Nunca me había molestado... al menos hasta ese día. Era a mediados de quinto y hacía mucho frío. No me pregunten por qué, era particularmente en esa época que Seamus se ponía tan "cariñoso" con todo el mundo. No era extraño verlo abrazando de más a alguna chica de cuarto de Hufflepuff o guiñándole un ojo seductoramente a uno de sexto de Ravenclaw. A veces hasta se aventuraba un poco con alguien de Slytherin. Y, para sorpresa de Dean, muchas de esas veces, lograba lo que quería. No es que con él no fuera exactamente igual, y tal vez se llevaba mas atenciones siendo su mejor amigo. La mano izquierda de Seamus solía posarse distraídamente en la cintura del moreno, ocasionalmente dibujando círculos con mucha suavidad. De hecho, siempre que estaban juntos no parecía que Seamus pudiera sacarle las manos de encima. Sin embargo, sabiendo que el irlandés tocaba sin reparo a TODO el mundo, sabía que no significaba nada.
Dean estaba sentado en la mesa de Gryffindor, cenando. Últimamente sus pensamientos lo tenían muy callado, cosa que atraía las miradas de sus amigos y hacía que las manos de Seamus estuvieran mucho más sobre él. Teniendo en cuenta que en sus sueños esas manos también estaban sobre él, podría haberlo tenido pegado a su cuerpo todo el día y era lo mismo. Una mano cayó sobre su muslo, sacándolo instantáneamente de sus cavilaciones.
-¿Dean? ¿Estás bien? –Trató de sonreír y argumentó que sólo estaba cansado. El irlandés no pareció creerle. Su mano dejó el muslo del moreno para viajar por toda su espalda y detenerse cariñosamente en su cuello. Dean se disculpó y huyó lo más rápido posible. Ya pensaría en alguna excusa para explicar lo que había sucedido, pero ahora sólo necesitaba estar muy lejos de allí.
Llegó a la torre de Gryffindor lo más rápido que pudo y agradeció que no hubiera nadie en la sala común. Estaba agitado y no podía pensar. Se encaminó a su habitación y, saltando sobre su cama, cerró los doseles. No podía seguir reaccionando así a los toques de Seamus, no era sano. Tal vez... si le dijera a su amigo que no le gustaba que lo tocara así. Pero sería la mentira más gigante de todo el universo y ¿si el irlandés se rehusara a tocarlo para siempre?. Ese pensamiento lo llenó de pánico de un segundo a otro.
Oyó las voces de Harry, Ron y Neville en la habitación. Aguzó el oído y oyó también los pasos de Seamus, pero ni una palabra salió de su boca, lo cual era muy extraño.
-Voy a terminar el trabajo de pociones en la sala común
-Te acompaño
-¿Nev?
-Yo voy a dormir, estoy cansado
-¿Shay?
-Yo igual
La puerta de la habitación se cerró y Dean escuchó a ambos chicos cambiándose para dormir. La actitud del irlandés parecía muy extraña y su voz sonaba seria. Luego de unos quince minutos, los ronquidos de Neville le avisaron que se había dormido. Le pareció que uno de sus doseles se movía pero se lo atribuyó a su imaginación y, aunque se moría de ganas de abrirlo y ver a Seamus, decidió meterse en la cama e intentar dormir. El dosel volvió a moverse.
-¿Dean?
Oyó la voz lo suficientemente cerca como para saber que el irlandés estaba ahí, debatiéndose entre abrir el dosel o no.
-¿Estás despierto?
-Si
-¿Puedo pasar?
-Si
Seamus se sentó a su lado pero no lo miró. Pasaron unos minutos en los que Dean pudo ver que estaba jugando con el borde de la frazada, nervioso. Justo cuando el moreno iba a hablar para cortar el silencio incómodo, su amigo abrió la boca, todavía sin mirarlo.
-Sé que siempre estoy tocando a todo el mundo y todos piensan que es como una característica mía y se ríen y hacen chistes con eso, por eso yo nunca pensé... nunca creí... de verdad... que te molestara. Yo... lo siento... Sólo hubiera querido que me lo hubieras dicho antes, no habría estado encima tuyo, molestándote... –Seamus finalmente giró el rostro para mirar al moreno, que ahora estaba mirando hacia el otro lado. No realmente, parecía estar agarrando algo de su mesa de luz. Cuando volteó, el irlandés vio que era su varita y se preguntó seriamente si Dean le iba a echar una maldición.
-Muffliato
El moreno volvió a dejar su varita en su lugar y miró a su amigo. No sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero la expresión de culpa en la cara de Seamus y el hecho de que pensara que no le gustaba que lo tocara...
-¿Dean?
-Quiero más –Dijo bajito, pero seguro. El otro lo miró confundido. Dean tomó suavemente la mano derecha de Seamus y la ubicó en su cuello. –Quiero más –Repitió, ahora un poco más fuerte y todavía más seguro.
-No entiendo... pensé que... –La confusión en su rostro no había desaparecido, pero no quitó la mano. Dean se acercó a su rostro con las pupilas completamente dilatadas.
-Haz lo que quieras conmigo –Susurró. La mano en su cuello se agarró firmemente a su nuca, atrayéndolo.
La boca de Seamus lo devoraba y la mano que no estaba en su nuca se había aventurado bajo su camisa, pasando de su estómago a su pecho haciéndolo estremecer. Gimió, arqueándose y el irlandés aprovechó el momento para sentarse sobre sus caderas. El roce de sus miembros, hizo que Dean se aferrara a la cintura de su amigo intentando no gritar. Desabrochó la camisa de Seamus lo más rápido que pudo, besando y mordiéndo su cuello, deleitándose con los sonidos que salían de aquella roja boca. Entre las incoherencias, lo único que escuchaba era su nombre, una y otra vez. Ni en sus mejores sueños recordaba a Seamus sentado sobre sus caderas, con la camisa abierta, pegándose a su oído. "Dean...ahhh... Dios... Dean... mmmhh". Buscó su boca y lo besó, aumentando la fricción. Entonces Seamus se arqueó, tomándolo por los hombros, con un gemido que pareció durar minutos enteros. El moreno sintió la humedad en su pantalón y supo que también había terminado.
Dean lo miró expectante. Seamus se mordió el labio antes de besarlo con muchísima suavidad.
-No volveré a tocar a nadie más. Lo juro...
