Gracias por leer gente! Y gracias por los reiviews ;) Por cierto, quería mencionar algo sobre los bares, el de la calle Borges se llama Sullivan's, y el de la calle Perú se llama Gibraltar, recomiendo ambos. Por otro lado, también quisiera agradecer a la familia Ribnikov Gunnarson, a Johanna (que se lee "io-jan-na" con la J aspirada como los ingleses), Sergio y Morten; por abrirme las puertas de la Iglesia Nórdica, un edificio hermoso y fascinante digno de Rivendel. Y por cierto, si alguna vez andan por Córdoba, recorran la ruta de los túneles y demás rincones de las sierras, bosques increíbles ;) Espero que les guste este cap.
Capítulo 4: Salsipuedes
Darío se despertó dolorido como nunca en su vida, ya no estaba atado y su arma estaba a su lado. Comprobó que le habían dejado una sola bala, se tocó los bolsillos y encontró su billetera; pero vacía de dinero en efectivo y tarjetas. Tampoco tenía su celular. Abrió los ojos muy grandes cuando se dio cuenta que estaba arriba de una montaña, estaba fresco y había una niebla muy fina. A su lado un camino, la ladera de la montaña; y nada hasta abajo. Decidió seguir el camino hacia arriba para ver si doblando encontraba una vista más panorámica de donde sea que estuviera. Ya que estaba obsesionado, se imaginó que estaba en las Montañas Nubladas. Subió y al doblar el camino pudo ver un túnel hacia arriba, que luego bajaba; y desde donde él estaba parecía que fuera una ventana al cielo nublado. Ventana al cielo, le sonaba de algún lado; y desde ahí arriba pudo ver un pueblo. Se encogió de hombros sin reconocerlo y siguió el camino. Estaban locos si pensaban que se iba a desanimar por eso, al contrario, estaba contentísimo porque pensaba que estaba en la Tierra Media.
Llegó al final del camino y siguió la ruta, hasta que por la tarde llegó al pueblo. Se decepcionó al leer el cartel de bienvenida "Mina Clavero, Municipalidad de Salsipuedes". Comprendió que no estaba en la Tierra Media, lo habían dejado tirado en las sierras de Córdoba. Se preguntaba cómo carajo había llegado tan rápido, sabía que ese lugar estaba a más de 800 kilómetros de Buenos Aires, ¿cuánto tiempo habría estado inconsciente? Comenzó a insultar por lo bajo, cada vez más enojado, hasta que terminó hablando solo a viva voz. Seguramente ahora tampoco en la provincia del centro pensaran que estaba bien de la cabeza.
-¡Elfos estúpidos! –gritó, y dos muchachos altos por la calle le lanzaron miradas asesinas. ¿Habría elfos también en Córdoba? Quizá cada vez andaba peor, o quizá el golpe le había afectado, pensaba el periodista decepcionado.
No muy lejos de Mina Clavero, en el pueblo de Cuesta Blanca, Sofía y Gabriel dormían agotados por haberse turnado para manejar toda la noche. Habían pasado la noche en una hostería de estilo colonial que tenía jardines amplios, felices de ver un poco de verde para variar el paisaje urbano. Gabriel se despertó primero, y se sintió feliz al ver que Sofía dormía muy tranquila a su lado. Había sentido mucho miedo cuando vio que el descerebrado tipo raro le apuntaba con un arma, y no le causaba gracia que ella se lo tomara como si nada. Sabía que no podría vivir sin ella, porque cuando un elfo ama, es para siempre. Pasó la palma de su mano por su espalda desnuda y recorrió la curva de su columna, siempre sorprendido porque su piel fuera tan suave; aunque hacía ya muchos años que estaba a su lado, ¿cuántos? Gabriel trató de recordar, ya llevaban más de 200; y en realidad no era tanto. Pero ella era preciosa como el primer día en que la vio de casualidad en el bosque, aunque a veces se preguntaba cómo se había enamorado de una chica tan insensata.
Se acomodó acurrucándose con ella y la envolvió entre sus brazos, tomando las manos de la elfa entre las suyas. Besó suavemente su cuello, pasando su nariz por entre las hebras de su cabello, y recorriéndolo con besos pequeños. Sofía sonrió sin moverse porque no quería arruinar la belleza y calidez de ese momento. Entonces Gabriel le habló en un susurro a su oído, pensando que ella seguía dormida.
-Me asusté mucho preciosa, no te pongas en riesgo así –hizo una pausa y siguió- ¿tenés idea lo importante que sos para mí? ¿sabés cuánto te amo? –Gabriel hizo pucherito y la apretó más, como si ella fuera a irse a algún lado. Ella le contestó en un susurro.
-Tranquilo terquito, hace falta más que un boludo con un arma para librarte de mí –Gabriel infló la panza y suspiró relajado- Y yo también me asusté, porque no quiero que nadie amenace la paz de nuestra vida acá en el Mundo de los Hombres.
-¿Sólo por eso? –comentó Gabriel entre decepcionado y divertido.
-No –siguió Sofía- además porque te amo y quiero cuidarte –se dio vuelta y se besaron dulcemente, clavándose la mirada brillante. Ya que estaban despiertos, decidieron ir a desayunar, mientras Sofía sugería que aprovecharan que estaban en Córdoba para tomarse unas mini vacaciones de fin de semana.
Después de desayunar, se subieron al auto y se decidieron a recorrer un poco Salsipuedes, felices por tener algo de naturaleza. Extrañaban un poco los jardines amplios, pero lo cierto era que aquí tenían una buena vida y les gustaba. Fueron a pasar el día al Balneario de los Dioses, un río entre formaciones rocosas que en el verano estaba lleno de gente que iba a bañarse al río, pero con el frío de mayo no había casi nadie. Dejaron el auto y caminaron de la mano por la orilla del río. Subieron ágilmente unas rocas y se instalaron entre ellas a observar lo hermoso del paisaje, mientras comían el almuerzo que se habían llevado y escuchaban el canto de los pájaros. Definitivamente las mini vacaciones habían sido buena idea.
Cuando terminaron de comer y después de una charla de sobremesa, Gabriel sacó un cuadernito espiralado de su mochila, una birome, y empezó a escribir. Sofía lo leía pacientemente y lo corregía cuando algo no le parecía bien. Al final, lo firmaron los dos. Pudo ver a la distancia un tero mojándose las patitas flacas en la orilla del río, y lo llamó con un silbido. El ave voló enseguida hacia donde estaban los dos elfos y se paró enfrente, inclinando la cabeza en saludo.
-Buenas tardes señores –saludó el tero hablando en élfico- mi nombre es Elin. ¿Qué se les ofrece? –en el reino de los hombres, los animales obedecían a los elfos como agradecimiento por todos sus esfuerzos para protegerlos; ya que eran razas más pequeñas y débiles.
-Buenas tardes –comenzó Gabriel, también en élfico- Mi nombre es Danuin, ella es mi prometida Mithduil –Sofía inclinó la cabeza en saludo al animalito- Necesitamos enviar algo a Bosque Negro, ¿sabés el camino?
-Por supuesto señor –el tero parecía un poco molesto, ¡cómo no iba a saber el camino! Pensaba el ave.
-Perfecto, porque lo que te voy a pedir es delicado –dobló el papel que había escrito- Necesito que le des esta carta a mi primo, el príncipe Legolas. Pero no se la des ni a su padre el rey Thranduil, ni a su hermano Thalion, ni a su prometida; ni a nadie más que a él personalmente. Además, nadie debe verte, ¿sí? –Elin estaba molesto con el elfo, consideró que lo estaba tratando como un tarado, pero le debía obediencia y asintió. Entonces Gabriel ató la carta a la patita del ave con una bandita elástica, se despidió, y voló lejos a través de las sierras. Sofía se había quedado mirando a Gabriel como una boba, con los ojos brillantes y admirándolo.
-¿Qué? –se sorprendió Gabriel, volviendo a hablar en español, pero ella le contestó en élfico.
-Me gusta como hacés sonar mi nombre, hacía mucho que no lo escuchaba –Gabriel le sonrió y susurró.
-Mithduil, la más linda de Salsipuedes –ahogó una risita.
-Danuin, valiente capitán de Rohan.
-Ex capitán –corrigió el muchacho.
-No me digas que extrañás a tus soldaditos de plomo –volvió a reír Sofía mientras Gabriel la besaba aún sonriendo.
En Mina Clavero, Darío buscaba alguna manera de volver a Buenos Aires sin un solo billete, ni teléfono, ni nada; y gritando por las calles.
-¡Elfos estúpidos, estúpidos! –seguía como un loco a viva voz, sin prestar atención a las miradas agresivas de la gente, hasta que una voz serena lo interrumpió.
-Si fueran estúpidos no te habrían engañado tan fácilmente, ¿verdad? –Darío se quedó helado al escuchar esa voz penetrante, serena y armónica; y buscó de donde venía. Enfrente había un bar con mesas en la calle, y sentado en una de ellas estaba un anciano de cabello y barba blancos, muy flaco, con anteojos redondos que acentuaban su mirada negra. A Darío le perturbó esa mirada, no era como la mirada brillante de las dos rubias o de los guardias de la Iglesia Nórdica en San Telmo. El viejo levantó su pocillo de café en señal de brindar con el periodista, y él se acercó.
-¿Quién sos?
-Camilo –contestó serenamente el viejo- Y yo te recomendaría que dejes de insultar porque en cualquier momento te vas a encontrar una flecha en tu garganta sucia. –Darío abrió los ojos más grandes y comenzó a sospechar que en ese pueblo había más elfos que en Buenos Aires, pero no pudo con su mal genio.
-¿Una flecha?
-Sí, el arma favorita de los elfos. Hay muchos por las sierras de Córdoba, porque se parece un poco a Lórien –siguió el viejo mientras Darío se sorprendía más y más, mientras Camilo intranquilizaba al ya perturbado periodista. -¿Para qué seguís a las elfitas de Buenos Aires? -¿cómo rayos sabía eso el viejo?
-Para entrevistarlas, quiero sacar un artículo de investigación sobre la existencia de otras razas entre los hombres para ganar el Pullitzer –Camilo se rió sonoramente, tentado, casi escupiendo su café y cerca de revolcarse por el piso, pero Darío estaba muy serio.
-¿Y pensás entrevistar a unas elfas y publicar la nota? ¡Nunca escuché algo así! ¡Me vuelvo loco! –siguió el viejo sin parar de reírse- ¿Y quién te va a publicar esa nota?
-Quien sea –contestó el periodista muy serio y sin entender por qué el viejo se le descostillaba de risa en su cara- Una historia tan jugosa la va a querer cualquiera, van a pagar muy bien. –Camilo intentó contener un poco la risa.
-Claro, hasta que te das cuenta que la mayoría de dueños de medios son elfos y te van a rajar corriendo.
-¡¿Qué?! –era un golpe bajo para el periodista.
-¿No lo habías pensado? Son muy inteligentes, les gusta contar historias, tienen todo el tiempo del mundo; y muchos son periodistas para contar historias. Y como tienen mucho tiempo y los hombres son bobos y corrompibles como vos, no se les hace difícil escalar hasta la cúpula. Hay algunos elfos que tienen más dinero que Craso, y los que no son ricos es porque no quieren.
-¡¿Qué?! –repitió Darío, quien nunca se hubiera imaginado que el periodismo fuera común entre los elfos.
-Seguramente el jefe del jefe de tu jefe sea un elfo, ¿o no? –Camilo estaba divertidísimo con la situación.
-¿Por qué todos los hombres se ríen de mí? Ya me van a creer, viejo de mierda –la expresión de Camilo cambió y se puso muy serio.
-Darío, todas las razas se ríen de vos.
-¿Cómo sabés mi nombre? –Remató
-Porque te estuve observando, y no es muy difícil sabiendo que respirás fuerte como un trol en celo. Dejate de joder con eso, te tengo una propuesta mejor. –Darío titubeó.
-¿Propuesta? Esperá, ¿sos un elfo también?
-No, soy un Istari.
-¡Un mago! –exclamó Darío. Puta madre, le dije viejo de mierda al mago; ahora me va a matar. Tragó saliva, asustadísimo, dispuesto a escuchar la propuesta.
Gracias por leer, sí les gustó, dejen review! Gracias, de verdad. Besos! :D
