons, quien era amigo de su tutor de música, aunque ella no tenía el placer de conocerlo. Le gustaba cantar, pensó la niña, mientras oía su propia voz acompañada por las suaves notas de piano de su tutor. No era formaba parte de una de esas cualidades inútiles que sus padres se empeñaban en proporcionarle para convertirla en toda una dama de la alta sociedad inglesa. Jane cerró los ojos un momento, abrumada al darse cuenta de hasta qué punto su destino estaba determinado por sus progenitores.
Tanto la sonata como los pensamientos de Jane Grey se vieron interrumpidos abruptamente cuando una inquieta Kitty Grey entró corriendo en la estancia con las mejillas totalmente encendidas por el rubor. Actuando como si el maestro Weir no se encontrara allí, la emocionada muchacha se volvió hacia su hermana mayor sin poder contener una enorme sonrisa de ilsuión en el rostro.
- ¡Kitty! - la reprendió suavemente Jane. - Le debeís una disculpa al maestro Weir por esta interrupición. Deberíais estar estudiando y yo tomando mis clases de canto, ¿se puede saber a qué viene todo este alboroto?
La pelirroja muchacha pareció reparar en el joven músico por primera vez y realizó una respetuosa reverencia, sosteniendo con cuidado las faldas de su vestido, que dejó al tutor de su hermana totalmente sorprendido, ya que no poseía ni la clase social ni el rango para que le dedicaran semejante señal de respeto, pero le restó importancia pensando en lo entusiasmada que parecía en los momentos la joven Catherine Grey.
- Disculpad mi intrusión, maestro Weir – habló Kitty alzando de nuevo la cabeza, para después volverse hacia su hermana. - Jane, debéis saber que el rey viene a hacernos una visita
Kitty pronunció estas últimas palabras como si apenas pudiera contener la calma al hablar y el entusiasmo estuviera peleando por hacer aparición en su voz, una batalla que no le estaba costando mucho ganar. Jane permaneció boquiabierta mirando a su hermana menor, quien se tapó la boca con las manos y dio un par de saltitos de pura ilusión antes de volver a abandonar la estancia y salir disparada escaleras arriba en dirección a su habitación. Aún algo perpleja, Jane Grey se volvió hacia su tutor de música.
- Ruego disculpéis a mi hermana y a mí misma también, me temo que hemos de acabar de forma prematura la lección de hoy – dijo Jane, deseando que el maestro Weir no se molestara con ella por aquel cambio de planes.
- No hace falta que os disculpéis, lady Jane – afirmó el músico con una sonrisa amable. - Sé que vuestros padres tendrán compromisos que atender cuando llegue su Majestad...
Jane asintió y el joven tutor comenzó a recoger las partituras que había traído consigo para la lección de aquella tarde. Por su parte, la mayor de las hermanas Grey se volvió hacia las escaleras por las que había desaparecido entre risitas su hermana menor minutos antes y se decidió a seguirla para averiguar más sobre aquella inesperada visita. La noticia, al parecer, debía ser cierta, ya que en el camino hacia el dormitorio que compartía con su hermana Kitty, Jane pudo oír el nerviosismo de los criados de la casa, yendo de aquí a allá bajo las órdenes de sus padres, quienes no podían encontrarse más dichosos ante aquella inminente visita. Al fin llegó a la puerta de su habitación y entró en ella cerrando la puerta tras de sí, dejando atrás toda la algarabía que reinaba en la casa. Le sorprendió ver a Kitty mirando y remirándose frente a un espejo de cuerpo entero que las niñas tenían en la habitación. El entusiasmo parecía haberla abandonado, dejando paso a un nerviosismo y una inseguridad que no dejó de sorprender a su hermana mayor.
- ¡Jane! - exclamó Catherine Grey al darse cuenta de que su hermana estaba allí. - ¡Menos mal que habéis venido! Tengo una duda que no me deja pensar con claridad, ¿créeis que debería cambiarme de vestido?
- ¿Por qué motivo, Kitty? - quiso saber Jane, acercándose a su hermana hasta situarse tras de ella enfrente del espejo. - ¿Acaso habéis encontrado alguna mancha en este o un rasguño?
Kitty negó vehemente con la cabeza y se señaló los ojos, como si su hermana no comprendiera en absoluto lo que quería decirle.
- ¡Mirad el color de mis ojos, Janey! - protestó la pequeña Catherine. - Son castaños, pero también poseen cierto tono verdoso y desconozco si un vestido cuyo color armonizara más con ellos sería más apropiado...
Jane esbozó una sonrisa a la vez que se colocaba detrás de su hermana frente al espejo, mientras le peinaba con los dedos el largo cabello rojizo.
- Catherine, por el amor del cielo, sólo tienes ocho años... - comenzó a hablar la primogénita de los Grey, viendo su propio reflejo y el de su sonrojada hermana en el espejo. - Eres demasiado joven para empezar a pensar en esas nimiedades de muchacha tonta y presumida...
- ¿Nimiedades? - se escandalizó la joven Kitty, volviéndose hacia su hermana. - No son nimiedades, Janey... ¡Estoy enamorada! - acabó afirmando con vehemencia la niña.
La mayor de las hermanas Grey tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no echarse a reír ante la cabezonería de Kitty. Había pronunciado esas dos últimas palabras con el ceño fruncido y las dos manos colocadas en su cintura, como a menudo hacía la madre de ambas cuando se encontraba profundamente molesta por algo. Únicamente le había faltado dar un pisotón en el suelo, gesto que la propia Kitty era propensa a realizar cuando se hallaba totalmente frustrada. Jane se volvió la ventana, escondiendo una sonrisa divertida, antes de contestar a su hermana menor:
- Así que... ¿Enamorada de Eduardo Tudor? - preguntó la rubia muchacha volviéndose hacia su hermana, quien volvió a asentir rotundamente con la cabeza, a la vez que el rubor iba inundando sus mejillas. - Mi querida hermana pequeña... - dijo Jane Grey, acuclillándose frente a Kitty. - ¿Está enamorada del rey de Inglaterra?
El rubor de las mejillas de Kitty se extendió aún más al oír estas palabras, pero su sonrisa infantil se hizo más amplia aún si cabía mientras asentía con la cabeza. Jane esbozó una media sonrisa y contempló el rostro ilusionado de Catherine Grey: ella era sólo una niña de ocho años y acababa de enamorarse del primer niño que había sido amable con ella. Mentiría si dijera que no encontraba toda aquella situación sumamente enternecedora, pero también sabía que sus padres se desmayarían de pura dicha si esos pensamientos de la mediana de sus hijas llegaran a sus oídos. Ellos no verían la misma razón de ser de aquella situación, sino que daría pie a uno de sus nuevos planes de futuro para las hermanas Grey.
La sonrisa que se había esbozado en el rostro de Jane se desvaneció poco a poco mientras recordaba una de las últimas palabras que le había dedicado Thomas Seymour antes de abandonar la finca de Sudeley: aún desconocía desde hacía cuánto tiempo había sido así, pero ella misma, Jane Grey, había sido la prometida de Eduardo, bajo acuerdo de su antiguo tutor y sus padres. Siempre había sabido que sus padres eran ambiciosos y que querían concertar un buen matrimonio para cada una de sus hijas, pero nunca sospechó que sus miras estuvieran tan altas. El pensar que toda su relación de amistad con Eduardo Tudor a lo largo de años había existido únicamente porque sus padres tenían sus esperanzas puestas en un futuro matrimonio entre ambos la hizo sentirse engañada y también sumamente triste. ¿Lo sabría Eduardo? ¿Acaso conocía él todo aquello? ¿Había sido su amigo... sólo por eso?
- Jane... - oyó la muchacha decir con preocupación a su hermana menor. - ¿Os encontraís bien?
La niña no contestó, sino que se limitó a mantener la mirada perdida mientras sentía cómo sus ojos comenzaban a empañarse y cómo un fuerte nudo en la garganta comenzaba a hacerle difícil respirar. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Sin hacer caso de las llamadas de Kitty, Jane Grey se puso en pie y abandonó a grandes zancadas la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Tan pronto como se encontró fuera de la alcoba lamentó no poseer una habitación para ella sola, donde poder llorar hasta que le apeteciera sin que nadie la molestara o sin que nadie siquiera se diera cuenta de ello. Las lágrimas brotaban brillantes de sus ojos y caían por sus mejillas, el nudo en la garganta seguía apretando, y ella seguía paralizada en mitad del pasillo. Ni siquiera oyó cómo la puerta que acababa de cerrar tras de sí se abría de nuevo, dejando salir a la joven Catherine Grey, quien miraba a su hermana mayor con aire preocupado.
- Janey... - llamó Kitty poniendo una mano en el hombro de Jane, haciendo que ésta se sobresaltara y se girara con el rostro lloroso hacia ella. - No, por favor, no lloréis...
Kitty se apresuró a abrazarla con fuerza, cerrando los ojos y apoyando su mejilla en el pecho de su hermana. Jane Grey le devolvió el abrazo, enterrando el rostro en los cabellos rojizos de la cabeza de su hermana menor, sintiendo cómo sus lágrimas caían sobre el cuero cabelludo de ésta. Permanecieron unos instantes más así, hasta que la primogénita de los Grey se tranquilizó y Kitty se separó de ella para mirarla a los ojos, con el arrepentimiento brillando en los mismos.
- Janey, de verdad que yo no sabía que le querías tanto... - se apresuró a murmurar la pequeña Catherine Grey, haciendo que su hermana mayor negara con la cabeza. - Si os hace tan infeliz, iré y le diré a Eduardo que ya no le quiero.
Una breve risa brotó de la encogida garganta de Jane Grey, mientras miraba con cariño a su hermana menor. Dejó escapar un suspiro y volvió a abrazarla contra sí con cariño.
- No os preocupéis, hermana, no tenéis por qué decirle nada... - dijo Jane mientras iba recordando todos los secretos que había mantenido su familia para con ella, la verdadera naturaleza de su amistad con Eduardo Tudor, el que había sido su mejor amigo, el que no había hecho nada por averiguar qué había sido de ella aún antes del fallecimiento de Catalina Parr. Todo ello la llevaba a una insalvable conclusión. - Yo... - comenzó a murmurar la niña con voz quebrada. - Yo ya no le quiero, Kitty.
- No quiero verle
Sabía que el pronunciar esas palabras refiriéndose a Eduardo Tudor era algo que provocaría algún que otro ceño fruncido si aún se encontrara en el castillo Sudeley, pero tenía por seguro que esas mismas palabras, pronunciadas en el salón principal de su propio hogar en Bradgate, frente a sus dos progenitores, tendrían consecuencias totalmente distintas. Y así fue.
Frances Brandon se limitó a mirar a su hija como si un insecto particularmente feo que acabara de entrar en la estancia y continuó peinando los tirabuzones rojizos que poblaban la pequeña cabeza de Mary Grey. Su padre también estaba allí, mirando por la ventana, y al oír las palabras de su hija se volvió hacia ella y después echó una breve mirada a su esposa: al ver que ésta se había decidido por hacer caso omiso de las palabras de la niña, él optó por hacer lo mismo, girándose de nuevo hacia la ventana por la que esperaba ver llegar, de un momento a otro, a la comitiva real.
- De verdad que no pienso hacerlo – se reafirmó al ver la indiferencia de sus padres. - No podéis obligarme a que lo haga... - dijo antes de darse la vuelta, dispuesta a abandonar el gran salón.
- ¡Jane! - la llamó Frances Brandon incorporándose de inmediato y haciendo que su hija mayor se detuviera en sus pasos nada más oírla. - Sabes perfectamente cuál es tu deber como hija, no oses en desafiarnos ni a vuestro padre ni a mí ni por un sólo momento... Estáis muy equivocada si créeis que podéis hacer lo que os plazca en esta casa sin que haya ninguna consecuencia...
Jane sabía muy bien lo que quería decir su madre: otras muchas veces se habían visto en la misma situación, cuando ella era más pequeña, y todas aquellas discusiones en las que ella se resistía a obedecer a sus padres habían acabado en la misma habitación del segundo piso de la hacienda. La primogénita de los Grey tragó salivó y giró el rostro hacia su madre, quien continuaba en pie contemplándola con cara de enfado.
- No me importa que me peguéis – dijo finalmente Jane Grey, sintiendo cómo el nudo en su garganta volvía a hacer aparición y la expresión de su madre se endurecía aún más si cabía. - Podéis golpearme con esa vara todo cuanto deséis, ni pienso ni quiero ver al Rey de Inglaterra...
- Mocosa insolente... - comenzó a decir su madre prácticamente entre dientes a la vez que se acercaba a ella con paso amenazante.
La rubia niña ya había cerrado los ojos apretando los párpados, esperando sentir la inminente bofetada sobre su mejilla, cuando la potente voz de uno de los criados rompió la tensión que se había formado en la estancia principal de la hacienda de los Grey.
- ¡El Rey! - anunció con toda la solemnidad de la que era capaz aquel muchacho. - ¡Mis señores, ya ha llegado el Rey!
Frances Brandon dejó escapar un suspiro de hastío y se giró hacia su esposo, quien ya acudía hacia ella, posicionándose a su lado frente a la hija de ambos. Ahora Jane no pudo sino agachar la mirada azul avergonzada, incapaz de contemplar la expresión de enfado en los rostros de sus progenitores por más tiempo.
- Si sabéis lo que os conviene, hija mía... - dijo Henry Grey, tomando partido al fin en aquella contienda. - Haréis bien en salir ahí fuera y procurar que esa animadversión que parecéis sentir de repente hacia el Rey de Inglaterra pase totalmente inadvertida.
Jane se mordió el labio inferior, a la vez que contraía su rostro en una expresión de disgusto, y echó a correr, precipitándose hacia la puerta principal de la vivienda, que ya se hallaba abierta de par en par, dispuesta a recibir al séquito del rey. Pero Jane Grey no esperó junto a la misma, como se hallaban haciendo los criados y sus hermanas Kitty y Mary, sino que echó a correr por los verdes y brillantes terrenos de los laterales de la casa, haciendo caso omiso de los criados que trataron de llamar su atención para que volviera. Mientras veía a través de la ventana cómo tanto los cabellos dorados de su hija como el delicado vestido blanco y azul claro de la misma se movían alborotados por la carrera de ésta contra el viento, Frances Brandon se volvió hacia su marido, quien se hallaba en pie junto a ella, también observando a su hija:
- Conque "así es como nace el amor", ¿eh? - habló finalmente la pelirroja mujer, citando algo que le había dicho su marido la madrugada en que Jane volvió a Bradgate.
Por su parte, Jane Grey siguió corriendo durante un buen trecho más, asegurándose de girar a izquierda y derecha de vez en cuando para que no pudieran seguirla, pero su resistencia era limitada y se vio obligada a detenerse para intentar recuperar el aliento cuando aún podía contemplar la hacienda de sus padres no demasiado lejos de donde ella se encontraba. La niña dejó escapar un suspiro de cansancio y miró a su alrededor: en aquella parte de los terrenos, había plantados unos altísimos sicomoros, que proporcionaban una agradable sombra a un estanque que había bajo ellos. A Jane le gustaba aquel estanque: su agua era limpia y pura, y en su superficie flotaban delicadas flores de loto, como brotando de las profundidades de sus aguas. En aquel amplio estanque, en cuyo centro había erigida una estatua de piedra de algún ancestro que hacía mucho que había sido olvidado, solían pasar las tardes de verano la familia Grey, nadando en sus aguas o al menos refrescándose las piernas en el caso de aquellas que no sabían nadar.
Desde el incidente ocurrido en el castillo Sudeley y tan pronto como el frío invernal dejó de azotar aquella zona de la campiña inglesa, Jane Grey había acudido por sí misma a aquel estanque, determinada a aprender a nadar, para que nada similar al incidente con Thomas Seymour pudiera repetirse en un futuro. Así y sin ayuda de ningún adulto, Jane se había lanzado a las aguas la primera vez, teniendo como objetivo de llegada la estatua del ancestro desconocido del centro del estanque, que era lo bastante profundo como para que aquella ocurrencia resultara cuanto menos peligrosa. Pero el instinto de supervivenvia había sido más fuerte que todo eso y, aunque las primeras veces, Jane Grey llegó a aterrarse por completo ante la posibilidad de no ser capaz de lograrlo, lo había conseguido: había ido y vuelto nadando varias veces desde las orillas del estanque hasta la vieja estatua de aquel hombre con expresión triste, y viceversa.
Y allí se encontraba otra vez, recordando su fatídica última noche en el castillo Sudeley y la razón por la que por nada en el mundo deseaba ver a Eduardo Tudor aquella tarde. No era en esa ocasión cuando ella le necesitaba, sino mucho antes, pero el rey de Inglaterra parecía estar demasiado entretenido con los lujos palaciegos y sus nuevos amigos tras los muros de Hampton Court. Jane Grey dejó escapar el aire una vez más y se dejó caer de rodillas a orillas del estanque, en cuyo fresco y reconfortante césped no tardó en recostarse, a la sombra de los sicomoros, quedándose dormida casi al instante.
Habían pasado ya unas horas y Jane Grey se hallaba en ese estado de seminconsciencia que precede al despertar. Sentía la suave y fresca brisa de la primavera acariciar su rostro con ternura, sentía cómo alguno de sus cabellos se dejaba ondear levemente por ella, y cómo el césped sobre el que se encontraba acurrucada le hacía cosquillas en la nariz. La niña se estiró con cuidado, dejando escapar un suspiro de cansancio, antes de abrir sus ojos azules y encontrarse de nuevo con la azul y serena superficie del estanque que la había enseñado a nadar y a valerse por sí misma una vez más. Jane sonrió, olvidando en aquellos instantes la razón por la que se encontraba allí, y paseó su mirada por aquel paraje... Hasta que sus ojos se detuvieron en la figura que se hallaba sentada a los pies de un sicomoro, escribiendo cuidadosamente con una blanca pluma en un libro que el pelirrojo niño portaba consigo y al que parecía dedicar toda su atención en aquellos momentos.
Jane Grey frunció el ceño y se incorporó hasta quedar sentada sobre el césped, haciendo que Eduardo Tudor alzara la vista de su diario.
- ¡Jane! - exclamó el joven monarca de Inglaterra esbozando una amplia sonrisa. - Menos mal que ya habéis despertado, mis criados me han dicho que tendremos que partir dentro de un par de horas y ya empezaba a creer que no podría hablaros...
- ¿Y por qué no me habéis despertado? - quiso saber Jane con un tono de voz que se podría clasificar de cualquier modo menos amable.
Eduardo pareció quedarse algo perplejo durante los segundos siguientes al ver la expresión de enfado en el rostro de su amiga.
- No quería molestaros... - murmuró el chico, cerrando con cuidado el diario sobre su regazo.
La niña puso los ojos en blanco ante la respuesta del chico y se apresuró a incorporarse sin dirigirle la palabra al muchacho, quien no pudo sino observar a su amiga con una expresión de absoluta perplejidad dominando su joven rostro.
- ... ¿He...? - comenzó a decir Eduardo Tudor incorporándose, al ver que su amiga se alejaba de allí con paso firme sin siquiera dirigirle la palabra. - ¿He hecho algo que os haya molestado?
Ella no le contestó, sino que siguió caminando con paso firme, pero apenas había dado un par de pasos más cuando oyó al que una vez hubo considerado su mejor amigo siguiendo sus pasos y, poco después, posando una mano en su hombro.
- Mi lady Jane, yo... - había empezado a hablar el muchacho, antes de que Jane Grey se diera la vuelta con un rápido movimiento y empujara con fuerza al chico, haciéndole caer al suelo.
- ¡No me llaméis así! - le espetó Jane a un aún sorprendido Eduardo Tudor, quien la miraba con sus ojos grises abiertos de par en par. - ¡Que sea la última vez en vuestra vida que me llamáis así!
- De acuerdo... - musitó Eduardo, pasados unos momentos. Desde que tenía memoria, había llamado así a Jane de forma cariñosa, no entendía por qué ahora parecía molestarle tanto. - Jane, disculpadme, por favor, no sabía que os molestaba tanto...
Jane se mordió el labio inferior, aún sintiéndose totalmente enfadada. No le molestaba que la llamara "mi lady Jane" o "mi Jane", sabía que era un apelativo cariñoso que Eduardo empleaba con ella desde que eran pequeños y que era sólo suyo, ya que el joven rey no llamaba de esa manera a nadie más. Siempre había adorado cada momento en que Eduardo se dirigía a ella así, pero en aquellos momentos, ese apelativo sonaba tan falso como si la hubiera llamado por el nombre de otra persona.
- Podéis dejar de fingir, ya no tenemos por qué ser amigos – habló de nuevo Jane Grey a un estupefacto Eduardo. - Ya lo sé todo, todo lo que tramaban mis padres y el desgraciado de vuestro tío, no es necesario que sigáis actuando más...
Cada palabra de aquel nuevo reproche parecía dejar al joven Eduardo Tudor más y más estupefacto de lo que se hallaba la vez anterior, pero Jane Grey no pudo dejar de notar cómo el muchacho había agachado el rostro, levemente compungido, al oír el nombre de su tío Thomas.
- Sabía que vuestro tío Thomas es vuestro tío predilecto, porque siempre os ha tratado con el mayor de los cariños, según me habéis dicho vos... - continuó diciendo la niña ante el silencio de su amigo. - Lo que no esperaba de vos era que me engañárais con tal vileza, fingiendo ser una persona que no sois, únicamente para beneficio de vuestro miserable tío...
Eduardo continuó sin decir nada, aún sentado sobre el césped, cabizbajo y como perdido en sus propios pensamientos. Jane Grey tomó aire, dispuesta a seguir hablando, cuando la tenue voz de Eduardo Tudor rompió el silencio que se había formado entre ellos.
- No deberíais hablar así de aquellos que ya no están... - dijo el joven rey de Inglaterra, alzando de nuevo el rostro hacia su mejor amiga, pudiendo ésta comprobar la tristeza que nublaba sus ojos grises. - Mi tío Thomas ha sido ejecutado esta misma mañana...
Aquellas palabras enmudecieron a la rubia niña: ¿Thomas Seymour... muerto? Sintió cómo un sentimiento muy desagradable se apoderó de ella al conocer la noticia: no era que sintiera estima alguna por Thomas Seymour, pero era la primera vez que alguien que conocía bien sufría aquel fatídico destino. Paralizada por las palabras de su amigo, Jane pudo comprobar cómo éste había comenzado a llorar en silencio, sin hacer ningún sollozo, únicamente liberando todos los sentimientos que habia tratado de guardar dentro de sí mismo.
- Si ha habido algo de lo que he estado seguro durante toda mi vida... - comenzó a decir de nuevo Eduardo Tudor. - Era de que nunca haría que nadie sufriera esa sentencia tan dura... Ahora sé que era una mera utopía, pero no podía evitar pensar que nunca tendría que hacerlo... Y el primero ha sido el propio hermano de mi madre, Jane...
Jane se sintió conmovida por la pena que sentía Eduardo Tudor, pero también sentía enfado dentro de sí por todo lo que había permitido hacer a su tío antes de que éste se encontrara con su aciago final.
- Lamento que hayáis tenido que tomar una decisión tan difícil – dijo Jane, aún manteniéndose seria y con la mirada dura posada en el muchacho que estaba sentado frente a ella. - Pero vuestro tío era un hombre horrible: no cesaba de acosar a Isabel, a vuestra propia hermana, engañando a vuestra madrastra; cuando ésta murió, dedicó cada uno de sus segundos de vida a hacer de mi vida junto a él un verdadero infierno sin que vos hiciérais nada para impedirlo, y la última noche que pasé en Sudeley me amenazó y trató de secuestrarme... Si no hubiera llegado a aparecer mi padre... Puede que ni siquiera estuviera viva ahora mismo...
El joven muchacho había escuchado todas y cada una de las palabras de su amiga, sintiendo cómo su corazón le dolía más y más a cada situación terrible que la niña le narraba, y se le encogía de una forma terrible al recordar que Jane pensaba que toda su desgracia era culpa suya, por no haber intercedido por ella ante su tío.
- Jane... - la llamó Eduardo Tudor, haciendo que la niña le prestara atención una vez más. - Yo... Yo no sabía nada de todo esto, os lo prometo por el alma de mis padres. Si no fui a visitaros a Sudeley tan a menudo como me hubiera gustado es porque cada vez que lo solicitaba a mi tío, éste me decía que os encontrábais muy enferma... Tanto que ni siquiera podía enviar a mis propios médicos de la corte para ayudaros, porque podían traer consigo infecciones del exterior que acabarían con vos... Jane, no sabéis el miedo que he pasado...
La niña sintió cómo sus ojos comenzaban a ponerse vidriosos otra vez y cómo el nudo de su garganta volvía a formarse, pero permaneció en la misma actitud que había mostrado a Eduardo Tudor desde el principio, a la vez que la confesión del rey de Inglaterra comenzaba a tener sentido en su mente: por eso era que nunca había ido a visitarla mientras había habitado bajo la absoluta tutela de Thomas Seymour... Aquel hombre se había aprovechado de la inocencia y confianza de su sobrino tanto o más como se había aprovechado de la suya propia: Eduardo no tenía la culpa, sólo había sido un títere más en las manos de Seymour.
- Él mató a Júpiter... - la voz de Eduardo Tudor quebró el silencio que nuevamente se había formado entre los niños.
- ¿Cómo? - las palabras de incredulidad brotaron de los labios de Jane Grey sin que ésta se diera apenas cuenta.
La madrugada en que le detuvieron, mi tío Thomas entró a hurtadillas en mis aposentos... - comenzó a narrar Eduardo Tudor con voz compungida, haciéndole ver a Jane el dolor que le causaba rememorar esa noche. - Entró allí con la intención de secuestrarme y llevarme con él, pero Júpiter trató de defenderme y... - la voz de Eduardo Tudor se quebró en un sollozo que el chico no pudo contener y que hizo que Jane se acuclillara frente a él, movida por la compasión. - Él le disparó con un arma que conservaba de los tiempos de la guerra... Luego me agarró, me llevó arrastrando con él y cuando se topó con la guardia amenazó con matarme si no le dejaban pasar...
- ¡No! - exclamó Jane, completamente horrorizada por el relato de su amigo. Sabía que Thomas Seymour era un hombre malvado que se movía únicamente por sus propios intereses, pero jamás le hubiera visto capaz de algo así.
Eduardo asintió y se secó las lágrimas con las mangas de su lujoso traje, y tomó aire antes de alzar el rostro hacia Jane:
- Esa misma tarde, vuestro padre había venido a verme, preocupado porque no tenía noticias de vos ni conocía la dirección de la hacienda de mi tío. Yo le dije dónde se encontraba y él partió sin demora. Lo siento tanto... - murmuró el chico con los ojos grises totalmente enrojecidos. - Lamento no haber sabido protegeros de él, pero ni siquiera supe protegerme a mí mismo...
Jane había enmudecido ante la confesión de Eduardo Tudor y en aquellos momentos comenzó a sentirse sumamente avergonzada de haberle tratado con tan poco afecto durante toda aquella tarde, sintiendo cómo todas las creencias que había tenido respecto a la naturaleza de su amistad se desmoraban: a pesar de vivir en un mundo en el que los adultos controlaban y manejaban sus destinos a placer, ellos únicamente habían sido Eduardo y Jane, sólo Eduardo y Jane en los momentos en los que habían podido estar juntos. Le había juzgado mal, había juzgado mal a la persona que siempre le había hecho sentir en casa, incluso cuando no lo estaba, y ella no se merecía en absoluto su amistad después de aquello.
Sin dirigir una palabra más al joven rey de Inglaterra, Jane se incorporó del césped y comenzó a andar con paso firme hacia las orillas del estanque, mientras Eduardo giraba el rostro hacia ella siguiendo su recorrido: se sentía llena de emociones muy distintas, aún estaba enfadada y aún no podía evitar desconfiar de Eduardo, pero sabía que no había motivo y que se había equivocado con él y le había tratado de una forma que no se merecía en absoluto. Pero no se sentía capaz en esos momentos de retractarse de tantas cosas. Ahora no podía culpar a Eduardo si decidía que ya no quería ser más amigo suyo.
- Jane... - la llamó Eduardo, al ver que su amiga se alejaba de él con paso firme.
- Y ahora haríais bien en dejadme en paz de una vez... - contestó ésta al llegar a orillas del estanque, antes de tomar impulso con los brazos, llenar sus pulmones de aire y zambullirse de un salto en el estanque, haciendo que su tranquila superficie se rompiera bajo su peso en bruscos chapoteos que fueron a morir convertidos en ondas a las orillas del mismo.
Eduardo Tudor abrió la boca de par en par ante la acción de su amiga y, con el corazón en un puño, se apresuró a incorporarse, antes de verla emerger de nuevo, tomar aire y dirigirse, impulsándose con brazos y piernas, hacia lo más profundo del estanque, donde se hallaba una arcaica estatua vencida por el paso del tiempo.
- ¡Jane! - la llamó el joven rey, precipitándose hacia las orillas del estanque.
La niña siguió nadando, haciendo caso omiso del muchacho: estaba segura de que toda amistad que pudiera haber tenido con Eduardo Tudor acababa de terminar aquella misma tarde y era por su culpa.
- ¡Estaba enfadada con vos! - gritó Jane, haciendo un alto y volviéndose hacia la orilla, donde aún la contemplaba un estupefacto Eduardo. - Eduardo, estaba terriblemente enfadada con vos. Os he culpado de todo lo malo que me ha sucedido en el tiempo que no nos hemos visto... Lo lamento mucho... - dijo la niña, manteniéndose a flote con suaves movimientos de manos y piernas, sintiendo cómo ese molesto nudo en la garganta volvía a aparecer. - Ahora entenderé perfectamente que no queráis ser mi amigo, ¡así que marchaos de una vez!
Dicho esto, la niña se giró de nuevo hacia la vieja estatua y comenzó a nadar hacia ella. Cuando hubo avanzado lo suficientemente como para poder apoyar la palma de las manos en la misma, Jane giró el rostro hacia la orilla, esperando ver a Eduardo Tudor ya marchándose de camino a la puerta principal de la hacienda de los Grey... Pero lo vio aún a orillas de aquel estanque.
- ¿No me habéis oído, Eduardo? ¡Marchaos! - dijo Jane enfadada, echando agua con el impulso de su brazo hacia donde se encontraba Eduardo, aunque estaba tan lejos de la orilla que no le cayó encima ni una sola gota.
- ¿Que no deseo ser amigo vuestro? - exclamó Eduardo Tudor en voz alta, para que Jane pudiera oírle aún desde el centro del lago. - ¿Es eso lo que créeis?
- ¡Sí! - espetó nuevamente la niña, aferrada al viejo pedestal lleno de vegetación.
Incluso desde aquella distancia, Jane pudo ver cómo Eduardo dejaba escapar el aire y finalmente asentía lentamente con la cabeza. La niña agachó el rostro y tragó saliva: por fin se había dado por vencido, para bien o para mal, se había dado por vencido. Pero cuando alzó el rostro, vio que el muchacho se había quitado el sombrero negro con pequeñas plumas que antes tanto había utilizado su padre, dejándolo caer sobre el césped, y también había comenzado a desabrocharse la parte más pesada de su indumentaria superior, quedándose únicamente vestido con una sencilla camisa blanca, y los pantalones y botas que ya traía consigo. Jane estaba paralizada: no entendía lo que estaba haciendo, ni lo que estaba ocurriendo, era como si estuviera viendo aquel momento desde la perspectiva de otra persona.
- Pues bien, mirad esto... - dijo Eduardo Tudor con determinación, después de quitarse también las botas.
Y antes de que la muchacha pudiera decir nada, el niño tomó impulso con sus brazos y se lanzó hecho una bola al estanque, cuya pacífica superficie se volvió a quebrar ante el peso del muchacho. Pasaron unos momentos eternos hasta que Jane vio emerger los pelirrojos y empapados cabellos de Eduardo Tudor de nuevo a la superficie, mientras el muchacho apretaba los párpados para impedir que entrara el agua en ellos y boqueaba en busca de aire. Jane dejó escapar un suspiro y apoyó el rostro contra la estatua, aliviada, y después sonrió: nunca hubiera creído a Eduardo capaz de hacer algo así, después de todo, era el rey de Inglaterra y muchas veces no podía permitirse actuar como un simple niño de su edad.
Estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando Eduardo Tudor volvió a sumergirse en el agua, para ver emerger momentos después sus brazos, moviéndose desesperados intentando mantenerse a flote, entonces Jane comprendió todo: ¡el muy estúpido se había lanzado al agua, sin saber nadar, sólo para desmostrarle que no quería dejar de ser su amigo! El corazón dio un vuelco en el interior del pecho de Jane: Eduardo había tomado mucho impulso y ya se encontraba demasiado lejos de la orilla como para poder volver a ella por méritos propios, y no digamos ya conseguir avanzar hasta donde se encontraba ella.
Presa del pánico, Jane se soltó de la vieja estatua y comenzó a dar grandes brazadas y a impulsarse lo más que podía con las piernas para llegar hasta Eduardo, quien parecía hundirse más y más a cada instante que pasaba. Finalmente, tras unos desesperados movimientos más, el chico desapareció de la vista de la muchacha. Jane estaba totalmente atemorizaba y, aunque no lo había hecho nunca, tomó aire y se sumergió buceando a ciegas, intentando encontrar a su amigo. No podía abrir los ojos bajo el agua, así que se tuvo que contentar con agitar los brazos bajo el agua, intentando encontrar a su amigo. Los instantes pasaban, el aire se agotaba y la desesperación de la niña crecían por momentos cuando, finalmente, logró asir un brazo bajo el agua. Impulsándose con fuerza hacia la superficie y tirando del peso conforme subía, Jane Grey sacó la cabeza del agua, dando bocanadas de aire y sintiendo cómo el aire frío de la misma la recibía al salir. Tiró con todas sus fuerzas y momentos después, salió la cabeza pelirroja de Eduardo Tudor, aspirando con fuerza al principio y tosiendo gravemente después, para alivio de la chica.
- ¡Idiota! - le espetó Jane Grey, sin dejar de agarrarle ni por un momento. - ¡Os habéis lanzado al agua sin saber nadar! ¿Os dais cuenta de lo que podría haberos ocurrido!
Aún sorprendida y emocionada por lo que su mejor amigo, ahora lo sabía, acababa de hacer, Jane Grey lo atrajo hacia sí, manteniéndole a flote lo más que podía, y le besó largamente en la mejilla, mientras éste la abrazaba fuertemente contra sí, y no únicamente para no hundirse en el agua. Jane esperó hasta que Eduardo pareció haber recuperado el ritmo de respiración normal y se hubo tranquilizado, después lo tomó del brazo y empezó a nadar hacia la orilla, sin detenerse ni un instante hasta que los dos niños se encontraron fuera del lago.
Jane soltó a Eduardo en la orilla y continuó arrastrándose unos instantes más, tosiendo lvemente, antes de dejarse caer boca-arriba sobre el césped, llenando de aire puro sus pulmones. Momentos después sintió a Eduardo hacer lo mismo y se apartó unos centímetros, dejándole espacio para tumbarse junto a ella. Observó cómo el pecho del joven monarca subía y bajaba, intentando recuperar el aire después del tiempo sumergido y el susto pasado. De los labios de la joven Jane Grey brotó una dulce risa de alivio, a la que tardó en unirse la de Eduardo Tudor: todo había salido bien, después de todo, y no habían dejado de ser amigos. Nunca habían dejado de ser amigos.
- ¿Qué vais a decir a vuestros guardias? - rió Jane tras unos instantes, una vez que ella y Eduardo ya se hallaban sanos y salvos (y totalmente empapados) a orillas del estanque de Bradgate. - En nombre de Dios, Eduardo, ¿qué explicación vais a dar cuando os encuentren en este estado?
- Diré la verdad... - dijo Eduardo Tudor volviéndose hacia la niña, tras una breve pausa, permitiendo a Jane observarle el rostro desde que habían comenzado a discutir, antes de poner al estanque de la finca de los Grey de por medio. - Que me caí al estanque... Y que mi mejor amiga vino a salvarme... - añadió el muchacho con una sonrisa.
Jane devolvió la afectuosa sonrisa a su mejor amigo y se inclinó besándole nuevamente en la mejilla, y, mientras se acurrucaba junto a él, tumbados sobre el césped bajo las sombras de los sicomoros, dio gracias por poder considerarle el mejor de sus amigos y pidió al cielo que bendijera a Eduardo VI de Inglaterra todos y cada uno de los días de su vida.
NdA: Bueno, una vez que hemos dado carpetazo al dichoso Thomas Seymour, era hora de que nuestros chicos se "reconciliaran". He creído oportuno escribir un capítulo que muestre algo de tensión y enfado entre ellos porque es lo más natural cuando uno lleva tantísimos años siendo el mejor amigo del otro y de repente se ve abandonado por él. Debió de ser muy duro para Jane verse olvidada por todos aquellos a los que amaba y es normal que culpara en gran parte a Eduardo, que era rey de Inglaterra y tío de Thomas Seymour y debería haber sabido mucho antes todo lo que estaba pasando.
Éste es el capi más largo hasta la fecha de este fic, pero creo que también es uno de los más shipperos que ha habido hasta ahora y eso es algo que siempre mola escribir, sobre todo después de todo el drama que han pasado los dos pobres. El enamoramiento infantil de Kitty Grey me lo he sacado de la manga, pero teniendo en cuenta el carácter de Kitty y lo amable que era Eduardo con ella no me cuesta nada imaginármelo. Además, va a dar pie a algunas escenas muy divertidas en el fic.
En fin, nos vemos en el capi siguiente, espero que éste no se os haya hecho muy pesado, y mil gracias por seguir ahí =).
