CAPITULO 11

El sueño se volvía más claro cada día, era más sencillo distinguir a los que estaban ahí. De repente los hermosos ojos azules de Thorin la estaban mirando pero el rostro era el de una mujer, apenas una muchacha, que se parecía mucho a ella. Era preciosa, lo más hermoso que había visto en su vida, pero por más que intentaba acercarse a ella, siempre se alejaba. Entonces, esta mujer, aparecía parada junto a Thorin, ella superando su altura por algunos centímetros, la misma expresión decidida en el rostro. Al voltear a ver qué era lo que miraban de esa manera, se encontró afuera de Erebor y todo fue fuego. Se llevó a Thorin, se llevó a mujer, destruyó todo. Se volvió a quedar en un campo calcinado, sin nada a lo que aferrarse. Ella ya no estaba y de verdad la necesitaba, quería volver a verla, quería que esos ojos azules la miraran una vez más.

Los días previos habían sido una locura, por eso cuando se acostaba a dormir casi lo hacía al instante, pero no descansaba. Todos los días el mismo sueño y por más que le emocionara el hecho de verla una vez más, el fuego se volvía cada vez más presente, más real, como si pudiera quemarla a ella también. Y no era como si no hubiera soñado con fuego antes, al pensar en el contenido de sus sueños, la gran mayoría tenían que ver con fuego, era la constante. Podía comprender cómo el fuego se había vuelto canalizador en su vida, desde aquello horribles fuegos en los templos de Morgoth hasta el fuego en Erebor; la había marcado y le había puesto un rumbo a su existencia. Pero lo que ahora soñaba no había sucedido aún, ella aún no existía. Además, el Thorin que veía era ligeramente diferente, tenía más gris en su cabello, su rostro estaba marcado con más arrugas. Ella, que conocía cada detalle de él, podía darse cuenta de la más mínima diferencia.

Se levantó de su cama, desde que los sueños sobre ella comenzaron volvió a dormir en su cuarto, sola. Era muy extraño, pero si dormía con Fili y Kili, los sueños se volvían terribles, era demasiado para ella soportarlo. La veía en un lugar muy extraño, una especie de casita acogedora pero con puerta circular, lo cual le llamaba demasiado la atención; veía como era atacada por horrendos orcos y veía como lastimaban su pierna, lo que le dejaba un dolor de por vida; la veía enamorándose, de la persona menos esperada. Veía sus ojos azules llenarse de lágrimas con un dolor que jamás iba a poder ser disminuido, curado u olvidado. La veía caer en el fuego, ser devorada, porque aquel de quien se enamoraba, había sido devorado por el fuego y no podía soportar el hecho de quedarse sin hacer nada; lo intentaba salvar, aunque era imposible. Despertaba entonces gritando y los hermanos no podían hacer nada para tranquilizarla. Por eso dejó de dormir con ellos, cuando estaba sola no veía tantos detalles y podía manejar la angustia que esto le generaba.

En cuanto puso un pie fuera de los túneles subterráneos, dos enanos comenzaron a seguirla. Era por indicación de Thorin, jamás dejarla sola ni por un instante. Esto en parte la hacía sentir bastante mal pero nunca podría convencerlo de lo contrario, de que ya no había peligro, de que no le iba a pasar nada. Después de todo ella había matado a Anoet. Y a pesar de aquello las cosas con los humanos no se echaron a perder tanto como podría haber sido, aunque eso debían agradecérselo a Hazad y a los dúnedain. La primera vez que Thorin y Hazad se conocieron se cayeron bien inmediatamente, a pesar de que uno junto al otro se veían tremendamente contrastantes, eran muy similares en su manera de pensar. Ambos querían lo mejor para sus pueblos y ambos sabían que las acciones de las personas traían consecuencias. Pero Hazad dejó muy claro desde el principio que las consecuencias habían sido para Anoet y que estas no tendrían repercusión en Idris o en el pueblo de Thorin.

Cuando ella llegó a los manzaneros comenzó a recolectar todas las manzanas que pudo, algunas de ellas estropeadas gracias a las flechas que Kili seguía disparando, ahora con los ojos cerrados. Itariel los vendaba y le decía que tenía que disparar según la percepción que tuviera de su blanco, la imagen mental debía ser muy clara, porque los ojos podían ser engañosos. Idris suspiró, podían servir para un pastel. Mientras recolectaba se tomaba su tiempo, era un momento para estar lo más sola posible, aunque los dos enanos estaba a unos cuantos pasos de ella, pero rara vez le hablaban, sabían que deseaba pensar y despejarse de todo lo que poblaba su mente por la noche. Parecía que todos estaban al corriente de sus sueños y de cómo parecían acecharla y asustarla.

Se quedó un buen rato sintiendo la cálida brisa, recordando el día que apareció Hazad, solo, para hablar con Thorin y para presentarle sus respetos a ella, como había dicho cuando lo conocieron. No tenía miedo de los enanos, aún sin los dúnedain a su lado, Thorin lo respetó mucho por aquello y permitió que pudiera ver a Idris, pero estando él presente. Resultó ser que Hazad era hijo de la hermana de su madre, por lo que era su primo, por más increíble que esto fuera, era parte de su familia. Esto también le trajo noticias de su padre y madre, y de su hermano, ese heredero que tanto había sido esperado; era un niño fuerte que parecía destinado a cumplir el destino que durante años se había aguardado. Hazad también les informó que Heza no era más el líder de los humanos, que lo había reemplazado él y que era una orden directa de su Capitán; el padre de Idris no confiaba plenamente en Heza y este tendría que regresar al norte.

Por esa razón las cosas se habían tranquilizado, de nuevo estaban en buenos términos con los humanos y habían llegada a acuerdos mutuos para la convivencia y para compartir aquello que necesitaran; ambos pueblos se encargarían de la seguridad del lugar, convirtiéndolo en un hogar para todos. Idris le estaba muy agradecida a Hazad, no podía creer que alguien tan joven fuera tan capaz para manejar las relaciones políticas entre los pueblos. Un día se lo dijo y él se rio de buena gana.

-¿Joven? –le dijo con una sonrisa encantadora.- Eso depende de tu perspectiva. Tengo 40 años, por eso estuve presente el día que naciste pero seguramente entre otros pueblos un hombre de 40 años se vería mucho más viejo que yo.

-¡40 años! –repitió Idris más incrédula que impresionada.

-Recuerda la sangre de Númenor –le dijo. Y era lo que Idris siempre recordaba, hasta en ese momento de total paz, mientras la brisa hacía volar su cabello, la sangre de Númenor estaba presente. Durante años aquel sino de los herederos de Isildur se había alejado de ella, no era más que Idris y nada más. Pero ahora se habían acordado de ella, habían mandado a Hazad a asegurarse que estuviera bien, de que ningún daño cayera sobre ella. ¿Por qué? Según lo que le había dicho el hombre su hermano era fuerte y sano, se podía esperar que creciera para poder casarse y tener otro heredero sin mayores complicaciones. ¿Qué necesitaban de ella entonces? Pasó tanto tiempo pensando en esto, dando mil vueltas a la misma consideranción, hasta que uno de los enanos comenzó a toser para llamar su atención, se dio cuenta de que el sol estaba ya elevándose por el cielo y que seguramente se estaba perdiendo el desayuno y que en cualquier momento Dís enviaría a alguien a buscarla. Así que emprendió el camino de regreso, sin poder aún responder ninguna cuestión y con cierto grado de preocupación.

Fili y Kili despertaban todos los días, se medio limpiaban, se vestían, desayunaban y salían corriendo a buscar algo que hacer. En general habían modificado su rutina porque se dieron cuenta de que el tiempo que tenían para disfrutar como hermanos era precioso y también frágil, cualquier cosa podía interponerse en su vida y cambiarla. La gran mayoría de veces incluían a Idris en sus juegos hasta que ella se despedía, algunas veces antes y algunas veces después, para acompañar a Thorin en su estudio. Ambos sabían que la relación con su tío aun distaba mucho de ser perfecta, él no podía evitar pensar que Idris era muy pequeña, por más que supiera que su alma era muy vieja. A veces le daban ganas a Fili de sacudir a su tío para ver si olvidaba ese tipo de pensamientos, pero seguramente eso le traería consecuencias desastrosas. En su rutina diaria Itariel aparecía un poco más tarde y Fili se quedaba mirando a su hermano entrenar con la elfa. Parecía que los dos jamás se aburrían, aunque podía ser interesante observarlos durante un rato; la ternura con la que hacían las cosas el uno para el otro, la manera en que prolongaban el contacto de sus manos ante cualquier excusa. Fili suspiró y se acostó sobre el pasto para ver la forma de las nubes, qué fácil había sido para su hermano y a la vez, con cuántos problemas se iba a enfrentar por aquel amor tan poco usual. Luego cuando era tiempo de descansar, ambos venían a acostarse a su lado, contemplaban las nubes pasar y alejarse, mientras el sol iba descendiendo y los dejaba cada vez más en la oscuridad. Los dedos de Kili encontraban el camino hacía el rostro de Itariel, sin tocarlo, dibujaba el contorno de sus labios. La elfa se quedaba muy quieta, cerraba los ojos y parecía que hasta dejaba de respirar por unos momentos. Fili sentía que salía sobrando en aquel lugar y casualmente se iba retirando, con un poco de culpa, pues creía que su hermano era demasiado joven para cualquier cosa con la elfa. Pero ¿cómo negar que parecieran perfectos cuando estaban juntos? Tal vez estaban destinados, Idris así lo creía, que la elfa había esperado cientos de años simplemente para estar al lado de su hermano.

El humo del templo nublaba el cielo, oscurecía el día, intoxicaba la ciudad de Armenelos y a todos sus habitantes. Habían pasado días y ella no se podía mover, se había quedado tirada en el patio, incapaz de levantarse. ¿Por qué él? ¿Por qué no se la habían llevado a ella si había sido tan clara en su oposición a Sauron? ¿Ella había sido quién había estado entre los que se oponían cuando talaron el árbol Nimloth? Ella y siempre ella, diciendo cosas, gritando cosas, que luego no tuvo la fuerza para defender. Volvía a ver su rostro, una y otra vez, el último instante antes de que lo sacaran por la puerta del patio, no había miedo, parecía que iba con gusto. Pero si él pensaba que ella se salvaría estaba equivocado, no se pudo mover, no podía siquiera respirar con normalidad, no podía ni cerrar los ojos, no podía ya ser; se había perdido. Los barcos se habían ido, la última oportunidad, la posibilidad de una vida. Pero no había vida sin él entonces qué ganaría con salvarse para dejarse morir después. Lo único que podía hacer era recordar era su rostro, su hermosa vida juntos, su nombre, repetido una y otra vez, Adûnarion; las promesas que se hicieron, las veces que estuvieron juntos y se conocieron cómo nunca antes y nunca después conoció a nadie. Adûnarion, su único amor, aquel por el que hizo todo, por el que hubiera dejado todo, por el que habría tomado cualquier riesgo. A él se llevaron, a su luz, a su corazón, a su razón de existir; lo destruyeron en el templo, lo convirtieron en humo y ella no pudo moverse del lugar donde cayó cuando fueron por él a su hogar. Debería haber escuchado sus súplicas, le decía que no fuera tan abierta, que callara algunas de sus opiniones, que de no se enfrentara tanto a sus hermanos. Le suplicó mil veces que dejaran su hogar, que fueran a Andúnië y que huyeran en los barcos como el mismo Elendil le había ofrecido. Pero se quedó por sus hermanos, por la tenue esperanza de que cambiaran de opinión y con ello lo había condenado. Adûnarion, su único amor, destruido por completo en esos fuegos y ella no pudo mover ni un dedo para evitarlo.

El sueño comenzaba a desvanecerse, ella despertó pensando en ese nombre, Adûnarion y el rostro que había visto una vez más, como no lo había visto en sueños antes. Ese rostro, esa altura, esa sonrisa, esa voz. Idris no lo podía creer, no podía ser posible, después de tanto tiempo, después de creerlo por siempre perdido. Era la mitad de la noche y prácticamente no había nadie despierto, cuando pasó corriendo frente a los guardias de la entrada ellos no supieron qué hacer; abandonar su puesto y seguirla o informar de su salida. Corrió a buscar el caballo de Itariel, agradeciendo que la elfa ahora tuviera la costumbre de encontrarse con Kili a la media noche para hablar, como no lo podía hacer con su hermano presente o con su madre observándolos. Tomó el caballo y salió disparada con dirección a la ciudad de los humanos. En ese momento no era ella, no era Idris, porque Idris jamás habría abandonado la protección de Thorin ni la seguridad que le ofrecían los enanos. Pero no podía quedarse estática esta vez, bastante había pagado por su indecisión en su primera vida. Porque estaba segura, mucho más que segura, de que era él, tenía que serlo; las últimas palabras de su sueño habían sido pronunciadas con su voz.

Las almas que fuimos ofrecidas a Morgoth, las almas que debían haber sido destruidas… escapamos.

Hazad.


Listo, esta vez sí que me tardé para actualizar, lo siento, mucho trabajo. Además de que tuve que elaborar dos actualizaciones de Eryn Lasgalen. Pero como siempre, gracias por seguir leyendo, si tienen algún comentario que quieran compartir, es más que bienvenido.

Daya: Gracias por seguir comentando, lo aprecio mucho de verdad. He seguido conectando las historias pero siempre tratando de que mantengan su autonomía. Y pues ahora sí que viene un problema real, este no me lo esperaba, pero luego la historia evoluciona por si sola. Espero que te guste.

Merenwen: Como siempre aprecio todas tus palabras, sigue leyendo cuándo tengas la oportunidad amiga, muchas gracias.