CAPITULO 12

¿Estás preparado para dejarla ir? –Le preguntó Dís.- Jamás volverás a verla, jamás estará más a tu lado, nunca podrás regresarle el beso que te robó.

Jamás.

¿Dejarla ir? Prácticamente la había echado, se había enojado a tal grado cuando le dijeron que había salido en medio de la noche con el caballo de Itariel que al verla de nuevo no pudo más que gritarle. Hazad había salido a su defensa y esto no había hecho más que desatar su ira, no comprendía nada, qué razones había tenido Idris para salir y para ir en busca del humano. Si no quieres estar con nosotros entonces no regreses, había dicho y al instante se había arrepentido, porque ella había dado media vuelta y había caminado con decisión alejándose de él. Y por un segundo deseo con todo su corazón poder su tragarse su orgullo y detenerla, pero si era lo que quería, dejarlo, él no iba a hacer nada por cambiar la situación.

¿Dejarla ir? Era lo último que deseaba así pues no podía estar preparado para eso. Desde el primer segundo que sus ojos se cruzaron quiso una vida a su lado, pero era una niña y seguía siéndolo; aunque realmente no lo era y eso seguía siendo muy confuso y difícil y hubiera deseado que las cosas no fueran así pero lo eran y ahora estaba muy arrepentido de todo. Se había encerrado en su habitación porque no quería seguir oyendo a Dís y no podía soportar las miradas de Fili y el llanto desconsolado de Kili; sobre todo eso, porque sabía que estaba sufriendo igual que él. Itariel había dudado, no corrió tras Idris tan rápido como hubiera pensado que lo haría; primero se detuvo junto a su sobrino y con la expresión más desolada que había visto en ella, se despidió de Kili. Y entonces su pequeño sobrino había empezado a llorar y ella tuvo que salir corriendo porque de otra manera no habría podido dejarlo. Ninguno pudo comer nada en todo el día y cuando por fin fue hora de dormir, Dís había tenido que quedarse acompañando a sus hijos porque el llanto de Kili había contagiado a Fili y al final ella también estaba desconsolada. Thorin no podía soportarlo, su familia se había desgarrado y todo por qué no le dio tiempo de explicar lo que sucedía, todo porque se había dejado llevar por algo parecido a los celos al verla aparecer al lado del dúnedain y los estúpidos pensamientos de que él pudiera ser más adecuado para ella.

¿Dejarla ir? La única manera que tenía de sacar los sentimientos que lo consumían era en la forja, golpeando una y otra vez ante la mirada atónita de los pocos enanos que estaban presentes a esa hora de la noche. Lo hacía con desesperación hasta que aventó el martillo lejos de él para estrellarlo en una de las paredes con un estruendo. Había sido en este lugar, dónde al mirarla a los ojos la imaginó como una mujer madura, aunque siempre pensó que no fue su imaginación, que la claridad con la que la vio fue más como una visión, un extracto de futuro. Lo más horrible fue el tiempo después de la muerte de Anoet, cuando Idris comenzó a deslizarse en su cuarto, a abrazarlo cuando él dormía, a mirarlo, a robarle más besos de los que jamás podría confesar. Entonces él comenzaba a soñar, al principio no entendió de dónde venían los sueños, hasta que despertaba y la encontraba dormida a su lado, su rostro completamente en paz, tranquila y hermosa. Cuando ella no iba a su habitación los sueños no aparecían y eso lo entristecía, porque deseaba ver más, poder aprenderse sus rostros o la manera en que sonreían y hubiera querido escuchar sus voces pero siempre los veían a la lejanía y eso lo preocupaba. ¿Por qué estaban tan lejos?

¿Dejarla ir? No la estaba dejando ir, ella se había ido. Era como repetir la misma historia otra vez, creer que se tenía a alguien para encontrar que le daba la espalda a la más mínima oportunidad. Y conforme iban pasando los días la sensación de abandono era más grande y de la misma manera iba creciendo la sensación de que se estaba dando por vencido sin siquiera luchar. ¿Así de simple sería? ¿Lo perdería todo por un arrebato de ira? Tal vez no pero por el momento sentía demasiado enojo como para poder arreglar nada.

Cuando Hazad la recibió estaba despuntando el alba y no podía hacer otra cosa más que sonreír; el amor de su vida estaba ahí y lo estaba buscando. Después de tantos años, de no entender el vació de su interior y la soledad que siempre lo acompañaba. Cuando ella nació comenzó a recordar pero muy lentamente, pasaron años para que estuviera seguro de haber vivido anteriormente y de que era ella, con la que había compartido esa vida. La sensación de peligro lo inundó un día y se puso en marcha con la anuencia de su Capitán para comprobar la seguridad de ella, porque sabía que ella tendría problemas y no la iba a abandonar. Por años había hablado con su Capitán sobre su hija, nombrando a Idris ante cualquier oportunidad, hasta que quiso conocerla, saber de ella y tal vez, encontrarle a alguien para que la cuidara. La seguridad de que ella había sido en la otra vida su compañera la tuvo cuando la encontró en el bosque, siendo atacada por los humanos y custodiada por los elfos. Era ella, no podía siquiera pensar en otra cosa, como cuando la había conocido la primera vez, junto al árbol de Nimloth. Perfecta, más allá de cualquier definición, perfecta. Por eso había logrado echar a Heza, a pesar de las protestas iniciales, finalmente entre los humanos tampoco tenían ganas de un enfrentamiento y había encontrado que las acciones de Anoet no fueron nada bien vistas y que pensaba que castigar a los enanos o a Idris por ellas no era lo más popular entre la gente. Lo que no pensó encontrar fue que todo parecía indicar que Idris tenía una relación con Thorin y que no parecía recordarlo. Aquello había dolido, más de lo que podía expresar pero esta era otra vida y no iba a precipitar las cosas nada más por su deseo de estar con ella. Nunca había sido así, siempre había tenido más paciencia de la posible y había probado ser contraproducente en una ocasión, cuando debía haberla obligado a irse, escapar y salvarla. Por eso, encontrarla ahí, porque había ido a verlo, era maravilloso.

-Adûnarion –dijo ella y él sintió como si todas las bendiciones del mundo cayeran sobre su alma. Estaba ahí, había escapado para poder encontrarla en algún momento y poder hacer todo lo que no pudieron la primera vez, tener una familia, ser felices.

-Alarian –respondió él y ella escuchó su primer nombre y recordó. Y ella se recargó en su hombro bajo la luz de las estrellas y todo pareció perfecto.

-¡Tienes que ir a buscarla, tienes que hacerlo!

Los gritos de Kili estaban lastimándolo. Habían logrado juntarse para cenar después de semanas, tres, cuatro, en parte Thorin había perdido la cuenta del tiempo.

-¡Ella no vendrá mientras Idris esté allá, no se atreverá a dejarla sola!

Thorin hubiera querido decirle que se callara pero sabía que aunque era muy joven, su sobrino tenía razón, tenía que ir a buscarla.

-¡Olvida el orgullo, te lo suplico!

Kili estaba nuevamente llorando, no lo soportaba más, prácticamente lo tenían que obligar a comer, a bañarse y no estaba muy seguro de que durmiera demasiadas horas como los círculos negros alrededor de sus ojos evidenciaban.

-¡No puedo vivir sin ella! Me estoy muriendo sin ella.

Thorin tuvo que abrazar a Kili, al mismo tiempo que lo consolaba, se consolaba a sí mismo, puesto que tampoco podía vivir sin Idris, se había estado engañando. Salieron por la mañana sin saber que iba a encontrar, tenía miedo, no podía dejar de aceptar que sentía que podría ser demasiado tarde pero no podía dejar de intentarlo.

-Podríamos ir con los elfos –dijo Itariel con la pequeña esperanza de que aceptara. Extrañaba a Kili con todo su ser, más de lo que pensó que lo extrañaría. Era tanta la desesperación que sentía que llegó a valorar la posibilidad de simplemente irse pero sabía que no era capaz, a pesar de que Idris no corría riesgo con Hazad. Era extraño, pero ahora comprendía por qué aquel hombre le había causado una impresión tan profunda, porque tenía la misma aura antigua que Idris, ambos vivieron y murieron en Númenor, aunque en situaciones diferentes.

-No –le respondió ella, tan tajante como se había mostrado en todas las semanas previas. Sabía que estaba herida, que sus sentimientos se los cuestionaba una y otra vez y que quería que él fuera por ella. No soportaba el hecho de que la hubiera corrido, de que le hubiera gritado que no regresara, que no la quería ver. Si ese era el caso, no iba a regresar ni se lo haría más fácil yendo a un lugar que se había probado neutral y hasta en cierto punto, amigable. Itariel suspiró, de verdad quería ir con los elfos y … dejarla por algunas horas, o días y verlo, simplemente eso, verlo.

-Le dijiste a Hazad que jamás volverías a sentir lo mismo por él –dijo Itariel, de nuevo tratando de hacerla entrar en razón. Habían hablado una y otra vez, primero como si fueran de nuevo Adûnarion y Alarian, como si a pesar del tiempo, se hubieran reencontrado. Fue una sorpresa darse cuenta de que los sentimientos de Idris por Thorin eran demasiado fuertes, cada que parecía que algo se podría rescatar entre Hazad y ella, Thorin volvía a estar presente. La comprendía, más de lo posible, pero era extraño pensar que tenía al amor que había dejado morir al alcance de su mano y lo iba a dejar ir.

-Porque nunca lo haré, Itariel, esa fue otra vida, tuvimos nuestra oportunidad pero ahora es diferente –Idris se recostó en la silla, olvidando por un segundo la conversación, mirando el amanecer, de nuevo había tenido una noche sin sueño por voluntad propia; las veces que había dormido no había soñado nada. Nada de Númenor, nada de Erebor y sobretodo nada de la mujer con los ojos azules de Thorin.

-Entonces vámonos de aquí, Hazad ha probado ser una persona de lo más educada al permitirnos permanecer pero de verdad no tiene ningún sentido quedarnos –Itariel volvía al mismo asunto una y otra vez. Idris la miró con la luz del amanecer y le pareció por un momento tremendamente triste.

-Regresa a su lado –le dijo y al escuchar la risa amarga de la elfa supo que no había dicho algo bueno. Se arrepentía de muchas cosas últimamente. De haber salido corriendo aquella noche, de haber dejado que Thorin la corriera y haber dado medio vuelta de regreso con Hazad y de lo que acaba de decir en ese instante.

-No, –dijo la elfa y se levantó, agregó antes de dejarla sola en la terraza de la gran casa de madera de Hazad- sin ti yo no voy a ningún lado.

La patrulla le avisó que los enanos se dirigían hacia la ciudad y que llegarían muy pronto. Tuvo que cerrar los ojos un momento, se sentía muy cansando, viejo, despojado de todo lo importante. No era lo que esperaba, no era lo que hubiera querido, su deseo era ella, pero no lo iba a obtener. Tenía razón, aquella era otra vida y ninguno hizo lo correcto, ninguno pudo cambiar lo que sucedió y ahora aunque se habían encontrado, era demasiado tarde. Y a pesar de eso la entendía, lo que ahora sentía, que verdaderamente era feliz por verlo a ver pero que ahora con otros ojos, desde una perspectiva tan distinta.

-Bienvenido seas Thorin Oakenshield –gritó cuando los tuvo suficientemente cerca. Los enanos detuvieron la marcha y el único que siguió avanzando fue su líder. Hazad podría haberlo mirado con desdén, con odio, con rencor, con cualquier sentimiento inadecuado pero él sabía apreciar lo bueno que tenía el enano; sobretodo, el amor incondicional que le tenía a Idris. En cierta forma se odió un poco, quiso ser más egoísta para poderse llevar por el enojo y descargarlo en contra del enano. Sin embargo se obligó a sonreír y a inclinar su cabeza ante el enano, porque siempre, tanto en esta vida como en la otra, pondría la felicidad de ella por sobre la de él.

-Es tiempo de que vayan a casa –dijo y el enano podría decirse que se extrañó de que pronunciara aquello. Tenía que dejar atrás a Adûnarion, lo que él significaba y lo que sentía por Alarian, en vez de eso, debía asegurarse del bienestar de Idris; aunque esto le trajera consecuencias nefastas para su corazón.

Idris se reencontró con Thorin y sintieron que podían tocar el cielo. Él la tomó en sus brazos y la besó, finalmente él la besó y nada se pudo comparar a la sensación que aquello provocó. Era la felicidad.

Kili encontró a Itariel entre los árboles y ella tuvo que pasar muchos minutos tratando de que dejara de llorar.

-No me vuelvas a dejar –repetía él una y otra vez. La elfa lo abrazaba lo más fuerte que podía mientras depositaba besos en su cabello.

-Nunca más, nunca –repetía ella una y otra vez. Y de verdad quería creerlo.


¡Gracias por seguir leyendo!

Esta vez tuve que escribir sin ningún comentario, espero que el rumbo que ha tomado sea de su agrado.

Se avecina un salto cuántico, como quien dice vamos a avanzar un poco en el tiempo... a ver a dónde nos lleva eso (bueno la verdad ya sé a dónde nos lleva jejeje).

Ahora, para ser justa con mis fics, tocan dos actualizaciones para el de Bilbo (Al final sé que no podré olvidar tu nombre), espero que lo lean, es como la continuación de este.

Si gustan dejar un comentario, lo agradeceré de corazón.