10 de Noviembre de 1550

Frances Brandon no había tomado asiento durante toda la mañana. Aunque hubiera deseado hacerlo, tenía muchas cosas que preparar: después de todo, aquel era un día muy importante. El rey de Inglaterra había convocado un torneo de justas como conmemoración de su cumpleaños número trece, el cual había tenido lugar hacía prácticamente un mes pero no habían podido celebrar antes debido a una pequeña enfermedad de la princesa Isabel y Eduardo Tudor había insistido mucho en que no podía celebrar su aniversario sin su querida hermana. De María Tudor, por el contrario, no sabían nada: parecía poco probable que la joven princesa se dignara a aparecer por Hampton Court aquel día.

En los viajes que había realizado en compañía de su marido a la corte de Eduardo Tudor, Frances había oído cuchicheos y rumores en torno a la relación de ambos hermanos: según parecía, al ver que su hermano dejaba de ser un niño, María Tudor había comenzado a insistirle mucho en que abrazara la que ella consideraba que era la verdadera religión, arrastrando consigo a toda la nación inglesa. Eduardo, quien era un joven muy piadoso, se había negado en rotundo y había dicho a su hermana que ése era un paso que la propia Inglaterra no estaba dispuesta a dar, tan poco dispuesta como estaba él a iniciar una guerra entre hermanos por cuestiones religiosas.

Sin embargo, para la princesa María pareció ser más que suficiente y abandonó la corte de forma airada. Habían pasado ya cerca de diez meses desde aquella disputa y María Tudor no había vuelto a dirigir la palabra a ninguno de sus hermanos. Nadie en la corte podía decir que era algo que no se esperaba, debido a las fuertes convicciones religiosas de la primogénita de Enrique VIII, pero algunos cortesanos sí esperaban que el amor hacia sus hermanos pequeños la hiciera una persona algo más tolerables. Obviamente se equivocaron.

Esta separación había afectado duramente a la princesa Isabel y al propio Eduardo VI, quien jamás había imaginado que las diferencias religiosas con María llegarían a ese extremo. El vínculo entre él y su hermana mayor siempre había sido inmejorable, María le trataba casi como al hijo que nunca había tenido y él siempre había visto en ella un lugar en el que refugiarse. Según había podido comprobar personalmente Frances Brandon, Eduardo de Inglaterra había permanecido muy taciturno los meses posteriores a su fuerte discusión con su hermana mayor, estando la mayor parte del tiempo como distraído y desanimado. En aquellos momentos, Frances Brandon casi creyó que iba a romper su plan de mantener a Jane lejos de la corte una temporada, pero en un día como aquel se alegraba de no haberlo hecho.

Después de todo, ella y su marido llevaban demasiados años jugando sus cartas con cabeza fría como para echarlo todo por la borda en un único instante.

La decisión de mantener a Jane lejos de la corte durante tanto tiempo era algo que Henry y ella habían previsto con antelación, conforme tanto la primogénita del matrimonio como el joven rey de Inglaterra dejaban de ser unos niños. Frances aún no salía de su asombro al recordar la última vez que vio a Eduardo Tudor: parecía que fuera ayer cuando no era más que un niño de rizos rubios cuyos pies no llegaban al suelo cuando se sentaba en el trono de Inglaterra, y ahora era un joven alto y de complexión delgada, pero fuerte con el cabello corto rojizo, de vivaces ojos grises. Ese mismo año había comenzado a participar en cacerías y a entrenarse personalmente con el jefe de la Guardia Real, por si llegara el funesto día en que Inglaterra se enfrentara nuevamente a un conflicto bélico y Eduardo tuviera que dirigir al pueblo inglés en el campo de batalla.

Eduardo era poco amigo de pensamientos semejantes, pero sabía que era una posibilidad más que real, así que no se perdía ni uno solo de los entrenamientos, en los que permanecía únicamente bajo la custodia del jefe de la Guardia Real para evitar que mucha gente conociera las habilidades del joven rey en caso de traición dentro de la corte. En Hampton Court, todos consideraban a Eduardo Tudor la joya más preciosa de Inglaterra, tal y como lo había llamado su padre pocos meses después de su nacimiento, pero la traición de Thomas Seymour – tío del rey – aún se recordaba y era por ello que se tomaban las medidas de seguridad que fueran necesarias.

El rey era un joven fuerte, inteligente, con las ideas muy claras y demasiado maduro como para dejarse llevar por los intereses personales de algunos miembros de su consejo. Si había algún beneficio en el hecho de que se hubiera convertido en rey a tan temprana edad, era que Eduardo Tudor, un adolescente de trece años, era un soberano más que capaz que gobernaba Inglaterra con caridad, inteligencia y sabiduría; y el hecho de que fuera tan joven sólo hacía esperar al pueblo inglés muchos años más de paz y bienestar bajo el cuidado de un monarca justo. Si Enrique VIII pudiera verle ahora, estaría en desacuerdo con muchas políticas que había adoptado su hijo, pero incluso él admitiría que era un buen rey.

La adolescencia era una edad en la que la gran mayoría de los cortesanos comenzaban a vivir sus primeros romances e incluso a comprometerse en matrimonio. Los Grey pensaban que Eduardo Tudor y la hija de éstos, Jane, tenían una relación más que proclive a convertirse en algo más conforme se fueran haciendo mayores, pero tampoco querían arriesgarse a que llegaran a un nivel de amor más fraternal que romántico, y era por esta razón que Jane Grey había permanecido más de un año en la hacienda familiar de los Grey, sin dejarla asistir a Hampton Court por muchas invitaciones que llegaran. Lo que buscaban los Grey con esto era que, llegado el momento, los dos jóvenes pudieran volver a verse como si fuera la primera vez, volver a conocerse, esta vez en circunstancias muy distintas.

Ésta había sido una decisión que la propia Jane no había entendido, si bien sus padres no la habían hecho partícipe de sus planes, lo que había ocasionado que inicialmente se opusiera a tal cosa, pero con el paso de los meses se había dado cuenta de que poco podía hacer ella sin el consentimiento de sus padres, así que había llegado a aceptarlo. Pero aún cuando había pasado más de un año, Jane seguía echando de menos a Eduardo y de vez en cuando preguntaba por él a sus padres cuando éstos regresaban de un viaje a la corte.

- Hasta que no vea a Jane de nuevo en la corte y lo que ocurre entonces, no terminaré de saber si la nuestra ha sido una buena o una mala idea... - dijo Henry Grey en el salón principal de la hacienda familiar, mientras miraba distraídamente por la ventana. A sus treinta y tres años, seguía conservando la buena forma física y la apariencia agraciada de un hombre de su edad: los años se estaban portando bien con el padre de las hermanas Grey.

- Pues bien podéis rezar porque vuestras conjeturas sean infundadas... - le respondió Frances, quien se encontraba paseando por la estancia, sumida en sus pensamientos. Aunque la mayor parte del tiempo creía tenerlo todo bajo control, sabía que los sentimientos eran algo extraño y que cualquier cosa podría salir de forma inesperada aún con la mayor de las planificaciones. La mujer de cabellos rojizos se volvió una vez más hacia su marido. - ¿Creéis que tomamos la decisión correcta?

- Querida mía, a estas alturas de la historia ya no tiene sentido preguntarse eso... - habló el hombre, volviéndose hacia su esposa, quien había terminado por contagiarse del pesimismo de su marido. - Tomamos la que consideramos la decisión más acertada, sólo cuando lleguemos a Hampton Court podremos ver si fue para bien o para mal...

- En cualquiera de los casos... - respondió Frances Grey, avanzando hacia su marido. - No volveremos a dejar a Jane tanto tiempo alejada de la corte, no es bueno ni para ella ni para nosotros. Los Howard, por ejemplo, no se andarán con tonterías a la hora de poner a una de sus bobas jovencitas en el punto de mira del rey... Ni los Howard ni cualquier otra familia noble de Inglaterra, bien sabemos lo cruciales que son estas edades...

- Calmaos o las niñas terminarán por enterarse de todo – habló Henry Grey, echando una leve mirada hacia el piso superior, donde se encontraban jugando las tres hermanas: aunque lo habían intentado, la familia Grey no se había visto ampliada desde el nacimiento de la pequeña Mary hacía ya cinco años. El hijo varón que tanto deseaban parecía no llegar. El hombre tomó las manos de su esposa y le habló en voz baja. - Lo que tenga que ser, será, y bien sabe Dios lo mucho que hemos puesto de nuestra parte para que todo salga como debe ser...

Frances pareció calmarse y asintió a las palabras de su marido. No tenía sentido ponerse a perder los nervios por algo que, para bien o para mal, ya estaba hecho. En realidad, la madre de las hermanas Grey no creía que hubiera posibilidad de que algo en su plan hubiera salido mal, pero los nervios le habían jugado una mala pasada y había acabado por estallar, empezando a plantearse todo tipo de imprevistos que muy poco probablemente sucederían. La mujer dejó escapar el aire que estaba conteniendo en sus pulmones y se pasó la mano por el rostro, de forma cansada: y aún tenían que acabar de preparar a Jane y Catherine antes de partir hacia Hampton Court. Había dejado que las criadas empezaran el trabajo para después dar ella misma el visto bueno y realizar los cambios que considerara necesarios.

Pero se temía que tanta inactividad iba a acabar por volver a ponerla de los nervios.

- Será mejor que vaya a ver cómo van las niñas... - habló en apenas un susurro Frances Grey, dirigiendo sus pasos hacia las escaleras que llevaban a la planta superior de la vivienda. Una vez más, la pequeña Mary iba a quedarse en casa mientras la familia viajaba a Londres: el matrimonio Grey aún se sentía preparado para presentar en sociedad a una niña como Mary.

Había confiado a las criadas la tarea de vestir y preparar tanto a Jane como a Catherine y quizás fuera ésa la razón por la que se encontraba tan nerviosa: eso era algo de lo que siempre se había encargado ella personalmente, para asegurarse de no había nada fuera de lugar, que todo estaba perfecto. Acababa de alcanzar el piso superior cuando se topó de repente con una de sus hijas, que se encontraba correteando por el pasillo.

- ¡En nombre de Dios, Catherine, me has dado un susto de muerte! - exclamó Frances Grey llevándose una mano al pecho y apoyándose en la barandilla de la escalera.

- ¡Lo lamento mucho, madre! - exclamó la niña, tapándose la boca con las manos. - ¿Os encontráis bien?

Frances miró a su hija mediana, Catherine, que hacía unos meses que había cumplido los diez años: siempre la había considerado la más bonita de sus hijas y, al verla vestida y preparada para visitar la corte, sabía que cualquier otra persona coincidiría con ella. En los últimos tiempos había crecido mucho, ya le llegaba a su madre y a su hermana mayor, Jane, por el hombro. Tenía su largo cabello pelirrojo, tan característico de los Tudor, le caía en finos tirabuzones sobre sus hombros y un poco más allá de ellos; Frances podía jurar que nunca había visto unos ojos tan verdes como los de Catherine. Le recordaban mucho al verdor intenso del fondo de una laguna bajo el sol del verano. Tenía muchas esperanzas puestas en ella, con lo bonita que era, no sería difícil encontrarle un buen marido cuando llegara el momento... Pero en aquellos instantes, su hija mayor, Jane, seguía siendo la primera en la lista y sobre la que tenía puestas sus más ambiciosas aspiraciones.

- Catherine, ¿has visto a Jane? - preguntó la mujer al ver que su hija ya se encontraba totalmente preparada para cuando tuvieran que partir.

La muchacha se giró hacia la izquierda, haciendo un pequeño gesto con la mano en dirección a la habitación que compartía con su hermana mayor.

- La señora Ellen aún está con ella, creo que no le debe quedar mucho más...

- Muy bien, es suficiente – la interrumpió Frances Grey, dirigiendo sus pasos hacia la mencionada estancia, no sin antes volverse una vez más hacia su hija mediana. - Ve con tu padre, dile que ordene que el carruaje esté preparado, no quiero que lleguemos ni un minuto después de lo que se espera de una familia como la nuestra...

- Sí, madre – contestó Catherine al momento, recogiéndose las faldas de su vestido color verde oscuro y desapareciendo escaleras abajo, mientras llamaba en voz alta a su padre.

No era el comportamiento más adecuado para una dama, pero a Frances no le importaba demasiado mientras lo mantuviera entre las paredes de su hogar. Bien sabía que Catherine siempre había sido la más traviesa de las tres hermanas, la que siempre estaba correteando de un lado a otro, gastando bromas y riendo más alto que nadie. A medida que se acercara el momento de casarla, ya se ocuparía de limar un poco ese carácter tan jovial y vivaz que caracterizaba a la joven Catherine Grey, a la que sus hermanas solían llamar cariñosamente Kitty.

Al llegar a la puerta de la habitación de sus hijas, Frances dio un par de toques en la puerta y entró sin esperar respuesta: ninguna de las dos personas que se encontraban dentro se sobresaltaron lo más mínimo, pues conocían bien a la señora de la casa y sabían que ése era su modo particular de hacer aparición en las alcobas de su hacienda. La señora Ellen, cuidadora de las hermanas Grey durante tantos años, realizó una pequeña reverencia a Frances Grey, mientras sostenía una de las partes del vestido de Jane en sus manos. La hija mayor de los Grey, quien estaba cambiándose detrás del biombo de la habitación, no tardó en asomar el rostro.

- Madre, ¿sucede algo? - quiso saber la adolescente, con una expresión de leve desconcierto esbozada en el rostro.

- Quiero ayudarte a prepararte... - afirmó la madre de la chica, antes de volverse hacia la señora Ellen. - Será mejor que os retiréis, ya me hago cargo de todo lo que resta del trabajo...

- Señora... - murmuró la institutriz realizando una nueva reverencia y abandonando la alcoba, cerrando la puerta tras de sí.

Jane miró a su madre y tomó aire: se había encontrado mucho más relajada mientras había estado en compañía de su niñera de toda la vida, quien no la presionaba, sino que la ayudaba sinceramente a que estuviera lo más bonita posible mientras compartían anécdotas recientes. Con su madre todo era distinto, como si siempre hubiera algo que mejorar o algo que ocultar. Se pasó una mano por el rostro, apartando unos mechones dorados y colocándolos detrás de su oreja.

- Me temo que aún me encuentro en ropa interior, madre... - dijo la muchacha aún sin salir de detrás del biombo. - La señora Ellen estaba terminando de preparar mi vestido.

Frances Grey hizo un gesto con la mano, como quitando importancia a ese asunto e indicando a su hija que se acercara a ella. Jane Grey dejó unas cintas para trenzar el pelo colgadas sobre el biombo y salió al encuentro de su madre, con paso tímido. La primogénita del matrimonio aún vestía una sencilla combinación sin mangas de un color blanco perfecto que le llegaba hasta los tobillos. Estaba bordada cuidadosamente y tenía unos bonitos motivos que hacían que su dueña pareciera hermosa, aún tratándose meramente de ropa interior. Aún tenía que ponerse el vestido en sí – incluso aún tenía el cabello dorado trenzado para irse a la cama - y Frances no dudó ni por un único segundo de que no tardaría lo que hubiera tardado la niñera de su hija.

Si bien Catherine había crecido mucho, no era nada comparado con lo que había crecido Jane Grey durante ese año que habían permanecido sin visitar la corte de Hampton Court. La mayor de las hermanas Grey se había convertido en una joven adolescente que ya era tan alta como su madre, sus formas femeninas ya se adivinaban con facilidad bajo aquella pieza de ropa que usaba normalmente para dormir, su rostro había madurado también: ya no poseía aquella expresión infantil, sino que la de una joven muchacha que había comenzado su camino hacia la edad adulta. Su pelo se había oscurecido ligeramente, recordando mucho al tono de cabello de su padre, haciendo que sus largos cabellos dorados – que ya le llegaban a mitad de la espalda – parecieran suaves ríos de oro bajo el sol de la mañana. Su piel pálida era blanca como la luz de la aurora, sus ojos azul claro seguían tan brillantes como siempre y, por desgracia para su madre, esas pecas castañas que salpicaban sus mejillas y su nariz también seguían ahí. Toda ella transmitía una sensación de paz y de bienestar, de luz y primavera: había resultado ser más hermosa de lo que esperaban sus padres.

- Ay, Jane, menos mal que se me ha ocurrido aparecer... - afirmó finalmente Frances Brandon, levantando las manos en señal de alivio y recorriendo la habitación tomando las diferentes piezas del traje de su hija. - Mrs. Ellen será todo lo buena niñera que quieras pero en cuanto a darse prisa cuando el tiempo apremia me temo que es tan lenta como un caracol, siempre con la casa a cuestas...

Jane puso los ojos en blanco sin que su madre la viera: siempre se ponía así cuando había que realizar alguna visita a la corte, no entendía por qué en esa ocasión se ponía tan especialmente de los nervios. La muchacha se encontraba con la mirada perdida a través de la ventana cuando su madre volvió a ella con una prenda que, si bien conocía, no podía afirmar que la hubiera vestido en el pasado.

- ...¿Un corsé? - preguntó Jane, aunque sabía muy bien cuál era la respuesta. - ¿Es realmente necesario, madre?

- ¡Por supuesto, Jane, es lo debido! - dijo su madre colocándole con cuidado el corsé sobre el torso y comenzando a anudarlo por la espalda de la chica. - Ya no eres una niña, dentro de poco tendremos que empezar a hablar de compromiso y matrimonio...

- Como si eso fuera una novedad... - murmuró la muchacha para sí en un susurro apenas audible. En aquel preciso momento, Frances Grey dio un fuerte tirón para entrelazar los lazos del corsé con más fuerza que hizo que la joven sintiera un dolor agudo en el costado y se quedara momentáneamente sin respiración. Siempre había oído a sus institutrices quejarse de lo incómoda que era aquella prenda, pero nunca Jane habría imaginado algo similar. Tras permanecer unos momentos boqueando, intentando que su ritmo de respiración regresara a la normalidad, volvió el rostro por encima del hombro a su madre. - ¿Es necesario que vaya tan ajustado? Apenas puedo respirar, madre.

Frances Brandon no respondió, sino que se limitó a terminar de entrelazar el corsé por la parte superior, mientras Jane echaba los hombros hacia atrás, expulsando aire de sus pulmones, tratando de encontrar una posición cómoda. Aquel chisme no se ajustaba a su cuerpo, sino que más bien lo oprimía como si tratara de aplastarle las costillas y dejarla sin respiración al mismo tiempo: de repente se sorprendió al recordar a las damas de la corte, siempre paseando y hablando entre ellas con gracia y elegancia... ¿Cómo era posible que se movieran de esa manera llevando eso puesto? Finalmente, Jane descubrió que manteniendo la espalda y muy recta y posando la palma de la mano sobre las costillas encontraba una ligera comodidad, pero no veía manera de mantenerla cuando tuviera que moverse y caminar.

Una vez solucionado el problema del corsé, su madre procedió a ponerle cada parte del vestido que había escogido velozmente y con mucho cuidado a la vez, asegurándose de que cada detalle estuviera perfecto. Jane continuaba con la mano sobre la cintura, tratando de seguir respirando. El vestido era azul de un tono muy claro que casi rozaba el blanco: sus vestidos siempre solían ser azules, su madre decía que hacía juego con su color de ojos.

- A ver, deja que te vea, ¡y por Dios, deja de respirar así, pareces un pez sacado del agua! - exclamó Frances Grey a la vez que agarraba a su hija del brazo y la llevaba ante el espejo de pie de la habitación.

- ¡No puedo respirar de otra manera! - protestó Jane sin alzar demasiado la voz.

La mujer se volvió hacia su hija, mirándola como si no pudiera creer lo que había dicho y, antes de que Jane pudiera añadir otra palabra, Frances le dio un bofetón en la mejilla que hizo que la joven girara involuntariamente el rostro hacia la derecha y retrocediera un par de pasos. A la falta de aire debida a la manera en que el corsé aprisionaba su joven cuerpo, ahora Jane debía añadir el sofoco del inesperado castigo de su madre, aunque la joven sabía que había sido demasiado temeraria protestando tanto.

- ¿Crees que esto es un juego, Jane? - quiso saber Frances Brandon, haciendo que su hija volviera el rostro hacia ella. - ¿Crees que aún tienes ocho años? Ya no eres una niña, eres una dama y como tal debes comportarte, no se espera otra cosa de tí: el mundo no se va a detener porque tú protestes sobre un estúpido corsé...

La chica no dijo nada, sino que se pasó la mano por la mejilla enrojecida y bajó la mirada hacia el suelo entarimado de la habitación: sabía qué era lo que sus padres esperaban de ella, pero al mismo tiempo anhelaba tanto una vida que pudiera considerar propia, una vida que no dependiera de las elecciones que sus padres hicieran para ella. Pero sabía que mantener esos pensamientos era engañarse a sí misma: era una mujer y como tal tenía que acatar su destino, fuera el que fuera. Dando por terminada la conversación, Frances dejó escapar un suspiro y volvió a guiar a Jane hacia el espejo de la estancia. Colocó a la muchacha frente al espejo y ella se puso justo a su lado, estudiando el reflejo de la chica.

- Bueno... Estás bonita, Jane... - murmuró finalmente la señora de la casa, mientras pasaba la mano por el cabello de su hija. - En el tiempo en que tardemos en llegar a Londres tu mejilla habrá recuperado su tono pálido de siempre...

La joven asintió mientras contemplaba su imagen en el espejo. Nunca pensó que lo diría, ni que lo pensaría, pero Jane realmente se veía hermosa. Hasta el punto de no reconocerse apenas en la joven de ondulados cabellos dorados que le devolvía la confusa mirada en el espejo. Se alisó con cuidado las faldas del vestido y se giró sobre sí misma para ver el resultado final. Jane Grey jamás había sido una muchacha presumida: muy al contrario, encontraba mayor dicha entre sus libros y sus paseos por el campo del que las otras damas encontraban en los peinados y el maquillaje. Su propia hermana Kitty, sin ir más lejos, a pesar de ser menor que ella. La adolescente tomó aire y se pasó una vez más la mano por la mejilla herida: al menos aquel día tendría algo de bueno, después de todo. Sus padres no la habían dejado acudir a la corte desde hacía más de un año, lo que significaba que también llevaba un año sin ver a su mejor amigo, Eduardo de Inglaterra, teniéndose que contentarse tan solo con las pocas noticias que recibía de sus padres.

No lo reconocería ante ellos, pero había sido muy duro para ella pasar tantos largos días sin poder verle: ella apenas tenía más amigos aparte del joven rey de Inglaterra y por seguro que ninguno como él. Era demasiado lo que ellos dos habían vivido juntos como para que alguien más pudiera ocupar su puesto tan fácilmente: en un mundo en el que se veía totalmente obligada a disfrazar sus emociones, con él había podido ser sincera. A su lado había reído y jugado, pero también llorado y confesado sus preocupaciones; de la misma manera que se había comportado él con ella: podría decirse que habían encontrado el uno en el otro un amigo en el que confiar, alguien en el que apoyarse cuando las cosas iban mal y con quien compartir los buenos momentos que la vida les traía también.

Pero había pasado tanto tiempo sin verle... Ni siquiera se lo había confesado a Kitty, a quien solía contarle casi todo, pero Jane temía que tanto tiempo y distancia hubiera minado de forma considerable ese sentimiento de amistad que existía entre ambos. Recordaba que Eduardo una vez le dijo que, aunque pasaran mucho tiempo sin verse, siempre estaría a su lado, siempre sería su amigo. Jane esbozó una breve sonrisa al recordar las palabras del entonces niño Eduardo Tudor, pero también pensó que eran eso: palabras de un niño al que únicamente movían sus más puros sentimientos. No quería decir con esto que Eduardo hubiera cambiado con el tiempo – o quizás sí lo había hecho -, pero sentía como si él ya fuera parte de su pasado después de todo.

Jane tomó aire e irguió el rostro, estudiando su imagen en el espejo: al menos ese día volvería a verle y, para bien o para mal, vería cuánto de verdad tenían sus elucubraciones.


Ya se encontraba prácticamente toda la corte allí, en aquel recinto que los arquitectos reales habían pasado las últimas semanas diseñando, construyendo y supervisando en busca del menor fallo. Los torneos de justas no eran algo que se celebraran frecuentemente y todo el mundo estaba impaciente por acudir a aquella, en la que se celebraban – con prácticamente un mes de retraso – el treceavo cumpleaños de Eduardo de Inglaterra. Los caballeros se preparaban en la arena dando de comer a sus caballos, las damas hablaban entre ellas en los pequeños palcos, todas las grandes familias nobles ya habían ocupado sus puestos – bien en los asientos o bien junto a sus corcéles, dispuestos a dar lo mejor de sí en aquel desafío – y la pequeña familia real también se encontraba acomadada en el palco principal, adornado con un estandarte con el símbolo de la rosa Tudor.

Imaginaba que tan poca representación de la familia real debía ser motivo de conversación entre los asistentes a aquel torneo, pero Eduardo esperaba que cuando éste diera comienzo – muy especialmente entonces – todos aquellos cuchicheos quedaran relegados en favor a la atención a las habilidades de los caballeros. El joven rey de Inglaterra dejó caer la cabeza contra el respaldo del trono y dejó escapar un bufido de fastidio, que fue escuchado por su hermana mayor Isabel, sentada a su derecha. La muchacha, que ya tenía diecisiete años de edad, esbozó una sonrisa cariñosa y tomó la mano de su hermano, apretándola con cuidado para infundirle ánimos.

Si había algo que Eduardo no soportaba de aquel torneo es que no le hubieran dejado participar a él: era algo que aún no entraba en su mente, después de todo, su padre había participado en las justas muchísimas veces cuando era joven y tenía cierta fama que se veía obligado moralmente a continuar. Además, se sentía preparado: estaba siendo entrenado duramente por los mejores caballeros para guiar al ejército de Inglaterra en el campo de batalla, ¿qué mal mayor podía suponer un simple torneo de justas? Sencillamente ninguno: era su cumpleaños lo que estaban festejando y él tenía que contentarse con ser un mero espectador, como si aún fuera un niño. Deseaba que llegara pronto el día en que la imagen de aquel niño de bucles rubios que era cuando fue coronado rey de Inglaterra desapareciera de las mentes de sus consejeros y le vieran por lo que era en aquellos momentos: el monarca de una de las naciones más poderosas de la Tierra, un joven que apenas había conocido otra cosa desde que tenia conciencia que cumplir con su deber y esforzarse al máximo para ser un rey justo y compasivo.

- Eduardo, no lo penséis más – la voz de Isabel lo trajo de vuelta a la realidad. Eduardo giró el rostro hacia su hermana, quien lo miraba con comprensión mientras seguía sosteniendo su mano derecha. - Sabéis por qué no os dejan participar, es por el bien de Inglaterra... Sé que no sois un muchacho débil, pero si os pasara algo... - Isabel detuvo sus palabras ahí y tragó saliva, incapaz de imaginar dicha situación. - Inglaterra no tiene heredero, nuestro país sólo os tiene a vos, y no puede arriesgarse a perder al rey...

- Lo sé, Isabel... - contestó Eduardo, besando la mano de su hermana. - Es sólo que... No importa, tenéis razón, todos tienen razón... Debo hacer lo que es mejor para Inglaterra, ya habrá más ocasiones en el futuro...

Isabel sonrió y estrechó la mano de su hermano una vez más: se sentía contenta de tenerle a su lado. Siempre le había querido muchísimo, pero en los últimos tiempos habían estado más unidos que nunca, después de que María Tudor renegara de ellos debido a que Eduardo se negaba a devolver a Inglaterra al catolicismo. La prueba más evidente del distanciamiento de la familia real era que el asiento a la izquierda de Eduardo, reservado para María Tudor, se encontraba vacío: los únicos representantes de la familia real eran el propio rey y ella. Habían sido tiempos duros para ambos, quizá más especialmente para Eduardo, quien siempre había sentido a María como una segunda madre – coincidiendo además con la notable ausencia de Jane Grey, su mejor amiga, en la corte durante más de un año: sin ella, Eduardo había notado mucho más el distanciamiento con su hermana y había llegado se sentirse muy desanimado por ello -. Pero ahí permanecían ellos dos, juntos y apoyándose el uno al otro, a pesar de las diferencias que en el pasado enemistaron a sus respectivas madres: los hermanos Tudor, a pesar de su aún tierna edad, ofrecían una imagen de unión y seguridad que hacía al país mantener la calma ante la ira de María Tudor.

La muchacha estuvo contemplando a su hermano durante unos momentos más: era asombroso lo mucho que se parecía a su madre, Jane Seymour, de la cual había heredado sus suaves facciones y esos enormes ojos grises. La única herencia de Enrique VIII en Eduardo VI parecía ser el vivaz cabello rojizo del joven rey, tan característico de los Tudor. Estaba muy orgullosa de él, de todo lo que estaba consiguiendo a pesar de ser aún tan joven: era todo lo que una vez hubo esperado de él y su reinado no había hecho más que comenzar. Era tan inteligente, poseía un sentido de la justicia tan acertado y al mismo tiempo era un monarca compasivo que siempre sabía cómo proceder aún en los asuntos más turbulentos. Últimamente había estado observando sus entrenamientos de combate y le sorprendía ver lo entregado que era: nunca hubiera dicho que un muchacho de complexión delgada como él podría hacer sudar a los mejores caballeros para derribarle en combate.

- Padre estaría muy orgulloso de vos, Eduardo – dijo Isabel, haciendo que su hermano la mirara una vez más. - Lo estáis consiguiendo, todo lo que una vez él soñó para vos, lo estáis cumpliendo con creces.

El joven esbozó una sonrisa y volvió a besar el dorso de la mano de su hermana, manteniéndola entrelazada con la suya, mientras ambos esperaban a que el torneo diera finalmente comienzo. Isabel buscó con la mirada a los asistentes al torneo, intentando divisar a la familia Grey: todos ellos habían sido invitados de forma especial a las justas y, debido a que María Tudor había expresado de forma contundente que no iba a asistir, a Frances Brandon le correspondería ocupar el asiento a la izquierda de Eduardo, si así lo deseara, ya que era hija de la hermana de Enrique VIII, Margarita Tudor: también tenía sangre real y tenía derecho a ocupar ese lugar. Pensó en preguntarle a su hermano, pero con sólo mirarle supo que si él no había sacado el tema era porque ya había terminado por acostumbrarse en que las invitaciones a los Grey cayeran en saco roto: no esperaba que vinieran, había dejado de tener esa esperanza varios meses atrás.

Isabel creía que ése también era un motivo por el que su hermano se había mostrado tan taciturno últimamente.

Pero en aquellos momentos, como llamados por sus pensamientos, Isabel Tudor divisó entre la multitud a Henry Grey, quien llevaba de la mano a una Catherine Grey más alta de la que recordaba. Padre e hija estaban tomando asiento en uno de los palcos reservados para la nobleza, no demasiado lejos del duque de Northumberland y sus mellizos, Amy y Guilford, - Isabel había oído que Robert iba a ser uno de los jóvenes que iban a participar en las justas -. Distraída por un momento con aquel pensamiento, se vio ligeramente sobresaltada cuando el paje real hizo aparición en el palco en el que se encontraban Eduardo y ella. Tanto el joven rey como la princesa prestaron atención al muchacho, quien parecía tener algo importante que anunciar.

- Lady Frances Grey desea presentar sus respetos a su Majestad por su treceavo aniversario – afirmó el paje, mirando al frente con porte correcto. - Así como también presentar sus respetos a la princesa Isabel.

- Hacedla pasar – dijo Eduardo poniéndose en pie, seguido por su hermana, con quien compartió por un breve instante una mirada de incredulidad.

Isabel esbozó una pequeña sonrisa y miró al frente, ya que el paje se había hecho a un lado para dejar paso a Frances Grey, quien acudía al encuentro de los hermanos caminando con gran altivez y realizando una pronunciada reverencia cuando se hallaba a pocos pasos de Eduardo e Isabel.

- Altezas... - murmuró la mujer solemnemente mientras volvía a incorporarse.

- Lady Grey, es un placer volver a veros – habló Isabel, adelantándose a su hermano, inclinando la cabeza levemente hacia Frances Brandon. - Hace tiempo que no contamos con la presencia de vuestra familia en la corte...

- Oh, espero que podáis excusarme a mí y a mi familia, Alteza – continuó hablando Frances Grey, algo turbada de que Isabel le hubiera llamado la atención. - Pero seguramente habréis oído que mi hija Mary no goza de buena salud, toda la familia hemos estado muy pendiente de ella estos meses...

Bien era cierto que tanto Eduardo como Isabel habían oído hablar de las características físicas que Mary Grey sufría desde su nacimiento, pero la menor de las hermanas Grey crecía sana después de todo, salvo por sus problemas de espalda. Ningún problema en la salud de Mary hubiera provocado que toda la familia se movilizara y menos aún si eso significaba abandonar la corte durante tanto tiempo, pero, por suerte, los hermanos Tudor no parecieron dudar en ningún momento del falso testimonio de Frances Grey.

- Espero de corazón que la pequeña lady Mary se encuentre mejor de salud – habló entonces Eduardo de Inglaterra, ofreciendo a la mujer una mirada comprensiva y llena de atención. Pasados unos momentos, el muchacho reparó en el significado de la presencia de Frances Grey en el palco de la familia real. - Lady Grey, ¿seríamos mi hermana Isabel y yo tan afortunados de gozar de vuestra compañía en el palco esta tarde?

- Mary se encuentra mucho mejor, gracias por su vuestro interés, Majestad – habló la mujer, quitándole importancia al asunto. - Os agradezco mucho el ofrecimiento, altezas, pero, si no es molestia, desearía delegar ese honor en otra persona...

Eduardo no pudo evitar intercambiar una mirada de confusión con Isabel: nunca había oído nada parecido en toda su vida, que una persona que tenía el derecho de sentarse al lado del rey en unos festejos como aquellos decidiera delegar en otra persona. Ni siquiera sabía si eso era posible, después de todo, el sentarse junto al monarca inglés era un privilegio al que sólo tenía derecho la familia más cercana del rey. Frances Grey no era familia tan cercana como lo era Isabel, ni mucho menos, pero seguía siendo sobrina de su padre, Enrique VIII. La hija de Ana Bolena asintió levemente con la cabeza, mostrándose ella también ligeramente confundida por la petición de Frances Grey.

- Lamentamos que no queráis acompañarnos en estos festejos, lady Grey – contestó Isabel, posando su mano en el brazo de su hermano, mostrándole apoyo en aquella situación tan extraña. - Pero el rey y yo recibiremos gustosos a aquella persona a la que consideráis digna de compartir palco con el rey de Inglaterra.

Isabel había sonado demasiado altiva, para gusto de Eduardo, a quien todo aquel protocolo le seguía resultando algo extraño e incluso incómodo a pesar de los años que llevaba siendo rey. Él tenía muchos amigos en la corte, algunos de ellos no eran precisamente de buena cuna – como, por ejemplo, Thomas Canty – pero él no dudaría ni por un segundo en otorgarles el derecho a sentarse junto a él en un festejo semejante. Tomando el ejemplo de Thomas Canty: a pesar de proceder de familia humilde, el muchacho le había ayudado lealmente durante uno de los episodios más extraños y peligrosos de su vida, y Eduardo nunca se sentiría lo bastante agradecido al respecto.


Entre tanto, Jane Grey permanecía aguardando a su madre al pie de las escaleras que daban paso al palco real. Hacía tanto tiempo que se hallaba alejada de la corte que no podía evitar mirar hacia todos lados, encontrándose con gente conocida allá donde mirara. La familia del duque de Northumberland fue de las primeras que vio y también a la que prestó más atención: no veía a Robert, el mayor, por ningún lado; Amy se estaba convirtiendo en una joven bastante bonita que no cesaba de sonreír; en último lugar, Guilford Dudley parecía sumamente aburrido, como deseando encontrarse en cualquier otro lugar menos allí. Jane aún recordaba perfectamente el incidente del último cumpleaños de Eduardo, cuando Guilford había bebido más de la cuenta y había acabado arruinando su vestido.

El chico advirtió la mirada de Jane y esbozó una sonrisa divertida, a la vez que la joven giraba el rostro con expresión de disgusto. El duque de Northumberland verdaderamente tenía que sufrir teniendo un hijo como él en la corte: su presencia en cualquier evento era prácticamente sinónimo de algún tipo de altercado, más que probable si había vino y cerveza de por medio.

- ¡Jane! - exclamó Kitty, apareciendo de repente al lado de su hermana y tomándola de la mano. - Madre me dijo que te avisara de que subieras a su encuentro en el palco: es muy importante, me hizo jurar que recordaría decírtelo...

Jane Grey esbozó una sonrisa al ver el empeño de su hermana menor en obedecer las órdenes de su madre. La joven apartó con cariño un mechón pelirrojo que había caído sobre la frente de Kitty y asintió sin perder la sonrisa del rostro, a pesar de que se había puesto nerviosa al recibir el mensaje de su hermana.

- No te preocupes, lo has hecho muy bien – la felicitó Jane, dándole un toque cariñoso en la nariz. - Anda, ve con padre, estará deseando que os unáis a él en las gradas.

La pelirroja niña asintió firmemente y echó a correr de un modo que tanto su madre como su niñera hubieran considerado como muy poco digno de una dama, pero así era la joven Catherine Grey: una niña traviesa a la que le gustaba corretear de aquí a allá y trepar a las ramas de los árboles para ver de más de cerca a los pájaros que hacían sus nidos allí. Kitty era, en muchos sentidos, más libre de lo que Jane había sido a lo largo de su vida, pero la joven sabía que la suerte de su hermana sería similar a la suya cuando se convirtiera en una adolescente.

Jane salió de sus pensamientos al recordar el motivo por el que Kitty había acudido presurosa a ella y, dejando escapar un pequeño suspiro, se recogió con cuidado las faldas del vestido y comenzó a subir las escaleras que llevaban al palco real. Tenía que mantener la espalda lo más recta posible para poder respirar con normalidad y que el corsé no se le clavara demasiado en las costillas, pero Jane procuró aparentar la comodidad usual, aunque no estaba segura de estar consiguiéndolo. Cuando finalmente alcanzó el palco real, no pudo evitar que su corazón brincara de sorpresa: Eduardo. Dios, estaba tan cambiado, estaba tan... Tan mayor.

El joven rey se encontraba incluso a punto de preguntar discretamente a su hermana Isabel, sentada a su derecha, sobre aquella muchacha que acababa de entrar en el palco real cuando realmente la vio: su manera de sujetar con sumo cuidado las faldas de su vestido cuando subía las escaleras, su forma de escuchar los consejos de su institutriz – siempre atenta a pesar de no mirarla directamente al rostro -, esa fugaz sonrisa que dedicó a una niña pelirroja que pasó corriendo por su lado... Aún aturdido por la sorpresa, Eduardo se incorporó del trono y comenzó a caminar los pocos pasos de distancia que lo separaban de aquella chica. Al ver que se acercaba, la mujer adulta realizó una reverencia y abandonó el palco, dejando a los jóvenes.

La muchacha se giró entonces hacia él y Eduardo pudo observar en su rostro la misma expresión de sorpresa que debía haber aparecido en su rostro unos minutos atrás. En aquel momento, mientras el resto del mundo no parecía siquiera existir, Eduardo se preguntó cómo era posible que hubiera dudado: con ella venían a sus recuerdos brillantes días de verano, juegos en medio de las rosas, pequeñas notas que se escribían durante algunas clases, secretos compartidos en apenas susurros, miradas con las que se decían todo sin pronunciar una sola palabra... Los mejores recuerdos de su infancia siempre venían de la mano de aquella muchacha que tenía en frente de él en aquellos instantes. La joven se disponía a realizar una reverencia cuando el rey alzó la palma de la mano, pidiendo que no lo hiciera y confundiendo un poco a la muchacha, quien seguía estudiándolo con el brillo de la curiosidad en sus ojos azules.

Estaba allí: todo lo que Jane Grey era y siempre había sido estaba allí, no sabía cómo no podía haberse dado cuenta al instante. La expresión dulce e inteligente de sus ojos claros, su piel blanca y sus suaves mejillas... Incluso esas pecas que salpicaban su nariz y sus mejillas no habían desaparecido al crecer. Alzando la mano con cuidado, Eduardo posó la yema de su dedo índice en una de las pecas de la joven, y luego en otra, y otra más después de esa, recorriendo lentamente el rostro de la adolescente, quien había cerrado los ojos al contacto de la mano del rey, haciendo que sus pestañas cubrieran tímidamente las pecas más cercanas a sus ojos. Finalmente, Eduardo esbozó una sonrisa y le dio a la chica un pequeño toque cariñoso en la nariz, haciendo que ésta abriera de nuevo los ojos y se encontrara con la mirada gris del rey de Inglaterra.

- Ahí está mi lady Jane... - murmuró finalmente el muchacho, sin poder reprimir una sonrisa. Sentía que toda la compostura y saber estar que siempre debía mantener como rey de Inglaterra se venía abajo rápidamente al tener a su mejor amiga ahí, delante de él, cuando más de una vez había creído que no volvería a verla. Realmente le costaba reprimir todo lo que sentía en aquellos momentos.

Casi al instante, Jane Grey notó cómo las lágrimas de emoción comenzaban a inundar sus ojos a la par que una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro: ya apenas recordaba que Eduardo solía llamarla así. Antes de que el joven rey pudiera negarse, Jane realizó una profunda reverencia – sabiendo que sus padres así lo querrían -, y apenas había comenzado a erguirse de nuevo cuando el hijo de Enrique VIII la sostuvo con cuidado por los codos y la atrajo hacia sí, dándole un breve abrazo al que siguieron dos besos en sendas mejillas.

- Me alegro tanto de que hayáis podido venir hoy, mi lady Jane... - repitió el joven haciendo que la primogénita de los Grey volviera a esbozar una sonrisa. - Casi había comenzado a creer que os habías propuesto no regresar jamás a la corte...

Dicho esto, Eduardo Tudor le ofreció el brazo, para que Jane apoyara la mano y así poder escoltarla por el palco real, pero las emociones habían acabado por derruir esa estatua de mármol que Frances Brandon tanto se había preocupado esculpir: con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas, Jane Grey dejó escapar un suspiro y se abrazó a Eduardo Tudor, teniendo cuidado de esconder su rostro en el hombro de su amigo para que no pudieran verla llorar. Éste se sorprendió ante la repentina muestra de cariño de la chica, pero le devolvió el abrazo con cariño a los pocos momentos, dejando que Jane se serenara y se tomara todo el tiempo que necesitara para recomponerse. Cuando la muchacha hizo ademán de separarse de él, Eduardo la retuvo un poco más: nunca supo si era porque sentía que Jane aún no quería soltarle o porque él mismo también la había echado muchísimo de menos. Finalmente, tras unos instantes que se les antojaron mucho más largos de lo que en realidad fueron, los adolescentes se separaron entre risas y Jane dirigió su mirada hacia la princesa Isabel, quien le dedicaba una cariñosa a la vez que indicaba que se acercara a ella.

- Jane, mi querida Jane... - dijo felizmente Isabel Tudor, al mismo tiempo que abrazaba a la muchacha y besaba sus mejillas con cariño: recordaba los días en que Jane y ella habían sido pupilas de Catalina Parr con cariño, al menos todos los que ambas estuvieron bajo el amparo de la viuda de Enrique VIII y no de su esposo, Thomas Seymour, a quien ambas habían procurado borrar de sus recuerdos con buenos resultados a pesar de alguna que otra pesadilla nocturna. - ¡Mirad cuánto habéis crecido, estáis preciosa! Soy tan dichosa de veros al fin, mi querido hermano y yo nos preguntábamos qué había sido de vos, pero es verdaderamente una delicia poder volver a veros: espero que no demoréis tanto las visitas a la corte en un futuro próximo...

- No os preocupéis, Isabel – respondió Jane con una sonrisa, volviéndose también por un momento hacia Eduardo, quien se había acercado a las dos jóvenes. - No volveré a estar lejos de Londres durante tanto tiempo, Dios lo quiera así... Os he echado mucho de menos, a ambos... Me hallo muy feliz de encontrarme aquí – terminó confesando la primogénita de los Grey a aquellos dos a quienes ya consideraba como familia.

- El sentimiento es mutuo, entonces – afirmó Eduardo, invitando a Jane Grey con un elegante gesto que tomara asiento a su lado izquierdo, donde debía haberse sentado María Tudor de haber accedido a las numerosas peticiones de sus hermanos. Jane dudó por unos instantes, pero finalmente tomó asiento donde Eduardo le indicaba: no únicamente deseaba hacerlo, estar con él el mayor tiempo posible después de tanto tiempo separados, pero además sabía que sería algo que complacería a su madre. - ¿Cómo se encuentra lady Kitty? ¿Os ha acompañado en este día junto a vuestra madre?

- Oh sí – contestó Jane, girando el rostro hacia Eduardo con una sonrisa: aunque no se lo había dicho, ella también pensaba que él había crecido mucho en el tiempo que llevaban sin verse. Era considerablemente más alto y parecía más fuerte, sus rasgos eran mucho menos infantiles... Ya no era un niño, sino el joven rey al que tanto adoraba Inglaterra y que tanto porvenir traía al reino. - Está junto a mi padre, en el palco que hay junto al del duque de Northumberland...

Eduardo irguió la cabeza, buscando con la mirada entre la multitud hasta que una pequeña sonrisa informó a Jane de que acababa de localizar a su familia.

- Me alegra mucho que hayáis podido venir, espero que la próxima vez os pueda acompañar también lady Mary, vuestra hermanita – habló el rey, girándose de nuevo hacia Jane.

Ella sonrió y asintió con la cabeza. Apenas había intercambiado unas pocas frases más con el rey de Inglaterra, recordando viejas anécdotas de cuando eran niños entre sonrisas nostálgicas, cuando los músicos que habían dispuestos para anunciar el inicio de las justas comenzaron a tocar una animada melodía. Todos los asistentes que aún permanecían en pie tomaron asiento y prestaron suma atención a la arena, por donde no tardarían en empezar a batirse los caballeros. Jane intentó apoyarse en el respaldo del asiento, pero el corsé le oprimió demasiado el pecho y se encontró sin respiración. Intentaba recordar lo que le había aconsejado Mrs. Ellen: que se sentase erguida y mantuviera los hombros rectos, sin parecer por ello una estatua. De ese modo, el corsé se acomodaría mejor a su figura sin hacerle daño, pero por el momento no estaba dando resultado. Eduardo Tudor observaba la incomodidad de su amiga con la confusión reflejada en sus ojos grises..

- Jane, ¿os encontráis bien? - preguntó el muchacho en voz baja, viendo que a la chica parecía costarle respirar y mantenía una mano sobre su pecho. - No tenéis buen aspecto...

- Sí, no os preocupéis – contestó Jane con una media sonrisa. - Son... Estos ridículos vestidos...

El joven miró el vestido que llevaba Jane: la vestimenta de las damas no le era desconocida, teniendo en cuenta que se había criado casi exclusivamente entre mujeres y que veía a diario a muchas cortesanas pasear por Hampton Court con vestidos que, si bien eran bonitos, parecían algo aparatosos. Incluso una vez recordaba que una se había desmayado una tarde de verano debido a la dificultad que encontraba para respirar con aquel vestido y el calor propio de esa estación del año.

- Realmente no os envidio, mi lady Jane – añadió finalmente Eduardo, provocando una risa divertida en la muchacha. - Pero si os encontráis peor...

- No tengo más que decíroslo... - dijo Jane, completando la frase de su amigo. - ... Lo sé

Eduardo le dedicó una sonrisa más y las trompetas comenzaron a sonar de nuevo, anunciando la entrada del primer caballero participante en las justas. Todas las gradas rugieron y comenzaron a aplaudir animadamente mientras un apuesto joven de rizos castaños vestido de armadura desfilaba por la arena a lomos de un precioso caballo gris. Jane aplaudía guardando el decoro, pero podía ver por el rabillo del ojo que Eduardo aplaudía con energía y sin parar de sonreír: realmente parecía disfrutar de aquellos festejos. El caballero dio una vuelta completa a la arena, saludando a la multitud, que no paraba de vitorearlo y lanzar pétalos de flores a su paso. Finalmente, llegó al punto de partida, justo frente al palco real. El caballero detuvo su caballo frente al mismo y realizó una respetuosa inclinación de cabeza hacia el rey, quien asintió a su vez dedicando una nueva sonrisa con la que pretendía infundir ánimo al joven.

Entonces sucedió algo que Jane no esperaba: el caballero volvió a ponerse en marcha sólo para volver a detenerse después de que su caballo diera unos pocos pasos, girándose de nuevo hacia el palco real... Sólo que esta vez se encontraba justo enfrente del lugar que ocupaba Jane Grey. Ante el silencio del público, el joven sujetó con firmeza la lanza que portaba consigo y la acomodó en su brazo, haciendo que el extremo de la misma quedara apoyado en el balcón real. En aquel preciso momento, la multitud rugió de emoción e irrumpió en aplausos a la vez que Jane se daba cuenta de lo que eso significaba: ese apuesto le estab pidiendo una prenda como buena suerte, ¡a ella!

La muchacha no pudo evitar sonrojarse, pero sonrió y se quitó con cuidado una de las cintas que tenía entrelazadas en sus cabellos dorados: no esperaba que nadie le pidiera una prenda, pero le hizo ilusión que aquel caballero deseara su bendición en aquella afrenta. Cuando tuvo la cinta en sus manos, Jane se incorporó, haciendo que el entusiasmo de la multitud creciera aún más, avanzando hacia hasta la baranda para poder atar bien la cinta a la lanza que le ofrecía el caballero. Comenzó a hacer un lazo sencillo con su cinta, pero aún así lo bastante fuerte como para impedir que lo perdiera en las justas. Finalmente Jane acabó alzando su mirada azul encontrándose con unos ojos igual de azules que los de ella.

Ahora que tenía la oportunidad de verle más de cerca, Jane pudo comprobar que el joven tenía un rostro agradable y familiar que hacía que se sintiera muy cómoda. Era arrebatadoramente apuesto y no le sorprendería si alguien le dijera que el joven más codiciado por las damas de la corte. Conforme sus miradas se mantenían, algo fue despertando en la muchacha: la sensación de que había algo más que mera familiaridad en la expresión de aquel joven caballero. Sí... Ella conocía a aquel chico, pero ¿de qué? Jane giró el rostro hacia Eduardo, quien observaba toda la escena con una sonrisa divertida dibujada en el rostro mientras mantenía apoyado el mentón en la mano derecha. Era curioso, ahora veía en él el mismo tipo de sonrisa divertida que solía poner cuando jugaban juntos cuando eran pequeños, algunas veces en compañía de...

Jane ahogó un grito y giró el rostro de nuevo hacia hasta el entonces desconocido caballero, quien también tenía una sonrisa dibujada en el rostro.

- No puede ser, ¿Barnaby? ¿Barnaby Fitzpatrick? - preguntó la joven al muchacho, apoyando sus manos en la baranda del balcón. La sonrisa del caballero de amplió aún más y asintió con la cabeza. - No os había reconocido, ¡cómo habéis crecido!

- Todos hemos crecido, mi querida Jane... - dijo Barnaby, quien hizo que su caballo se encabritara provocando nuevas ovaciones por parte de la multitud. El caballero comenzó entonces a dirigirse a su posición de salida, pero no sin antes guiñar un ojo a la joven que aún permanecía asomada al palco real.

La muchacha sonrió y deseó a Barnaby la mejor de las suertes: sabía que las justas eran un deporte común pero peligroso y ahora deseaba más que nunca que, realmente, su cinta le trajera suerte. Jane volvió a tomar asiento, no sin antes reprender de broma a Eduardo por no decirle que Barnaby iba a participar en el torneo, a lo que el rey respondió entre risas que quería que fuera una sorpresa y que debería haber visto su cara al verle. El siguiente caballero, quien resultó ser Robert Dudley, hizo el mismo recorrido que su predecesor, recibiendo incluso más apoyo por parte del público que Barnaby Fitzpatrick. Tras rendir pleitesía al rey de Inglaterra, Robert solicitó la prenda de la princesa Isabel para que le trajera suerte en el torneo. Isabel se incorporó con la prenda ya preparada en las manos y, por la mirada que compartieron ambos jóvenes, Jane sospechó que podía haber sentimientos entre ellos, pero prefirió no preguntarle nada a Eduardo por si se equivocaba.

Las justas se desarrollaron con normalidad: ningún caballero recibió heridas graves y, tras unas cuantas afrentas, Barnaby acabó proclamándose campeón del torneo, haciendo que todo el público se pusiera en pie para felicitar animadamente al ganador, menos la familia Dudley, visiblemente irritada por la derrota de Robert Dudley en el primer asalto. El rugido de la multitud era casi ensordecedor, pero Jane – también formando parte de la ovación en pie, junto a Eduardo y la princesa – no podía parar de sonréir: le alegraba enormemente que Barnaby estuviera cumpliendo su sueño, ya que siempre había anhelado ser caballero de Inglaterra. La muchacha giró el rostro hacia Eduardo, dedicándole una sonrisa entusiasmada a la que él respondió con un abrazo tan lleno de júbilo que levantó a la muchacha varios centímetros del suelo, provocando las risas de Jane.

Cuando Barnaby Fitzpatrick acabó su recorrido de gloria, recibiendo el calor del público, se dirigió una vez más hacia el palco real, haciendo que sus tres integrantes se situaran en la baranda para recibir como era debido al campeón del torneo. Los músicos estaban haciendo sonar unas marchas marciales que se mezclaban con los entusiastas aplausos del público. El caballero se quitó el yelmo de la cabeza, dejando a la vista sus rizos castaños llenos de sudor y la sonrisa más amplia que Jane hubiera contemplado jamás. Eduardo sonrió y alargó el brazo, golpeando animosamente un par de veces el hombro del vencedor, orgulloso del que siempre había considerado su mejor amigo niño. Barnaby recibió una pequeña corona de laurel, colocada sobre sus rizos por el propio rey, y un esplendoroso ramo de flores que el caballero no dudó en entregar a lady Jane, agradeciéndole con un gentil beso en la mano el que le hubiera entregado su prenda para que le trajera suerte en el torneo.

Aquel fue un día de alegría como hacía muchos que no recordaba: incluso su madre parecía encantada de las atenciones que estaba recibiendo Jane, pero para ella era mucho más que eso. Había vuelto a Londres, había presenciado un torneo de justas al que también habían podido acudir sus padres y Kitty, además en compañía de dos de sus mejores amigos. Había vuelto a ver a Eduardo, lo que la había hecho más feliz que cualquier otra cosa, y se sentía enormemente dichosa por recibir las atenciones de Barnaby Fitzpatrick, así como ver que los sueños del joven caballero se estaban haciendo realidad.

Todo era tan perfecto que sintió que no podía pedirle más a la vida.


NdA: ¡Perdón por el retraso! He tenido un inicio de año algo complicado, pero este fic no está abandonado para nada (de hecho, tengo empezados todos los capítulos que quedan hasta el final del fic y a muchos de ellos no les falta nada más que pulirlos un poco más). Este capi supone la entrada definitiva en la adolescencia para Eduardo y Jane y he querido reflejarlo describiendo cómo han cambiado los ámbitos de vida de ambos en sus diferentes posiciones. Espero que recordárais a Barnaby Fitzpatrick, quien apareció siendo niño en los primeros capítulos del fic, y a los hermanos Dudley, que os lo repito: van a dar mucho de qué hablar en capis venideros. Espero que os haya gustado el fic y, como siempre, todo review es más que bien recibido.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo! :)