La vida se volvió una rutina. A tal grado que Itariel tenía que huir de tiempo en tiempo puesto que el tipo de vida de los enanos no era del todo, cómodo para ella. A veces se sentía como una intrusa, pero trataba de no pensar en ello. Los días que regresaba con los elfos se volvían aburridos y se encontraba de repente en la habitación subterránea que compartía con Idris. Ahí, siempre era todo menos aburrido, aunque la elfa no disfrutaba del todo su vida entre los enanos. Era obvio que había cierto desprecio hacia su persona, aunque lo único que supieran de ella era que su hogar era Mirkwood; eso bastaba para que le dedicaran miradas hasta hostiles. Pero valía la pena, se repetía una y otra vez.
En cambio, Idris tenía los días llenos de actividades. Desde aprender la lengua de los enanos, hasta como cocinar y remendar la ropa y por supuesto, lecciones básicas de lucha con espada. Los días que Itariel regresaba con los elfos, ella los pasaba en casa de Dís y era cuando se sentía en familia totalmente. Ambos hermanos la cuidaban por completo y Dís le enseñaba todo cuanto sabía sobre su pueblo, entre ello, las historias de su reino perdido. Aprendió canciones y hasta un poco a tocar la flauta, aunque no era algo en lo que destacara. Como tal vez no destacaba en nada más, ni como cocinera, costurera o espadachina. Pero a nadie parecía interesarle aquello, así que ella seguía intentando y aprendiendo todo lo que pudiera.
El primer cambio en su rutina vino cuando Thorin, que pasaba las noches en compañía de su familia, comenzó a evitarla. No lo entendía, pero a veces parecía que su presencia lo turbaba. Para él no era sencillo, la conversación que había tenido con la elfa meses atrás no lo dejaba más tranquilo. Saber que el espíritu de Idris era antiguo no lo consolaba sobre los sentimientos que tenía hacía alguien tan joven. Así que trato de evitarla, aunque era algo difícil porque eso lo mantenía a veces alejad de su familia.
Para Idris eso era algo que le generaba mucha tristeza, pero tendría que vivir con ello y soportarlo. Para ello se concentraba en lo único que hacía mejor. Escribir, su letra rúnica era bastante legible y comprendía los libros mejor que sus maestros. Por lo que pronto tuvo como responsabilidad escribir las cartas y documentos oficiales. Así que muchas veces, durante el día, se encontraba con Thorin y era cuando debía soportar el hecho de que no la miraba y no le dirigía la palabra.
Habían pasado ya 4 años desde que empezó a vivir entre los enanos y su cumpleaños número diez estaba a la vuelta de la esquina.
Ante los ojos de todos era una niña pequeña. Y pues, aunque técnicamente lo era, había cosas en sus sueños que una niña pequeña no debería soñar. Desde los primeros años de su vida, en Mirkwood, había comenzado con los sueños de un reino lejano, que siempre veía cubierto de niebla, poblado de hermosos hombres y mujeres imposiblemente altos. Siempre orgullosos, la miraban severamente. Después, veía la destrucción. Horrible, el ruido era imposible, no se podía distinguir los gritos o el llanto. Veía los barcos, huyendo, y los rostros de los que eran sus antepasados, aterrorizados y luego, desolados. Eran exiliados, no tenían hogar.
Y después venía, la grandeza de los reinos humanos en el exilio. Y su caída. Soñaba con los rostros de padres e hijos hasta llegar al rostro de su padre y de su hermano, cuyas facciones se desdibujaban y se perdían en el tiempo. Pero aparecía otro rostro, uno de gran belleza y serena actitud, un rostro que prometía sabiduría y fuerza. Y entre todo eso, estaba Thorin, y sus sueños a su lado, caminando juntos, abrazados, siendo ella mayor. Y dos pequeños rostros hermosos, que al hablar, le decían madre.
Era imposible negar que ella quisiera eso, quería ese futuro con el príncipe enano y quería a esos niños. Quería esa familia más que nada en el mundo. Pero Thorin parecía negarse por completo a estar cerca de ella.
Fili y Kili la llevaron con los ojos vendados hasta las habitaciones familiares de Dís y una vez que puso un pie dentro todos gritaron ¡feliz cumpleaños! Los abrazos no se hicieron esperar y comieron cosas deliciosas preparadas por Dís y hasta Itariel parecía divertirse puesto que contó algunas cosas de cuando Idris era pequeña. Sin embargo, la mirada ansiosa de la niña no se despegaba de la puerta, esperando que se abriera y Thorin entrara y la felicitara y le regalara un abrazo.
Era lo único que pedía y no sucedió.
Horas después de que terminara la fiesta y cuando se suponía que estaba dormida, Idris se levantó y se vistió para salir. Ahora ya no se perdía por los corredores y decidió simplemente salir a ver las estrellas. Para su eterna sorpresa él estaba ahí, parado en medio de la plaza, simplemente mirando el cielo. Juntó todo el valor que pudo y caminó decidida hacia él.
-Thorin. –dijo en su aún pequeña voz y él giró para mirarla de frente. En ese instante ella se lanzó hacia adelante y con sus manos tomo su cara y lo besó. Él aún era más alto que ella y el acto de estirarse para alcanzar su cara estuvo a punto de sacarla de balance y más porque Thorin parecía querer deshacerse del beso. Sus ojos la miraban con una emoción que ella no podía calificar y de repente se sintió herida y rechazada. Tal vez todo era su imaginación, tal vez nada era cierto, tal vez a ella nadie la iba a querer.
Dio un paso para atrás, media vuelta y se echó a correr. Creyó escucharlo gritar su nombre pero no se detuvo hasta que llegó a casa de Dís. Abrió la puerta del cuarto de los hermanos y los encontró dormidos uno sobre el otro como siempre, en una perpetua lucha por ver quién lograba provocarle pesadillas a quién. Se dejó caer entre los dos y despertaron al mismo tiempo al sentir el peso de su cuerpo. Se sorprendieron al verla ahí pero más se sorprendieron al verla llorar y no le preguntaron nada, solo la abrazaron hasta que amaneció.
Fili y Kili se volvieron más protectores con Idris y hasta cierto punto, Fili se volvió más posesivo. Al principio no entendía la razón hasta que comenzó a fantasearla. Deseaba estar a su lado, tomar su mano, abrazarla y nada de esto tenía que ver con tratarla como una hermana. Pero Idris simplemente parecía triste y aunque reía y convivía con los hermanos, algo se debatía en su interior. Durante semanas Thorin ni siquiera la miraba, llevaba documentos y los dejaba en sus habitaciones para ser revisados y firmados pero él no la miraba. A ella se le partía el corazón cada vez más.
Fili a veces parecía molesto con su tío, cuando notaba que la indiferencia de él afectaba a Idris. Era cuando más atención le prestaba él y trataba de cumplir hasta el deseo más minúsculo. Dís lo veía revolotear alrededor de la niña que era cada vez menos niña, y sentía una gran preocupación. Un día le dijo a su hijo que no perdiera la cabeza por ella, porque ella no la iba a perder por él. Fili sintió que todo el mundo se desmoronaba pero no se rindió, ni en ese momento ni por años después.
Los sueños de Idris se volvían más impresionantes con el tiempo. Comenzó a soñar con dragones y con reyes oscuros y antiguos, despertaba todas las noches a punto de gritar y con un terror espantoso de volver a dormir. Pasaba a lo mucho tres horas dormida y el resto de la noche en la biblioteca, entre libros, buscando los pasajes de la historia que corroboraran las imágenes horribles de su cabeza. Gracias a esto, había días que estaba cansada durante el día, a veces cabeceaba y luego simplemente parecía que no prestaba atención. Las últimas semanas, Thorin decidió romper su ausencia a la casa de su hermana por las noches para cenar pero ni su presencia parecía animar a Idris. Ella cerraba los ojos y veía fuego. Al abrirlos la mirada del príncipe enano estaba sobre ella pero no pareció siquiera notarlo. Llevo una cucharada de comida a la boca y tardó más del tiempo necesario para masticarla y volver a tomar otra cucharada.
Fue cuando comenzó el dolor, era como si algo le hubiera hecho daño y se le revolviera todo el estómago. Se levantó rápido de la mesa y fue a su habitación ante la mirada preocupada de todos los presentes. Se dejó caer en la cama y se tapó con los cobertores. Dís entró y la encontró tratando de no llorar. Le preparó un té y la acompañó toda la noche con los calambres de su abdomen. Por la mañana, salió y encontró a sus hijos con cara de preocupación en la cocina y su hermano estaba también ahí.
-¿Esta bien? –preguntó el príncipe enano.
-Ella está bien. –dijo Dís y la mirada de los tres enanos no se separó de ella.- Simplemente ya no es una niña.
Thorin se asombró y sus hijos no parecieron entenderla, tendría tal vez que explicarles después el significado de esto. A Dís le sorprendía como entre el pueblo de los Hombres, las niñas se hacían mujeres tan rápidamente, era una lástima, pensaba ella. Pero el pueblo de los Hombres vive vidas tan cortas después de todo.
Idris pasó dos días acostada, entre dormida y despierta, con un dolor intenso cuando estaba despierta y cuando dormida, dragones, destruyendo, asesinando, calcinando. De repente todo fue muy claro, la Montaña llena de vida, los enanos trabajando, creando, y el dragón volando. Cuando comenzó la destrucción, Idris sintió el fuego en la piel. Trataba de despertar pero era como si tuviera los ojos pegados y no pudiera evitar morir quemada.
Thorin tomó la decisión de entrar a su cuarto aunque eso pudiera traer consecuencias que a él no le parecieran correctas. Estaba acostada, al parecer dormida. Se acercó a la cama y la vio debatirse en un sueño, los ojos apretados y las manos aferradas al cobertor. Estaba sudando, cuando toco su frente con la mano le sorprendió que parecía estar hirviendo. De repente abrió los ojos y pareció como si fueran rojos, pero era imposible, un efecto de la luz de la chimenea. Pero Thorin no podía dejar de mirarla, estaba aterrorizada. En un segundo se levantó y lo abrazó, lloró como nunca había escuchado a nadie llorar, con una sensación de pérdida y desesperanza. Él no pudo más que abrazarla con fuerza aunque no entendía que causaba tanto dolor.
Fili los encontró así y se alejó sin decir nada.
