Fue algo sencillo, pero ahí inició una relación que cambiaría su vida. Esos dos enanos la llevaron a comer, a conocer las sencillas calles y la plaza, la entrada a los salones subterráneos. La niña humana se divirtió más que nunca en su vida pero estaba consciente de la posición del sol; cuando calculó que había pasado tres horas, se despidió de sus nuevos amigos y regresó corriendo. Llego al jardín junto a sus habitaciones justo después del atardecer. Le dolían todos los músculos y soportó la mirada del elfa esperando que llegara algún tipo de regaño pero no dijo nada.

Así que dos días después inició la marcha de nuevo.

El príncipe enano miraba a sus sobrinos sin decir nada, escuchaba a su hermana narrarle los distraídos y torpes que eran últimamente, como si algo estuviera consumiendo sus mentes. Ambos, se mostraban ansiosos y cuando les permitieron retirarse, salieron corriendo lo más rápido que pudieron.

Le encontraron sentada en la plaza. El enano más joven la tomó en sus brazos y la lanzó en el aire. Ella gritó de emoción y fue atrapada antes de golpear el suelo por el enano más grande. Los tres rieron y tomaron rumbo hacia el nacimiento del cauce que abastecía de agua el poblado.

Fili y Kili, no es como una elección de nombres muy original. –dijo ella y los hermanos rieron.

Idris es un nombre sencillo también ¿no lo crees? –dijo el mayor mientras acariciaba su cabello. La niña tenía su cabeza recargada en las piernas del enano, descansaba después de un día de pasar corriendo y haciendo travesuras. Puesto que a pesar de que la niña tenía 6 años y los enanos 20 y 15 años, eran realmente unos niños.

Mi nombre real es Idriariel.

El tiempo pasó e Idris, la niña humana que vivía entre los elfos y visitaba a los enanos de las Montañas Azules, podía decir que era feliz. Adoraba estar con la elfa, su familia y su visita, dos veces por semana, a sus amigos enanos la llenaba de energía y vitalidad. Sonreía todos los días y ya no añoraba un hogar propio, porque ahora sentía que lo tenía.

Un día, la elfa, de nombre Itariel, tuvo que partir al hogar de su padre, había sido convocada y por más que quiso negarse, al final tuvo que aceptar. Dejar a Idris era muy difícil pero había aprendido que la niña era fuerte e inteligente y estaría en buenas manos, aunque ella no sabía nada de las visitas a los enanos. Así que partió y por primera vez en la vida, Idris tuvo miedo. Durante las primeras semanas tras su partida, el miedo no la dejo alejarse de sus habitaciones, pasaba horas en soledad hasta que alguno de los elfos le llevaba algo de comer. Así que cuando apareció en la plaza, ya la esperaban los hermanos, cuyos rostros se iluminaron al verla.

Era ya conocido por la madre de los enanos, que una niña humana jugaba con sus hijos por lo menos una vez a la semana; así que cuando por tres semanas seguidas, sus hijos regresaban tristes y sin ganas de hablar, ella supo que era porque una vez más, la niña no había aparecido. Así que al ver a sus hijos llegar alegres y con una invitada, no pudo más que sonreír.

Llevaba tres días sin regresar al asentamiento de los elfos cuando apareció un mensajero a la orilla del pueblo enano. Todos detuvieron su actividad y se quedaron viéndolo con algo que parecía temor o miedo. Dïs, la madre de los hermanos, junto con sus hijos, salieron de los túneles subterráneos para ver a Idris hablar con el mensajero. Tras la breve conversación, se retiró y la niña regresó al lado de la princesa enana. Porque Dïs era una princesa y los hermanos, herederos de un Reino que ahora no existía.

Los túneles subterráneos eran complicados para Idris y un día, se perdió. La mayoría de los enanos sabían de su presencia y la miraban con amabilidad y trataban de darle instrucciones para regresar a la casa de Dïs. Pero resultaron improductivas porque cada vez se perdía más. De repente, el sonido del metal siendo golpeado la llamó, era como si latiera al ritmo de su corazón. Recordó un sueño, donde ese sonido pronunciaba su nombre y supo que debía encontrar el origen. Entró en una gran forja y el sonido venía de lo más profundo. Un enano de barbas blancas la miró y sonrió, como si estuviera esperándola y la invitara a pasar.

Porque ahí, frente a un yunque que a ella le pareció inmenso, estaba el príncipe de los enanos, que recuperaría un antiguo Reino, en toda su magnificencia, con toda su fuerza dedicada a la fabricación de un hacha de guerra. Idris, sabía que estaba frente a un Rey y sus ojos admirados no podían dejar de verlo. Cada golpe del martillo la hacía vibrar y recordaba a cabalidad un sueño que había tenido antes de llegar siquiera a las montañas azules, donde él estaba en la forja y le daba la bienvenida a su hogar.

Y ella sabía lo extraño de la situación, de lo fuera de lo común que era que una niña de 6 años mirara con tal admiración e intensidad a aquel príncipe enano. Pero ella era una hija de Numenor y a los 6 años, era más consciente que la gran mayoría. También, no había tenido mucho tiempo para sentirse niña a los lomos de un caballo y viajando casi todo el tiempo. No, ella no era una niña en lo que correspondía a saber que aquel, era el amor de su vida.

Cuando el sonido del yunque cesó y el príncipe de los enanos vio por primera vez a aquella niña, de la que todos hablaban y cuyas aventuras eran relatadas con absoluta nitidez por sus sobrinos, sintió que el corazón le dejaba de latir, que el tiempo se detenía y que podía ver cómo los años pasaban por su rostro y como se convertía, en la mujer más bella que hubiera visto.

Idris pronunció las palabras que él le decía en su sueño:

-Thorin Oakenshield, Rey bajo la Montaña –dijo e hizo su mejor reverencia. –Mi nombre es Idriariel, hija de Arador, exiliada de Numenor.

Con aquellas palabras, un príncipe enano y una princesa humana, sellaban un destino.