Llegué al departamento de Michiru a las seis en punto, como habíamos quedado. Cuando me abrió la puerta me regaló una de esas sonrisas que me daba cuando estaba molesta pero prefería no decírmelo. Le di un beso en la mejilla, porque no sentía las fuerzas suficientes para darle un beso en la boca. Sabía que ella se estaría preguntando por qué no respondí sus llamadas en toda la tarde, pero no se atrevería a decírmelo abiertamente. Es por eso que siempre me sentía cómodo a su lado, porque a pesar de que podría haberme reclamado miles de cosas, no lo hacía, esperaba a que yo mismo le explicara todo. Me pidió que la esperara algunos minutos y me senté a esperarla. Ese sillón significaba mucho para ambos. Cuántas veces hicimos el amor ahí, cuántas veces nos tumbamos a ver películas, cuántas veces la esperé ahí mientras terminaba de alistarse… había perdido la cuenta, ciertamente.
Incluso recuerdo muy bien la primera vez que me senté ahí. La conocí hace tres años y ese día más que nunca no lograba sacarme de la cabeza ese mágico momento en que hablamos por primera vez. Era amiga de Yaten de la escuela de música, toda su vida la dedicó a estudiar música. Desde que tenía tan solo cinco años tocaba el violín y además cantaba hermoso. Ese día Yaten y ella tenían un resital, Yaten cantaba y ella lo acompañaba con el violín. Cuando la vi me quedé simplemente impresionado, mi hermano ya me había hablado mucho de ella, pero yo no estuve tranquilo hasta comprobar con mis propios ojos que ella era real. Ni siquiera presté atención a mi hermano, mucho menos a la música, tan solo me dediqué a estudiarla durante las dos horas que duró el concierto.
Con el pretexto de que entraría a ver a mi hermano, busqué su camerino entre los viejos pasillos. La puerta estaba cerrada y no me importó la decencia ni el respeto, solo la abrí y esperé en el marco mientras la buscaba con la mirada. Ella se encontraba sentada frente a un tocador, cepillándose el cabello.
-¿Puedo entrar?-pregunté tímidamente, o al menos eso fue lo que le hice creer.
Ella me miró sorprendida, pero luego sonrió y aceptó.
-Debes ser Seiya.-me dijo mirándome a través del espejo como si ya me hubiera estado esperando.
-Yo… eh… solo vine a felicitarte personalmente, estuviste increíble.
Ella se giró para poder verme de frente.
-¿Hablas enserio?-preguntó con ese semblante tranquilo y pasible que siempre ha tenido.-Pues muchas gracias.
-Si te digo la verdad, ¡soy un verdadero fan tuyo!-dije haciendo una reverencia.
-¿Tú?-dijo fingiendo estar sorprendida. Rió divertida de su propia actuación.-No pareces la clase de chico que disfruta de la música clásica.-luego se puso más seria.-Bueno… de cualquier manera muchas gracias, es muy amable de tu parte, aunque por favor… hay que mantenerlo en secreto entre tú y yo sin que tu lista de admiradoras se enteren… si no, no tengo idea de qué podrían hacerme.
Yo me reí. Ciertamente Michiru tenía un muy buen sentido del humor, y era una persona con la que podía hablar fácilmente. Jamás tuve problemas para acercarme a ella y me empezaba a gustar mucho su actitud.
-Sí que eres misteriosa.
Ella se había volteado de nuevo hacia el espejo.
-Así que… ¿qué hay contigo? No me digas que estas aquí por casualidad.
Inteligente. Ella sabía mis intenciones desde el principio y aun así me siguió el juego. Seguramente tenía interés en mí desde antes de que yo pudiera darme cuenta, pues incluso sabía mi nombre, supo quién era yo sin haberme presentado, lo que me indicaba que era una persona que recordaba fácilmente. Me incliné para acercar mi rostro al de ella y le dije al oído con un tono tan suave que la sentí temblar.
-Quiero saber mucho más sobre ti.
-¿En verdad?-cerró los ojos y se puso de pie. Quedó frente a mí, sus enormes ojos me revelaban muchas cosas y en ese momento solo pude pensar en una sola cosa.
Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo casi magnético y capturé su boca con mis labios y la besé como si toda mi vida la hubiera esperado. Debo admitir que antes de ella, ninguna mujer me había atraído tanto, ninguna mujer me había llamado tanto la atención. Lo que sí nunca pudo cambiar fue el hecho de que por más que yo hiciera y deshiciera, mi corazón nunca estaba completamente satisfecho.
Michiru y yo salimos rumbo al Crown, en donde nos encontraríamos con Yaten. Hablamos durante todo el camino sobre Yaten y Mina pues aun no podíamos creer que no se declararan novios oficialmente, siempre nos gustó burlarnos de su extraña relación. Incluso creí que era acertado "explicarle" que me había tomado una pastilla para dormir y que había caído rendido todo el día.
El Crown estaba algo abarrotado de gente, pero logré ver a Yaten en medio de la multitud, al parecer era el cumpleaños de alguien porque no era normal. "!Hola Taiki!" escuché que Michiru gritó por sobre el ruido. ¿Taiki? Taiki no tenía nada que hacer ahí… y venía acompañado de Amy. Lo extraño fue que de pronto me di cuenta que todos los que estaban en el lugar eran nuestros amigos, gente que conocíamos de siempre. Los saludé a todos, extrañado, ¿qué hacían todos ahí? ¿No se suponía que nos veríamos con Yaten para cenar? Eso no era normal. Estaba dispuesto a preguntar qué razón tenían todos para estar ahí cuando de pronto…
-¡Seiya!-gritó Serena tan fuerte que mis oídos retumbaron.
Cuando me giré la vi lanzarse a mis brazos tan fuerte que casi me tumbó. Todos nos observaban sin dejar de charlar, haciendo de cuenta que no les interesaba ver la escena. Tanto Taiki como Yaten observaban profundamente, esperaban mi reacción, lo sabía perfectamente. La verdad es que no me moví, ni siquiera le regresé el abrazo, por lo que Serena era la única rodeando mi cuello. ¿Qué le pasaba? El día anterior me había visto, no comprendía por qué actuaba como si no me hubiera visto ya. Michiru se encontraba a nuestro lado de brazos cruzados, aunque su semblante era serio, no se mostraba enojada.
-¡Tanto tiempo sin vernos! Te extrañaba tanto Seiya…-mintió Serena.
Lo comprendía mejor, esa pequeña diablilla solo fingía que no me había visto el día anterior, quería que todos se dieran cuenta de que yo seguía tratándola mal. Se separó de mí e irremediablemente recortó a Michiru de pies a cabeza.
-Ella es mi novia, Michiru Kaioh.
Michiru sonrió y le ofreció la mano amablemente.
-Serena Tsukino, la amiga más antigua de tu Seiya.-dijo resaltando la palabra "tu".
Por un momento creí que explotaría, sin embargo aceptó su mano y se saludaron. Pero yo conocía a Serena perfectamente y por su mirada logré descifrar que la odiaba y que deseaba destriparla viva. Viéndolas la una frente a la otra, pude darme cuenta que era muy difícil decidir quién era más bonita. Eran tan diferentes que cada una tenía su toque especial, pero lo que sí podía diferenciar es que Michiru era sensual dentro de su seriedad, elegante, perfecta. Mientras que Serena era tremendamente sexy en el exterior, sus vestidos provocadores revelaban la seguridad en sí misma, su cabello alborotado resaltaba de entre las demás, obviamente ella no era ni seria ni introvertida.
Durante el resto de la velada, Serena dedicó todo su tiempo a llamar la atención. No se cansaba de platicar sus viajes por la villa francesa, sus amigos, sus novios, los magníficos lugares que había conocido, todos sus estudios… en fin, todos estaban completamente embobados con ella. Yaten estaba maravillado con lo que veía, aunque no hubiera podido gustarle pues él siempre la consideró su hermana, además de que Mina y ella eran tan buenas amigas que Yaten jamás se hubiera atrevido a acercársele. Ellos siempre fueron muy amigos, descubrí después que ellos siempre se habían mantenido en contacto a mis espaldas. Todos los hombres se le acercaban, la adulaban y ella era tan cínica que en vez de ser humilde, su ego se elevaba mucho más en cada minuto. En lo personal, yo no podía quitarle la vista de encima. Pero no entendí muy bien por qué, una parte de mí detestaba su actitud arrogante y presumida, mientras que mi otro lado estaba igual de fascinado que todos los demás. Pero la parte que la detestaba era más fuerte. Michiru probablemente notó esto porque por más que trataba de sacarme plática yo no accedía a sus conversaciones.
Estoy seguro ahora de que fue a partir de ese momento cuando mi martirio comenzó. Le pedí disculpas a Michiru y salí a fumarme un cigarrillo. Mientras lo encendía observé mi alrededor, al parecer en cualquier momento llovería, pero no me importaba mojarme un poco. Ella salió también, sosteniendo el celular en so oreja y hablaba tan fuerte que me fue imposible no enterarme de lo que hablaba. Ella me miró de una manera tan profunda y penetrante que practicament eme hipnotizó haciendo imposible el apartar la mirada de sus enormes ojos azules. Sonreía como burlándose… no supe si de lo que hablaba o si de mí, aunque más bien era de mí, sí. Cuando colgó el teléfono se quedó ahí observándome. Debo confesar que por un momento creí que se me acercaría para hacer alguna tontería, sin embargo volvió a entrar ignorándome por completo.
Yo no me enfadé, por supuesto, pero sí me quedó una sensación extraña. Como si de pronto hubiera preferido que se me acercara. Cuando regresé a la fiesta la vi charlando alegremente con Michiru, no me gustó para nada pero me acerqué a ellas.
-Cariño.-me dijo Michiru sonriendo.-Serena me acaba de decir que te encargarás de su caso legal.
La miré confuso pero al mismo tiempo enojado.
-¿Oh, enserio?-dije fingiendo estar sorprendido.-Eso me da mucho gusto. Nada como ayudar a tus amigos.
-Claro que no. ¿Para qué son pues, los amigos, si no es para ayudarse el uno al otro?-dijo ella dándole un trago a su vaso.-No podría confiar en nadie más para llevar el caso que Seiya.
-Te aseguro que nadie mejor que él.-dijo Michiru tomando mi brazo.-Es el mejor abogado de Japón, y va a ganar por seguro.
Serena sonrió mientras me miraba directo a los ojos, retándome.
-Ustedes son tan lindos. Son la pareja perfecta. ¡Estoy tan feliz por Seiya!-de pronto se me acercó y me dio un beso en la mejilla, justo para después darle uno a Michiru.-Espero de verdad que prevalezcan.
-Eres muy linda, Serena, muchas gracias.-respondió Michiru.
Mi Michiru era tan tierna e ingenua que no podía imaginarse que la arpía de Serena solo se burlaba de nosotros, porque probablemente en su cabeza ya se maquinaba un perverso plan.
Dejé a Michiru en su departamento a eso de las dos de la mañana, ella casi nunca dormía a esa hora pero por alguna razón esa noche quiso quedarse hasta el final, lo cual era muy extraño en ella, y además, charlando con Serena. El edificio donde vivía lucía algo oscuro y solitario desde fuera. No muchas personas habitaban ahí, pues era una zona bastante cara y no podían permitirse ese lujo. Abrí la puerta de mi departamento y cuando me disponía a cerrarla sentí como se detenía abruptamente antes de sellarse. Cuando me giré para ver el problema, encontré un pie vestido con un tacón azul cielo muy alto.
Serena sonreía maliciosamente y entró sin siquiera preguntarme si era bienvenida. Yo solo la observé sorprendido, pues no tenía ni la más puta idea de que me estaría persiguiendo.
-Por qué rayos has tardado tanto.-dijo sin dejar de mirar todo a su alrededor, escrutando todo y grabándoselo en la memoria.
Encendí la luz, pues todo estaba muy oscuro.
-¿Me has estado esperando? ¿Desde cuándo?
-Desde que te fuiste a dejar a la lindura de Michiru.-dijo con sarcasmo.-Déjame te felicito, Seiya Kou, sí que es hermosa, es tan fina, educada, intelectual… no sé por qué rayos esta con un tipo como tú.
-Es algo que no podrías entender, nosotros nos entendemos muy bien, nos am…
-¡Ja, ja! No me digas por favor esa cantaleta de que se aman, porque de verdad, ustedes no se aman, al menos tú no.
-Por favor, Serena, estoy cansado, vete a tu casa.
-Tu departamento es muy bonito, tengo que aceptarlo, tienes buen gusto.
-Gracias.-dije cruzándome de brazos.-Será mejor que te vayas.
-¿No vas a preguntarme por qué me he decidido a aceptar que seas mi abogado?
-Creo que eso ya lo sé, Serena, solo quieres burlarte de mí y tenerme trabajando para ti, no es muy difícil. Por qué no mejor me dices por qué fingiste no haberme visto antes.
-Porque me pareció divertido fingir sorpresa después de no verte por ocho años. Quería ver tu expresión y además, fingir ante los demás que sigo teniendo la misma devoción por ti que hace trece años cuando te conocí.
Me reí.
-¿Acaso no la sigues teniendo, Serena?
-Qué te hace pensar eso.
-Bueno, para empezar estas aquí, me esperaste casi media hora y ahora estas aquí, acosándome.
Ella se me acercó lentamente y pude percibir el olor a sandía que emanaba de su cuerpo.
-Quizá tienes razón, la verdad… debo admitirlo, es que no sabes cuánto desee hacer esto en la fiesta.
Me besó sin preguntar, sin espera a que yo se lo permitiera, me besó sabiendo que no debía hacerlo y se colgó de mi cuello con urgencia. La separé de mí con la fuerza de mis brazos y la miré con furia.
-Deja de hacer eso, Serena, eres peor que cuando éramos niñitos.
-Pero ya no lo somos, Seiya, mírame.-dijo pasando sus delicadas manos por sus curvas.-Soy una mujer. Una mujer que te desea y que estoy segura de que tú a mí más. Porque tú no puedes resistirte a un cuerpo, Seiya.
Sonrío al tiempo que se desabrochaba el vestido entallado. Lentamente vi cómo se lo quitaba, dejando a la vista sus senos, tapados con un sujetador rosado. Después terminó por quitárselo, mostrándome así su ropa interior, ligera y fina. Yo no podía soportarlo. Su cuerpo era demasiado perfecto, demasiado esbelto, bien proporcionado. Se recargó sobre la barra de la cocina y comenzó a reírse, probablemente de mí.
-Mírate, Seiya Kou, mirándome como nunca antes lo habías hecho, deseándome, ¿no es gracioso? Hace algunos años me habrías gritado y me habrías dicho que me esfumara a jugar con las muñecas.
-Ya cállate, te pido nuevamente que te vayas.
-Eres un cobarde, Seiya, mira que sentirte intimidado por una niña, eso sí que es nuevo.
-Yo no soy ningún cobarde, y mucho menos estoy intimidado por ti.
-Te creo la mitad, ¿sabes?, en otro tiempo me hubiera creído todo, pero hoy no, hoy yo te gané.
Me enfurecí. Ninguna niña me debía decir que era mejor que yo y mucho menos decirme que era un cobarde. A mí nadie me intimidaba, nadie me hacía quedar como un idiota. La tomé bruscamente con ambos brazos y la besé. Cada vez que nuestros labios se movían al mismo tiempo, mi respiración aumentaba y mi ritmo cardiaco se elevaba al cielo. Sentí como ella me sujetaba fuertemente y me acariciaba el cuerpo al tiempo que desabotonaba mi camisa. Me cansé de esperarla y de un solo jalón me la quité, seguí besándola sintiendo cómo mi miembro se ponía duro. Solo en ese momento me di cuenta de que la deseaba, la deseaba como hace mucho tiempo no deseaba a nadie y ansiaba hacerla mía.
Le acaricié la entrepierna y escuché su respiración entrecortada en mi oído, lo que me provocó querer tocarla con más intensidad. Desabroché su sujetador y le besé los pachos. Tan suaves y firmes que no resistí morderlos. Me sorprendí de mí mismo. Jamás me imaginé haciéndole eso a la pequeña Serena, a la niñita. Pero no, la Serena que tenía bajo sus manos era otra, una mujer, una hermosa mujer que deseaba poseer. Cuando ninguno de los dos tenía ropa alguna cubriendo nuestros cuerpos, tumbé las cosas que había sobre la barra. Ni siquiera recuerdo qué, solo recuerdo haberla tumbado sobre la madera que habían usado para ese mueble y entonces sucedió. Cada gemido que ella producía, yo me excitaba más, mi sangre hervía tanto que mi cabeza no pensaba en nada más que en ella.
Nuestros movimientos eran fuertes, rápidos y hábiles. Parecíamos predestinados a estar ahí, comiéndonos el uno al otro sin pudor. Sus manos recorrían mi cuerpo mientras yo la envestía. Su olor me gustaba, me gustaba más de lo que hubiera querido. La verdad ya no recuerdo cuánto tiempo duramos el uno pegado al otro. Pero cuando ella se fue mi departamento, ya eran casi las cinco de la mañana. No pude dormir, evidentemente, además de no poder dejar de pensar en lo sucedido, me quedaba poco tiempo para ir a trabajar. Mientras me duchaba recordé cada minuto que pasé con Serena. Me sentí un imbécil, un ingenuo y un idiota. Caí en su juego, me dejé llevar por la lujuria que me provocaba y a pesar de que me sentía fatal, no me arrepentía, porque había sido una experiencia gratificante.
Pero era muy tarde. S erena Tsukino había sido mía… o más bien… yo era de ella. Ojalá nunca hubiera recordado nuestra noche juntos porque me avergoncé de mí mismo al notar que me había puesto duro como un metal. Salí del baño y me apresuré, pues solo tenía una hora para llegar al trabajo. Me odié, no tienen idea de cuánto me odié.
