KILI
En un principio su mundo era su hermano. Desde que tuvo edad para caminar comenzó a seguirlo, quería ser como él, correr como él, comer lo mismo que él y jamás separarse de su lado.
La verdad es que tenía miedo.
Recordaba vagamente a su padre, el calor de su abrazo y el sonido de su voz diciendo palabras que no podía entender. Pero sobretodo, recordaba el vació que había quedado en su interior cuando ya no estuvo más, cuando murió.
Kili vivió mucho tiempo con ese miedo, de despertar un día y que Fili no estuviera más o que su madre desapareciera de pronto y que tuviera que aprender a vivir sin las personas más importantes de su vida.
Por eso, cuando su tío comenzó a acercarse a él, a preocuparse por su bienestar, el vació en su corazón desapareció poco a poco. Aquella era su familia, pequeña, un poco destruida, pero finalmente, suya. Y se tenía que aferrar a aquello, a esos días perfectos donde despertaba junto a Fili y lo movía y lo jalaba de la ropa hasta que conseguía hacer que abriera los ojos.
-Kili, no –decía su hermano y trataba de volver a dormirse pero imposible cuando él comenzaba a saltar en la cama para luego dejarse caer al suelo mientras lo arrastraba fuera del calor de los cobertores.
-Anda Fili, prometiste enseñarme a usar la espada –dijo emocionado mientras Fili conseguía levantarse del piso. A pesar de sentirse muy cansado, veía la emoción en los ojos de su pequeño hermano y eso lo hacía sentir bien, por lo mismo logró vestirse para salir.
Pasaron junto a su madre, quién intentó decirles que debían comer antes de salir. Corrieron por los túneles que formaban su hogar, aquel lugar subterráneo que albergaba su casa y su vida entera, enclavada en las colinas rocosas de Ered Luin. La luz del sol les dio de lleno en la cara y a pesar de que estaban deslumbrados al llegar a la superficie, siguieron corriendo en busca de la armería, donde estaban seguros de poder conseguir dos buenas espadas.
Al final sintieron un poco de decepción cuando lo único que les dejaron tomar fueron espadas de madera para entrenar pero Kili comenzó a aprender el manejo de la misma de su hermano. Algunos días los acompañaba Thorin y en verdad tenían que esforzarse para evitar que los golpeara una y otra vez. Esos días eran bellos porque se sentía unido a su familia, aunque al día siguiente le doliera hacer cualquier movimiento.
-Fili, ¿algún día mamá se volverá a casar? –preguntó. Había estado mirando a su madre toda la tarde, cómo preparaba su cena, cómo arreglaba su ropa que ellos lograban romper una y otra vez y cómo se sentaba a leer y a hacer anotaciones en su libro de remedios y plantas medicinales.
Fili lo miró un poco extrañado pero luego recordó que su hermano era demasiado pequeño para entender ciertas cosas.
-No Kili, nuestro padre era la única persona para nuestra madre, nunca habrá nadie más.
-¿Sólo hay una persona de la que te puedes enamorar? –preguntó Kili con los ojos abiertos como platos por la sorpresa. Lo que decía Fili era difícil de creer, significaba que su madre estaría sola en el futuro, cuando ellos crecieran, cuando ellos se fueran de su lado.
-Sí, sólo una hermanito –respondió Fili muy seguro de sus palabras. Estaban sentados, reposando un poco después de comer y leyendo un libro en khuz-dul que su tío les había dejado estudiar.
-Pero, una sola persona, en toda la tierra ¿cómo podrás encontrarla? –preguntó aún sorprendido por el hecho de tener que buscar en la extensión entera de la existencia. Era tan improbable encontrarla que ahora no se le hacía tan raro que su tío estuviera solo, sentimentalmente hablando.
-Bueno, no hay muchos lugares dónde buscar hermanito, tan sólo unos reinos enanos sobreviven en la actualidad –respondió Fili. Su madre alzó la vista de su libro y pensó en decir algo, tal vez aclarar que en la actualidad sólo había dos reinos enanos, Ered Luin y las Colinas de Hierro; pero mejor no dijo nada y volvió a anotar datos sobre las plantas de la región.
Algo en las palabras de Fili no era lógico para Kili.
-Pero –comenzó a decir aunque inmediatamente se lió con las palabras.- Eso sólo sería cierto si aquella persona que es tu único amor vive en un reino enano.
Fili casi suelta una carcajada pera la mirada de su madre lo hizo pensar dos veces en sus acciones.
-¿Tratas de decir hermanito que crees poderte enamorar de alguien más que no sea una enana? –las palabras de Fili salieron como una mezcla de risa mal contenida y un poco de burla hacía lo que decía Kili.
-¿Sólo puede ser una enana? –preguntó sin tomar en cuenta el tono de las palabras de Fili.
-Pues claro hermanito –dijo Fili sin dudar por un momento de lo que decía. Sin pensarlo Dís dejó salir una ligera risa. De inmediato se ganó la atención de los hermanos a los que se les hacía raro que ella no comentara nada, siempre parecía querer dar su opinión de todo.
-¿Acaso estoy equivocado madre?
-Sí, sólo un poco –dijo ella de la manera más inocente, como esperando que no tuviera que aclarar aunque en el fondo sabía que la curiosidad ganaría la batalla con sus dos hijos. Ambos la miraban fijamente, esperando que continuara con alguna historia que ejemplificara la razón por la cual decía que Fili estaba equivocado, tal vez una historia de muchos años antes escrita en algún libro de la que nadie nunca podría saber si era real o no.
-Él cree que no me acuerdo, tan sólo tenía diez años cuando llegó Smaug, pero en el año previo a la caída de Erebor, su tío se enamoró de una elfa.
Ambos niños estuvieron a punto de gritar, aquello era imposible.
-Pero … -trató de decir Fili pero no encontró las palabras porque se quedó callado.
-¡Genial! –gritó Kili, como si saber eso fuera algo natural para él, como si enterarse de que su tío había hecho algo que jamás pensó que pudiera hacer fuera en parte, liberador. Sus pensamientos no estaban tan equivocados, se decía Kili, el hecho de creer que no había manera de sólo enamorarse de alguna enana desconocida.
-Debió ser muy bella –dijo casi en un susurro Kili después de varios minutos en silencio. Dís sonrió, la había visto muy pocas veces antes de Smaug y el recuerdo se perdía demasiado tiempo atrás pero si se concentraba, si cerraba los ojos; podía ver de nuevo a su hermano y a la elfa, tomados de la mano, sonriendo, siendo más felices juntos de lo que podían aceptar.
-Sí, era muy bella –respondió Dís.
Esa noche Kili se durmió pensando que él podría hacer lo mismo, enamorarse de una elfa más bella que la misma luna o las estrellas. La buscaría, no sabía cómo, pero tendría que encontrarla algún día.
Las cosas que pasaron unos cuantos años después cambiaron su vida. El día que llegó Idris fue algo que jamás podría olvidar. Parecía encajar tan bien con ellos que no podía siquiera creer que fuera humana, en todo lo que hacía y decía parecía tener sangre enana. Pero era cuando la veía al lado de Thorin cuando entendía que si tal vez en un pasado su tío se había enamorado de una elfa, ahora lo estaba de una niña humana. Durante mucho tiempo miró a su tío negar aquel amor que lo consumía.
Pero la verdad, fue cuando Itariel apareció buscando a Idris, que Kili supo que jamás podría ser el mismo otra vez.
Cuando la conoció él seguía siendo poco más que un niño pero sabía que ella era lo más bello que sus ojos verían. Disfrutaba su presencia, era lo más que ella ofrecía, el estar ahí mientras Idris quisiera ser parte de su familia. Kili podía percibir el desagrado que ella sentía por estar entre los enanos. Aunque no podía entender bien la razón de que se sintiera tan mal.
Después entendió que era porque no estaba entre los árboles y se encontraba bajo la tierra.
Aprendió a seguirla sin que ella lo notara o por lo menos jamás parecía darse cuenta. En las noches de luna llena la encontraba sentada en una colina siendo bañada por la luz y parecía fría y lejana.
-No eres nada silencioso ¿sabías? –le dijo una de esas noches y él se quedó petrificado sin saber qué responder. Se echó a correr de regreso a su cuarto en cuanto recuperó la movilidad de sus piernas. Escuchaba su risa, dulce y hermosa, pero no tenía el valor para enfrentarla. Aún.
Cuando la vio usar el arco se le metió la loca idea de aprender a usarlo. En parte era un plan, para que ella decidiera acercarse a él. Dijo una y mil veces que quería aprender a usarlo hasta que todo mundo se cansó de su voz y de la repetición de las mismas palabras. Casi los hizo huir de su lado, porque era de lo único que hablaba. Pero cuando ella comenzó a entrenarlo supo que había valido la pena el tiempo invertido.
Esos días se quedarían grabados en su mente. Su cercanía, su calor y hasta su olor era algo que podría evocar una y otra vez cuando la extrañaba, cuando no la tenía cerca.
Había sido todo muy inocente, ella tomaba su mano, ella le ayudaba a tensar el arco, ella corregía la postura de su espalda, elle levantaba su barbilla para que no ladeara la cabeza.
Su tacto sobre su piel fue colándose en su corazón con fuerza, no era sólo la atracción de la belleza de Itariel, era algo más profundo.
En parte se sentía muy afortunado. Cuando había decidido que no podía asegurar que un día se iba a enamorar de una enana y que en realidad prefería hacerlo de una elfa (aunque no había visto una en toda su corta vida) jamás pensó que la encontraría en la puerta de su casa.
Al pasar los años se hizo evidente que su creciente amor por la elfa era correspondido, pero ella se detenía la mayor de las veces cuando consideraba su edad. No podía negar que era muy joven, que no estaba listo para entablar una relación con nadie aunque su corazón sólo latiera para ella.
Muchas fueron las veces que evidenciaron sus sentimientos a través de sus manos, cuando instintivamente se entrelazaban y se quedaba de esa manera hasta que alguno de los dos se daba cuenta de lo que habían hecho.
Las separaciones que tuvieron durante ese tiempo fueron muy dolorosas. Fue cuando la realidad lo golpeó, se hizo evidente que él no podía vivir sin ella. Los días que pasaron alejados era como si el aire no entrara a sus pulmones, como si el corazón latiera tan despacio que fuera imperceptible; como si la luz hubiera desaparecido de su mundo, si no la recuperaba, él se moría.
Así de sencillo y tan determinante. Sin ella él no encontraba razón para existir.
Por eso, cuando Idris finalmente se casó con Thorin, miró a Itariel y repitió las palabras que unían a su tío con la humana y fue feliz cuando se dio cuenta de que la elfa también las había repetido. Ahora, aunque nadie lo supiera, también estaban unidos.
Después de eso comenzó la exploración.
Inició con algo muy natural para un enano, le ayudó a arreglar su cabello. Lo cepilló hasta dejarlo brillante y comenzó a arreglarlo en delicadas trenzas que aseguraba con cuentas especiales que le había regalado su madre. Su madre, parecía saberlo todo aunque no le había dicho una palabra. Cada cuenta era como una promesa, en todas ellas se leían palabras de amor escritas en khuz-dul.
Después de ese día se volvió una costumbre, que él arreglara su cabello. Pero dio un paso más allá, cuando al ver su cuello descubierto lo tocó con sus labios, casi simplemente fue rozarlo. Y ella se estremeció.
Lo siguiente fue una locura para sus jóvenes años de enano. Ella estaba sentada, esperando que él cepillara su cabello y él estaba hincado detrás de ella tratado de tomar un poco de valor. Se acercó todo lo que pudo, recargando su cuerpo en su espalda y la abrazó, sus manos instintivamente subieron y tocaron delicadamente sus pechos, casi con miedo. Ella dejo escapar un gemido. Si, aquello fue el sonido más delicioso del mundo.
Entonces supieron que no podían seguir adentro de la casa de Dís y comenzaron a encontrarse de noche, cuando la luna brillaba más en el cielo, en el claro de los árboles de manzanas.
Era evidente que al encontrarse solos, sin que nadie los pudiera ver y con la complicidad de los guardias de la entrada a los túneles, su miedo e inseguridad habían aumentado. No era como si su madre ahora los pudiera escuchar o Thorin fuera a entrar a su habitación. No, pero ahora que estaban por fin solos, no sabía bien que hacer.
Así que comenzó con algo simple, besarla.
Para cuando se dio cuenta de sus acciones la había besado en el cuello, en los hombros, en los pechos y sus manos ahora buscaban bajar por su abdomen. Tuvo que detenerse y ambos se quedaron acostados en la hierba respirando agitadamente.
Las siguientes veces que se encontraron en el mismo lugar ella terminaba liberada de todas y cada una de sus ropas y él había encontrado los lugares que la hacían estremecerse. Ahora, buscaba los lugares que la hicieran gritar.
Cuando los abortos de Idris comenzaron a suceder tuvieron que detenerse y hablar. Lo primero que pensó Kili fue que lo mismo sucedería con ellos, que serían privados de la felicidad de tener un hijo o una hija y que eso podría destruirlos por completo.
-Dicen que es imposible –sus palabras llegaron como punzadas de dolor al corazón de Kili, sentía que si ella decía que era imposible, lo sería.
-Pero la verdad es que nadie lo sabe, nunca ha habido una gran historia de amor entre enanos y elfos –dijo e inmediatamente Kili recordó las palabras de su madre, años atrás.
-Thorin estuvo enamorado de una elfa –dijo él sin poder ofrecer más detalles, no los sabía. Ahora le sorprendía que aquella vez no hubiera querido saber más, qué había alejado a su tío de ella, por qué no estaba a su lado.
-Galaphian –dijo ella y Kili la miró con sorpresa. Ella se rio un poco, era maravilloso como su amado enano siempre ponía cara de no poder creer lo que ella decía.- No me mires así, la verdad es que tu tío no me llegó a conocer en aquello días pero el romance sucedió entre Erebor y Mirkwood; por lo tanto, yo la conocí a ella, a Galapahian.
-Y … -quiso preguntar él pero la verdad es que sentía que no quería saber mucho del asunto.
-¿Qué pasó? –completó ella. – Pues pasaron demasiadas cosas, entre ellas Smaug, pero sobretodo, creo que aunque se amaban de verdad, no estaban destinados el uno al otro.
Kili suspiró, no podía decir nada, no encontraba algo qué decir.
-No pronuncies su nombre enfrente de Thorin y, por si no se te ocurre pensar en ello, Idris no sabe nada de esto.
La advertencia de Itariel resultó muy útil porque cada vez que miraba a su tío quería preguntar algo insensato y tal vez un día hubiera dicho algo como "sabes que fue de la elfa de la que se enamoró Thorin" enfrente de Idris. No, pero primero recordaba a Itariel diciendo que no debía hablar de ella y eso bastaba para tragarse sus palabras o preguntas.
Un tiempo después decidieron que si no existía una historia de amor entre enanos y elfos, entonces tendrían que escribir la suya.
No importaba si de ellos no crecía nada.
No importaba si Itariel jamás podría ser madre, abrazar algo hermoso y pequeño nacido de lo más perfecto que había llegado a su vida.
No importaba nada más que él y ella.
La primera vez que Kili perdió sus ropas fue para no detenerse. Encontró por fin ese lugar en el cuerpo de Itariel que la hacía gritar, gemir, hablar en élfico y repetir su nombre; todo al mismo tiempo.
Ahora se pertenecían, había tomado por esposa a una elfa, a una princesa de Mirkwood y era feliz.
Cuando ella se fue y Thorin corrió a Idris, su corazón se rompió.
La escuchaba, en su mente. "No vengas, es demasiado peligroso". Le repetía una y otra vez.
Para volverla a ver, tuvieron que pasar 18 años.
Bueno, esto va con dedicación especial para Mariana, gracias por todas las porras, de verdad que me han ayudado a continuar con el mismo ánimo de siempre.
Gracias por seguir leyendo, si, sé que no he empezado la nueva historia pero quiero avanzar un poco más con Eryn Lasgalen para poder emparejarla con el camino de Thorin y los demás.
Por si nunca han leído Eryn Lasgalen, pues se trata sobre Galaphian y el tiempo en que el amor rondaba Mirkwood. Les recomiendo su lectura jeje
Es probable que le quede un capítulo extra a este fic, o dos, no estoy muy segura.
Comentarios bienvenidos, jejeje, gracias.
