12 de Octubre de 1549
Sentada frente al espejo del pequeño tocador que posee en la habitación que comparte con su hermana Kitty, Jane Grey observa cómo su reflejo le devuelve la mirada azul mientras su madre, sentada en un taburete detrás de ella, le recoge la larga melena dorada en una sencilla trenza a la que va añadiendo con mechón una fina cinta dorada, haciendo que el cabello de la niña parezca brillar más bajo la luz del sol. Normalmente solía llevar el cabello suelto pero en algunas ocasiones en las que tenían que acudir a algún evento importante, insistía en recogerle el pelo de alguna manera, como estaba haciendo ahora.
La niña sabía que aquel era un día importante: era su cumpleaños, hacía doce años que había llegado al mundo, un par de horas después de que lo hiciera el entonces príncipe de Gales. Pero Frances Brandon no ponía tanto empeño en arreglarla únicamente por el propio cumpleaños de su hija, sino porque iba a ser el primero que pasara en Hampton Court: también cumplía la misma edad el joven rey de Inglaterra e iba a tener lugar una gran celebración en el castillo predilecto del fallecido padre de Eduardo de Inglaterra, Enrique VIII. No era la primera vez que Jane iba a Hampton Court, pero sí era la primera vez que iba siendo lo bastante mayor como para guardar algún recuerdo de ello.
El matrimonio Grey había decidido llevar consigo a Londres a Jane y a Kitty, dejando a la pequeña Mary al cuidado de las criadas. Jane no podia evitar sentir una punzada de lástima por su hermana menor y había preguntado a sus padres si era totalmente imprescindible que la pequeña se quedara en casa: al parecer, debido a su deformidad en la espalda, los Grey pensaban que aún no era el momento apropiado para presentarla en la corte y mucho menos durante las celebraciones del cumpleaños del monarca inglés, donde se encontraría reunida la mayor parte de la nobleza del país y bastantes de los embajadores extranjeros.
- Ya está – dijo Frances Brandon terminando de anudar la trenza de la niña, asegurándose de que no se deshiciera a lo largo del día. - Procura no corretear por ahí, aún tengo que preparar a Catherine y no me gustaría tener que repetir todo el trabajo...
- No, madre – murmuró Jane, aún contemplando su imagen en el espejo, moviendo la cabeza a uno y otro lado para ver el acabado del recogido.
- Y ni se te ocurra sentarte en el suelo o algo parecido – recordó la madre de la niña cuando estaba a punto de abandonar la habitación. - Es un vestido precioso y por nada del mundo quisiera ver la más mínima mota de polvo en él cuando venga a recogerte...
Jane negó con la cabeza dando a entender que había comprendido lo que le decía su madre, quien abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí, dispuesta a preparar a una Kitty que estaba más emocionada que nunca ante su inminente presentación en la corte inglesa. También era la presentación de Jane, pero la niña no le daba especial importancia: hacía mucho tiempo que se había hecho a la idea de ser presentada en sociedad más temprano que tarde, pero para la joven Kitty había supuesto toda una revelación que había bastado para mantenerla toda la noche anterior conversando con Jane entre pequeñas risitas de emoción.
No, aunque también consideraba que era importante, Jane no daba tanta importancia como Kitty a esa presentación porque lo que realmente la ilusionaba de aquel día era que se trataba del primer cumpleaños que iba a poder celebrar en compañía de su mejor amigo, Eduardo de Inglaterra. Teniendo la fortuna de haber nacido ambos el mismo día con una diferencia de dos escasas horas, podría considerarse extraño que nunca hubieran celebrado sus cumpleaños juntos, pero, o bien eran demasiado pequeños como para poder trasladarse de un lugar a otro, o por otro lado había algún incidente que siempre provocaba que esa mera idea quedara descartada en un futuro inmediato. Pero eso había sido hasta aquel día: esa tarde, celebrarían juntos su duodécimo cumpleños.
La niña abrió un cajón del tocador de madera en el que estaba sentada y tomó un gastado libro que reposaba en su interior. Estaba leyéndolo cuando su madre entró en la habitación y, como sabía que no aprobaría que se hubiera estado entreteniendo de esa manera en un día tan importante, lo había ocultado en el primer cajón que había encontrado. Jane tomó el punto de referencia y reanudó la lectura justo por donde la había dejado: las ideas de Platón nunca dejarían de resultarle fascinantes y dignas de estudio. Pasó una hora en la que la niña estuvo totalmente abstraída del mundo, concentrada en la lectura de su libro, antes de que oyera cómo sus padres ultimaban los últimos detalles en el piso inferior.
Volvió a dejar el libro en su sitio y contempló su imagen en el espejo: su madre puesto todo su empeño en que estuviera hermosa y hasta ella podía decir que había tenido éxito en su empresa. Con el cabello dorado recogido cuidadosamente en una bonita trenza que le caía por la espalda y con un vestido de una suave tonalidad amarilla, Jane Grey no podía imaginar poder estar más bonita vistiendo de una manera tan sencilla y poco presuntuosa como aquella vez. Dedicó una sonrisa a su reflejo, dando un par de vueltas sobre sí misma, observando cómo las faldas de su vestido giraban en torno a ella.
Aquel iba a ser realmente un día para el recuerdo.
No esperaba que fuera de otra manera, pero aún así nunca terminaba de acostumbrarse al alboroto que se formaba en la corte el día de su aniversario.
El jovencísimo rey de Inglaterra había recibido felicitaciones y buenos deseos por parte de todo el mundo prácticamente desde que había abierto sus ojos grises aquella mañana del mes de Octubre. Cuando había llegado el momento de reunirse con los miembros del consejo, éstos habían dedicado buena parte del tiempo destinado a la reunión a aplaudir sus tres años de reinado y a desear, entre copas de vino que habían servido por cortesía del duque de Somerset, que fueran seguidos de muchos años más. Debido a su edad, Eduardo sólo pudo asentir y agradecer las palabras de sus consejeros mientras éstos realizaban el brindis. Aún después de tantas muestras de admiración y pleitesía, el joven rey de Inglaterra sabía que las celebraciones no habían hecho nada más que comenzar.
Era primera hora de la tarde, justo después del mediodía, cuando llegó a Hampton Court la hermana mayor del rey, María Tudor, fruto del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. La mayor de los tres hermanos Tudor tenía ya treinta y tres años y sentía un gran afecto por su hermano menor, al que había amado y cuidado desde el momento en que nació. A pesar de que, incluso los reyes tan jóvenes como lo era Eduardo Tudor, debía guardar una cierta compostura, no hubieron pasado ni tres segundos desde el momento en que María hizo aparición en la sala, precedida por el anuncio del paje, cuando el pequeño monarca esbozó una sonrisa y echó a correr a través del salón hacia su hermana mayor, a quien hacía mucho que no veía.
María Tudor le recibió con una sonrisa de cariño y con un abrazo tan fuerte que parecía querer compensar todo el tiempo que habían pasado sin verse. Siempre se había sentido muy protectora de Eduardo, siendo él su hermano más pequeño, el que más había quedado en posición de desventaja tras la muerte de Enrique VIII – rodeado de un montón de consejeros que no dudarían en aprovecharse de la juventud del rey para su propio beneficio -, y, siendo la diferencia de edad tan grande entre ellos, muchas veces le consideraba como el hijo que aún no había tenido en vez de como únicamente su hermano pequeño. No obstante, María no estaba en absoluto de acuerdo con la educación que había recibido Eduardo, más concretamente con el caracter protestante – y, por lo tanto, hereje – de la misma. Sabía que su pobre hermano no tenía culpa de que los responsables de su educación hubieran sido las personas equivocadas, pero confiaba en que su buen juicio abrazara la verdadera religión cuando éste creciera un poco más.
Por su parte, Isabel Tudor había llegado a la corte esa misma mañana, de modo que ya se encontraba presente cuando su hermana María hizo aparición en la corte de Eduardo de Inglaterra. Aunque en los últimos tiempos María no era la que solía ser cuando ambas eran más jóvenes, aún seguía tratándola con el cariño y la consideración propia entre hermanas, pero algo había cambiado e Isabel sabía que, muy a pesar, nada volvería a ser lo mismo que antes. María había esperado que Isabel abrazara el catolicismo conforme fuera haciéndose una joven dama, pero Isabel Tudor tenía ya dieciséis años y no tenía intención ninguna en renunciar el protestantismo en el que había sido criada: la religión que había costado la vida a su propia madre, Ana Bolena, tantos años atrás. Era por ello que la relación entre ambas era algo más fría, aunque no inexistente, pero Isabel temía por el hermano de ambas: no quería que María diera la espalda a Eduardo si éste se inclinaba más por la religión en la que había sido educado.
Haciendo caso omiso a sus pensamientos, al menos por aquel día, Isabel se dirigió hacia donde ya se encontraban conversando animadamente sus dos hermanos y se unió a la conversación, no sin antes dedicar un afectuoso saludo a su hermana mayor, para alegría del pequeño rey de Inglaterra.
A lo largo de la tarde fueron llegando paulatinamente a la corte el resto de invitados a los que se esperaba: nobles, condes, duques, marqueses, embajadores extranjeros y las familias de algunos amigos de Eduardo Tudor, como la del pequeño Tom Canty. El salón del trono había sido cuidadosamente engalanado para la especial ocasión: del techo colgaban varios estandartes en los que aparecía la rosa que simbolizaba la dinastía de los Tudor, se había dispuesto las mejores vajillas de plata que poseían en Hampton Court, los manteles más exquisitos y sobraba decir que los miembros de la familia real lucían sus mejores galas.
En el extremo opuesto del gran salón estaba situado el trono del rey de Inglaterra, donde los invitados se dirigían a presentar sus respetos y felicitar al joven rey por su aniversario. A ambos lados del trabajado trono, se encontraban otros dos algo pequeños, ocupados por Lady María y Lady Isabel Tudor, hermanas del rey, quienes también recibíanlas atenciones y elogios de los invitados aquella tarde del mes de Octubre. María Tudor vestía un sobrio vestido de tonalidades verde oscuro y castaño claro, luciendo sobre sus cabellos castaños una regia corona como las que había usado en vida de su padre. La joven recibía los saludos y reverencias con una leve inclinación de cabeza, manteniendo el rostro serio y un carácter algo altivo.
Puede que fuera porque ambos estaban más unidos o porque eran bastante más jóvenes que su hermana mayor, pero los hermanos Isabel y Eduardo Tudor mantenían una actitud bastante diferente. Lady Isabel saludaba cordialmente a los invitados que iban presentando pleitesía a Eduardo, a la vez que inclinaba la cabeza con una sonrisa afable y preguntaba cordialmente por el estado de la familia de éstos. Con su vestido verde claro resaltando sus brillantes ojos verdes y sus cabellos rojizos, se comentó mucho el extraordinario parecido que la muchacha tenía con su difunto padre, pero los rasgos más evidentes, pertenecientes a la infame Ana Bolena, no fueron mencionados.
El monarca inglés, por su parte, combinaba a partes más o menos iguales la sobriedad de su hermana María con la afabilidad de su hermana Isabel. Solía recibir cordialmente a todos los nobles y a sus amigos que él mismo había invitado, pero guardaba ciertas distancias con determinados miembros de su consejo, como el duque de Northumberland: después de la traición de su tío Thomas le iba a ser muy difícil confiar ciegamente en los miembros de su consejo, además no quería hacerlo. Sabía que su corta edad jugaba en su contra y que muchos de ellos aún veían a su rey como únicamente un niño al que poder convencer fácilmente de lo que querían llevar a cabo. Pero Eduardo llevaba siendo rey de Inglaterra ya tres largos años en los que había aprendido muchas cosas, entre ellas a no confiar ciegamente en los argumentos de los miembros de su consejo, sino que éstos también debían responder a su criterio personal.
Esto agradaba a sus hermanas, quienes veían en la figura de su hermano a un muchacho con el don de un corazón compasivo – que no había tenido su padre -, extremadamente inteligente y muy consciente de cuando ocurría a su alrededor. Había tenido la mala suerte de tener tan sólo nueve años cuando murió su padre, convirtiéndose de inmediato en uno de los monarcas más jóvenes de la Cristiandad, pero con todo, estaban orgullosas de él: Eduardo Tudor era exactamente el rey que Inglaterra necesitaba después de un reinado tan turbulento como el de Enrique VIII, el pequeño inspiraba esperanza y seguridad en la población inglesa. María e Isabel sólo podían esperar que, cuando Eduardo alcanzara la madurez al cumplir los catorce años, no siguiera los pasos de su predecesor en cuanto a cuestiones maritales se refería.
La celebración se hallaba ya más que avanzada: la inmensa de los invitados ya habían sido recibidos y sido bienvenidos por el rey, y se encontraban en aquellos momentos charlando animadamente entre ellos, comiendo de los exquisitos manjares que habían preparado los cocineros o simplemente disfrutando del animado ambiente y de la buena música que tocaban los músicos que se encontraban allí. Eduardo se encontraba inmerso en una agradable conversación con su hermana Isabel, quien muy a menudo conseguía hacerle reír con su buen humor, cuando uno de los pajes apostados a ambos lados del umbral del arco de entrada al salón del trono, golpeó la alabarda sontra el suelo y anunció la llegada de un nuevo invitado:
- ¡Sus excelencias, los duques de Suffolk! - proclamó a viva voz, como había hecho las anteriores veces, el joven guardia. - ¡Y sus hijas, lady Jane Grey y lady Catherine Grey!
Henry Grey y Frances Brandon entraron en la sala para dirigirse a presentar sus respetos a Eduardo de Inglaterra: ambos caminaban muy erguidos, la mano de ella reposando en el brazo de él y, aunque no vestían de una forma demasiado ostentosa, sí lo justo como para dejar claro al resto de los invitados que no eran unos invitados cualquiera. Después de todo, Frances era sobrina por parte de madre del fallecido Enrique VIII. Tras ellos, les seguían Jane y Kitty, ambas intentando igualar la solemnidad de sus padres pero sin poder evitar que sus ojos se dirigieran a un lado u otro de la sala, maravilladas por el esplendor con el que lucía en aquella ocasión especial. Jane incluso se vio obligada a darle un pequeño toque de atención a Kitty cuando ésta se empezó a quedar boquiabierta.
- Majestad... - habló Henry Grey al tiempo que finalmente llegaba frente al trono, realizando una profunda reverencia que acompañada por la de su mujer. - Mi más sinceras felicitaciones por vuestro duodécimo aniversario en nombre mío y de mi familia. Deseamos fervientemente que celebremos muchos días más como éste en los años venideros...
- Y que todos nos podamos reunir nuevamente, mi Lord – intervino una sonriente Isabel, haciendo una pequeña broma que arrancó una risa a los allí presentes.
- Desde luego, mi lady, ni yo mismo podría haberlo expresado mejor – asintió de inmediato el duque de Suffolk, respaldando totalmente las palabras de la hermana del rey.
- Sois más que bienvenidos a mi corte y os agradezco vuestros buenos deseos – proclamó Eduardo con la solemnidad que se esperaba del monarca de Inglaterra. - Vuestra familia y la mía son prácticamente la misma. Excelencias, seréis bien recibidos siempre que gustéis de visitar Hampton Court...
Henry Grey inclinó profundamente la cabeza, como si no pudiera creerse merecedor de esas palabras, lo que pareció un gesto demasiado a su esposa, quien tuvo que poner toda su buena educación de su parte no poner los ojos en blanco ante semejante escena.
- Y vuestras hijas también, por supuesto... - habló el joven rey una vez más, inclinando ligeramente la cabeza hacia la derecha para intentar atisbar a las dos hijas mayores de los duques de Suffolk.
Éstos se hicieron a un lado para que las dos niñas pudieran ser visibles a los ojos del rey y de sus hermanas: Jane, con su vestido amarillo, mantenía las manos cruzadas a la altura del vientre, erguida en su corta estatura; Kitty, por su parte, portaba un vestido color verde oscuro que combinaba muy bien con sus cabellos pelirrojos y el rubor inundaba sus mejillas por momentos. La primogénita de los Grey fue la que rompió el silencio, sonriendo y realizando una pequeña reverencia:
- Feliz cumpleaños, mi señor – dijo la muchacha alzando de nuevo el rostro hacia Eduardo Tudor.
- Y feliz cumpleaños también a vos, mi lady Jane – contestó a su vez el joven rey, inclinando nuevamente la cabeza, con una sonrisa, antes de dirigirse hacia el resto de su corte. - Pues lady Jane Grey vino al mundo apenas dos horas después de mi propio nacimiento, mis lores...
- Aún brillaban los fuegos artificiales en el cielo – habló Frances Brandon, haciendo que las miradas de los cortesanos se posaran en ella. - Lo recuerdo bien, Majestad: es un gran honor para mi hija, quien fue llamada en homenaje a vuestra querida y añorada progenitora, la reina Jane Seymour...
Una triste sonrisa se esbozó en el rostro del joven rey de Inglaterra, quien había perdido a su madre siendo demasiado pequeño como para siquiera conservar el mínimo recuerdo de ella, salvo todo lo que sus hermanas y su padre le habían contado de ella. Amables gestos, bondadosas palabras que no hacían sino añorarla aún más.
- Dios guarde a la reina Jane – proclamó con voz potente uno de los cortesanos, rompiendo el silencio que se había creado en la sala.
- ¡Dios guarde a la reina Jane! - rugió el resto de la sala en respuesta a aquella espontánea señal de respeto y recuerdo. Este gesto hizo que Eduardo de Inglaterra agachara levemente el rostro, con los ojos brillantes por unas lágrimas que luchaban por salir, y que Frances Brandon intercambiara una sonrisa de complicidad con su esposo: se sentía como oyendo el futuro.
Jane Grey bajó la mirada hacia sus manos, agradecida de que la atención que sus padres habían hecho recaer en ella se disipara en recuerdo de la madre de su mejor amigo, aunque lamentaba que éste se pusiera triste recordándola en el día de su cumpleaños. El silencio se prolongó únicamente por unos cuantos segundos más ya que, viendo que su hermano parecía demasiado emocionado como para poder articular palabra, María Tudor posó una de sus manos sobre la de su hermano menor, infundiéndole consuelo, y habló con voz solemne:
- Es un verdadero placer para todos nosotros poder contar con vuestra presencia en un día tan señalado para nuestra familia y para Inglaterra como éste. - María Tudor hacía mucho que había dejado de ser la adolescente perdida huérfana de madre y rechazada por su padre, pero ese dolor la había ayudado a convertirse en la mujer que era ahora: fuerte y defensora de su familia y de su fe. - Sed bienvenidos a la corte del rey.
Los padres de Jane hicieron una gran reverencia y retiraron, uniéndose al resto de cortesanos allí reunidos, haciendo señas a sus hijas para que les siguieran. Mientras avanzaba para reunirse con el resto de invitados, Jane Grey no pudo evitar dirigir la vista hacia el trono del monarca inglés, quien había apoyado su frente en su mano derecha y escuchaba, aún algo turbado, las palabras de ánimo que le susurraba su hermana al oído. Eduardo era afortunado, aunque a nivel personal no las tenía todas consigo: se había quedado huérfano de padre y madre a los nueve años, convirtiéndose en el rey de Inglaterra a aquella temprana edad, con la que había tenido que sortear a consejeros codiciosos y aduladores que únicamente buscaban su propio bien. Pero, a pesar de todo, se había convertido en un buen rey e Inglaterra sólo podía contener su emoción al pensar en el magnífico reinado que daría comienzo cuando éste cumpliera los dieciséis años, edad en la que podría ejercer su voluntad sin tener que contar con el respaldo del Consejo.
- ¡Su excelencia, el duque de Northumberland! - proclamó de nuevo la voz del paje, haciendo que toda la corte volviera de nuevo la atención a la llegada de los invitados. - ¡Acompañado de sus hijos, lord Robert Dudley, lady Amy Dudley y lord Guilford Dudley!
Tan pronto como el joven anunciante se retiró, un hombre alto y más bien delgado, de cabellos negros y expresión calculadora hizo aparición en la sala. Los nobles guardaron silencio a su paso, lo que hizo pensar a Jane que no era un desconocido en la corte, y a juzgar la mirada que compartieron sus padres, no se equivocaba. El mencionado duque recorrió el camino que le separaba del trono con la cabeza alta, parsimonioso, como si hiciera el mismo recorrido todos los días. Ciertamente le rodeaba un aire de suficiencia, orgullo y poder que hacía fruncir el ceño al resto de los cortesanos.
Tras él, le seguían dispuestos sus tres hijos anunciados por el paje: el mayor, lord Robert Dudley, era un joven alto de diecisiete años, de complexión fuerte, cabellos castaños ondulados y extremadamente apuesto. Había un brillo de picardía en sus ojos castaños que no pasó desapercibido entre las damas de la corte, incluso la propia Isabel Tudor tuvo que agachar la mirada durante un brevísimo instante. A su lado, se encontraban los mellizos lady Amy Dudley y lord Guilford Dudley, de unos catorce años de edad: ambos tenían los cabellos color azabache y tenían más o menos la misma altura, pero nada más verlos uno podía decir que eran personas muy distintas: lady Amy, con su larga melena ondulada, paseaba la mirada por la corte, dedicando especial atención a los artistas y a los músicos, mientras que lord Guilford, con el pelo corto y ojos verdes, parecía querer encontrarse en cualquier otra parte del mundo, salvo cuando atisbaba al encargado de servir las bebidas o posaba su mirada sobre alguna muchacha de buen ver.
- Majestad... - dijo John Dudley, duque de Northumberland, cuando alcanzó los pies del trono del rey, ejecutando una profunda reverencia, que fue imitada de inmediato por sus hijos.
Mientras Eduardo y aquel duque conversaban, Jane pudo ver que sus padres estaban maravillados con el porte y la educación noble que mostraban los hijos del duque: Jane casi podía adivinar los pensamientos de ambos, comparando a sus propias hijas con aquellos muchachos también nacidos de noble cuna que presentaban sus respetos al rey. Aunque el duque de Northumberland no parecía contar con muchas amistades dentro de la corte, Eduardo de Inglaterra sí que parecía tenerle en gracia, ya que en todo el tiempo que duró su conversación, el joven rey mantuvo una sonrisa en el rostro y la conversación con el duque fue de lo más distendida.
Una vez recibidos todos los invitados, la celebración en sí comenzó con todo el esplendor imaginable: había largas mesas de roble repletas de distintas fuentes de asados, cada uno de pinta más apetitosa que la anterior, así como cuencos de frutos frescos y distintos pasteles que hacían las delicias de todos los presentes. La bebida, a pesar de la tierna edad del rey, tampoco faltó y no hubo de pasar mucho tiempo hasta que Jane lograra ver cómo Amy Dudley reprendía a su mellizo por haberse tomado, evidentemente, más copas de la cuenta y cómo éste trataba de zafarse de su hermana para volver a reunirse con su amado barril. La niña no pudo evitar poner los ojos en blanco ante la actitud del muchacho y se volvió hacia su hermana Kitty, quien contemplaba con los ojos abiertos de par en par cómo los cortesanos bailaban una animada sonata en medio del salón.
- Ojalá pudiera bailar yo también... - se lamentó la pelirroja niña, sintiéndolo verdaderamente: sólo tenía nueve años y, por muy ambiciosos que fueran sus padres, jamás la dejarían exponerse de tal manera a tan temprana edad: eso era de nobles desesperados. - Parece tan divertido...
- ¿Me concederíais este baile, lady Kitty?
Tanto Jane como Kitty se volvieron al oír la voz de Eduardo, que por fin había abandonado el trono, y disfrutaba de su fiesta, relacionándose con sus invitados y con sus amigos más cercanos. Muchos nobles rechazaban la costumbre de Eduardo de relacionarse con personas de un rango claramente inferior al suyo, como aquel Barnaby Fitzpatrick – el chico de los azotes –, un muchacho que trabajaba en las cocinas y otro más que servía en las cuadras: todos ellos vestían sus mejores galas aquella noche para celebrar el aniversario de la venida al mundo de Eduardo Tudor.
- Eduardo – le saludó Jane con una sonrisa y una pequeña reverencia. - Espero que estéis disfrutando de vuestra fiesta y al mismo tiempo he de felicitaros por su organización: jamás había visto tantos músicos y artistas con talento como aquí...
Lo cierto es que parecéis ser la única que aprueba estos cambios, mi lady Jane – repuso el chico sin perder el buen humor. - Parece que la corte de mi padre - aún sigue muy presente en los recuerdos de muchos de mis cortesanos... - Dicho esto, Eduardo se volvió hacia Kitty e hizo una leve reverencia, haciendo que la pequeña se sonrojara. - Ahora, ¿puedo bailar con voz, lady Kitty?
La hermana menor de Jane Grey se volvió hacia ella, buscando su aprobación. Ésta dedicó una sonrisa a la pelirroja niña y acarició con cariño sus mejillas:
- Por mí podéis ir, no creo que ni padre ni madre encuentren queja alguna... - dijo Jane Grey, ante una ilusionada Kitty. - ¡Anda, id a divertíos!
- Cuidaré de ella – afirmó Eduardo antes de desaparecer con Kitty entre la multitud de cortesanos, y no pasó mucho tiempo hasta que, una vez que se hubo iniciado una nueva pieza de música, pudo contemplar los cabellos pelirrojos de Eduardo Tudor y su hermana entre todo el mar de bailarines que había en el centro de la sala.
Jane respiró hondo y se dirigió a saludar al joven Barnaby Fitzpatrick, al que hacía bastantes años que no veía: aunque era su misma edad – y, por tanto, de la misma edad que Eduardo – éste parecía por lo menos un par de años mayor, ya que era muy alto y tenía una constitución bastante fuerte. Se había convertido en un muchacho muy bien parecido, de bucles rubios y ojos azules que seguramente hacían perder la cabeza a más de una de las jóvenes damas de la corte. Apenas habían comenzado a rememorar felices juegos de la más tierna infancia cuando, sin que nadie pudiera evitarlo, lord Guilford Dudley apareció tambaléandose con una copa rebosante de vino en las manos. El hijo del duque de Northumberland tenía las mejillas sonrosadas y el equilibrio natural de cualquier ser humano parecía haberle abandonado... De este modo, no fue de sorprender que el muchacho se desplomara frente a la pareja, derramando la copa de vino sobre las faldas amarillas del vestido de Jane.
La niña ahogó un grito y se recogió el vestido, a la vez que Barnaby la apartaba del hijo del duque: jamás en su vida había visto semejante comportamiento en ninguna persona que hubiese conocido y no por eso le sorprendía menos, aquella actitud parecía más propia de un tabernero hastiado de vivir que de un joven muchacho nacido entre terciopelos que apenas había empezado a vivir. El hermano mayor del joven, Robert, no tardó demasiado en aparecer y poner en pie a su hermano, disculpándose con todos los presentes, y llevándole fuera de la sala. Jane intercambió una mirada de asombro con Barnaby, quien se limitó a encogerse de hombros y coger una manzana verde de una fuente cercana.
Con el corazón latiendo fuertemente en el interior de su pecho y con lágrimas formándose en sus ojos azules, Jane Grey vio cómo el vino se había extendido por las faldas de su vestido, convirtiéndose en una mancha imposible de disimular y ni siquiera se atrevía a considerar la posibilidad de que no pudiera lavarse. No lo lamentaba por el vestido: aunque fuera bonito, Jane nunca se había identificado con aquellas damas que parecían respirar para esforzarse en parecer más y más bellas, olvidando lo importante que era cultivar su mente y su espíritu. No, Jane temía la reacción de sus padres, pues sabía que, a pesar de su posición acomodada, aquel traje les debía haber costado una pequeña fortuna.
Azorada por la situación, Jane Grey se abrió paso entre la multitud hasta que alcanzó una de las columnas que rodeaban el salón del trono, ocultándose tras ella. Esas columnas formaban una especie de pasillo oscuro que rodeaba la luminosa estancia donde seguían las celebraciones, brindándole un poco de intimidad en todo aquel gentío. La música paró, los cortesanos aplaudieron y vitorearon a los músicos, quienes ya debían estar inclinando la cabeza en señal de agradecimiento, cuando el joven rey de Inglaterra apareció, asomando el rostro tras la columna en la que Jane se acababa de ocultar.
- Estaba finalizando la pieza y me pareció ver que os escondíais aquí, ¿ha sucedido algo? - habló el joven con expresión preocupada.
Jane dejó escapar un suspiro, negó con la cabeza y se señaló las faldas de su vestido, todo al mismo tiempo, poniendo en evidencia lo consternada que aún se encontraba. Eduardo bajó la mirada y contempló la gran mancha de color morado que se había formado en las faldas del vestido de su amiga. Pasados unos instantes en los que la niña esperaba oír una rápida solución de boca del rey de Inglaterra, Eduardo Tudor se mordió el labio inferior, sin saber muy bien qué decir, provocando que Jane dejara escapar un bufido de frustración: ¿por qué ese chico Dudley no era capaz de comportarse como el caballero de noble linaje que se suponía que era? Ahora estaba segura de que su madre iba a reprenderla gravemente por un asunto en el que ella no había tenido la menor implicación.
- Se me ha ocurrido una idea... - habló Eduardo Tudor, rompiendo el silencio que se había creado entre ellos (en contraste con la algarabía festiva del resto de la corte). El muchacho se acercó más a ella y le tendió la mano. - Venid conmigo...
La niña contempló la mano que le tendía a su amigo y alzó la mirada hacia el rostro del joven rey, mostrando un leve deje de desconfianza: sabía que eran amigos desde hacía más tiempo del que ninguno de los dos pudiera recordar y que confiaba en él más que ninguna otra persona en el mundo, pero... Por primera vez, el hecho de que Eduardo Tudor fuera un varón se convertía en una traba en su relación de amistad. Si el joven había pensado por un solo momento que iba a cambiarse de ropa delante de él estaba muy equivocado.
- Vamos, Jane... - la instó el chico, tendiéndole nuevamente la mano. - Los cortesanos no tardarán en echarme en falta y entonces no podré ayudaros...
Azorada ante la idea de verse expuesta al resto de la corte con semejantes pintas, la niña tomó la mano que le tendía su amigo, quien no tardó en darse la vuelta y echar a correr velozmente entre aquel oscuro pasillo de columnas. Iba tan deprisa que Jane tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para poder seguirle sin tropezar con las faldas de su vestido. Era obvio que Eduardo Tudor conocía la corte mucho mejor que Jane Grey, ya que él vivía allí y Jane era la primera vez que acudía a ella: ningún pasillo, ni recodo, ni esquina parecía guardar secreto alguno para el niño rey de Inglaterra.
- ¡Eduardo! - exclamó Jane, deteniéndose de inmediato en medio de un oscuro pasillo y haciendo que se detuviera también su amigo. No sabía dónde se encontraban, pero la música que había inundado la sala del trono no era ya más que un ligero eco en sus oídos. Ante la perplejidad del chico, la niña se cruzó firmemente de brazos. - No pienso dar un paso más si no me decís lo que planeáis dentro de vuestra pelirroja cabeza...
El chico puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, dejando aparecer en su rostro un semblante serio y contundente que Jane sólo le había visto poner cuando quería hacer valer su autoridad frente a los miembros de su consejo que aún le subestimaban por su tierna edad. Pero Jane no estaba dispuesta a dejar que el joven pensara que esa misma táctica iba a funcionar con ella.
- Vamos, Jane... - la apremió de nuevo el joven monarca. - No tardarán en echarme de menos en el salón del trono, es mi aniversario y no puedo ausentarme durante mucho tiempo...
- También es mi aniversario – contestó Jane, interrumpiendo las explicaciones de Eduardo. - Y os puedo asegurar de que mis padres tampoco tardarán en preguntarse dónde estoy... No es propio de una dama noble el extraviarse por los pasillos de la corte...
Eduardo abrió mucho los ojos y retrocedió un par de pasos, como si se acabara de dar cuenta de que Jane era una chica. Seguía enfadado por la falta de colaboración de Jane cuando lo único que él quería era ayudarla, pero finalmente dejó escapar un bufido de frustración y habló de nuevo a su amiga.
- Dejadme únicamente que os guíe hasta un lugar seguro, yo volveré al salón del trono y le diré a mi hermana Isabel que acuda en vuestra ayuda, ¿estáis conforme? - habló Eduardo con más formalidad de la que habitualmente había empleado al hablar con Jane.
Jane tragó saliva, contemplando la expresión de enfado de Eduardo Tudor y bajó un poco la guardia. Volvió a aceptar la mano que su amigo le tendía y caminaron, esta vez sin tanta prisa, hacia un lugar que sólo parecía conocer el joven monarca.
- ¿Adónde vamos? - quiso saber Jane, cuando ella y Eduardo doblaron una última esquina y se encontraron con un pasillo que terminaba en una puerta enorme de roble macizo.
- A los aposentos de la Reina... - contestó el chico sin detenerse un instante.
- ¡Vos no estáis casado! - protestó Jane, justo cuando ambos alcanzaron la puerta de los mencionados aposentos.
Un gesto de fastidio volvió a aparecer en el rostro de Eduardo:
- Me he dado cuenta de ese detalle, mi lady Jane... - dijo el chico mientras abría con cuidado la puerta, haciendo que la luz inundara el pasillo por el que habían llegado. - Estos aposentos no reciben otro nombre desde el reinado de mi padre y sería una pérdida de tiempo intentar que los sirvientes se acostumbraran a llamarlos de otra manera.
Dicho esto, el muchacho se apartó de la entrada de los aposentos para que la niña pudiera pasar: los últimos rayos del sol de la tarde penetraban por los cristales de las ventanas de la habitación. No hubiera esperado otra cosa de haberse creado algún tipo de expectativa antes de visitar aquellos aposentos, pero Jane se quedó boquiabierta nada más cruzar el umbral de la estancia. A pesar de que, desde Catalina Parr, esos aposentos no velaban el sueño de ninguna reina de Inglaterra, seguían perfectamente cuidados y preparados como si alguien fuera a dormir allí esa misma noche. La primogénita de los Grey supuso que no querían que esos aposentos se apolillaran y se convirtieran en una estancia abandonada hasta que Eduardo se casara, así que continuaban limpiando y cambiando las ropas de cama como si una reina aún durmiera allí.
De modo que en aquella habitación era donde habían dormido las esposas de Enrique VIII, las seis, todas ellas... Un escalofrío recorrió a la pequeña al recordar el destino de dos de ellas y las otras cuatro tampoco es que hubieran tenido demasiada suerte. Sabía que Eduardo adoraba a su padre y que muchas veces hacía oídos sordos a algunas de las decisiones más polémicas que su progenitor había tomado, pero no hacía falta ser un adivino para ver que el rey en el que Eduardo de Inglaterra se convirtiría al convertirse en un hombre distaría mucho del llevado a cabo por su padre. A pesar de ser padre e hijo, ambos tenían personalidades muy distintas y Eduardo parecía haber heredado toda la bondad y compasión innata de su madre.
- Se suponía que era una sorpresa – oyó Jane decir a la voz de Eduardo.
La niña se giró hacia su amigo, quien estaba apoyado en el umbral de la puerta, haciendo como que contemplaba la estancia, pero Jane le conocía lo bastante bien como para adivinar que aún estaba algo molesto con ella por haber desconfiado de él. No sabía lo que había pasado, suponía que los nervios y el miedo a cometer algún error aquella tarde habían terminado por hacerla explotar tras el incidente con Guilford Dudley... Eduardo sólo se había presentado en el momento menos indicado para soportar su genio.
- Eduardo... - comenzó a hablar la niña con la intención de disculparse, pero el chico no la dejó terminar.
- Llamaré a mi hermana Isabel, no tardará en reunirse con vos...
Y dicho esto, Eduardo se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Jane dejó escapar el aire y volvió a contemplar la enorme mancha de su vestido: ¿todo ese jaleo por un vestido? Parecía tonto, pero sí. Sólo podía dar gracias a Dios de que sus padres no se hubieran dado cuenta en el mismo momento, pero nada podía hacer de todos modos: tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ellos y al hecho de que había estropeado un vestido que debía haberles costado una pequeña fortuna, sin tener apenas tiempo de lucirlo en la corte. Sabía que sus padres esperaban de ella que hubiera entablado conversación con algún joven de familia acomodada e incluso que hubiera bailado, ya que era tenía más edad que Kitty, pero... Jane golpeó con los puños la colcha del lecho de la habitación: estaba harta de vivir tratando de superar las expectativas que sus padres le imponían, pero ¿qué otra cosa podía hacer ella? Alzó la mirada, contemplando la campiña inglesa a través del cristal de la ventana... Ojalá fuera como un pequeño gorrión, libre de volar de aquí a allá a su antojo, sin miedo de nada, ni de nadie...
El sonido de la puerta de la estancia al abrirse sacó a Jane de sus pensamientos. Se volvió sobre sí misma para encontrarse con Isabel Tudor, de dieciséis años, que acababa de entrar en la estancia con una caja fina y alargada de forma rectangular. Nada más cerrar la puerta, los ojos verdes de la pelirroja muchacha se detuvieron en la mancha en el vestido y de la niña, y chasqueó la lengua negando con la cabeza:
- Conocía los rumores sobre el comportamiento de Guilford Dudley, pero estaba segura de que una se vez se encontrara en la corte no sería lo mismo... - habló la muchacha, acercándose a la niña y dejando la caja que portaba sobre la cama de la estancia. - Creo que está claro que erré en tal suposición, es un muchacho incorregible...
Jane no dijo nada, sino que miró apresurada la caja que había traído consigo la joven Isabel, algo que la princesa pudo percibir:
- Mi hermana está algo molesto, quería que fuese una sorpresa... - dijo Isabel Tudor, descubriendo el contenido de la caja: Jane había estado tan pendiente de las formas que debía guardar en la corte y demás que prácticamente había olvidado que también era su cumpleaños y que, por tanto, también debía de tener un regalo, y ese regalo se encontraba en aquella caja, cubierto por una fina capa de seda. - Pero considero que es mucho mejor poder daros este regalo en privado y no ante toda la corte, así que quizás incluso debamos dar las gracias al joven Guilford...
La princesa retiró la seda y Jane pudo comprobar que en el interior de la caja había un vestido precioso e incluso esa elección de palabras era un eufemismo: era probablemente el vestido más hermoso que había visto jamás a su alcance. Era de color verde claro, aunque el tono de las faldas era algo más oscuro y en ellas habían bordados con hilos dorados enredaderas con hojas y flores que recorrían toda la extensión de las faldas del vestido. Hasta ella, que no se preocupaba demasiado por lo que debía o no vestir, tuvo que reconocer que el vestido era precioso y no tan presuntuoso como la mayoría que veía en la corte. No, aquel vestido evocaba el contacto con la naturaleza y despertaba en Jane muy gratos recuerdos.
- Según mi hermano... - habló Isabel al ver que Jane se había quedado sin palabras. - Éste es el regalo que vuestros padres desearían para vos, y éste... - continuó diciendo la princesa, sacando un pequeño libro que había bajo el vestido y que Jane no había tenido oportunidad de ver. - Es un regalo que vos apreciaríais mucho más...
Jane Grey tomó con cuidado el libro, que tenía pinta de ser muy antiguo, y lo abrió por la primera página: el corazón casi se le paró en el interior de su pecho cuando descubrió que se trataba nada más ni nada menos que de un tratado de los ensayos de Aristóteles. La joven sólo conocía a ese filósofo de oídas, pero estaba muy interesada en poder leer sus ideas sobre el mundo. Hasta ese momento, Jane creía que era imposible encontrar en toda Inglaterra un libro como aquel.
La muchacha alzó el rostro, sin saber muy bien qué decir: Eduardo había sido demasiado generoso con ella, se había tomado mucha molestia en elegir bien sus regalos y había acertado de pleno con ambos. Probablemente no debería sorprenderle tanto, ya que era más que probable que el monarca inglés fuera la persona que mejor la conocía en todo el mundo, al igual que ella se atrevía a declarar que no había nadie que conociera a aquel pequeño príncipe mejor que ella. Eran demasiados los momentos que habían vivido juntos, buenos y malos; nunca se habían ocultado nada el uno al otro y su amistad había sobrevivido a cuantos tejemanejes que los adultos habían puesto de por medio por interés propio.
Tener a Eduardo de Inglaterra como mejor amigo era muy posiblemente lo mejor que le había ocurrido jamás.
- Yo... - comenzó a decir Jane. - No sé qué decir, su Majestad es demasiado generoso...
- Eduardo sabía que dirías eso – sonrió con cariño Isabel, a la vez que acariciaba el cabello rubio de Jane. - Y creo que por eso me dijo que os dijera que no le llamárais Majestad...
Jane dejó escapar una breve risa, mientras pasaba con cuidado la mano por el vestido.
- Y, teniendo en cuenta lo que ha ocurrido con vuestro vestido, este regalo viene como caído del cielo, mi querida lady Jane... - habló una sonriente Isabel Tudor.
Tanto Henry Grey como Frances Brandon parecieron haber olvidado por completo el vestido color amarillo con el que su hija había acudido a las celebraciones por el cumpleaños del joven rey de Inglaterra cuando acudió junto a ellos vistiendo aquel vestido verde que el monarca inglés había encargado para ella. Lo cierto es que se ajustaba a ella como un guante, ningún otro vestido se había ajustado a ella mejor, y a sus padres les faltó el tiempo para ir a agradecer el detalle, con múltiples reverencias, al trono donde se encontraba sentado Eduardo de Inglaterra.
Kitty también parecía emocionada, recorriendo con su dedo índice las enredaderas hiladas en las faldas del vestido de su hermana, a la vez que afirmaba que era el vestido más hermoso que había visto jamás. Jane también quería darle las gracias a Eduardo, pero dadas las circunstancias toda la corte estaba pendiente de los Grey, y la niña no quería que su conversación con Eduardo fuera objeto de atención de toda la corte.
Alzando el rostro, Jane se topó con las miradas de la familia del duque de Northumberland, incluyendo a éste mismo. Se encontraban lejos de donde ella estaba, reunidos todos los miembros de la familia en una mesa lejana. El duque de Northumberland parecía estudiar a la joven Jane Grey, perdido en sus propios pensamientos; lord Robert y lady Amy conversaban entre ellos, pero ambos sin apartar la mirada de ella ni por un sólo momento; sólo lord Guilford, el causante de aquel desastre con el vestido amarillo, parecía más interesado en apurar hasta las últimas gotas de su copa de vino que en la primogénita de los Grey.
Jane decidió ignorarlos y siguió conversando animadamente con su hermana Kitty, quien no paraba de pedirle que girara sobre sí misma para ver el movimiento de las hojas y las flores en las faldas de su vestido. Las celebraciones siguieron su curso de manera habitual y únicamente parecieron menguar en su entusiasmo una vez avanzada la noche. Kitty estaba durmiendo, apoyada en el regazo de su madre, quien acariciaba sus cabellos pelirrojos a la vez que sostenía una conversación con otro de los nobles allí congregados. Los Dudley parecían estar preparándose para retirarse a las dependencias que poseían en la corte. Un joven mozo besó educadamente el dorso de la mano de Amy Dudley antes de que esta abandonara la estancia, no sin antes volverse hacia el muchacho con una sonrisa coqueta dibujada en los labios.
No había visto a los Dudley hasta aquella noche: por lo que había podido escuchar hablar a sus padres, eran una familia noble que siempre se había mostrado fiel a la dinastía Tudor y que ahora, bajo el reinado de Eduardo, a la familia les habían sido concedidos unos apartamentos en la corte que el duque no dudó sin un segundo en aceptar. Siempre solía estar allí, en compañía de algunos de sus trece hijos, en aquel caso eran Robert, Amy y Guilford, pero la semana siguiente podrían haber otros con él. Desde luego Guilford no parecía haber entrado en la corte con buen pie, Jane no tardó en entender las habladurías que hablaban de él como un bala perdida.
Aprovechó el ambiente relajado de la corte para dirigirse hacia donde se encontraba Eduardo, hablando animadamente con Barnaby Fitzpatrick, quien se encontraba escuchando las palabras de su viejo amigo apoyado en una columna cercana. Cuando éste último vio a Jane acercarse, dio unas pequeñas palmadas en el hombro del joven rey y se dirigió a servirse más vino, al tiempo que Eduardo se volvía para encontrarse con Jane.
- Yo... - comenzó a hablar ella. - Quería disculparme si he sido algo brusca con vos esta tarde...
- No es necesario que lo hagáis, Jane, no he encontrado ofensa alguna en vuestro comportamiento – la interrumpió Eduardo con delicadeza, haciendo que la muchacha volviera a sentirse cómoda en su compañía.
La muchacha sabía que sí había sido algo ingrata con él, debido a lo turbada que se encontraba por la presión de sus padres y por el estropicio que había hecho el menor de los hermanos Dudley con su vestido, pero agradeció al chico que no se lo tomara en cuenta. Jane sonrió y bajó levemente la mirada, contemplando sus manos unidas a la altura de su vientre.
- Es la primera vez que celebramos nuestros cumpleaños juntos – recordó la niña, mirando de nuevo a Eduardo. - Me gustaría pediros que fuera la primera ocasión de muchas otras.
- Lo será – asintió el monarca con un leve gesto de cabeza. - Mientras Inglaterra siga siendo como la conocemos y reine en ella la paz, os puedo asegurar que lo será...
- Y... - se apresuró a decir Jane, viendo por el rabillo del ojo que sus padres estaban despidiéndose ya de algunos de los que aún quedaban allí presentes. - Os agradezco muchísimo vuestros regalos, ambos: habéis sido muy inteligente al regalarme algo que tanto mis padres como yo podamos conservar con cariño... Aunque hubiera conservado con igual afecto cualquier cosa con la que me hubiérais obsequiado vos, hasta una pequeña piedra del camino...
El muchacho sonrió a las palabras de su amiga, haciendo que sus ojos grises parecieran brillar bajo la titilante luz de las velas y la propia alegría del chico. Éste tomó una de las manos de Jane y, inclinándose con ceremonia, besó el dorso de la misma con respeto. Una vez Jane había jurado que nunca se haría amiga de un niño como Eduardo Tudor y ahora podía jurar que a veces sentía que era lo único que valía la pena en su vida.
- Si os doy algo – dijo la muchacha, algo azorada por no tener ningún regalo que ofrecer a su amigo. - Aunque no tenga mucho valor, ¿lo aceptaréis como mi regalo de cumpleaños?
Eduardo parecía intrigado, pero asintió sin pensarlo dos veces. La niña esbozó una sonrisa tímida y se acercó a él, posando sus labios sobre la mejilla del muchacho en un largo beso que hizo que el rubor acudiera presuroso al rostro del joven rey. Sólo se separó de él para abrazarle igual de largamente, mientras él mantenía las manos sobre la espalda de la chica, un poco más abajo de los hombros. Antes de que pudiera darse cuenta, ambos se habían separado y Jane se había despedido de él con una pequeña reverencia y una sonrisa de cariño dibujada en los labios. Poco después, ésta se marchó junto a su padre y su madre, que llevaba en brazos a una Kitty aún agotada por el cansancio del viaje y de las celebraciones en sí.
Mientras se reunía con sus hermanas para despedir a los invitados que quedaban y agradecerles su presencia allí y su lealtad a la corona de Inglaterra con un último brindis, Eduardo Tudor se dio cuenta de una cosa que no recordaba que le hubiera pasado nunca antes: era habitual entre su mejor amiga y él que se despidieran siempre con sendos besos en las mejillas, pero aquella había sido la primera vez que el hecho de sentir el beso de Jane había provocado que su rostro se tornara del color de los tomates. El muchacho no dedicó mucho más tiempo a aquellos pensamientos para seguir despidiendo a los invitados, junto a sus hermanas María e Isabel, desconociendo entonces la importancia de aquel pequeño momento en los días que aún estaban por llegar.
NdA: ¡Tachán! Aquí estoy de nuevo con una nueva entrega de este fic. Era súper importante que conociérais ya a la familia Dudley, pues son unos personajes que van a influir mucho en las tramas venideras del fic: así que mantened los ojos en John, Robert, Amy y Guilford. Después de tanto tiempo, creo que iba siendo hora de escribir un cumpleaños que Eduardo y Jane pasaran juntos, y también la primera visita de Jane a la corte. Espero que os haya gustado y os prometo tardar menos en publicar el siguiente capítulo. Mil gracias a todos mis lectores y, por supuesto, también a los que se han tomado la molestia de manifestar su opinión mediante reviews. Los aprecio muchísimo y me animan a seguir escribiendo esta historia tan especial para mí.
