CAPITULO 16
EL UNICO CAMINO QUE PODRÍAMOS TOMAR
-Ella está bien, ella está bien –dijo Itariel y con todo el cuidado posible la abrazó aunque sabía que estaba apenas viva, el sangrado no se detenía, el corte en el abdomen era una herida horrible que estaban tratando de cerrar pero que estaba probando ser completamente desafiante.
-Amariel –dijo con un susurro de voz.
Trataba de sostenerla de la mejor manera, evitando que se moviera demasiado porque a pesar de todos los brebajes que había tomado no habían podido sedarla por completo y seguía consciente y alerta de todo lo que pasaba y del dolor que sentía.
La elfa que estaba reparando el daño tenía unas manos muy firmes, seguras de lo que estaba haciendo a pesar de ser algo que inusualmente se realizaba. Itariel le dedicaba miradas consternadas de vez en cuando, preocupada porque que no lograra curarla, porque fuera algo imposible y al final sólo le quedara aquella niña recién nacida.
-Isil –dijo y la elfa alzó la mirada para confrontar a la princesa de Mirkwood. Habían sido pocas las veces que se habían visto pero en todas ellas se maravillaba de lo dotada que era para la sanación, era simplemente natural en ella el arte de curar. Si había alguien capaz de ayudar a Idris era la media-elfa.
-Estoy haciendo todo lo que puedo tía –dijo tranquilamente.
-Lo sé –respondió simplemente y siguió sosteniendo a Idris. Le había dicho la mitad de la que debía decirle pero no quería preocuparla, ni darle esperanzas ni hacerla pensar en otra cosa que no fuera su hija; perfectamente sana y que no estaba en peligro de muerte.
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Al llegar a Imladris se sentía terriblemente mal y había sido un camino tranquilo y sin mayores sobresaltos. Sin embargo, habían sido seis semanas de viaje porque no toleraba muchas horas sobre el caballo y en ese tiempo sentía que lo que era un pequeño bulto en su abdomen se había transformado en algo enorme y que a veces no la dejaba ni respirar cuando se acostaba a descansar. El movimiento era tremendo, a veces no lo podía soportar y sentía que la lastimaba y que podría romperla sin continuaba de esa manera.
-Deberías quedarte aquí –le dijo Arwen pero era algo que habían repetido todos en alguna ocasión u otra. Pero ninguno la lograría convencer pues estaba segura de que no había otro lugar en el que podría nacer su bebé si no era junto a Itariel. Debía llegar a Mirkwood y lo tenía que hacer pronto.
-Aún hay tiempo –respondió simplemente y ahora, cerca de los 7 meses de embarazo se preparaba para cruzar las Montañas Nubladas en compañía de Hazad y de los hijos de Elrond.
-No sabes cuánto durará este embarazo –dijo Arwen un poco preocupada.
-Llegaremos a tiempo –le respondió con seguridad aunque ella dudaba bastante de sus palabras. Ultimamente los sueños se habían convertido en algo completamente incomprensible. Había imágenes incoherentes y la perpetua presencia de Erebor pero también soñaba con Thorin, más viejo y triste y le era imposible no llorar con desesperación porque quería regresar a su lado y olvidar las palabras que dijo y compartir con él la maravilla de este embarazo, el único que había llegado tan lejos y que estaba destino a traer a su vida a un ser que alegaría su existencia para siempre.
Los preparativos para el viaje a Mirkwood tomaron más tiempo del que pensaba necesario, era tal vez una manera de lograr que el viaje no se realizara y eso estaba poniendo a Idris bastante molesta. Aunque había cosas que la molestaban más pero que no podía cambiar o modificar, uno de ellas el constante murmullo que escuchaba dentro de su cabeza, como si dos voces estuvieran hablando en secreto en un idioma que no alcanzaba a identificar del todo. Al principio sonaba perfectamente como khuzdûl aunque después era una mezcla con la lengua común y ahora, después de las semanas con los elfos, alcanzaba a identificar palabras élficas. Pero no tenía sentido, cerraba los ojos y se acostaba a descansar y el murmullo se intensificaba y parecía enloquecedor y sólo cuando se levantaba a caminar, este parecía disminuir de intensidad suficientemente como para que ella lograra escuchar sus pensamientos.
Seguramente estaba volviéndose loca.
-Alarian, debes descansar –dijo Hazad al encontrarla en su vuelta número cien alrededor de la biblioteca de Imladris.
-Si me siento, el murmullo comienza de nuevo y junto con el movimiento incesante … -dejó la frase sin terminar. Era cosa de nunca acabar, si se sentaba y descansaba el murmullo de palabras inconexas comenzaba pero el movimiento cesaba pero si se levantaba y caminaba el movimiento empezaba, golpes y patadas en su abdomen que la hacían perder el aliento y tener ganas de orinar al mismo tiempo, era imposible. Pero por lo menos podía pensar y disfrutar un poco del silencio y la relación del lugar, así que optaba por caminar y dar si era necesario, mil vueltas a la biblioteca.
-Entiendo, con Haleth era igual, no daba un momento de tranquilidad –dijo Hazad y la melancolía lo invadió por algunos momentos, nadie podría decir jamás que no amó a su esposa con todo el corazón pero Idris sabía que su verdadero amor era ella aunque ahora ya no pudiera corresponderle.
-Deberías dejarme de llamar Alarian, lo sabes, ¿verdad? –dijo ella de repente.
-No, para mí siempre serás ella, lo siento si eso te molesta –le respondió y fueron las últimas palabras que se dijeron porque no había más qué decir, ella sabía que Hazad sería una constante en su vida mucho más segura que el mismo Thorin, aunque esa seguridad era muy dolorosa para ella.
Cuando por fin dejaron Imladris lo hicieron con una escolta numerosa encabezada por Elrohir y Elladan, quienes se decían bastante felices por la oportunidad de ir a Mirkwood, dónde decían que todos serían bien recibidos. Ambos elfos, casi siempre callados, hablaban mucho en el camino, tal vez para distraerla, le contaban de sus múltiples viajes, de su relación con los dúnedain y hasta de su propio padre y hermano. Estas últimas historias le interesaban porque debía de confesar que le intrigaba lo que su familia pudiera decir sobre su situación que le sonaba de lo más trillada. Exiliada doblemente, como hija de Númenor y ahora como Reina de Ered Luin, su bebé, heredero de dos reinos perdidos y casi imposibles de recuperar. Aquello era casi una broma cruel y le provocó una sonrisa amarga y una profunda tristeza.
-¿Recuerdas algo de tus días en Mirkwood? –le preguntó Elrohir que había estado cabalgando un buen rato en silencio a su lado.
-Nos fuimos cuando yo tenía tres años, realmente no recuerdo mucho –respondió y trató de poner en orden las imágenes en su cabeza. Árboles y elfos, correr infinitamente y los caballos, siempre presentes. Pero no mucho más, había sido muy pequeña en aquellos días y lo que más le importaba era estar al lado de Itariel quién siempre era cariñosa y amorosa y era en ese tiempo más que su madre.
-Conocerás a mi hija –dijo con orgullo e Idris se sorprendió porque realmente no sabía mucho de la familia de Lord Elrond y no pensó que una nieta suya viviera en Mirkwood.
-Eso me agradaría –dijo ella.
-También te gustará saber que en Mirwood vive la mejor sanadora de toda la tierra, claro, después de mi padre –dijo Elrohir. Idris sabía que le decía eso para tranquilizarla, para hacerle saber que si había algún problema la podrían ayudar.
-Gracias Elrohir –dijo ella. El elfo sonrió levemente y volvieron a permanecer en silencio por bastante tiempo.
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Idris sentía que era una tortura estar sobre el caballo, literalmente intolerable y cuando por fin vieron a la lejanía los lindes de Mirkwood, la alegría llenó su corazón. Iba a ver por fin a Itariel aunque no tendría mucho valor para contarle que literalmente la había corrido y la había declarado muerta. Sabría que ella se enfrentaría a un dilema pues esperaba poder regresar al lado de Kili y eso le causaba una terrible sensación de culpa; tal vez tendría que renunciar a ella, pedirle que regresara a Ered Luin y aguantar la ira de Thorin, para estar al lado de su amor. Le dolía pensar que tendría que vivir lejos de la elfa pero tal vez sería lo más correcto. Lo único que le pedía eran unos meses, para que ella pudiera estar en compañía suya y luego, podría hacerlo sola, estaba segura.
Perdida en sus pensamientos le sorprendió que comenzaron a aumentar el paso, tratando de acortar la distancia con el bosque. Volteó ligeramente y vio la razón, un gran número de orcos bajando por la colina. Hazad llevó su caballo al lado del de ella y Haleth, su hijo hizo lo mismo; bien podía ser un niño aún pero imitaba siempre a la perfección el comportamiento de su padre y la prioridad al momento era proteger a Idris.
-De nuevo –dijo Elrohir frente a ella.
-Parece que nos han extrañado –le respondió su hermano mientras ambos tomaban las espadas en sus manos y daban vuelta a sus caballos para dejar la vanguardia y hacer frente a los orcos que ya los perseguían.
El dolor comenzó y fue parecido a lo que sintió tantas veces en el pasado. Una especie de calambre intenso se apoderó de todo su abdomen y el murmullo en su cabeza de convirtió en algo similar a un grito que no la dejaba concentrarse en el hecho de que su caballo iba a mucha velocidad y comenzaba a asustarse. El bosque no parecía más cercano pero los orcos los estaban alcanzando montados en esos horrendos wargos que tanto detestaba cualquiera que pusiera sus ojos en ellos.
Uno de los wargos los golpeó de lado y Haleth con su caballo cayeron sin poderlo evitar, por muy poco el chico evitó que el caballo lo aplastara. Sin siquiera dudarlo Hazad se detuvo para ayudarlo, lo que bastó para que Idris siguiera cabalgando sola y se viera de repente rodeada por circos orcos con sus wargos. El terror la invadió y lo siguiente que pasó le pareció increíble durante mucho tiempo.
El caballo se levantó sobre sus patas traseras cuando los wargos le cerraron el camino, ella se cayó sin poderlo evitar y lo único de lo que pudo asegurarse fue de caer de lado y no lastimar su abdomen. Más rápido de lo que creyó, los cinco orcos dejaron sus wargos para tratar de alcanzarla pero ella los mantuvo a raya con la espada que tanto había insistido Hazad en que ella llevara. El primero que trató de tomarla por el cabello fue sorprendido por un corte rápido en su garganta, al segundo no le fue mejor con un tajo directo en el cráneo con más fuerza de la que pensó ser capaz. Pero estaba protegiendo a su bebé y jamás dejaría que nada le hiciera daño, nunca. El tercero logró tirarla pero ella pudo clavarle la espada en un lugar que no protegía la armadura y perforó su abdomen. El cuarto se puso arriba de ella y trató de golpearla pero ella de nuevo usó la espada para herir su pierna derecha lo que lo hizo caer en un alarido de dolor y ella intentó levantarse, correr, algo más que estar tirada en medio de un grupo de orcos medio muertos. Pero el quinto orco resultó ser más grande y más decidido y menos preocupado por agarrarla que por lastimarla. Lo vio acercarse pero el dolor era tan intenso que no podía moverse, todo su abdomen parecía contraerse una y otra vez. El orco clavó su espada en su abdomen para terror de ella, gritó con todas sus fuerzas, con todo su ser, pero no pudo hacer nada y el dolor le puso en negro la vista y se desconectó de la realidad.
Ella hubiera querido llegar antes pero lo único que pudo hacer fue evitar que el orco le ocasionará una segunda herida. La cantidad de flechas que logró clavarle fue impresionante y corrió a toda prisa para levantarla y haciendo uso de una fuerza que generalmente no tenía la levantó y echó a correr con dirección al bosque, pensando cómo podría subir al caballo de esa manera. Un caballo salió de entre los árboles y la jinete la alcanzó y con un solo movimiento tomó a Idris de entre sus brazos y dio la vuelta de regreso al bosque; Itariel la siguió lo más rápido que pudo pero era bien sabido que aquella era la única elfa que parecía volar sobre un caballo, llegaría al palacio de Thranduil en el tiempo de un suspiro y eso era bueno.
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Para cuando Itariel logró llegar al lado de Idris ella había estaba luchando por su vida una vez más y todos los sanadores de Thranduil se ocupaban de ella. Isil, la principal sanadora, a pesar de su juventud, estaba ayudando a nacer a la hija de Idris a través de la horrorosa herida en el vientre que había dejado la espada del orco. La herida había perforado hasta el útero y la cantidad de sangre que había alrededor era suficiente como para matar a cualquiera. Itariel sintió que la vida la abandonaba. ¿Por qué si estaba embarazada había hecho el camino a Mirkwood? ¿Dónde estaba Thorin? ¿Qué había pasado?
Kili.
Se llevaron a la niña para atenderla, Itariel siguió a la elfa que lo hacía hasta un cuarto cálido y lleno de luz dónde comenzó a limpiarla y a revisarla.
-Está bien, completamente sana –le dijo y la princesa de Mirkwood sintió un gran alivio. La pequeña bebé parecía más chica de lo que recordaba haber visto a Idris cuando nació, tal vez por la sangre Naugrim sería más baja que una niña humana pero eso no la hacía menos bella. Su cabello completamente negro contrastaba hermosamente con su piel blanca y casi estaba segura de que cuando abriera los ojos estos serían azules como los de Thorin. Ella la tomó en los brazos y la observó por un tiempo infinito sin poder cansarse de lo maravillosa que era.
-El niño morirá –dijo la voz de su padre y ella trató de valorar sus palabras. El niño. Se quedó parado a su lado y la miraba de nuevo cuidar de una bebé humana.- La espada no sólo daño a Idris sino que también causó una herida en el pecho del niño y podría haber lastimado su corazón.
Itariel sintió demasiado dolor para expresarlo, una horrible sensación de frío la recorrió por completo y tuvo que dejar salir un lamento mientras sus lágrimas caían sin poderlas detener. Un niño, Idris había tenido en su vientre un heredero de Erebor y un heredero de Isildur al mismo tiempo, era lo peor que pudiera haber sucedido y sólo se aminoraba la tristeza por la perfecta niña que tenía en sus brazos.
-Espero que ella no muera también –dijo Thranduil y la tremenda realidad le pegó con una dureza que no quería tener que enfrentar. Un mundo sin Idris, una vida sin alguien que le era fundamental y sin cuya presencia no se sentiría capaz de criar a su hija. ¿Y Thorin? Se preguntaba de nuevo. Seguramente él vendría y sería imposible que se quedara en Mirkwood para criar a su hija así que tendría que regresar a Ered Luin porque no podría estar lejos de esa niña por mucho tiempo. Pero realmente quería que Kili y ella vivieran en el bosque porque… no sabía la razón realmente pero hubiera sido perfecto tener un poco de vida familiar al lado de su hermano y su padre.
-Princesa Itariel –la voz de un elfo la sacó de sus pensamientos, le hablaba desde la puerta, esperando a que ella le prestara atención.- La Princesa Isil solicita su presencia.
Ella corrió para regresar a la habitación dónde estaba Idris y la encontró consciente a pesar de los brebajes que había tomado.
-No hemos podido volver a hacer que duerma, necesito que la tranquilices –dijo Isil, su sobrina, quién ahora se concentraba en detener el sangrado y cerrar la herida de la espada. Ella se acercó a Idris y comenzó a tranquilizarla, abrazándola lo mejor que podía y sobretodo, sin decirle que había tenido un hijo, que estaba a punto de morir y hablando solamente de Amariel, la preciosa niña que no podía perder a su madre.
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Por tercera vez en el mes Fili detuvo a Kili antes de que pudiera salir siquiera de la habitación y tuvo que sostenerlo en sus brazos. Por alguna razón sabía que no podía dejar ir a su hermano, que no llegaría muy lejos él solo y tampoco si es que lo acompañaba y que nadie más desafiaría a su tío con la prohibición que había pronunciado en contra de buscar a Idris. A pesar de eso algunos se habían ido, aquellos más tradicionales, que habían considerado un gran insulto lo que presenciaron esa noche y que al día siguiente habían tratado de encontrarla pero parecía que se había esfumado de la faz de la tierra.
Kili, su hermanito, se sentía morir todos los días, con la seguridad de que si él no iba a buscarla, Itariel no regresaría. Estaba seguro, puesto que había confiado en Thorin para dejarla a su cuidado y las cosas habían terminado terriblemente. Su madre había sido terminante, algo en la mirada de Idris le había dicho que no podía dejarlos ir, que era imposible que pudieran tomar ese camino, no ahora, y no en un tiempo cercano.
Fili sentía que algo faltaba, que Idris debió haberles explicado más sobre aquello sueños que siempre tenía y que ahora hacían que Thorin no pudiera dormir. Lo había encontrado una y otra vez sentado en la oscuridad murmurando que no soñaba nada, que sus noches estaban vacías y que ya no podía verlos más. No entendía de lo que estaba hablando, ¿acaso extrañaba a los sueños pero no a Idris?
En su sueño ella tenía que matar a dos grandes orcos para poder acercarse a él. Cuando lo tocaba su piel respondía, se estremecía y la extrañaba. Pudo ver su rostro por un segundo y eso le bastó para nunca poder olvidarla, se parecía a Idris pero tenía demasiado de Thorin y cuando sus rostros estuvieron lo suficientemente cerca, él pudo percibir su olor y lo llenó por completo y la encontró completamente intoxicante. Y el calor de sus labios en los suyos fue perfecto.
Fili despertó y su corazón latía muy rápido. Un sueño, había sido solo eso. Pero ella era tan real, su presencia tan única, tan completamente atrayente que a pesar de saberla un sueño necesitaba encontrarla.
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Los días pasaban con lentitud. Isil había logrado lo imposible y había mantenido viva a Idris pero cada segundo era doloroso para ella y no podía dormir porque cada sueño era sobre él; no podía sacar a Thorin de su cabeza y aunque se había quedado sin lágrimas se podía adivinar la tortura que había dentro de ella.
Sostenía a la pequeña Amariel y con tan solo verla sabría que era una fiel copia de su padre, aunque Itariel pensaba que su rostro sería igual al de su madre. Tenía una fuerza terrible para ser un bebé, sus patadas firmes eran aquellas que causaban tanto dolor a Idris y su llanto era tremendo y parecía que podía escucharse en cada rincón de Mirkwood.
Las cosas no dejarían de cambiar. Dentro de unos pocos años nacería el sobrino de Idris y moriría su hermano, que nunca jamás conocería. Irían por lo tanto a vivir a Imladris para estar cerca de su sobrino, el heredero oficial de Isildur. Idris se sentiría tan triste por haber perdido a su familia que no quería que el niño creciera sin estar rodeado de gente cercana a él. Alejarse de Erebor le sentaría bien de igual manera puesto que durante años su presencia era como un imán para Amariel que siempre se alejaba lo más posible en dirección a la Montaña hasta que alguien la encontraba.
El día que partieron de Mirkwood lo hicieron acompañados de un pequeño ejército. Amariel recibió como regalo un caballo de color de vaca, blanco con manchas negras, que la adoraba. Era regalo de aquella jinete que con su velocidad les había salvado la vida. La hija de Elrohir le había enseñado a montar y a tener habilidades suficientes que compensaran sus piernas cortas, porque a los 13 años era perfectamente obvio que su estatura jamás se iba a comparar con la de su madre.
Isil, la sobrina de Itariel y la mejor sanadora que conocería Mirkwood había acompañado a la comitiva a los lindes del bosque, donde comenzaba el camino al paso de las Montañas Grises. Era triste verlos partir pero comprendía la necesidad de estar presente para apoyar a la familia. Veía como a lo lejos se iban perdiendo los caballos sin poder decir nada, junto a ella su padre, quién entendía muy bien las dolorosas despedidas.
En Imladris las cosas cambiaron de nuevo puesto que Amariel jamás pudo sentirse en paz. A pesar de ser feliz en cierta manera, algo siempre estuvo incompleto para ella y cuatro años después, a los diecisiete años, tomó la decisión de irse para horror de su madre. Hazad, quién después de tantos años seguía fielmente al lado de Idris, se comprometió a entrenar a su hija y cuando partieron, lo hicieron como parte de una patrulla dúnedain que se encargaba de cuidar un lugar lo suficientemente seguro como para no preocupar a nadie. Irían a La Comarca y aunque nadie lo sabía, era algo que Idris estaba esperando que no sucediera y cuando lo hizo, comprendió que lo demás también sucedería. El viaje a Erebor y el camino lleno de muerte.
Hizo prometer a Amariel jamás tomar ruta hacia Ered Luin y nunca buscar a su padre, esperando que de alguna manera sus caminos no se juntaran.
Pero sabía que no sería así, aunque lo había querido negar durante tanto tiempo, Thorin y Amariel iban a conocerse.
Y ella aún mantenía la estúpida esperanza de volverlo a ver y de que él pudiera volver a amarla.
FIN
Listo, este es el final de la primera parte de la historia. Extrañamente escribí la continuación al mismo tiempo, disfrazada de fanfic de Bilbo, así que si les interesa puede leer "Al final sé que no podré olvidar tu nombre" para saber un poco mas de Amariel, de su relación con Bilbo y con Fili y de cómo Itariel y Kili se vuelven a ver.
Me falta un capítulo más en "Al final sé que no podré olvidar tu nombre" para darlo igual por terminado y comenzar una nueva historia que incluya todos los personajes que he estado manejando, una historia que inicia siguiendo el libro de The Hobbit. Espero que de igual manera me acompañen en ese camino que es imposible que puedan evitar recorrer.
Muchas gracias a todos los que han dedicado un momento a leerme, a todos y cada uno, los que conozco y los que no; de verdad hubiera querido que en algún momento pudieran dejar un comentario pero de todos modos, sé que están ahí y que me han acompañado en esta aventura, la primera vez que termino un fanfic.
Me siento emocionada.
Gracias.
NOTA EXTRA: ME EQUIVOQUÉ CON EL TIEMPO EN QUE AMARIEL LLEGA A LA COMARCA, NO ES A LOS 14 AÑOS SINO A LOS 18, PERDÓN, TUVE UN LAPSUS.
