Capítulo 7: Los viajes

Darío iba sentado en el asiento del acompañante de un viejo Torino, conducido por Camilo; recorriendo las sinuosas rutas de entre las montañas cordobesas. Se preguntaba cómo diantres había aceptado que el mago lo condujera hasta Buenos Aires después de haberlo llamado viejo de mierda, y se imaginaba que en cualquier momento iba a hacer volcar el auto para tirarlo por uno de los múltiples precipicios que había por ahí. Pero se dio cuenta de que no hubiera tenido más opción, salvo que quisiera llegar a la capital caminando. Bueno, si ellos pueden por qué yo no, pensó Darío, pero lo desechó rápidamente cuando se acordó de esa noche en que caminó desde Puente Alsina hasta Lanús y casi muere de agitación y cansancio. Además pensaba que el Torino no iba a tener la fuerza necesaria para subir pendientes tan empinadas, pero al final resultó tener un motor que parecía de una Ferrari.

-¿Podrías repetirme el plan otra vez? –preguntó el periodista al conductor.

-¿Otra vez? Si no tenés más de dos neuronas no va a funcionar –resopló el viejo un poco harto porque era la quinta vez que le preguntaba lo mismo.

-Sí, entendí, sólo que me pone nervioso y me tranquiliza que me lo cuentes –el mago subió una ceja intrigado, pensando que era la primera vez que su voz tranquilizaba a alguien.

-Bueno, traeme a la elfa bajita que se hace llamar Sofía.

-¿Por qué?

-Porque ella sabe amaestrar bestias y necesito sus habilidades.

-¿Por qué? –siguió Darío.

-Eso es irrelevante para tu participación. –Uf, Darío quería saber algo más de su nuevo amigo el mago; que era bastante intimidante por cierto.

-Bueno, ¿y yo que saco a cambio?

-Te publico la historia, y el Pullitzer corre por tu cuenta; espero que sepas escribir.

-Pero si te vas a llevar a Sofía a la Tierra Media, ¿a quién voy a entrevistar? –el mago estaba bastante exasperado porque el periodista tuviera tantas preguntas. Mortales, todo hay que explicarles. Y a este hay que explicarle cuarenta veces, pensaba Camilo.

-Podés entrevistar a quien vos quieras, tenés a Gabriel, a Paula, a Alejandro, a cualquiera de los embajadores, a los que viven en Salsipuedes, y un largo etcétera.

-¿Y pero por qué ahora me darían bola cuando no lo hicieron antes?

-Porque yo voy a mandar una nota a las embajadas autorizándote, y van a hacerme caso y permitírtelo.

-¿Y en dónde me vas a publicar? –siguió el periodista, irritando al mago. Esta era una pregunta nueva, para variar en la conversación que ya habían repetido cinco veces.

-Tengo 60% de acciones en un diarito.

-¿Qué diarito? ¡Ningún diarito! Quiero la primera plana de un buen diario –Darío estaba ebrio de poder y de obsesión, y no se iba a conformar con menos.

-Mi diarito se llama New York Times, ¿te parece suficiente? –el viejo puso su mejor cara de harto, pensando que ni el orco más bobo era tan insoportable; y Darío estaba encantadísimo. Nunca se hubiera imaginado que un mago fuera el propietario del diario de sus sueños, que vio nacer tantos Pullitzer; como tampoco se hubiera imaginado hasta el día anterior que el periodismo fuera común entre los elfos.

-¿Y cómo la voy a convencer a Sofía para que venga conmigo?

-Algo se te va a ocurrir, no es mi problema si tenés dos neuronas –resopló el viejo, y le tiró a su acompañante una mirada asesina para indicarle que la conversación ya había terminado.


Sofía y Gabriel mientras tanto seguían tranquilos en su departamento-caja-de-zapatos. Volvieron a juntarse con Paula y Alejandro, y al final los dos rivales terminaron llevándose muy bien. Ojala hubiera sido lo mismo con su primo, pero no dejaban de competir, y cuando no estaba Legolas, Gabriel era el rey. Empezó el invierno, que por supuesto no era tan crudo en Buenos Aires como en la Tierra Media, y se dedicaron a pasar bastante tiempo entre las frazadas y con la estufa encendida. Muchas veces se llevaban el termo y el mate a la cama, haciendo vida de vagos acurrucados. Sofía se daba cuenta que el orgullo de su novio estaba más herido que de costumbre, y trataba de animarlo. Cierto día se despertó antes que él y decidió prepararle algo rico. Pero los elfos tienen oídos sensibles, y él se dio cuenta aunque se hizo el dormido hasta que empezó a oler muy bien.

-¿Qué huele tan rico? –empezó Gabriel en un gritito desde la habitación

-Adiviná –Sofía le siguió el juego.

-Ya sé, ¡brownies! –y mientras tanto llegaba y la abrazaba por detrás, todavía en piyama y en la cocina. Se besaron tiernamente y ella volvió a hablarle un poco más seria.

-¿Cuándo me vas a cambiar esa cara triste? –Gabriel resopló.

-Cuando gane -¿qué, no es obvio?

-Ya podrías dejar de competir, no tiene sentido –remató Sofía.

-Vos porque sabés que sos la mejor con las bestias en toda la Tierra Media –Sofía se sonrojó un poquito- pero yo, no es divertido saber que hay alguien que hace todo mejor, y todo Bosque Negro lo quiere más a él. Y a mi no me quiere nadie –bajó la mirada, amargado.

-Ah, pasa por ahí –Sofía descubrió lo que ya sabía- pero eso es una mentira, sí que te quieren; pero como te fuiste nunca pudieron demostrártelo.

-Si seguro –remató Gabriel irónicamente, mientras Sofía se dedicaba a sacar los brownies del horno y desmoldarlos. Cortó un pedacito todavía caliente con los dedos y se lo dio a su novio en la boca, seguido por un besito pequeño en la comisura de los labios.

-No, yo tampoco te quiero la verdad –siguió Sofía con una sonrisa, mientras Gabriel pensaba que no era un momento apropiado para ese chiste, lo ponía de mal humor, pero ella siguió- porque te amo tontuelo. No seas tan duro con vos mismo, no está mal no ser el mejor en todo, todo el tiempo; podés permitirte fallar de vez en cuando. Todos cometemos errores a veces, ¿no?

-Sí, pero él es mejor en todo –remarcó la última palabra

-¿Y eso qué? Ser el próximo mejor después de un guerrero como él tampoco está tan mal, ¿o no? Es que no sé por qué te la pasas comparándote, si vos sos único y perfecto así –Sofía le dedicó una mirada dulce y volvió a darle otro pedacito de brownie, pero él seguía sin asomar una sonrisa.- Vamos terquito, ¿terminaste de auto compadecerte? –Gabriel le hizo una mueca torciendo la nariz.

-Bueno, no quiero discutir –se encogió de hombros.

-¿Y están ricos? Por cierto, ¿me regalás una sonrisa? –Gabriel no lo pudo evitar, ella era un antidepresivo en su vida, y su sonrisa era más que contagiosa. Pero además de una sonrisa dobló la apuesta y la sorprendió con un abrazo cálido para combatir el frío del invierno, dándole algunos besitos por las mejillas y el cuello; y habándole al oído en un susurro.

-Te necesito –y mordisqueando entonces el lóbulo de su orejita puntuda, volvieron a comer en la cama; para combatir el invierno porteño.

Los elfos se quedaron acurrucados hasta que un ruido raro los sacó de su letargo y vagancia. Ahí estaba el tero cordobés en su balcón, picando el vidrio para que les abriera la puerta.

-Buenas tardes Elin –comenzó Sofía cuando el ave estuvo adentro.

-Perdón por despertarla otra vez, dama Mithduil –se disculpó, y les tendió una carta dirigida a ambos. Gabriel vio el remitente y resopló tirándosela a Sofía con un poco de agresividad.

-Es del principito perfecto, léela vos, no me interesa –y con esto se dio vuelta y se hizo el dormido. Sofía la leyó y tuvo que comentarla, sabiendo que Gabriel ya a esa altura estaba más que molesto.

-Lord Elrond convoca a un concilio en Rivendell de acá en dos meses y tenemos que ir. Dice Legolas que podemos viajar con Lord Morten ya que se lleva tan bien con Alejandro.

-No me digas –empezó Gabriel- yo ya sé como podemos viajar.

-Bueno, bueno, que sólo estoy contándote –resopló y se volvió a hacer el dormido- Es para discutir qué onda con Saruman que anda dando vueltas por los dos mundos.

-¿Y qué tenemos que ver?

-Calculo que es porque creen que Saruman anda tirándole los hilos a la marioneta del nerd gordo y pesadito. Igual no nos podemos negar, así que mejor que reservemos una cita con Lord Morten para que nos abra el portal. Está tan ocupado que capaz no tiene ni cinco minutos de acá a dos meses. –Gabriel gruñó y no dijo más nada, dejando que Sofía se ocupara de los detalles logísticos.


La cita que consiguieron era para tres semanas después, durante las cuales organizaron todo para que su hogar no se cayera a pedazos mientras no estuvieran; lo cual se basaba en el hecho de que Paula iba a ir cada tanto a ver que todo esté en orden y pagar los impuestos. Cuando tuvieron todo organizado cerraron con llave, y despidiéndose del lugarcito que había sido su hogar por muchos años, subieron a la terraza del edificio, era un día húmedo y nublado. El caso es que el hechizo para abrir el portal sólo era efectivo si quienes lo atravesaran saltaban desde una cierta altura, y Lord Morten iba a hacer el hechizo desde la distancia porque era un tipo muy ocupado como para molestarse en ir hasta allá. Entonces, habían arreglado hasta el segundo exacto en que tenían que saltar para no dárselas contra el piso ni perderse el portal.

En la terraza, con los bolsos y armas que iban a llevarse, miraron en el horizonte la bella ciudad por última vez en vaya a saber cuánto tiempo; abrazados y melancólicos. Pero ambos lo notaron enseguida y se alertaron. Si había algo que deberían aprender los hombres es a confiar en los instintos de los elfos, porque si un elfo está intranquilo es que algo sin duda anda mal. Pero él era demasiado ególatra, y lo cierto es que no respetaba a esos seres, porque pensaba que podía seguirlos sin que lo notaran, y hasta apuntarles con armas de fuego; que es algo por cierto bastante cobarde. Darío estaba en el edificio, y esta vez por alguna razón sintieron que era una amenaza. Pero sólo faltaban cinco minutos para que se abriera el portal, y con una mirada estuvieron de acuerdo en esperar, a ver si podían irse antes que él los encontrara.

Esta vez la suerte no estuvo de su lado y con un rápido movimiento Darío subió a la terraza, con la mirada de loco desorbitada y su revólver en la mano. Por primera vez Sofía le temió, porque supo que tenía algo que ver con ella su presencia ahí. Intentaron acercarse, intimidarlo sin usar la fuerza; esperando que los cinco minutos pasaran rápidamente y pudieran irse. Lo cierto es que estaban desarmados, las armas estaban bien empacadas en los bolsos; y mucho menos querían más problemas con la diplomacia élfica en el Mundo de los Hombres, siendo que el embajador les estaba haciendo un favor. Alzaron las manos a la altura del pecho para que vieran que no tenían nada y le hablaron suavemente, con esa voz armónica y melodiosa.

-¿Cómo te llamás guapo? –Sofía le dedicó una miradita seductora y una sonrisa que hizo que Darío se embobara un momento.

-Darío, ¿y vos linda?

-Sofía –contestó calmada, sin olvidar que le estaba apuntando alternadamente a ella y a Gabriel.

-¡No! ¡Tu nombre verdadero! –Exclamó moviendo violentamente el arma, Sofía tomó aire y decidió decírselo a ver si así se calmaba.

-Mithduil –reveló al fin, y Darío intentó repetirlo pero no logró ni por asomo imitar la belleza del idioma de los elfos, sino que más bien le salió como un gruñido medio inentendible. Gabriel miró el cronómetro, sólo faltaban tres minutos; bien, seguí así. Aunque no le gustaba que les estuviera apuntando, era muy precavido; pero la ira empezaba a hacerse ver en sus ojos.

-¿Te gustaría tener un arco élfico? –Intentó sobornarlo Sofía- yo puedo regalarte uno, muy lindo y poderoso, que me regaló Galadriel, ¿te gustaría tenerlo? –le dedicó otra miradita seductora, y Darío se debatía entre el Pullitzer y el arco de Galadriel.

-¿Y me lo vas a regalar como si nada?

-Quisiera a cambio esa armita fea y sucia que tenés, es buen negocio si considerás que voy a darte un arco de 7500 años de antigüedad, que combatió orcos en varias guerras. –Sofía sonreía y Gabriel tensaba todos sus músculos, dispuesto a agarrarla y salir corriendo para tirarse de la terraza en un micro segundo. Pero entonces Darío hizo sinapsis con las dos neuronas que tenía y percibió que la elfa trataba de engañarlo. Gabriel volvió a mirar el cronómetro, faltaba un minuto y medio.

Sofía y Darío se sostuvieron la mirada como si saltaran chispas del ambiente, hasta que ella se acercó lentamente para intentar tomar el arma de la mano del periodista. Gabriel rogaba que se apresurara en sacarle el arma al loquito ese y pensó fugazmente en aparecer por detrás y quebrarle el cuello. Sin embargo, consideró que no era necesario matarlo, no era buen momento para hacerse de problemas con Lord Morten porque tenían que viajar en menos de un minuto. Ya casi estaba listo para saltar y volver a la Tierra Media que lo vio nacer.

Los tres oyeron el disparo y todo pareció silenciarse. Darío estaba asustadísimo, sin saber si realmente había tirado del gatillo ni a donde había ido a parar el tiro; y pensó brevemente que quizá Camilo tenía razón en que no tenía neuronas suficientes para seguir el plan. Gabriel abrió los ojos azules muy grandes y los cruzó con los de su amada, al momento en que observaba horrorizado cómo una mancha líquida, pegajosa y de rojo brillante teñía el saco de lana de Sofía. Sus ojos esta vez se quedaron grises mientras se doblaba de dolor y parecía caer al suelo en cámara lenta, horrorizada. Gabriel no dudó y con un movimiento rápido le quebró el cuello a Darío y tiró su cadáver por sobre la baranda de la terraza, como si se hubiera suicidado.

Pero no pensaba en eso, sino en ver a su amada tirada en el piso en un charco de sangre, con un disparo en el estómago, o por ahí cerca según pudo llegar a ver porque la sangre le nublaba la visión. La acurrucó entre sus brazos, fuertes y fibrosos, manchándose de su sangre y apretándola fuerte, rogándole al oído que aguantara un poco más, que la necesitaba; llamándola por su nombre en élfico. Volvió a ver el cronómetro y la levantó en sus brazos, saltando en el momento justo para perderse en un resplandor azul en el rápido viaje hacia su tierra.


Espero que no se hayan decepcionado por esto, pero sólo es la parte triste; hay escrito hasta el 9. Pero escribir es re escribir y tengo que revisarlo. Más adelante también, tenía pensado incluir un lamento por el muchacho, pero puede encontrar alguien mejor. Además, es una historia en más de un movimiento, y seguimos teniendo elfos guapitos de sobra.

Son todos geniales, gracias por leer, y aunque no estoy segura que tenga ese aparato a mano después de la mitad de la próxima semana; los estaré leyendo con mi super cool y re tecnológico teléfono.

Hantanyel órenyallo, mellon-min.

Hasta luego! Besos enormes!