CAPÍTULO DOS: Decisiones.

Desperté de golpe. No tenía idea de donde estaba, observe a mí alrededor y supe dónde estaba: en la enfermería del instituto.

-¡Bella, al fin despertaste!- chilló Alice emocionada en cuanto la pude enfocar bien con la vista.

-Sí, ya lo creo. ¿Y los demás donde están?

-En clases, yo pedí permiso para estar contigo. La salida es en quince minutos.

-Es muy amable de tu parte, Ali.- le dí una media sonrisa

- Pero…..Quiero que me digas la razón por la cual estabas tirada en uno de los jardines más solitarios de aquí.- me pregunto con los ojos entrecerrados.

-Por... por nada- titubee.

-¡Tu mirada no es lo que me dice, a mí no me engañas! Quiero que me digas la verdad.- exclamó con desesperación en su cara, odiaba mentirle, pero tenía que ser así.

-Alice, por favor respeta que no te quiero decir que ocurrió. Tal vez te lo diga algún otro día pero no hoy.- contesté.

Alice solo bufó y llamo a la enfermera para que pudiera dejarme salir con un permiso, como ya las clases estaban por terminar, nos fuimos al estacionamiento.

En el camino encontramos a una de las maestras que vigilan los pasillos, nos pidió nuestros permisos, se los mostramos y nos dejó ir.

Llegamos al estacionamiento y tuve la desgracia de encontrarme con Tyler, un chico que no me agradaba, era un dolor de cabeza; Alice al verlo rodó los ojos mientras apuró más el paso llevándome a tirones del brazo con ella.

-¡Alice, Bella! ¡Ya no saludan chicas!- gritó el imbécil ese.

-Es porque no saludamos a los indeseables.- contestó Alice con cara de fastidio que casi me hizo reír, ambas éramos malas con él.

- Alice, soy deseable en todos los sentidos.- contestó muy seguro de sí mismo, ¡JA! Si claro, él es deseable y yo soy Miss Universo. ¡Joder! Me retorcía internamente de risa.

-Sólo tú piensas eso, Tyler. Nosotras debemos irnos. Adiós.- Alice volvió a arrastrarme con ella sin poder decirle yo nada a él.

Nos movimos lo más alejadas posibles de él, ya ahora sí que no me agradaba del todo.

Alice lo llamaba puto por acostarse con todas, era un maldito prostituto, más que todo tenía un ligue ahí con mi pesadilla número uno, Jessica Stanley. Sí, esa zorra cualquiera lo había convertido en otro de sus amigos con beneficios, él fue nada más otro más para el saco y ella solo lo quería para satisfacerse íntimamente. ¡Qué asco!

Luego de que los chicos y Rosalie salieran, nos fuimos cada uno en su auto a sus casas, yo aún tenía mucho que pensar acerca de lo que Jessica me había dicho.

Llegué a mi casa y para mi buena suerte no había nadie, me fui directamente a mi habitación.

Allí me dirigí al espejo de cuerpo completo que tenía en mi closet, lentamente empecé a quitarme la ropa hasta quedar con mi brasiere y mis bragas, me vi detalladamente de todos los ángulos sin perder detalle alguno.

Definitivamente, yo no estaba gorda. Hasta estaba más delgada porque me he estado ejercitando y por eso he bajado de peso.

¿Por qué Jessica había dicho eso de mí? ¿Me tenía envidia? Eso creo pero, no lo sabía.

Tenía ganas de hablar esto con alguien pero no debía, algo me decía que no dijera nada.

Me puse una bata luego de observarme en ropa interior y me lancé a mi cama, tenía que pensar todo lo acontecido de hoy.

Cada palabra resonaba en mi cabeza como un maldito eco.

Era momento de decidir.

.

Después de una hora de estar debatiéndome , por decirlo así, tuve tres opciones:

La primera fue ser solitaria, dejar a mis amigos y concentrarme en otras cosas.

La segunda hablar con Jessica sobre el tema, aunque no creo lograr nada.

Y la cuarta pero aún no estaba segura, era ser bulímica, posiblemente sería la solución más rápida y eficaz pero de eso no estaba totalmente segura, aún tenía que pensarlo.

Una llamada me sacó de mis pensamientos, contesté sin ver quien era.

-¿Has pensado lo que te he dicho hoy... Isabella?- escuché las venenosas palabras de la puta hija del diablo.

Era ella. Jessica. La persona con la que menos quería hablar en estos momentos pero debía enfrentar las cosas a como sea.