Se habían metido en un buen lío, la verdad. Menuda bronca les había caído del jefe de estudios. Y a sus padres tampoco les había hecho precisamente ilusión verlos castigados, pero no lo pudieron evitar, de verdad de la buena, que el cuento era muy gracioso una vez que Sherlock lo había destripado.

John le seguía dando vueltas al asunto. Era la primera vez que le castigaban en el colegio y no había resultado agradable, especialmente al ver la cara de su madre. No soportaba pensar que podía haberla decepcionado, pero se lo había explicado y le parecía que lo había entendido. Bueno, al menos el castigo no había sido tan malo como esperaba, sólo una semana sin tele ni consola, pero no le habían prohibido ver a Sherlock.

—Sherlock, debemos ponernos serios, de lo contrario nos castigarán sin poder hacer la obra y nuestros padres han confiado en nosotros.

—De verdad que lo intento —contestó el más pequeño—, pero es que me da la risa cuando me dices lo de las orejas.

—A mí también pero, si no lo hacemos bien, sabes que nos prohibirán vernos una temporada y preferiría que eso no pasase.

—¿En serio no quieres que nos prohíban vernos? —Sherlock sonaba un poco sorprendido.

—Pues claro —respondió John—. Somos amigos y es normal que me lo pase bien cuando estamos juntos.

A Sherlock le complació mucho saber que su amigo se lo pasaba bien con él y que le decepcionaría que no pudieran verse, así que hizo el propósito de comportarse e intentar no reírse del estúpido cuentito.

oOo

Pasaron las semanas y continuaron con los ensayos. Les costaba bastante, pero pudieron representar sus escenas sin estallar en carcajadas, así que se estaban librando del castigo.

Sin embargo, Sebastian Moran se lo estaba poniendo difícil. Aunque inicialmente no se había metido con John porque le hubiese tocado representar a Caperucita, empezó a soltarles chorraditas y a molestar a Sherlock cuando los profesores no podían verlo, a ver si se picaban y conseguía que los castigaran.

—¿Dónde vas, Caperucita? —le soltó a John un día que se cruzaron en el pasillo.

—Sebastian, déjame en paz. —John se armó de paciencia.

—¿Se te ha perdido el Lobo "Feroz"?

—Y, sobre todo, deja en paz a Sherlock —dijo John apretando los puños.

Nunca había soportado los aires de matón de Sebastian y no iba a permitir que se metiese con su amigo. Sabía que si respondía a la provocación de Moran acabaría castigado, pero ese abusón no iba a tocarle un pelo a Sherlock si John podía evitarlo.

—¡Uy, qué miedo! —se burló Sebastian mientras se alejaba—. Corre a buscar a tu lobito "feroz" para que no le pase nada.

Cuando encontró a Sherlock estaba de muy mal humor y preocupado por si se había topado con Sebastian.

—John, de verdad, no merece la pena que te pelees con él. —Sherlock intentaba calmar a su amigo—. Te vas a meter en líos y no podrás participar en la obra.

—Me da igual —respondió John enfadado—. A mí puede decirme lo que quiera, pero a mis amigos que los deje en paz o le parto la cara.

—De verdad, no tiene importancia —respondió Sherlock—. Yo puedo aguantar sus tonterías sin problemas.

De hecho las he aguantado un montón de veces, pensó.

—Pero eres mi amigo —insistió John—. ¿Tú no harías lo mismo por mí?

Sherlock sabía que haría cualquier cosa por proteger a John si alguien se metía con él. Era su amigo, su único amigo; pero también sabía que tenía que hacerlo de manera que ninguno de los dos saliese perjudicado.

—Por supuesto que lo haría —respondió Sherlock—. Pero no podemos dejar que nos castiguen por ello. Si nos quedamos sin hacer la obra, Moran habrá ganado.

—Tienes razón, pero es que a veces… a veces creo que no podré controlarme más cuando se mete contigo. —John empezaba a sonar más calmado.

—Jo, antes nadie se había enfadado tanto cuando se metían conmigo —dijo Sherlock.

—¿Tus otros amigos no te defienden?

—Yo no tengo amigos, John —respondió el pequeño—. Nunca los he necesitado.

—¿Y yo qué soy? —John sonaba un poco dolido.

—Bueno, tú sí, pero tú eres distinto.

John sonrió a su amigo. A veces no le entendía, pero Sherlock era así.

—Anda, vamos al patio, que se nos acaba el recreo y no hemos salido de los pasillos —dijo, tirando de Sherlock—. Traje mi balón nuevo.

oOo

Sherlock llevaba unos días dándole vueltas a la idea de pararle los pies a Moran. No le había dicho nada a John todavía, porque sabía que su amigo prefería ir de frente, pero seguro que no se oponía a lo que se le había ocurrido.

—John, ¿qué te parece si hacemos que Moran quede en ridículo durante la función?

—¿En ridículo? —preguntó el rubio.

—Sí, así no nos castigarán, podremos actuar y nos vengaremos de sus burlas.

—Pero si se enteran de que hemos sido nosotros —objetó John—, nos castigarán después.

—Ya, pero me parece un precio pequeño por verle la cara a Moran —dijo Sherlock con una sonrisilla.

—No sé, yo podría simplemente darle un par de golpes y dejaría de meterse con nosotros.

—No, así te meterías en problemas y no podrías hacer la obra.

—¿No eres demasiado pequeño para ser tan retorcido? —comentó John.

—No creo, simplemente es que le tengo muchas ganas a Moran —aclaró Sherlock—. Lleva metiéndose conmigo desde que empecé el colegio.

—De acuerdo, nos vengaremos a tu modo entonces. —A John le molestaba saber que su amigo llevaba años aguantando las burlas de ese matón, pero decidió dejarlo en manos de Sherlock.

—Sip, mejor a mi modo —comentó Sherlock.

oOo

El día de la representación estaban todos nerviosos, ultimando detalles, dándole los últimos repasos al vestuario, a los diálogos, comprobando que todo estuviese listo para el "gran estreno".

Sherlock y John estaban especialmente nerviosos, porque era el día en el que le darían a Moran su merecido. Aunque Sherlock no le había contado a John lo que planeaba, creía que tenía una cara demasiado sincera y haría que Moran sospechase.

Se inició la representación con John caminado por el escenario, vestido de rojo y con una cesta en la mano.

—¿Dónde vas, Caperucita? —le preguntó Sherlock en su papel de Lobo Feroz.

—Voy a casa de mi Abuelita, que está enferma —respondió John—, para llevarle esta cestita con miel y galletas.

—Podemos hacer una carrera, a ver quién llega antes. Yo elegiré este camino y tú ese otro.

John asintió y continuó recorriendo el escenario, recogiendo flores y hablando con los animalitos. ¡Qué ridículo se sentía! ¿Por qué no habrían elegido otro cuento? Estaba hablando con un pájaro pintado, ¡por Dios!

Mientras, al fondo, se veía a Sherlock con su disfraz de lobo, que lo miraba de vez en cuando con expresión ladina, como correspondía a su papel. Escurriéndose entre los árboles en aquella "carrera" a la casa de la Abuelita.

Cuando cambiaron de escena y John entró en la casa de su Abuelita, iba rezando para que no se le escapase la risa delante de todo ese público, para que no se le olvidase el papel y para que lo que planeaba Sherlock no los metiese en más problemas.

Se acercó a la cama donde se encontraba el Lobo Feroz, vestido con un ridículo camisón y un gorrito de dormir anticuado. Esto iba a ser más difícil de lo que suponía, no sólo estaba el tonto diálogo, sino que ahora tendría que decirlo con un Sherlock así vestido.

—Abuelita, Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

—Son para verte mejor, hijita —respondió Sherlock intentando imitar la voz de una viejecita.

—Abuelita, Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! —dijo John sentándose en un lado de la cama.

—Son para oírte mejor.

—Abuelita, Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!

—¡SON PARA COMERTE MEJOR! —rugió Sherlock abalanzándose sobre John.

Empezaron a correr por el escenario hasta llegar al lugar en el que John debía esconderse, simulando que el Lobo Feroz se había comido a Caperucita.

Sherlock se volvió a tumbar en la cama, se suponía que era un lobo satisfecho después de haberse comido a la Abuelita y a Caperucita, así que le tocaba una relajante siesta después del atracón que se había pegado.

En ese momento, entraron en escena los cazadores con Sebastian Moran al frente. La cara de Sebastian estaba roja y caminaba de forma extraña. Avanzaban con cautela por el escenario, buscando animales peligrosos.

—Creo que deberíamos acercarnos a la casa de la Abuelita —recitó su papel—. Me ha parecido ver un lobo rondando por allí con malas intenciones.

Mientras caminaba por el escenario, hacía muecas y se contorsionaba. Sus compañeros le miraban raro, no sabían a qué venía eso, no era así como lo habían ensayado.

La señorita Morstan le miraba desde bastidores con cara extrañada. ¿Qué hace Sebastian? Espero que no sea una gamberrada de las suyas. Como estropee la obra, va a estar castigado muuuucho tiempo.

—Mirad… por ahí —resopló Moran, sin parar de hacer gestos raros—, yo… yo buscaré... por aquí.

Tenía unas ganas locas de tirarse al suelo, le picaba la espalda y no podía centrarse en su papel.

—Mirad, el Lobo está en casa de la Abuelita —exclamó otro de los cazadores.

Sebastian no le respondió, ocupado como estaba en frotarse la espalda contra uno de los árboles del escenario.

—Mirad, el Lobo está en casa de la Abuelita —repitió más alto el cazador.

—Aaah, sí, eso es... —gruñía Sebastian rascándose contra el árbol.

El público lo miraba sorprendido y algunos comenzaban a reírse. Se veía realmente ridículo rascándose así y con esa cara de satisfacción.

—MIRAD, EL LOBO ESTÁ EN CASA DE LA ABUELITA —casi gritó su compañero.

—Eh, ah, sí… —Moran reaccionó por fin—. ¡Entremos!

Atravesaron en tropel la puerta y se abalanzaron sobre la cama para sujetar al Lobo Feroz, Sebastian sacó un cuchillo y con gesto triunfal le "rajó la barriga" al Lobo. Caperucita y la Abuelita salieron rápidamente de su escondite. Todos se alegraron porque estaban vivas, pero cuando se volvieron a mirar a Moran lo descubrieron haciendo contorsiones mientras intentaba frotarse la espalda.

Otro de sus compañeros, que se sabía el papel, reaccionó a tiempo y recitó las pocas frases que le quedaban a Moran.

—Llenémosle la barriga de piedras y cosámosle de nuevo la tripa. Así no volverá a hacer daño a nadie.

Cuando el Lobo Feroz se despertó, se sintió muy pesado y sediento, al acercarse al estanque a beber, las piedras de su barriga le pesaban tanto que se cayó de cabeza al agua y se ahogó.

Caperucita y los cazadores comenzaron a bailar de alegría. Bueno, todos los cazadores no, porque Moran seguía retorciéndose mientras se quitaba apresuradamente la camisa.

A pesar del extraño comportamiento de Moran, el público estalló en aplausos (los padres son así) y los alumnos tuvieron que saludar varias veces antes de que se cerrase definitivamente el telón.

oOo

—¡Sebastian Moran, ven aquí ahora mismo! —exclamó la señorita Morstan—. Me vas a explicar a qué han venido esas tonterías en el escenario.

—Señorita, me picaba todo, no podía parar —sollozó Sebastian—. Seguro que alguien me ha puesto algo en la camisa.

—Déjame ver —dijo ella, tomando la camisa para examinarla—. Sebastian, yo no veo nada.

—Pero señorita, es verdad, vuelva a comprobarlo. Tiene que haber algo.

La señorita Morstan revisó de nuevo la camisa, la sacudió, incluso decidió olfatearla por si notaba algo raro, pero no veía nada inusual. Era una camisa limpia, sin rastros de nada, ni olor a nada raro. Si tuviese polvos picapica, como sugería Sebastian, ella estaría estornudando y le estaría picando la mano ahora mismo.

—Sebastian, no hay nada en la camisa. Con tus tonterías has estado a punto de estropear la obra.

—Pero señorita…yo no he hecho nada. Me picaba.

—Niños —comentó dirigiéndose al resto del grupo de teatro—, ¿alguno de vosotros ha visto algo raro? ¿Habéis sentido alguna molestia? ¿Encontrasteis a alguien haciendo algo raro con los disfraces?

—No, señorita —respondieron todos a coro.

—Sebastian —dijo la señorita Morstan llevándoselo aparte—, han sido muchas semanas de ensayo, tus compañeros se han esforzado mucho y tú has podido estropearlo todo con una bromita tonta.

—De verdad, señorita, yo no he hecho nada.

—Yo no veo nada raro en la camisa, tus compañeros dicen que no han visto nada extraño y tú eres muy dado a las gamberradas… Me cuesta creer que no haya sido cosa tuya —continuó riñéndole la señorita—. Siempre dijiste que la obra era una tontería y no me extraña que a última hora quisieras sabotearla.

—Yo no he hecho nada de eso, señorita.

—No sé qué pensar. Hablaré con la señorita Hooper y decidiremos tu castigo.

—Señooo, nooooo.

—Sebastian, no empeores las cosas.

oOo

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó John riéndose, mientras merendaban en casa de Sherlock—. Creí que se caería de tanto como se estaba retorciendo.

—No ha sido difícil. Bueno, con un poco de ayuda de mi hermano.

—Pero cómo es que la señorita Morstan no detectó los polvos picapica.

—Es que no eran exactamente polvos picapica —respondió Sherlock—. Fue en eso en lo que me ayudó Mycroft. Ya sabes, en su curso estudian química y es muy útil.

—¿Y cómo pudiste sonar tan sincero cuando dijiste que no habías visto a nadie haciendo nada raro con los disfraces?

—Porque realmente no hubo nada raro —le dijo Sherlock con un guiño—. Usar un vaporizador de colonia cerca de una camisa no es algo raro, ¿no?

—No, raro no es.

—Casualmente en el vaporizador no había colonia, pero eso no tenían por qué saberlo.

—Vale —dijo John cambiando de tema—. ¿Te fijaste en él cuando se empezó a retorcer contra el árbol del escenario?

—Sí, creí que lo iba a tirar —dijo Sherlock entre risas.

Aaah, sí, eso es… —imitó John—. Cuando empezó así tuve que morderme las mejillas para no reírme de él.

—Se supone que yo estaba dormido, pero casi exploto de risa.

—Si llegas a reírte, ahora mismo estaríamos castigados —rio John—. La señorita Morstan se hubiese dado cuenta de que tenías algo que ver en el asunto.

—¿Y cuando empezó el bailecito raro en el que se quitaba la camisa?

—Puuuuf, eso fue genial. Menos mal que ahí todos estábamos gritando y bailando y no se notó que me reía de él.

—No sé si con esto dejará de meterse con los más pequeños. —Sherlock se puso serio.

—Ya, yo tampoco creo que se vuelva un angelito precisamente —suspiró John.

—Pero me parece que podemos hacerle algo parecido cada vez que se meta con alguien más débil —dijo Sherlock con un nuevo guiño—. Todavía tengo el vaporizador.

—Sí, como cuando entrenaban a nuestro perro. Si hacía algo bien, premio, si no, regañina.

—Jajajajaja, sí. Sebastian, perrito bueno, buen perrito —se burló Sherlock.

John estalló de nuevo en risas. A Sherlock le encantaba verle reír y más cuando era él el que lo conseguía. Al final no estaba resultando tan malo lo de socializar y hacer obras de teatro en el colegio...

—¿Por qué sonríes así? —preguntó John.

—No, por nada, cosas mías.

Definitivamente, esto de socializar estaba muy bien, al menos con John.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.