Mi nombre es Damon Salvatore

Capitulo 6 "Coincidencias"

-Fue una buena noche- Concluyó Gabriel que tomaba a Liza del cabello, tironeándola.

Me entró enseguida la curiosidad.

Habíamos llegado hace un par de horas con Nicole y no podía decir que no lo había disfrutado. El sufrimiento, el poder, la dicha de tener a aquella mujer tan fuerte a mi lado. Parecía que estuviéramos hechos para el trabajo.

Pero los demás recién aparecían. Vince tenía el rostro contraído, lucía triste, pero los demás estaban felices luego de su "tortura al algún descendiente de la anterior revolución." Adoraba haber extraído la información necesaria. Para la próxima vez, yo también sería capaz de unirme.

-¿Qué tal el primer día, novato?

Le mostré mis colmillos a Katya. Desde el primer minuto habíamos tenido una relación bastante tensa, sin olvidar su ataque que enojó profundamente a Henrich.

-Siete jóvenes. Otros cinco solo fueron un bocado a los que obligamos olvidar lo sucedido- Sonreí con orgullo.

Recordaba a dos chicas que habíamos acorralado en una casa. Estaban solas e hicimos que se lanzaran desde el techo para romper sus piernas. Fue sencillo luego tomar la sangre y hacerlo parecer todo un accidente de borrachas. Una noche provechosa, tal y como lo habíamos previsto. No olvidaba la actitud de Nicole, sin piedad, excéntrica y siempre decidida a ganar. Me preguntaba si los demás tenían una relación tan cercana como yo la había obtenido mi primer día. Sería por el vínculo… No lo sabía con certeza.

-Bien bien, ven a tomar algo con nosotros, Salvatore.-Ofreció Jake con algo más de amistad. Pensé que quizás su cambio de humor se debía a la "casería".

Fuimos a la guarida, a nuestro lugar con bebestibles y sillones de cuero. Gabriel abrió una botella de ron antiguo, mientras los demás iban por vasos de vidrio tomados de una estantería. Por supuesto, Nicole y Henrich no se unieron a nuestra celebración. ¿Qué era lo que en realidad celebrábamos?

- ¡Por nuestro nuevo miembro, y el triunfo de la revolución!-Habló Liza con su voz fuerte y ronca. Estaba sonriente. Todos me parecían un poco más amables pese a sus oscuros propósitos.

Se oyeron los vasos uniéndose en el centro de nuestra "ronda". Vince estaba algo más alejado, caminó hacia unos peldaños. No pude evitar seguirlo.

La escalera daba a un aula algo más grande, el segundo piso del edificio abandonado donde una terraza estaba cubierta de hermosas flores primaverales, tal y como era ahora el clima en París. No me asomé hasta que estuve seguro de que no iba a hacer ningún movimiento extraño ahí, lejos del grupo de vampiros del sótano.

-¿Aún no aprendes a no meterte en otros asuntos?

Su voz era ronca, pero clara. Me había descubierto tras la pared, por lo que alcé mis manos, una con un vaso de ron y le dediqué una sonrisa burlona.

El sol fue directamente a mis ojos, pero no me quemaba.

- Creo que lo que pase aquí dentro tiene que ver conmigo-Respondí, observando unas parejas caminando, dirigiéndose al trabajo.

Él suspiró.

No tenía más de treinta años. Su bigote lo hacía ver más viejo, pero no dudaba en que poseía espíritu aventurero. Llevaba una chaqueta de cuero café con unos pantalones sueltos. Un hombre que seguramente había vivido en épocas de estilo.

-No sabes lo que pasó hoy…

-Visitaron a un viejo descendiente de algún participante de la revolución de 1912? Lo sé.

Se sorprendió y me miró algo extrañado.

-¿Cómo…?-Comenzó, sin embargo lo interrumpí rápidamente.

- Soy el "prisionero a gusto", por si no lo recuerdas.

Hubo un silencio algo largo, el cual intenté rellenar moviendo mi vaso de ron por ambas manos. Bebí un sorbo y luego él se dignó a proseguir.

-Un hombre, embajador de Inglaterra en París… Es alguien bueno, pero claro, no podemos dejar que nadie se entere de nuestro plan o si sucede algo "anormal" en la ciudad. Si se llegara a filtrar algo… No estaría bien. Pero dime, Damon, él tiene una familia y es un humano a quién le tocó la mala suerte de ser descendiente de Harry Gilbert. Inglés que participó como contrario a la revolución y mató a los abuelos de Gabriel. Yo… No sé que haría si otra persona le hiciera daño a mi familia-Se quedó melancólico por unos segundos e imaginé la situación con delicadeza.

Bueno, no tenía nada en contra de asesinar, mientras eso no involucrara conocer a la persona. Yo parecía una persona bastante fuerte, pero la verdad es que me costaba mucho lidiar con los sentimientos. Vince se parecía a mí. Era uno de los que iba más adelantado en cuanto a la revolución, sin embargo sabía que estaba mal y continuaba por placer. Ese era nuestro destino y el rumbo que ambos seguíamos.

-Siempre hay alguien que tiene que pagar…

-Eso creo…-Dudó él

Bebí mi último sorbo de ron y golpeé su espalda con respeto. Él no me dirigió la mirada y continuó observando el cielo, junto con las nubes esponjosas de aquél día.

Bastó un solo giro para observar a una persona que caminaba justo a mis pies. Era la misma chica, Elena. Era ella. Tenía el cabello amarrado en una cola y una chaqueta larga y gris. No podía dejarla escapar.

-Dile a Nicole que camine una cuadra-Dije con mis ojos pendientes en la muchacha

-¿Qué?

-Hazlo, es un asunto importante

Si el vínculo me iba a impedir mantener una charla con la mujer igual a mi anterior amante, debía hacer algo. Vince no podía defraudarme ahora.

Me arrojé al pavimento desde el segundo piso. Suerte la mía que en esos instantes la mayoría de los estudiantes habían pasado ya hacia el otro lado de la calle. Pero Katherine-Elena seguía ahí.

La seguí a paso lento, ocultándome entre el gentío que se formaba.

Que no me detenga el vínculo, por favor Nicole, pensé mientras más me alejaba de nuestro edificio.

Otro punto de ventaja, Elena entró al café más cercano. Eso era lo que necesitaba, Nicole solo tendría que haber dado unos cuantos pasos para mantener nuestro lazo "estirado". Perfecto.

El nombre del lugar era Falling Seeds. De apariencia francesa, mesas de vidrio y sillas de texturas antiguas. La chica decidió dejar sus bolsas sobre una mesa vacía, aún era muy temprano como para que el público llegara. Era afortunado.

Una mesera me miró extrañada, mientras limpiaba una de las estanterías para el deleite de los comensales. Intenté sonreír.

-¿Necesita algo?-La mujer de cabello rubio corto se limpió el delantal blanco y sacudió el paño con el cual había quitado el polvo.

-Busco a Elena…

Estúpido, ella no me conoce, pensé, pero era muy tarde.

-¡Elena!- gritó

Enseguida, de la cocina salió la chica que buscaba. Se había soltado el cabello, lo tenía bajo sus hombros y mostraba su pollera ajustada junto con una blusa blanca, el uniforme de la cafetería.

Me miró con torpeza, y tenía razón, ambos éramos dos desconocidos.

Di algo, Salvatore.

Como comenzar.

No es Katherine, es solo un parecido extraño…

Vete ya

Mi mente jugaba juegos extraños y ya era muy tarde como para decidir.

-¿Hola? ¿Te conozco?- Su voz era tan armoniosa y dulce, tal y como había sido la primera vez. Cuantas ganas tenía de decirle que ayer por la mañana yo había actuado como un tonto.

- Soy Damon Salvatore - ¿Por qué me costaba tanto inhalar aire? Me hacía sentir en presencia de Katherine… - Yo solo quería preguntarte si conoces a…- Qué decir en esos instantes, para que no sonara descabellado- los Pierce. Familia de Inglaterra.

Ella dudó por unos segundos.

-No lo creo. Tal vez te has equivocado de persona.- Enarcó las cejas.

Los nervios me jugaron en contra nuevamente.

Vamos Damon, ella no es Katherine. No es Pierce.

Ella continuó.

-¿No eres tú el nuevo de los edificios misteriosos?- Su pregunta me sonó extraña.

-¿Cómo lo sabes?

Se ruborizó y miró el suelo.

-Son solo rumores. Aunque no lo creas, París es pequeño.- Sonrió para evitar su nerviosismo, el cual percibí en el aire y aumentó los latidos de su corazón. No era Katherine, pero tenía algo especial en su voz y su expresión.

-¿Qué tanto?

-Bueno, es la segunda vez que te me apareces

¿Qué, cómo?

El pánico recorrió mi cuerpo. Yo la había obligado a olvidar, eso no era posible. La verbena era lo único que impedía a un vampiro obligar a algún humano a realizar algo… ¡Verbena! Colgaba de su cuello un collar, hecho de plata con un compartimento algo sospechoso. Sí, sin duda aquello era lo que la hacía recordar nuestro encuentro.

Me sentía ahora como un tonto, no quería imaginar como me había visto la mañana pasada, tomándola de ambos hombros y ordenándole. Mi imagen no estaba solamente dañada, sino que podía descubrirme a mí y a todo el clan.

-¿Ah sí?

-¿Crees en las coincidencias?

-Puede ser…

-Te invito a un café.

-Estupendo


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