Chapter 5

THE PERFECT CRIME

Ordinary Love

Dean bajó al garage después de desayunar. Se dio cuenta de que, con tanto trabajo, ni siquiera tuvo tiempo de revisar el precioso museo automovilístico que allí reposaba.

Abrió el capó de un coche rojo pasión, un modelo de los cincuenta que le llamaba a gritos. La mayoría de aquellas hermosuras se negaban a arrancar por falta de gasolina, pero aquel cabezota estaba empeñado en no funcionar y no era culpa del depósito vacío. Emitía un extraño ruido. Dean dio por supuesto que sería cosa del motor. Mientras comprovaba la pieza de museo, le asaltaron ideas que jamás tomaban forma más allá de su mente ni de su imaginación.

Le había gustado pasar la mañana con Cas. Hacía tiempo que su relación empezó a complicarse y solo supo empeorar. No, no podía mentir. Indudablemente sentía algo muy fuerte por él. Lo único que le impedía llamarlo "amor" era él mismo. Asimilado estaba, de sobra, que nunca ocurriría nada entre ellos. Nada físico, al menos. El mundo le había demostrado en más de una ocasión, de más de mil maneras distintas, que solo podía cambiar a peor. Solo sabía que, teniendo a Castiel y a Sam a su lado, todo se hacía más llevadero. Por encima de todo, Castiel era humano ahora.

Entonces llegó la pregunta.

¿Qué quiso decir con que los ángeles no envejecen? Castiel había decido quedarse y ellos eran la razón. Él era la razón. Y lo apreciaba a la vez que no podía soportarlo.

...

Sam se dirigió a Castiel en el pasillo cuando iban en direcciones opuestas.

-Cas. ¿Por qué decidiste quedarte? La verdad.-Solicitó.

Castiel caviló antes de responder.

-Los ángeles no envejecen.-Se sinceró, aunque no esperaba que Sam pudiese comprender el sentido auténtico.

Sin embargo, Sam comprendió y confirmó, además, las disparatadas teorías de Charlie.

-¿Cómo no me dí cuenta?

El resto del pasillo se hizo muy largo. La percepción del tiempo para los humanos resultaba tan compleja... No obstante para Castiel, aquel nuevo mundo no era un castigo, era una selva vírgen por explorar. Su curiosidad apenas poseía límites, y esta se centraba ahora en una sola cosa: la chica pelirroja y sus secretos. Allí estaba ella, sentada en la biblioteca, pegada a la pantalla del ordenador.

-Hola, Charlie.-Se impuso.

-Castiel.-Dijo mientras sus manos temblaban y su garganta comenzaba a resecarse-No te había visto. Seguramente quieres ver algo en el portátil. Claro.-Se atragantaba al hablar, no se le daba bien improvisar excusas.

-Charlie.-Interrumpió su torpe huída-¿Qué es lo que sabes?

La dulce muchacha suspiró, permitiendo desplomarse a la tensión de sus hombros. Se giró hacia Castiel y midió bien sus palabras.

-¿Qué viste en los libros?-Formuló de otro modo, insistiendo con firmeza goteada con cierto temor. Ignoraba lo que le deparaba la respuesta.

-Yo vi lo que sentís el uno por el otro, tú y Dean.

El corazón de Castiel se aceleró. Era una reacción humana, una defensa ante situciones amenazantes y en algunos casos, incomprensibles. Se trataba de algo que usaba el cuerpo para hacerse oír. Pero Charlie no podía oír el pulso de aquel hombre, y por tanto no entendía su silencio.

-¿Qué ocurre?-Se acercó a él, prestando suma atención.

-Siempre pensé que todos mis hermanos lo sospechaban, pero ninguno me lo dijo nunca. Simplemente me miraban acusándome y juzgándome por mis pecados.-Los recuerdos del pasado le acecharon, y casi se podría decir que le atacaron.

-¿Crees que el amor es un pecado?-Dijo ella, haciendo destacar su gran error-Tú le quieres y él te quiere. ¿Cuál es el problema?

-Aunque eso fuese cierto...-Su mirada parecía vagar en la tristeza-Dean no puede verme de otra forma. Mi deseo es estar a su lado hasta el final, y eso es lo que haré.

-Eso es tan estúpidamente romántico, que me dan ganas de pegarte. Si Dean no puede verte de otra forma es porque tiene miedo. ¿Cuándo eras un ángel no podías ver su alma?

-Veía su alma, pero no podía comprenderla.

-Pues hay algo que no sabes.-La rabia se apoderó de ella y no podía callar-Una parte de Dean está suplicándote que tomes la iniciativa porque él está tan asustado, que es incapaz de enfrentarse a nada más.

-Charlie, dime...-La miró con convicción, furioso con la injusticia propia y tratando de intimidarla-Si yo tomase la iniciativa, ¿cómo reaccionaría la otra parte de Dean?

-Eso no importa.-Charlie negó con la cabeza, defraudada-Solo es otra excusa porque tú también estás asustado.

Se levantó y se fue.

...

Sam entró en la habitación para coger una camisa que ponerse. En su lugar, lo primero con lo que se topó fue a Charlie sentada en la cama, cruzada de piernas y puesta de morros.

-¿Qué te pasa?-Musitó mientras abría el armario.

-¿Tú qué crees?-Gruñó sin moverse del sitio.

Sam se puso una camiseta gris, la primera que pudo coger, y se sentó a los pies de la cama.

-Charlie, sé que estás preocupada por Dean y Cas. Pero creo que es mejor dejarlo estar, mantenernos al margen.

-¿Por qué?-Rodó los ojos.

-Deberían resolver esto solos, no es asunto nuestro.

-Sam, ya has leído los libros. No son capaces de resolverlo solos.-Gesticuló. Temía ponerse histérica.

-Ten paciencia, puede que esta vez sea distinto. Hemos pasado por muchas cosas.-Concluyó en un susurro.

-¿Quién eres tú? ¿Obi-wan?-Se burló, con la certeza de que sería escuchada-No tienes ni idea.

-¿Y tú? Porque has leído unos estúpidos libros, ¿piensas que lo sabes todo?

-¡No!-Exclamó, y se dio un par de segundos para respirar-Lo sé porque he hablado con Castiel. Siempre evitáis hablar de estas cosas. Lucháis contra monstruos, salváis gente de todo tipo de cosas y no podéis hablar de sentimientos. ¡Es enfermizo, Sam!

Hubo silencio. Ella estaba en lo cierto, pero ninguno de los hombres de letras iba a admitirlo en voz alta. ¿La razón? Desconocida para los presentes. Aunque de sobra conocida por nosotros, fantasmas que los acechamos.

-¿Qué sugieres?-Preguntó al fin el cazador, abriendo los brazos en señal de disposición.

-Creo que deberíamos dejarles solos.-Vaciló Charlie, a la que invadió una vergüenza tardía-Si no están solos, nunca pasa nada.

...

Sam finjía hablar por teléfono con alguien conocido, sabiendo que Dean estaría escuchando. Cuando Charlie le indicó que él entraba en la biblioteca, colgó el teléfono.

-¿Quién era?-Preguntó el hermano mayor.

-Era la sheriff.-Contestó-Al parecer necesita un cable con un metamórfico.

-Cogeremos las cosas.-Asintió cuan rutina diaria.

-Dean, iré yo solo. Tú necesitas descansar, todavía estás tocado por lo de Caín.

-¿Podrás encargártelas?-Dijo, pero el clásico tono sobreprotector había desaparecido hace tiempo.

-Solo es un metamórfico, no será problema.

-Me quedaré aquí con Cas y Charlie, entonces.-Pretendió concluir.

-Dean, ¿y si...?-Intervino Charlie-¿Y si acompaño yo a Sam?

-¿Tú de caza? Ni de coña.

Sam enarcó una ceja, aparentando que se lamentaba porque el plan de la chica no fuese a funcionar. Pero ella no desistiría tan fácilmente.

-¿Olvidas que he estado en Oz durante todo este tiempo?-Reiteró la chica.

-Decide tú, Sammy. Si es una carga, la dejas aquí.-Sam balbuceó, encongiéndose de hombros sin ninguna gana -Haced lo que queráis.-Y tras decir esto, Dean desapareció de escena.

-Te dije que funcionaría.-Charlie dejó de contener su entuasiasmo y pegó un salto a los brazos de Sam, acompañada de una sonrisa.

-Te lo advierto: ponte pesada y nos volvemos antes.

-Pero, bueno. ¿A vosotros que os pasa?

-Que echamos de menos el apocalipsis.

A las diez y media de la mañana, las maletas ya estaban dispuestas en el maletero del coche. Sam se despidió de su hermano con un corto abrazo. No recordaba la última vez que aquello sucedió y, a pesar de lo mucho que lo necesitaban, les entristeció a ambos. Mientras el pequeño Sammy se sentaba frente al volante, Charlie cedió a los dos hombres un abrazo consolador y reconfortante, sin decir adiós.

Cuando el coche de Sam se alejó, a Dean le inadieron las inseguridades. ¿De veras quería quedarse a solas con Castiel?

-Bueno, estamos tú y yo.-Comentó mientras entraban de nuevo en el búnker-¿Qué te apetece?

-Hace mucho que no veo la tele.-Respondió con un brillo esperanzador en los ojos.

Y bastó un solo día para darse cuenta de lo mucho que lo necesitaba.