26 de Abril de 1550

Aquel era un día tranquilo en la corte de Hampton Court. La primavera hacía tiempo que había llegado a aquella zona del país, inundando los verdes campos ingleses de flores de todo tipo de color y tamaño, así como también había llenado todos los árboles frutales de los jugosos frutos a por los que los muchachos que trabajaban en los campos trepaban para conseguir. Incluso los propios cortesanos no parecían tener demasiada intención de permanecer entre los muros del castillo; no, en vez de eso, muchos habían partido a sus residencias en el campo para pasar un par de días a lo sumo disfrutando de aquel ambiente. Como bien era sabido sin ser una norma escrita, el hecho de que permanecieras más de tres días en tu casa residencial siendo miembro de la corte sólo podía significar tres cosas: uno, que estabas enfermo; dos, que nadie quería verte; o tres, que habías caído en desgracia para con el rey de Inglaterra.

Como ninguno de los cortesanos tenía interés alguno en ser catalogado en alguno de esos tres grupos, todos ellos habían garantizado al propio Eduardo de Inglaterra que su estancia en sus respectivos hogares no se prologaría más de lo que correspondía a un breve descanso de la vida en la corte. Por lo tanto, en aquel día del mes de abril se respiraba paz en el interior de los muros del castillo: teniendo menos gente a la que atender, los criados tenían menos trabajo y más tiempo para descansar y charlar entre ellos, los guardias – aunque permanecían todos en sus puestos habituales – tampoco tenían que vigilar grandes multitudes por si alguien entraba armado o algo similar. Sólo unos pocos habían abandonado sus puestos de siempre para formar una estratégica formación para proteger al joven rey de Inglaterra.

Eduardo Tudor se encontraba en esos momentos en los frondosos y floridos jardines que rodeaban Hampton Court, más concretamente sentado entre las ramas de un hermoso manzano que habia florecido hacía unas semanas y de cuyas ramas colgaban las manzanas más rojas que el muchacho hubiera visto jamás. Le había costado convencer a los miembros de su consejo de que le dejaran salir al exterior, ya que todos estaban muy obsesionados con la idea de que el rey enfermara, pero gracias a la intervención del duque de Northumberland, John Dudley, Eduardo había conseguido los permisos necesarios para pasar la tarde al aire libre, siempre y cuando le acompañara una férrea escolta.

Ajeno a los guardias que se habían colocado en puntos más o menos cercanos de donde él se encontraba, el muchacho se inclinó sobre el laúd que portaba en su regazo, afinando con cuidado una de las cuerdas. Una vez hubo tensado la cuerda, Eduardo la presionó, agudizando el oído para comprobar si la nota sonaba como debía y una sonrisa de satisfacción propia se dibujó en el rostro del joven rey al comprobar que sí lo hacía. Colocando mejor el laúd entre sus brazos, el hijo de Enrique VIII comenzó a interpretar una pieza que no era del todo desconocida en la corte: era una de las que había compuesto su padre en sus tiempos de juventud, cuando su alma estaba más entregada a las artes que a perseguir mujeres durante las múltiples celebraciones que llevaba a cabo sin ningún motivo en especial.

Al oír al joven Eduardo tocar las composiciones de su padre en el laúd, con la maestría de un muchacho que había practicado muchísimo la ejecución del instrumento musical durante su infancia, muchos cortesanos se sentían aliviados al reconocer cierta similitud entre padre e hijo. Pero también otros muchos negaban con la cabeza y afirmaban que, aunque ambos tuvieran una natural inclinación por las artes, Enrique y Eduardo Tudor no podían ser más distintos. Eran sólo cuchicheos de la corte que rara vez llegaban a oídos del joven monarca, pero no hacía falta haber conocido mucho al viejo rey Enrique para darse cuenta de que Jane Seymour había dejado más herencia en su hijo de lo que lo había hecho el anterior monarca. Enrique era orgulloso, impulsivo y feroz; Eduardo era calmado, inteligente y con un corazón compasivo: justamente lo que Inglaterra necesitaba después de un reinado como el de Enrique VIII. Y la corta edad del rey – sólo tenía doce años – no hacía sino presagiar un futuro dorado para Inglaterra.

Eduardo Tudor dejó las viejas partituras a un lado y tomó unas más recientes: la mayoría de ellas estaban inacabadas, pero el joven estaba decidido a encontrar la mejor forma de finalizar las piezas. No se le daba nada mal componer sus propias obras, conocía lo bastante bien el lenguaje de la música como para que los resultados no pudieran ser otros, pero aún así sentía que le faltaba mucho para llegar a componer una canción a la que pudiera considerar su magnum opus particular. El muchacho sostuvo una pluma entre sus dientes y se inclinó sobre una de las partituras que tenía pendientes, observando cada ritmo, cada corchea y cada pausa, reproduciendo la música en su mente para tratar de averiguar cuál era el modo natural en que la melodía debía seguir.

A la vez que su pluma iba dibujando, con pequeñas pausas de reflexión entre ellas, nuevas figurales musicales, el pelirrojo muchacho podía oír a sus tres spaniels corretear y ladrar alrededor del árbol en que éste se encontraba subido. Aquellos perros se los había regalado el duque de Northumberland, con la promesa de que en su próximo cumpleaños le llevaría de caza por primera vez en su corta vida. El muchacho se había ilusionado ante aquella idea, ya que John Dudley parecía ser una de las pocas personas de la corte que pensaban que debía tener los entretenimientos normales de un chico de su edad, y no vivir en una jaula de oro permanente por un miedo constante a los accidentes o a las enfermedades.

Alzó la vista de la partitura casi terminada hacia las raíces del manzano, donde uno de sus perros se había puesto a escarbar con las patas en la tierra llamando la atención de los otros dos canes: desearía que John Dudley hubiera escogido otra raza de perro de caza, una que no le recordara tanto a Júpiter. El recuerdo de su primera mascota aún lograba que su corazón se encogiera en el interior de su pecho y se mordía el interior de la mejilla para impedir que las lágrimas brotaran de sus ojos grises: aún siendo de la misma raza, aquellos perros eran muy distintos de Júpiter; aquellos perros sí eran de complexión fuerte, destinados a ayudar a sus amos en las cacerías, y Júpiter había sido un pequeño cachorro incapaz de hacer frente a ese cometido que había tenido la suerte de venir al mundo en la hacienda de una amiga cariñosa, quien se lo había regalado a él cuando apenas tenían seis años.

Jane Grey había salvado la vida del pequeño Júpiter y había hecho que su vida en la corte, al lado de su fiel mascota, fuera mucho menos aburrida y monótona para un niño que estaba destinado a convertirse de forma temprana en el monarca de Inglaterra. No lograba imaginarse cómo habrían sido sus circunstancias sin su anterior mascota y, ciertamente, tampoco sin la propia lady Jane.

Se hallaba inmerso en estos pensamientos mientras trataba de secuenciar una serie de notas para crear algo que pudiera considerar hermoso, cuando advirtió que unos pasos se acercaban hacia el manzano entre cuyas ramas, hojas y frutos se hallaba refugiado de la vida palaciega. Únicamente hizo falta un breve saludo entre aquella persona y uno de los guardias para que Eduardo supiera que se trataba del duque de Northumberland, John Dudley. El joven rey dejó las partituras a un lado y se agarró con las dos manos a una de las ramas que quedaban por encima de él, dejándose balancear levemente en la misma hasta que se encontró en una posición segura para dejarse caer del árbol. El muchacho tocó tierra firmemente, manteniéndose en pie frente al recién llegado, pero aquella acción bastó para que la guardia real se sobresaltara en sus puestos.

- ¡Majestad! - dijo uno de los guardias, girándose hacia él. - Debéis tener más cuidado al bajar de estos árboles, es peligroso. Podríais haberos partido un hueso...

Al joven Eduardo realmente le costaba no poner los ojos en blanco en situaciones como aquella: sabía cómo cuidar de sí mismo y no veía ningún peligro en algo tan nimio como saltar de un árbol al suelo. John Dudley esbozó una breve sonrisa en su afilado rostro y asintió para sí antes de dirigirse al guardia que había hablado al pelirrojo muchacho.

- ¿Acaso dudáis del cuidado que su Majestad tiene sobre su propia seguridad? - habló con voz calmada el duque, haciendo que el guardia parecía nervioso e incluso avergonzado sus palabras. - Creo que es a su propia Majestad a quien más le conciernen estos asuntos y estoy seguro de que nuestro joven monarca está más que capacitado como para considerar que actividades es capaz de realizar y cuáles no...

El muchacho apenas pudo reprimir una breve sonrisa: John Dudley le caía muy bien, siempre le comprendía y le ayudaba en su difícil tarea de ser rey de Inglaterra, una de las naciones más poderosas de la Tierra, con tan sólo doce años de edad. Eduardo no era un niño y le molestaba que lo consideraran como tal: menos mal que Dios había puesto en su camino al buen duque, quien intercedía por él cuando el resto de sus súbditos parecían olvidar que estaban hablando a un rey que ya no era un niño que estaba aprendiendo a vivir.

- Estoy seguro de ello, mi Lord... - balbuceó el guardia, profundamente avergonzado. Segundos después, hincó la rodilla en el suelo, frente a Eduardo, con la mirada fija en el brillante césped de primavera. - Majestad, os juro que nunca he dudado de vos, ni de vuestra capacidad para tomar vuestras propias decisiones... Serví a vuestro padre y os serviré a vos mientras quede un hálito de vida en mí...

- Estoy seguro de ello, mi buen soldado – habló Eduardo, posando una de sus manos sobre el hombro del guardia. - Contáis con mi plena confianza y no hay día en que no agradezca tener como guardia personal a hombres tan íntegros y leales como lo sois vos... Descansa, soldado...

El hombre se encontraba como si su voz le hubiera abandonado, no sabía cómo agradecer al joven rey sus amables palabras, ni cómo expresar que se sentía tan poco digno de ellas, pero sabía que el joven rey de Inglaterra nunca decía sino la verdad y que nada de lo que le pudiera decir haría cambiar de idea al hijo de Enrique VIII. Por ello, se limitó a dar las gracias con sendas reverencias, antes de volver a ocupar su puesto de vigilancia. Entonces, Eduardo Tudor dirigió su mirada hacia el duque de Northumberland, que había presenciado toda aquella escena con el rostro carente de toda emoción: un muro de piedra hubiera dado más información sobre aquella experiencia que la persona de John Dudley. Finalmente, el hombre carraspeó y cruzó las manos, mostrando una actitud formal ante el joven rey de Inglaterra.

- Majestad, he acudido a vos hoy para haceros una petición... - dijo finalmente el duque, bajo la atenta mirada del muchacho, que mantenía los ojos entrecerrados para protegerse de los rayos del sol. El hombre se giró sobre sí mismo e hizo unas pocas señas a alguien que se encontraba tras él y a quien Eduardo no había visto hasta aquel momento: era lady Amy Dudley, una de las hijas del duque. - Creo que ya conocéis a mi hija Amy, estuvo presente en vuestro último cumpleaños...

- Claro que la recuerdo... - contestó Eduardo tomando la mano de la muchacha y besando el dorso de la misma a modo de saludo. - ¿Cómo se encuentra, milady? ¿Qué tal se encuentra el resto de su familia?

Amy Dudley, de catorce años, esbozó una sonrisa y realizó un profunda reverencia antes de volver a alzar su mirada castaña hacia el joven rey. Si Eduardo no mal recordaba, lady Amy Dudley era la hija predilecta de John Dudley y ésta tenía un hermano mellizo llamado Guilford, que compartía los cabellos y ojos oscuros de su hermana, aunque no tanto el saber estar y el respeto por el protocolo.

- Todos nos encontramos muy bien, Majestad – habló con una sonrisa la joven Amy. - Procuraré transmitirles vuestro interés por nuestra familia.

- Veréis, Majestad – volvió a hablar John Dudley, haciendo el muchacho volviera el rostro de nuevo hacia él. El duque mantenía un porte distinguido que siempre parecía acompañarle, pero a la vez se mostraba cercano y afectuoso con el joven monarca inglés. - Mi hija Amy ha cumplido ya los catorce años y, a modo de favor personal, me gustaría pediros para ella un lugar en vuestra corte...

Aunque su primerísima reacción hubiera sido la de poner cara de asombro, Eduardo asintió levemente y apoyó el mentón en una de sus manos, meditando las palabras del duque: el lugar de una joven de la edad y la cuna de lady Amy Dudley en la corte era, sin duda, como dama de compañía de la reina o como niñera. Pero el problema estaba en que Inglaterra, de manera obvia debido a que el rey aún no tenía la edad legal para casarse, no tenía reina y hacía mucho que Eduardo ya no necesitaba los cuidados de una niñera. Pero podía haber un lugar en la corte para lady Dudley, como lo había para otras tantas jóvenes hijas de nobles: en la corte podría recibir una educación mucho más avanzada de la que ya les ofrecían en las haciendas familiares y llegado el momento sería toda una distinguida dama que no tendría problema alguno en encontrar un buen hombre con el que contraer matrimonio y empezar una familia.

- Sabéis tan bien como yo que no necesito damas de compañía ni tampoco niñeras... - comenzó a hablar Eduardo Tudor. - Pero bien es cierto que ya hay damas nobles viviendo en la corte y beneficiándose de las oportunidades que ésta ofrece, y puesto que vuestra familia ya posee unos dormitorios en la misma, no veo mayor inconveniente en que vuestra hija se incorpore a la corte...

El rostro de Amy se iluminó con una gran sonrisa, que Eduardo pudo contemplar poco antes de la muchacha se tapara el rostro con las manos y se apresurara a abrazar a su padre en señal de afecto y agradecimiento. John Dudley también parecía contento con la noticia, aunque no tan emocionado como su hija, probablemente debido a que ya esperaba que el joven muchacho no le ofreciera un "no" por respuesta. En los últimos tiempos se había preocupado mucho de conseguir ganarse la simpatía del joven rey y había tenido éxito en ello: Eduardo de Inglaterra le estimaba mucho y confiaba en él, ya que Dudley siempre hacía oír su voz cuando los miembros del consejo estimaban que el rey era aún demasiado joven para tomar algunas decisiones por sí mismo.

El duque de Northumberland esperaba que todos los sacrificios que estaba haciendo ahora por ganarse la confianza de Eduardo Tudor tuvieran su recompensa cuando éste cumpliera los dieciséis años, la edad en que podría reinar sobre Inglaterra de forma plena, guiándose por su corazón y no tanto por los intereses personales de los miembros del consejo. Muchos veían en Eduardo de Inglaterra la luz de la esperanza que llevaría a la nación a una edad dorada; John Dudley se conformaba con que el muchacho recordara todo lo que había hecho por él y le recompensara como era debido. Después de todo, ya tenía trece hijos con los que lidiar como para preocuparse también por un crío de doce años que tenía sobre su pelirroja cabeza la corona de Inglaterra.

- Os lo agradezco mucho, Majestad... - murmuró una radiante Amy Dudley volviendo a realizar una reverencia frente a Eduardo Tudor. - Prometo serviros con fidelidad, pase lo que pase, podréis contar con mi más absoluta lealtad...

Amy ignoraba el modo en que su padre la miraba en aquellos momentos: aunque él pensaba que sus palabras habían sido todo un acierto, la joven no había preparado aquel discurso sino que hablaba con la más pura sinceridad de su corazón. Amy Dudley no era una joven estúpida y frívola: apreciaba mucho las artes y las ciencias, era mucho más inteligente de lo que su familia estaba dispuesta a reconocer, salvo puede que su hermano mayor Robert. La muchacha sabía cuál era su lugar en la familia, pero no por ello renunciaba a ser quien ella era por naturaleza: tenía muy claro que ella era algo más que un apellido respetable y un peón en las estrategias de su padre.

- Estoy seguro de que así será, lady Dudley – sonrió Eduardo a las promesas de la chica. - Soy yo quien os agradece vuestra entrega y solicitud en este día. Sois libre de incorporaros cuando deséeis a vuestro puesto en la corte, decidle lady Hewitt que yo os envío...

La muchacha sonrió una vez más y se dirigió a su padre, dándole un último beso de agradecimiento en la mejilla, antes de alejarse de allí, dirigiendo sus pasos con renovado ánimo hacia las puertas principales del castillo. Tanto John Dudley como Eduardo Tudor la observaron marcharse hasta que la perdieron de vista al entrar en el castillo. Fue entonces cuanfo el joven rey de Inglaterra carraspeó, llamando la atención del duque.

- Me alegra que os encontréis aquí, lord Dudley – habló el muchacho. - De hecho, quería pediros vuestro consejo sobre un asunto sobre el que llevo pensando los últimos días... Más bien, querría conocer vuestra opinión al respecto...

- Lo que sea, Majestad, sabéis que podéis acudir a mí siempre que lo requiráis... - se apresuró John Dudley a manifestar, solícito, pero el pequeño rey parecía estar ya pensando en cómo comenzar a tratar el tema.

En los últimos tiempos, Eduardo Tudor se había visto invadido por preguntas sin respuesta, preguntas que concernían al reinado de su padre, a toda la vida de su padre, para ser más precisos. No podía ver a sus hermanas todo lo que le gustaría y los miembros del consejo no hacían más que alabar la figura del fallecido rey de Inglaterra, pero Eduardo se encontraba ya alcanzando ya una edad en la que sentía necesidad de saberlo todo: tanto las luces como las sombras del reinado de Enrique VIII. Y sentía que aquel era un viaje que iba a tener que emprender él solo.

- En realidad es sólo una pequeña petición que me gustaría que hiciérais correr por la corte: quiero recorrer el castillo por completo y sin compañía alguna... - dijo Eduardo, poniendo sus manos tras la espalda y dirigiéndose hacia John Dudley. - En cuanto a los motivos, me temo que son únicamente míos, mi Lord...

John Dudley pareció quedarse sin palabras durante unos instantes: estaba claro que el niño estaba decidido a hacer esa particular travesía. No le estaba pidiendo permiso, no le estaba pidiendo consejo: tenía claro lo que quería hacer, lo único que quería de él era que se asegurara de que todos las personas que vivían en la corte estuvieran al tanto de ello y respetaran sus deseos. Ahí había algo que el duque de Northumberland no podía comprender: ¿cuáles serían las intenciones de Eduardo Tudor tras aquella petición? El muchacho conocía el castillo lo suficiente respecto a su cargo y su edad: un rey no tenía por qué visitar las cocinas, las mazmorras o cualquier otro lugar de similar naturaleza. Simplemente su lugar no estaba allí... Pero, claro, después de todo aquel niño era el rey y sus deseos debían ser órdenes para él.

- Por supuesto, mi señor... - dijo finalmente John Dudley, realizando una nueva reverencia, a medida que los dos caminaban al lado de los manzanos en los exteriores de Hampton Court. - Pero, ¿permitiréis al menos que os acompañe un sólo escolta? Podría caminar incluso veinte pasos tras vos para no perturbaros con su presencia...

- Mis escoltas están para protegerme, no para que yo me tenga que sentir turbado por la presencia de cualquiera de ellos – continuó hablando Eduardo: apreciaba mucho a sus escoltas, les conocía personalmente y sabía que cualquiera de ellos haría un trabajo excelente acompañándole aquel día. Pero no era compañía lo que el joven rey necesitaba ese día: necesitaba encontrarse con sus raíces, saber quién era y, sobre todo, cómo había sido el reinado de su padre. - Ésta es una visita que me gustaría realizar a solas...

John Dudley aún parecía cuestionar la decisión del joven rey, pero finalmente se limitó a realizar una leve inclinación de cabeza, obedeciendo la petición de Eduardo. Sólo Dios sabía lo que ese crío se traía entre manos, pero después de todo no había pedido nada excesivo ni descabellado: en ese sentido era bastante distinto de su padre, pero una vez más sólo Dios sabía lo que tenía preparado para Eduardo de Inglaterra y su reino. Por su parte, ese muchacho no esperó más consentimiento y, con una amplia sonrisa, echó a correr en dirección al castillo, aún sosteniendo firmemente su laúd y sus páginas de música en las manos.

En aquellos momentos, a los ojos de cualquier persona, Eduardo bien podría ser un muchacho cualquiera, correteando por las llanuras verdes y floridas de Inglaterra, con los rayos del sol reflejados en su cabello pelirrojo. Aunque los motivos por los que quería realizar ese recorrido por el castillo completamente a solas eran más bien maduros, el niño que aún era el joven rey de Inglaterra sintió cómo su corazón saltaba de alegría en el interior de su pecho: le gustaba esa sensación de libertad, el poder sentir el viento en su rostro y en sus cabellos, así como poder echar a correr todo lo deprisa que le permitirieran sus piernas. Durante toda su vida, siempre lo habían sobreprotegido por miedo a que algo malo le ocurriese sin que Inglaterra tuviera un heredero apropiado, pero conforme iban pasando los años y Eduardo de Inglaterra iba creciendo sano y fuerte, estas preocupaciones se vieron disminuidas, aunque no terminaban de desaparecer.

El muchacho saltó sobre una rama baja de un árbol cercano y aterrizó el verde césped, donde siguió su carrera hasta la entrada a las cocinas de palacio: éstas tenían conexión con casi todas las zonas del castillo para poder servir a los nobles que habitaban en el mismo a la hora que lo solicitaran, por eso Eduardo prefería tomar ese atajo a atravesar corriendo el salón del trono, llamando la atención y la curiosidad de los nobles que pudieran estar paseando o conversando allí. En el caso de los criados, era bien distinto: las cocineras y damas siempre le habían estimado como a un hijo o un hermano menor, no tenían interés alguno en la corona que el muchacho tenía ceñida en su cabeza durante las recepciones y celebraciones de la corte. Ellas y el resto de los criados lo veían por lo que en realidad era: simplemente Eduardo Tudor, un niño de doce años al que habían visto crecer y al que habían cuidado desde entonces.


Ya dentro de palacio, recorriendo con cautela los pasillos que había escogido visitar en su mente, hacía ya unas semanas atrás, Eduardo no pudo contener una sonrisa de emoción al pensar que todo estaba saliendo tal y como esperaba: las cocineras y demás sirvientes se habían sorprendido al verle atravesar las cocinas a toda velocidad, provocando apresuradas reverencias y muestras de respeto, pero también habían sonreído al ver pasar al chiquillo con tanta energía y vida en él. Los niños, antes que ser reyes, tenían que ser niños y Eduardo de Inglaterra apenas había tenido oportunidad de ser un niño durante su corta vida.

En aquellos momentos, el joven rey aún caminaba por los pasillos de la zona más baja del castillo, cerca de las cocinas pero también cerca de las mazmorras. Al darse cuenta de su ubicación, Eduardo se detuvo en sus pasos, mirando con cuidado los posibles caminos que podía tomar: el simple hecho de bajar a las mazmorras le inspiraba un pánico que no podía expresar con palabras. Hasta donde a él le constaba, no existía ningún prisionero en las mazmorras de Hampton Court, ya que estos presos eran trasladados con la mayor celeridad posible a la Torre, por la seguridad del monarca. No existía peligro real de que el joven se viera en ninguna situación de peligro... Eduardo tragó saliva y miró por encima de su hombro: estaba totalmente solo. Sabía que ni John Dudley ni los miembros de su consejo aprobarían que él bajara a las mazmorras... Pero era el rey de Inglaterra y sentía la responsabilidad de conocer tanto las luces como las sombras de su país y de su forma de gobernarlo.

Haciendo acopio de todo el valor que tenía en su cuerpo, Eduardo Tudor siguió caminando hacia unas escaleras de caracol cuyo final se perdía en una tétrica oscuridad. El muchacho tomó una antorcha que los guardias siempre dejaban allí para el cambio de guardia y comenzó a bajar las escaleras, con cuidado de no hacer ruido, de no caerse, ni de que se le cayera su laúd. Las mazmorras no eran un lugar agradable, eso Eduardo lo sabía perfectamente, pero nada en el mundo le hubiera preparado para aquella visita. Una vez que la escalera llegó a su fin, el muchacho contempló el lugar donde se encontraba: era un lugar oscuro y frío, excavado en la piedra, donde se oía el caer de pequeñas gotas de agua, así como se veía el leve titilar de las antorchas colocadas a varias celdas de distancia unas de otras. Habían también unas picas que, si bien en ese momento estaban vacías, la tonalidad rojiza que había en la madera de las mismas revelaban su oscura utilidad.

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas y retrocedió un par de pasos: sabía que ese el castigo impuesto por ley a los malhechores y a los traidores, pero en aquellos momentos Eduardo Tudor sólo sentía la piedad y la compasión que hacían latir su corazón a toda velocidad. El muchacho se atrevió a caminar entre las celdas vacías, observando con cuidado en el interior de las misma, según las llamas de su antorcha iban disipando las tinieblas a su paso: eran lugares fríos, sucios, húmedos, llenos de desgracia, llenos de historias de personas que nunca imaginaron terminar en un sitio como aquel... Eduardo tragó saliva y sintió un escalofrío recorrer su cuerpo: tenía que marcharse de allí, si no lo hacía no tendría valor suficiente como para proseguir su visita... Pero no iba a olvidar las mazmorras, así como tampoco los distintos lugares que quería visitar.

Mientras subía las escaleras de caracol lo más rápido que podía, Eduardo no pudo evitar pensar en la madre de su hermana Isabel: lady Ana Bolena, la segunda mujer a la que su padre había convertido en reina de Inglaterra. Su nombre aún era algo prohibido en la corte, algo de lo que la gente evitaba hablar, una persona de la que sus familiares se avergonzaban, pero Eduardo sabía algunas cosas: que se la había acusado de crímenes imperdonables y que había pagado por ellos bajo el filo del hacha en la Torre, cuando Isabel apenas tenía tres años de edad. Ana Bolena, quien había pasado de ser la mujer más poderosa de Inglaterra, la más envidiada por su belleza y juventud, la que llenaba de luz con sus sonrisas los bailes de la corte... Todo lo que ella había sido alguna vez se había visto reducido al olvido, a una mera placa en la capilla de la Torre donde los traidores eran enterrados...

Eduardo no podía evitar sentir sino lástima por ella: al fin y al cabo, ella era la madre de su hermana Isabel y estaba seguro que la había amado más que a cualquier otra persona en el mundo. ¿Cómo llegó todo a resolverse de ese modo?, ¿por qué separar a madre e hija de forma tan cruel y definitiva?, ¿acaso su padre olvidó todo el amor y devoción que una vez debió sentir por Ana Bolena? El joven rey de Inglaterra aún era demasiado joven para comprender todo aquello de forma total, pero sabía que cuando se casara sería con una persona cuya mera presencia bastara para hacer sonreír, con alguien que hiciera sus días más brillantes, a cuyo lado fuera más consciente de la belleza del mundo en el que vivían. A alguien a quien amara con todo su corazón y con su alma también... A alguien a quien nunca querría, ni en sus peores pesadillas, ver vivir el destino que sufrió Ana Bolena y mucho menos ser el responsable del mismo. Sólo de pensarlo se le revolvía el estómago y notaba cómo sus ojos se irritaban. Puede que Ana Bolena hubiera sido culpable, pero había otras penas que no eran tan drásticas: podría haberse retirado a un convento, podría haber renunciado a sus derechos como reina... Pero ése no era el castigo que su padre había considerado apropiado para ella.

El joven rey de Inglaterra se sentía totalmente abrumado por las dudas: ¿cómo era exactamente Ana Bolena y, sobre todo, cómo era exactamente su propio padre? Con él siempre había sido un padre dedicado y atento, aunque no pudiera verle todas las veces le hubiera gustado, criándose entre niñeras y damas de compañía. Desearía poder hablar con él en aquellos momentos, preguntarle el por qué de tantas cosas, si tan sólo supiera más de lo que aconteció en tiempos de Ana Bolena, lo que provocó su caída... El corazón de Eduardo dio un salto en el interior de su pecho y se detuvo en mitad del pasillo al darse cuenta de una cosa: no, no había llegado a conocer nunca a Ana Bolena, pero sí a otra esposa de su padre que sufrió el mismo destino que ella.

Catherine Howard.

Con el corazón en un puño, Eduardo echó a correr, tomando las primeras escaleras que encontró que guiaban hasta los pisos superiores. Puede que la historia de Ana Bolena no estuviera escrita en su totalidad entre los muros de Hampton Court, pero sí lo estaba la de la joven Catherine Howard, quinta esposa de su padre y, por lo tanto, su quinta reina de Inglaterra. A ella sí la recordaba bien: permanecía en sus más dulces recuerdos de infancia, sonriendo y haciéndole mimos en sus eternos diecisiete años, la recordaba con el sol de verano haciendo brillar sus largos cabellos claros... Siempre feliz, siempre sonriente, la pequeña reina de Inglaterra. Eduardo había querido mucho a Catherine Howard, siempre que visitaba la corte durante el reinado de la joven Howard, ésta le recibía con una entusiasta sonrisa y se apresuraba a acudir a su encuentro, tomándolo en brazos y haciéndole girar por la habitación, para después intentar hacerle cosquillas.

Sus risas aún se confundían con las de ella en sus recuerdos.

Los pasos del joven rey resonaron entre los muros de piedra que componían el gran corredor que conducía a la capilla real: la luz del día entraba por las amplias ventanas situadas en el mismo, pero no por ello Eduardo Tudor se sintió más amparado ni menos vulnerables. Había oído murmurar muchas veces a los criados de palacio que en una habitación de aquel mismo pasillo fue recluida la joven Catherine Howard cuando su traición para con el rey fue descubierta y también contaban que, antes de aceptar su destino, la muchacha había logrado escapar y había intentado llegar hasta la capilla real para poder hablar en persona con Enrique VIII y suplicar misericordia. Contaban que los guardias la arrastraron por aquel mismo pasillo de vuelta a su encierro antes de la chica pudiera hacer tal cosa, incluso decían que aún se la oía gritar en aquel pasillo muy entrada la noche.

Eduardo se pasó las manos por los brazos, como intentando hacerse entrar en calor, pero el frío de los recuerdos de tiempos pasados difícilmente se espanta de aquella manera. Mantenía su mirada fija en el entarimado suelo del pasillo, en el que muchos juraban aún ver las marcas de las uñas de que aquella dulce joven a la que una vez él consideró la más gentil y hermosa del mundo. Dirigió su mirada gris hacia una vieja puerta de madera que había en aquel pasillo y caminó hacia ella, rezando porque se encontrara abierta... Y así era.

El joven rey de Inglaterra giró la manivela y entró en una amplia estancia que una vez debió servir como un magnífico salón perteneciente a los aposentos de algún miembro de la corte. Sin embargo, aquella alcoba estaba ahora sumida en el olvido, bajo varias capas de polvo y con todos sus muebles cubiertos por finas sábanas blancas. Un pequeño rayo de luz conseguía entrar en el lugar, a través de una pequeña vidriera, era lo único que salvaba a la estancia de la más completa oscuridad: debía ser en aquella estancia donde Catherine Howard pasó sus últimas horas en Hampton Court, ya que ninguna otra de las habitaciones que daban a aquel pasillo hubieran sido ofrecidas a un traidor a la corona. No le costaba imaginar a la reina adolescente en aquel lugar, encogida sobre sí misma, desbordada por los acontecimientos y condenada a una muerte segura.

Eduardo caminó hacia el centro de la estancia y tomó asiento en medio de la misma, sin prestar atención a la suciedad que en ésta había. El joven tragó saliva y colocó el laúd sobre su regazo: tras unos segundos de reflexión, comenzó a interpretar una suave y triste melodía en la que había estado trabajando desde hacia ya varias semanas. Los nostálgicos acordes se perdían haciendo un dulce eco en la estancia, mientras el joven rey mantenía los ojos cerrados y procuraba recordar a Catherine Howard tal y como él la había conocido, tal y como ella era: una joven alegre y cariñosa que conseguía iluminar una habitación con su mera presencia, una adolescente llena de vida que nunca debió casar con un hombre de la edad de su padre... Una niña que nunca debió ser reina de Inglaterra.

Poco importaba a Eduardo las malas historias que había oído sobre algunas de las esposas de su padre, pues sabía muy bien que únicamente eran vapuleadas y maltratadas por aquellos que nunca las conocieron porque únicamente conocían lo que habían hecho "mal", pero él, también sin conocerlas, sabía mucho más: sabía que Catalina de Aragón solía cantar a su hermana María nanas en español cuando era pequeña, porque la propia María se las había cantado a él y aún a veces la sorprendía murmurando alguna de ellas con la mirada llena de nostalgia perdida en algún lugar de la campiña; sabía que Ana Bolena siempre trató de proteger a Isabel, incluso cuando su propia vida estaba sentenciada ella sólo pensaba en lo que sería de su pequeña, según le había dicho Catalina Parr, que llegó a conocer a la segunda reina de Enrique VIII; de Catherine Howard nunca olvidaría los juegos y mimos que le dedicó y todo lo que se esforzó en ser una madre cariñosa cuando apenas tenía edad para dejar de ser niña.

Su propia madre, Jane Seymour, era adorada y venerada por todos, ya que era la esposa más amada de Enrique VIII, con la que había elegido dormir por el resto de la eternidad, y porque era la que había dado a Inglaterra su ansiado heredero. Ana de Cleves era aún como una madre para él y nunca había conocido a mujer tan gentil y cariñosa como Catalina Parr: ella había sido realmente la madre que Eduardo nunca pudo conocer y a la que tantas veces extrañaba tanto.

Perdido en estos pensamientos, Eduardo Tudor llegó a la conclusión de que no todo habían sido luces en el reinado de su padre y de que no todo lo que éste había hecho había sido lo correcto. El joven pelirrojo alzó la mirada y dejó de tocar el laúd, dejando que el silencio que lo rodeaba fuera lo único que acudiera a sus oídos: recordaba en aquellos momentos algo que Jane le había dicho una vez, que él siempre había sido la luz de la esperanza para Inglaterra y que aún lo seguía siendo, enorgulleciendo a su pueblo con cada uno de sus actos de caridad y justicia. Eduardo no juzgaba a su padre, nunca podría hacerlo, pero sabía que Inglaterra había sufrido durante su reinado, aunque Enrique VIII también hubiera hecho cosas bien, como librarlos de la superstición de Roma – aunque por motivos que tenían muy poco que ver con la religión -.

El muchacho abandonó la estancia y se asomó a una de las ventanas del pasillo, contemplando el verdor de la campiña inglesa bajo los suaves rayos del sol de primavera: Inglaterra era su reino y estaba decidido a no decepcionarles jamás. Ellos veían en Eduardo la esperanza de una vida mejor y él iba a dedicar toda su vida a mantener el país en paz, a su reino en el bienestar y curar cada una de las heridas que quedaran abiertas. A cada día que pasaba, el niño de nueve años que había heredado la corona de Inglaterra se iba quedando más y más atrás, dejando paso paso a un joven adolescente que cada vez tenía más autoridad sobre los miembros del consejo: a un joven rey que llevaría Inglaterra a una nueva edad dorada. Eduardo esbozó una pequeña sonrisa y dirigió su mirada al cielo azul.

Porque incluso aquellos que ya no estaban merecían ver el renacer de esa nueva Inglaterra.


NdA: Eduardo ya se va haciendo mayor - o lo que en la época Tudor se entendía mayor - y es preciso que se cuestione si el reinado de su padre fue tan magnífico como todos dicen, así que en este pequeño viaje a la madurez tiene que entender la verdad por sí mismo, a partir de sus propias vivencias y a través de las palabras sinceras sobre las reinas de su padre. El joven Eduardo Tudor era muy versado en las artes musicales: adoraba tocar el laúd y componer sus propias piezas, por eso están incluidas en este capítulo. Hemos podido ver de nuevo al duque de Northumberland y a su hija Amy, que pasa a ser dama de compañía en la corte. Os recuerdo que es la hermana de Robert y Guilford Dudley - de la que era melliza -, y que su verdadero nombre era Mary, pero ya hay demasiadas "Mary" en el fic y no quería confundiros, así que la rebauticé como Amy. Sé que habéis echado de menos a Jane en este capi, pero era preciso que Eduardo tuviera un capi para él solo en el que poder ordenar sus ideas de cara a su futuro y al futuro de Inglaterra. Además, el capítulo que viene marca una nueva etapa de este fic: ya no son niños, sino adolescentes y podremos ver que ambos han cambiado mucho desde la última vez que se vieron. Añadir que me pidieron en los reviews un nuevo capi como regalo de Navidad... Espero que me perdonéis el retraso, pero aquí está vuestro capítulo y no tardaré tanto en actualizar de nuevo ;). ¡Feliz Navidad y año nuevo a todos!