Buenas tardes otra vez! Después de la parte triste, continuamos con la aventura. Espero que les guste este cap! Besos para todos! :D


Capítulo 8: El nuevo aprendiz

La mayoría de los habitantes del Mundo de los Hombres ignoraban el pequeño lío que se les estaba armando pero que en realidad iba apuntado a la Tierra Media. Las personas que conocían a Darío no se asombraron mucho con su suicidio, porque todos sabían que estaba bastante loco. El único que no lo creyó fue su único amigo, Nicolás; quien decidió seguir las pistas del periodista para ver si podía dar con lo que había pasado. Revolvió entre sus notas de la facultad, sus artículos, su escritorio en el trabajo en el diario; pero no servía de nada porque Darío se guardaba todo en su cabeza. Por un momento decidió volver a la Iglesia Nórdica, también conocida como la Embajada del Sur; pero nunca le abrieron la puerta cuando una voz melodiosa le dijo que ya no era bienvenido por ahí.

Volvió a recorrer los bares, y retomó la costumbre de la cerveza de los lunes. Uno de esos lunes, terminó metido en un bar decorado en verde y dorado en Av. De Mayo; y esos colores le recordaban a su amigo. Quiso sentarse en la mesa de la esquina como hacían los montaraces para tener una vista de todas las mesas, pero ya estaba ocupada; así que eligió la barra. El hombre envuelto en sombras de la mesa de la esquina se levantó de golpe para sentarse al lado de Nicolás. Era un anciano alto y pálido, muy flaco y con el cabello y la barba blancos, escondido atrás de unos anteojos finos de medialuna. Pero Nicolás no se dio cuenta de que el viejo mago estaba sentado a su lado hasta que le habló.

-¿Extrañás a tu amigo el obsesionado con los elfos? –Nicolás subió la mirada de golpe, para encontrarse con la del viejo, que lo perturbó.

-¿Lo conocías? –aventuró el muchacho.

-Trabajaba para mí, pero lo arruinó –siguió el mago, deleitándose pensando en cómo había engañado a Darío al pensar que las embajadas de los elfos lo iban a obedecer justamente a él, sólo con una nota; pero este nerd parecía más inteligente- Le pedí que me trajera a una elfa y él tuvo la brillante idea de dispararle.

-¡¿Dispararle a una elfa?! –se asombró Nicolás, confirmando sus sospechas de que Darío no estaba tan mal del todo, y si él le hubiera creído o lo hubiera ayudado, quizá seguiría vivo.

-Mala cosa –siguió el mago- ahora voy a tener que encontrarla en la Tierra Media, y ahí va a ser más difícil. –el chico se animó a titubear.

-Pero, ¿sigue viva?

-Por ahora –admitió el viejo- Y decime una cosa Nicolás, ¿cuál es tu mayor anhelo?

-¿Cómo sabe mi nombre? –Empezaba a asustarse- ¿Y usted quién es?

-Soy Camilo –siguió el mago con toda naturalidad- ¿Riqueza, mujeres, obediencia, belleza?

-Sí, sí, todo eso –Nicolás comenzó a saborear la victoria de lo que había anhelado en todos sus años de nerd y nunca había conseguido.

-Pero hay algo, la plata se acaba, las mujeres (mortales) envejecen, la obediencia sin sustento tarde o temprano se cuestiona, la belleza se marchita; pero hay algo que puede darte todo eso y aún más.

-¿Qué? ¡Lo quiero! –se decidió Nicolás, muy rápidamente incluso para su gusto, tentado por el ofrecimiento.

-¡Poder! –Sonrió el viejo- y hay algo que tiene poder sobre todos los seres de la Tierra Media y le deben obediencia, ¿sabés qué?

-Mmm –Nicolás se relamió los labios sólo por imaginarse tenerlo en sus manos- ¡El anillo único! –pero antes de que Nicolás terminara de cebarse con la idea, Camilo le embocó una cachetada.

-¡No! ¡El único ya no existe! –se calmó y habló en un susurro- pero hay otros anillos de poder, algunos de los cuales me encontré. –El muchacho no podía creer como había cambiado su vida por una sola conversación de pocos minutos. Ahora lo quería, fuera cual fuera; de los tres, de los nueve, o cualquier otro. Supo que con eso podía dominar cualquier raza, forrarse de billetes, y lo más importante; que todos lo obedezcan. Ignoraba si el viejo le había ofrecido lo mismo a Darío, pero ya no importaba; porque había fallado y ahora tenía la oportunidad de seguir sus pasos, y se babeaba con la idea de tener un anillo de poder.

-Y hay otra tarea, más importante aún que encontrar a la elfita herida –siguió el anciano.

-¿Cuál? –a Nicolás le quemaba la cabeza de tanta información, pero algo se despertó adentro de él que lo hizo querer más y más.

-Reclutar un ejército, ¿quisieras comandarlo? –el hombre aceptó sin pensarlo dos veces, ni una, ni media vez; y siguió a Camilo afuera del bar. Mortales, siempre tan fáciles, se venden enseguida; son ideológicamente promiscuos, reía el mago para sus adentros.


Lejos, muy lejos del Clover de Av. De Mayo, Danuin abrió sus ojos azules para descubrirse en los jardines del palacio, con Mithduil todavía acurrucada en su pecho y sangrando inconteniblemente. Los rápidos y silenciosos elfos de esa ciudad se la arrancaron de sus brazos y la llevaron con los sanadores. El joven elfo corrió tras ellos, pero se hizo un escándalo de gente yendo y viniendo como en una sala de emergencias en la habitación que habían elegido para la huésped de la ciudad. Varias veces empujaron a Danuin hacia afuera, y vencido una vez más, volvió a los jardines. Subió a un árbol altísimo, el más alto que pudo encontrar; lo cual normalmente lo pondría bastante contento porque estar entre las ramas con las piernas colgando era una de esas cosas de elfos. A lo lejos pudo ver toda la ciudad, y recién ahí se dio cuenta de que no estaba en Rivendell, como había arreglado con Lord Olof para concurrir al concilio. Estaba en Bosque Negro, donde había nacido, y supuso que era gracias a la mano de su primo.

-Puta madre, lo único que me falta es escuchar la prepotencia de los soldaditos de plomo de esta ciudad, al presumido del principito perfecto, y encima comerme los cinco días de viaje hasta Rivendell con este frío y dejar sola a Mithduil –susurraba para sí mismo, pero enseguida notó que no estaba solo.

-Hola –susurró la voz, mientras se sentaba en la rama alta donde estaba Danuin, colgando también sus piernas, y apoyándole una mano en el hombro.

-¿Qué hacés por acá? ¿Viniste a demostrarme que no vos en mi lugar no estarías insultando porque tenés mejor carácter?

-No –contestó Legolas- vine a ver cómo te sentías.

-¿Y cómo te parece que me siento? –remató Danuin desquitando su ira con su primo, quien pensó un momento.

-Vulnerable –sentenció, y el recién llegado abrió los ojos grandes, sabiendo que estaba completamente en lo cierto.

-Me olvidaba que eras adivino –miró hacia abajo para que no se notara que se le llenaban los ojos de lágrimas, hacía siglos que no lloraba y lo que menos quería era hacerlo enfrente del perfectito de su primo.

-¿Te podés calmar? Yo nunca quise esto, ¿no la pasamos bien juntos?

-Bien, burlándote de mí. Pero no tengo ganas de discutir eso ahora –Legolas resopló, era terquito el otro.

-Nunca quise herir tu orgullo, siempre fui competitivo y estoy bastante acostumbrado; con Gimli nos la pasamos así y él no se desanima.

-Pero yo soy Danuin, no un enano, sino un elfo igual que vos –hizo una pausa- Igual no, porque ahora mismo yo soy débil, estoy solo; y estoy a un paso de perder a mi amada para siempre y estar más solo todavía.

-Yo no creo que seas débil –remató Legolas- de hecho, no lo sos. Sólo creo que el Mundo de los Hombres te contagió un poco las pasiones humanas y deberías enfriar la cabeza –Danuin sorbió los mocos que ya se le iban a caer, como un nene chiquito, y Legolas le dedicó una sonrisa- No hace falta que te escondas, no es de débiles llorar.

-Quizá vos también te sentirías un poco mal si tu mujer estuviera al borde de la muerte y no pudieras hacer nada –y con esto algunas lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Danuin.

-¿Un poco mal? Más que mal, estaría devastado, no sé que haría –admitió Legolas- y por eso creo que sos realmente valiente. ¿Tregua? –le tendió su mano, y Danuin la estrechó con firmeza.- Siempre voy a ayudarte primo, y cuando todo pase podemos volver a ver quien hace más puntos matando orcos –intentaba hacerlo reír, pero sin éxito. Entonces hizo algo nada típico de Bosque Negro, y le dio un abrazo fraternal a su primo.


Ya era bien entrada la noche cuando Danuin se decidió a bajar del árbol que lo tenía cobijado; no es que no quisiera ir a ver cómo estaba su amada, sino que más bien tenía un miedo atroz de lo que podría encontrarse. Se escabulló por los pasillos intentando no cruzarse con nadie porque no tenía ninguna gana de explicar nada ni de hablar con nadie, ni siquiera de estar con cualquier otro que no sea Mithduil. Llegó a la habitación donde más temprano había sido atendida, y entró sigilosamente.

Estaba dormida, en paz, en una cama enorme y muy limpia, en una habitación finamente decorada. Sus ojos brillantes de colores variados estaban cerrados, y estaba tapadita hasta los hombros por unas colchas gruesas que combatían el frío del invierno crudo de aquellas tierras. Danuin se acercó y lo primero fue agudizar su oído para escuchar sus latidos, lentos y serenos; quizá más lentos de lo que le gustaría. Tomó valor y se animó a ver debajo de las colchas, para notar su abdomen vendado y manchado de sangre; con aroma a hierbas curativas que él conocía bien. Estaba un poco pálida, pero acurrucada y calentita había dejado de sangrar, no estaba tan mal. Sólo se preguntaba cuándo despertaría, y sabía por haberlo vivido en carne propia que no solía ser un despertar instantáneo ni una curación rápida.

Se acercó a su amada lo suficiente como para sentir su respiración relajada, y pasó las yemas de sus dedos por sus mejillas, sintiendo la suavidad de su piel, necesitaba tocarla para convencerse de que seguía con él. Muy despacio, se acercó más y la besó suavemente en los labios, pero ella no respondió con ningún movimiento. Instintivamente Danuin volvió a derramar lágrimas, por segunda vez en muchos siglos. No entendía muy bien por qué se ponía así; en tantos años de vida nómade no era la primera vez que la veía herida, ni ella a él. Quizá lo que le molestaba era pensar que era la primera herida de arma de fuego que veía en su vida, y lo asombró pensar cómo algo tan chiquitito como una bala podía hacer tanto daño. Seguramente en contra de lo que le hubiera dicho cualquiera de los sanadores, se acomodó al lado de ella y con mucho cuidado apoyó su cabeza en su pecho. Entrelazó sus dedos con los de su amada y comenzó a hablarle en un susurro, con la esperanza de que ella pudiera escuchar el anhelo en su voz y abriera sus ojos grises.

-Hola preciosa, perdón por no venir antes, espero que estés bien –se acurrucó un poco más, mojando con sus lágrimas las delicadas sábanas- Sólo espero que no sientas dolor, no lo merecés; quisiera que duermas tranquila. Pero más que nada, quisiera que te despiertes pronto y vuelvas conmigo, porque te necesito, aunque seas un poquito insensata y te guste el riesgo –apretó más su mano que no respondía con movimiento- Perdoname por no haberte cuidado, yo estaba ahí y bien podría haber evitado esto, vez como soy mal capitán –tomó aire-. Pero ya no importa, vos sos lo único que me importa en este momento, porque te amo y te necesito –comenzó a besar su rostro con besos muy chiquitos que se sentían en sus labios como chispas-. Amo verte dormir feliz, amo tus brownies, tus mates, tu risa, amo que duermas hasta tarde, que siempre quieras animarme, y hasta tu insensatez y tu facilidad para meterte en problemas. –Y con esto, se acurrucó y se quedó dormido al lado de su amada, sin importarle lo que dirían los sanadores al encontrarlo ahí por la mañana.


Algunos días pasaron en el reino del bosque y Danuin no lograba animarse, se pasaba los días colgando sus piernas que jugaban con el aire en el árbol más alto. Muchas veces, en especial en los tiempos de paz; los elfos del palacio se reunían en un salón común a cantar, bailar, contar historias, o beber algo de vino. Danuin nunca se quedaba a esas veladas, y en vez de eso aprovechaba que casi todos estuvieran allí para escabullirse a la habitación de Mithduil y verla dormir tranquila, susurrándole.

Una de esas noches mientras caminaba por los pasillos ahora desiertos del palacio, mientras aun se escuchaba la música de lejos, pudo ver de reojo en un balcón a Legolas bailando la canción melancólica con su prometida. Así era su costumbre, porque disfrutaban de su intimidad; y a la muchacha le provocaba un poco de vergüenza bailar entre las multitudes. Era una visión preciosa, sus rostros brillaban a la luz de la luna, sus pieles relucían, y sus ojos inundados de amor dejaban en claro para cualquiera que los viera que era total su entrega y felicidad. Danuin se desanimó aun más con esa visión, no porque estuviera celoso esta vez, sino porque ver a la feliz pareja le recordó que en el Mundo de los Hombres, Sofía tocaba el piano mientras Gabriel cantaba, solos en su hogar. Los observó bailar hasta que finalizó la canción triste y hermosa, y se dio media vuelta para irse, pero el príncipe lo siguió.

-¿Qué tal estás? –le preguntó a Danuin con una sonrisa.

-Como dijiste, vulnerable y devastado –Legolas hizo una mueca de desaprobación torciendo la boca- Lo que más me molesta es no comprender sus motivos.

-¿Motivos? –se intrigó el príncipe.

-Sí, por qué ella se la pasa poniéndose en riesgo de esa manera.

-Creo que lo sabés –remató Legolas- ¿o no? Pensalo –Danuin resopló porque pensó que su primo le estaba dando órdenes, pero le siguió el juego.

-Ella sabía que el hombre venía a buscarla a ella, yo también lo sabía.

-¿Y entonces?

-Avanzó, intentó quitarle el revolver –Legolas se preguntó fugazmente en que diantres consistiría el arma que se llamaba revolver, pero no quiso interrumpir las reflexiones de su primo.

-¿Por qué crees que hizo eso? –siguió el príncipe.

-Porque se veía dispuesto a avanzar sobre lo que sea para llegar a ella, incluso sobre mí. –admitió.

-Y ella no iba a dar un paso atrás y esconderse, como digna montaraz –comentó Legolas.

-No, no haría eso; además hubiera sido en vano. –Danuin la conocía bien, mejor que nadie en cualquiera de los dos mundos.

-¿Entonces por qué crees que lo hizo? –volvió a animarlo su primo, quien pensó un momento.

-Supongo que avanzó para que no le sea necesario pasar por sobre nada y arriesgar a todos los demás.

-¿Sobre nada? –Respondió el elfo- Sobre nadie.

-Sólo intentó protegerme a mí –terminó admitiendo Danuin, sintiéndose aun más derrotado.

-¿Por qué crees que hizo eso? –y para esto sí tenía una respuesta segura, lo admitió sin dudarlo.

-Porque me ama. –Legolas sonrió.

-Vez como no era tan difícil entender sus motivos –le echó una miradita furtiva a la morocha que lo esperaba en el balcón- muchas veces uno hace insensateces por amor –y pudo ver de reojo como la muchacha le devolvía la sonrisa-. Por cierto, mañana hay una competencia de tiro con arco, quizá te anime participar.

-Estás loco, lo último que necesito es perder otra vez, y humillarme más.

-Estoy seguro que mejoraste mucho en estos años, vamos –y con esto el príncipe volvió al balcón a seguir bailando con alegría.


No sabía muy bien como se había dejado convencer, pero allí estaba a punto de intentar atinarle a un blanco pequeñísimo y muy lejano. Como se organizaban por jerarquía, primero fue turno del príncipe mayor, Thalion. El rey observaba satisfecho desde su palco, y más abajo en las tribunas, las damas elfas de la clase de costura intentaban animar a los arqueros; aunque realmente aplaudían al más guapo y no al de mejor puntería. Thalion tensó sus músculos, afinó sus ojos e inflando el pecho dejó salir disparada la flecha hacia el arco lejano. La multitud esperó en silencio a que un mozo al lado del blanco midiera que tan lejos del centro había quedado.

-¡Cuatro centímetros! –gritó para que todos lo oyeran, y la multitud comenzó a vitorear al príncipe y consejero del reino. Entonces fue el turno de Legolas, quien repitió la posición de su hermano y lanzó la flecha con fuerza.

-¡El centro exacto! –la multitud estalló aún más y Danuin se desanimó pensando que ya había perdido antes de que fuera su turno. Juego estúpido, psicópata presumido. Pero entonces le tocaba, y avanzó hasta que todos lo vieron. Muchos se quedaron pasmados al ver al casi-capitán que había abandonado Bosque Negro, algunos lo consideraban desertor. Algunos no lo reconocieron enseguida, y se preguntaban por qué se había cortado la larga cabellera. Otros, los más jóvenes, susurraban sus opiniones sobre el guerrero, envolviendo las gradas en un murmullo general. Danuin subió el arco, tensó la cuerda y tomó aire un poco desbordado por la situación.

Cuando estaba a punto de soltar la flecha, bajó el arco y miró desconcertado a su alrededor, mientras los murmullos entre las gradas se hacían aún más fuertes. No, no voy a participar de este juego estúpido, ya no necesito demostrar nada, sólo necesito el amor de mi prometida. Ese pensamiento fugaz fue para él una revelación, y comprendió que no hacía falta ser mejor capitán para merecer su amor, porque como ella le había dicho, era perfecto y único así como era. Pensó en sus ojos a veces celestes, a veces verdes, a veces grises; y en la última vez que los había visto inundados de pánico y dolor. Se decidió al fin y volvió a subir el arco en un movimiento rápido que sorprendió a todos, lanzando su flecha con fuerza y velocidad; clavándose certera.

La multitud se silenció y hasta Legolas y Thalion abrieron los ojos muy grandes, sorprendiéndose. El rey Thranduil esbozó una sonrisa de éxito y orgullo al ver lo que había pasado. La flecha de Danuin se había clavado en el centro exacto, con tanta fuerza que había atravesado la flecha de Legolas y la había partido en dos mitades a lo largo. Luego de un momento la multitud estalló y vitoreó al excelente arquero. Después de eso, ninguno de los demás quiso pasar a probar su flecha, porque consideraron que la competencia ya estaba perdida. El rey les hizo una seña a los tres para que se acercaran al palco y luego lo siguieran hasta su despacho.

Allí les informó que Lord Elrond había decidido adelantar el concilio, y debían partir a Rivendell al día siguiente. Danuin se molestó porque no quería irse sin Mithduil, que aún no había despertado, pero ¿qué otra opción tenía?